HAY QUE CAMBIAR EL MITO FUNDACIONAL (POR EL REAL)

Por José Luis Di Lorenzo

Pensar el propio proyecto nos impone revisar entre otras cosas nuestro origen y nuestra identidad. Justamente el mito fundacional que intenta definir el 25 de mayo de 1810 como inicio de la Patria, es el hito europeizante que propuso y logró el Proyecto del 80, mito que nace revolucionario, jacobino, liberal e iluminista y, bien mirado, es fuente del terrorismo de estado.
Con motivo de la conmemoración del “día nacional de la memoria por la verdad y la justicia” solicitamos a compañeros y amigos cuenten a nuestros lectores sus vivencias al cumplirse 30 años del golpe de estado perpetrado el 24 de marzo de 1976. Si bien no todos los convocados pudieron superar la conmoción que les produjo recordar e intentar volcar su pensar y sentir en el papel, la lectura de las notas de los que a su modo pudieron dar un primer pantallazo de la época, demuestra que hay muchos temas pendientes de saldar dentro del campo nacional y popular.
Es real que la alta tasa de muertes cotidianas, a que nos había llevado ese “todos contra todos” a muchos anestesió. No todos en aquellos días imaginaron la magnitud de la próxima tragedia que comparada con otros golpes militares habidos en América Latina parecía inicialmente barato en vidas. Recordemos que los golpistas lograron atomizar y enfrentar a la sociedad y a sus organizaciones. El aparato de propaganda, de acción psicológica y de infiltración funcionó y bien. No se debe olvidar que el derrocamiento del gobierno popular y democrático contó con el apoyo y la complicidad – activa o pasiva – de un amplísimo espectro político partidario. Como que los medios de comunicación que anunciaban día a día la proximidad del golpe, llegaron a hacer hasta “periodismo de anticipación”, como el vespertino La Razón que publicó el golpe antes que se produjera. A lo que se deben sumar los comentarios y notas editoriales de los medios gráficos de la época que como siempre demostraban el reacomodamiento del negocio periodístico a las nuevas circunstancias, sin importar cuáles fueran.
Las complicidades fueron múltiples y las justificaciones fueron variadas, transitando desde la que creía que había que exacerbar las contradicciones del sistema capitalista hasta la de los que creían que la política y la militancia social hacían disminuir las vocaciones religiosas y la cantidad de seminarista que ingresaba al sacerdocio. Todo demasiado loco, pero cierto.
Lo grave es que parece que no se aprende. La división y enfrentamiento social se sigue nutriendo mediante la manipulación mediática, los ultras se pelean con los moderados, las derechas con las izquierdas y viceversa, todo como siempre funcional a que vuelva algún pariente de Martínez de Hoz para volverse a servir de la mesa de todos los argentinos.
Vale la pena aprovechar el recogimiento para detenernos a pensar los ejes centrales que tendremos que modificar. Es cierto, como el Presidente Néstor Kirchner ha dicho, que está probado que “sectores de la sociedad, de la prensa, de la iglesia, de la clase política argentina, ciertos sectores de la ciudadanía tuvieron también su parte cada vez que se subvertía el orden constitucional” y si bien compartimos que deben reconocer su responsabilidad, creemos que fundamentalmente deben cambiar su actitud de ahora en más.
Hizo falta violencia para imponer un “proyecto político y económico que reemplazara al proceso de industrialización sustitutivo de importaciones por un nuevo modelo de valorización financiera y ajuste estructural con disminución del rol del Estado, endeudamiento externo con fuga de capitales y, sobre todo, con un disciplinamiento social que permitiera establecer un orden que el sistema democrático no les garantizaba” agregó el Presidente.
Si asumimos toda la historia como nuestra historia veremos que la violencia sistemática del estado se inaugura para acabar con la exitosa experiencia de las Misiones Jesuíticas, Proyecto de País denominado “Ciudad de Dios”. La que se repite contra el Proyecto de la Justicia Social en junio y septiembre de 1955 y en marzo de 1976. Es el modo que la Europa “civilizada” utilizó para el “progreso” de los pueblos “incultos” y “bárbaros”.
Pensar el propio proyecto nos impone revisar entre otras cosas nuestro origen y nuestra identidad. Justamente el mito fundacional que intenta definir el 25 de mayo de 1810 como inicio de la Patria, es el hito europeizante que propuso y logró el Proyecto del 80, mito revolucionario, jacobino, liberal e iluminista. Si repasamos lo que secretamente escribía Mariano Moreno (a pedido de la Primera Junta) encontraremos el origen cultural del terrorismo de estado, que claramente se plasma y expresa en el “Plan de Operaciones”:
“…El hombre en ciertos casos es hijo del rigor, y nada hemos de conseguir con la benevolencia y la moderación; …conozco al hombre… no conviene sino atemorizarle y obscurecerle aquellas luces que en otro tiempo sería lícito iluminarle”…”tendamos la vista a nuestros tiempos pasados y veremos que tres millones de habitantes que la América del Sud abriga en sus entrañas han sido manejados y subyugados sin más fuerza que la del rigor y el capricho de unos pocos hombres” Agrega: “jamás en ningún tiempo de revolución, se vio adoptada por los gobernantes la moderación ni la tolerancia… Los cimientos de una nueva república nunca se han cimentado sino con el rigor y con el castigo, mezclado la sangre derramada de todos aquellos miembros que pudieran impedir sus progresos”.Mariano Moreno.
Esta concepción, importada de la teoría y práctica europea, es la que marca los ejes que se repetirán hasta nuestros días: la revolución como meta y justificación, la violencia como método, el poder para los iluminados (los que “saben”), el desprecio y sometimiento para los que “no entienden” (orilleros y perdedores del sistema capitalista).
La visión integral es un camino para reencontrar el rumbo perdido, revisando nuestros orígenes (reales). La organización y forma de convivencia de nuestros pueblos originarios, puede ser el cauce del proyecto pendiente. Algo nos adelantaba el Martín Fierro al contarnos sobre la doma del caballo, mientras el “huinca lo somete a golpes de rebenque y espuelas, el indio, en cambio –nos decía-:

Jamás le sacude un golpe
Porque lo trata al bagual
Con pacencia sin igual;
al domarlo no le pega,
Hasta que al fin se le entrega
Ya dócil el animal

Ansí todo el que procure
Tener un pingo modelo,
lo ha de cuidad con desvelo,
y debe impedir también
el que de golpes le den
o tironén en el suelo
…Aventaja a los demás
el que estas cosas entienda;
es bueno que el hombre aprienda,
pues hay pocos domadores
y muchos frangoyadores
que andan de bozal y rienda.
Justamente parte de lo que nos pasó fue que algunos se sintieron más de lo que eran y el pueblo argentino se sintió menos, mucho menos de lo que debe ser.
Hoy, cuando advertimos que la fragmentación social continúa y se constata que el individualismo ha calado demasiado hondo, cabe reiterar y recordar que siempre es más fácil enfrentarnos y diferenciarnos que unirnos esforzándonos por acordar los denominadores comunes. El instrumento es recuperar la lucha por la idea y asumir el tiempo como metodología de cambio, lo que impone retomar la persuasión como forma de gobierno, la docencia política como modo de conducción. Toda la historia es nuestra historia, la que nos gusta y la que nos disgusta. Memoria, verdad y justicia son el camino indispensable que como nación debemos transitar. Armonizarnos demanda cambiar el mito fundacional por el real.

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