UNA SEMÁNTICA PARA LA INDEPENDENCIA – POR ERNESTO GOLDAR

Por/ Ernesto Goldar

La cultura oficial se apropia de las palabras para mitificar el sentido. Ciertas expresiones son permitidas solamente cuando se las connota de vacuidad, infiriéndole representaciones que aparentemente significan poco (o mucho) siempre que proyecten valores consagrados como abstracciones fáciles destinadas a un uso impreciso.

Estos correlatos inútiles configuran una vasta operación de despojo del lenguaje que las clases poseedoras practican y usan según el curso de sus intereses en la historia. Patria, Comunidad, Nación, Cultura, Libertad, América Latina, Colonia, Ser Nacional, y últimamente Progreso, son los valores que han sufrido los mayores escamoteos. Por ello, es preciso desarrollar frente a la semántica de la dominación una semántica para la independencia que propugne el significado real de estas palabras. Este es el tema de ¿Qué es el Ser Nacional? de Juan José Hernández Arregui.

Repetir “ser nacional” como concepto metafísico que se pierde en aproximaciones especulativas ha sido uno de los ripios preferidos por aquellos que conciben el país como una metáfora. Apelaciones a lo trascendente, recurrencias espectrales, condenas cósmicas, racismo, literatura banal, irracionalismo, sectarismo de sacristía, prejuicios, moralina y cientificismo puro, se han implicado en una conjura para negar la significación subyacente de las palabras. Complicidad concertada, por cierto, que corresponde a una estructura cultural prolijamente encaminada a negar la realidad y, de rebote, la verdadera connotación del “ser nacional”, que aparece como panacea ontológicamente oscura y sin fundamento objetivo.

Hernández Arregui desnuda las pretensiones intangibles. Desmonta el “ser nacional” y lo somete a un desbrozamiento de factores interrelacionados que descompone desde la raíz a las partes, saturando cada una de ellas, confrontándolas entre sí, remitiendo las conclusiones a la totalidad y volviendo de nuevo a redefinir los contenidos. La metodología de Hernández Arregui evidencia una riqueza que detesta las exposiciones proverbiales para exponer una sistematización de las contradicciones que va de lo abstracto a lo concreto, agrupando la síntesis compleja de entrecruzamientos y vaivenes. El espesor dialéctico del ensayo lo arma de rigor crítico oponiendo constantemente las ideas con la realidad y las ideas con las ideas para concluir en racionalizaciones sólo atendibles como multiplicidad de un todo concreto donde la “cáscara ideal” de los conceptos son definitivas posiciones de clase.

“Ser nacional” es suelo, idioma, pasado común, representaciones colectivas. Pero no es igual para los traficantes postrados ante el imperialismo que para las masas postergadas. “Ser nacional” es, pues, un concepto volitivo y dinámico de los que no quieren entregarse, de “las clases no ligadas al imperialismo” que en su accionar obligan a un replanteo total de las viejas falsificaciones. Las grandes palabras son productos colectivos de los pueblos que la educación oligárquica ha relegado a paráfrasis embrutecedoras. La significación de los conceptos hay que rastrearla en las contradicciones de clase, en la política, descifrando la cuestión colonial para desmitificar los subjetivismos impuestos que distorsionan el conocimiento de la soberanía popular. El propósito imperial es impedir la autonomía de América Hispánica.

Revocar los mitos que la intelligentzia ha fosilizado es parte de la gran tarea, a la que se impone una “escandalosa” inversión histórica que resuelva sumergir al presente en el pasado para salir fortalecida de experiencia. Describir las mentiras y soliviantar las academias es hablar de España sin prejuicios, identificarse con la tradición indígena y demostrar que la liberación es la constante de los explotados que en la etapa vigente resisten para superar las fronteras ficticias que regionalismos falsos azuzados por el colonialismo han creado para demorar la confederación de la nacionalidad hispano-americana, que tiene semejanzas vitales, ideas y una voluntad soberana de unión que las fuerzas retrógradas no podrán detener.

Cada libro de Hernández Arregui es una infracción grave: Imperialismo y Cultura, La Formación de la Conciencia Nacional, Nacionalismo y Liberación, Peronismo y Socialismo, y éste por demás permanente que volvemos a leer, implementan duras violaciones al orden consagrado de los bien pensantes. Su obra sintetiza ese envión no consentido por los fariseos del saber que –dramáticamente para ellos- ya no pueden silenciar. No por la vana recepción en el submundo de los programas “culturales” ni en las abultadas bibliotecas estériles, sino por la explícita virtud de acompañar las luchas de las masas anónimas que en América Latina se levantan contra el imperialismo, vuelven los ojos a las tradiciones más sencillas y se sienten nación inconclusa enfrentando a los amos de adentro y a los enemigos de afuera. “Se acerca el día en que los incivilizados educarán a los civilizadores” –advierte Hernández Arregui y asegura otra vez la militancia de los intelectuales que encuentran en sus libros la conciencia histórica nacional, latinoamericana y socialista que se avecina impostergable.

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