Las razones de la furibunda reacción

Una de las grandes enseñanzas que se extrae del estudio de las Relaciones Internacionales como disciplina científica es que, en los estados formalmente independientes, la potencia hegemónica -contando con el apoyo de elites “colaboracionistas”- trata, siempre, de llevar adelante una política de subordinación cultural que, Hans Morgenthau -el gran teórico de las Relaciones Internacionales- define de la siguiente manera: “Si se pudiera imaginar la cultura y, más particularmente, la ideología política de un Estado A con todos sus objetivos imperialistas concretos en trance de conquistar las mentalidades de todos los ciudadanos que hacen la política de un Estado B, observaríamos que el primero de los Estados habría logrado una victoria más que completa y habría establecido su dominio sobre una base más sólida que la de cualquier conquistador militar o amo económico.

El Estado A no necesitaría amenazar con la fuerza militar o usar presiones económicas para lograr sus fines. .Para ello, la subordinación del Estado B a su voluntad se habría producido por la persuasión de una cultura superior y por el mayor atractivo de su filosofía política”.
Siguiendo a Hernández Arregui importa precisar que, producida la subordinación cultural se crea, en una parte importante de la población: “un conjunto orgánico de formas de pensar y de sentir, un mundo-visión extremado y finamente fabricado, que se transforma en actitud «normal» de conceptualización de la realidad [que] se expresa como una consideración pesimista de la realidad, como un sentimiento generalizado de menorvalía, de falta de seguridad ante lo propio, y en la convicción de que la subordinación del país y su desjerarquización cultural, es una predestinación histórica, con su equivalente, la ambigua sensación de la ineptitud congénita del pueblo en que se ha nacido y del que sólo la ayuda extranjera puede redimirlo.”

La subordinación ideológico-cultural produce, en los Estados subordinados una “superestructura cultural” que forma un verdadero “techo de cristal” que impide la creación y la expresión del pensamiento antihegemónico y el desarrollo profesional de los intelectuales que expresan ese pensamiento. Los intelectuales antihegemónicos son excluidos de los grandes medios de comunicación y de las universidades controladas, directa o indirectamente, por la elite colaboracionista. El uso que aquí damos a la expresión “techo de cristal” apunta a graficar la limitación invisible para el progreso de los intelectuales antihegemónicos, tanto en las instituciones culturales como en los medios masivos de comunicación.

Con la derrota de Juan Manuel de Rosas ocurrida en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, se instaló en la Argentina un régimen un seudo-democrático. Después de Caseros Argentina se transformó una república oligárquica cuyos representantes, meros gerentes del imperio británico, fueron los encargados de llevar adelante la política británica de subordinación cultural. “La Argentina –escribe el historiador brasileño Luiz Alberto Moñiz Bandeira- desde la segunda mitad del siglo XIX, se convirtió en una especie de colonia informal de Gran Bretaña, el llamado quinto dominio, ocupando un posición de dependencia para la cual no existía paralelo exacto fuera del imperio.”.
En todas las naciones dependientes las elites “colaboracionistas” proceden a realizar la falsificación de la historia para ocultar la dependencia y su propia colaboración con la potencia dominante de turno. La Argentina no fue, por cierto, una excepción. En todos los estados dependientes, la elite colaboracionista tiene que ocultar su papel como agente de la subordinación ideológica cultural y, presentar a aquellos patriotas que se han opuesto a la dominación como representantes de la barbarie autoritaria opuesta al progreso.

En todas las naciones dependientes la revisión de la historia se impone, entonces, como la primera condición necesaria para romper la cadena que ata a la nación a la potencia dominante de turno. Lógicamente, cuando se produce un intento de revisar la historia, la elite colaboracionista reacciona de forma furibunda pues sabe que su destino depende de la continuidad permanente de la falsificación histórica. Esta es la razón última o, causa primera, que explica la colérica reacción que ha suscitado la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”.

Marcelo Gullo, doctor en Ciencia Política, Miembro de número del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”-

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