LA UNIVERSIDAD CIPAYA Por Walter Moore

Estamos ingresando en una Nueva Era: Europa acaba de designar un rey, elegido por la elite de la Usura Internacional, que impondrá sus reglas a todos los pueblos que integran ese vasto territorio. El programa establecido por la casa real Goldman Sachs es hambrearlos y esquilmarlos hasta la desesperación, eliminando de hecho, toda forma real o aparente de Democracia.

Al mismo tiempo, todos los países de América Latina y el Caribe deciden conformar una unidad geopolítica y económica, integrándose en el CELAC, dejando atrás la categoría de “patio trasero” de Estados Unidos para optar por la de Pueblos Libres de Suramérica.

En la guerra de cinco siglos por la liberación del yugo invasor euro-norteamericano, la relación de fuerzas hoy nos favorece. Dentro de esta guerra, la batalla cultural aun prosigue intensamente, tanto que, aún no hemos librado los combates necesarios en uno de los terrenos principales donde se mantiene la hegemonía cultural de los invasores, el de la educación superior.

Lo que hemos avanzado con la Ley de Medios sirve para liberar lo que podríamos considerar el escenario táctico de la batalla cultural: el espacio de los medios de comunicación masiva. Pero esta lucha no ha tenido un correlato en el terreno estratégico de la enseñanza universitaria que sigue estando en posesión de los enemigos del Pueblo, y controlada por los partidarios locales de la dependencia.

O sea que las nuevas generaciones siguen siendo preparadas para seguir puntillosamente las pautas establecidas por el liberalismo para la educación superior de las naciones saqueadas y los pueblos sometidos.

LA EVOLUCIÓN DE LA DECADENCIA UNIVERSITARIA

El gran canalla que abrió la puerta a la decadencia universitaria fue Arturo Frondizi, que no sólo contrató al general norteamericano Thomas Larkin para que destruyera nuestro sistema ferroviario (levantó un tercio de los ramales y despidió a 60.000 ferroviarios) además de destruir la pujante industria automotriz nacional permitiendo la instalación de 14 empresas multinacionales que armaban vehículos sin proteger a la industria argentina, sino que, entre otras iniquidades, le abrió la puerta a las universidades privadas con el modelo antitético de “Laica o Libre”, o sea “Universidad Nacional o Universidad Liberal”. Así primero surgió la Universidad Vaticana, luego la Jesuítica, después la Austral del Opus Dei, y las ultraliberales Di Tella y San Anndrés o los cachivaches como las universidades de Belgrano y Palermo y Kennedy entre otras destinadas a formar empleados corporativos.

Luego llegaron los “Bastones Largos” del canalla mesiánico Onganía, que expulsó a una generación de intelectuales del ámbito universitario. Años después tuvimos una primavera en la cual la vetusta UBA se transformó en la Universidad Nacional y Popular bajo el rectorado de Rodolfo Puigrós.

Luego llegó la pesadilla del Proceso Militar. Las desventuras siguieron con Alfonsín, que jamás corrigió nada, y se profundizaron con el gobierno cipayo de Menem-Cavallo.

LA MERCANTILIZACIÓN DE LA CULTURA

Es el aspecto central de la cultura liberal en el campo de la educación superior. Esta mercantilización que afecta a cualquier profesión es un dato común: Los estudiantes pasaron a ser “clientes” y los profesores, “empleados”. El más burdo mercantilismo licuó cualquier categoría moral, amor al saber y espíritu de grandeza que cualquier profesión debe llevar como bandera.

Así los médicos abandonaron su sacerdocio destinado a preservar la salud de sus congéneres para convertirse en parte del proceso de comercialización de productos químicos y aparatología médica. Ya no se trata de “curar enfermos” sino de recetar lo que las corporaciones recomiendan para “atender enfermedades” que repentinamente cobran dimensión planetaria, como la inexistente “gripe aviar”.

Los arquitectos abandonaron los ideales de belleza y de expresión para proyectar lo que en algún momento se llamó Arte Supremo, pues la Arquitectura englobaba en una sola obra, la sensación espacial o urbana que incluía a todas las otras artes (escultura, pintura, música, teatro), para convertirse en empleados de los “desarrolladores de negocios inmobiliarios”, una banda de aprovechadores que se dedican a robar a los que necesitan viviendas, o quieren lavar dinero.

En las facultades de Derecho se degradó el concepto de Justicia convirtiendo a sus egresados en expertos en trámites en los tribunales, donde el conocimiento procesal sobrepasa a cualquier valoración ética, hasta el punto en que la “justicia legal” es lo opuesto a la Justicia Social.

Las facultades de Ingeniería involucionaron desde la generación de creadores de industrias a la formación de empleados de las multinacionales, dejando afuera de los claustros toda consideración sobre el rol de estas inteligencias en la construcción de una patria libre y soberana.

Y la peor lacra de todas: la facultad de las llamadas Ciencias Económicas, un nido de apólogos del liberalismo que sigue a pie juntillas el principio enunciado por Paul Samuelson: “No me importa quién gobierne, mientras estudien por mis libros”. Una sórdida casa de estudios que no ha formado una sola camada de pensadores que impulsen un modelo económico liberador, que sirva para organizar los recursos de un gobierno nacional y popular que pueda engrandecer a nuestra Nación, y donde cualquier pensador que no se atenga a las estupideces de David Ricardo es sumado al “Index del pensamiento económico”.

Algo similar ha sucedido con la formación de oficiales de las Fuerzas Armadas, donde se ha dado el caso extremo de camadas de oficiales que no son nacionalistas.

La interminable oferta de “carreras cortas” y “nuevas disciplinas”, creadas y oficializadas, no en función de una visión estratégica del futuro de nuestro Pueblo y las necesidades de nuestra Patria, sino como salidas coyunturales para un mercado laboral que se achica constantemente. Estos cursos prácticos cuando son útiles, deberían ser parte de un nuevo programa de educación secundaria, pero no pueden asimilarse al concepto de “Educación Superior”, que debe retomar los niveles de exigencia perdidos en el tráfago de la sumisión cultural que cambió cantidad por calidad.

Un egresado de un establecimiento de Educación Superior debe ser un líder, una personalidad capaz de abrir nuevos caminos, no un empleado entrenado para recibir órdenes. Esa es la universidad de la dependencia, la Universidad Cipaya.

ALGUNAS SUGERENCIAS DE CAMBIO EN LA EDUCACIÓN SUPERIOR

Para empezar, la Universidad debe ser un lugar para “Pensar sin miedo” y donde se formen los líderes que conducirán a nuestro país hacia un destino próspero y feliz en el más amplio sentido del término.

Además, como ahora el mundo cambia velozmente, no podemos pensar en formar especialistas, cuyos saberes se volverán rápidamente obsoletos. Debemos formar generalistas, personalidades que tengan la capacidad para adecuar sus acciones a contextos cambiantes.

Debemos comprender tanto lo que sucede en nuestra casa, como cual es el rebote que tiene en ella nuestro barrio y también en toda esta potencia naciente que es Suramérica.

Este es un continente donde todo está por hacerse. Todos debemos participar tanto en la reconstrucción de nuestro barrio y como en este enorme proyecto cultural que es la construcción de una Cultura Criolla Suramericana. Necesitamos dar formas a las nuevas estructuras legales y físicas, conformar una nueva y adecuada organización económica, una aplicación, tanto a la medicina, como al “buen vivir”, encontrar la manera de integrar saberes modernos con los ancestrales.

Los jóvenes deben colocar sus pasiones en la construcción de un estilo propio y trascendente de la construcción sudamericana, en una estética propia que refleje los valores morales de nuestra civilización emergente.

Hay tanto para hacer, que es un verdadero despropósito mantener esa montaña de conocimientos acumulados en los actuales claustros universitarios y organizados para ser inútiles, no sólo es una invitación al fracaso, sino un despilfarro de recursos.

La sociedad no puede mantener un cuerpo de educación superior que se mueve sin cabeza, contando sólo con reflejos musculares de un pasado que no volverá, ni tolerar que en su seno se desplieguen los colaboradores de nuestros ancestrales enemigos.

Este mundo nuevo, que el Pueblo Argentino está pariendo, necesita canalizar su energía creadora en nuevas direcciones, debemos recrear a nuestra juventud, eso no sucederá espontáneamente, pues lo espontáneo se convierte rápidamente en algo banal, y la tarea que nos espera de ninguna manera es un asunto banal, sino algo muy serio, que requiere que usemos lo mejor de todos nosotros.

Buenos Aires, 12 de diciembre de 201

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