La verdadera historia es historia contemporánea. Por Ana Jaramillo*

La verdadera historia es historia contemporánea

Para el filósofo e historiador Benedetto Croce, la historia, sea contemporánea o no, surge directamente de la vida, ?porque es evidente que sólo un interés de la vida presente puede movernos a indagar un hecho del pasado; en cuanto éste se unifica con un interés de la vida presente no responde a un interés pasado, sino presente.
Este concepto se repite de cien maneras distintas en contenido profundo, la razón del éxito del tan zarandeado lema: la historia es magistra vitae (maestra de la vida).

He traído a colación estas fórmulas de la técnica histórica, para quitar aspecto de paradoja a la proposición; la verdadera historia es historia contemporánea?.

Reflexionando sobre las dudas suscitadas en torno a la certeza y la utilidad de la historia se pregunta: ?¿Cómo podría ser incierto lo que constituye el producir actual de nuestro espíritu? ¿Cómo podría ser inútil un conocimiento que resuelve un problema surgido del seno de la vida??.

Antes de que comience el treinta aniversario de la guerra de Malvinas, Gran Bretaña amenaza con enviar un submarino nuclear, envía a su Príncipe a las Islas, envía buques a cargo de la Armada británica disfrazados de ?apoyo científico? bajo otras banderas hacia nuestro Sur para que le permitan amarrar en los puertos de Nuestra América que acordaron no permitir la entrada de buques con banderas de las Islas o buques de guerra.

Mientras tanto, el Premier británico asegura que no entregará la soberanía.

El conocimiento de los acontecimientos sucedidos durante la guerra no es inútil ya que se trata de un conocimiento surgido del seno de la vida que se cobró 649 muertes de nuestros compatriotas durante la guerra y más de 400 veteranos que se quitaron la vida por no soportar las inclemencias de la indiferencia, aquellos que habían soportado las inclemencias de las tempestades climáticas y de las ráfagas de balas que mataron a sus compañeros.

Volviendo a Benedetto Croce, el historiador sostiene que la distinción entre crónica e historia no se refiere a dos formas de historia sino a dos actitudes espirituales diversas.

?La historia es historia viva, la crónica es historia muerta; la historia es la historia contemporánea y la crónica historia pasada; la historia es principalmente un acto de pensamiento? se vuelve crónica cuando ya no es pensada, sino solo recordada en palabras abstractas, que en un tiempo eran concretas y la expresaban?.

Mucho antes de la guerra, José Hernández, nuestro poeta mayor, nos alertaba en 1869 que las Islas Malvinas eran una cuestión urgente y sostenía: Los argentinos, especialmente no han podido olvidar que se trata de una parte importante del territorio nacional, usurpada a merced de circunstancias desfavorables, en una época indecisa, en que la nacionalidad luchaba aún con escollos opuestos a su definitiva organización.

Se concibe y explica fácilmente ese sentimiento profundo y celoso de los pueblos por la integridad de su territorio, y que la usurpación de un solo palmo de tierra inquiete su existencia futura, como si se arrebatara un pedazo de nuestra carne.

La usurpación no sólo es el quebrantamiento de un derecho civil y político; es también la conculcación de una ley natural.

Los pueblos necesitan del territorio con que han nacido a la vida política, como se necesita del aire para la libre expansión de nuestros pulmones.

?El precedente de la injusticia, es siempre el temor de la injusticia, pues si la conformidad o indiferencia del pueblo agraviado consolida la conquista de la fuerza, ¿quién le defenderá mañana contra una nueva tentativa de despojo o de usurpación? El pueblo comprende y siente esas verdades, y su inquietud es la intranquilidad de todos los pueblos que la historia señala como victimas de iguales atentados.

Allí donde ha habido un desconocimiento de la integridad territorial, hemos presenciado siempre los esfuerzos del pueblo damnificado por llegar a la reconquista del territorio usurpado.

?Entre tanto, deber es muy sagrado de la Nación Argentina, velar por la honra de su nombre, por la integridad de su territorio y por los intereses de los argentinos. Esos derechos no prescriben jamás.

Ciento veinte años después, en 1989, se firmaba un acuerdo entre la República Argentina y el Reino Unido de Gran Bretaña donde ambos gobiernos se comprometen a ?no efectuar reclamaciones contra el otro, ni contra los ciudadanos del otro, en relación con las pérdidas o daños ocasionados por las hostilidades y por cualquier acción en y alrededor de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur con anterioridad a 1989?.

Pero la Constitución sancionada en 1994, en su cláusula transitoria reitera la voluntad política del pueblo argentino que nos obliga con su mandato: “La Nación Argentina ratifica su legítima e imprescriptible soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes por ser parte integrante del territorio nacional. La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes, y conforme a los principios del Derecho Internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”.

El hundimiento del Crucero A.R.A: ?Gral. Belgrano? significó la pérdida de 323 argentinos. Dicho hundimiento rebasó el Principio de Legítima Defensa contenido en el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, violó los principios de Necesidad y Proporcionalidad en el Uso de la fuerza, y tampoco respetó el bloqueo declarado unilateralmente por Gran Bretaña de una zona de exclusión de 200 millas marinas, constituyendo un crimen de guerra tanto establecido en el Manual de Oxford de 1913 como en el Manual de Derecho Internacional aplicable a los conflictos armados en el Mar redactado bajo los auspicios del Instituto Internacional de Derecho humanitario en 1994.

La voluntad política expresa de nuestro gobierno es defender la soberanía por la vía diplomática y pacífica. Recurrir a la justicia internacional y a las resoluciones de las Naciones Unidas no es una actitud beligerante.

En esa defensa nos apoyan todos los países de Nuestra América.

Por el contrario, quienes no respetan ni las resoluciones de la ONU ni las normas de la justicia internacional son los poderosos, como tampoco respetan las soberanías populares y nacionales de otros países a los que avasallan y bombardean por razones económicas bajo la excusa de barbarie por no aceptar la cultura ?occidental y cristiana??y capitalista globalizada.

Denunciar el acuerdo firmado en 1989 es una deuda pendiente con los 323 soldados que murieron en el Crucero y sus familiares, a fin de poder representarlos ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya.

También se debería ampliar las facultades de la Ley 24. 517 para que la creada Comisión Nacional Investigadora de Crímenes de guerra investigue los hechos ilícitos que hubiera cometido la oficialidad y/o suboficialidad argentina sobre las propias tropas.

Ya se han derogado las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida, permitiendo juzgar a los genocidas por crímenes de lesa humanidad, se revirtieron las acciones de enajenación del patrimonio nacional estatizando las AFJP, recuperando la aerolínea de bandera y modificando privatizaciones y políticas de concentración económica y de exclusión social.

Un acuerdo internacional firmado por nuestro país y Gran Bretaña durante el auge de la política neoliberal que afecta el patrimonio nacional y la defensa constitucional de la soberanía así como bloquea la posibilidad del juzgamiento de los crímenes de guerra violatorios del Derecho Internacional aplicable a los conflictos armados en el mar, pueden y deben ser denunciados, ya que no prescriben jamás.

Mientras tanto, desde la Universidad Nacional de Lanús seguiremos haciendo investigación histórica, que no es una crónica, porque es historia contemporánea, historia viva de esta Patria que nos duele en el costado como decía Leopoldo Marechal.

(*) Rectora de la Universidad Nacional de Lanús

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