El vuelo de los cóndores. por Roberto Bardini

…esas olvidadas islitas del sur,

en una fría mañana del Onganiato,

se incendiaron al paso de aquellos nacionales.

Jorge Falcone,

Un  dardo clavado en el sur

Un día de primavera de 1966, dieciocho muchachos peronistas desviaron un avión de pasajeros en pleno vuelo, aterrizaron en las Islas Malvinas e hicieron flamear banderas argentinas en el lejano territorio usurpado. Fue uno de los primeros secuestros aéreos del siglo XX. La excluyente y selectiva historia oficial argentina –liberal antes, neoliberal hoy, conservadora siempre– continúa ignorando esa pequeña gran gesta patriótica.

El 28 de septiembre de 1966 cayó miércoles. En Buenos Aires fue un día soleado. Hacía tres meses que el general Juan Carlos Onganía, alias “La Morsa”, estaba el poder en nombre de una autodenominada “revolución argentina”. Noventa días antes, un pelotón dela Guardia de Infantería dela Policía Federalhabía desalojado dela Casa Rosadaal presidente Arturo Umberto Íllia, dela Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), quien había llegado al gobierno con poco más del 20 por ciento de los votos y con el peronismo proscrito.

Íllia era un apacible médico originario de Cruz del Eje (Córdoba), con hábitos provincianos. Acostumbraba a dormir la siesta después de comer y cruzaba ala Plazade Mayo sin custodia para darle de comer a las palomas. La gran prensa de la época –tan antipopular como la de ahora– lo ridiculizaba constantemente. La revista Tía Vicenta, dirigida por el dibujante Juan Carlos Colombres (“Landrú”) lo caricaturizaba como “La tortuga”.

Un príncipe en la corte del general de “ganadería”

Onganía, a quien sus compañeros de promoción apodaban “El Caño” –recto y duro por fuera, hueco por dentro– no dormía siesta y detestaba a las palomas. Era un mediocre führer autóctono que aspiraba a un módico Reich de alrededor de veinte años, tiempo suficiente para acabar con el incorregible peronismo. Con esa brillantez teórica propia de algunos oficiales de caballería –a quienes, según el periodista Rogelio García Lupo, se debería denominar “generales de ganadería”– el militar había proclamado sin ruborizarse que “la Revolución Argentina tiene objetivos pero no tiene plazos”.

Como ocurre casi siempre que los hombres de uniforme suplantan a los ciudadanos de civil, se anunció que un “Estatuto dela Revolución Argentina” –aprobado por los tres comandantes en jefe del Ejército,la Marinayla FuerzaAérea– reemplazaría ala Constitución Nacional.Para servir mejor a la patria, se prohibieron los partidos políticos y la actividad sindical, se impuso una estricta censura de prensa y se persiguió a estudiantes, intelectuales y artistas.

El 29 de julio de 1966, Onganía decretó la intervención de las universidades nacionales. El jefe dela Policía Federal, general Mario Fonseca, ordenó ala Guardiade Infantería expulsar violentamente de los recintos universitarios a estudiantes y profesores. “Sáquenlos a tiros si necesario”, exhortó a sus huestes. La destrucción alcanzó a los laboratorios y bibliotecas de las casas de estudio y la adquisición más reciente y novedosa para la época: una computadora. Ese recio aporte castrense a la cultura se conoce hasta hoy como “La noche de los bastones largos”. Muchos profesores e investigadores acusados de “comunistas” partieron al exilio y fueron contratados por universidades de Estados Unidos y Canadá.

Esa mañana del 28 de septiembre de 1966 una de las mayores preocupaciones del general Juan Carlos Onganía era la preparación del partido de polo que jugaría con Felipe de Edimburgo, el príncipe consorte inglés, quien se hallaba de visita en Buenos Aires.

Los kelpers

Aquel mismo miércoles amaneció nublado en Puerto Stanley, capital de las Islas Malvinas. El día anterior había llovido. En esa época habitaban las islas poco más de mil personas, a los que ya se denominaba kelpers. Kelp es un alga marrón que se reproduce las frías aguas del Atlántico sur. Kelper quiere decir “juntador de algas”. La mayoría de ellos vivía en Puerto Stanley y un centenar en Puerto Darwin. El resto estaba distribuido en el campo, en grupos de veinte o treinta personas. Trabajaban en los settlement, establecimientos rurales dedicados a la cría de ovejas.

Un explorador inglés visitó las Malvinas en 1914 y describió a Puerto Stanley como “una calle que costea la bahía, con un matadero a un extremo y un cementerio al otro”. El poblado conoció el pavimento recién en 1920. El archipiélago tiene una superficie de alrededor de12.000 kilómetroscuadrados, lo que equivale a la mitad de la provincia de Tucumán. El conjunto de las islas es más grande que Hawai, Puerto Rico y Jamaica.

Ese día de septiembre había 554 mujeres y 520 hombres en el archipiélago. Asistían a la escuela 321 alumnos (146 varones y 175 chicas) y desconocían el origen de los actuales pobladores de la isla. Los malvinenses carecían de enseñanza superior y dependían de becas para enviar a los muchachos a estudiar a Gran Bretaña. Accedían a estas becas los ocho mejores promedios.

Un 10 por ciento de las tierras correspondía ala Corona Británicay un 20 por ciento a propietarios independientes. El 70 por ciento restante pertenecía ala Falkland IslandsCompany (FIC), la única empresa del archipiélago, que poseía 630.000 ovejas. La compañía, además, era dueña del muelle, los almacenes y los depósitos. Existía una sola máquina expendedora de golosinas en toda la isla, que por seis chelines en la ranura surtía a los niños de caramelos y chocolates ingleses. La máquina también era dela FIC.

La avenida costanera de Puerto Stanley, llamada Road Ross, tenía aproximadamente doce cuadras. Iba desde el muelle –que era, por supuesto, de “La Compañía”– hasta el Battle Memorial. Este monumento se levantó en homenaje a un combate naval durantela Primera Guerra Mundial (1914-1918) entre alemanes y británicos en las inmediaciones de las islas.

Una pequeña emisora de radio, instalada en 1942, transmitía entre cinco y siete horas diarias, y divulgaba programas dela BBC de Londres. También existían muchos radioaficionados que se comunicaban con los seattlements, otras islas y el exterior. Cumplían una labor importante durante las emergencias.

Tedio, alcohol y sexo

Entonces, como hoy, anochecía temprano, y los malvinenses tenían dos opciones: ir a dormir a la casa o a beber a los pubs. Había cinco cantinas: Rose, Globe, Pictroly, Ship y la “de los militares”. En todas se escuchaba música y se organizaban torneos de dardos. En alguna, se aceptaba la presencia femenina. Los puritanos del lugar aseguraban que esa “apertura” convertía a Puerto Stanley en “la capital de la infidelidad’. No andaban muy errados. Los habitantes se entretenían practicando equitación, tiro al blanco, pesca deportiva y rugby, pero había otra forma de esparcimiento que no figuraba en las estadísticas oficiales: las relaciones extramatrimoniales. Las Malvinas poseían el más alto índice de divorcios en el mundo.

Las islas también tenían el récord mundial de consumo de alcohol per cápita. En 1963 se habían vendido80.000 litrosde whisky, gin y cerveza. El horario de los pubs se cumplía rigurosamente, al estilo británico: de ocho a 12 y de17 a22. Alas 10 de la noche, la radio transmitía el Himno Real y cesaban las actividades. Los domingos, las cantinas sólo abrían una hora, después del oficio religioso.

El Darwin era el único barco que una vez al mes vinculaba al archipiélago con el continente, desde Montevideo. Tras cinco días de navegación, el buque descargaba ropa, víveres, combustible, vehículos, materiales de construcción, muebles y artefactos electrodomésticos. El local comercial que ostentaba mayor surtido de mercaderías pertenecía, por supuesto, ala Falkland Islands Company. El Darwin también traía correspondencia, algunas revistas de Buenos Aires y el Times, de Londres. Desde Argentina –el tercer importador de productos– llegaban alimentos, especialmente manzanas. Hacia Gran Bretaña salía medio millón de kilos en lanas y cueros.

Un jefe de policía, un inspector, un sargento y cuatro aburridos agentes mantenían la ley y el orden. La delincuencia casi no existía y los uniformados actuaban generalmente en riñas de ebrios. Ni siquiera se generaban problemas de tránsito: había 77 camiones, 159 automóviles, 239 jeeps Land Rover y ocho motonetas, pero la mayoría de los vehículos estaba en el campo.

No había ministerio de Trabajo y existía un solo sindicato: el Falkland Islands General Employee Union. Richard Goss era el secretario general. Goss también ostentaba el grado de capitán dela Fuerzade Defensores Voluntarios, una milicia de reservistas. Seis ex comandos ingleses que participaron dela Segunda GuerraMundial entrenaban una o dos veces por año a los voluntarios. En el arsenal local, cada uno de los habitantes que integraba la milicia poseía su fusil, la provisión de municiones y el equipo militar; algunos, incluso, guardaban el arma en la propia casa.

Veinte soldados constituían la fuerza militar del Reino Unido. Se cree que muchos de ellos eran mercenarios belgas que combatieron el ex Congo en los primeros años de la década del 60.

La primicia de un radioaficionado

En septiembre de 1966 residían sólo cuatro argentinos en las islas. Uno de ellos, Cecil Bertrand, había llegado en1928 ala búsqueda de aventuras. Se dedicó a la pesca de ballenas y en 1963 le compró a un irlandés las islas Carcass en10.000 librasesterlinas. En ese momento poseía una estancia. “Si alguna vez las Malvinas son argentinas, espero que no nos toque la misma suerte que a los tucumanos ni que estas islas sean poblados por chilenos como la Patagonia”, declaró a enviados de la revista Panorama, de Buenos Aires.

Sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard era el gobernador de la isla, pero ese 28 de septiembre de 1966 no se encontraba en el archipiélago. Lo suplantaba el vicegobernador.

Albert Clifton, apodado “Pinocho” a causa de su prominente nariz, era uno de los personajes más populares de la isla. Había estudiado administración de empresas en Argentina, pero como no consiguió trabajo en las islas, compró treinta vacas y se convirtió en lechero. Envasaba la leche en botellas de whisky vacías; gracias a los hábitos locales, no le costaba mucho trabajo conseguirlas. Clifton fue uno de los primeros malvinenses que aquel nublado miércoles divisó un avión de Aerolíneas Argentinas que daba vueltas, sobrevolando el poblado. Pensó que la nave tenía un desperfecto mecánico.

Puerto Stanley carecía de pista de aterrizaje. Aquel día, el radioaficionado Anthony Hardy fue el primero en divulgar una noticia que conmovió a millones de argentinos: a las 9:57 de la mañana, informó que un avión Douglas DC-4 había descendido a las 8:42 en la embarrada pista de carreras cuadreras, de800 metros. Su emisión se captó en Trelew, Punta Arenas y Río Gallegos. Y de esas ciudades se retransmitió a Buenos Aires. Habían transcurrido 133 años desde la última presencia oficial argentina en las Islas Malvinas.

Rumbo Uno-cero-cinco

En el Museo Marítimo de Ushuaia (Tierra del Fuego) se exhiben nueve armas cortas y largas. Hay tres revólveres: un Colt 45, un Tanque 38 y un Smith & Wesson 38. También se muestran tres pistolas: una Destroyer 7.65 y dos Mauser con culatín de madera desmontable. Completan la colección un rifle Winchester 44 y una carabina Pietro Beretta calibre9 mm. Esas piezas –y algunas otras que no figuran en la exhibición– fueron parte del heterogéneo armamento utilizado en las Malvinas por un grupo comando de dieciocho jóvenes argentinos, entre los que había una mujer. Las armas permanecieron tres días en el territorio usurpado por Gran Bretaña en 1833. Una pistola Lüger se quedó “de recuerdo” en Puerto Stanley. Ninguna de ellas causó víctimas, porque no fueron disparadas.

Alrededor de las seis de la mañana de aquel miércoles 28 de septiembre, los muchachos tomaron el control del vuelo 648 que había despegado del aeroparque Jorge Newberry hacia Río Gallegos. Fue el inicio de una pequeña gran gesta patriótica, conocida como Operativo Cóndor.

– Rumbo uno cero cinco –ordenó Dardo Cabo, alias “Lito”, un joven alto y delgado de 25 años, periodista y afiliado ala Unión Obrera Metalúrgica, jefe del comando juvenil. Lo secundaba Alejandro Giovenco, de 21 años, de baja estatura pero fornido, apodado “El chicato” a causa del grueso aumento de sus lentes. El comandante Ernesto Fernández García obedeció la orden y enfiló la nave, con treinta y cinco pasajeros a bordo, rumbo a las Malvinas.

La periodista y dramaturga María Cristina Verrier, de 27 años, era la tercera al mando del grupo. Su padre, César Verrier, había sido juez dela Suprema Corte de Justicia y funcionario del gobierno de Arturo Frondizi (1958-1961). Un tío, Roberto Verrier, fue ministro de Economía durante tres meses de 1957, en tiempos de la “revolución libertadora”.

Los otros integrantes del Comando Cóndor eran Ricardo Ahe, de 20 años de edad, empleado; Norberto Karasiewicz, 20 años, metalúrgico; Andrés Castillo, 23 años, empleado; Aldo Omar Ramírez, 18 años, estudiante; Juan Carlos Bovo, 21 años, metalúrgico; Pedro Tursi, 29 años, empleado; Ramón Sánchez, 20 años, obrero; Juan Carlos Rodríguez, 31 años, empleado; Luis Caprara, 20 años, estudiante; Edelmiro Jesús Ramón Navarro, 27 años, empleado; Fernando José Aguirre, 20 años, empleado; Fernando Lisardo, 20 años, empleado; Pedro Bernardini, 28 años, metalúrgico; Edgardo Salcedo, 24 años, estudiante; y Víctor Chazarreta, 32 años, metalúrgico. La edad promedio del grupo era de 22 años. Todos eran peronistas.

“Fui a Malvinas a reafirmar nuestra soberanía”

Cuando el DC-4 logró aterrizar, los muchachos descendieron y desplegaron siete banderas argentinas. El Operativo Cóndor tenía previsto tomar la residencia del gobernador británico y ocupar el arsenal de la isla, mientras se divulgaba una proclama radial que debería ser escuchada en Argentina. El objetivo no se pudo cumplir porque el avión, de 35.000 kilos, se enterró en la pista de carreras y quedó muy alejado de la casa de sir Cosmo Haskard. La nave, además, fue rodeada por varias camionetas y más de cien isleños, entre soldados, milicianos dela Fuerzade Defensa y nativos armados.

Bajo la persistente lluvia y encandilados por potentes reflectores, los comandos bautizaron el lugar como “Aeropuerto Antonio Rivero”. El sacerdote católico de la isla, Rodolfo Roel, intermedió para que los restantes pasajeros –entre los que se encontraba Héctor Ricardo García, director del diario Crónica y de la revista Así– se alojaran en casas de kelpers, mientras los cóndores permanecían en el avión.

Al anochecer, Dardo Cabo le solicitó al padre Roel que celebrara una misa en la nave y después los dieciocho jóvenes cantaron el Himno Nacional. Al día siguiente, luego de formarse frente a un mástil con una bandera argentina y entonar nuevamente el himno, el grupo entregó las armas al comandante aviador Fernández García, única autoridad que reconocieron. Los muchachos fueron detenidos bajo una fuerte custodia inglesa durante 48 horas en la parroquia católica.

El sábado a mediodía, el buque argentino Bahía Buen Suceso embarcó a los 18 comandos, la tripulación del avión y los pasajeros rumbo al sur argentino, adonde llegaron el lunes de madrugada. Los jóvenes peronistas fueron detenidos en las jefaturas dela Policía Federalde Ushuaia y Río Grande, en el territorio nacional de Tierra del Fuego. Interrogados por un juez, se limitaron a responder: “Fui a Malvinas a reafirmar nuestra soberanía”. Quince de ellos fueron dejados en libertad luego de nueve meses de prisión. Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez­ permanecieron tres años en prisión debido a sus antecedentes político-policiales como militantes dela Juventud Peronista.

La casi aristocrática María Cristina Verrier, hija de un juez, y el medio plebeyo Dardo Cabo, hijo de un legendario dirigente gremial, se casaron en la cárcel. El resultado de esa unión en cautiverio fue una niña llamada María.

El 22 de noviembre de 1966, los integrantes del comando fueron enjuiciados en Bahía Blanca. Como el secuestro de aviones aún no estaba penalizado en Argentina, los cargos de la fiscalía fueron “privación de la libertad”, “tenencia de armas de guerra”, “delitos que comprometen la paz y la dignidad dela Nación”, “asociación ilícita”, “intimidación pública”, “robo calificado en despoblado” y “piratería”. Así trató la dictadura militar del general Onganía al grupo de jóvenes patriotas, a quienes definió como “facciosos”. Y casi cuatro décadas después, ningún libro de historia o manual escolar recuerda la gesta.

La encrucijada de los años de plomo

La vorágine de los años 70, efímera y feroz, provocó que los miembros del grupo comando tomaran diversos rumbos políticos. Cuatro años después del Operativo Cóndor, unos lucharon por la “patria socialista” y otros por la “patria peronista”. El 20 de junio de 1973, cuando el general Juan Domingo Perón regresó definitivamente a Argentina y lo que debió ser una histórica fiesta popular se transformó en una orgía de pólvora y sangre, una parte de ellos estuvo arriba del palco de Ezeiza y el resto permaneció abajo, cuerpo a tierra.

Aquellos jóvenes idealistas que en la primavera de 1966 se convirtieron en hombres de acción y se jugaron la vida en las Islas Malvinas unidos por el amor a esa porción de patria desmembrada, fueron desunidos por recíprocas acusaciones de “infiltrados”. Unos terminaron como guardaespaldas en sindicatos del peronismo ortodoxo; otros, ingresaron a organizaciones guerrilleras. El escritor Osvaldo Soriano resumió este desencuentro con pocas palabras: “¡Viva Perón!”, gritaba el que disparaba su arma de fuego. “¡Viva Perón!”, exclamaba el que moría.

Hoy sobreviven nueve cóndores. De los otros nueve que ya no están, cinco murieron en forma violenta, de un lado y de otro. Hoy, a la distancia, quizá sea cierto lo que escribió el brasileño Jorge Amado en Los viejos marineros: “Cuando un hombre muere, se reintegra a su respetabilidad más auténtica, aunque se haya pasado la vida haciendo locuras: la muerte apaga, con mano de ausencia, las manchas del pasado, y la memoria del muerto fulge como un diamante”.

Misiones silenciosas

Hubo otros jóvenes peronistas tras bambalinas que suministraron apoyo desde Buenos Aires al Operativo Cóndor. Cuatro de ellos fueron Américo Rial, Emilio Abras, Rodolfo Pfaffendorf y Omar Marinucci.

Los periodistas Rial y Abras, militantes del Movimiento Nueva Argentina (MNA), trabajaban en Crónica. Junto con Dardo Cabo, entonces también miembro del MNA, convencieron antes del Operativo Cóndor a Héctor Ricardo García, director del diario, de viajar en el DC-4 de Aerolíneas Argentinas. Después, aprovecharon su ausencia para convertir al periódico en el principal medio propagandístico de la hazaña.

En la quinta edición de la tarde de aquel 28 de septiembre Crónica tituló a ocho columnas: “Secuestran un avión en vuelo y ocupan las islas Malvinas”.Y abajo se lee: “Reeditando la hazaña del gaucho Rivero […] un puñado de jóvenes argentinos, tras una audaz operación de comando (la denominaron Cóndor) cumplida a bordo de un DC-4 de Aerolíneas Argentinas en viaje a Río Gallegos, hicieron desviar la máquina hacia Puerto Stanley (desde ahora Puerto Rivero), ocuparon la isla, emitieron un comunicado y dieron a conocer una proclama. La noticia causó sensación en todo el ámbito nacional y a nivel mundial”.

Los compañeros de los cóndores en Buenos Aires querían publicar también enLa Razón, un importante diario de la tarde. En la noche del 27 de septiembre, Rial hizo una gestión para que Félix Laíño, el famoso editor del vespertino, recibiera a Pfaffendorf, otro militante del MNA. Pfaffendorf le llevó una carpeta con comunicados, fotos de los dieciocho integrantes del comando y sus datos biográficos. Laíño dudó en publicar algo sobre un hecho que aún no había sucedido.

“Dijo que no podía jugar el diario en algo que no estaba seguro”, me relató Pfaffendorf una tarde en 1997. “¡Y yo le di mi cédula de identidad como garantía! Me creyó. Nuestros comunicados salieron en la tapa de la quinta edición deLa Razón. Parano comprometerme, Laíño me describe como un joven de 27 años, padre de dos hijos”.

“Si en medio del combate cayeras, camarada”

El 28 de septiembre de 1966 me faltaban un mes y diez días para cumplir dieciocho años. Al atardecer de aquella jornada, enterado de las noticias, salí espontáneamente a la calle. En el centro de la ciudad me uní a otros jóvenes que no conocía. Llegamos ala Plaza SanMartín, donde está la sede de la cancillería argentina, gritando consignas nacionalistas. A la noche, cinco o seis muchachos terminamos presos en una comisaría del elegante Barrio Norte. Todos éramos menores y los policías nos trataron bien. O mejor dicho: no nos trataron mal. Tomaron nuestros datos y nos permitieron salir. Creo que hasta los canas estaban un poco eufóricos aquella noche.

Mientras caminaba hacia mi casa, yo no podía imaginar que más de cuarenta años más tarde me convertiría en amigo de Américo Rial y “Rudy” Pfaffendorf, y de casi todos los “cóndores” supervivientes: Aguirre, Ahe, Bovo, Castillo, Lisardo, Navarro y Karaciewicz.

Fueron Rial y Pfaffendorf quienes me contaron que aquella misma noche tres militantes del Movimiento Nueva Argentina se subieron a un destartalado Citröen y decidieron pasar frente al consulado inglés. Los hoy muertos Jorge Money y Miguel Ángel Castrofini, junto con un tercero que aún vive y que estuvo fugazmente vinculado a la guerrilla de los Uturuncos, llevaban una ametralladora PAM que había pertenecido ala Resistencia Peronista.Al pasar frente a la delegación diplomática, vieron luz en una ventana y dispararon una ráfaga. Al día siguiente leyeron en los diarios que cinco balas se habían incrustado en la pared de un salón. Y que diez minutos antes el príncipe Felipe de Edimburgo había estado parado exactamente ahí. Seguramente charlaba sobre su partido de polo con Juan Carlos Onganía.

Años después, se cumpliría –una vez más– el doloroso paradigma que enfrentó a ex camaradas de una misma generación, separados por ideología, unidos por vocación de patria y pueblo. El 8 de marzo de 1974, “Titi” Castrofini fue ultimado a tiros en la puerta de su casa por un comando del Ejército Revolucionario del Pueblo 22 de Agosto (ERP-22). El 18 de mayo de 1975, el periodista y poeta Jorge Money fue asesinado porla Alianza AnticomunistaArgentina (Triple A). Money trabajaba en el diarioLa Opinión, de Jacobo Timerman, y era simpatizante del ERP-22.

En los años 70, el ERP imprimió algunos pequeños afiches con el siguiente poema:

Al pie de nuestros muertos

una flor crece.

Nuestra mano la recoge,

nuestro fusil la protege.

Una década antes, el MNA había hecho suyas estas otras estrofas:

Si en medio del combate

cayeras, camarada,

con el azul y blanco

tu cuerpo cubriré

y besada por luna

de montes y de pampas

en la tierra que descansas

florecerá el laurel.

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