Carlos Paz, intelectual y militante*. Por Silvio Juan Maresca

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Hoy, día del escritor, se cumplen exactamente dos años de la muerte de
Carlos Paz. Dos años, en verdad, de una catástrofe, porque la muerte es
siempre una catástrofe, algo que apenas alcanzo a representarme así. Al
evocar a Carlos, recordamos a un intelectual del campo nacional y popular,
con todo lo que ello implica –ante todo un destino trágico. Dije, “destino trágico”: no me refiero únicamente, ni siquiera centralmente, a las dramáticas circunstancias en que tuvo lugar la muerte de Carlos Paz.
Sociólogo, historiador, Carlos Paz, en efecto, permaneció siempre fiel a sus
convicciones básicas, las de todo intelectual del campo nacional y popular:
no somos una Nación en plenitud, en el sentido acabado de la palabra, y
tenemos que serlo; somos un pueblo sojuzgado y sufriente y tenemos que
dejar de serlo. La felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación. Lo nacional
y lo popular como verdaderos hermanos siameses y no como pretendieron y
todavía pretenden algunos, una Nación con un pueblo excluido y hambreado
o, más imposible y absurdo si se quiere, un pueblo digno y feliz, plenamente
realizado, en una Nación heterónoma. No hay soberanía nacional sin justicia
social, ni justicia social sin soberanía nacional. Falta agregar, por supuesto, y
no es lo de menos, la independencia económica.
Carlos Paz se formó, como muchos de nosotros, leyendo a las mejores plumas del pensamiento nacional: José María Rosa, Jorge Abelardo Ramos,
Fermín Chávez, Juan José Hernández Arregui, Arturo Jauretche, Raúl
Scalabrini Ortiz, Julio Irazusta, Ernesto Palacio, Arturo Sampay, Juan Domingo Perón, John William Cooke, Norberto Galasso, Manuel Gálvez,
Leopoldo Marechal, Jorge Enea Spilimbergo, Osvaldo Guglielmino y tantísimos
otros. Su erudición histórica era vastísima.
Como hombre de izquierda, que lo era, y mucho, despreció sin embargo a
una izquierda internacionalista y antipopular, liberal, autodenominada progresista, pero que los grandes movimientos nacionales y populares encontraron
siempre en la vereda de enfrente. Es que tanto ayer como hoy, el progresismo jamás renunció a liquidar de una buena vez los “populismos” –para utilizar
su confusa terminología–, a terminar con el “hecho maldito del país burgués”
–como llamaba al peronismo J. W. Cooke–, para construir en cambio un país
“normal”, bien a la europea o a la norteamericana, con su bipartidismo de
centroderecha y de centroizquierda y sin masas “bárbaras” que aspiren a
imponer una racionalidad distinta. Problema cultural, en un sentido profundo,
que la Argentina aún no ha logrado resolver.
Pero Carlos Paz, a diferencia de otros, sufría cotidianamente en carne propia
las desventuras del pueblo, en particular, de los más humildes y desheredados, así como el avasallamiento de la Nación por parte de los imperialismos
de turno, aliados a una oligarquía miserable, siempre mucho más preocupada por acumular excedentes económicos y remitirlos al exterior del país que
por construir una patria de la cual sentirse orgullosa..
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Silvio Juan Maresca
Dueño de una prosa excelente, que se inscribe sin dificultad en la tradición de
los más destacados escritores nacionales, Carlos Paz publicó varios libros e
innumerables artículos, muchos de ellos en revistas de escasa tirada, circulación restringida y vida efímera. Permanece inédito abundante material de
su autoría y sin identificar aunque más no fuera parte de la gran cantidad de
documentos, declaraciones, etc. que redactó expresando posiciones colectivas en distintos momentos de la vida nacional.
Entre sus libros sobresalen Hernández y Fierro, La otra cara de la historia
(Catálogos, 1992) y el casi póstumo Poder, negocios y corrupción en la época de Rivadavia, publicado por Ediciones De Alejandría en abril de 2001. En
forma muy ajustada, Alberto González Arzac resume así el contenido y estilo
de este último libro: “La pluma eximia de Carlos Paz nos presenta la imagen
de un Rivadavia distinto al que nos enseñaron décadas atrás. No es el
Rivadavia del talento y la genialidad sino el Rivadavia de los negocios y la
corrupción. No es el Rivadavia del progreso sino el Rivadavia de la entrega.
Tampoco el estadista clarividente; más bien el político faccioso y utilitario. Es
el Rivadavia real, concebido en su medio y desnudado en sus ambiciones a
través de un estudio erudito y valioso.
Un libro bien escrito, excelentemente informado y amenamente concebido
que no se circunscribe a Rivadavia sino que caracteriza admirablemente la
sociedad, la economía y las ideas de una época en la que él fue personalidad
importante”. No es mérito secundario, agrego por mi parte, haberse atrevido
a retomar el tema después de piezas maestras de Ernesto Palacio, “Pepe”
Rosa, Fermín Chávez.
Por lo demás, pagó todos los precios, y quizá más caro que otros, que abonan los intelectuales de vocación nacional y popular, esa rara especie siempre en peligro de extinción; suplementos literarios vedados, grandes editoriales clausuradas, medios masivos de comunicación tácitamente prohibidos…
¿para qué seguir? Es que el mundo de la cultura, el pensamiento y la comunicación siempre estuvo dominado en la Argentina por una idea hostil a todo
lo que oliera a nacional y popular, al hedor de América, como gustaba decir
Rodolfo Kursch. Y la estrategia es siempre la misma, la más siniestra de
todas: la política del silencio, de la falta de reconocimiento.
He dicho “política” y he dicho mal, porque la política implica reconocimiento.
Difícilmente pueda encontrarse en otro país algo similar: el otro no existe. No
es siquiera un enemigo; sencillamente, no existe. Tratar al otro como enemigo es reconocerlo, es incluso una forma eximia del reconocimiento; es dar a
conocer su nombre, sus puntos de vista, sus ideas, para combatirlos y refutarlos. Silenciar al otro, ignorarlo completamente, desconocerlo como interlocutor es en cambio condenarlo al exilio en su propia tierra, volverlo inseguro,
vacilante y menesteroso cuando no empujarlo a una rencorosa agresividad
en definitiva estéril, de la cual el pensamiento nacional debe guardarse especialmente..
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La cosa se agrava todavía más por el desdén que ha manifestado siempre la
conducción política del movimiento nacional y popular por el pensamiento y
sus intelectuales, quizá con la única excepción de Perón, al menos en el
sentido de que él mismo poseía una notable capacidad conceptual y la ejercía. Para no pecar de injustos deberíamos rescatar también la figura de Antonio Cafiero, siempre estudioso, siempre actualizado, siempre brindando un
lugar a los intelectuales del movimiento, siempre incluyendo la dimensión del
pensamiento en su acción política. Pero estas excepciones, aun cuando comprendan al mismo Perón, no alcanzan a modificar el panorama general, más
bien lo confirman. Otra vez se cumple aquello de que la excepción confirma
la regla. Los años pasan pero las sucesivas conducciones del movimiento no
entienden que sin un profundo cambio cultural la causa está perdida. Esto
supone, claro está, que lo que he llamado la “causa” les interesa, cosa por
demás dudosa. Quien detenta el dominio ideológico-cultural tiene también el
dominio económico y político, como lo ha probado hasta el cansancio la historia de nuestra patria. Y ese dominio ideológico-cultural sigue en manos del
establishment, con sus variantes de “derecha” y de “izquierda”, “reaccionaria” o “progresista”.
Carlos Paz era un hombre afable y bondadoso, más vale parco, siempre
dispuesto a escuchar a los demás, de gran generosidad, algo nervioso y
tenso detrás de su aparente calma. Su cálida receptividad contrastaba con
su dureza ideológica, incluso su inflexibilidad. Jamás cedió un ápice en su
manera de pensar ni, lo que es más importante todavía, concedió nada en el
plano de la acción. En los ‘90 combatió en todas las formas que pudo al
menemismo que, según creo, nunca fue para él otra cosa que una traición a
la causa de la Nación y de su pueblo.
Yo conocí y traté cotidianamente a Carlos Paz en la década del ‘80. Trabajamos juntos en el Senado de la Nación. Nos conocimos, en realidad, por lo
que recuerdo, en el memorable Congreso de Cultura, Educación, Ciencia y
Tecnología que realizó el Justicialismo, a instancias de José María Castiñeira
de Dios, con la invalorable colaboración de Ana Lorenzo, poco antes de las
elecciones de 1983, en el hotel Bauen.
Durante la segunda mitad de la década del ‘80 sostuvimos, junto a Mario
Casalla, Oscar Sbarra Mitre, Joaquín Da Rocha, Oscar Merlo, Silvio Peduto,
Jorge Cellier, la ya nombrada Ana Lorenzo, Osvaldo Guglielmino, varios
amigos más y una pléyade de colaboradores más o menos esporádicos, todos dirigidos por el talento y la capacidad de trabajo de Oscar Castellucci,
dos excelentes publicaciones que alcanzaron cierta importancia: Aportes y
Crear. Desde sus páginas enfrentábamos al alfonsinismo (algo más
impiadosamente de lo que merecía, a la luz de lo que vino después), pero
también, aunque nos inscribíamos en la Renovación, a las tendencias excesivamente socialdemócratas que la enturbiaban. Es que el campo nacional y
Carlos Paz, intelectual y militante.
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popular –y esto hay que comprenderlo– a consecuencia de su debilidad intrínseca y de la ceguera de sus dirigentes políticos en el terreno de la lucha
cultural, sucumbe una y otra vez al hechizo de la ideologías de moda –o que
fabrican para nosotros– en EE.UU., Europa… hasta que logra sacárselas de
encima (con alto costo, las más de las veces). Para explicar este fenómeno
construí hacia principios de los ’90 la teoría de las máscaras del peronismo,
que en los últimos tiempos alcanzó una notable difusión. Despojados de la
máscara neoliberal parece que ahora nos toca calzarnos la progresista. Así
como Jorge Castro fue uno de los teóricos prominentes de la etapa neoliberal
hoy intenta adoctrinarnos el inefable Ingeniero Torcuato Di Tella, hombre superficial y casquivano, cuyas banales ideas puede conocer sin dificultad quien
tenga la paciencia, eso sí, de soportar la lectura de alguno de sus libros,
tediosos y mal escritos, si los hay. Recomiendo, para el caso, la Historia del
progresismo en la Argentina. No tiene desperdicio.
Pero esta es ya otra historia, en la cual, desgraciadamente, la presencia viva
de Carlos Paz no nos acompañará. No tendremos su voz, su pensamiento
esclarecedor, su insobornable fidelidad a la causa nacional y popular, su
militancia. Hoy, a dos años de la catástrofe, su sombra, inconsciente, vaga
por el Hades Criollo junto con la de casi todos nuestros maestros y muchos,
demasiados, compañeros. Por mi parte, podría seguir largo rato, porque cuando se abre la esclusa de los recuerdos, movidos por los afectos, se desencadena un torrente caudaloso. Pero me detengo aquí. Para terminar, quiero
decir que Carlos Paz, por su vida y por su obra, merece que no lo olvidemos,
que cultivemos su memoria, que trabajemos su figura. Y a su mujer y a sus
hijos, aquí presentes, algo que es casi innecesario decir: la mejor herencia
que puede dejar un esposo y un padre es haber vivido con altísima dignidad.
* Comunicación leída el 13 de junio de
2003, en la Biblioteca Nacional, con motivo
del homenaje realizado a Carlos Paz en el
segundo aniversario de su muerte. El texto
ha sido ampliado en algunos puntos para la
presente edición.

* Comunicación leída el 13 de junio de2003, en la Biblioteca Nacional, con motivodel homenaje realizado a Carlos Paz en elsegundo aniversario de su muerte. El textoha sido ampliado en algunos puntos para lapresente edición.

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