PERÓN Y LA COMUNIDAD JUDIA. POR Roberto Bardini *

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dSe habla mucho sobre la relación –presunta, real o exagerada- del general Juan Domingo Perón con los nazis. Los criminales de guerra alemanes refugiados en Argentina han dado motivo para innumerables artículos periodísticos, conferencias, libros y películas documentales. Para algunos autores, incluso, el tema se ha convertido en un lucrativo negocio que siempre “vende”. Por estos días, incluso, se presentarán algunos textos en la Feria del Libro en Buenos Aires. Sin embargo, muy poco se ha dicho acerca de las excelentes relaciones que el tres veces presidente argentino mantuvo con la comunidad judía del país.

La historia viene de antes. Entre 1930 y 1949, “la Argentina recibió a más refugiados judíos per cápita que cualquier otro país del mundo, excepto Palestina y, posiblemente, Uruguay”, escribe el canadiense Ronald C. Newton en El Cuarto Lado del Triángulo, la «Amenaza Nazi» en la Argentina – 1931-1947 (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1996).

Entre 1933 y 1945, Argentina admitió a 35 mil europeos perseguidos por motivos raciales. En 1942, el gobierno concedió la entrada al país a mil niños judíos refugiados de guerra. Después del golpe militar del 4 de junio de 1943, el escritor nacionalista Gustavo Martínez Zuviría, autor con el seudónimo de Hugo Wast de OroKahal –dos voluminosas novelas antisemitas– fue designado ministro de Educación. No obstante, bajo el mismo régimen se creó la Ayuda a las Víctimas Judías de la Guerra.

En 1944, al fundarse el Banco Industrial estatal, el Banco Industrial judío cambió cortésmente su nombre por el de Banco Comercial. En 1945, se inauguró la nueva sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en Pasteur 633. La Sociedad Hebraica Argentina (SHA) comenzó a publicar Davar, una revista dirigida por el poeta y escritor Bernardo Verbitsky, padre del periodista Horacio Verbitsky.

Existen muchos y variados testimonios acerca de la cordial relación que mantuvieron la comunidad judía argentina y el general Perón, pero su enumeración detallada excedería el objetivo de este artículo. No obstante, vale la pena mencionar algunos hechos a vuelo de pájaro.

“El antisemitismo no pasa por el peronismo”

En 1946, durante el gobierno peronista, por primera vez en la historia argentina se conceden días libres a los soldados conscriptos judíos para que puedan celebrar sus fechas religiosas.

Al año siguiente, se instituye la primera Feria del Libro Judío, que funciona durante 30 días y vende más de 25 mil volúmenes . Esta actividad continúa a lo largo de décadas, cerca de la celebración de Rosh Haná. Se exhiben y venden libros de temática judía en idish, hebreo, castellano, inglés y francés, además de discos y objetos del ritual judío.

La cancillería justicialista, encabezada por Juan Atilio Bramuglia, es la primera de América Latina en reconocer al nuevo Estado de Israel, creado en territorio palestino en mayo de 1948. El primero de agosto se inician las relaciones diplomáticas entre ambos países.

El 5 agosto de ese año, el diplomático Moshe Tov informa ante la Sociedad de las Naciones –antecedente la Organización de Naciones Unidas– que Argentina se hallaba entre los países de América latina que ya habían reconocido formalmente al Estado hebreo.

El 20 de ese mes se inaugura el local de la Organización Israelita Argentina (OIA), en Sarmiento 2025. Perón y Evita asisten y hablan en el acto. El general quiere sumar la OIA, integrada por empresarios judíos, como una sección de hombres de negocios del movimiento justicialista. Pablo Mangel, presidente de la institución, es designado posteriormente embajador argentino en Israel.

También en 1948 se funda en Buenos Aires el Instituto Judío de Cultura e Información, presidido por Simón Mirelman, y la colectividad israelita inicia contactos con Perón, principalmente a través del ministro del Interior, Ángel Borlenghi, cuya esposa es de origen judío. El rabino Amran Blum es designado catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, y asesor presidencial en temas religiosos.

La cancillería israelí designa como representante diplomático en Argentina al hasta ese momento embajador itinerante, Yaacob Tsur, quien presenta sus cartas credenciales al presidente Perón el 25 de enero de 1949.

La Constitución promulgada por el peronismo en 1949 incluye una condena a la discriminación racial y religiosa. Ese año, Evita pronuncia un discurso en el que afirma que quienes impulsan el antisemitismo en Argentina son “los nefastos representantes de la oligarquía”. El jefe de prensa del gobierno, Raúl Apold, es judío. Los antiperonistas, sin embargo, lo califican como… el Goebbels argentino.

El primer presidente de Israel, Chaim Weizman, visita Buenos Aires en 1951 y es recibido con honores. El flamante jefe de Estado obsequia una Biblia antigua a Perón y anuncia que su gobierno bautizará una plazoleta con el nombre del mandatario argentino. Poco después, se inaugura en Plaza de Mayo un mástil donado por comerciantes, empresarios y hombres de negocios de origen hebreo.

En 1952 se realiza un congreso para organizar la colectividad judía, al que adhieren 140 instituciones. La Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), creada en 1935, se constituye en el “brazo externo de la comunidad” e instituye una beca de estudio para la Universidad de Jerusalén. Un año más tarde, inicia sus labores el Archivo de Prensa de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), que reúne material periodístico referido a todos los aspectos de la vida de la congregación judía en el país. Más de 13 mil socios votan en las elecciones para autoridades de esa entidad.

Existe un testimonio decisivo, que ninguno de los autores empeñados en demostrar las “inclinaciones fascistas” del entonces presidente. Jacob Tsur, el primer embajador israelí en Argentina, publica en 1983 su libro Cartas credenciales, en el que señala: “En la perspectiva simplista de Washington, Perón sólo podía ser nazi o comunista”.

En octubre de ese mismo año, el ex representante diplomático argentino en Israel, Pablo Mangel, declara: “El antisemitismo no pasa por el peronismo. Fui testigo y partícipe directo del apoyo brindado por el gobierno peronista al pueblo judío, que se debatía en tiempos de postguerra entre el hambre y el desarraigo (…). Se le otorgaron amplias facilidades a los judíos que huían de la Europa deshecha y que casi siempre llegaban sin documentos”. El ex funcionario relata que Estados Unidos no permitió la entrada a un buque que había partido de Chipre repleto de exiliados judíos y que “Evita no sólo los recibió sino que se preocupó por conseguirles trabajo”.

La Alianza Libertadora Nacionalista se “desnazifica”.

Ajenos a los nuevos vientos políticos, en junio de 1948 militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista atacaron la Sociedad Deportiva Bar Kochba y en julio colocaron una bomba de estruendo en una sinagoga ubicada en la calle Libertad. Para entonces, la organización acaudillada por Juan Queraltó se había convertido en un estorbo para el gobierno peronista.

Es entonces cuando Guillermo Patricio Kelly, que había sido expulsado de la Alianza Libertadora, reaparece en escena: echa a Queraltó de la jefatura y pasa a ocupar su lugar. Existen varias versiones de este coup de état casero. El propio Kelly dio su testimonio a la revista Humor en octubre de 1982:

“Intenté derribar en el 51 a Queraltó, y fui preso. Recién lo conseguí en abril del 53. (…) Le cambié el nombre, y le puse Alianza Popular Nacionalista. (…) Como Perón no hizo la revolución a fondo, los que estábamos ahí como revolucionarios terminamos siendo fuerza de choque. (…) Todos los nacionalismos de esa época, esto es importante entenderlo, estaban impregnados de alguna manera de la propaganda de los países del Eje. La disciplina era del fascismo; las consignas, del nazismo, y la Falange aportaba los libros. Cuando le tomamos el local a Queraltó, derribamos a los nazis, a los fascistas y a los falangistas”.

Queraltó, por su parte, acusó años más tarde a Kelly de estar al servicio del entonces ministro del Interior, Ángel Borlenghi, de quien dijo que había tenido “militancia comunista” en la CGT. “Un día la policía entra al local de San Martín y Corrientes, y mete de prepotencia a Guillermo Patricio Kelly, a quien la Alianza había expulsado en 1946. Así se apodera de nuestra organización por medio de un acto de fuerza apoyado por la policía mandada por Borlenghi. A mí me llevan preso a Orden Político (…). A los quince días de encierro, Perón me manda a llamar y me ordena que «desensille hasta que aclare». Me designaron en la embajada argentina en Paraguay”.

De acuerdo con la revista Primera Plana (Nº 18, segunda época, 26 de agosto de 1983), Kelly mantuvo secuestrado a Queraltó y a tres personas más durante varios días. A través de los años, una versión se transmitirá en boca en boca en las filas nacionalistas y peronistas: durante el cautiverio, el descendiente de irlandeses obligó al ex jefe de la ALN a beber grandes cantidades de aceite de ricino (un castigo de la Italia fascista que muchos nacionalistas argentinos adoptaron para sancionar las faltas de sus propios militantes). Cuando su prisionero se hallaba en medio de un expansivo ataque de diarrea, Kelly lo arrojó por una ventana.

En esos meses, por instrucciones directas de Perón a Kelly, la Alianza Libertadora Nacionalista abandona el antisemitismo inyectado por Queraltó y, posteriormente, el periódico Alianza entrevista a miembros destacados de la colectividad judía en Buenos Aires. Muchos años más tarde, Kelly visitará Israel en cinco o seis oportunidades, y será un entusiasta propagandista de “las flores que nacieron en el desierto del Sinaí”.

Durante el conflicto del gobierno peronista con la Iglesia Católica, la DAIA respalda algunas medidas oficiales, como la cancelación de la enseñanza religiosa y la ley de divorcio. En 1954, la entidad publica un favorable folleto titulado El pensamiento del presidente Perón sobre el pueblo judío.

“La Iglesia, peor que los judíos y los masones”

En 1956 Perón publica el libro La Fuerza es el Derecho de las Bestias, en Perú. En el Capítulo II, titulado “La Libertad de Cultos”, se lee:

En la Argentina, por disposición constitucional, si bien el Presidente debe ser católico, tiene la obligación de hacer respetar la libertad de cultos. Esta simple y justa prescripción tiende a asegurar una libertad esencial que nadie se atreve ya a discutir en el mundo, por lo menos en público.

Sin embargo, puedo afirmar, con la experiencia dura de los hechos, que es menester poseer un gran carácter y una fuerte energía para imponerse a los sectarios y poder cumplir el juramento empeñado a la Constitución y a la Patria.

Son muchos los que en nombre de la religión vienen a inducirle a uno a la persecución. Un día es a los judíos, otro a los protestantes y luego a los masones, como si un presidente, por ser católico, debiera pasar a ser instrumento de persecución en reemplazo de la ineptitud o incapacidad moral de los pastores encargados del culto.

La primera cuestión que se me trajo fue la invasión protestante a Formosa, donde algunos pastores inculcaban su culto. Yo contesté que en la República Argentina había libertad de culto y que mi deber era ampararla y que así como no me parecía bien que los sacerdotes se metieran en política, tampoco creía prudente que los políticos nos metiéramos en los cultos. Luego se nos insinuó la inconveniencia de que se hicieran espectáculos en las plazas y las calles con motivo que algunos cantaban y tocaban el acordeón. Yo dije que mientras otras religiones hicieran procesiones en la calle, yo no podía impedir que ellos lo hicieran a su manera.

Al hacerme cargo del Gobierno tuve un serio problema con la persecución de los judíos. Se había dado el caso, en Paraná (Entre Ríos), que desnudaron en la calle a un israelita y lo corrieron a golpes dando un espectáculo bochornoso. No había día que alguna sinagoga no fuera dañada con bombas de alquitrán o que en las calles apareciese algún letrero ofensivo. Siempre he creído que estos son signos de barbarie. La culpa recayó invariablemente en los nacionalistas. Un día llamé a los dirigentes de esta agrupación y les hablé francamente. Ellos me manifestaron que era totalmente falso que su movimiento cometiera esos desmanes y tomaron contacto con las organizaciones judías. Se estableció después, que las inscripciones eran de los nacionalistas de la Acción Católica.

“Con referencia a la masonería se me planteó también un problema similar. Se me aseguró que en nuestro movimiento había masones infiltrados. Yo respondí que no sabía, ni que me interesaba, porque mientras fueran buenos peronistas no me importaba si pertenecían a una u otra sociedad. Recuerdo entonces que uno me dijo:

“– Pero, señor presidente, ¿qué piensa usted de un masón?

“– Lo mismo que de un socio de Boca Juniors -le contesté, y terminó la entrevista.

Durante mi gobierno recibí indistintamente a los jefes de la iglesia católica apostólica romana, como a los rabinos judíos, al representante del Patriarca de Jerusalén y jefe de la iglesia ortodoxa de Oriente, a los ortodoxos griegos, a los protestantes, a los mormones, a los adventistas, a los evangelistas, etcétera, porque creí de mi deber no hacer diferencias entre los pastores de los diversos sectores del pueblo argentino. Jamás tuve inconveniente con ninguno de ellos, excepto con los católicos romanos, que no perdieron nunca la ocasión de pedir, imponer, cuestionar las leyes, realizar negocios, armar escándalos...”

Un último dato: el historiador Ignacio Klich, coordinador académico de la Comisión por el Esclarecimiento de las Actividades Nazis en la Argentina (Ceana) y profesor en la Universidad de Westminster en Londres, demostró que durante los dos primeros gobiernos de Perón ingresaron al servicio exterior más judíos que durante las gestiones de predecesores y sucesores.

Es muy importante que integrantes de la colectividad judía Argentina que vivieron aquellos años den su testimonio. Ninguno de ellos, si es honesto, podrá decir que fue discriminado o perseguido por motivos raciales o religiosos.

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