EN EL CREPÚSCULO DE ESTADOS UNIDOS, ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA HERENCIA QUE NOS DEJA Por Walter Moore

El “Modo de Vida Americano” se ha instalado en nuestras naciones, y parece necesario comprender cómo este modelo influye en nuestras vidas, tanto en lo cotidiano y cómo lo trascendente, en lo que propone, y lo que procura hacer desaparecer.

El Imperio Español nos dejó el Cristianismo, y legó nuestro idioma escrito, y eso no es poca cosa. El Imperio Británico nos dejó los ferrocarriles, y la infraestructura de una nación que trabaja en la excelencia (hoy todavía admiramos sus construcciones), nos expoliaban, pero no nos destruían.

Pero después de medio siglo de hegemonía norteamericana ¿Qué cosa buena nos han dejado?.

No hay duda que la cultura norteamericana es violenta, en cualquier nivel en que quiera observarse.

El imperialismo siempre es violento, y en eso Estados Unidos no es peor que los imperialismos europeos de siglos pasados, pero ahora ellos son los hegemónicos y la violencia invade todo, es una forma de vida, que se instaló con el revólver en la cintura.

Por otra parte, todos los Imperios se sostienen en base a una Red de Mentiras, pero en eso ningún otro imperio ha tenido un aparato más sofisticado que Estados Unidos. Su hegemonización de la imagen, primero con Hollywood, y luego con la televisión, ejerce una influencia constante y cotidiana, siempre colonizante, sobre el resto de la Humanidad.

Gracias a este aparato, que comienza a ser cuestionado desde la avanza en los ´70 de “Para leer al Pato Donald”, del chileno Armand Mattelart, hasta los miles de ensayos eruditos o panfletarios sobre el tema, hoy está claro que esa visión norteamericana del mundo no sólo, no es benéfica, sino que nos ha impulsado a vivir peor, pues elude toda propuesta ética, y detrás de un pragmatismo salvaje, nos ha dejado un estructura de vida, que, si la miramos desapasionadamente, es asquerosa.

Enumeremos: Hollywood impulsó la destrucción de la familia. El ejemplo de vida de los actores y los “Ricos y famosos” de ese país, instaló la cotidianeidad de la ruptura de las familias. La fragilizaron de tal manera que, por eventos que siempre ocurrieron, las familias se atomizan, mientras que, casi siempre, las familias tradicionales encontraban la manera de proseguir unidos.

Así como el Imperio Británico se ocupó de destruir la Familia Amplia, de tres generaciones, para instalar como norma la familia “nuclear”, que luego catapultó a la calle a las mujeres, hoy los norteamericanos promocionan intensamente la “familia” monoparental, completando la indiferenciación de los géneros, que destruye la célula básica de cualquier sociedad, que, desde el origen de la humanidad, sostiene la vida social.

Si a esto sumamos su propuesta educativa, su enseñanza en colegios y universidades organizados ahora para formar empleados obedientes, y ya no profesionales libres. Los que siguen estos consejos, los más sumisos y animosos, trepan en las corporaciones, como nos enseñan las  series televisivas, convertidas en un perfecto entrenamiento para la mente del hombre solitario.

La destrucción de la familia, y la educación para la dependencia, forman parte del mismo programa destinado a someternos a los dictámenes de las corporaciones.

A esto se agregan las campañas de descalificación del pensamiento y la acción política, sobre todo si organiza al Pueblo o ilumina los meandros perversos del liberalismo.

Atacan sistemáticamente a los que proponen una organización social  sostenida por una conducta ética, impulsando una vida estructurada en la fragilidad de un sistema de negocios (“tratos”) continuos, pues eso es lo que ha impuesto el “Contrato Social” definido por Rousseau, como base del liberalismo, o sea de la sociedad hegemonizada por los comerciantes, aquellos que Jesús expulsó del templo.

América, la de verdad, la de antes de que llegara el fenicio Colón, desarrolló nuevos productos alimenticios que fueron adoptados por gran parte de la Humanidad. Estados Unidos provoca un gigantesco retroceso en ese campo: Propone que nos alimentemos con productos envasados, producidos y distribuidos por sus corporaciones. Hoy nuestra supervivencia se logra abriendo envases, o peor aún, masticando albóndigas de la peor carne, rebosante de grasa, aplastadas entre un pan.

El resultado, por una parte, es una epidemia occidental de obesidad, y por otra un retroceso cultural: abandonar los cubiertos para comer con las manos y dejar una enorme cantidad de basura al terminar cada colación. Y lo más grave, la lenta pérdida del hábito de comer en familia, de robustecer los lazos afectivos, una forma de aprender a tolerar lo intolerable, o de saber cómo pelear y perdonar, sin ofender mortalmente a amigos o familia.

Y la catástrofe mayor: La sustitución del afecto, que establece relaciones con lazos sólidos, por la fugacidad sexual.

Doctrina desarrollada por el agente de la inteligencia británica Aldus Huxley (este sí que era inteligente) que en 1932, difunde en todo occidente su obra maestra: “Un mundo feliz”, donde el futuro se caracteriza por el desborde sexual y el abuso de las drogas (llamada “Soma” en su libro). Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Huxley se dedicó a desbaratar el intento de cambio cultural que prosperaba en California, donde nacía el Flower Power, que descalificaba el consumismo y reivindicaba el amor como cemento social, en reemplazo de la dura competencia impuesta por las corporaciones.

Huxley, con la colaboración de la CIA, impulsó el consumo masivo de ácido lisérgico y otros alucinógenos, con lo cual el movimiento hippie se degradó. Los Panteras Negras no se sometieron y el FBI asesinó a Malcom X, y condenó a la muerte civil a Angela Davis, destruyendo a un movimiento revolucionario, y así instala como presidente a “un negro con el alma blanca”.

Estados Unidos impuso la mediocridad sumisa de las corporaciones, instalando un sólo objetivo central: Ganar cada vez más dinero, constituyendo una sociedad de estafadores legales, de adictos a la acción, imposibilitados para pensar, pues sólo deben continuar haciendo más de lo mismo, con la adoración de la tecnología como horizonte espiritual,.

Por más que lo pienso, no encuentro nada realmente rescatable de la “Cultura del American Way of Life”, sin embargo, se las ingeniaron para que la hayamos adoptado en gran parte, y lo que es peor, impidieron que surjan tendencias que la sustituyan, excepto, tal vez, la de los seguidores del Islam.

¿Será esa la tarea de nuestros nietos? ¿O el mandato de no pensar, de trascender, se instalará como parte de la cultura dominante? Quizás sea en esto en donde reside la parte más siniestra de los actuales contenidos de los medios de difusión preeminentes.

Algo tenemos que hacer. Yo hago lo que puedo con mi oficio de escribir. Y con mi oficio de diseñar, propongo espacios para estar sanos y felices, que podemos lograr, con solo proponérnoslo.

Espero que la generación de mis nietos encuentre una manera más satisfactoria para vivir que la que propuso esta mini civilización, que ahora muere sin pena ni gloria.

Buenos Aires, 24 de agosto de 2012

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