A confesión de parte… . Por Omar A. Staltari

En una de las últimas sesiones del congreso Nacional en la cual se dirimía la expropiación de la empresa Ciccone, tuvimos la oportunidad de comprobar el grado de decadencia a la que han llegado algunos de los representantes del radicalismo, otrora histórico partido popular y nacional .-

En efecto el Diputado Aguad, haciéndose eco de las falaces y recurrentes acusaciones de la prensa hegemónica, se jactaba como radical, de no haber sido su partido imputado en delitos de corrupción en el cargo público, cuando todavía no se acallaban las  denuncias  por soborno de esa prensa, por la votación positiva de algunos radicales a la nacionalización de YPF.

Podemos recurrir a la abundante bibliografía que nos dejaron Jauretche, Ramos, Galasso y tantos otros para esclarecer en que momentos el partido radical se vio envuelto en escándalos de corrupción  y en cuales de ellos hubo verdadera operación mediática, cuando no  política y militar.-

En la actual circunstancia, me resultó oportuno y apropiado rescatar un artículo de 1928, de quien fue un reconocido bahiense, destacado periodista y docente, don Enrique Julio, , (impensable y desconocido radical para la gran mayoría actual) que en ocasión de la consagración de Hipólito Irigoyen como presidente para el período 1928-1934, redactaba en un importante anuario en la ciudad de Bahía Blanca.-

Titulado “Un Gran anhelo Nacional que se cumple”,  introducía su escrito de la siguiente manera:

“Este volumen, que se abrió sobre la venturosa realidad de la Bahía Blanca centenaria y sobre la esperanza del gran porvenir argentino, del que es nuestra ciudad una sólida y firme garantía, se cierra bajo la emoción de un noble anhelo nacional que se ha cumplido: el Doctor Hipólito Irigoyen ha sido nueva y ampliamente plesbicitado para dirigir los destinos de la Argentina, desde 1928 hasta 1934”

Y continuaba afirmando ”El destino se ha cumplido integralmente: el destino de este pueblo nuestro que en cada hora necesaria encuentra el hombre que lo guíe por las rutas del progreso o que le muestre el camino de su verdadera civilización…””… Y cuando la República encauza las horas tormentosas de los desgobiernos del pasado, cuando el poder ensorbebecido conculca todas las libertades públicas, en las horas amargas de 1890, cuando todos los errores de los hombres que gobernaban, parecían ser una conspiración siniestra contra la organización y la integridad de la patria, cuando el pueblo inicia su protesta y comienza a reclamar sus derechos, cuando la civilidad argentina quiere que no sea un mito la verdad de su democracia funcional, aparece ya en plena juventud, envuelto en el humo de gloria de la Revolución del Parque, la figura apostólica del doctor Hipólito Irigoyen”

“ Desde hace 40 años, ha sido Irigoyen la protesta palpitante del pueblo argentino que reclamaba solamente la efectividad de los postulados constitucionales. El pueblo quería darse sus propios gobernantes, y no ser gobernado por un trust de familias, sedicentes privilegiadas, cuya gerencia se hallaba instalada en la Casa de gobierno, con sucursales en todos los círculos aristocráticos de Buenos aires y con delegados en cada gobernación de provincia.”

“… la Unión Cívica Radical, más que un partido político, ha sido la conciencia vibrante del pueblo argentino, porque era el pueblo mismo que quería reintegrarse a la plenitud de sus derechos. Y de esta intransigencia, que ha sido el más grande galardón de la U.C.R., ha sido en todos los momentos el único sostenedor, el único definidor, el único inconmovible accionador el doctor Hipólito Irigoyen. El fue quien mantuvo la doctrina de la intransigencia en el comité revolucionario del 90;  él, quien, cuando tantos espíritus se dejaron seducir por la política acuerdista – ¡antecedente histórico del contubernio!- sostuvo la integridad de los principios radicales; él, quien cuando Pellegrini, pretendía designar a su sucesor desde la Casa de Gobierno, tratando que la U.C.R. se complicara en tales maquinaciones le dijo a aquel caudillo la verdad de las aspiraciones de la multitud argentina; él, quién rehusó la gobernación de Buenos Aires que el mismo Pellegrini le hizo ofrecer años más tarde ; él, quién  rehusó todos los ministerios que le ofreciera Sáenz Peña; él, quién perpetuamente hizo saber a los gobernantes del pasado, que la U.C.R.  no perseguía el despreciable sensualismo de las posiciones públicas, sino que anhelaba la integridad total del ejercicio de la soberanía popular. Esto es, libertad amplia y absoluta del comicio, para que el pueblo se diera sus propios gobernantes”.

Pongamos en contexto esta verdadera declaración de principios y resultaría para la prensa oligárquica y los poderes económicos dominantes de la época, una verdadera declaración de guerra política, un desafío intolerable para el orden establecido desde Caseros en adelante.

A continuación la emprende contra los “paracaidistas” y “antipersonalistas” que hoy encontraríamos muy fácilmente su correlato, en el marco de la partidocracia nacional que se escandaliza cuando se menciona la posible re-elección de la Presidenta, azuzados por los que tienen un poder sin límites de tiempo y consideran al cargo de Presidente como un “puesto menor”.

Es que los detractores del Dr. Irigoyen – nacidos de los grupos desplazados y de las tribus llegadas al radicalismo cuando ya estaban los manteles tendidos – no han acertado a comprender la diferencia fundamental que existe entre los postulados que defienden y mantienen el gran jefe radical y su partido, y los conceptos subalternos que informan todas las campañas de los partidos que se llaman del régimen. El radicalismo tradicional, el que acaudilla e inspira el Dr. Irigoyen, aspira a ejercer la función pública como medio más inmediato y eficaz de garantizar las libertades públicas, de propender al desarrollo y al progreso general del país, de realizar, en fin un alto programa de bien público al amparo de la constitución Nacional; es decir, que el poder para el Dr. Irigoyen y para su partido es el instrumento necesario para realizar la obra de saneamiento democrático, de honestidad administrativa que el país reclama.”

“Para los partidos, comprendidos bajo la denominación general de <régimen> – y que abarcan toda la kaleidoscópica teoría de grupitos provincianos y los residuos del hibridismo impotente denominado antipersonalismo – todo su afán político, todo el motivo de su actuación, no es sino la conquista del poder parta gozarlo ampliamente”.

En honor al autor del artículo, a la importancia de su testimonio y al valor histórico de su contenido, transcribo  a continuación los últimos párrafos en forma completa y textual para  que cada lector pueda abordarlos en toda su dimensión y poder contemporizarlos con nuestra actualidad política nacional.

He aquí, pues, las dos morales que caracterizan, que polarizan los dos movimientos políticos en nuestro escenario nacional: el uno, de origen purísimo, de genealogía democrática insospechable, que desprecia el sensualismo del poder, que rehusa el torpe afán del mando, cuando se le ofrece como un soborno o como una venta; que aspira al poder con un anhelo y con un fin superiores y que cuando le corresponde ejercerlo lo hace preocupándose únicamente de mantener expedita la ruta de los grandes destinos nacionales. Es decir,  que si algún día ocupara las altas direcciones del Estado argentino un partido de ideales, adversario del radicalismo, éste desde la oposición podría ser su colaborador si aquel cumpliera asimismo un definido programa de lealtad patriótica y de sano y progresista nacionalismo.”

“En cambio las otras agrupaciones, son simplemente agrupaciones electorales organizadas con el exclusivo propósito de repartirse las altas funciones del Estado y las más subalternas funciones administrativas: desde el ciudadano que aspira a ser presidente hasta el humilde <elemento> que se conforma con revistar de barrendero, todos los componentes de tales agrupaciones observan el panorama del país desde el inferior punto de vista de sus ambiciones personales. Y su propia ambición se convierte en la losa plúmbea de sus sueños descabellados.”

“Según lo enseña la filosofía de la historia, aún en las horas más turbulentas, el pueblo ha tenido siempre el certero instante de la verdad. Podrá la muchedumbre sufrir desviaciones parciales, podrá dejarse ganar momentáneamente por el espejismo de una pasión, pero en el momento decisivo, cuando se juegan los destinos de una nación, la multitud encuentra siempre su propio sendero. Así, pese a todas las solicitaciones de orden diverso, el pueblo argentino que en 1916 concretó y personalizó sus ideales en la figura consular del Dr. Hipólito Irigoyen, al llegar 1928 ha llamado, todavía en forma más elocuente y definitiva que en aquel entonces, a las puertas de la casa – ya histórica-  de la calle Brasil, para que en esta segunda presidencia histórica pueda ser cumplida totalmente la reparación nacional.”

“La reparación es el vehemente deseo argentino, que alborea ya durante la primera presidencia del Grl. Roca, y que toma forma y fuerza, cuando la presidencia del Dr. Juárez Celman marca el momento más culminante de la anarquía institucional. Como reacción, se organiza el gran movimiento del 90 y son los hombres de aquella hora, los que definen ya lo que ha de ser motivo de preocupación constante y de lucha permanente para la U.C.R. : esto es, que los postulados magníficos de nuestra constitución no sean simples enunciados escritos sino verdad positiva y tangible. Se hace abanderado de este anhelo H. Irigoyen y exige de todos los gobiernos su cumplimiento.”

Por la persecución de esta verdad, corre generosa la sangre radical en 1893 y en 1905; la protesta estalla, porque el pueblo se siente cada vez más agobiado. Y cada vez que los gobiernos del pasado llaman a Hipólito Irigoyen, para pedirle qué es lo que quiere su partido, el ciudadano eminente, austero, y ejemplar, responde inconmovible, inalterable,  e irreductible: <que el pueblo vote libremente, que el comicio no sea una burda parodia y una burla sangrienta>”

“<Abra al pueblo el comicio> – le grita Irigoyen a Pellegrini – en una reunión memorable. Unicamente queremos poder votar garantizados, repite más tarde. Y cuando Sáenz Peña, enfermo de aristocratismo cortesano, le dice a Irigoyen que los pueblos ya no votan, Irigoyen le exige que le dé padrones limpios y comicios sanos para demostrarle lo contrario. Y apenas la ley electoral ofrece la posibilidad de una renovación en el procedimiento, todo el pueblo argentino confirma la profecía de Irigoyen. La gran avalancha democrática, incontenible predice ya lo que será la gran jornada de 1916, cuando el nombre venerado del gran patricio, se convierte en la enseña de la victoria y abre el primer gran ejercicio de la reparación.”

“También como un  gran anhelo se cumplirá ahora la segunda etapa. El país espera tranquilo, seguro, puesta toda su fe en la figura venerada. El 12 de Octubre de 1928, cuando el Dr. H. Irigoyen ascienda de nuevo al sillón histórico, asciende con él toda  la tradición democrática argentina, purificada y triunfante por el esfuerzo del ciudadano eminente, que es un ejemplo que guía, un faro que ilumina y una esperanza resplandeciente.”

Este es el final del artículo que escribiera don Enrique Julio, fundador del Diario “La Nueva Provincia” de Bahía Blanca , hoy socio ideológico menor del porteño diario y tribuna de doctrina: “La Nación”

Recopilado del libro Centenario de Bahía Blanca, homenaje de La Nueva Provincia en el primer centenario de la fundación de la ciudad de Bahía Blanca.

1828 11 de Abril 1928

Merece una investigación aparte la participación de Enrique Julio en la Revolución de 1905 apoyando a las fuerzas de Irigoyen, como también su apoyo a la República Española y el Frente Popular, en la guerra civil del 36/39

Mlgo. Omar A. Staltari

Bahía Blanca Agosto de 1012

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