San Martín y la Asamblea del Año XIII. *. Por José María Rosa

(Gentileza: Guillermo Carrasco)

Treinta y cinco años tenía a l pisar, aquel  9 de febrero  de 1812, nuevamente  el suelo de la patria que abandonara 28 años atrás. Había pasado su juventud en España, la tierra de sus padres, sirviendo en el ejército del rey. Pero este hijo de un capitán español, nacido por accidente en las Misiones correntinas, amaba el suelo que lo vio nacer con una intensidad que pocos pueden disputarle en nuestra historia. Tal vez fue por ese mote, “el americano”, que le pusieron sus compañeros en el Colegio de Nobles de Madrid: era despectivo, pero él lo reivindicó como título de honor.

A los treinta y cinco años, dejaba su brillante carrera en el ejército español y se despedía para siempre de su madre y sus hermanos, a quienes el destino le impediría volver a ver.  Su patria, su verdadera patria, lo necesitaba, e iba a darle todo su esfuerzo. Debió ser un grave conflicto entre su amor a la lejana tierra natal, idealizada por el recuerdo y la distancia, y sus deberes como militar español, y como hijo y hermano. Pero triunfó la patria.

San Martín y la Logia Lautaro.

En Cádiz, y hacia 1811, ingresó San Martín en la filial de la Logia Lautaro. ¿Era una entidad masónica o simplemente una agrupación de revolucionarios cubiertos por el ritual y protegidos por el secreto y la obediencia de las entidades masónicas? Aún se discute. Pero lo cierto es que San Martín prestó juramento de perpetua obediencia, secreto y lealtad con el ceremonial de las logias secretas: que, junto con otros lautaros, fue enviado a Londres, donde allí embarcaría en la fragata Canning hacia Buenos Aires.

Que la Logia fuera masónica o no, San Martín cometería el error de ligarse definitivamente por su juramento. Atraído por el bello programa de independencia nacional, libertad y fraternidad que se presenta  a los neófitos, y creyendo que una entidad secreta y poderosa sería eficacísima en la tarea revolucionaria, prestó los irreparables juramentos que habrían de pesarle toda su vida. Después de ingresar en una entidad semejante enajenaba su futuro político  a una voluntad desconocida que podría arrastrarlo a cometer actos contra sus mismas ideas, ya que la Logia mostraba a los iniciados un magnífico programa, no era menos cierto que quedaban atados para siempre a las variaciones de su dirección.

Esa fue la tragedia de San Martín. Había ingresado en la Logia para servir, como militar y como político, a la independencia de su patria; pero al poco tiempo comprendió que la entidad secreta tomaba un rumbo opuesto a sus ideales. No quiso servir de instrumento a los enemigos de la nacionalidad, pero tampoco podía oponerse a la Logia de frente. Por el conflicto entre su conciencia de patriota y sus juramentos de logista, fue solamente el Libertador de su patria, y no el Constructor de la Argentina, como lo llamaba el destino. No quiso aceptar el gobierno en 1822 y 1829, ya que estaba trabado para toda acción eficiente y nacionalista. Por eso vivió sus últimos años en Europa, aplaudiendo (en posición a los logistas) la obra patriótica y constructiva de Rosas, quien, por carecer de ataduras logísticas, podía apoyarse en el pueblo y arremeter contra los intereses imperialistas e imperializantes de la oligarquía portuaria, apoderada también del manejo de las logias. Por renuncia de San Martín (pero con su apoyo moral), sería Rosas quien creara y defendiera la férrea Confederación Argentina, último resto de las antiguas Provincias Unidas del Plata, disueltas por los  intereses extranjeros y sus gerentes locales.

La Asamblea del Año XIII.

La revolución del 8 de octubre de 1812 había sido obra del pueblo de Buenos Aires (del auténtico pueblo de Mayo), conducido por San Martín cuando todavía Logia, Pueblo y Patria eran cosas semejantes. El segundo Triunvirato llamó a una Asamblea General Constituyente, que debía ser plena representación  nacional (la anterior “asamblea” de Rivadavia estaba formada solamente por porteños y aporteñados) a fin de declarar la independencia nacional y sancionar una constitución: para que “vote y decrete la figura con que debe aparecer (la Patria) en el gran teatro de las naciones”, decía la circular del 24 de octubre invitando a la elección de diputados.

Pero la Asamblea no declaró la independencia, ni sancionó una Constitución. Ni fue tampoco un    “cuerpo nacional”. Algo se introdujo en la Logia Lautaro para torcer, una vez más, el curso de la Revolución. La oligarquía desplazada el 8 de octubre rodeó al joven Carlos María de Alvear, compañero de San Martín y 2° jefe de Granaderos, alentando sus ambiciones políticas y las de su círculo. Alvear abrió las puertas de la Logia a Rivadavia, Manuel José García, Valentín Gómez y todos los desplazados, para contrarrestar las influencias de San Martín y los auténticos patriotas. Desde ese momento se perdió la Logia Lautaro como instrumento de liberación.

San Martín fue alejado, o se alejó, de las actividades políticas. Y la nueva Logia preparó elecciones para dominar la Asamblea.

Los Diputados Orientales.

Artigas—ahora gobernador-militar de la federal provincia Oriental—y los representantes del Congreso oriental de Peñarol,  reconocieron la soberanía de la Asamblea por suponerla un “cuerpo nacional”. Nombraron los cinco diputados de su provincia, dándoles instrucciones de votar la independencia “absoluta” de España, crear un sistema de Confederación de provincias y establecer la capital nacional fuera de Buenos Aires.

La Asmblea rechazó a los diputados orientales por “vicios de forma” en su designación; aunque fueran los más auténticos representantes en ese cuerpo digitado, en su gran mayoría desde la Logia. Reelectos, salvándose los presuntos “vicios” (los orientales no querían suponer

Otra intención en los porteños), serían nuevamente rechazados. Ya no cabía duda posible: la Asamblea porteña y oligárquica nada quería con Artigas  y el federalismo popular. Poco después, el “sujeto José Artigas” era despojado de su grado militar y desconocido en su calidad de gobernador de la provincia Oriental.

Artigas abandonó entonces (recién entonces) el campamento que sitiaba Montevideo. Había recibido con paciencia las ofensas de los oligarcas porteños y solamente cuando se le desconoce su grado militar abandonará las filas sitiadoras. No desertaba; la Asamblea lo expulsaba. Tomó en su mano la bandera partidaria (azul y blanca cruzada en diagonal con la franja punzó del federalismo) y se marchó solo, absolutamente solo; pero al día siguiente, notada su ausencia, todos los orientales abandonaban también las filas sitiadoras para seguir al jefe. El Director Posadas (en enero de 1814, la Asamblea había sustituído al Triunvirato por un director) puso a precio la cabeza del “bandido José Artigas” y mandó una división a prenderlo. Los porteños fueron completamente derrotados en Guayabo.

A poco el pabellón de Artigas tremolaba en el fuerte de Montevideo, entregado por los españoles a los porteños, y que éstos acabaron por abandonar a Artigas. Impotente para derrotarlo, Alvear ofrecería a Artigas la independencia “nacional” de la Banda Oriental, para que el federalismo y los gobiernos populares no se extendieran por las demás Provincias Unidas. Artigas se negó. Era argentino, y quería seguir siéndolo.

La Obra de la Asamblea General.

Mientras San Martín, alejado por los nuevos orientadores de la Logia, tomaba el comando del ejército del Norte primero, y la gobernación de Cuyo después; mientras Artigas consolidaba la autonomía de la Provincia Oriental, embrión de su futura  Liga de Pueblos Libres; la Asamblea de Buenos Aires realizaba su obra, tan exagerada o tergiversada por nuestra historia oligárquica.

Se ha batido hasta el cansancio el parche de la obra de la Asamblea. Se ha dicho que, si no declaró formalmente la independencia, tomó muchas disposiciones (fiesta nacional del 25 de Mayo, Himno Nacional, Escudo Nacional, abolición de las armas realistas, etc.) que significan una independencia de hecho. Y que sus muchas leyes por la libertad y la igualdad (libertad de vientres, liberación de esclavos que pisen territorio argentino, abolición de mayorazgos, quema de los instrumentos de tortura, de la Inquisición, etc.) son “progresistas” y encomiables.

Es cierto que la Asamblea dictó muchas resoluciones simpáticas al espíritu popular, ardientemente pronunciado a favor de la independencia. Pero no se atrevió a declararla lisa y llanamente, como estaba obligada por la circular de su convocatoria. Empleó todos los sustitutos posibles (el 25 de Mayo como “fiesta cívica”; el Oíd, mortales como “canción patriótica, etc., etc.), sin emplear la palabra nacional. Y no se arriesgó al acto supremo, intergiversable, de la independencia, reclamado por todo el país.

Lo demás, (libertad de vientres, etc., es simple copia de lo resuelto en 1812 por las Cortes españolas de Cádiz. Los asambleístas porteños no podían aparecer como menos liberales que los congresales españoles. Plagiaron a la letra sus leyes, llegando hasta la comicidad: en España se habían quemado los instrumentos de tortura de la Inquisición, porque allí había Inquisición. En Buenos Aires hubo que fabricar unos bancos y maderos para quemarlos “públicamente”, porque nunca hubo aquí Inquisición.

Cuando desde Brasil protestaron por la libertad de los esclavos “por el solo hecho de pisar el territorio argentino”, que favorecía la fuga de esclavos brasileños, la Asamblea soberana abolió de un plumazo la disposición que perjudicaba  a los esclavistas brasileños.

*ROSA, José María (1964):”El Revisionismo Responde” Ed. Pampa y Cielo Bs. As.(pp.38/43).

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