NACIONALISMO VS. XENOFOBIA – Por Francisco Pestanha

A principios del siglo pasado el pensador mexicano José Vasconcelos sugería que:“Todo parece indicar que (…) llegaremos en América,  antes que en parte alguna del globo, a la creación de una raza hecha con el tesoro de todas las anteriores, la raza final, la raza cósmica”.  Dicha reflexión  enunciada en el prólogo de su libroLa Raza Cósmica, Misión de la raza iberoamericana, constituyó en su época el  producto de un profundo y meditado análisis del fenómeno  de mixturación étnica y cultural que venía operándose en nuestro continente, indicando además que una modalidad civilizacional  novedosa y esperanzadora, se estaba gestando en estos lares.

No cabe duda que Raúl Scalabrini Ortiz se interesó profundamente en esas conclusiones y hasta hay quienes sostienen que entre ambos autores existió un fértil intercambio intelectual. Pero Scalabrini avanzó un poco más allá dejando de lado un concepto tan controversial como el de “Raza”, y definiendo al producto de esta composición diversa con el término de multígeno. Afirmaba el autor del “Hombre que está solo y espera que “el ser de orígenes plurales tiene brechas abiertas hacia todos los horizontes de la comprensión tolerante. En cada dirección de la vida, hay un antecedente que le instruye en una benigna coparticipación de sentimientos. Nada de lo humano le es ajeno. Nada humano le sorprende y asiste al espectáculo de la vida como si todo hubiera sido suyo. El arquetipo del argentino es el hijo primero de nadie que tiene que prolongarlo todo…”

Surge límpidamente de lo antedicho, que ambos autores coincidieron en un pronóstico que presagiaba el surgimiento de un arquetipo humano basado en la inclusión, y en tanto, en la emergencia de un nuevo humanismo, y además, que el progresivo poblamiento de este extenso continente enriquecería – con el transcurso del tiempo – un acerbo cultural de incalculables potencialidades en lo que al entendimiento respetuoso refiere.

En momentos donde desde ciertos sectores se viene  apelado a expresiones que contradicen ese espíritu  claramente impreso en la esencia de  nuestra conformación nacional, no cabe menos que advertir que más allá del profundo desprecio que generan tales manifestaciones, las mismas, presuponen una alarmante ignorancia respecto del valor que para todos nosotros contienen los aportes de estos  nuevos contingentes humanos que aspiran a convivir en armonía.

Arturo Jaurteche en su tiempo descargó toda su artillería contra un falso nacionalismo que denostaba a muchos inmigrantes llegaban a nuestras tierras. El nacionalismo de “ustedes” sentenciaba, “se parece al amor del hijo junto a la tumbadel padre; el nuestro, se parece al amor del padre junto a la cuna del hijo (…) Para ustedes la Nación se realizó y fue derogada; para nosotros, todavía sigue naciendo. Mediante estas lapidarias reflexiones el linqueño advertía que nuestra nación aspiraba a nutrirse de cada nuevo aporte.

Anhelo que las enseñanzas de Vasconcelos, Scalabrini, y Jauretche contribuyan a esclarecer algunas mentes obliteradas por el oportunismo o la necedad, pero también, que favorezcan a la comprensión de esa tan particular obstinación argentina por reconocer los derechos de aquellos que, por alguna razón u otra, se encuentran negados o privados de ellos.

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