El 12 de Octubre y el revisionismo de bajas calorías. Por Enrique Lacolla

El aniversario del descubrimiento de América se ha convertido en una plataforma para agitar un indigenismo a la moda, que induce a la confusión en los objetivos del debate histórico. O sea, de cierta forma del debate político

 

El revisionismo histórico en Argentina ha cumplido un largo, complejo, a veces contradictorio, pero siempre fecundo camino. Sin embargo, de unas décadas para acá nos están asaltando diversas variaciones de revisionismo “light”, que parecen ser más perniciosas que la misma historia oficial.

No es así, desde luego, pues incluso esta presencia demuestra que el contradiscurso del revisionismo se ha impuesto y ha roto el caparazón de la versión adocenada de la historia, terminando con la fijación de esta en antítesis rígidas: civilización y barbarie, democracia y caudillismo igual a dictadura, etc. Pero los estragos que la concepción simplista de la historia argentina y americana está causando son grandes, y se erigen en un obstáculo que traba el desarrollo del proceso identitario de las grandes masas argentinas y latinoamericanas; y, por ende, para la fijación de las estrategias adecuadas para lograr su liberación.

El 12 de Octubre se está convirtiendo en un escenario predilecto para que este revisionismo “soft” entre a saco en el pasado y se dedique a vender, con ignorancia o a sabiendas, una versión fantasiosa de la Conquista española y de sus secuelas culturales. Durante varios días ha habido que aguantar las liviandades –que se repiten año a año-, de una legión de opinólogos que se prenden a la moda del indigenismo y del ultraindigenismo y pronuncian sentencias que descalifican al hecho del descubrimiento de América, lo igualan a un genocidio e imaginan incluso que la historia americana termina en 1492 y que sólo ahora estaría renaciendo, en la estela de una nueva conciencia: la de los pueblos “originarios”.

Este tipo de postura cancela nada menos que 500 años de historia, proceso riquísimo sin el cual no existiríamos y en el que se forjó una civilización nueva y una nueva raza, que es justamente la que homenajeaba el Día de la Raza, celebración de una fusión cultural y de sangre que está en las antípodas del racismo biológico. El proceso de mestización en la América morena ha sido tan intenso a lo largo de los años que los indígenas puros no sobrepasan el 5 % de la población total, y que de esta proporción sólo el 25 % habla exclusivamente el lenguaje de los pueblos precolombinos.(1) En el pensamiento del ministro español que acuñó el término en 1913, la denominación debía servir “para exteriorizar la intimidad espiritual existente entre la Nación descubridora y civilizadora y las formadas en suelo americano”. Adoptado para Argentina por Hipólito Irigoyen en 1916, ese nombre fue cambiado en 2007, entre nosotros, por el Día del Respeto a la Diversidad Cultural.

Aunque el cambio responde a la necesidad de adecuarse a una sensibilidad actual que tiende a considerar equívoca a la vieja apelación, no deja de encerrar la posibilidad de otro tipo de ambigüedad. “Diversidad”, en efecto, es un concepto apreciable y respetable en lo referido a la cultura. Sin embargo, forzado al extremo, puede terminar orientándose hacia un callejón sin salida: el definido por una atomización en visiones del mundo centrífugas, multiplicadas en una infinidad de “originalidades” reducidas a una mínima expresión. E impotentes, por lo tanto, para llevar adelante cualquier tarea de construcción unitaria, que permita a los pueblos de Iberoamérica (¿de que otra forma podría denominársela?) transformarse en una presencia capaz de “mantener el tipo” frente a las potencias del mundo desarrollado. La exaltación de originalidades incomunicantes, a las que se quiere proveer de una lengua peculiar a cada una de ellas, es un absurdo histórico. Como lo ha dicho Samir Amin, “es importante ser distintos, pero más importante aun es ser iguales”. ¿Por qué, entonces, más que de respeto a la diversidad cultural, no se habla de respeto a la fusión cultural?

Condena

Eduardo Galeano, adalid del progresismo y brillante escritor, publicó una diatriba, “Yo no celebro genocidios” , donde ofrece un compendio quintaesenciado de la moda neoindigenista, que repropone una revalorización el mito del “buen salvaje” (que hoy viene a reemplazar a la exaltación del mito del “buen revolucionario”, que terminó como se sabe). Según este tópico, los pobladores de América, provenientes a su vez de quién sabe qué remotas regiones de Asia u Oceanía, vivían en algo parecido al estado de gracia y fueron violados por la imperial España, que los arrolló, saqueó y exterminó. La peripecia de fray Bartolomé de las Casas, Bernardino de Sahagún y otros que comprendieron a América y amaron su identidad, sólo habría sido demostrativa de una excepcionalidad sin proyecciones concretas, pues “los guerreros y los frailes, los notarios y mercaderes que vinieron en busca de veloz fortuna y que impusieron su religión y su cultura como verdades únicas y obligatorias” , fueron quienes en definitiva impusieron su ley, que consistió en hacer tabla rasa de las culturas originarias y en masacrar a los indígenas que esclavizaron.

Hay, en los cultores del progresismo reduccionista, una imposibilidad congénita para comprender los hechos y los hombres de otros tiempos a otra luz que no sea la de la actualidad. El egotismo pequeñoburgués tiene sus trampas. Cuesta mucho ponerse en la piel de un hombre del siglo XV o XVI, en efecto; pero esto suele ser el reflejo de un defecto más grave: el de ser incapaces de comprender a la figura del Otro en el tiempo propio. Ello determina, a su vez, la presunción de que el propio Yo es la medida de todas las cosas. Tal inadecuación suele costar cara, como hubo ocasión de comprobarlo en la década de 1970.

¿En qué medida Galeano tiene razón cuando pinta la disidencia de De las Casas como una excepción? La España de ese tiempo –en sus círculos eclesiales y dirigentes, al menos- estuvo dividida en torno al tema americano a una escala que no existió en ninguno de los otros procesos de conquista producidos a lo largo de la historia del mundo. Y esto era así porque para muchos monarcas u hombres de fe españoles de los siglos XV y XVI la cuestión no pasaba tanto por infringir una ley escrita como por el problema de salvarse o condenarse a los ojos de Dios. Se dirá que eran expresiones hipócritas, pero si eso pudo ser cierto en algunos casos, no por esto el dilema dejaba de estar presente en muchos otros. Lo esencial, sin embargo, fue que por influencia de un catolicismo que abrevaba en las supervivencias medievales de la primera potencia capitalista moderna, el ansia de ganancias y de realización personal anduvo de la mano con un espíritu misional que no dejaba de lado a los indígenas como animales, sino que los reconocía como criaturas de Dios. Lo cual producía una mixtura condenadamente compleja, que Bernal Díaz del Castillo, cronista de la conquista de México, expresó con candor al resumir el credo que movilizaba a los soldados de la corona:

Estamos aquí “para servir a Dios y al Rey; para llevar la luz a quienes viven las tinieblas, y también para ganar riquezas, las que buscan todos los hombres”. Y luego: “Hemos venido para servir a Dios, y también para enriquecernos”.(5)

Poco de esto se percibe en las operaciones de conquista realizadas por los anglosajones o los holandeses. Los primeros, en particular, ignoraron a los indígenas, no se propusieron catequizarlos y, cuando lo entendieron necesario, procedieron a exterminarlos y a encerrar a los supervivientes en reservas. No fue así en la América española. La imposición de la autoridad y la explotación del trabajo se cumplieron apelando a expedientes feroces, pero la labor de evangelización incorporó a grandes contingentes y fue formando una nueva sociedad. La inexistencia de prejuicios raciales muy enquistados ayudó a la fusión sexual y a la gestación de muchas generaciones en las cuales se fueron fundiendo los rasgos étnicos que siguen siendo predominantes en nuestra América: ibérico o europeo; amerindio y afronegro. Este precipitado de sangres se reconoce en un credo, el católico, y en un idioma, el español. O en una lengua hermana de este, el portugués.

Estos son datos fuertes, que deben ser tomados en cuenta a la hora de evaluar el pasado y su influencia en el presente. En vez de esto, sin embargo, nuestros progresistas los ignoran y se montan en una hispanofobia de raíces ultraliberales y anglófilas, pasadas por el tamiz sarmientino. No parecen advertir, o no les importa tal vez, que este tipo de mecanismos ha servido siempre para consagrar la división de América latina, toda vez que si uno puede cuestionar su pasado y objetivarlo, no puede ni debe negarlo de raíz para reconocerse en referencias históricas diferentes. Si los pueblos o los individuos extravían la noción de pertenencia, pierden peso y hasta se tornan ingrávidos, en disposición de ser arrastrados por los vientos que soplan desde todos los cuadrantes, menos del propio.

Es necesario advertir también que la palinodia que se entona por los impolutos pobladores de la América precolombina, está muy lejos de ajustarse la verdad en lo referido a la virginidad y la libertad de los pueblos naturales. En las dos civilizaciones más avanzadas que existían en el continente en la época del descubrimiento, la inca y la azteca, muy poco de esas virtudes se descubre. En el caso del imperio azteca, en particular, los conquistadores se hallaron en presencia de un sistema esclavista, que sometía a los pueblos que lo rodeaban, practicaba sacrificios humanos a gran escala y ni siquiera desconocía la antropofagia como manera ritual de hacer la guerra. ¿Cómo puede imaginarse que un puñado de españoles –apenas unos cientos- pudieran adueñarse de un territorio poblado por millones de personas si no hubiesen preexistido a su llegada grietas gravísimas en la sociedad que iban a conquistar? De hecho Hernán Cortés se apoyó en la sublevación de los pueblos oprimidos por los mexicas para terminar con el imperio azteca. Toda la superioridad tecnológica y táctica de los españoles en el arte de la guerra –cañones, arcabuces, formación cerrada, caballería, perros de presa-, no hubiera podido tener razón de masas humanas tan imponentes si estas no hubiesen estado predispuestas a rechazar a la autoridad que las oprimía.

La búsqueda de la verdad

Recordar estos detalles es políticamente incorrecto. Pese a ello es necesario decirlos para recuperar un poco el sentido de la realidad frente al fantasioso discurso indigenista de nuestros días. Este discurso no responde a una preocupación por el establecimiento de una genuina verdad histórica sino más bien a una moda superficial, insuflada por los poderes dominantes en el mundo moderno. El imperialismo y las oligarquías son pródigos y muy duchos en materia de procurar distracciones que desvíen al discurso contestatario de su verdadero objetivo. La suerte de las masas postergadas de América –mestizas en su gran mayoría- no les preocupa; lo que intentan es fraguar un discurso que sirva para generar falsos problemas, prolongando y agravando, si cabe, la fragmentación que experimentó la América española cuando su proceso independentista fue secuestrado por Inglaterra. Las ciudades puerto quebraron la imperfecta unidad iberoamericana articulándola en una serie de nacionalidades más o menos postizas. El pretexto ideológico para esto fue el derecho que esas metrópolis portuarias se arrogaban por el hecho de representar el iluminismo contra un interior al que se proclamaba atrasado o bárbaro.

Ahora, por el contrario, nos estamos topando con un discurso que se remite a la exaltación del primitivismo como expediente para trabar el avance hacia la modernidad que deben cumplir las sociedades iberoamericanas. Toda una variopinta multitud de ONGs, de fundamentalistas de la ecología y de postuladores de “nacionalidades” autóctonas surgidas como por arte de magia de las retortas de las organizaciones humanitarias que tienen su asiento en los países centrales, se dedica a agitar el tema de la discriminación y el racismo, y a proponer soluciones plurinacionales que harían imposible las transformaciones estructurales que son necesarias para el avance de la región. Que muchas de sus denuncias sobre maltrato y discriminación sean veraces, no hace sino agigantar el problema, pues las autoridades a quienes competería arreglar esos entuertos suelen ser ignorantes de la naturaleza de las cosas, indiferentes a lo que no afecte a su carrera política o están corrompidas. Por el contrario, quienes se ponen en la vanguardia de los reclamos por lo general son inocentes de toda malicia y encuentran, en la cerrazón burocrática que se les opone, un estímulo extra para confiar en una misión que entienden como una cruzada. Sin pasárseles por la cabeza, sin embargo, fenómenos como la extraña filiación de la “nación mapuche”, que tiene su sede en… Bristol, Gran Bretaña.

Como dijo el venezolano Arturo Uslar Pietri, “el derecho de conquista es un crimen legalizado”. La apropiación de América por los europeos fue un ejemplo de esto. Sin embargo, en el caso iberoamericano dio lugar al nacimiento de un fenómeno nuevo y sin réplica en la historia, al menos por la forma acelerada en que se produjo. “La cintura cósmica de América del Sur” sería inconcebible sin el factor aglutinante que fue España. No importa que los mismos españoles no hayan conservado una memoria adecuada del que fue su mayor título de gloria y en muchas ocasiones lo hayan concebido como un don que ofrecieron a un continente salvaje. No importa. Lo que cuenta es el hecho de que un nuevo mundo surgió de la fuerza de los hechos, y que este nuevo mundo nos pertenece. O debería pertenecernos. Para lograr esta meta es necesario sacudirse la hojarasca de los falsos problemas e ir al centro de las cosas. El debate en torno al 12 de Octubre y la Conquista de América es una de los asuntos por los que cabe transitar para abrir brecha en el conformismo dominante, sea este de izquierda o derecha.

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