Perón, 17 de noviembre de 1947, al ser nombrado doctor honoris causa por su obra en favor de la cultura naciona

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Me es particularmente difícil en esta ocasión encontrar la pala­bra adecuada que traduzca con fidelidad los sentimientos que me embargan desde que me fue discernida la distinción de las universidades argentinas. Tanto más difícil me resulta cuanto arraigada está en mi conciencia la magnitud del problema universitario argentino. Desde que tengo uso de razón he oído debatirlo y su solución tardaba a pesar de no tratarse de un asunto trivial, de no constituir un problema que sólo afectara a un núcleo más o menos importante de ciudadanos cultos, sino que su trascendencia llega hondamente a todos los grupos sociales del país y, trasponiendo los linderos de la Patria, se clava ante la consideración de todos los pueblos de la tierra que puedan juzgar de nuestro mayor o menor peso específico ante el concierto de países civilizados.

Comprenderéis que un asunto de tal importancia, al que he dedicado largas y profundas meditaciones, de las que me he creído obligado defensor aun en los momentos oscuros de mi vida de soldado, ha de golpear fuerte­mente en mi corazón, cuando, por obra de la voluntad de mis conciudadanos, me ha sido dable contribuir a resolverlo y cuando vuestra generosidad ha querido expresar un reconocimiento del que no debo ser único deudor. Sólo puedo aceptar el honor que me hacéis si permitís que lo comparta con aquellos leales colaboradores que han puesto también su empeño (al que han añadido su capacidad y su versación) en estudiar, proyectar y re­solver el problema universitario.

Sólo así podría aceptar este homenaje que colma mis ambiciones de argentino. Sólo así podía venir a reunirme con los componentes de nues­tras universidades y festejar junto a ellos el magno acontecimiento que representa establecer unas bases sólidas sobre las que se asiente el ventu­roso porvenir de la cultura patria.

Señores: En mi concepto de gobernante y de argentino ha venido pri­mando una idea que no vacilo en calificar de noble porque se encuentra compartida por todos los habitantes del país que anteponen su amor a la tierra que les vio nacer a toda otra clase de consideraciones. Esa idea no es otra que el anhelo del engrandecimiento de la Patria, de verla elevarse día por día no ya al nivel de las naciones más adelantadas, sino, a ser posible, por encima de ellas. El deseo es ambicioso, pero cuando la ambición no se ejerce en beneficio propio, sino que se derrocha hacia todos y cada uno de los demás, constituye un estímulo inapreciable.

En el desenvolvimiento de esa idea de superación argentina he tratado de formar un concepto integral, pues el crecimiento biológico de las naciones, lo mismo que el de los individuos, ha de realizarse en forma pa­reja y equilibrada, ya que el desarrollo de un miembro o de una función orgánica a expensas de los otros entra de lleno en el campo de la patología.

 

Coordinación de técnica

 

Las manifestaciones de la vida colectiva nunca tienen un sentido ais­lado. Por el contrario; todas las actividades se coordinan y enlazan entre sí. Se puede ansiar un gran desarrollo industrial del país, pero si al mismo tiempo que se impulsa ese aspecto de la economía no se acrecienta el as­pecto cultural mediante la formación de técnicos y de investigadores, nada o muy poco se logrará. Y aun dentro de ese aspecto de intensificación cul­tural (necesario para el desarrollo industrial), no cabe tampoco establecer distingos ni preferencias. La cultura constituye un todo indivisible, y ni si­quiera se concibe un país en el que, por ejemplo, las ciencias físico-mate­máticas estuviesen muy avanzadas mientras que permaneciesen en un gran retraso comparativo las ciencias jurídicas y económicas, o viceversa. La vida la formamos entre todos, y para el proceso de desarrollo industrial del país se requiere lo mismo la colaboración de los técnicos en la fabrica­ción de los distintos productos, que la de los economistas conocedores de las posibilidades consumidoras del país, la de los médicos mantenedores de condiciones de salubridad indispensables al trabajo y la de los juristas que establezcan las condiciones de una relación civilizada entre los hombres.

 

Armonía de la cultura

 

Insisto en este concepto cuya vulgaridad soy el primero en proclamar, porque me ha servido para inspirar el Plan de Gobierno, que tendrá, y se­guramente tiene, sus defectos, pero que obedece a ese sentido integral y armónico a que me vengo refiriendo. Una gran parte del Plan está encami­nada a incrementar las obras públicas que sirvan de base a nuestro progreso industrial y económico. Mas al lado de esas normas se han establecido otras de estructuración jurídica, de desarrollo cultural y, sobre todo, de in­tensificación y mejoramiento docente. De ahí nacen los proyectos de Ley incluidos en el Plan sobre Enseñanza Primaria, Secundaria, Técnica y Universitaria. No es caso de detenerme en los aspectos de la Enseñanza Primaria y Secundaria, pero en la Argentina, por sus condiciones de for­mación, resulta evidente que la mano de obra especializada y la mano maestra en determinadas ramas de la producción es deficiente, cuantitativa y cualitativamente. El primer paso para subsanar el mal habría de buscarse en la capacitación profesional del elemento obrero. En mi discurso de explicación del Plan a los señores senadores y diputados afirmé, entre otras cosas, que desde mis primeras actuaciones al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión he querido la formación de escuelas para la ins­trucción de menores en la industria y he aspirado a lograr la formación de buenos operarios mediante la creación de escuelas de aplicación técnica, de perfeccionamiento y politécnicos, y he propugnado también el estable­cimiento de escuelas tecnológicas para la agricultura y ganadería. Esto constituye el primer jalón de la obra a realizarse. El segundo está repre­sentado por la Universidad.

 

Orientación de la enseñanza

 

La primera cuestión que a mi juicio se ha de plantear, porque de ella depende la orientación y el sentido que se quiera dar a la enseñanza, es la de si la investigación tecnológica ha de tener preferencia con relación a la científica. El simple enunciado de la cuestión ya indica su enorme trascen­dencia. Está muy extendida la opinión de que para el desarrollo industrial de un país se necesitan más los hombres técnicos, entendiendo por tales los poseedores de una práctica, que los meramente teóricos. De ser ello cierto, tendríamos que enfocar las enseñanzas medias y superiores con un criterio de formación de trabajadores expertos en las diversas ramas. Sin embargo, esa idea no sólo se encuentra superada, sino que ha sido desechada, porque está demostrado que únicamente y sobre el campo de la ciencia pura puede florecer el progreso técnico, cuando menos el tecnicismo de­purado que se necesita para afrontar las grandes empresas.

De ahí que al organizar la nueva Universidad argentina se haya de defender el principio de la ciencia pura. El conocimiento de la aplicación práctica de la ciencia ha de venir después como consecuencia de aquélla. Pero todavía ese concepto resulta insuficiente, porque al formar la Univer­sidad se tienen que resolver estos dos aspectos: 1) ¿Qué se entiende por ciencia pura?; y 2) ¿Cómo se puede llegar a su conocimiento? En cuanto al primero de ellos, no tengo por qué entrar a establecer definiciones. No hablo como profesor (porque no quiero incurrir en la vanidosa presunción de dirigiros la palabra ex cátedra por el solo hecho de haber recibido el título honorífico con que me habéis honrado), sino como hombre de go­bierno, y en ese sentido, os digo que, por desgracia, en nuestras universi­dades ha sido muy corriente la confusión entre la ciencia pura y la ciencia verbalista. Puedo decir esto sin detrimento de los profesores actuales y de los que les han precedido, ya que entre ellos hay y ha habido auténticos hombres de ciencia y grandes profesores. El defecto no era de ellos, sino del sistema docente. El reconocimiento de los propios errores constituye la única virtud que nos puede llevar a la enmienda. Estará bien ofuscado quien no reconozca que nuestros profesionales se han formado oyendo (cuando les oían) a los maestros o leyendo en sus libros. Las prácticas de seminario, el aprendizaje sobre la realidad, tenía por su insignificancia un valor escasísimo. De trabajos de investigación y de extensión universitaria no hay ni qué hablar. No ya el hombre de ciencia, sino el mero profesional, se forman después de salir de la Universidad. Ésta, a lo sumo, ha dado al estudiante una idea orientadora que luego habrá de desarrollar. El magister dixit es necesario, pero es insuficiente. El maestro, además de decir, ha de hacer; ha de convivir con sus alumnos, ha de’ trabajar con ellos, no ya (como equivocadamente se cree) para mostrarles la aplicación práctica de los conocimientos, sino para que vivan la ciencia pura, para inculcar en ellos el amor a la investigación y a las grandes especulaciones del pensa­miento. Una universidad que haga esto es la que yo siento y anhelo, y por eso deseo que la nueva Ley Universitaria sirva para la creación de verda­deros centros científicos.

 

La investigación científica

 

La cátedra propiamente dicha ha de estar acompañada de los Institutos de Investigación. He dicho en otra ocasión que las universidades no. deben limitar sus tareas a la formación de profesionales, sino que deben cumplir paralelamente los fines más elevados de fomentar la cultura y realizar la investigación científica de altos vuelos. En los países donde la Univer­sidad ha concebido así su función, se ha hecho acreedora al respeto de to­dos los ciudadanos y ha sido el factor principal del progreso científico. Es necesario situar en el primer plano de la actuación universitaria la extensión y la investigación científica. Basta leer la nueva Ley para comprender que es ésa su idea madre.

En la Universidad se ha de afirmar una conciencia nacional histórica.

No ha de haber lagunas entre los albores de nuestra personalidad política independiente y la historia que arranca hace más de tres milenios, de los berroqueños riscos pirinaicos y carpetovetónicos. Se ha de afirmar la con­tinuidad histórica y, al mismo tiempo, organizar la investigación científica y preparar a los investigadores para el progreso de las ciencias, las letras y las artes; difundir el saber y la cultura; preparar para el ejercicio de las profesiones liberales; crear un cuerpo dedicado a la vida científica; crear y sostener institutos de investigación y cursos de perfeccionamiento; divulgar las investigaciones científicas y fomentar el desarrollo de publicaciones y actividades sociales, jurídicas, económicas, literarias y filosóficas.

 

La cátedra y la agrupación de institutos

 

De acuerdo con la idea expuesta, se ha de iniciar un proceso evolutivo que vaya desde la cátedra al instituto y del instituto a la agrupación de ins­titutos. La cátedra es el primer paso y representa, podríamos decir, la célula del sistema. Representa el saber de un hombre transmitido a sus discípulos y a sus oyentes. Pero eso no basta, porque la ciencia del individuo se atrasa y se anquilosa si carece de los medios necesarios para los estudios compa­rativos y para el desenvolvimiento de sus propias teorías y de su propia ciencia. Para impedir esto se debe tender a que los profesores se vean asis­tidos de una tal cantidad de elementos de trabajo, humanos y materiales, que su labor pase de la enseñanza magistral, y aun de las prácticas de seminario, a la función científica de investigación. Cuando eso se haya logrado, habrá nacido el instituto.

Y todavía el instituto no cumple la aspiración suprema, porque sigue representando una tendencia hasta cierto punto individualista. El catedrá­tico, convertido en director del instituto, sigue siendo el orientador de la investigación a través de sus teorías personales; pero esas teorías tienen que ser contrastadas con otras que, sobre ser igualmente respetables, pue­den resultar contradictorias. De esa lucha de doctrinas surge la verdadera ciencia. Por eso la necesidad de formar agrupaciones de institutos. Y esa necesidad cumple otra finalidad. En efecto. No hay un aspecto del saber humano que pueda vivir aisladamente. Todos, aun aquellos que parecen más dispares, se encuentran vinculados y unidos en una cadena cuyos es­labones representan una mayor o menor afinidad según se encuentren más próximos o más remotos. De poco serviría un instituto de fisiología si no estuviese vinculado a otro de anatomía, ni uno de legislación del trabajo si no se le vincula con iguales institutos de sociología y economía. Así es en todo.

 

Sentido colectivo de la enseñanza

 

Este modo de sentir la ciencia ha de llevar a quienes la cultivan a una posición de altruismo, en el sentido de que la obra a realizar se ha de ha­cer colectivamente y ha de tener un valor también colectivo. Entiéndase bien que cuando hablo de acción colectiva no quiero decir que se deban despreciar o menospreciar las iniciativas individuales. Por lo contrario; creo que en la iniciativa individual se encuentra el principal motor del pro­greso social. El afán de sobresalir, el ansia de gloria, el deseo de mando, la codicia misma representan factores tan estimables que sin ellos viviríamos probablemente como los hombres primitivos. Para mí, la acción colectiva representa el esfuerzo de la sociedad para alcanzar la meta deseada. Es posible que un hombre solo, trabajando aisladamente, logre llegar a descubrimientos científicos de gran trascendencia; mas eso tiene muy escaso valor para la vida y para la cultura de un pueblo. No basta con que un hombre o muchos hombres hagan ciencia, sino que es preciso que en cada nación se cree el clima necesario para el desarrollo de la ciencia. Tal es el sentido colectivo a que me he referido.

Si nos fijamos en los países que marchan a la cabeza de la ciencia, observaremos que el progreso de ella obedece tanto a la labor de determi­nados hombres como al auspicio y al calor que reciben de quienes no realizan labor científica. En nuestra Patria, por ejemplo, el sentimiento humanitario de solidaridad social se manifiesta (tampoco con mucha fre­cuencia) en la fundación o en la aportación económica de fines caritativos y benéficos. Sería de desear que quienes han alcanzado situaciones de pri­vilegio se acordasen igualmente del inmenso bien que podrían realizar im­pulsando con su dinero la investigación científica.

También el fin que persiga la ciencia ha de encaminarse hacia el bie­nestar social. Repito ahora lo que creo haber dicho en alguna otra ocasión y posiblemente ante algunos de mis oyentes. Es muy interesante que las conquistas de la ciencia lleven el beneficio a una o a unas determinadas personas; pero es mucho más importante que se beneficien todas ellas. Entre un arquitecto que sepa construir un hermoso rascacielos y otro que ponga sus conocimientos al servicio de la solución del problema social de la vivienda que agobia al mundo, es éste mucho más útil que aquél. Lo mismo se puede decir de todas las actividades profesionales.

 

Formación de academias útiles

 

No quiero terminar la exposición de mis puntos de vista sobre la ne­cesidad de impulsar la investigación científica sin señalar la conveniencia de enaltecer la formación de academias de las diferentes ramas del saber humano, que sirvan no sólo como premio a los hombres que se hayan dis­tinguido en las respectivas disciplinas, sino también como institutos de orientación científica y cultural. Claro es que en esta materia se debe aquilatar muy bien para la ‘selección, distinguiendo los valores verdaderos de la ficción de esos valores, lo que representaría el mejor medio de con­sagración de hombres de ciencia y de teorías científicas, siempre, natural­mente, que esas academias no constituyan, cual es frecuente en muchos países, organismos anquilosados, a veces valladar insalvable del progreso científico por su exceso de celo en la defensa de un sentimiento conservador, sino instituciones ágiles que más se preocupen de ayudar a los investiga­dores de fuera que de proteger el prestigio de sus componentes.

¿Es ardua la lucha que debemos entablar para conseguir estos ideales? ¿Poseemos los elementos que se necesitan para alcanzarlos? ¿Existen los hombres capacitados para la lucha? ¿Tenemos la decisión irrevocable de vencer los obstáculos que se nos presentan?

Si otros pueblos llegaron a las altas cumbres del saber y fueron fuentes de inspiración y sostenimiento de otros pueblos o de otras épocas, ¿por qué la Argentina no puede apetecer el lugar que Dios reserva a los que re­sultan vencedores ‘en las más terribles pruebas?

Señores: Me permito exponer ante vosotros, doctos profesores, hom­bres dedicados al estudio y personas cultas que me escucháis, mi punto de vista como hombre de mi generación, como ciudadano formado en la cul­tura de mi pueblo y como hombre que lleva sobre sí la responsabilidad del Gobierno de su Patria y que tiene el deber de conducirla por el rumbo glo­rioso que ha seguido cuando su trayectoria no se separó de todo aquello a lo que debe su personalidad.

No debéis ver en mis palabras un prurito de erudición, que sería pe­dantería, ni mucho menos el propósito de emular a los que por su profe­sión y su preparación deben ser nuestros maestros.

Ved solamente en la relación de mis ideas cómo un argentino, que quiere por encima de todo a su Patria, recoge e impulsa lo que está en el ánimo de todos, aunque muchos no sepan definirlo, para sentar una bella afirmación que sea para el futuro la base de nuestro desarrollo docente y nuestro porvenir cultural.

 

El poder de la cultura

 

Creo firmemente que la cultura es determinante de la felicidad de los pueblos, porque por cultura debe entenderse no sólo preparación moral y arma de combate para sostener la posición de cada hombre en la lucha co­tidiana, sino instrumento indispensable para que la vida política se desa­rrolle con tolerancia, honestidad y comprensión.

Pero cuando una Nación recupera su ser nacional, cuando un país se reencuentra después de haberse diluido en tanteos triviales e influencias extrañas a su tradicional modo de ser, la cultura se convierte en fuerza de inimaginables proyecciones.

Este postulado constituye mi gran preocupación. Ya en un mensaje al Congreso expuse brevemente el desenvolvimiento de la cultura argentina y me referí a la seguridad que tengo de su glorioso porvenir.

En el Plan de Gobierno se indicó esquemáticamente que la cultura se forma por tradición y por enseñanza, y se conserva en bibliotecas, museos y archivos, perfeccionándose por la conjunción de sus factores integrantes, a saber: el hombre, en su afán de superación; la sociedad, en su progreso evolutivo nacional, y el Estado, como expresión de sus componentes y en cumplimiento de su irrenunciable misión educadora.

A la cultura directamente heredada, a nuestro acervo tradicional, he de referirme esta noche. Pero conviene que dedique un breve espacio al origen de nuestro saber: la cultura grecorromana, de la que debemos ser y somos continuadores, y que fue en su tiempo inicial síntesis de las que florecieron anteriormente, como la caldea, la persa y la egipcia, culturas que se desvanecieron en el tiempo posterior a Alejandro para ser absorbi­das definitivamente por las formas helenísticas.

Quiero referirme especialmente a la cultura griega como base de las conclusiones a que debo llegar, porque ella constituye en sí y fue formada por un proceso tan característico, tan consecuente consigo mismo, tan re­cio y definido y tan unido dentro de su variedad que no ha habido otra for­ma de civilización que pueda comparársele.

La historia de la cultura griega es la exposición del prodigio que nos lleva súbitamente desde el brutal sistema de la tiranía oriental a las más elevadas y no superadas cumbres de la sapiencia humana. Al florecer de la cultura griega se ha llamado con razón asombroso momento en el que se produce el fenómeno creador más fecundo de la vida de la humanidad, porque facilitó la comprensión del cristianismo y dio lugar al nacimiento de la civilización occidental, que todavía sigue nutriendo con su savia las modernas disciplinas culturales.

 

Espíritu inmortal

 

El prodigio de la cultura griega consiste en que no sólo apareció y floreció cuando los helenos existían, formaban pueblos, organizaciones políticas, sistemas artísticos, órdenes arquitectónicos y escuelas filosóficas, sino que después de sometidos esos pueblos y hasta disgregados y desapa­recidos como Estados, continuó el espíritu heleno fecundando los siglos hasta el presente.

Todo lo griego pertenece a un mismo proceso cultural. Nada que hu­biera creado el hombre anterior deja de ser conocido, captado, transformado, en una palabra helenizado, dentro de su característica variedad y unidad al mismo tiempo, aprovechándose maravillosamente del legado de las civili­zaciones anteriores o simultáneas. Las formas de organización de la sociedad, las matemáticas, la medicina, la arquitectura, la escultura, la poesía y el derecho existían ya creados y en sus distintas formas lo aprovecharon los griegos, pero transformando radicalmente sus conceptos por su pasión por los principios de medida y perfección.

Y ello pudo ocurrir en virtud de un ajuste que coloca al pueblo griego en rango de progenitor de la humanidad por su genio creador en el campo filosófico al plantear los problemas de la mente, despreciando mitos y prejuicios y adelantándose a través de los siglos con Platón y Aristóteles.

Sintetiza un autor el genio griego con la siguiente relación: “En el templo de Apolo en Delfos aparecían en su pórtico máximas como ésta: ‘Nada con exceso. La medida ante todo’. Según la primera de estas sen­tencias, todo exceso en sí es un mal, y según la otra, la medida en sí es un bien. Se contraponen, por lo tanto, exceso y medida. En los días de la ma­durez del genio griego esta comprensión de la vida obtendrá diversas for­mulaciones: una, en la filosofía; otra, en la política; las restantes, en el arte. Todas ellas nos darán el sentido del equilibrio, la fórmula mágica del arte de conducir hombres y gobernar pueblos.”

Los valiosos elementos que integraban la cultura griega fueron des­pués captados por el pueblo romano. Roma añadió un sentido que debía ser el que facilitara materialmente la comprensión y adopción de los prin­cipios filosóficos griegos y la propagación y extensión del cristianismo, y con él, la desaparición de los mitos panteístas. Me refiero al sentido del Imperio y al concepto del Derecho que, juntamente con la extensión en el mundo civilizado de la lengua del Lacio, fue la base determinante de nuestra civilización.

No es preciso analizar para ello la historia de la Monarquía, de la República y del Imperio romano como instituciones políticas. Roma fue siempre imperial, porque, por designio divino, para la evolución del mundo debió ser así.

El verdadero poderío de Roma se desarrolló en su organización administrativa y en su prodigioso genio militar formado para defensa del Imperio; en la definición y evolución de su Derecho y en el cultivo de su lengua, que era propagada a los pueblos conquistados que, al captar civilización tan superior, contribuían a universalizar y refundir la cultura grecorromana en el mundo conocido cuya capital era Roma.

Roma no poseyó figuras científicas, pero asimilándose a las ‘enseñanzas griegas prosperó asombrosamente en arquitectura, astronomía, matemáticas, ciencias físicas y literatura.

Permitió, además, que su codiciada colonia, la Península Ibérica, se compenetrara tan hondamente con la Ciudad Madre que no sólo le proporcionara grandes escritores y filósofos, sino que también le diera emperadores. Los godos, los dominadores que siguieron a los romanos, una vez convertidos al cristianismo, asimilaron la cultura romana que hallaron en España y, por el uso del latín, dieron lugar al nacimiento de las lenguas romances y con ellas al idioma que hablamos en tierras de Hispanidad. Y cuando Alfonso el Sabio quiso codificar el Derecho Ibérico, dio forma al Derecho Romano, base de los primeros cuerpos legales que fueron estudiados y aplicados en nuestra América.

No hay que olvidar que el Imperio Romano en sus últimos tiempos era cristiano. Roma seguía siendo capital del mundo como sede del Romano Pontífice, y la cultura grecorromana, conservada durante la Edad Media en abadías y conventos después de la caída de Bizancio, resurgió avasalladora con el Renacimiento.

 

Legado magnífico

 

En ese estado del mundo surge otro acontecimiento trascendental con sabor de epopeya y figuras de leyenda. Unos hombres que pueden compararse a los héroes de la mitología llegan a las “islas y tierra firme de las Indias”. Letrados unos, analfabetos los más, clérigos otros, pero todos impregnados de esa cultura milenaria cuya formación tan esquemáticamente vengo relatando. Y esos hombres van sembrando con su fe, su lengua y su sangre, semillas de esa cultura cuya posesión muchos ignoraban. Y sus romances y canciones, sus tradiciones y sus costumbres, saturados de siglos de civilización, son captadas por aborígenes que viven una vida atrasada en muchas centurias. Así, en el folclore del norte argentino, en lengua aborigen se cantan, interpretadas con forma singular, antiguas leyendas medioevales europeas, y un buen día, un feliz día, un soberano que vive en otro continente crea una Universidad en Córdoba del Tucumán a imagen y semejanza de la de Salamanca y así se realiza el milagro que nos hace legatarios de la cultura clásica.

Señores: La declaración de nuestra independencia política dio entrada a todos los vientos de opinión y a todas las luces y sombras del saber. Los profesores aquí reunidos podrán enjuiciar con magistral erudición y sobrados argumentos la labor cultural desarrollada en nuestra Patria en lo que llevamos de organización nacional. Yo, sin su preparación, pero no cediendo en un ápice en su patriotismo, he de afirmar con tristeza que buena parte del gran legado cultural que recibimos de España lo hemos olvidado o lo hemos trocado por advenedizos escarceos, introducidos a la par por los potentados, que dilapidaban sus fortunas en ciudades alegres y cosmopolitas y regresaban cantando loas a su propia disipación, y por los vencidos de los bajos fondos de cualquier parte del mundo, que llegados a nuestras playas y a fuerza del número y por obra del contacto directo y constante con nuestro pueblo, lograban infiltrarle un indefinible sentimiento de repudio de las manifestaciones espontáneas de todo lo tradicional hispano-criollo.

Así, la literatura, la ciencia, el derecho, la filosofía, el arte, han adquirido formas híbridas, difusas y apagadas; siendo cada día menor el sentido de grandeza y el afán ascencional que ha de animar a las verdaderas creaciones del espíritu, para que alcancen realmente atributos de universalidad y perennidad.

 

La nueva fórmula humanística

 

La cultura de la raza latina en América, a pesar del sello auténtica­mente español, alcanza jerarquía universal y sabor de eternidad porque supo fundir el alma peninsular en los viejos moldes del clasicismo greco­latino.

Si se hubiera limitado a traducir los clásicos y adaptar su vida al estilo de Grecia o de Roma, ni hubiera alcanzado el esplendor de los Siglos de Oro castellanos ni hubiera podido parangonar sus héroes con los de la Ilíada y la Eneida. Pero España supo libar las esencias de la antigüedad y construir monumentos imperecederos que han sido el germen de las culturas de nuestro continente. Del maridaje de dioses y héroes, filósofos y artistas de la vieja Atenas; de los reflejos imperiales de la antigua Roma redimida por el Signo de la Cruz; de la fusión de la ley de Dios y el derecho de Roma que supo amalgamar con sentido ascético y caballeresco nuestra Madre España, ha de salir de nuestra tierra americana, por la unión entra­ñable de su ancestral señorío y nuestra esplendorosa juventud, la nueva fórmula humanística que eleve al hombre a las más altas cimas de la civi­lización moderna.

 

España, Madre Nuestra

 

La riqueza espiritual que, con la Cruz y la Espada, España nos legó -esa Cruz y esa Espada tan vilipendiadas por nuestros enemigos y tan escarnecidas por los que con su falsa advocación medraron-, fue marchi­tándose hasta convertirse en informe montón irreconocible, hecho presa después del fuego de los odios y de las envidias que habían concitado con su legendario esplendor. Pero antes de convertirse definitivamente en ce­nizas, las pavesas del incendio aún nos bastarán para que en nuestras ma­nos se conviertan en antorchas, que remozando el alma máter de la Uni­versidad argentina, traspase las fronteras, despierte la vacilante fe de los tibios y semidormidos pueblos que aún creen más en las taumaturgias del oro que en los veneros que encierran el espíritu y la voluntad de trabajar y ennoblecerse, y tenga aún fuerzas suficientes para llegar al corazón de Castilla y decir con acento criollo y fe cristiana: “¡España, Madre Nuestra, Hija Eterna de la Inmortal Roma, heredera directa de Atenas, la grácil, y de Esparta, la fuerte: somos tus Hijos del claro nombre; somos argentinos, de la tierra con tintineos de plata que poseemos tu corazón de oro. Como bien nacidos hijos salidos de tu seno te veneramos, te recordamos y vives en nosotros! Precisamente porque somos hijos tuyos sabemos que noso­tros somos nosotros. Por esto, sobre lo mucho que tú nos legaste, hemos puesto nuestra voluntad de seguir hacia arriba hasta escalar nuevas cum­bres y conquistar nuevos laureles que se sumen a los ya eternos que supi­mos conseguir. Por esto abrimos de nuevo las viejas arcas que guardan los restos de la cultura que esparcisteis por el mundo a la sombra de banderas flameantes defendidas por espadas invencibles. Tus filósofos, humanistas, poetas y artistas; y tus juristas, místicos y teólogos, cuando vieron que las antorchas de la revolución espiritual y el vaho del materialismo hacían pe­ligrar el tesoro secular que acumulaste, decidieron ponerte a buen recaudo que evitara tu profanación”.

Pasaron los siglos del olvido y las horas de ingratitud. Nosotros, los argentinos, tus hijos predilectos, hemos labrado en el frontispicio de nuestras universidades una leyenda de imperial resonancia, una leyenda de filial gratitud y de sabor hogareño, una leyenda que dice: “No se pondrá jamás el sol de nuestra cultura hispánica”.

 

La nueva universidad

 

Ahora lo que nos toca hacer es incrementarla, pulirla, elevarla. He­mos de pasar de la etapa primera de asimiladores de cultura a la de crea­dores de cultura. Hemos de sentar las bases de un porvenir esplendoroso. Vivimos la rara fortuna de poseer una poderosa fuerza económica y unas inagotables reservas de fuerza moral. El interés de la Patria exige que la Universidad argentina sea un luminar potente que penetre en las inteligencias de todos los argentinos y arroje haces de luz hacia el exterior. Que la fe­cunda labor pastoril y agrícola sea ampliada con la obra industrial, y am­bas completadas y ennoblecidas con un empuje formidable en el terreno de la cultura.

Debemos tener tenso el arco y afiladas las flechas. Nuestro horizonte cultural ha de perderse en la lejanía como el infinito marca la única salida posible de nuestras pampas. Nuestros anhelos de superación han de ser tan arraigados y potentes como creo que sienten cuantos me rodean. Pero no debe ser una fugaz llamarada ni una esporádica ilusión los resortes que muevan nuestro ánimo; ha de ser un continuado ejercicio de nuestra vo­luntad; ha de ser una constante dedicación de todos nuestros esfuerzos, ha de ser la consagración de todas nuestras voluntades.

Queremos una Argentina grande por la generosidad de su sentimiento; grande por la potencialidad de los bienes con que Dios la ha prodigado; grande por el espíritu esforzado y por el temple criollo de sus hijos, y grande, en fin, por su contribución científica al progreso de la cultura uni­versal.

En vuestras manos está lograrlo, No deseamos una cultura oficial ni dirigida; no deseamos un molde uniforme al que se sujeten los universitarios; no queremos hombres adocenados y obsecuentes a una voz de mando. Queremos una Universidad señera y señora; una Universidad libre de tute­lajes e interferencias; pero quiero que sepáis claramente que cuando el ca­lor oficial se necesite para dar impulso a la labor universitaria, prometo, como que hay Dios, que allí encontraréis siempre al general Perón.

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