LO QUE HUBIÉRAMOS DESEADO DE NUESTRO COMANDANTE EN MALVINAS, GRAL. MARIO BENJAMÍN MENÉNDEZ. Por César González Trejo (*)

LO QUE HUBIÉRAMOS DESEADO DE NUESTRO COMANDANTE EN MALVINAS, GRAL. MARIO BENJAMÍN MENÉNDEZ

Por César González Trejo (*)

El fallecimiento del Gral. Mario Benjamín Menéndez el 18 de septiembre de 2015, reinstaló el debate sobre su conducta como Comandante en Malvinas, además de Gobernador argentino designado el 7 de abril de 1982 en las islas recuperadas transitoriamente.
No resulta simpático hablar de los muertos, ellos no pueden responder. Sin embargo, tengo la tranquilidad espiritual de haberle dicho en la cara, de frente y en varias oportunidades que era un cobarde, un miserable, y un traidor.
La primera vez fue en el año 1988, frente al Monumento al Libertador Gral. San Martín, en la Plaza homónima. Nos encontrábamos con un grupo de ex soldados combatientes que habíamos constituido la Agrupación de Veteranos de Guerra de Malvinas “2 de abril”, impulsora de la Federación de Veteranos de Guerra de la República Argentina. Por esa difícil época arreciaba cotidianamente –casi como hoy-, una feroz campaña de desmalvinización instrumentada por el alfonsinismo gobernante.
Las organizaciones de ex soldados combatientes nacidas apenas finalizado el conflicto, estaban dispersas y sin rumbo –como hoy-. La diferencia radicaba en el extremo desamparo institucional en que nos encontrábamos, sin trabajo, sin pensiones, sin cobertura médica, y con compañeros que se suicidaban todas las semanas.
Eran las épocas, también, en que el CECIM La Plata organizaba los viajes de “turismo post-revolucionario” a los países de la órbita socialista (Corea del Norte, Alemania del Este), o a países latinoamericanos que se proclamaban “comunistas” (Cuba o Nicaragua, en ésta última como “brigadistas del café”). Todo promovido por la Federación Juvenil Comunista para acrecentar la “conciencia revolucionaria”, mientras en el país los ex soldados combatientes luchábamos por sobrevivir materialmente, y éramos tratados como lacra social producto de “la locura de un general borracho”.
Las Fuerzas Armadas, entre tanto, purgaban de sus filas a los oficiales y suboficiales jóvenes que cuestionaban la conducción en la guerra de Malvinas –especialmente en el Ejército y en la Armada-, y maltrataban a los ex soldados –“civilachos”- que reclamaban atención de las instituciones que nos habían convocado a pelear por la Patria.
La figura del Gral. Mario Benjamín Menéndez se constituía así en la imagen humillante de la derrota y de la indiferencia hacia los combatientes en Malvinas por parte de ese Ejército que renunciaba a sustentar en los hechos lo que había proclamado en los discursos.
Y en esa fría mañana de la década de 1980, en las postrimerías de un gobierno cipayo, entreguista y antipopular como fue el del Dr. Alfonsín (proclamado injustificadamente como “padre de la Democracia”), Menéndez se acercó a nuestro grupo de ex soldados combatientes para saludarnos; le dimos la espalda, y nos retiramos cantando “militares, militares, militares de cartón, militares son los nuestros, San Martín, Rosas, Perón”. Luego me acerqué y lo insulté, mi rostro pegado al suyo: “cagón, cobarde, miserable”. El Gral. Menéndez se quedó atónito, con esa cara de “yo no fui”, intentó calmarme, dar alguna explicación. Nos fuimos.
Ya habíamos estudiado el material disponible de parte del Ejército, donde constan las órdenes que había recibido el Gral Menéndez de reforzar las posiciones por donde desembarcaron los enemigos, negándose éste con el argumento falaz que carecía de helicópteros, lo que permitió que el enemigo siempre se enfrentara a nuestra defensa con una inmensa superioridad.
Habíamos conocido también la negativa a cumplir las órdenes de resistir al enemigo cuando éste se encontraba cercando Puerto Argentino. También habíamos escuchado a muchos compañeros relatar el comportamiento displicente durante todo el conflicto, organizando fiestas en la Casa del Gobernador mientras los soldados carecíamos de comida en las posiciones, y la conducta de los generales que conformaban su Estado Mayor (Parada, Jofre y Aguiar, entre otros), que sólo salían de la Gobernación para desparramar sanciones entre los soldados por falta de afeites y borceguíes mal lustrados. Tampoco nos pasaba desapercibido el contraste entre el General británico Jeremy Moore, embarrado de la cabeza a los pies, frente a un Gral Menéndez firmando el cese del fuego, de impecable aspecto y perfectamente engominado.
Mario Benjamín Menéndez –el “General que envainó su espada sin llegar a empuñarla”, como dice la estrofa del poema de Juan Luis Gallardo “Celebración y elogio para un corte de mangas”-, continuó su miserable existencia dando justificaciones a quien lo quisiera escuchar, tratando de explicar lo inexplicable: su cobardía infinita.
No estoy de acuerdo con aquellos que reclaman que el Gral Menéndez debería haberse suicidado en Malvinas. Creo que su Juramento a la Bandera lo debería haber obligado a aceptar la propuesta que muchos Oficiales le formularon, consistente en reagrupar al personal militar, y a los soldados que voluntariamente estuvieran en aptitud de combate –y que éramos muchos-, para desarrollar un último esfuerzo de resistencia en Puerto Argentino.
Tan sólo un ejemplo puede servir para ilustrar lo afirmado: el del Coronel peruano Francisco Bolognesi, quien participó en la guerra del Pacífico, que su país sostuvo contra Chile, en las batallas de San Francisco, Tarapacá y Arica.
Bolognesi estaba retirado y tenía 62 años cuando la Guerra del Pacífico, pero se presentó voluntariamente y fue designado Comandante de la 2ª División en el frente Sur.
En la batalla de Tarapacá librada el 27 de Noviembre de 1989 participó durante las diez horas que duró, a pesar de encontrarse muy enfermo y con alta fiebre. Luego de la derrota peruana en Tacna, Bolognesi reunió a su Estado Mayor para juramentarse morir antes que rendirse. Con 1500 hombres a su mando, enfrentó a una fuerza chilena inmensamente superior; antes de la batalla final, los chilenos enviaron al Mayor Juan de la Cruz Salvo para intimar a las fuerzas comandadas por Bolognesi a rendirse, evitando el derramamiento de sangre. Bolognesi respondió: “Tengo deberes sagrados que cumplir, y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”.
En la madrugada del 7 de Junio de 1880, los chilenos iniciaron el asalto de Arica, tomando los fuertes de Ciudadela y Este, con muchísimas bajas de ambos lados. Bolognesi se concentró con 400 hombres en el Morro, acompañado por sus oficiales Manuel J. La Torre, Alfonso Ugarte, Juan Guillermo More y Roque Sáenz Peña (quien resultó herido en el combate y años después fue elegido Presidente de la República Argentina).
La pelea en el Morro fue cuerpo a cuerpo, y Bolognesi recibió un disparo; a pesar de ello siguió combatiendo, disparando con su revólver contra las fuerzas chilenas. Los historiadores dudan si fue un disparo o un culatazo chileno lo que le dio muerte. Como sea, Bolognesi cumplió su juramento.
A pesar de la terrible derrota militar peruano-boliviana en la Guerra del Pacífico contra Chile, el Ejército peruano pudo reponerse espiritualmente, luciendo orgulloso frente a su pueblo, gracias a la actitud de Bolognesi.
Durante la inauguración de un monumento en su memoria en 1905, Roque Sáenz Peña fue designado para pronunciar un discurso. Emocionado, sólo atinó a decir: “Presente, mi Coronel”, aunque de su puño había preparado estas palabras:
“¡Pelearemos hasta quemar el último cartucho! Provocación o reto a muerte, soberbia frase de varón, condigno juramento de soldado, que no concibe la vida sin el honor, ni el corazón sin el altruismo, ni la palabra sin el hecho que la confirma y la ilumina para grabarla en el bronce o en el poema, como la graba y la consagra la inspiración nacional. Y el juramento se cumplió por el jefe, y por el último de sus soldados, porque el bicolor peruano no fue arriado por la mano del vencido, sino despedazado por el plomo del vencedor”
Ahora sí, estamos en condiciones de responder a la pregunta que encabeza estas notas: ¿Qué hubiéramos esperado de nuestro Comandante en Malvinas, Gral. Mario Benjamín Menéndez? Sencillamente eso, un gesto de honor y de dignidad. Si ello hubiera ocurrido, los argentinos podríamos mirar con orgullo y con esperanza el reencuentro de las Fuerzas Armadas con su Pueblo, haciendo imposible la labor de los desmalvinizadores durante esta larga postguerra.
Sólo nos queda el ejemplo de los 649 Héroes Nacionales y de sus familias para mirarnos en el espejo de quienes dieron lo mejor de sí por el bien de todos. Mientras tanto, los ex soldados combatientes en Malvinas y en el Atlántico Sur seguiremos el resto de nuestras vidas honrando el compromiso asumido en 1982 de recuperar lo que nos pertenece, esta vez con otras armas, las que nos brinda la Paz, cuyo fundamento único e irrenunciable es la Justicia.
(*) Ex Soldado Combatiente en Malvinas.

Foto de Cesar Trejo.
Foto de Cesar Trejo.

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