La ciudad de Buenos Aires como partícipe y testigo de nuestras tensiones históricas. * Francisco José Pestanha* Emanuel Bonforti**

 

La Ciudad de Buenos Aires tiene la particularidad de haber sido fundada en dos oportunidades. La primera por Pedro de Mendoza en 1536, quien acompañado por algo más de 1000 hombres, la nominó bajo el designio de la “Santísima Trinidad y puerto de Nuestra Señora de los Buenos Aires”. La segunda – en 1580 – estuvo a cargo de Juan de Garay, asistido esta vez por un puñado de hombres la mayoría de los cuales eran “hijos de la Tierra”. Entre ambos asentamientos medió el hambre, la destrucción y el éxodo.

Desde que las “Españas” arribaron al continente americano, el centro de atención para sus autoridades se focalizó en los recursos mineros – y en tanto – uno de principales epicentros se constituyó en la zona andina: la región del Potosí y del Cuzco (Qosqo). La fundación del Virreinato del Perú (a instancias de Carlos I) data de 1542 y la implicancia del establecimiento de una institución que tuvo como función el ordenamiento territorial de una región determinada se explica – entre otros – por dos fundamentos, el económico y el militar. Consecuencia tal vez imprevista de este nuevo enclave político territorial, será la fusión de poblaciones desconocidas hasta ese momento, circunstancia que dará origen al fenómeno único: el mestizaje (1).

Durante el primer período de la expansión española, las costas del Atlántico no formaban parte de las prioridades, aunque con el tiempo, esta circunstancia se irá modificando a partir de dos incidencias: el aumento de la rivalidad con el Imperio Portugués y el ascenso de Gran Bretaña como potencia marítima. Tales ocurrencias determinaron al imperio español a preocuparse por el litoral atlántico de sus dominios americanos, y a promover la creación del Virreinato del Río de La Plata, provisionalmente en 1776 y definitivamente en 1777. A partir de este momento la ciudad de Buenos Aires comenzará a modificar su estructura, y el nuevo reordenamiento territorial, alterará la dinámica de aquella diminuta aldea.

No obstante – la costa platense – seguirá constituyendo un emplazamiento de menor importancia para la metrópoli debido a que su actividad comercial no resultaba del todo “atractiva”. Este escenario explica cómo el puerto de Buenos Aires, en un contexto de relativo aislamiento, irá “sorteando” y rechazando a la vez, con mayor o menor éxito “controles” como los que recaían sobre otros puertos. Resulta probable, entonces que tal circunstancia haya generando un incipiente espíritu de “independencia” en los poblado- res ocupados en tareas mercantiles, quienes irán adquiriendo cada vez mayor autonomía en la medida en que España se involucraba en diferentes conflictos bélicos. No constituye un dato a omitir que los controles españoles sobre el puerto de Buenos Aires se irán debilitando con el tiempo. La nueva ciudad con formato de aldea adquirirá con el tiempo una identidad vinculada a la actividad comercial y de intercambio. Se estima que hacia 1778 ya contaba con una población estimada de 20.000 habitantes y que en 1810 la población ascenderá a más de 44.000.

Las invasiones inglesas (1806 – 1807) se instituirán en hitos fundamentales para comprender los acontecimientos posteriores de nuestra historia, y en particular, el rol de la ciudad – puerto. Los porteños serán testigos del desembarco inglés y tendrán – junto con los arribeños – un rol protagónico en su defensa, aunque debe mencionarse, no pocos sectores observaran con buenos ojos la llegada del invasor juramentándose inclusive ante ellos. Los ingleses ya habían obtenido la apertura de algunos puertos brasileros, y con ello, posibilidades de volcar el excedente manufacturero de su creciente revolución industrial. Pero el apetito inglés conseguirá la apertura definitiva del puerto de Buenos Aires luego del derrocamiento del Brigadier Juan Manuel de Rosas.

De esta realidad particular emergerá e irá consolidándose un nuevo conglomerado social que aunque dubitativo, se incorporará al proceso revolucionario posterior a 1810, orientando eso sí sus objetivos, por sobre las intereses del nuevo estado en construcción. Nos referimos al sector de comerciantes porteños conocidos para como la Pandilla del Barranco, algunos de cuyos apellidos nutrirán a lo largo de nuestra historia las filas de la oligarquía. Respeto a este particular compuesto social Jorge Abelardo Ramos sostendrá: “En la época colonial existía un grupo de hacendados y comerciantes llamados por los mismos europeos, la pandilla del barranco. Estos señores, entre quienes había un Martínez de Hoz, antepasado del célebre Joe, se intercambiaban señales desde las alturas del Parque Lezama, con los buques ingleses. El objeto era eludir el control de la Aduana” (2)

Al calor de los acontecimientos se conformó un determinado tipo de ciudad que, algunos autores revisionistas, denominarán con el mote provincia metrópoli o ciudad satélite en virtud de la relación que establecieron ciertos sectores acomodados con Londres. Participarán del proceso revolucionario porque poseían la llave del tesoro, esto es, la aduana del puerto de Buenos Aires pero no obstante intentarán malograr intenciones revolucionarios del interior de forma directa, es decir, retaceando recursos a las campañas de San Martín o Belgrano, y de forma indirecta, abriendo la importación de los productos ingleses y perjudicando la “industria” de las provincias.

Las consecuencias de esta acción se manifestarán a corto y a largo plazo. En primera instancia porque los sectores portuarios mercantil – oligárquicos intentarán desatender los territorios “lejanos al Río de La Plata”, y a través de acuerdos diplomáticos con Gran Bretaña, favorecerán el proceso de desintegración territorial del antiguo virreinato avanzando en lo que se conoce como proceso de balcanización. El antiguo orden territorial perderá, merced a acciones financieras, diplomáticas y militares sus dominios del Alto Perú, el Paraguay, y luego la Banda Oriental. Por otra parte los sectores descriptos irán desarrollando una concepción de “Patria chica”, que a largo plazo, determinará el divorcio de la Provincia de Buenos Aires y su Ciudad con el resto del país. Para algunos autores revisionistas, en el momento oportuno, la misma ciudad de Buenos Aires se transformará en el verdugo de las provincias gracias al manejo discrecional de la aduana.

Buenos Aires así, paulatinamente, se ira convirtiendo en una ciudad – puerto que se arrogará el derecho de “pensar la patria”. Pero, paradójicamente, necesitará de ciertas provincias – en especial de sus recursos – para mantener su propio estatus

Ya en tiempos rivadavianos, la ciudad puerto contará con más de 200 manzanas en los barrios de San Telmo, Concepción, Balvanera, Montserrat, Piedad, Socorro, etc, lo que hoy conocemos como casco histórico, e irá edificando sus propias instituciones que, con el devenir de los años, adquirirán status nacional. Rivadavia será “el hombre que se adelantó a su tiempo”. Fundará el Banco de Buenos Aires que luego cederá a capitales británicos para que se encargue de la emisión monetaria, perdiendo así uno de los elementos centrales de la soberanía del país. Además la Universidad de Buenos Aires, institución de perfil iluminista que indujo a ciertos porteños a considerarse como el centro intelectual del nuevo país. Al capital material que le proveía la aduana se le incorporó capital cultural de la flamante universidad. De esta manera si el puerto era el lugar de intercambio que permitía la llegada de mercancías importa- das para golpear a las industrias nacionales, fue la Universidad de Buenos Aires el lugar de recepción de ideas importadas con las cuales la oligarquía porteña intentó construir un nuevo perfil nacional que procuraba omitir el pasado y el saber criollo, fuente de conocimiento y de identidad del resto de las provincias.

Demás esta señalar que la constitución de factores y sectores durante los procesos histórico – culturales no siempre se manifiestan en prácticas e intereses homogéneos. Los autores revisionistas han demostrado palmariamente que dentro de ellos existieron tensiones y rupturas. Tal es el caso de Rosas, hombre de la Provincia de Buenos Aires quien, sin dejar de construirse in se en factor de poder, tensionará permanentemente con la mentalidad de la oligárquica porteña. Ello lo instituirá para autores como José María Rosa en un hombre de estado por sobre uno de facción. Durante su gobierno la ciudad será asediada por las flotas anglo-francesas con intención de garantizar el libre comercio a través de la “apertura” de los ríos interiores. Tal acontecer mostrará a sectores oligárquico-mercantiles e intelectuales funcionales sin rubores, dispuestos a recurrir al extranjero a fin de resolver los conflictos internos y preservar sus intereses sectoriales.

El tenso pero eficaz equilibrio entre las provincias y Buenos Aires que promovió Rosas se vio fuertemente vulnerado ante la ambivalencia de Urquiza, quien a pesar de ello mantuvo cierta posición de distribución un poco más equitativa de la renta aduanera. El asenso del entrerriano motivó la separación de la ciudad y la provincia del resto de la Confederación – es decir – del ordenamiento institucional que unía, aunque en forma inestable, a la ciudad puerto Buenos Aires con el resto del país.

La ruptura posterior a Caseros implicó a la ciudad un crecimiento económico y con esto, el desarrollo de la urbanidad de 128.000 habitantes en 1858 a 286.000 en 1880. La oligarquía se refugiará en los clubes políticos y otros establecimientos diferenciales. En forma paralela, Gran Bretaña, “(…) centro a la sazón del poder mundial, después de Caseros puso a su servicio, en gustoso conubium, a los dueños de la tierra (los landlords según la terminología de H. S. Ferns) y en virtud de ese pacto pudo modelarse a gusto un país granja, luego de deformar la Argentina geopolítica, con la Pampa Húmeda prácticamente escindida del resto de la Nación. La vieja idea de Mitre de crear la República del Río de la Plata, frustrada por voluntad de las provincias en 1856, retornó victoriosa en esta Argentina insular, pequeña patria de espaldas a Amé- rica, habitada por minorías privilegiadas (los estratos altos y cultos), sectores medios de colchón para la crisis y un vasto y popular conglomerado, sin participación real en la dirección de la comunidad” (3).

Pero la situación de la falsa independencia de la ciudad y su separación del resto del país debía resolverse. El país durante años había estado escindido entre Buenos Aires y las provincias. Éste era el nudo gordiano que bloqueaba cualquier proceso normalizador en términos institucionales y de ordenamiento territorial. Para tal fin se debía desatar la madre de todas las batallas; aquélla vinculada a la distribución de las rentas aduaneras.

Comenzó de esta forma el proceso de federalización de Buenos Aires que determinó la dimensión geográfica e institucional de la ciudad tal cual la conocemos en nuestros días. Para entender los motivos de la federalización encontramos en ese momento una serie de hombres cruciales; Juan Bautista Alberdi reflejaba la distancia que existía entre Buenos Aires y el resto del país “existían dos partidos, había dos países, no son los unitarios y los federales, son Buenos Aires y las provincias, es una división de geografía y no de personas, (…) la lucha es una guerra internacional (…) Buenos Aires se pretende un Estado diferente al del Estado Argentino”.

Esta situación desencadenara en el proceso que se resumirá antinómicamente entre dos hombres, Mitre y Roca. El primero, un exponente de la oligarquía porteña, el segundo un militar proveniente de una familia acomodada de Tucumán. De esta manera se suscitará una guerra entre Buenos Aires y la Confederación, cuyo antecedente había sido Pavón, donde Buenos Aires se había impuesto al resto de las provincias. Pero el resultado ahora sería otro

La batalla dejó como saldo cerca de 3000 muertos, en un marco del enfrentamiento entre ejércitos de aproximadamente 20.000 hombres por bando. Éste no constituye un dato menor. Por vez primera Buenos Aires será testigo del accionar de los Remington y de los cañones Krupp, armas que otrora fueron utilizadas para las matanzas de “los residuos federales” en el interior. La civilizada y próspera Buenos Aires era testigo de la violencia revolucionaria de la barbarie a la que había sujetado durante años al resto de las provincias.

La derrota de Mitre (hombre de dudosa destreza militar) desencadenó la federalización. Buenos Aires ahora debería distribuir la renta aduanera. Más allá de la derrota político – militar, Buenos Aires, con los años, había construido un perfil propio y una identidad cultural que se impondrá durante años al resto del país, en la que dará cuenta de una profunda aspiración de distinción sobre el resto de las provincias.

Resulta posible rastrear estos elementos en varios aspectos de la urbanidad de la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, en la ubicación geográfica de los sectores privilegiados dentro de la misma ciudad, en sus gustos afrancesados por la arquitectura y en sus inclinaciones hacia la “alta cultura que se manifestaba en círculos sociales elitistas”, y en sus palacios. Hacia 1880 “(…) se da la primera emigración de la oligarquía hacia el norte de la Catedral en las calles Cangallo, Sarmiento, Tucumán, Viamonte y Reconquista, donde aún hoy están las casas de Roca y Mitre. Esa migración desde Monserrat y San Telmo hacia el norte se le atribuye a la fiebre amarilla, pero este proceso ya era anterior y en todo caso la peste lo aceleró. El mismo Joaquín de Anchorena se muda a un petit hotel estilo francés que aún existe en Guido al 1700, y para esa época ya se sacaba fotos con galerita bombín al estilo inglés y sobretodo de tweed (4) (…) Los sectores oligárquicos comenzaran así a “(…) crear una escenografía fabulosa para vivir aquí como en París. Estos edificios tienen un libreto armado por la oligarquía que se puede leer claramente desde la plaza San Martín5 (…) comenzaron por buscar su propio espacio para iniciar un nuevo estilo de vida. En un lapso de 20 años se mudaron a Barrio Norte las familias Shaw, Haedo, Zapiola, Tornquist, Paz y los “apellidos de la triple A”, como los llamaba la revista Caras y caretas: Anchorena, Álzaga y Alvear” (6).

Buenos Aires en cuanto a su identidad promovió un divorcio histórico con el resto del país impulsando una narración que tuvo como consecuencia la ruptura de un relato histórico colectivo. La ciudad cosmopolita se erigió como el centro de la cultura desconociendo los aportes histórico-culturales del resto de las provincias. Esta circunstancia pudo observarse, a modo de ejemplo, en la nominación de las calles donde no aparecen entre otros Estanislao López, Francisco Ramírez, Juan Bautista Bustos, Alejandro Heredia, Chacho Peñaloza, Felipe Varela, Ricardo López Jordán.

Para Eduardo Lazzari el objetivo fue “eliminar la discusión de la historia, en un momento de auge de la historiografía liberal, encabezada por Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, que ignoraron el conflicto entre unitarios y federales, sacando a los federales”. A la vez Lazzari agrega: “se respetaron algunos nombres que Buenos Aires tenía incorporados de la guerra civil, donde quizás el ejemplo más brutal sea el de la estación 11 de Setiembre, que recuerda la revolución que separó a Buenos Aires de la Confederación, el 11 de setiembre de 1852. Incluso algunos nombres, como el de la calle Vicente López, debería ser Vicente López y Planes, para que quedara claro que se trata del redactor del himno y gobernador de la provincia de Buenos Aires, quien firmó el acuerdo de San Nicolás, y que además era funcionario de Rosas. Pero se le dejó sólo Vicente López, con lo cual se lo confunde con el hijo que es uno de los paradigmas de los historiadores liberales” (7)

Arturo Jauretche por su parte describe este proceso como modificación de la toponimia, así el paisaje geográfico se distancia del paisaje histórico y facilita la construcción de una sensación de irrealidad, dice Jauretche, en términos concretos, la elite de Buenos Aires apostó a la creación de una nomenclatura de los espacios urbanos, donde priorizó el panteón de próceres libera- les, extendiendo esta política hacia plazas, monumentos, nombres de instituciones y la urbanidad en su conjunto.

A pesar de la Federalización, Buenos Aires, siguió durante largo tiempo siendo un enclave de la anglofilia y la francofilia en términos culturales, y además, la punta de lanza de los interese británicos. La dictadura monoportuaria se extendió en el tiempo a través de un proyecto de país liberal ya no por la renta aduanera. En la construcción de ese proyecto abonaron los “continuadores” de la federalización imponiendo una política económica liberal, que sometía al resto de las provincias, bloqueando la posibilidad de un mercado interno amplio en el que los ejes del crecimiento fueran la industria y como consecuencia el consumo ampliado. No obstante el proceso de federalización, la Ciudad siguió albergando instituciones vinculadas a esa oligarquía comercial, fundándose la Bolsa de Comercio, que fomentó la especulación financiera en el período semicolonial. Pero la ciudad también fue el espacio de cambio social donde la elite tuvo que con- vivir con la emergencia de sectores medios provenientes de los hijos de la inmigración, además de lidiar en sus arrabales con los marginados criollos, durante el período del yrigoyenismo.

La ciudad, antes aislada y aún ajena a las gestas épicas de nuestro ser colectivo, tomó como un insulto de la barbarie el triunfo popular del yrigoyenismo y no pudo evitar que el arrabal comenzara a acorralarla. Ello se extenderá durante la década del ‘30 y con la llegada de miles de migrantes que no encontraban sustento en sus pueblos de origen. Del desarraigo y del arrabal nacerá la ciudad de las masas, y será a partir del 17 de octubre de 1945 donde la ciudad capital se convierta en objeto de disputa. La histórica imagen de los trabajadores con los pies en la fuente de Plaza de Mayo constituirá tal vez la peor pesadilla a los sectores acomodados.

La ciudad con el tiempo fue convirtiéndose en un espacio de disputa impulsado por una profunda fragmentación social a la que el peronismo, como movimiento nacional de masas, intentó ponerle coto. No obstante ello – en el presente – la lucha por una urbe más inclusiva, democrática e incluida al resto de las provincias no ha concluido ya que todavía perviven las rémoras de una desigualdad, que en la actualidad condiciona la realización de un proyecto de auténtico autodesarrollo.

* PUBLICADA EN ESCENARIOS UPCN.

Autores:

*Francisco José Pestanha: Escritor y ensayista .Es Profesor Titular Ordinario del Seminario de Pensamiento Nacional y Latino- americano en la Universidad Nacional de Lanús, y Director del Departamento de Planificación y Políticas Públicas de la misma casa de estudios.

**Emmanuel Bonforti: Escritor y ensayista. Es Profesor Ordinario del Seminario de Pensamiento Nacional y Latinoamericano en la Universidad Nacional de Lanús

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS:

1) PORATTI; Amando; sostiene que América: “Fue el único lugar donde la expansión europea mezcló su sangre con las etnias nativas, a lo que agregaron los africanos y otras fuentes múltiples. El mestizo es en sí mismo una resultante no dialéctica, una unidad de diferencias reales y tal vez contrarias”. En “Perón Filósofo” www.nomeolvidesorg.com.ar.
2) 2) Ramos; J. Abelardo: “Para algunos la idea de la unidad latinoamericana es aterradora”. por Revista Status. 1/8/1982
3) CHAVEZ, Fermín; ¿De quién fue el 80? Editorial “Pueblo Entero”. Edición Nº 1.
4) MASLLORENS Eduardo: “Semiología de la arquitectura porteña”. Periódico Pagina 12. Lunes, 17 de marzo de 2014
5) MASLLORENS Eduardo: “Semiología de la arquitectura porteña”. (ibídem)
6) MASLLORENS Eduardo: “Semiología de la arquitectura porteña”. (ibídem)
7) LAZZARI: Eduardo: Los nombres de las calles porteñas: una mirada sesgada de la historia. Periódico Clarín Domingo 06, Septiembre 2009.

Foto de Francisco Pestanha.
Foto de Francisco Pestanha.

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