Entre cauces y catacumbas

Por Francisco José Pestanha

Hay distintas miradas entre quienes comprendieron la magnitud histórica de las sensaciones y esperanzas populares puestas en juego el 17 de octubre del 45 y la de los que la negaron, circunscribiéndola a un escueto episodio inverosímil y aleatorio.

Desde pequeño me han llamado poderosamente la atención los acontecimientos históricos que suelen modificar determinado orden establecido. El movimiento social que desembocó en el 17 de octubre de 1945 fue nítidamente uno de ellos, en tanto modificó radicalmente el rumbo político e institucional de nuestro país. Mi interés suele orientarse, algunas veces, hacia las múltiples y divergentes actitudes que suelen confluir sobre ellos. En el caso que nos ocupa, por ejemplo, entre aquellas impulsadas por la convicción y la intrepidez, y aquellas determinadas por la necedad y el patetismo. Así, Eva Duarte, Cipriano Reyes, Fernando Mera y Darwin Passaponti, aportaron la cuota de empeño y bravura que todo hito de esas características presupone, quedando la estulticia y la necedad, para todos los integrantes de aquella tristemente recordada “coincidencia” entre la Embajada estadounidense, los liberales, los comunistas, los socialistas, los conservadores, los radicales, los ultra- católicos, ciertos nacionalistas reaccionarios, los terratenientes, y gran parte de los empresarios e industriales. Me viene a la conciencia en este instante y en representación de esa pérfida alianza, la figura del “primer diputado socialista” Alfredo Palacios.

Pero a la vez, mi atención, suele desplegarse hacia las variadas y discordantes miradas que convergen sobre ese tipo de episodios. Respecto a esa jornada, por ejemplo, entre la perspectiva de aquellos que comprendieron la magnitud histórica de las sensaciones y esperanzas populares puestas en juego aquel día, y la de los que la negaron, circunscribiéndola a un escueto episodio inverosímil y aleatorio.

Puedo entonces rememorar, por un lado, aquellas lúcidas miradas de quienes nos precedieron en esta pasión nacional y recordar ese “subsuelo de la patria sublevada” con el que Raúl Scalabrini Ortiz, pretendió describir a esa multitud que “asomaba por primera vez en su tosca desnudez original”; o tal vez esa “muchedumbre abigarrada” que según Hernández Arregui, marchó como “un sonámbulo invulnerable” a rescatar a su líder; o quizás a la “Argentina invisible” que para Leopoldo Marechal “había sido anunciada por algunos literariamente” pero “sin conocer ni amar sus millones de caras concretas”; o acaso esa “Fuenteovejuna”, “especie de fiesta de columnas que recorrían la ciudad sin romper una vidriera” y donde Arturo Jauretche detectó un único pecado, el de “lavarse las patas en las fuentes”.

Puedo, por el otro, citar los abigarrados relatos de la ceguera, y evocar a “La Nación”, periódico para el que el 17 de octubre sólo constituyó un episodio donde confluyeron “grupos revoltosos” e “individuos en completo estado de ebriedad”; o la Crítica de Natalio Botana que solamente pudo observar en dicho fenómeno a un conglomerado de “grupos dispersos” que recorrieron “las calles con paso cansino, en medio de la indiferencia y el desprecio de la población”; o al Comité de Coordinación de la Facultad de Ciencias Exactas, que atinó denunciar a ciertas “hordas bárbaras que al amparo policial” que habían “cometido toda clase de desmanes y atropellos”; o quizás al Partido Comunista, para el que un “malón peronista con protección oficial y asesoramiento policial azotó al país”.

Pero por sobre todas las cosas, la curiosidad, ese bendito impulso que me estimula a deambular por los caminos de la historia, prefiere en estos casos, concentrarse en los antecedentes que suelen generar todo jalón histórico. Ella me ha enseñado además que las profundas alteraciones en el rumbo histórico, no son producto de seres providenciales, sino de mini convulsiones que van convergiendo hacia un evento mayor que los cataliza. Y así, para poder comprender la trascendencia de esa fecha histórica, cabe recordar entonces, que al tiempo de iniciarse los años treinta, y mientras el país se desplomaba entre la miseria, la humillación y la incertidumbre, especuladores y cipayos pretendían una vez más evitar la expresión popular, y arrogantes economistas preparaban la justificación teórica para una nueva fase del saqueo, una nueva esperanza alumbraba incandescente en el seno del alma argentina. Una generación de argentinos comenzaba a despertar de la oscura noche de la decadencia, a expresarse, y a revelar, lenta y paulatinamente, toda su sagacidad con patriótica abnegación.

De esta forma, aquí, en la región del fin del mundo, un conjunto de hombres y mujeres mirando en el espejo de nuestra propia historia, empezaba a desmadejar – desde las catacumbas – el entramado de telarañas sobre el que se había asentado un orden material y simbólico que garantizaba el pillaje y latrocinio, y a entretejer, entre el sutil límite del sueño y la realidad, un futuro digno y autosuficiente. Desde esas recordadas catacumbas forjistas, Dellepiane, Del Mazo, Scalabrini Ortiz, Manzi, Jauretche, entre otros tantos hijos de la tierra, escapando a la persecución oligárquica, comenzaron a diseñar el lecho político sobre el que posteriormente se asentaría la correntada popular. Su olfato y la razón histórica iniciaron un proceso que luego se replicó en cada lugar de la patria, y que años mas tarde, comenzó a fluir, como ese aroma del ceibo que suele perfumar al espíritu nacional cada vez que éste se despierta.

Esa décima generación de argentinos supo de sacrificios y de ofrendas. Sabían que la patria debía ser reapropiada. Sabían que, para que ello aconteciera, debía operarse un oreamiento institucional generalizado, y que, salvo honrosas excepciones, ningún representante de la corporación política y empresarial podía conducir ese proceso, ya que dicha misión le estaba reservada a los hombres libres de ataduras y coherentes en pensamiento y práctica. Sabían además que su actitud los conduciría hacia la crítica salvaje, al ostracismo y a la persecución. Sin embargo, estaban convencidos que el ser nacional resurgiría necesariamente, especialmente, a partir de esos sectores que habían sido marginados material y culturalmente por el régimen, y donde lo nuestro, lo local, lo propio, seguía resguardado como un tesoro preciado.

Y de esa forma, crearon el cauce para que el río fluyera y convergiera hacia ese mar de humanidad que el 17 de octubre inundó una esplendorosa Buenos Aires, que quizás, por vez primera en su historia, albergó en su cálido vientre a los hijos del país. Quiera Dios que una nueva generación de argentinos pueda abocarse hoy, como aquella, a diseñar perdurables cauces desde renovadas y fructíferas catacumbas.

Propuestas para un Proyecto Argentino
Suplemento IMA-ISO Nº 10 del 4/10/2004

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