PERSPECTIVAS PARA UNA ESPERANZA ARGENTINA. Por Raúl Scalabrini Ortiz

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RAUL SCALABRINI ORTIZ

EDICIONES
HECHOS e IDEAS
Bdo. de Irigoyen 1431
BUENOS AIRES

PERSPECTIVAS PARA UNA ESPERANZA
ARGENTINA

El presente trabajo del escritor Sealabrini Ortizt fué leído el 15 de septiembre
en el Ateneo de Estudios Sociales, que tiene su sede en el subsuelo del cine
Solis, de esta capital. El tema abordado responde a una inquietud argentina y,
como se verá, define una actitud argentina. Trasciende el sentir de la Argentina
en su deber para con la humanidad, que no es otro, como lo dice el autor, que
el luchar activa y decididamente en pro de la paz de los extraños.

Amigos que conozco y amigos que no conozco:
Estamos aquí, en este subsuelo, bajo el nivel de las ruedas y
bajo las plantas del transeúnte que nos holla sin saberlo, alentados
por el invariable orgullo de estar, hoy como ayer, más cerca de la
raíz que extrae los jugos de la tierra que de la vana florescencia
que pavonea en la punta de las ramas su lujuriosa transitoriedad.
Me siento muy cómodo en este hueco cavado en el seno mismo
del loess pampeano, porque durante muchos años, como cristiano en
las catacumoas, adoctriné allá en los sótanos de la antigua F.O.R.J.A.
para desparramar las semillas de la insurgencia nacional que preparó
e hizo posible el advenimiento de la revolución justicialista del
general Perón.

N o digo esto porque haga vanidad de humildad ni me jacte de
no tener lo que tampoco podría tener sin dejar de ser leal para conmigo
mismo. Trato simplemente de dismjnuir un poco la distancia
que aparentemente separa la índole del local y la índole del tema,
y justificar, así, la tranquila imparcialidad con que debo extender
ante ustedes una planificación distinta de la que nos han acostumbrado
a considerar como verdad.
Las primeras lenguas de fuego del pavor parecen haber rozado
la inalterable insensibilidad de nuestro ánimo nacional. Por primera
vez, el cataclismo lejano, que aun no ha estallado en toda su inmise-
ricordiosa magnitud, ha comenzado a infiltrarse en los resquicios de
nuestras preocupaciones cotidianas.

Y este ánimo de catacumbas en que estamos, predispone a la
liberación del espíritu, porque aquí, en la humildad de este subsuelo,
tardan más en llegar el temor y la incertidumbre y quizá no
llegue nunca esa lepra del espíritu humano que se llama pánico. El
pánico entenebrece el entendimiento. Distorsiona la visión. Crea fantasmas
pavorosos donde sólo hay hechos previsibles. Desmagnetiza
la fuerza de la razón y desarticula la lógica hasta el desvarío.
Los hechos ya realizados y aquellos hechos futuros que son sólo
consecuencias de hechos anteriores desconocidos, son materia rebelde
para la inteligencia honrada. Y por eso han de pennitirme ustedes
-para que yo pueda series útil a ustedes y ustedes a mí, porque
sólo este comercio de mutuo entendimiento puede ser fructíferohan
de permitirme, digo, presuponer que no existan hechos dignos
de amedrentarnos ni con sus consecuencias ni con sus antecedentes
y que sólo constituímos, en este último rincón de paz espiritual del
mundo, una reunión de hombres preocupados por la búsqueda de
una verdad y por encontrar en el enmarañado bosque de mentiras
y de propagandas de preguerra, la luminosa perspectiva de una esperanza
argentina.

No somos insensibles a los padecimientos ajenos, no queremos
encerrarnos en una egoísta despreocupación por todo lo eXtraño,
sólo queremos mantener en paz nuestra conciencia para que pueda
brotar y desarrollarse el ínsito destino propio que intuímos en plena
vivencia en el fondo generatriz de toda acción popular argentina.
Tampoco podríamos permanecer ajenos, porque los impalpables
hechos extraños suelen conformarnos más imperativa y decisivamente
que los hechos propios. Lo imponderable obra sobre nosotros
y dentro de nosotros con la fuerza incontrastable de una realidad.

Yo he sido siempre hombre adicto a la realidad. Pero nuestra
epidermis, que delimita con precisión los puntos espaciales en que
concluye nuestra entraña sensible, no delimita sino una parte de
nosotros mismos. Dentro de nosotros se conjugan una serie casi
infinita de elementos inmateriales. Somos un punto terminal de una
historia que otros construyeron. Somos el origen de una historia
futura que otros terminarán. Somos un número índice de complejos
fenómenos económicos, y somos una encrucijada en que chocan ideas
y tendencias lejanas y voluntades de seres cuya existencia hasta es
fabulosa para nuestro conocimiento.

Para estudiar la íntima realidad del hombre argentino es indispensable,
mejor dicho ineludible, analizar las tendencias, las ideas
y el resultado de las experiencias que la humanidad acometió en las
latitudes opuestas del planeta.
• • •

Una directriz evidente de los fenómenos actuales es su tendencia
a la universalización. La técnica ha empequeñecido al mundo y lo
exótico y lo remoto desaparecerán. El radio de acción de un hombre
de mando coincide casi con el de la esfera terrestre. Se puede oír y
hablar instantáneamente con las antipodas. Hoy las antípodas no
son sino cercanías puestas al revés en el espacio. Los limites nacionales
que nacieron arbitrariamente en el derrumbe del feudalismo, comienzan
a carecer de sentido. La tremenda fuerza de la técnica desborda
de las fronteras. La facilidad del transporte y de las comunicaciones
luchan contra los obstáculos inmateriales pero insalvables
de la rutina y del prejuicio nacional. Bajo la dominación integral de
Alemania, Europa vivió, a pesar de la guerra, años de equilibrio
económico y esa es una experiencia que los pueblos europeos ya no
olvidarán. Es inútil que querramos oponer a esas lineas matrices
de la humanidad, la terquedad de nuestro irrenunciable localismo.
El ciego y el que tiene los ojos cerrados no pueden ser conductores
El universalismo contraría al nacionalismo, salvo cuando el nacionalismo
está empapado de un ansia mesíanica de universalidad, que
es según veremos una característica del hombre argentino.

La guerra, dicen los marxistas, es un choque de antinomias
económicas. Quizá fuera esa una premisa exacta en las épocas cavernarias,
pero hoy los pueblos han aprendido que los diferendos
económicos se resuelven en el ámbito de la economía, mejor que en
el ámbito de las armas. La guerra no resuelve los problemas económicos,
más bien los agudiza y los torna irresolubles. El vencedor
queda tan abrumado como el vencido. Lo que se destruye no vuelve
a ser reconstruido. El objetivo económico que lleva a la lucha, desaparece
en la lucha. Esa es otra experiencia que con tremendo dolor
ha aprendido la humanidad. Todos los problemas económicos se resuelven
más fácilmente con la razón que con las armas. Pero hay
discrepancias humanas que la razón no puede dirimir. Son las que
provienen de su esencia misma de hombre y las creencias que dan
un sentido a su vida.

El hombre no eligió su sangre, como no eligió sus antecesores.
La historia de lo que fué, vive en él una presencia ineludible y constituye
una de sus inrnanencias más tenaces: su raza. La raza no
puede cambiarse con los arbitrios de la lógica y con la habilidad
de la técnica. La raza no admite pactos ni connivencias y por eso
los choques de razas no son evitables ni resolubles para la inteligencia
humana. Todo entredicho económico puede ser resuelto o
atemperado con soluciones de convivencia. Pero los entredichos raciales
no admiten otra solución que la lucha que dirima la supremacía
de una sobre la otra. “La sangre es más pesada que el agua”
decían los anglosajones metafóricamente, cuando se aprontaban a
luchar junto contra los alemanes. “Este es un triunfo de la raza
5

rusa”, proclamala José Stalin, instruido por la fuerza de los hechos
en la estupidez ingenua de la tesis sostenida en su libro “El marxismo
y la cuestión nacional”.

En beneficio de la paz y en mérito a la convivencia posible, el
hombre puede renunciar a ciertos privilegios y a ciertas ventajas
de orden económico, pero no puede renunciar a su sangre y a todo
lo que ella significa. Y por eso las futuras luchas del mundo no tendrán
un fundamento económico, tendrán un fundamento confesada
o inconfesadamente racial.

Pero conviven en el hombre otras inmanencias casi tan irreductibles
como sus características raciales: son sus creencias, ese conjunto
de suposiciones indemostrables que están ahincadas en el espíritu
y lo alimentan y lo sostienen y hacen que los hombres no
sean seres aislados los unos de los otros, e insumidos en la desolación
de un individualismo estéril y anodadador. Las creencias ensamblan
los hombres, los reunen en grandes masas bajo la influencia impalpable
de análogas suposiciones, de gemelas interpretaciones y de
esperanzas símiles. Si un grupo de hombres cree que Dios tiene
barba y otro cree que Dios tiene bigote, o si rmo cree que la comunidad
de los bienes es la base de la felicidad y otro estima que la
felicidad radica en la amplitud de la libre iniciativa, el diferendo
no tiene otra solución que la lucha de imposición. Por eso las eren- ‘
cia.s caracteríticas se disciplinan como soldados detrás de una fe,
que no admite la más mínima duda en el ánimo de sus acólitos y se
categorizan con la fuerza indiscutible de un dogma que no admite
análisis ni réplica, ni objeciones y ni siquiera vacilaciones.

Y por eso de más en más, los futuros conflictos tendrán los netos perfiles
de guerras religiosas con su mismo carácter implacable e intolerante.
Digo que las guerras venideras tendrán carácter religioso, pero
no afirmo que ellas se promuevan por antagonismos de orden espiritual.
Como centros contendores en torno a los cuales se nuclean
los impulsos y las posibilidades de acción guerrera, se levantan
Estados Unidos de América y la Rusia Soviética, que son las dos
más grandes creaciones de la técnica materialista.
Estados Unidos y Rusia, nacen casi al mismo tiempo al mundo
del poder y por caminos dispares, aparentemente, llegan a la misma
encrucijada, en que uno debe forzosamente ceder el paso al otro.
Digo que siguieron caminos sólo aparentemente dispares, porque los
dos tipos de civilización son dos agudas formas del materialismo en
que han sido extirpadas y desdeñados por fútiles, todo lo que no
cabe en el mundo de la razón y en el estrecho límite de la materia.
Puesto en igualdad de condiciones exteriores, es decir, puesto
en pie de guerra, nada hay más parecido a la organización comunista
rusa que la organización ultra capitalista de Estados Unidos.
O dicho de otra manera, nada habría más parecido a la organización
capitalista de Estados Unidos, que la organización comunista de
Rusia, puesta en pie de paz. Cambiarán las designaciones, los títulos,
la forma de elegir algunos mandatarios cuya posibilidad de
mando es extremadamente reducida, pero el manejo de los factores
esenciales de la vida social, estará en pocas voluntades, inamovibles,
que están fuera del albedrío de la voluntad del pueblo.

En Rusia se llama comisario de la industria del acero a quien en Estados Unidos
se conoce como dueño del trust -del acero. La estadística es el libro
de oraciones de ambos pueblos. Su grandeza se calcula en toneladas
de hierro y en toneladas de acero. Sus números índices sólo miden,
y sólo podrían medir, las cantidades de bienes materiales que se
producen. La concepción materialista del mundo, tanto cosmológica
como paleotológica, geológica o biológica abruman por igual al hombre
con sus conclusiones desoladoras y sin esperanzas.
Y parece que ambos pueblos olvidan que el ansia material es
tan insaciable como el ansia espiritual. El más humilde de los obreros
de hoy, tiene bienes y goces que desconocía Napoleón. Una simple
caja de fósforos es un prodigio que hubiera asombrado a los
reyes hace 150 años. Con un sencillo movimiento de la mano el más
desmunido de nuestros contemporáneos transforma la noche en día.
Pequeños aparatos que están al alcance de todos, para todos reproducen
la música que era privilegio de algunos elegidos. Maravilla
pensar el prodigioso número de goces que están al alcance del más
humilde de nuestros contemporáneos. Pero ese enorme proceso material
se realizó a costa de nuestra paz espiritual. A medida que el
mundo material se ampliaba, el mundo espiritual se empequeñecía.
Parece que aquí también se cumplió la norma mecánica que dice:
lo que se gana en fuerza se pierde en velocidad; lo que se gana en
velocidad se pierde en fuerza. El miedo a la muerte como hecho ineludible,
fatal, y sin salvación de ninguna especie, ha suplantado a
los miedos del vivir.

Por eso será necesario repoblar el mundo de
las formas, revivir el milagro para justificar el milagro de nuestras
propias vida y la esperanza del milagro de nuestra eternidad.
La lucha de Estados Unidos y de Rusia no es más que la crisis
del materialismo racionalista, que ha llegado allí a la cúspide de
sus probabilidades de creación.
N orteamérica y Rusia blanden como banderas justificadoras de
sus acciones, la magnitud sobrehumana de sus respectivas creaciones
materiales. El super capitalismo norteamericano, en poco más
de cincuenta años hizo de una apenas disimulada colonia económica
británica, la primera organización fabril del mundo. En treinta años,
el comunismo ruso levantó a su pueblo desde el rudimentario primitivismo
agropecuario hasta el límite del tecnicismo atómico, dotándolo
de una increíble capacidad industrial.

N orteamérica pretendió infundirnos la creencia de que la lucha
que se avecinaba era la contienda de occidente contra oriente, olvidando
que el núcleo central de la organización rusa, desciende de
la mejor raigambre de la raza blanca; y olvidándose también, que
al presentar su propia lucha como la lucha de oriente y occidente,
se le está ofertando a Rusia la conducción de las inmensas reservas
humanas del Asia, lo cual constituye una enorme torpeza estratégica
y diplomática.

Nostros, argentinos, estamos en el radio de acción de Norteamérica,
dentro de lo que ellos consideran su hinterland vital. Vemos
con ojos norteamericanos, oímos con oídos norteamericanos y
ordenamos con inteligencia norteamericana. Pero el pueblo argentino
sabe defenderse de sus sentidos sociales. Tres siglos de dominación
española y siglo y medio de dominación británica, le enseñaron
a desconfiar de las verdades que los dominadores proclaman
como verdades incontrovertibles.

Desde nuestro punto de vista, la cosa es más sencilla. La lucha
futura es la lucha de las razas anglosajonas y de las razas eslavas
que procuran detentar la futura conducción del mundo material.
Los anglosajones afrontan la lucha con una extraordinaria y
casi abrumadora capacidad industrial, que quintuplica o decuplica
la productividad industrial rusa, pero cometen en cambio el gravísimo
error de presentarse a sí mismos como los campeones de un
sistema económico y social que no podrá sobrevivir, porque han
cambiado las condiciones del mundo que lo engendraron y lo sostuvieron.

El capitalismo ortodoxo se basa en un absurdo conceptual: la
existencia de una entelequia eterna que se llama capital. El capital
es un ente que en la técnica de su propia devoción, en la estricta
técnica de su finanza, que es como su liturgia, no muere jamás una
vez constituído en capital. El capital revive y se renueva constantemente
por el aporte de dos arterias técnica y legalmente aceptadas ~
una es el fondo de amortización, aporte con el cual se libera a sí
mismo de la cosa a que se aplicó, continuando en poder de la cosa
y de los réditos que ella produce en el juego de las utilidades. La
otra arteria vivificadora, es el fondo de renovación que conserva en
plena lozanía la cosa a que está aplicado el capital, es decir, mantiene
el límite de obsolencia del instrumento creador de réditos,
que el capital creó o del cual se apropió.

Sobre este absurdo se constituyó un maravilloso instrumento
de dominación subrepticia, que encadenaba a los pueblos con sus
propios esfuerzos y los explotaba en beneficio de sus instauradores.
Pero el capitalismo, para poder sobrevivir requiere una condición
prima e ineludible: que la matriz capitalista sea consumidora
de los réditos que obtiene de sus inversiones de capital, reales o
supuestos, como era Gran Bretaña. El juego de vaivén del capitalismo
permitió que la población de Gran Bretaña creciera de 10 millones,
a principio del siglo XIX, a 45 millones y durante siglo y
medio, se mantuvo un equilibrio de inversiones y de réditos que constituyeron
la grandeza de Gran Bretaña.

Hoy Gran Bretaña ya no es el centro del capitalismo. La matriz
del capitalismo es Norteamérica, pero Norteamérica no es
consumidora y el sistema ha dejado de funcionar.
Estados Unidos asumió y continuó la técnica europea, sin analizarla
y reacondicionarla a sus características de país que no necesita
casi nada del exterior, e inició un imperialismo económico cuyo
objeto y fines es imposible de desentrañar.

Cuando Gran Bretaña invertía capitales reales o supuestos, sabía
con perfecta claridad en qué forma le serían retribuídos los
réditos. O dicho en otras palabras, las inversiones de capital no
fueron más que un sistema para apropiarse de las riquezas del
mundo que Gran Bretaña necesitaba. Había, pues, una lógica clara,
y un fin preciso y predeterminado. El exceso de la capacidad industrial
británica se erigía en capital permanente y los réditos eran
alimentos y materia prima.

¿Pero qué pueden redituar a Norteamérica los excedentes de
su capacidad industrial capitalizados en el exterior, si ella prácticamente
lo tiene todo?

Los excedentes del trabajo nacional pesan sobre la preocupación
de los dirigentes norteamericanos, porque si la liberación anual
de los excedentes se obstaculiza, el sistema entra en crisis con su
reta hila de desocupación y malestar social. Los dirigentes norteamericanos
no han encontrado más paliativo para despojarse del
excedente nacional, que regalarlo al exterior, sea como contribución
de guerra, sea como anticipo de una deuda no cobrable, sea
como garantía de una seguridad política o militar. De todas maneras,
lo que el mundo recibe de Norteamérica no puede retribuirlo.
A los dirigentes norteamericanos les ha faltado amplitud de miras
e ímpetu revolucionario para enfrentar y resolver sus contradicciones
y crear un sistema que alentara el trabajo de los otros y con
él consolidar la seguridad y la paz.
Frente a este sistema en crisis, Rusia enarbola una fantasía
que enardece la imaginación de los pobres, de los desheredados, de
los resentidos, de los ambiciosos, de los postergados; es decir: de la
inmensa mayoría de los pueblos. Y así, aquel mundo asentado en
un impulso de exclusiva concepción materialista, promueve a su
favor un fuerte estremecimiento espiritual, que es incapaz de contrarrestar
la frenética propaganda de preguerra.
Desgraciadamente, somos nosotros un buen ejemplo de esta incapacidad
política norteamericana. Ellos combatieron a Perón y a

sus reformas sociales, e instigaron contra nosotros a los gobiernos
reaccionarios circunvecinos, sin ver que la revolución de Perón era
el mejor dique que se podía oponer al desborde de las fantasías que la
revolución social engendra en la imaginación de los desmunidos.

La República Argentina, junto con la parte de América situada
al Sur del Ecuador, junto con Australia que está en nuestras antípodas
y tiene otros problemas, es la primera experiencia de reproducción
acometida por la raza blanca en el hemisferio austral. Estamos
tan lejos de nuestros progenitores como si hubiésemos sido depositados
en otro planeta. La inmensa distancia que nos separa de
nuestros orígenes, nos acerca en espíritu a las civilizaciones autóctonas
que existieron aquí y que fueron aniquiladas por el hombre
blanco, porque el tiempo es equivalente a la distancia en acción y
la distancia no es nada más que el tiempo que está acostado. Así lo
que existió en esta parte del planeta y lo que fuimos en nuestros
ascendientes, confraternizan en nosotros en una alianza de extrañas
perspectivas. Algo de nuestra naturaleza nos inclina a ser espectadores,
no actores, del inmenso drama que se prepara en aquellas
lejanas zonas del planeta que se extiende al Norte de la línea
ecuatorial. Podemos juzgar y aconsejar, porque las pasiones emergentes
resbalan sobre la epidermis de nuestro criterio. De aquí deberá
salir alguna vez la verdadera palabra de paz, de mutua ponderación,
de tranquilo aquilatamiento de los problemas y de justas
conclusiones.

Basta observar un mapamundi para verificar que en nuestra
latitud, el planeta es casi enteramente de agua y de cielo, mientras
selvas casi impenetrables nos vedan el paso hacia el Norte. Estamos
en esta tierra como si estuviéramos en una isla. Esta insularidad,
como la distancia que nos separa del hemisferio boreal, sin que nosotros
lo sepamos, influyen en la definición de nuestro temperamento
con un ahinco tenaz y nos concede una homogeneidad difícil de alcanzar
en los pueblos continentales y una solidaridad que se ajusta
en la necesidad de resolver sin ayudas ajenas la eventualidad de los
acontecimientos.

La inmensa mayoría de las naciones están delimitadas por un
perímetro que puede alterarse sin inconvenientes, porque es el resultado
de una arbitrariedad política, de una imposición de la fuerza
o es el residuo de una historia ya fenecida. Nuestro territorio
nacional es, en cambio, una unidad inextensible e incomprimjble.
Es una unidad geográfica, hidrográfica, geológica y hasta paleotológica.
Los mismos estratos se extienden bajo el suelo de un extremo
a otro. El mismo sacudimiento erigió los Andes y el mismo excep-
cional origen eólico tienen nuestras llanuras que ascendieron desde
el fondo de los pantanos con los sedimentos que la atmósfera deposita
en los días de calma.

La amalgama de los aportes inmigratorios y de los elementos
primigenios de la tierra, se acelera en esa inusitada unidad en que
se funden sin esfuerzo, el residente de larga fecha y el recién venido
que asiste con azoro a la transmutación de sus sentimientos más
íntimos.
Si el idioma del arquetipo argentino contemporáneo expresara
en palabras el tumulto de remotas influencias e interferencias recientes
que circulan por su sangre, su lenguaje sería muy semejante
al que produjo la confusión de Babel. En esa pluralidad de
origen reside justamente una de las más firmes esperanzas de la
grandeza argentina y es una de las bases más sólidas de nuestra
invariable neutralidad. El producto de procreaciones sucesivas de
seres idénticos, tiende a conformar individuos especializados, en que
las cualidades no fundamentales se relajan hasta desaparecer. El
monógeno es por excelencia incomprensivo, intolerante y por lo tanto
específicamente negado a la política y al ingenio que su realización
requiere. El multígeno, el ser de orígenes plurales, tiene brechas
abiertas hacia todos los horizontes de la comprensión tolerante.
En cada dirección de la vida hay un antecedente que le instruye en
una benigna coparticipación de sentimientos. Nada humano le es
ajeno. Nada humano le sorprende y asiste al espectáculo de la vida
como si todo hubiera sido suyo. Tiene una estirpe por venir y una
parentela que potencialmente reside sobre toda la extensión de la
tierra.

Los pueblos que se caracterizaron por su ingenio político fueron
multígenos. Los monógenos son técnicos y los técnicos estuvieron
y deben estar en subordinación de los políticos, porque la grandeza
del hombre no se mide por su capacidad técnica, se mide por su
aptitud para sentir e interpretar la mayor suma de almas, base de
toda acción política.
Sobre estos cuatro pilares: el alejamiento, la insularidad, la
unidad territorial y la pluralidad de origen, se asienta la grandeza
auténtica de la muchedumbre que ha sido, es y quiere seguir siendo
espectadora de los conflictos ajenos, hasta alcanzar el imprescindible
grado mínimo de madurez, de consolidación y de seguridad
que disipe todo riesgo o apariencia de disgregación o disolución del
espíritu nacional.

Hablo de la muchedumbre argentina, es decir de la aspiración
genérica de las grandes masas nacionales, porque son las que actualmente
dan su pulso a la historia, aunque es preciso reconocer
que estos grandes movimientos de multitudes que se sacuden en
las pasiones unánimes en que está en juego su propia existencia, no
es fenómeno típicamente argentino, sino en la particular manera en
que se engendran sin dolor, en su modo expresivo absolutamente
exento de odios y rencores y en la vocación de altruísmo amplio y
magnánimo que las impregna.

Hasta final del medioevo son los señores los que luchan y son,
pues, los señores los que tienen voz, voto, derechos de simple presencia.
Con la revolución francesa y sus levas en gran escala, comienza
a cambiar el protagonista de la historia. Son turbás descamisadas
aquellos soldados de la revolución que en 1792 arrollan en
Valmy a las cohortes engoladas e incomprensivas que se alineaban
detrás del duque de Brunswick y que, segura1nente, como nuestros
terratenientes y nuestros financistas, perjuraban que el mundo estaba
perdido. La intervención en la lucha dió al sector masculino
y combatiente una participación, más ilusoria que efectiva, en la
conducción política de sus respectivas naciones.

La conflagración de 1914, en que se aplican por primera vez
las doctrinas germánicas de la Nación en armas, extiende las consecuencias
de la guerra, por lo menos económica y vitalmente, hasta
los últimos reductos de la vida nacional. En consecuencia, las multitudes
exigen una intervención cada vez más enérgica en la direc·
ción de sus propias vidas.

En la última guerra, de cuya impresión de horror no nos hemos
librado todavía y cuya sola rememoración nos acongoja, todos combatieron
: los niños, las mujeres, los jóvenes, los maduros, los ancianos-
‘Tinguna N ación, ninguna ciudad, ninguna persona, permaneció
al margen del cataclismo. De una manera o de otra todos estuvieron
envueltos en el torbellino y la desolación. Los pueblos exigirán
cada vez con mayor imperio una participación legitima en su propio
destino. Tarde o temprano, la democracia exclusivamente política
será substituida por una democracia económica, en que el hombre
promedio de las multitudes será la vara de medir de la prosperidad
y el juez último que sentenciará sobre la justicia y oportunidad de
las causas.

Digo esto con la clara conciencia de que el general Perón es
un fiel intérprete de estos mismos sentimientos y de que cualquiera
sean los torcidos vericuetos por donde traten de infiltrarse los doblegadores
de la voluntad nacional, cualquiera sean las presiones
que sobre nuestra seguridad se ejerza, o cualesquiera sean las tentaciones
que se ofrezcan, él recurrirá al pueblo para que sea el pueblo
quien decida su destino, con la seguridad de que el pueblo pre·
ferirá morir como héroe por la libertad de la patria y no como negro
zulú al servicio de los patronos extranjeros.
• • •

Hace veinte años casi, en octubre de 1931, publiqué un libro
que contrariaba abiertamente las ideas vigentes en esa época. Alcanzó
gran difusión y notoriedad y me complazco en suponer que
ayudó a formar una parte de la conciencia de las nuevas generaciones
argentinas. Se llamaba El hombre que está solo y espera.
Uno de los propósitos que me incitó a escribirlo fué la de combatir
las ideas antidemocráticas y reaccionarias del gobierno del general
Uriburu. Realzaba en mi libro las virtudes de la muchedumbre argentina
y demostraba que su valoración no debía emprenderse de
acuerdo a las reglas y a los cánones europeos.

Daba una base realística
a la tesis esencial de la argentinidad al negar la continuidad
de la sangre y sentaba la tesis de que nuestra política no es más
que la historia presente de la lucha entre el espíritu de la tiena,
amplio, generoso y henchido de aspiraciones humanísticas y el capital
extranjero que intenta constantemente someterla y sojuzgarla.
En las páginas finales de ese libro hay una anotación que dice
en resumen exactamente lo mismo que he venido exponiendo. Allí
se pueden leer estos párrafos que fueron escritos hace aproximadamente
20 años: u Hay una lucha enorme ya planteada y entablada entre
dos gigantescas potencias materialistas: Estados Unidos y Rusia
Soviética. Ninguna de las dos tiene una migaja de espíritu. Ru.sia
perdió el suyo al iniciar el bolcheviquismo. La rebelión era la base del
espíritu ruso. Ahora se Zes acabó el misticismo. Nosotros debemos
abstenernos. Somos una asociación espiritualista. La más bella desde
la decadencia de A tena-s”.

Leo mis propias palabras que me llegan
como un eco último de mi juventud, para demostrar que no es
la mía una posición circunstancial; es la manifestación verbal de
una inconmovible fe en la trascendencia del destino argentino.
Permitidme ahora, que repita unas “Palabras de esperanza y
realidad para los que pueden ser mis hijos”, que pronuncié hace
tres años, en 194 7, cuando lo inminente era aún lo mediato y problem.
á t.i ,c o. Aun hoy, no podría traducir mi pensamiento con mayor prec1s1on.
Decía entonces y digo hoy: la Argentina permaneció al margen
de los dos horrendos cataclismos. Sus ciudadanos gozaron de una
tranquilidad no interrumpida y hasta de una prosperidad excepcional.
Nuestra actitud fué de prescindencia, de alejamiento y hasta
casi de desdeñosa consideración para los males que afligían a las
más grandes naciones de la tierra. Desde el punto de vista material
y desde el punto de vista espiritual, gozamos de una situación de
privilegio. Poblamos un territorio feraz en que sobreabunda el alimento
y estamos geográficamente alejados de los puntos neurálgicos
del mundo. Estamos sobre esta tierra con la desprevenida despreocupación
de espectadores con que podríamos estar en otro
planeta.
1

La Argentina siente, quizá subconcientemente, que tiene un deber
que cumplir con la humanidad y el general Perón ha demostrado
una fina sensibilidad al captarlo y expresarlo. No podemos.
permanecer impávidos e indiferentes ante el desarrollo de los acontecimientos
en que los hombres andan como niños perdidos por el
bosque. Un deber de humanidad nos llama a la lucha activa y decidida
en pro de la paz de los extraños.
Desde este alejado observatorio situado en el extremo más austral
del mundo civilizado, podemos contribuir al descubrimiento de
la línea de coincidencia en que el hombre pueda recuperar la calma
y la seguridad en su persistencia, porque aquella humanidad del
hemisferio boreal tiene el juicio entenebrecido por el miedo. Aquellos
pueblos han perdido la certeza en su continuidad y la confianza
en sus valores morales. El mecanismo ha concluído por dominar al
mecánico. El ansia de poder en que se procuraba fundar una seguridad,
es la mayor causa de inestabilidad y, por lo tanto, de debilidad
efectiva.

Para luchar, aun para luchar por la paz, es indispensable tener
armas y tener puntos de apoyo. Pero las armas no son solamente
los instrumentos capaces de herir y de matar, ni los puntos de apoyo
son los constituídos por los países vasallos o dominados. Esa es una
técnica política que ha llegado a su culminación y que amenaza al
vencedor como al vencido.
La distribución sin utilitarismo de la riqueza. La sencillez aguda
para reexaminar los problemas y reducirlos a sus términos más
simples y resolubles. La generosidad de acción y de propósitos. La
verdad y franqueza de los motivos y la voluntad de hacer amigos,
son elementos capaces de constituir fuerza. Por que no se ganará
la paz con intimidaciones ni con préstamos que sometan las economías
y los orgullos nacionales a la usura matemática de un interés.
El mundo sólo puede ser ordenado por la N ación que convenza a las
otras de que sus actos están dictados solamente por la preocupación
del bienestar general.

Esta política internacional que puede parecer llamativa a primera
vista es, sin embargo, la política tradicional argentina. Desde
el origen mismo de la nacionalidad, demostramos ser sensibles a
las necesidades de los otros y todos los gobernantes de origen realmente
popular supieron ser intérpretes de ese magnífico anhelo argentino.
En 1920, en la Asamblea de Ginebra, sólo la voz argentina
se alzó en defensa de los derechos de los vencidos. Nada esperábamos
de ellos. Los mentecatos locales y las inteligencias extranjerizantes
se burlaron de ese gesto platónico del presidente Yrigoyen,
pero 100 millones de europeos quedaron conmovidos hasta la emoción.
Ese acto no tuvo trascendencia internacional, porque fué un
hecho aislado y realizado sin un plan preconcebido y porque el
mundo no había llegado a la madurez crítica en que se debate hoy.
Esa es también la línea sostenida, aunque no dicha, con que
pueden hilvanarse los actos internacionales del actual gobierno. Crear·
pueblos amigos, grupos de pueblos agradecidos. Ayudarlos a resolser
sus urgencias, concederles sin espíritu de especulación una capitación
en los excedentes nacionales. Contribuir a resolver sus diferendos
y orientar la inteligencia y la imaginación argentinas hacia
el establecimiento y estructuración de nuevos planes de universal
comprensión.

Si nuestra lucha por el establecimiento de un régimen permanente
de paz fracasara, como ha fracasado, si el antagonismo de
intereses y de odios llevara su desvarío hasta la contienda, como
lOS está llevando, si de nuevo los campos del hemisferio boreal fueran
esterilizados por el flamígero dardo de la guerra, nuestro deber
para con nosotros mismos, para con nuestros sucesores y para la
parte de la humanidad que quede indemne, será de nuevo el aislamiento.
Pero esta vez lo haremos con la seguridad de ser el últimn
reducto de esperanza para una luz que amenaza extinguirse.
N o temamos que el aislamiento nos inferiorice con su peligro
de rudimentarismo y elementalidad. Cuando las civilizaciones llegan
a un grado de complejidad insuperable para la mente, son los pueblos
sencillos los encargados de rehumanizar las doctrinas morales.
Así ocurrió .hace dos mil años en que también se dice que estaban
en contraposición las civilizaciones orientales y occidentales. La nueva
norma moral nació en el primitivismo rústico del Asia Menor.
Judíos y árabes eran pueblos despreciables tanto para el chino refinado,
como para el orgulloso griego. Pero lo elemental tiene una
fuerza propia de convicción y de expansión. Las normas morales de
Cristo y de Mahoma han regido la conducta de la humanidad desde
entonces.

En un mundo que declina bajo el azote de la técnica y se disciplina
en el sometimiento a lo inerte y a lo abstracto, el aislamiento
puede hacer florecer ese germen de humanización, de refrescamiento
de valores que aflora en todas las presencias de las muchedumbres
argentinas.

Hay una gran alegría en el mantenimiento de esta esperanza
que aligeró todos mis días de combate. Permitidme suponer que ella
reflorecerá en vuestros jóvenes corazones .

(Publicado en el N 9 78 de HECHOS E IDEAS)
IS
La Baldrich – Espacio de Pensamiento Nacional
www.labaldrich.com.ar
PERSPECTIVAS PARA UNA ESPERANZA ARGENTINA
se imprimió en los Talleres Gráficos de
Guillernw Kuperschmid, Bolivar 1268,
Buenos Aires, el día 15 de diciembre del
Año del Libertador General San Martín,
1950.

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