Arturo Jauretche – Revista Que – 7 de enero de 1958

Nota publicada en la revista Qué el 7 de enero de 1958. Conserva una sorprendente vigencia a pesar de que han pasado 59 años de su aparición. (fuente http://ovejanegramedios.com.ar)


Estamos en presencia de la ejecución de un plan sistemático para empobrecer al pueblo argentino. Los trabajadores lo comprendieron de inmediato, porque constituyen el sector más esclarecido, en materia económica, de nuestro complejo social. Ha tardado más en comprenderlo el sector empresario con su inteligencia obnubilada, por su parentesco espiritual con la oligarquía, a la que no pertenece pero imita en el estilo y en la sumisión del arribista. Esa comprensión se abre paso ya en las clases medias que con complejos de superioridad jerárquica, creen pertenecer al sector de arriba, cuando su suerte está exclusivamente ligada al desarrollo de la potencia nacional de la base; porque el país es una pirámide y son ilusos los que creen que su bienestar y su estabilidad dependen de estar colgados del vértice de la misma, cuando en realidad reposan en la amplitud y solidez de su asiento.

Creer y confiar en soluciones catastróficas, originadas en el resultado de la política económica orientada por Prebisch, es trabajar en favor de ella, aunque los propósitos sean inversos.

Nosotros estamos prohibidos, inhabilitados, excluidos de expresar nuestro querer en forma propia. Eso no se ha hecho de gusto; se ha hecho para que el pueblo argentino no pueda decidir con soluciones activas, con definiciones propias, con soluciones suyas. Falta ahora que nosotros hagamos el juego a ese plan empacándonos y declarándonos inexistentes, no ya como partido sino como hombres y como ciudadanos, para que la siniestra conjura logre su triunfo. Eso es lo que ellos quieren. Falta que queramos nosotros lo mismo y seamos sus cómplices, por terquedad, por amor propio. Que digamos como Sansón: “Perezca Sansón y todos los filisteos”. Y les facilitemos, que a paso de vencedores los dejemos instaurar la pobreza, completar la destrucción del sindicalismo, el enajenamiento de nuestros bienes, la sumisión internacional simplemente porque pensamos como hombres de partido y no como hombres de la Nación, olvidando que si nacimos como partido, nacimos para la Nación y para el pueblo; para ser instrumentos de su grandeza y de su felicidad, y no para que por falta de grandeza seamos cómplices en la ejecución de su desgracia.

Estamos en presencia de una maniobra diversionista cuya finalidad es excluirnos de la decisión, ya no solamente como partidos sino como ciudadanos. Como partido no podemos decir esto será así; pero como ciudadanos nos queda el recurso de decidir que esto no será así, como quieren el imperialismo y sus secuaces. No podremos elegir los nuestros, pero podemos vetar los de ellos. Esa es el arma que nos queda, y es la que quieren los más honrados, y los menos que aliemos a las del gobierno, facilitando su triunfo con un papelón electoral, que les dé, además, la satisfacción de aparecer derrotando al movimiento.

La cosa es simple y sencilla: es preferible ser el instrumento del triunfo de alguien que represente una resistencia a estos, a ser instrumento de quien represente su consolidación. Quien nos utilice como instrumento será también un instrumento de nuestra lucha para impedir la caída vertical del país; sólo con el país en ascenso se producirá el ascenso del pueblo hacia sus objetivos. Y a los que tienen miedo de ser absorbidos debo advertirles desde ya que la absorción y la desintegración serán el producto de la miseria colectiva y la desesperanza, nunca de la consolidación de los factores sociales e históricos que nos dieron nacimiento como fuerza política. Esa es, por otra parte, una consideración de estrecha politiquería ajena por completo al pensamiento de un movimiento que ha establecido en la prelación de sus objetivos, el primer término para la Nación. Porque a pesar de todo el gorilismo, de sus inhabilitaciones, de sus persecuciones, somos nosotros los que vamos a decidir. La responsabilidad será toda nuestra, porque de lo que hagamos depende un futuro mucho más importante que un gobierno.

Si los nuestros quieren hacer harakiri, que lo hagan; pero yo cumplo con el deber de advertirles que este es un problema social histórico en que se decide la suerte de una sociedad entera, de nuestros productores, obreros o patrones, de nuestros hermanos, de nuestros hijos; que las consecuencias no son individuales, propias de dirigentes obreros o políticos, sino colectivas, de destino nacional, de total gravedad; no se trata de un problema puramente político ni gremial. Por eso no he propuesto ninguna solución política, ninguna clase de transacción, ninguna componenda de votos.

He tenido que luchar conmigo mismo para dar este paso. Nadie me ha pedido explicaciones, pero no puedo permitir que una jactancia personal supere en mí el deber que estoy señalando a todos: el de sobreponerse a lo personal primero, a lo partidario después, para poner los ojos exclusivamente en los intereses inmediatos y concretos de nuestra Nación y de nuestro pueblo, y este esfuerzo que hago es una contribución más al deseo de una comprensión general.


Arturo Jauretche – Revista Que – 7 de enero de 1958

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