9 de julio como pecado original del pasado y del presente. Por Emannuel Bonforti

 

 

 

Por Emanuel Bonforti* / Dibujo: Julia Vallejo Puszkin

Sólo en un antiproyecto, la propia población interna, o parte de ella, puede ser tenida por enemigo/a y ser perseguida como tal.

Principio metodológico Nº 27 del Proyecto Umbral “Resignificar el pasado para conquista el futuro”

Cada 9 de julio obliga necesariamente a los argentinos a pensar sobre su historia, sus deudas con el pasado y la obligación con el futuro. El pensamiento se convierte en acción que empuja inevitablemente a meditar el presente y proyectarnos en el futuro, el recuerdo brota como experiencia temporal mediada por la narración o el relato y de acuerdo a la coyuntura en sociedades en disputa se reactualiza en función de la correlación de fuerzas entre opresores y oprimidos, donde los primeros tienden a cristalizar fechas, restar la participación del pueblo en las gestas inyectando en la praxis de éste último los valores del dominador. Y, para finalizar, el tiempo discurre entre flashes fotográficos y posturas de ocasión.

Reflexionar el 9 de julio como fecha definitiva de una conquista que se presenta como teleológica implica desconocer el pasado, error tan común como considerar que Argentina nació en 1810. Asimismo, reflexionar el 9 de julio como una suerte de rumbo predestinado como reflejo de la modernidad y de la grandeza de las naciones que deciden sobre su destino es casi tan errado como peligroso, en estos errores se filtra el relato liberal que oprime para estas fechas desde lo simbólico.

De acuerdo a la lógica del opresor, las gestas en el tiempo terminan reciclándose en ejemplos morales donde los hechos que las preceden y las suceden aparecen desprovistos de pasiones, de luchas, de conflicto y de consecuencias. Pensar el 9 de julio implica no estar ajeno a la disputa en torno al momento de la sanción de la Independencia, sino también contribuye a comprender la fecha como un episodio más de la larga lucha de los argentinos, es decir, considerarla como una parte de la historia de sucesivas luchas por la independencia, instancia que en nuestro proceso histórico aún no han encontrado epílogo.

Los hechos de Mayo dieron cuenta que la revolución no implicó necesariamente independencia de España, no fue una revolución contra España, sino una revolución que se articuló con una oleada de sucesos que enfrentaban a estructuras tradicionales -realistas- contra fuerzas renovadoras que imprimían un carácter nacional a la lucha contra el invasor francés en suelo español y contra las tendencias absolutistas locales. En ese marco la lucha en suelo patrio se da contra el absolutismo, de ahí que en la conformación de los Ejércitos libertadores se alberguen españoles, criollos, indios etc., como también los Ejércitos realistas se encontraban configurados por indios o criollos.

Los sucesos imprimieron en determinado momento la necesidad de generar una estructura orgánica, definiciones en cuanto al rumbo del proceso y el dictado de una constitución. En este punto, la historia es conocida y más allá de las reformas de carácter progresivo que imprimió la Asamblea, lo cierto es que ésta última no había logrado sus objetivos iniciales, producto del conflicto social en el cual se encontraba envuelta la lucha revolucionaria. La clara muestra de este conflicto será la actividad de Artigas en la Cuenca del Plata y su enfrentamiento con una oligarquía portuaria en ascenso.

Aquella Asamblea, antecedente directo del Congreso de Tucumán, contó con la presencia de veintiún representantes, mientras que la cita en Tucumán comenzó con una convocatoria inicial de nueve representantes, situación que permite inferir que el clima social no había progresado en los tres años que separan un encuentro del otro.

El Congreso comienza a sesionar el 24 de marzo de 1816 y de acuerdo a la cantidad de representantes mencionada una pregunta que surge es ¿Cuál es el grado de consenso para sancionar una Constitución y proyectar un futuro independiente cuando no fueron convocadas al Congreso todas las provincias? Evidentemente, cualquier relato independentista supone ampliar la base social para alcanzar un marco de acuerdo estable e institucional, como todo ámbito de decisión y más aún en un contexto de revolución donde existen actores que querrán condicionar el proceso. Con el tiempo al Congreso se sumarán provincias que en el futuro inmediato a la sanción de la Independencia dejan de formar parte del flamante territorio “libre”, entre las provincias podemos mencionar sobre todo las altoperuanas (Charcas, Cochabamba, etc.). Asimismo, nunca se sumarán las provincias de influencia artiguistas que para la fecha se encontraban en profunda discrepancia con el poder oligárquico de Buenos Aires. Como consecuencia surge de esta situación irregular de declaración de Independencia la presunción formulada por Alberdi: la Independencia para Buenos Aires implicó el goce de la renta de aduanera en detrimento del resto de las provincias del país; también es lícito preguntarse ¿Qué validez tiene una sanción de Independencia en la que participaron provincias que luego fueron empujadas a separarse de su región de origen? Para cerrar este punto, retomamos a Alberdi: “asistimos a una independencia que no es política sino geográfica”.

De la misma forma, en modo cronológico, la Independencia formaliza la separación con España, pero no logra resolver de manera consensuada la forma de gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata y no logra plasmar la sanción de una Constitución. Estos dos hechos son el reflejo superestructural de un conflicto de social abierto, cuyo inicio se ancla en los grupos que participaron en el proceso independentista desde el origen con diferentes motivaciones. Estamos hablando de la vertiente morenista el ala más jacobina del proceso, sin base material inmediata como formula Jorge Abelardo Ramos en la Masas y las Lanzas; Moreno en su programa formula la necesidad de que las tareas democrática burguesas propias de un período revolucionario de siglo XIX estén a cargo del Estado. El segundo grupo es el representado por los monopolistas españoles, el tercero por los comerciantes portuarios cuya única motivación era la relación comercial con Gran Bretaña, esta clase será conocida como la Pandilla del Barranco.

La dinámica del proceso histórico ofrece para 1816 un enfrentamiento polarizado entre el proyecto la oligarquía portuaria (Pandilla del Barranco) contra el resto del país, clase contra clases, región contra regiones, el enfrentamiento es de carácter geográfico y social.

En términos cronológicos la sanción de la independencia es un reflejo del proceso revolucionario, el cual de acuerdo a la periodización de Eric Hobsbawm se encuentra durante la era de las revoluciones. Si uno observa las sanciones de las Independencias en los diferentes países de la región encuentra como patrón común la simultaneidad. Es posible entonces analizar los hechos como partes de una revolución de características continentales, donde las oligarquías, en nuestro caso la Pandilla del Barranco, es la que condiciona a la hora de labrar la independencia, producto del poder incipiente y sobornador de las aduanas portuarias. Además, la coyuntura guerra revolucionaria obliga a los libertadores a priorizar las acciones militares al estar embaucados en el campo de batalla dejando de el terreno libre de las decisiones y del armado burocrático a la “clase decente” que se auto postula como civilizada para emprender el cambio necesario en el proceso de transición que implica la Independencia, solo esta clase se atribuye ser la garantía de orden frente a la tumultuosa base social que alimentó a los Ejércitos libertadores.

De este modo, la clase decente al instalar un período termidoriano del proceso revolucionario se erige como la heredera racional para conducir a la flamante república. De acuerdo a esta lectura, la revolución ingresa en su fase contrarrevolucionaria tanto en el sentido político como social, ya que los objetivos iniciales de los libertadores en 1810 lejos estaban de cumplirse en 1816, así la relación de dominación se resignifica rompiendo con la lógica colonial e imprimiendo un nuevo tipo de dominación que construye la alteridad en los sectores populares del interior del país. Los hechos posteriores a la declaración de la Independencia pueden ser vistos como el triunfo de fracción localista/municipal que logró construir la república a través del Estado, concepción diametralmente opuesta a la utopía bolivariana de la creación de la Nación a través de los Estados.

En el triunfo de la fracción de origen municipal, el pueblo queda desplazado por su incapacidad por su escasa reflexión. Será la meritocracia de los futuros endeudadores del país los que conduzcan el proceso, para esto será necesario la construcción de un enemigo. Al regresar del campo de batalla los libertadores se convertirán en caudillos de los sectores populares quienes serán el enemigo y quienes sufran la victoria del opresor, las desigualdades de un sistema económico que alteró las relaciones sociales previas a la consolidación del triunfo municipal. Durante años nuestro país vivirá en un Anteproyecto, que sólo encontró a lo largo de su proceso histórico pequeños mojones de independencia real. Cristalizar una fecha a través de una foto en un acto no solo esconde el pasado de nuestras luchas y la complejidad de nuestra historia, sino que también da cuenta de un relato parcializado, instancia necesaria para sostener y reactualizar la metodología de un Anteproyecto de país.

* Historiador

gentileza:  www.agenciapacourondo.com.a

Sé el primero en comentar

Deja tu comentario