La “plaza de la victoria” en 1810. Por José María Rosa

La “plaza de la victoria” en 1810

El 22 en la plaza.

 

Daba marco al Congreso Vecinal una “multitud – dice Guido, que estuvo allí pues era joven para concurrir como vecino principal – que en la plaza servía grandemente a los agentes revolucionarios” a pesar de la lluvia que habría de prolongarse toda la semana. Cisneros menciona en su informe “gentes que con estudio habían introducido a la plaza, los cuales esperaban la resolución y eran avisados con señales que le daban los facciosos desde la galería del cabildo para que aclamasen los votos favorables”; Belgrano, “que una porción de hombres estaban preparados para la señal de un pañuelo blanco, a atacar a los que quisiesen violentarnos”.

Es posible que Patricios no dejaran entrar a todo el mundo. Pero lo hicieron con la Legión infernal – llamados “chisperos” en algunas crónicas – de jóvenes de la clase principal (entre ellos Guido) que acaudillaban French y Beruti. A esta porción de hombres preparados debe referirse Belgrano. French habla de “seiscientos” con superlativa imaginación, pero no debieron pasar de dos o tres docenas.

 

La cinta con dos colores, azul y blanca, como la historia del saldo comprado en la bandola de Álvarez por French y Beruti, es una confusión con el distintivo de la Sociedad Patriótica que sólo se empezó a usar en marzo de 1811. El 21 y 22 de mayo la divisa fue la cinta blanca, acompañada del retrato de Fernando VII; el 25 se vieron también cintas coloradas y azules acompañando a la blanca, posiblemente por ser los colores de los cuerpos de milicias (algunas crónicas dicen que el “azul” significaba la paz que se ofrecía, y el “colorado” la muerte que se estaba dispuesto a dar y recibir). Pero el color de la Revolución fue el blanco. ¿Por qué? Es curioso que nuestros historiadores no se hayan dado cuenta que el blanco es el color argentino de la heráldica.

 

En el Congreso Vecinal.

 

La reunión se haría en el largo y estrecho corredor exterior del piso alto del Cabildo, a ese efecto protegido por cortinados de la lluvia y el frío. En el extremo norte se había puesto una mesa donde presidían los capitulares; seguían el escribano, y el obispo; dos filas de bancos de iglesias (pedidas a los templos vecinos) se enfrentaban de un extremo a otro del corredor. A las nueve de la mañana se inició la sesión. Los capitulares asistían exclusivamente para presidir a la “clase principal del vecindario”, pero no podían votar. Empezó el acto con la lectura de una Proclama redactada por el síndico Leiva “al vecindario de Buenos Aires” que aconsejaba no tomar resoluciones hasta reunirse un congreso de las posesiones españolas en América o por lo menos de las ciudades del virreinato.

 

“Fiel y generoso pueblo de Buenos-Ayres: …agitados de un conjunto de ideas que os han sugerido vuestra lealtad y patriotismo habéis esperado con ansia el momento de combinarlas para evitar toda división… Ya estáis congregados: hablad con toda libertad, pero con la dignidad que os es propia… Vuestro principal objeto debe ser evitar toda división, radicar la confianza entre el súbdito y el magistrado, afianzar vuestra unión recíproca y la de todas las provincias, y dejar expeditas vuestras relaciones con los virreinatos del continente. Evitad toda innovación o mudanza, pues generalmente son peligrosas y expuestas a división. No olvidéis que tenéis casi a la vista un vecino que acecha vuestra libertad (¿Portugal?) y que no perderá ninguna ocasión en medio del menor desorden. Tened por cierto… que vuestras deliberaciones serán frustradas si no nacen… del consentimiento general de todos los pueblos de las provincias… Huid de tocar en cualquier extremo que es siempre peligroso; despreciad medidas estrepitosas o violentas, y siguiendo un camino medio abrazad aquel que es más sencillo para conciliar, con nuestra actual seguridad y la de nuestra suerte futura, el espíritu de la ley y el respeto de los magistrados”.

 

Después – dice el acta – “se promovieron largas discusiones” sobre la proposición, a votar. El síndico Leiva entendió que debería ser “si había caducado o no el supremo gobierno de España”.

 

Opinión del obispo Lué.

 

Habló el obispo, Su discurso, como todos los pronunciados allí, debe reconstruirse por los testimonios pues no se recogieron versiones de los debates. Objetó la convocatoria, diciendo, según Saavedra, “que no había por qué hacer novedad con el virrey, y en el caso de quedar España subyugada los españoles que estuviesen en ella debían tomar su mando, que sólo vendría a manos de los hijos del país cuando ya no quedase un español en él”; según Mitre por testimonio de Vedia, “que mientras hubiese en España un pedazo de tierra mandado por españoles, ese pedazo de tierra (se refería a Cádíz) debía mandar a las Américas”, y sólo después recaería en los españoles de América y finalmente en los americanos; para López – por tradición de Vicente López y Planes –, que “por las leyes del Reino, la soberanía residía en España y era privativa de los españoles, fuesen pocos o muchos”; un diario anónimo publicado por Marfany dice: “El obispo rompió el silencio… habló bastante como suele y concluyó en que si hubiese quedado un solo vocal de la Junta Central y arribase a nuestras playas lo deberíamos recibir como a la soberanía”. Algo semejante trae Saguí en sus recuerdos.

 

Era la doctrina del centralismo borbónico expuesta en su crudeza colonial: América pertenecía a España y debía gobernarse desde España, y a falta de España por españoles emigrados. No reparaba Lué que esa doctrina, no fundada precisamente en “las leyes del Reino” sino en prácticas administrativas de un siglo de Borbones, acaba de ser abandonada por la Junta de Sevilla al fijar la igualdad de europeos y americanos al disponer que “América no era colonia”, y llamar diputados indianos para integrarla.

Algunos suponen que el prelado no pudo expresar tesis tan absurda, atribuyendo la versión de sus palabras a una interpretación errónea de Saavedra. Sin embargo, era la idea corriente del colonialismo español, y el fundamento de la resistencia.

 

Rebate Castelli.

 

Las palabras del obispo eran imprudentes e impolíticas, y así lo entendieron los partidarios de la permanencia del virrey. Quiso corregirlas el fiscal Villota, pero Castelli se adelantó a rebatirlas. Dijo que el obispo encontraría en las Leyes de Indias, que había llevado al debate y tenía delante suyo, la contestación a sus palabras. Interrumpe Lué que no había venido a discutir sino a dar una opinión que le habían pedido. Castelli siguió: las Indias pertenecían al rey y no a España; ante la caída de la autoridad en la metrópoli era incontestable su derecho a velar por su seguridad. Por lo tanto propuso esta proposición: “¿debe abrogarse otra autoridad a la del virrey, que dependerá de la metrópoli si ésta se salva de los franceses, y será independiente si la España queda subyugada?”.

La moción de Castelli iba directamente a establecer un gobierno independiente, porque era idea de todos que España se había perdido definitivamente o estaba próxima a perderse (no se conocía, como he dicho, que se había establecido el Consejo de Regencia). Pero no fue apoyada por la mayoría criolla por considerar poco prudente hablar de “independencia”. En su reemplazo Ruiz Huidobro insistió en la fórmula escueta, ya indicada por Leiva, “¿Si la autoridad soberana había o no caducado en la península o se hallaba en incierto?”. Tenía su trampa, porque al entenderse que Cisneros había caducado sin establecer en quién recaería el gobierno, éste iría a Ruiz Huidobro como militar de mayor graduación. Tampoco se aceptó. Antonio José Escalada propuso otra fórmula: “¿Si se ha de abrogar otra autoridad a la superior que obtiene el Excmo. Señor Virrey, dependiente de la soberana que se ejerza legítimamente a nombre del Sr. D. Fernando VII, y en quién?”.

 

Opinión de Villota.

 

Oponiéndose a esta proposición habló el fiscal en lo civil de la Audiencia, Dr. Manuel Genaro Villota, jurisconsulto respetado por todos. Empezó por decir que estaba de acuerdo con las palabras de Castelli y “el virreinato de Buenos Aires tiene derecho a complementar su gobierno”. Debieron iluminarse las caras de quienes querían la deposición del virrey al oír a un ilustre partidario de éste, y además amigo personal, decir semejantes palabras. Pero Villota era un hábil jurista: si aceptaba la posición de Castelli, era para articular lo que en derecho formal se llama una excepción de incompetencia de jurisdicción.

 

Sólo se ha conservado el recuerdo de sus palabras (pues no se tomó versión, ni se transcribieron en el acta), que debieron ser así: “Tiene razón el Dr. Castelli: el virreinato de Buenos Aires está en el derecho de velar por su seguridad y establecer que el Sr. Virrey ha cesado al caducar la autoridad legítima en la península, y designar, por lo tanto, quien lo reemplace… Pero he dicho el virreinato de Buenos Aires, y ¿quiénes somos nosotros, vecinos de la ciudad de Buenos Aires, para resolver lo que compete al virreinato entero? Nuestras resoluciones no pueden ir más allá de lo puramente municipal, ni trascender los límites del municipio. Esperemos, pues, como lo pide el Sr. Virrey en su proclama, a la reunión de un Congreso General del virreinato, y disolvamos nuestra reunión vecinal que nada puede ni debe hacer en esta emergencia”.

 

Las palabras de Villota “hicieron una impresión tremenda en la asamblea”, dice López. La poca habilidad de haber diferido la revolución popular y militar que estaba ganada el 20, a una asamblea de abogados donde los criollos serían batidos por la habilidad de los españoles, había traído ese resultado. ¿Qué importaba la mayoría criolla, si Villota acababa de ganar el debate? Posiblemente no habría ya tal mayoría, hecho conciencia en los concurrentes el alegato del excelente abogado del virrey. Dentro de seis u ocho meses se reuniría un congreso de diputados de los municipios, cuya mayoría habría asegurado el virrey, y en un ambiente de argumentos especiosos se diferiría la resolución a otro congreso de todas las posesiones españolas de América como lo quería Cisneros en su Proclama y en esos momentos proponía desde Potosí el asesor de la Intendencia Dr. Vicente Cañete. Mientras tanto la agitación popular de Buenos Aires se diluiría, y no habría cambio de autoridades.

 

Palabras de Passo.

 

Acababan de enredarse los abogados carlotinos en la trampa preparada por ellos y aprovechada por adversarios más hábiles. Es presumible el enojo de los oficiales de Patricios (Díaz Vélez y otros) que estaban en la plaza, y en esos momentos empezaron a gritar : “¡Junta, Junta!” desde la vereda ancha, como dicen las crónicas. ¡Para eso se había ido al Congreso Vecinal impidiéndose la marcha de las milicias contra el Fuerte!

Castelli, confundido, no atinaba a encontrar la réplica. Según la tradición, Escalada y Rodríguez Peña lo incitaban a hablar, y Passo a su lado le insinuaba al oído un argumento posible. Castelli, entonces, según Mitre, “tomó convulsivamente al Dr. Passo, hombre pequeñísimo de formas, y lo lanzó al medio del recinto”: ¡Doctor Passo, sálvenos!

 

Passo era un abogado conocido por sus hábiles recursos procesales; el hombre que en esos momentos se necesitaba. A la chicana de Villota contestará con otra. Contaría luego que al empezar apenas si tenía una vaga idea del argumento a desenvolver; empezó con un largo elogio a Villota, mientras pensaba y ordenaba sus ideas.

 

Aceptó la tesis de Villota: los vecinos de Buenos Aires no eran todo el virreinato y por lo tanto carecían de derecho para resolver una cuestión de interés general. Pero… no siempre se necesita mandato expreso para gestar derechos ajenos. La caída de España era una situación de hecho que no admitía dilatorias, y podían aplicarse por analogía las disposiciones de la gestión de negocios ajenos del derecho común. Así como se presume la voluntad de quien no puede expresarla, por ausente o menor de edad, y se admite que un tercero vele por su derecho sin tener mandato, debía admitirse que Buenos Aires como capital del virreinato – “hermana mayor en ausencia de las menores” – presumiese la voluntad de las otras ciudades y resolviese en gestión de negocios la situación de hecho de la acefalía del gobierno virreinal, sin perjuicio del congreso de todas las ciudades del virreinato para aprobar o desechar después lo realizado por los porteños. “Una prolongada salva de aplausos” rubricó sus palabras salvadoras, mientras en la plaza arreciaban los gritos ¡Abajo Cimeros! Tan inesperada fue la salida de Passo, que desconcertó a los juristas de la audiencia y nadie pudo replicarlas. Según López, las lágrimas asomaron a los ojos de Villota.

 

La votación.

 

Una moción de votar “en secreto” formulada como última tabla de salvación por los partidarios del virrey, fue rechazada. Bajo la impresión triunfal de las palabras de Passo, y entre los gritos que llegaban de la plaza, quedó resuelta la fórmula de Escalada y sometida al voto nominal y fundado de los concurrentes.

El procedimiento fue largo. Cada votante se acercaba a la mesa del escribano y decía en alta voz su decisión. Unos lo hicieron directamente; otros, más discretos, se adhirieron a un voto anterior; algunos aprovecharon para pasar a la historia con un largo discurso, como Escalada, cuyo voto intrascendente ocupa treinta y siete renglones del acta del cabildo. Hasta las doce de la noche de esa jornada fría y lluviosa de invierno, estuvieron los vecinos en el desguarnecido corredor exterior a la espera de su turno: doscientos veinticuatro consiguieron votar, veintiséis, cansados por el frío y la lluvia, se retiraron sin hacerlo (entre ellos Julián de Agüero, cura del Sagrario de la Catedral, llamado más tarde a una destacada posición).

El primero en dar el voto fue el obispo Lué: en lo sustancial se pronunciaba por que continuase el virrey “sin más novedad que estar asociado al regente de la Audiencia y al oidor Velazco, lo cual se entiende provisionalmente y hasta ulteriores noticias”; después Ruiz Huidobro por “la cesantía del Virrey, pasando su autoridad al Cabildo como representante del pueblo” hasta que se forme (no dice si por el mismo cabildo o un congreso general) un gobierno provisorio “dependiente de la legítima representación que haya en la península”.

Los funcionarios votaron en mayoría por el mantenimiento del virrey, “pero si se resuelve la subrogación” se nombrasen adjuntos al alcalde Lezica y al síndico Leiva, propuso el oidor Reyes acompañado de 35 adhesiones. Como variantes, el contador mayor de la Vega, con cuatro adhesiones, dijo que los adjuntos debía nombrarlos el cabildo; el tesorero Vigueta, sin que nadie lo siguiese, prefirió la subrogación en el brigadier Velazco, gobernador de Paraguay; el vecino Román Ramón Díaz, con tres adhesiones, que la subrogación fuera del cabildo en pleno; el presbítero de la Colina, por un clérigo, un militar, un abogado y un comerciante, que acompañasen al virrey. Votaron por la permanencia de Cisneros “sin alteración”, el brigadier Orduña, contador mayor Ramón de Oro, vecino Manuel Antonio Barquín y sacerdotes Pantalón Rivarola y Nicolás Calvo. En total: sesenta y cuatro votos por la permanencia del virrey, con o sin subrogantes (18 funcionarios, 22 comerciantes, 12 militares, 6 eclesiásticos, 3 vecinos, 1 abogado, l escribano y l alcalde de barrio).

La mayor parte de los votos fue por la deposición del virrey. Doce siguieron la propuesta de Ruiz Huidobro; Chiclana añadió, con once adherentes, que el síndico tuviese voto decisivo (entre ellos Juan Ramón Balcarce, Rodríguez Peña, Vieytes y Viamonte); Saauedra expresó la opinión de los Patricios “que no quede duda que es el pueblo el que confiere la autoridad o mando” sin decir nada sobre la dependencia de la metrópoli: tuvo 15 adhesiones; Ortiz de Ocampo, que quería el voto decisivo del síndico, y tampoco dijo nada de la dependencia de la metrópoli, fue seguido por la inmensa mayoría (Belgrano entre ellos). Como variantes, Castelli y el sacerdote Ramón Vistes quisieron que la Junta fuese elegida “por el pueblo (principal) en Cabildo abierto” el primero, y “explorando la opinión del pueblo por cuarteles” el segundo. El Dr. Planes pidió “el mando político en

el Cabildo y el militar en Saavedra” y un juicio de residencia para Cisneros por los hechos de La Paz.

En total: ciento sesenta votos por la cesantía del virrey y reversión de su poder al cabildo para que designase una Junta (6 funcionarios, 25 comerciantes, 51 militares, 18 eclesiásticos, 26 vecinos, 17 abogados, 3 escribanos, 6 médicos, 10 alcaldes de barrio y 2 de Hermandad).

Se retiraron sin votar : veintiuno.

A la segunda proposición (“¿en quién debía subrogarse la autoridad?”) las respuestas fueron:

54, al virrey acompañado de adjuntos.

152, al cabildo (121 con voto decisivo del síndico).

17 votos dispersos (al brigadier Velazco; cabildo en lo político

y Saavedra en lo militar; a una junta inmediatamente elegida

por el pueblo, etc.).

 

De los votos que subrogaban el gobierno al cabildo:

 

88 , hasta que el cabildo eligiese una Junta de Gobierno.

44, hasta formarse (sin indicar quién) una Junta de Gobierno.

18, hasta la reunión de un Congreso general.

1, hasta que explorada la voluntad popular se erigiese una Junta.

1, mantenerlo el cabildo asesorado por cuatro diputados.

 

Solamente 45 votos dijeron expresamente que el nuevo gobierno “dependiese de la legítima autoridad que habría de establecerse en España”.

Al terminarse la votación eran las doce de la noche. Pese a la lluvia, bajo las arcadas de la Recoba nueva y el ayuntamiento, se festejaba ruidosamente la caída del virrey. Dice Mitre que en ese momento el reloj del cabildo tocó “la última hora de la dominación española en Buenos Aires”. Es una figura literaria, porque no había reloj en el cabildo (se puso mucho después) y la dominación española duró aun tres días, hasta el viernes 25 de mayo.

  1. 25 DE MAYO

 

Miércoles 23 de mayo.

 

Desde las 10 de la mañana los capitulares estuvieron entregados al complicado escrutinio del congreso vecinal. A las dos de la tarde el síndico Leiva, a quien el pronunciamiento hacía gran elector de la nueva Junta, se puso a redactar el bando a fijarse en la ciudad, dictar el Reglamento constitucional del nuevo gobierno, y elegir sus componentes de manera de contentar a todos. Leiva era un temperamento conciliador y reacio a los cambios bruscos. Separar al virrey absolutamente le parecía un acto revolucionario. En Buenos Aires podía pasar, por hallarse pronunciada la opinión, pero no ocurriría lo mismo en el interior. Seguramente Montevideo, más por decisión de sus vecinos que por la de su timorato gobernador Soria, habría de resistirlo; y no había duda lo harían el brigadier Velazco en Paraguay, Gutiérrez de la Concha en Córdoba, Nieto en Charcas, y Paula Sanz en Potosí; y, desde luego, el virrey Abascal en Perú, que ocupaba con Goyeneche a La Paz desde los acontecimientos del año anterior.

Leiva, con Villota, había aconsejado al virrey el temperamento del cabildo abierto, propuesto por los carlotinos, para llevar a un remanso sereno la turbulencia callejera del domingo 20. No había resultado tan remanso como esperaba, pero de todos modos los vecinos le habían dado su confianza al erigirle con voto decisivo. Emplearía su influencia para llevar adelante el viejo plan de Cisneros: alargar las cosas hasta la reunión del congreso de todo el virreinato.

 

Uno de los votos del cabildo abierto – el del presbítero Bernabé de la Colina – dio la solución a las cavilaciones de Leiva. El presbítero había votado por una junta presidida por el virrey e integrada con un representante de cada una de las clases destacadas de la ciudad: militares, eclesiásticos, abogados y comerciantes. Ofrecería al virrey la presidencia, y a cuatro del partido criollo las vocalías: Saavedra, como la figura de más prestigio en las milicias, representaría a éstas; el presbítero Sola, cura de San Nicolás, al clero; Castelli, el defensor de Paroissien, a los abogados; y el comerciante José Santos Incháurregui, a los suyos. Los cuatro habían votado por la deposición del virrey y representaban matices del partido revolucionario: Saavedra a los milicianos que estuvieron con Liniers el 1 de enero de 1809, Sola al clero patriota que quería una “junta como en España”, Castelli a los carlotistas, e Incháurregui, amigo de Álzaga y de gran actuación en las invasiones inglesas, a los partidarios del ex alcalde de 1807 y 1808 (por un error repetido se dice que Incháurregui y Sola eran españoles; lo era sólo aquél, pero con viejo arraigo en la ciudad; Sola hahía nacido en Buenos Aires).

 

A las dos de la tarde fueron dos regidores – Ocampo y Anchorena – a notificar a Cisneros su cesantía, y posiblemente decirle por lo bajo que sería repuesto al día siguiente como presidente de la Junta conservándole el tratamiento de virrey. Cisneros entregó el bastón y la banda, insignias del marido, y por fórmula hizo una protesta.

 

Bando del 23, sobre el resultado del Cabildo Abierto.

 

El bando que se fijó en seis ejemplares en las cercanías del cabildo decía:

1º) Que el voto de la asamblea de vecinos había sido que el cabildo, con voto decisivo del síndico, se subrogaba provisionalmente en el mando hasta erigir una Suprema Junta “que haya de ejercerlo dependiente de la que legítimamente gobierne en nombre de Fernando VII” (esto lo agregaba Leiva por su cuenta).

2º) Que procedería inmediatamente a erigir la Junta.

3º) Que ésta ejercería sus funciones “hasta que se congreguen los diputados que se convocaran de las provincias interiores para establecer el gobierno más conveniente”.

 

Apoyo de los jefes militares.

 

Obtenida la aceptación de los candidatos (ni Saavedra ni Castelli pusieron reparos), fueron convocados por Leiva los jefes de regimientos para consultarles lo que había preparado (nombramiento de la Junta, palabras del bando y Reglamento). No hubo oposición, salvo algunos reparos al Reglamento de Pedro Andrés García : “Contestes expusieron que aquel arbitrio (la Junta presidida por el virrey) era el único que podía adoptarse en las circunstancias como el propio a conciliar vuestra seguridad y defensa, y no dudaban sería de la aceptacíón del pueblo”.

 

En ningún documento se centra una resistencia de los jefes militares, sobre todo Rodríguez, como dice López en su Historia. No la hubo en realidad. La inclusión de Belgrano en la Junta que dice Mitre, parte de un error de Saavedra que confunde su nombre con el de Castelli al escribir sus recuerdos.

 

Nada más pasó en el día, salvo un incidente callejero pero sintomático de la agitación popular que la gente de arriba no alcanzaba a percibir o creían poder dominar. Una manifestación rompió los vidrios de la casa del Dr. Villota, sin duda como reacción por su discurso del día anterior.

 

Bando del 24 de mayo y Reglamento de la Junta.

 

A la mañana siguiente fue fijado el bando haciéndose pública la integración de la nueva Junta.

 

“Considerando los graves inconvenientes y riesgos que podrían sobrevenir a la seguridad pública si… fuese absolutamente separado del mando el Excmo. Señor Virrey de estas provincias… pues que ellas podrían o no sujetarse a semejante resolución, o al menos suscitar dudas sobre el punto decidido en cuyo caso serían consiguientes males de la mayor gravedad, debemos mandar y mandamos que continúe en el mando el señor Virrey asociado de los señores… cuya corporación ha de presidir el señor Virrey con voto en ella… conservando su renta y altas prerrogativas de su dignidad mientras se erija la Junta General del Virreinato…”

 

A continuación venía el Reglamento, cuyas principales disposiciones eran:

 

“…Art. 4: el Cabildo designará las vacancias de la Junta por muerte, ausencia o impedimento de los titulares; art. 5: igualmente tiene el derecho de deponerlos “reasumiendo para este solo caso la autoridad que le ha conferido el pueblo”; … 7: no ejercerán actos judiciales, quedando a su cargo exclusivamente la Audiencia; 8: publicaría un estado mensual de cuentas; 9: no impondría contribuciones ni servicios ni daría pensiones sin acuerdo del Cabildo; 10: ninguna orden del virrey sería válida si no estuviera rubricada por los integrantes de la Junta; 11: se disponga en cada municipio la convocatoria de “la parte principal y sana del vecindario” para elegir un diputado al Congreso General; 12: que éste jure “estar subordinado al gobierno que legítimamente represente a Fernando VII”.

 

La Junta con Cisneros causó pésima impresión en el pueblo: el virrey mantenía su tratamiento, sueldo, honores y sobre todo el mando de las tropas. En cambio para la gente principal, tanto criolla y española, la solución fue una fórmula salvadora de disturbios.

 

Se ha dicho que los jóvenes de “las luces” iniciaron la resistencia a la mueva Junta. No hubo tal. Los antiguos carlotinos se declararon contra la Junta solamente la noche del 24 al 25 cuando fue evidente el pronunciamiento popular.

 

A las 4 de la tarde juró la Junta con gran solemnidad. Leiva pronunció una alocución felicitando a Cisneros por su anterior gobierno y deseándole ventura en el nuevo. La ciudad fue iluminada en señal de regocijo, y tanto el virrey como los vocales recibieron plácemes en el Fuerte hasta las ocho de la noche.

 

Inquietud popular.

 

Leiva había encontrado la mejor solución a su leal saber y entender. Consultó con la clase principal y sana y dio con la fórmula que le pareció perfecta. A la tarde del 24 todos estaban jubilosos; los jefes militares en su totalidad juraron sostener la Junta que a su entender “no dudaban sería de la aceptación del pueblo”. Pero al pueblo no se lo había consultado. Para Leiva no existía; era una masa bulliciosa en los festejos cívicos, que servía para defender a la ciudad cuando venían los ingleses, pero no tenía opinión. Un inmenso cuerpo cuya cabeza estaba en la parte principal y sana, a lo menos hasta ese momento. Pero esa tarde del 24, apenas corrió la noticia que “el virrey quedaba”, dio muestras de existir. Empezó a notarse conmoción en los cuarteles. No entre los comandantes que habían jurado sostener la Junta. En los soldados, cabos y sargentos; luego pasó a los oficiales, y de allí llegaría a los jefes : el virrey no podía quedar en el gobierno. La inquietud se hizo mayor en Patricios; el inquieto Chiclana saldrá de las Temporalidades para asombrar al síndico que recibía plácemes por su fórmula salvadora espetándole la tremenda verdad: “Al pueblo no le acomoda que el virrey quede bajo ningún aspecto”. Cosa tan absurda desconcertó y molestó a Leiva: “El pueblo había depositado su autoridad en el Cabildo y éste obrado en virtud de ella”, y ordenó a Chiclana se fuese a su cuartel “arrestado por impostor”. Eran dos ideas distintas de lo que era el pueblo.

Esta vez la gente no fue a la plaza: se dirigió a los cuarteles, sobre todo a las Temporalidades (Perú entre Alsina y Moreno), donde los batallones l y 2 de Patricios estaban acuartelados, para incitar la marcha sobre el Fuerte. No habría lucha, porque los granaderos de Terrada que tenían la custodia virreinal, eran también milicianos y criollos.

Algo semejante a lo que pasaba en Patricios, ocurría a las mismas horas en Arribeños y Andaluces. A las ocho de la noche un grupo de oficiales patricios fue al Fuerte a advertirle a Saavedra la gravedad de la situación; éste debió desconcertarse y dolerse, pues creyó que el cuerpo le obedecería ciegamente. A la misma hora, Castelli es llamado desde la casa de Rodríguez Peña, donde sus amigos le impondrían la situación. Saavedra cree haber dado con el expediente para calmar a los suyos: ¿si el virrey dejase el mando de las armas? Lo propone a Cisneros, que lo rechaza de plano: prefiere renunciar antes de encontrarse como Sobremonte el 14 de agosto. Vaya y pasen cuatro adjuntos, pero renunciar a la comandancia de las armas, jamás. En ese momento – 9 y media de la noche – vuelve Castelli al Fuerte, pues informado de la exaltaci6n de los cuarteles por sus amigos quiere renunciar. Cisneros, según dice López, se puso de pie al saberlo: “¡Pues renunciemos todos ahora mismo!”. Castelli tomó la pluma y redactó la dimisión colectiva: “En el primer acto que ejerce esta Junta Gubernativa ha sido informada por dos de sus vocales de la agitación en que se halla el pueblo…”. “No, interrumpe Cisneros, ponga usted alguna parte del pueblo”; “¡Es todo el pueblo, señor !; “Ni usted ni yo lo podemos asegurar”; “Bien… alguna parte del pueblo”. Vuelve a interrumpir Cisneros que dicta: “lo que no puede ni debe ser por muchas razones de la mayor consideración”, que Castelli transcribe a la letra: lo demás del documento insta la elección de quienes “puedan merecer la confianza del pueblo, supuesto que no se la merecen los que constituyen la presente Junta”. Firman y sellan el pliego y lo mandan al cabildo, cuyos titulares ya se habían retirado.

Saavedra y Castelli, ya renunciantes, se retiran. Este a lo de Rodríguez Peña, aquél al cuartel de Patricios, donde al entrar debe hacer frente a un tumulto. Para calmar a los suyos les dice que ha renunciado conjuntamente con la Junta en pleno. No habrá necesidad de marchar sobre el Fuerte y sacar al virrey y a la Junta como lo querían en las Temporalidades.

 

Viernes 25 de mayo.

 

La noche del 24 al 25 es de alboroto. Una “especie de conmoción y gritería en el cuartel de Patricios” no deja dormir al notario eclesiástico Gervasio Antonio de Posadas, que así lo dice en su diario íntimo. Lo corrobora Cisneros en su informe al Consejo de Regencia: “…en el cuartel de Patricios gritaban descaradamente algunos oficiales y paisanos y esto era lo que llamaban pueblo…”; los oidores que serían expulsados de Buenos Aires en breve, mencionan en su informe“…una fermentación en el cuartel de Patricios” que precedió a los sucesos del 25.

Una gritería en Patricios fue el recuerdo de la noche de la revolución para los vecinos del centro de Buenos Aires. Eran los orilleros que formaban el grueso de la milicia patriota expresándose de manera airada: reclamaban su derecho a ser el nervio y la fuerza de la historia Argentina. Las milicias urbanas se alzaban contra lo arreglado por la clase “principal y sana” que esa noche acababa de perder su posición de clase dirigente. La ciudad amaneció amotinada y el alzamiento desconcertó a todos; inclusive a los jóvenes que peticionaban a nombre del pueblo y acababan de aplaudir la solución de Leiva; inclusive a los comandantes que no habían vuelto a los cuarteles después de jurar apoyo a la Junta presidida por el virrey, y nada sabían del “espíritu de Mayo” que acababa de nacer.

No era un planteo militar, de soldados que siguen dóciles a sus comandantes. Los milicianos de Mayo tenían conciencia de ser el pueblo en armas, y fueron ellos, los soldados y las clases, y no los comandantes quienes gritaron su disconformidad. Fue una entidad nueva, el pueblo – el auténtico pueblo, que no el retórico de los intelectuales – imponiéndose como la gran realidad Argentina. Fue también el levantamiento de las orillas contra el centro que alguna vez debía producirse, pero no llegó a consolidarse por falta de jefes con conciencia de su misión.

A las 8 se reunieron los capitulares. Se habían retirado temprano la noche anterior y nada sabían de las ocurrencias; en las calles no había nadie, y una llovizna fina prolongaba el temporal. La mañana destemplada no parecía propicia a acaloramientos y no se explicaron la gritería que llegaba de la calle del Correo. Tal vez juegos de la tropa acuartelada. Discuten la renuncia de Cisneros y la Junta, que encuentran a despacho. ¿Cómo semejante actitud, cuando todo se había arreglado a satisfacción general? Sin duda, cosas de Chiclana que impresionaron a Saavedra. Pero ¿a qué atemorizarse por la agitación de una parte del pueblo si los jefes militares habían jurado su sostenimiento? Contestan que la Junta no tenía el derecho de renunciar y “está estrechada a sujetar con las armas esa parte descontenta… de lo contrario hace responsable a V. E. (el presidente y los vocales) de las funestas consecuencias”.

 

Primera intervención: la “multitud de gente”.

 

Apenas se ha mandado la nota, hizo irrupción una “multitud de gente” que sube en alboroto la escalera y golpea la puerta de la sala de sesiones. Leiva se asoma y tolera que algunos personeros entren al recinto a hablar “acaloradamente” con los señores asombrados de la irreverencia: “el pueblo se encuentra disgustado y en conmoción porque no acepta al virrey en la Junta y menos con el mando de las armas”. Responden los señores, con calma, que han formado la Junta conforme a las facultades que el pueblo les había conferido. “El Cabildo se ha excedido de las facultades” dicen los personeros: no había sido la permanencia del virrey lo resuelto y debe por lo tanto dejarse sin efecto. Leiva para “serenar aquellos ánimos acalorados”

promete que los capitulares “meditarían sobre el asunto con la reflexión y madurez de las circunstancias”, y consigue que los personeros se vayan con la “multitud de gente”. Lo hacen profiriendo amenazas: si los señores no procedían conforme a la voluntad del pueblo “podían ocurrir desgracias demasiado sensibles y de nota”.

 

Segunda intervención: comandantes de las fuerzas.

 

Ante la amenaza, y convencidos que ceder a la imposición tumultuaria quitando del mando “al jefe de estas Provincias, sería el primer eslabón de nuestra cadena”, los capitulares buscan el apoyo de los comandantes de los cuerpos “no obstante que el día de ayer se comprometieron a sostener la autoridad”. A las 9 y media se hacen presentes. Leiva les habla de lo ocurrido y recalca “los males que iban a resultar siempre que se innovase en lo resuelto, recordándoles su compromiso anterior”. Menos los jefes de tropas veteranas (Orduña, de Artilleros; Lecoq, de Ingenieros; José Ignacio de la Quintana, de Dragones), que se mantienen en silencio, los demás (Romero, segundo de Patricios; García, de Montañeses; Ocampo, de Arribeños; Terrada, de Granaderos; Ruiz, de Naturales; Esteve y Llac, de Artilleros de la Unión; Merelo, de Andaluces; Martín Rodríguez, del lº de Húsares; Núñez, del 2º; Vivas, del 3º; Castex, de Migueletes; Ballesteros, de Quinteros) contestan “que no sólo no podían sostener al gobierno, ni aun sostenerse a ellos mismos y menos evitar los insultos que podrían hacerse al Excmo. Cabildo… que el pueblo y la tropa estaban en una terrible fermentación…”. Hablaban todavía los jefes, cuando la gente de los corredores golpeó otra vez la puerta, “oyéndose voces que querían saber de qué se trataba”. Sin apoyo militar, el cabildo manda a Manuel Mansilla y Tomás Manuel de Anchorena al Fuerte a decirle a la Junta que “nuevas ocurrencias muy graves” obligaban a variar su resolución y era “de necesidad indispensable a la salud del pueblo que el Excmo. Señor Presidente (ya no le dieron tratamiento de virrey) se separase del mando… sin protesta alguna para no exasperar los ánimos”.

 

Tercera intervención: el pueblo .

 

La multitud no deja los corredores, manteniéndose en una expectativa amenazadora. Esperaban los capitulares que llegase la definitiva renuncia de Cisneros cuando “algunos individuos del pueblo a nombre de éste” se apersonaron nuevamente a la sala para decir que no bastaba con la separación del virrey, pues “habiéndose excedido el Cabildo en sus facultades, y teniendo noticia cierta de haber renunciado todos los vocales, había el pueblo reasumido la autoridad que depositó en el Excmo. Cabildo”. Venía a imponer los nombres de una nueva Junta “con la precisa indispensable condición de marchar dentro de quince días quinientos hombres a las provincias interiores costeada con los sueldos del virrey, oidores, contadores mayores, empleados del estanco del tabaco y otros que tuviese a bien cercenar la Junta, dejándosele congrua suficiente para sus subsistencias… debiendo temer en caso contrario resultados muy fatales”…

 

Era indudable que la deposición del virrey sería resistida por algunos intendentes, y se hacía ineludible mandar una tropa que se impusiera al interior. El cambio político se hace revolución, y agresiva: la expedición se costeaba con los sueldos del virrey y de quienes habían votado el mantenimiento de su autoridad.

 

Ante el “alboroto escandaloso” de semejante petitorio, Leiva sólo atina a pedir que “representase el pueblo aquello mismo por escrito”.

 

La Junta se mantiene sin el virrey.

 

No obstante haber renunciado la noche anterior, los cuatro vocales de la Junta estaban en el Fuerte con el virrey a la espera de la resolución final del cabildo. Recibieron la nota rechazando sus dimisiones, y tras ella se presentaron Anchorena y Mansilla a aconsejar la renuncia del virrey “sin protestas”. Tal vez sugirieron que los vocales quedasen en sus cargos, pues se ofició al cabildo que “pase a la elección de vocal que subrogue al Excmo. Señor Virrey publicándose de inmediato un bando”. Ni Saavedra ni Castelli, ni menos Sola e Incháurregui, estaban al tanto de lo que ocurría en los cuarteles.

El cabildo al recibir la nota de los vocales, les pidió que detuvieran la fijación del bando pues acababa de exigirse el nombramiento de una nueva Junta. Rogó a los del Fuerte estar a la espera “de las ocurrencias sobrevenidas”.

 

Se presenta el petitorio.

 

“Después de un largo intervalo de espera” se presenta la petición solicitada por Leiva, firmada por “un número considerable de vecinos, religiosos, comandantes y oficiales de los cuerpos”.

 

El petitorio en sellado de una cuartilla (era mucho el respeto por las formas aún en plena revolución) estaba encabezado: “Los vecinos, comandantes y oficiales de los cuerpos voluntarios de esta capital de Buenos Aires que abajo firmamos, por sí y a nombre del pueblo…”, y reproducía el pedido verbal; es decir, el nombramiento de una nueva Junta, el envío de la expedición al Alto Perú pagada con los sueldos del virrey y altos funcionarios. Se reunieron en total 411 firmas, de las cuales ocho repetidas, y seis o siete estampadas por terceros (no debe asignarse a estas rúbricas un carácter doloso dado su escaso número). Firman todos los comandantes de milicias, la mayor parte de los oficiales, aun de los cuerpos reglados, clérigos (entre ellos los padres de la Merced en cuyo convento estaba el cuartel de Arribeños) y muchos civiles. French y Beruti lo hacen “por mí y a nombre de los 600” refiriéndose a la Legión Infernal que acaudillaban. No firman, por supuesto, ninguno de los propuestos como miembros de la Junta.

 

Presentado el petitorio, aun Leiva pide “que se congregase al pueblo en la plaza… pues el cabildo debía oír del mismo pueblo si ratificaba el contenido de aquel escrito”. “Al cabo de un gran rato”, dice el acta, salieron los señores al balcón del Cabildo “viendo congregado un corto número de gente”, que hizo preguntar al síndico “¿Dónde está el pueblo?”.

 

Ni la irónica pregunta de Leiva ni el “corto número” congregado en la plaza, permite afirmar la ausencia de pueblo en la Revolución de Maya. La masa estaba en los cuarteles: se trataba de antiguos milicianos, que aprestaban sus armas para salir junto con los cuerpos e imponerse al virrey y al cabildo.

 

En respuesta se oyeron voces “que si hasta entonces se había procedido con prudencia, echarían mano de los medios violentos”. Alguien habló de tañer la campana del Cabildo (sin badajo desde el 1 de enero de 1809) y a su falta tocar generala “en cuyo caso sufriría la ciudad lo que hasta entonces se había querido evitar”. Leiva comprendió que había sido una imprudencia burlarse del “corto” número, pues no tenía a su lado a nadie. Ordenó al secretario leer el petitorio, que será ratificado por los concurrentes. El secretario empieza a leer los artículos del Reglamento, pero tal vez la inclemencia del tiempo los obligan a retirarse del balcón sin concluirlo. Convienen que no hay más remedio que ceder a la violencia “por los que han tomado la voz del pueblo”, y nombrar la Junta propuesta “archivando esos papeles y el escrito para constancia en todo tiempo”. Se procede sin pérdida de tiempo a instalar la nueva Junta “porque estrechan los momentos”.

Son llamados sus integrantes. Saavedra expresa que “el día anterior había hecho formal renuncia del cargo de Vocal”, pero admite su nombramiento “para contribuir a la tranquilidad del pueblo y salud pública”; Azcuénaga pone curiosos reparos a un nombramiento “del Excmo. Cabildo y una parte del pueblo” pidiendo se tomase “la opinión universal de todo el vecindario, pueblos y partidos de la dependencia del Cabía. Finalmente todos prestan juramento sobre el Evangelio de “desempeñar legalmente el cargo y conservar íntegra esta parte de América a nuestro Augusto Soberano el Sr. Dn. Fernando VII y sus legítimos sucesores, y guardar puntualmente las leyes del reino”.

 

Saavedra exhorta a los concurrentes a “mantener el orden, la unión y la fraternidad” y guardar respeto a la persona de Cisneros y familia. Que repite desde el balc6n a la gente de la plaza que lo aclama.

 

Entre repique de las campanas y salvas de artillería, los componentes de la Junta de Mayo pasan al Fuerte a hacerse cargo de sus puestos. No los acompañan los capitulares, dice el acta, “a causa de la lluvia que sobrevino”. Eran las ocho de la noche del viernes 25 de mayo de 1810.

 

La Junta de Mayo.

Estaba compuesta por:

Presidente y comandante general de armas : teniente coronel Cornelio Saavedra, jefe de Patricios.

Vocal: Dr. Juan José Castelli, abogado.

Licenciado Manuel Belgrano, abogado.

Teniente coronel Miguel de Azcuénaga, sin mando de tropa.

Pbro. Manuel Alberti, cura de San Nicolás.

Domingo Matheu, del comercio.

Juan Larrea, del comercio.

Secretario: Dr. Juan José Passo, abogado.

Dr. Mariano Moreno, abogado.

 

¿Cómo surgieron esos nombres? Guido, al escribir medio siglo después sobre cosas presenciadas en su extrema juventud, dice que Beruti escribió los nombres como inspirado de lo alto, tal vez porque lo vio escribir de corrido el petitorio. En realidad la Junta del 25 era una remodelación de la Junta del 24. Al ascender a Saavedra a presidente se lo reemplazaba como representante del ejército por Azcuénaga, que tenía el mismo grado de teniente coronel en la milicia aunque no mandaba tropas. Las sustituciones se pensarían con un abogado, Belgrano, para reemplazar a Castelli; un clérigo, Alberti, en cambio de Sola (muy amigo suyo), y alguno entre los comerciantes, Larrea y Matheu, en vez de Incháurregui: los reemplazantes tenían la misma posición política de los reemplazados. Después se resolvió mantener a Castelli, tal vez porque su reemplazo por haber formado parte de la junta virreinal, pondría en situación desairada a Saavedra; y si dos carlotinos (Castelli y Belgrano) y dos del partido militar (Saavedra y Azcuénaga) integraban la junta, era comprensible se aumentase la representación de los comerciantes amigos de Álzaga, incluyéndose, por tanto, conjuntamente a Matheu y Larrea. Es presumible que se buscaron personas de la amistad de Sola e Incháurregui para sustituirlos, pues Alberti era el amigo inseparable de Sola, y Matheu y Larrea hombres de toda la confianza de Incháurregui.

 

Saavedra no quiso aceptar, debiendo insistir Cisneros por considerarlo una garantía “de orden”. Aun así expresaría su protesta en el acto del nombramiento. Belgrano no sabía su inclusión, pues dice en sus Memorias “apareció una junta de la que yo era vocal, sin saberlo”; Moreno, según su hermano Manuel, “muchas horas hacía estaba nombrado secretario de la nueva junta y estaba totalmente ignorante de ello”; tampoco quiso admitir el cargo e hizo “protesta ante la Audiencia por acto violento en su nombramiento”, dirá Pueyrredón años más tarde.

 

Los secretarios que serían incluidos después (y sin voto), debieron sus nombramientos a su condición de buenos letrados: Passo por su actuación brillante en el cabildo del 22, y Moreno debido, posiblemente, a sus conexiones profesionales con los ingleses.

 

Años después diría Pueyrredón que los nombres salieron del cuartel de Patricios y fueron elegidos por Chiclana, Díaz Vélez, Perdriel, Vicente Dupuy, Enrique Martínez y Manuel Bustillo. Un remitido con seudónimo, pero cuyo original es letra de Pueyrredón, publicado en el nº 781 del 14-5-1826 de la Gaceta Mercantil, así lo dice; como también informa de la protesta de Moreno ante la audiencia. Es posible. A los oficiales de Patricios, conforme al deseo del cuerpo y las demás milicias, les interesaba la jefatura de Saavedra. Los demás eran simples adjuntos a quienes no dieron importancia. Pueyrredón lo sabía de oídas porque no estaba en Buenos Aires.

 

El Reglamento del 25 de mayo.

 

Al tiempo de aceptar la imposición, el cabildo insiste en el Reglamento “que había meditado para el caso que se hiciese lugar a la erección de la nueva junta”. El secretario empezó a leer desde el balcón, pero como las manifestaciones populares no estaban siempre de acuerdo y la lluvia arreciaba, se suspendió la lectura (que tenía algo de referéndum popular) después de los cuatro primeros artículos. Este Reglamento contenía parecidas disposiciones al anterior; que el cabildo podía “remover a los vocales siempre que su conducta no fuese arreglada” (art. 2), provocaría una protesta popular y el síndico debió aclarar que se haría con justificación de causa y conocimiento del pueblo.

 

Hay varias actas del 25 de mayo, con diferencia entre ellas. Los capitulares hicieron un juego para el público, donde aparecían de acuerdo con el nombramiento de la nueva Junta, y otro reservado, con sus protestas, por si cambiaban las cosas. En un acta la disposición mencionada figura como art. 2 al leerse desde el balcón; en otra como 5, sin hacerse mención de la justificación de causa y conocimiento del pueblo.

 

         Fuera del Congreso General del virreinato por diputados elegidos por “la parte principal y sana del vecindario”, a razón de uno por cada ciudad y villa con ayuntamiento – que deberían jurar “estar subordinados al gobierno que legítimamente represente al Sr. Fernando VII” (lo que no habían hecho los miembros de la Junta) –, el Reglamento que ponía a la Junta revolucionaria bajo la tutela del cabildo reaccionario, no se cumpliría en ninguno de sus artículos.

 

Juramento de lealtad a la Junta.

 

La misma noche del 25 la Junta emitió un bando para castigar a quienes “vertieran especies contrarías a la estrecha unión que debe reinar entre todos los habitantes de estas provincias, o que concurran a la división de españoles-europeos y españoles-americanos tan contrarías a la tranquilidad de los particulares y bien general del Estado… todos los habitantes deben guardar decoro y veneración a la respetable persona del Excmo. Señor Don Baltasar Hidalgo de Cisneros”.

 

Cisneros, en retribución, firmó el 26 una circular a las autoridades comunicando “su abdicación del mando” y asunción de la Junta “esperando yo del patriotismo de V. e individuos de su mando… la subordinación y unión de voluntades”.

 

A las 3 de la tarde del 26, la mayor parte de las autoridades prestaron juramento de “reconocimiento y obediencia” a la Junta; a la misma hora del 27 lo hicieron las tropas y el oidor Reyes, miembros del tribunal de cuentas y ministros de la Real Hacienda.

 

El alcalde Lezica y el síndico Leiva dieron el juramento en nombre del cabildo con la salvedad de que solamente debían “prestarlo ante el rey”. El fiscal Caspe el 26 hizo lo mismo, mostrando su desprecio al concurrir “escarbándose los dientes con un palillo”. Como desagradara que la audiencia enviase un fiscal, acudió el 27 el oidor Reyes – que también se escarbó los dientes como muestra de desprecio – y dejó constancia de jurar “bajo el concepto de dependencia de la Junta de Gobierno legítimamente establecida en la península”; la misma salvedad hicieron el tribunal de cuentas y la Real Hacienda. Juraron “lisa y llanamente” el tribunal del consulado, canónigos del cabildo eclesiástico, administrador de correos, prelados de las órdenes religiosas y comandantes militares.

Presenció los juramentos del 27 el comandante de las fuerzas británicas surtas en el río, Charles Montagu Fabian, y su oficialidad. Los buques ingleses Mutine, Pitt y Misletoe fueron empavesados e hicieron salvas de artillería. El comandante Fabian se jactaría a su gobierno: “de haber arengado al pueblo, diciendo que los ingleses dejarían su isla para venir a habitar estas hermosas regiones”. La arenga, si ocnrri6, no la habría entendido nadie pues el pueblo no sabía inglés y el comandante no hablaba español.

La alegría de los ingleses eran comprensible: el 19 se había vencido el plazo para irse de Buenos Aires que les había dado Cisneros. Ahora se quedarían y se les acabaron las molestias.

  1. LA JUNTA PROVISIONAL GUBERNATIVA

 

Sus integrantes.

 

Belgrano, Castelli y Passo representaban el “club” de lo de Rodríguez Peña, los carlotistas de 1809; Larrea y Matheu a los amigos de Álzaga que formaron en el partido sarraceno; Azcuénaga y Alberti estaban por su prestigio en la sociedad o en las sacristías; Saavedra por el pueblo y las milicias que hacían la revolución; Moreno era una prenda de seguridad para los comerciantes ingleses.

 

Se ha hablado de conservadores como Saavedra, y demócratas, liberales o progresistas como Moreno. Pero éste no fue un demócrata, ni un liberal ni un progresista; sus escritos muestran desprecio por el pueblo, su posición ideológica es la roussoniana cuya finalidad es el “regreso” a los buenos tiempos primitivos, y su acción de gobierno la de un dictador que no admitía contradicciones y empleaba el terror como sistema.

 

El drama de Mayo fue que el presidente y los vocales no acertaron a marchar de acuerdo. Una obra en colaboración habría sido perdurable, si caracteres tan opuestos hubieran podido coincidir en una acción común. Saavedra era el jefe del 25 de mayo, y debió seguir siéndolo el 26, pero le faltó conciencia de su posición. Por supuesto, sin prescindir de la energía y capacidad intelectual de Moreno; pero tampoco éste debió desprenderse del sentido común y sobre todo la popularidad de Saavedra. Ni Saavedra atinó a ser jefe, ni Moreno a quedarse en secretario.

 

En la acción de la Junta poco jugaron los demás: Belgrano se alejó con modestia y prudencia “porque entreveía una semilla de desunión que yo no podía atajar”, y se hizo militar, su tenaz y frustrada vocación. Castelli se fue a hacer el procónsul al Alto Perú como “delegado” de la Junta provocando con su debilidad de carácter y vanidad personal la tremenda crisis de Huaqui en junio de 1811. La laboriosidad discreta de Passo quedó eclipsada tras el brillo del secretario de Guerra; y los otros cuatro siguieron dóciles el rumbo impreso por la energía de éste. Entre ellos Azcuénaga, que enfadado con Saavedra por haber tomado exclusivamente los honores, se plegó a la mayoría. No se puede decir que en la Junta hubo morenistas y saavedristas. Fueron ocho morenistas contra un solo saavedrista: el presidente.

 

Saavedra.

 

Al empezar la semana de Mayo, Saavedra. tenía tras suyo las dos grandes fuerzas de la revolución, el pueblo y el ejército, que en definitiva hacían una por el origen popular de la milicia. No supo comprenderlo. Heredero del prestigio de Liniers, como éste no atinaría a madurarlo en auténtica jefatura. Se quedó con la apariencia del poder, porque le faltaron imaginación para conducirse y conciencia de su lugar y de su hora. El 19 desoye el pedido de ponerse al frente de los patricios y seguido por el pueblo, recorrer en triunfo el corto trayecto del cuartel de Temporalidades a la Fortaleza desguarnecida; llegado a la ciudad el 20, retardado y desorientado, se deja envolver en el arbitrio leguleyo del cabildo abierto donde casi naufraga la revolución. Salva su voto de “ser el pueblo quien realmente confería el gobierno”; pero no sería el pueblo, sino la clase principal, y por ella el síndico Julián de Leiva quien lo haría. Acepta integrar la Junta que apuntalaría al virrey, sin darse cuenta que la voluntad de los suyos era otra. No por eso perdería prestigio, porque los ídolos populares no caen de la noche a la mañana, y el 25 se encontró – sin darse cuenta – en la jefatura de la Revolución. Esa noche el pueblo no quiso oír en los balcones del Cabildo la palabra inflamada de Castelli, ni un discurso agresivo de Moreno, ni una exposición académica de Belgrano, ni los sofismas convincentes de Passo, todos ellos excelentes oradores. Prefirió los balbuceos de Saavedra, considerado jefe único de la Revolución. Envanecido con las exterioridades del poder, Saavedra dejaría que otros le birlasen el gobierno. La noche del 25 debió meterse la Junta en un puño y reducir a los abogados a una función de asesores; si lo hubiera hecho, la revolución habría mantenido, tal vez, el calor popular del primer día.

Debió ser Belgrano, que conocía el lado débil de Saavedra, el redactor de la reglamentación del 28 que redujo a Saavedra a un papel decorativo e ineficiente: le dieron el tratamiento de Excelencia, la banda y bastón de los virreyes, la residencia en la Fortaleza, la escolta de los granaderos de Fernando VII, un sueldo tres veces superior al de los demás vocales, el palco de la Casa de Comedias, la presidencia en la plaza de toros, la preeminencia en las funciones religiosas. Pero en la Junta sería solamente un voto entre nueve. Envanecido de “sentarse en el solio de los virreyes”, Saavedra firmó lo que le trajeron y aceptó lo que hicieron los doctores. Cuando quiso reaccionar sería tarde: Moreno, enérgico y laborioso, le había tomado el mando. Sólo cuando vio a la Revolución abatirse en un mar de sangre, se acordaría que era el dueño de la fuerza, obedecido por las milicias y seguido por el pueblo, y se negó a la decapitación de los cabildantes que quería Moreno con el incontestable argumento “que esto no se hará aunque se resolviese”.

 

Más desafortunado que Liniers, Saavedra sobreviviría sin amigos a la pérdida de su prestigio. Nada haría por aquel capitán de húsares, Atanasio Duarte, mandado al destierro por proclamarlo emperador; le faltó imaginación para tomar el poder ofrecido la noche del 5 de abril por los orilleros del Dr. Campana y el alcalde Grigera, y renegaría de ellos cuando llegó más tarde la reacción de la gente “decente”. Languidecerá en el ocaso lamentable de los ídolos caídos, con la desilusión de sus amigos y el rencor de sus enemigos. Cada vez más aislado y quejoso de su destino, acabará por pedir perd6n a éstos por haber sido “casi” un caudillo del pueblo en mayo de 1810 y abril de 1811. Servirá a los directoriales en puestos subalternos, y escribirá unas “Memorias” lamentables para apuntalar a quienes negaban popularidad a la Revolución.

 

Moreno.

 

Conducida por el secretario de gobierno y guerra, la Revolución se deslizaría sin la efervescencia popular que no bastaba a suplir el entusiasmo de los contertulios del café de Marcos. El pueblo, el verdadero pueblo, se sintió ajeno a lo que se hacía en la Fortaleza y se redactaba en la Gaceta, a pesar de la prosa encomiástica de los decretos y el redoblar de gerundios de los bandos. No volverían, hasta la noche del 5 de abril, las manifestaciones de orilleros en la plaza de la Victoria. Ni al recibirse la noticia de la Junta fraterna de Chile, o saberse el pronunciamiento favorable de Cochabamba; ni siquiera el 2 de diciembre al llegar el parte de la victoria de Suipacha, apenas festejado con un banquete de oficiales.

Un pueblo se impone con un caudillo. Saavedra pudo serlo y no lo fue; y Moreno – que se hizo de la Revolución – no era hombre de multitudes, ni siquiera como Castelli o Passo de la pequeña multitud de una peña de café. Antes de 1810 vivía retraído en su bufete, y lo siguió estando en su despacho de la Fortaleza. Era un intelectual, del tipo de quienes tratan de amoldar la realidad a los libros : sus ideas políticas las había recogido en lecturas que le despertaban una fe hondísima. Un político de biblioteca, y más de un solo autor o corriente de ideas, es la forma más cruel y deshumanizada del revolucionario.

 

Treinta y un años tenía en mayo de 1810 (había nacido en Buenos Aires el 23 de setiembre de 1778). Hijo de un hogar austero y religioso, tuvo desde niño – dice su biógrafo y hermano Manuel – “la pasión dominante de la lectura… y rehuía la ocasión de distraerse con otros jóvenes”. Fue a Charcas para ordenarse sacerdote, pero tropezó con Rousseau en la nutrida biblioteca del canónigo Terrazas y su profunda fe cambiará de objetivo: la puso en las reformas políticas, y no se hizo eclesiástico sino abogado.

Salvo su fugaz paso por la Junta del 1 de enero de 1809, consagró su energía y laboriosidad a su bufete profesional, el más renombrado de Buenos Aires. Tomará en un principio la Revolución con desconfianza, quizá porque le sintió demasiado olor a pueblo pues como doctrinario anteponía las ideas a la realidad, las luces a la multitud: tenía el concepto que “deprimida la multitud de las luces necesarias no puede dar su verdadero valor a las cosas”. Asistió sin mayor entusiasmo al cabildo abierto del 22 de mayo y votó por la caída del virrey “debido a la insistencia y majadería de Martín Rodríguez”; estuvo ausente el 25 “entretenido en casa de un amigo” mientras transcurría la jornada fundamental de la historia Argentina. Posiblemente fue Belgrano quien lo propuso para una de las secretarías como prenda de seguridad a los residentes ingleses, sus clientes en el bufete. No quiso aceptar y hasta dedujo una protesta ante la Audiencia, pero lo convencieron y juró el cargo.

 

Su carácter.

 

Moreno había sido el niño serio de excelente conducta y aplicación, que rehuía las juergas infantiles y se aislaba en el retiro del estudio: le faltaba el conocimiento de los hombres y la sociedad para conducir una acción política. Era demasiado deshumanizado para ser un jefe y aplicar con tino el Plano de Operaciones que compuso: un conductor necesita elegir las oportunidades, discriminar los matices y tonalidades, y sobre todo necesita conocer la vida. Moreno solamente ofreció una energía arrolladora, que si hubiese estado al servicio de la auténtica revolución americana – que nada tenía que ver con la Ciudad Perfecta imaginada por Rousseau – habría dado frutos preciadísimos. No debió salir del lugar que le dieron el 25 de mayo : ser el secretario que corrige, lo que otro menos dotado intelectualmente pero con mayor sensibilidad de la hora y la posición, dicta a su buen saber y entender. Porque Moreno tenía las buenas virtudes de un secretario: laboriosidad, concentración en el estudio, integridad moral; pero le faltaban las de un jefe que, primordialmente, sabe la realidad que conduce.

 

Saavedra describe a Moreno “helado hasta el extremo”; su hermano Manuel – que también era “helado hasta el extremo” – lo llama “activo y fogoso”. No hay contradicción, pues en la pluma de Manuel “fogoso” quiere decir enérgico. El secretario de la Junta tenía el temperamento frío, laborioso, prudente hasta la hora de lanzarse a la acción, y resuelto al emprenderla; “fogoso” era el vital, tornadizo y sugestionable Castelli, pero no el austero, firme y voluntarioso Moreno.

Como ocurre con todas las figuras de nuestra historia, los manuales de enseñanza primaria – que también sirven para “estudiar” historia Argentina en medios que debieran tener mejor visión – han edulcorado su carácter y su imagen para presentarlo como ejemplo prócer al culto de los niños. Así como nada tiene que ver el auténtico Moreno, enjuto, nervioso y picado de viruelas, con el joven regordete y apacible de las oleografías escolares; el dictador que se manejaba con el terrorismo y el engaño para hacer una revolución, está lejos del idílico demócrata, creador de bibliotecas y “fundador de la libertad” de la imaginería corriente.

¿A qué personajes de la historia puede acercarse Moreno? Tal vez a Robespierre, amanuense convertido en dictador que también tuvo incorruptible la moral, firme la conducta, lógico el razonamiento jurídico y resuelta la crueldad. Ambos admiraban a Rousseau, pero el abogado de Arras amaba al pueblo por lo menos retóricamente, y en el de Buenos Aires las “luces” no le dejaban ver a los gobernados. O a Gaspar Rodríguez de Francia, otro “nervioso frío”, austero, solitario, misógino e implacable, que leyó a Rousseau aunque supo dejarlo de lado para reflexionar sobre la realidad que le había tocado gobernar. Quizá con algunos años más, Moreno habría dejado también las utopías para ceñirse a comprender el mundo que lo circuía: era muy joven en 1810 y tal vez hubiera dejado de ser un “intelectual” de libros para ser un auténtico inteligente – de intus legere, “leer adentro”, comprender –, que además de conocer las letras entendiera las cosas.

 

La patria de Moreno.

 

La Revolución se hacía en nombre de Fernando, pero su objetivo era la “patria”. No era ésta, para Moreno, la ciudad, la república de españoles del derecho municipal que entendían los “criollos”. En el artículo Miras del congreso habla de una España que ha hecho la conquista de América “por la fuerza y la violencia… y no habiéndose ratificado por el consentimiento libre y unánime de estos pueblos… la conquista no es válida pues la fuerza no induce derecho como dice Juan Jacobo Rousseau”. Por lo tanto “América podía reasumir sus derechos vulnerados por tres siglos de opresión”.

La patria era la América indígena, el antiguo imperio de los Incas cuyas tumbas se conmovían y en sus huesos revivía el ardor al ver “renovado en sus hijos, de la Patria el antiguo esplendor”, que diría dentro de poco la Marcha Patriótica de López y Planes. Hubiera sido más comprensible que en vez de la reasunción exótica de los derechos indígenas, Moreno y López hablasen de los derechos de los criollos dejados de lado por el centralismo borbónico y buscasen la patria en los municipios y la gran patria en la federación de todos los municipios de América. Como habrían de decirlo dentro de poco Gaspar Rodríguez de Francia y José Gervasio de Artigas. Pero eso no estaba en Rousseau, y los intelectuales de 1810 no buscaban la “patria” real sino una figura de retórica que sirviese para justificar la Revolución en el Contrato social, y permitiese a Castelli perorar ante las ruinas de Tiahuanaco – como más tarde lo haría Monteagudo en el “Templo de la Libertad” de la Sociedad Patrióticadel regreso al buen salvaje, el más caro de los ideales roussonianos.

Si esa “patria” fuese retórica y sólo para dar un asidero ideológico a la Revolución que liberaba de Europa a la América hispana, hubiera sido comprensible y aceptable. Pero no era así. La “patria” indígena servía para justificar la Revolución, y la revolución para crear algo nuevo, el Estado perfecto a la manera roussoniana. Como Hispanoamérica era grande para la experiencia, y se corría el riesgo que los mejicanos o los peruanos asumiesen la jefatura, el Estado de Moreno quedaría reducido a los límites del virreinato. Moreno fue el primer criollo – triste privilegio – que habló de la desunión de América española, antigua política alentada por los ingleses.

 

En el Plano de Operaciones del 30 de agosto mantiene la idea de la unidad de América española, compartida por los hombres que iniciaban en Buenos Aires, Caracas, Bogotá, Méjico, el movimiento emancipador. Pero en Miras del Congreso del 6 de noviembre, lo ha rectificado: “Es una quimera – dice allí – pretender que todas las Américas españolas formen un solo Estado. ¿Cómo conciliaríamos nuestros intereses con los del reino de México? Con nada menos se contentaría éste que con tener estas provincias en clase de colonias… Oigo hablar generalmente de un gobierno federativo como el más conveniente a las circunstancias y estado de nuestras provincias, pero temo que se ignore el verdadero carácter de este gobierno y que se pida sin discernimiento una cosa que se reputará inverificable después de conocida. No recurramos a las antiguas amphictiones de la Grecia… un sabio francés ha demostrado que su objeto era puramente religioso y que sus resoluciones no se dirigían tanto al estado político de los pueblos cuanto al arreglo y culto sagrado del templo de Delphos”.

 

El “Estado” se reduciría, pues, al virreinato del río de la Plata, manejado desde Buenos Aires y exclusivamente por porteños (Moreno no encontró provincianos para intendentes del interior). Dio orden a Balcarce y Castelli que el ejército no traspasara los límites del virreinato de Lima, “otro Estado” que nada tenía que ver con la revolución Argentina. Con el resultado que Goyeneche pudo fortificarse en el Desaguadero y derrotar fácilmente al ejército revolucionario en junio de 1811.

La patria, lo nacional, no sería el objeto de la revolución; la finalidad era el Estado, lo formal. En las estructuras políticas y económicas que daría la constitución estaba el gran objeto de la empresa. Ese constitucionalismo de raíz roussoniana, habría de perdurar en nuestra historia como el fundamento de la “argentinidad”, aun mucho después de desaparecido el morenismo y sustituido Rousseau por otros ídolos. Como habría de subsistir la idea del Estado pequeño, manejado desde Buenos Aires. Es sugerente que uno de los objetivos de la política británica en América española era fomentar la división que facilitaría sus manejos económicos: el viejo adagio “dividir para reinar” se usaba desde Londres – y después, desde otras capitales –, para sustituir la Nación por muchos pequeños “Estados”.

 

 

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