UNA POLEMICA SOBRE JAURETCHE

Por Francisco José Pestanha

“La prensa independiente no existe, y la independencia es una máscara para hacer pasar la mercadería de contrabando como agua corriente incolora, inodora, insípida, para que el estómago del lector no se prevenga defensivamente”.

ARTURO JAURETCHE

Ciertos ensayistas, inclusive algunos de acreditado compromiso con el pensamiento nacional, no han vacilado en asignarle a don ARTURO JAURETCHE el mote de “polemista”. En esta oportunidad voy a exponer las razones por las que a mi criterio don ARTURO no fue estrictamente un polemista, para posteriormente, explayarme sobre los motivos que llevaron al maestro a recurrir a ese antiguo arte que enseña los procedimientos de ataque y defensa en materia discursiva.

Como he demostrado en reiteradas oportunidades, las relaciones de poder se manifiestan en la producción simbólica y de conocimiento, como en cualquier otra actividad humana. FOUCAULT en ese sentido enseñaba que los discursos son acontecimientos tan relevantes como los propiamente sociales, históricos, etc. De esta forma, en lo que a pensamiento refiere, siempre está presente la lucha “siempre está en juego el poder que excluye” (Haidar).

JAURETCHE sin lugar a dudas ha sido uno de los tantos excluidos – malditos al decir de GALASSO – no sólo por un sistema político comprometido con el latrocinio y la entrega (lo que en cierto sentido era previsible), sino lo que resulta más grave y llamativo, por el poder académico. Aún hoy, a treinta años de su desaparición física, resulta dificultoso o por qué no imposible, encontrar textos del linqueño en las universidades argentinas, ni referencias sobre él en los programas de estudio.

El caso de JAURETCHE constituye así un claro ejemplo de ese juego de poderes que se opera en materia de pensamiento, y además, un fiel testimonio de una exclusión que se practica desde esos mismos ámbitos que declaman y se auto definen, como reservorios de pluralidad y de inclusión.

En lo que a la polémica  (????????) atañe, ella es un arte que presupone, en materia discursiva, una “lucha por espacios y jerarquías”. Se manifiesta de esta forma como una suerte de guerra retórica “…donde dos atacantes son llamados a encontrarse y a enfrentarse, ya sea de manera conflictiva (por la guerra o la competición), o bien de manera contractual (por la negociación y el intercambio)…” (E. LOIS).

Dejando expresamente sentado que tanto el discurso político como el académico, “…están relacionados con la cultura política de una comunidad determinada ya que ésta determina y condiciona cualquier producción discursiva, en particular la política (HAIDAR)…”, en lo que al discurso político concierne, la presencia de la polémica en él cumple una función exagerativa, apunta a extremarlo. ELISEO VERON sostiene en concordancia, que el mismo campo de lo político implica enfrentamiento, relación con un enemigo y lucha de enunciadores. Es por ello que la dimensión polémica en todos sus niveles es, en cierto sentido, constitutiva del discurso político.

DON ARTURO fue en esencia un hombre apasionado, pasión que le permitió percibir con nitidez la necesidad de combatir, desde la política y la idea, una superestructura cultural opresiva, y que lo llevó además a denunciar con intransigencia y compromiso, a aquellos intereses que consideraba contrapuestos a los nacionales. Es por ello que no dudó en apelar constantemente a la polémica para “despertar conciencias”, pero siempre con un profundo amor a sus paisanos, ya que, como el mismo testificaba:”…cuando ataco a un hombre concreto no es que lo malquiera: es que quiero a mis paisanos y por amor a ellos tengo que cumplir esta labor ingrata que me cierra tantas puertas y me junta enemigos en un arte, como el de la política, que consiste en hacer amigos.”

Creo entonces que ante todo JAURETCHE floreció como un hombre de “ideas nacionales”, un verdadero metapolítico tal como lo definió CANGIANO, que desde el punto de vista teórico fecundó textos de una originalidad que deberían constituirse en la envidia de toda la comunidad académica. Desde mi perspectiva, el linqueño no fue un polemista, sino un hombre que utilizó la polémica como arma dialéctica.

Cabe interrogarse entonces por qué se valió de dicha herramienta con tanta asiduidad.

Tal como lo sostuve en un texto que titulé bajo el interrogante ¿Existe un pensamiento nacional?, uno de los instrumentos más valiosos a los que puede apelarse para desarrollar en este tipo de formulación es el de la polémica, ya que como arte que enseña los procedimientos de ataque y defensa, y como recurso controversial por excelencia tiende a despertar fuertes pasiones, las que posteriormente, generan estados de conciencia. Desde esa posición, y ante la colosal consolidación de una superestructura colonial cultural que aún subsiste, dicho arte constituye un instrumento de gran aptitud para desentrañar sus principales componentes.

Si bien en ciertos mundillos académicos suele referirse en forma despectiva a “lo pasional”, y esgrimírselo como figura antitética de “lo racional”, en procesos como el contemporáneo donde la potencia hegemónica de un pensamiento único ha adormecido las estructuras autónomas de reflexión, la polémica suele poseer un positivo efecto “despabilante”, aún a riesgo que repercutir de múltiples y contradictorias maneras.

DON ARTURO JAURETCHE fue, desde el principio de su prédica, perfectamente conciente del poderoso efecto de la polémica, y pionero en utilizarla con un propósito definido: avivar y avispar zonzos. Claro, gran parte de ellas lo condenaron a un aislamiento que incluso provino de sus aduladores, quienes prefirieron mantenerse al margen de las mismas, para “preservarse” de la nocividad de sus consecuencias.
* Se permite la reproducción citando la fuente.   04/08/2005.

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