El Cura, el dictador y la profecía. Conferencia sobre el Padre Castellani. Por Jose. L. Muñoz Azpiri (h)

El Cura, el dictador y la profecía

 Conferencia de José Luis Muñoz Azpiri (h) dictada el 16 de noviembre de 2018 en el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”

 

“Amar la patria

es el amor primero

y es el postrer amor

después de Dios,

y si es crucificado

y verdadero

ya son un solo amor,

ya no son dos.

Amar la patria

hasta jugar el cuero

del puro patrio

Bien Común en pos

y afrontar marejada

y majadero

eso se inscribe

al crédito de Dios”

(Leonardo Castellani)

Decían los antiguos griegos  que lo contrario a la verdad no era la mentira propiamente dicha sino el olvido. Y es por ello que hoy nos alejamos de las letanías fúnebres, de la marmolería funeraria y de las evocaciones con hedores de sepulcro. Hoy conmemoramos el natalicio del Chesterton criollo de una de las más estilizadas y certeras plumas de la Argentina, que dada la ingratitud de muchos de sus hijos o lo que es peor, el odio y la envidia mezquina, ha sido condenada a las mazmorras del recuerdo.

Nacido en 1899 en la provincia de Santa Fe, Leonardo Luis Castellani, luego de hacer sus primeras letras de manos de una señora en su casa (algo nada extraño para la época), pasó por la escuela primaria, época de la que siempre rescató a un sacerdote Salaverri (“Muy buen docente, que me puso algunos conocimientos capitales en la cabeza”, dirá). En 1913 inicia sus estudios secundarios en la Colegio de la Inmaculada (de la Compañía de Jesús) en Santa Fe de donde egresaría de bachiller.

El 27 de Julio de 1919 se inicia en el noviciado de los Jesuitas en la ciudad de Córdoba. De ese período surgen las fábulas “Camperas” y “Historia del Norte bravo” con sus viajes de vacaciones en el Chaco santafesino siendo seminarista.

A partir de 1924 enseña filosofía en el Colegio del Salvador, cursó teología en el seminario de Villa Devoto y en 1929 el provincial de la Compañía, al advertir su capacidad para el estudio, lo envía a Roma para continúe su formación en la Universidad Gregoriana donde es ordenado sacerdote el 31 de Julio de 1930 en la Iglesia de San Ignacio.

Allí, luego de estudiar a las órdenes de prestigiosos docentes, obtiene el doctorado en teología en 1932.

Sobre esto, dijo alguna vez Irene Caminos –que fuera su secretaria y ayudante-, vale destacar que el padre Leonardo Castellani es el único argentino que conquistó con su esfuerzo dos títulos doctorales en dos centros de los más encumbrados de la intelectualidad europea: la Sorbona de Paris y la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma.

            Castellani, con notas sobresalientes, obtuvo el título más alto que la Iglesia Católica otorga a los más sabios de los doctores. Un diploma con la firma del Papa Pio XII y el Propósito General de la Compañía de Jesús acreditan queLeonardo Castellani es Doctor Sacro Universal que lo habilita a enseñar filosofía y teología sin reválida. El mismo le da derecho a publicar sus escritos sin censura previa.

En 1932 fue a Francia a estudiar donde obtendría su diploma de estudios superiores en filosofía sección psicología. “La psicología en los años ’30 no era una ciencia autónoma –dice Bonomi-, independiente”.

Cuando regresa a la Argentina se dedica a la enseñanza en diversos sitios (el Colegio del Salvador, el seminario de Villa Devoto, el Colegio Máximo de San Miguel), a traducir una parte de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, a escribir en la revista Criterio y en el suplemento literario de La Nación (1941).

            Castellani recurrió al uso de seudónimos a la hora de escribir algunos versos y escritos varios. Uno de ellos fue Jerónimo del Rey y otro Militis Militorum.

Interesado en la más alta política, fue tentado a ser candidato a diputado nacional, lo que motivó en 1946 el inició de un ciclo de desventuras: el superior de la orden jesuita lo “invita” a abandonarla por “poca obediencia a la censura”.

Confinado a Manresa (España), en un convento de los jesuitas, allí estuvo separado por desobediente e iniciando una serie de males físicos que lo acompañaron toda su vida.

En 1949, a instancias de unos amigos, escapó de su confinamiento y volvió a la Argentina donde, paulatinamente, retornó a la docencia, primero en Salta y luego en Buenos Aires.

En 1952 retorna a sus cátedras en distintos colegios e instituciones pero no se le permitía aún oficiar misa, es por ello que asiste a la Iglesia de Santa Catalina y en Nuestra Señora de la Piedad como un feligrés mas. De los comentarios que elaboraba sobre el Evangelio dominical surgiría el libro “El Evangelio de Jesucristo” y “Las parábolas de Jesucristo”. Junto a Fermín Chávez “Las mejores poesías de la lírica argentina”.

En 1961 vuelve a decir misa en Buenos Aires y, finalmente, en 1966, su relación con la Iglesia Católica se restablece totalmente. Un año después comenzaría la edición de la revista “Jauja”, que dirigiría durante tres años.

Cuando el secuestro de Haroldo Conti, y a los pocos días del mismo, Borges, Sábato y el Padre Castellani fueron llamados a almorzar con el dictador Videla. “Yo por entonces – dice Vicente Zito Lema en una entrevista a la Agencia Paco Urondo – compartía con Eduardo Galeano la dirección de la revista Crisis y Haroldo era parte de nuestra revista. Lo llamé a Borges, lo llamé a Sábato… y los dos con burlas y con malos tratos se negaron a aceptar el pedido que yo les hacía, cuando yo tenía relación tanto con Borges como con Sábato que publicaban habitualmente en nuestra revista. Bueno, la realidad concreta es que cuando salen del almuerzo, están los archivos y están las cámaras de entonces, Borges y Sábato dicen que había sido una conversación y un almuerzo espléndido en el que intercambiaron ideas. Cuando le preguntan al Padre Castellani, como tercero, aunque parecía que la prensa no tenía nada que preguntarle, Castellani dice “fue realmente una farsa, yo le hablé de los desaparecidos, de los escritores y especialmente de Haroldo Conti, como me pidieron sus compañeros de Crisis, y el General Videla se negó siquiera a contestarme.”

También hay que recodar para quienes les gusta investigar, las críticas que hiciera Sábato al libro del almirante Massera en el diario La Opinión, en donde habla de la aparición de un nuevo filósofo que había leído muy bien a Nietzche. Eso lleva la firma de Sábato.

No quiero enojarme con nadie, porque es muy confuso este país, y entonces a veces para tomar opiniones sólidas es importante tener buen material. Quizás yo contribuya con esto que digo sin apasionamientos, sin odios, pero sí tratando de que las cosas tengan un equilibrio, porque después de todo eso, que el señor Ernesto Sábato haya escrito y firmado el informe de la CONADEP me parece realmente una vergüenza y una afrenta a los que han luchado y sufrido por la defensa de los derechos humanos. Considero que él era indigno. Hay que reconocer que allí se instaura la teoría de los demonios, surge de ese prólogo de Sábato, así que también de eso es responsable. Lo que no quita que, siempre las contradicciones, yo lo desconsidere como autor de El túnel, El informe sobre ciegos, la épica aventura de Lavalle que él la cuenta de una manera literariamente perfecta. Como es perfecto el Facundo de Sarmiento, por más que uno no pueda compartir nada de las monstruosas cosas que ha escrito en contra de los pueblos originarios.
Ambas cosas conviven, la buena escritura misteriosamente convive con ciertas posturas éticas, políticas o filosóficas que uno piensa que desde una lectura humanística no van de la mano de los valores que uno deposita en los buenos escritores.”

Hacemos especial hincapié en estas declaraciones, dado que el lema de los organismo de derechos humanos es “Verdad, memoria y Justicia” con el que estamos esencialmente de acuerdo, pero no con una memoria hemipléjica que omita mencionar la valiente actitud del clérigo o directamente lo defina como “un cura facho” según los han expresado ciertos integrantes de “Carta Abierta” y en especial un periodista de sinuosa trayectoria y de particular inquina hacia la figura del Papa Francisco.

“Jorge Bergoglio no fue el primer papa argentino”, advirtió Álvaro Abós hace algunos años es un interesante artículo publicado en un matutino porteño (1). Cuando en 1963 murió Ángelo Roncalli, aquel amado Juan XXIII, el Cónclave eligió a un papa argentino, un jesuita que ejercía su ministerio en el barrio de San Telmo, un teólogo excepcional, cuyo nombre era Ducadelia. Pio Ducadelia, que al ser elegido papa, toma el nombre de Juan XXIV.

Al menos, esto sucede en un libro publicado en 1964, “Juan XXIII. Juan XXIV. Una fantasía”. El autor fue un compatriota y cofrade de Bergoglio, Leonardo Castellani, sacerdote, escritor y periodista, hombre de vastísima erudición y autor de obras memorables, algunas de las cuales, como Su Majestad Dulcinea y San Agustín y nosotros, al parecer influyeron en el discurso de Francisco tal como se trasluce en algunas de sus ideas más difundidas.

El 28 de marzo, en la misa crismal, Francisco pidió a los sacerdotes que “olieran a oveja”; coincidentemente, en el Evangelio de Jesucristo en el comentario al domingo segundo de Pascua, Leonardo Castellani explica que Cristo dijo que los malos pastores “son como lobos disfrazados de ovejas, aludiendo a la costumbre de los pastores palestinos de ponerse una chaqueta de piel de oveja (zamarra) para hacerse seguir por el olor. Él se puso la zamarra de nuestra carne para que los siguiéramos, pero en Él no era disfraz, era realidad”.

Del mismo modo, el 19 de mayo, en la misa de Pentecostés, Francisco alertó del peligro de una “Iglesia autorreferencial” que reiteraba también como arzobispo de Buenos Aires, de que hay que ir “a las periferias existenciales, para anunciar la vida de Jesucristo”. El padre Carlos Biestro, quien desde hace años coordina las ediciones y reediciones de la obra castellaniana se pregunta “si, cuando el Papa dice que la Iglesia no debe ser autorreferencial sino que debe salir a la periferia de la existencia, no hay un eco de las reflexiones de Castellani”. Y al respecto lee este pasaje de Castellani por Castellani: “Santa Teresa buscó amistades en todas partes, porque las necesitaba. Uno de los reproches más vehementes que contra ella concibieron era que buscaba amistades no monjiles, y ¡hasta masculinas! El creer que el claustro, la clase o el clan al que pertenezco es un mundo completo, agota toda la creación y en él se halla todo cuanto un hombre puede necesitar es una de las vanidades más ridículas y siniestras. Según la palabra de Cristo, la misma Iglesia Católica es una cosa abierta y fuera de sus recintos se encuentran almas que le pertenecen sin saberlo.

El cura Pío Ducadelia, personaje de Castellani que aparece en otros libros del autor, es un sacerdote que ha tenido problemas con la jerarquía de la Compañía de Jesús por opiniones y actitudes juzgadas irreverentes ¿Cómo llega Ducadelia al papado sin siquiera ser cardenal? En su fantasía digna de un guión cinematográfico, Castellani imagina una situación mundial caótica no muy diferente a la actual y real. Francia ha ganado una guerra contra la Unión Soviética, que desaparece, y los Estados Unidos han invadido América del Sur (Ya los tenemos en nuestro territorio, el Atlántico Sur y la Amazonia) Ducadelia se encuentra en Montevideo, pero el arzobispo de Buenos Aires lo va a buscar y le pide que lo acompañe a Roma, como asesor en el Concilio que ha de elegir al sucesor de Roncalli, dado que Ducadelia es un teólogo eximio. Y el cónclave, dada la situación excepcional del mundo y de la Iglesia lo elige Papa.

Bergoglio ya era jesuita, pero no sacerdote cuando en 1966 a Castellani se le restituyó el ejercicio del sacerdocio que había perdido al ser expulsado de la Compañía de Jesús en 1949. En 1971 le es ofrecido a Castellani el reingreso en la orden, que rechaza por razones de salud, y en 1973 el padre Bergoglio, quién había sido ordenado en 1969, se convierte en el provincial de los jesuitas en la Argentina, cargo que desempeñará durante seis años, dejándolo en 1979. Dos años después muere Castellani.

Por tanto, no es casual que Ducadelia en otro libro, durante su suspensión en la función sacerdotal (el personaje es inescindible de su creador) y llevado por su afición por las novelas policiales, había abierto una agencia de detectives, en sociedad con un indio mataco y un abogado recién salido de la cárcel donde había purgado una condena. Castellani es uno de los grandes autores del policial argentino, género en el que Rodolfo Walsh lo consideraba “un maestro” A esa condición se refirió Borges en una irónica muestra de desprecio al finalizar el famoso almuerzo con Videla el 19 de mayo de 1976, donde no ahorró elogios para el dictador,  mientras el sacerdote exigía información sobre el paradero de Haroldo Conti, escritor que aún permanece desaparecido.

            Juan XXIII, Juan XXIVUna fantasía. narra el constante sabotaje de la burocracia vaticana (Castellani dixit) a las reformas que impulsa el Papa criollo sus intentos de humanizar y modernizar la Iglesia. Porque Ducadelia entiende la necesidad de reformar la institución partiendo de la acepción original de la palabra Iglesia, que significa asamblea, es decir, reunión de los fieles. Quiere anular los privilegios, eliminar la pompa, retornar a la austeridad pastoral, revalorizar la tarea de los laicos, disminuir las rigideces dogmáticas, vocifera contra el pecado eclesial (“es una vergüenza que el cristianismo sea usado para legitimar malos gobiernos”) sale por las noches a caminar por Roma a observar las condiciones de vida de los pobres y compartirlas con ellos, motivo suficiente para generarse una obstinada oposición.

Ya Juan XXIII había hecho una afirmación teológica y eclesialmente revolucionaria el 11 de septiembre de 1962 al afirmar: “La Iglesia se presenta, para los países subdesarrollados, tal como es y quiere ser: como la Iglesia de todos y , particularmente, la Iglesia de los pobres”. Con ello estaba marcando el camino a seguir por el Concilio Vaticano II cuya inauguración tuvo lugar un mes después. Desde muy pronto se conformó un grupo de obispos que consideraba prioritario escuchar el clamor de los pobres. Ese grupo creía, al igual que Ducadelia, que el principal desafío de la Iglesia en ese momento era la violencia estructural, generadora de pobreza y desigualdad creciente, sobre todo en el Tercer Mundo, y que la actitud del cristianismo no podía ser otra que la opción por el mundo de la marginación y la exclusión.

El 16 de noviembre de 1965, tres semanas antes de la clausura del concilio, en torno a 40 obispos, insatisfechos con la orientación eurocéntrica y el optimismo desarrollista que imperaba en el aula conciliar y descontentos con la centralidad dada a cuestiones teologales en detrimento de las desigualdades sociales, se reunieron discretamente, casi de manera clandestina, en la Catacumba de Santa Domitila en Roma, bajo la inspiración de Helder Cámara, quien no pudo asistir, pero sí lo hizo Enrique Angelelli asesinado durante la dictadura iniciada en 1976 y obispos provenientes de todos los continentes con predominio del Hemisferio Sur. Los reunidos celebraron una eucaristía y firmaron el “Pacto de las Catacumbas. Por una Iglesia pobre y servidora” apoyado posteriormente por más de 500 obispos.

En el Pacto asumieron una serie de compromisos que afectaban a su vida personal y a su trabajo pastoral. En el plano personal renunciaban a las riquezas, tanto en las apariencias como en la realidad, a poseer bienes en propiedad, rechazaban los títulos que expresan poder como eminencia, excelencia, monseñor; en las relaciones sociales, se comprometían a evitar preferencia por los ricos y poderosos y optaban por el uso de símbolos evangélicos, nunca de metales preciosos. Tal como pudieron advertir Ducadelia-Bergoglio – si se nos permite el paralelismo en la fantasía de Castellani – al asumir el trono de Pedro, esta iniciativa no pasó de ser una expresión de deseos.

Leonardo Castellani sigue siendo un escritor desconocido para la mayoría dado que nunca gozó de difusión o publicidad, contrariamente a los escribas de la “intelligentzia” liberal que él tanto despreciaba y que siempre gozaron del dominio de los grandes medios. Nunca se le perdonó el eximio ejercicio de la ironía que irremediablemente le generó antipatías y odios subalternos. “Nunca le faltaron lectores, pero como escritor terminó solo, o quizás peor aún, prisionero de grupos que lo monopolizaron para justificar pensamientos reaccionarios” (2) Castellani no fue peronista, entre otras razones porque durante el primer peronismo estuvo fuera del país, dedicado a despejar los malentendidos con la Compañia, pero fue una de las atalayas intelectuales del llamado “nacionalismo católico” argentino, tradición en la que bebió el nucleamiento “Guardia de Hierro” (aunque incorporó elementos ajenos a ella) del peronismo, donde Bergoglio colaboró en su juventud. Fue un gran escritor que eludió todo tipo de corsés o encuadramientos por lo que merece una lectura desprejuiciada y desapasionada y esa independencia de criterio y rechazo a todo tipo de banderías lo estigmatizó a derecha e izquierda. Juan XXIII, Juan XXIV. Una fantasía tal vez no sea una de sus obras más destacables, pero conmueve su visión profética y la belleza de estilo de un escritor cuya reivindicación y cabal comprensión está aún pendiente.

El Padre Castellani se dedicó al periodismo, a la docencia, a la teología, con auténtica pasión. Se inició en la psicología, cuando esta aún no era una disciplina tan extendida, ocupándose de unir la Fe y el estudio de la psiquis en la formación de los sacerdotes en el seminario de Villa Devoto.

El Padre Castellani publicó muchos libros, entre los cuales cabe mencionar ”El Evangelio de Jesucristo”, “Cristo ¿vuelve o no vuelve?”, “El Apokalypsis de San Juan”, ”Las parábolas de Cristo”, “San Agustin y Descartes”, ”Conversación y crítica filosófica”, “Elementos de metafísica”, “El libro de las oraciones”, ”Esencia del liberalismo”, “Sentir la Argentina. Leopoldo Lugones”, “La reforma de la enseñanza”, ”El nuevo gobierno de Sancho”,  ”Las canciones de Militis”, “La catarsis católica en los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola”, “Freud en cifra”, “Historias del Norte bravo” y “Camperas”, entre muchos otros.

El prolífico sacerdote falleció el 15 de Marzo de 1981 y sus restos fueron llevados al cementerio de La Recoleta. Posteriormente, a instancias de allegados, se lo trasladó a la ciudad de Reconquista (Santa Fe).

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