DOS BREVES SOBRE RIVADAVIA. Por Francisco Pestanha

 

Bernardino González y la compulsión imitativa.    9/1/2020

Las ideas textualizadas o no, como las brisas, deambulan transitando insondables senderos y en tanto toda idea puede, bajo ciertas circunstancias, erigirse en condición de producción de otra. Pero a diferencia de vientos que encuentran su génesis en fenómenos de índole físico y químico, las ideas suelen corresponder en su alumbramiento con condiciones históricas, materiales y espirituales específicas y principiarse a partir de impulsos y expectativas que entrelazan creatividad, imaginación, intereses, especulación y el necesario contexto. Además, como producto humano, su tránsito no está motivado estrictamente por un anhelo de magnanimidad. Por el contrario, más allá de las intenciones de quienes las producen, una vez expuestas, pueden conformar parte de un sistema asimétrico de relaciones de poder y en tal sentido, de un complejo de dispositivos que, en oportunidades, suelen transformarlas recursos instrumentales funcionales a tales relaciones.

Fue tal vez dicha circunstancia la que marcó a fuego las décadas posteriores a mayo de 1810. El novum histórico constituido a partir de la expansión europea en nuestro continente, traumatismos y sincretismos mediante, fue conformando aquello que Saúl Taborda definió como la “argentina preexistente” rubricando de esta forma una autenticidad nuestroamericana que muchos supieron reconocer y comprender. Esa particular contextura involucró numerosos componentes culturales que dotaron a la etapa colonial de una particular especificidad replicada en una complexión de ideas no exentas de influencias de todo tipo. Así el ethos independentista no hubo de nutrirse exclusivamente a partir de los sucesos acaecidos en la metrópoli. La rebelión de Túpac Amarú, las invasiones inglesas, las proclamas de Chuquisaca y La Paz, entre otros factores, coincidieron indudablemente con una eclosión de ideas, que desde aquí, coadyuvaron a plasmar un anhelo independentista.

No obstante, el particular fragor de dicha gesta y la emergencia de un nuevo imperio con su revolución industrial a cuestas, facilitaron la incorporación algunas doctrinas que bajo el tapiz de un progreso que aparecía como indefinido e inexorable, escondía, engañosamente, el núcleo germinal de un proceso de sustitución simbólico y conceptual orientado a difuminar al máximo posible todo conato de autenticidad fomentando aquello que José María Rosa definió como compulsión imitativa. El salón literario gestado por Marcos Sastre fue testigo de algunos debates influidos especialmente por el romanticismo europeo. Allí, donde concurrieron Cané, Alberdi, Echeverría y Gutiérrez entre otros, el historicista napolitano Pedro de Angelís expondría la filosofía historicista basada existencia un pueblo “vivo” nutrido de un alma histórica que se manifestaba a partir de múltiples expresiones.

La introducción de principios morales basados en el utilitarismo, el materialismo, el hedonismo, el racionalismo y su consecuente rechazo al misticismo sedujo hasta el tuétano a muchos “intelectuales” de la época, y a partir de entonces, pariéndose gradualmente una matriz que, como enseña Fermín Chávez, coadyuvó a trastocar los supuestos culturales. Dicha moral fue considerada acriticamente como expresión de la “civilización” y el producto de la moral construida a partir de nuestra experiencia histórica, asociada a la “barbarie”. La falsa dicotomía tuvo como correlato una tensión estructural que, resignificada, subsistirá hasta nuestros días.

A esta altura de nuestro devenir resulta pecado de lesa ingenuidad sostener que la tendencia compulsiva hacia la imitación o la exégesis encuentran único estímulo en la pesquisa individual orientada hacia la búsqueda de verdades y soluciones universales y eficaces. Ciertas ideas, la historia así lo ha demostrado, han constituido instrumentos vigorosos para neutralizar auténticas expresiones culturales que, a nuestro entender, constituyen requerimientos indispensables para la autorrealizacíon de pueblos y comunidades. En los próximos días intentaremos dar cuenta de ello a partir de breves referencias a la era rivadaviana.

F.P.


Bernardino González: entre la imitación y la especulación.
10/1/2020
 
Fermín Chávez afirmaba que toda cultura es un “orden particular”, un continuum en el que se entrelazan una multitud de fenómenos y expresiones. Toda persona humana que convive en ese orden (comunidad) internaliza inconscientemente dicha multiplicidad ignorando total o parcialmente el origen y el fin de determinadas acciones o prohibiciones, la conciencia del sujeto, no es más que una “pantalla sobre la cual se proyectan los factores inconscientes de la sociedad y la cultura” (Leslie A. White).
 
La ilustración (Aufklärung) doctrina a – histórica que prometía “sustituir la oscuridad de la ignorancia por la luz del conocimiento” – importada acríticamente en nuestra región – encontró fuerte recepción en núcleos importantes de las elites intelectuales en las primera década del siglo XIX. Bajo un aparente espíritu transformador se escondía la aspiración de suplantar “todo el espacio cultural preexistente en lo ontológico, lógico, psicológico, ético y estético” (Chávez).
Bernardino de la Trinidad González Rivadavia fue un exponente de esa “estirpe”.
 
No por casualidad durante su gestión ministerial se fundará la Universidad de Buenos Aires bajo influencia, entre otros autores, de Antoine Luis Claude Destutt y su gnoseología sensista y anti ontológica. El hombre que según Mitre se adelantó a su tiempo, asistió asiduamente a sus tertulias durante su estadía en el viejo continente. Según el mismo Chávez al frente de las dos cátedras principales, Filosofía y Economía, a instancias de Rivadavia, fueron designados dos insignes referentes del Aufklärung: Manuel Fernández Agüero y Pedro José Agrelo. La primera (filosofía) se constituirá en una tribuna ideológica, y la segunda (Economía) adoptará como texto cardinal la versión castellana de “Elements of Political Economy” de James Mill, hijo de John Stuart Mill.
 
La gestión Ministerial Rivadavia operara como ariete de una estrategia Imperial Británica que ante el fracaso de las armas (1806-1807) desarrollará la destreza sutil del empréstito. Rivadavia promoverá el primero por la suma de un millón de libras esterlinas. La compulsión a la imitación estará acompañada a partir de este instante por una fascinación por el endeudamiento que aún perdura.
Bajo la promesa de “modernizar a Buenos Aires” a través de la construcción de obras de infraestructura, entre ellas un puerto, en 1822, la Junta de Representantes de Buenos Aires a instancias de Bernardino autorizará la contratación con la Baring Brothers de Londres de un crédito por 5 millones de pesos fuertes. El 1 de julio de 1824 los comisionistas Guillermo y Juan Parish Robertson, Félix Castro, Braulio Costa, J.P. Sáenz Valiente y Miguel de Riglos suscribirán el bono que instrumentará el empréstito con la Baring Brothers, préstamo que será garantizado con todos los bienes, rentas, tierras y territorios de la Provincia de Buenos Aires.
 
Julio Nudler afirma que con ese crédito fue finalmente destinado a “la importación de manufacturas inglesas, incluyendo material bélico, que el país no podía pagar porque no generaba exportaciones. Posteriormente el préstamo será destinado a cubrir el déficit fiscal y la guerra con Brasil”. El dispendio y consecuente escándalo desatados a partir de este primer empréstito con la Baring, cuyos integrantes no solamente eran financistas sino que mantenían estrechas vinculaciones con la Tesorería Británica, el Ministerio de Hacienda, y de la Compañía de Indias, ha sido lo suficientemente estudiado por numerosos autores. A dichos trabajos y sus consecuencias me remito sin dejar de mencionar el mismísimo Carlos Pellegrini hacia 1901 denunciará en el Senado de la Nación que: ” Hoy la nación no solo tiene afectada su deuda exterior, el servicio de renta de la Aduana, sino que tiene dadas en prenda sus propiedades; no puede disponer libremente ni de sus ferrocarriles, ni de sus cloacas, ni de sus aguas corrientes, ni de la tierra de su puerto, ni del puerto mismo, porque todo está afectado a los acreedores extranjeros”.
 
Sobre la política de enfiteusis nos explayaremos en otra oportunidad. Sin embargo vale enunciar alguna de sus consecuencias.
 
La primera consistirá en generación de inmensos latifundios en pocas familias: Anchorena, Alzaga, Alvear, Azcuénaga, Basualdo, Bernal, Bosch, Bustamante, Castro, los Díaz Vélez, Dorrego, Eguía, Echeverría, Escalada, Ezcurra, Gallardo, Irigoyen, Lacarra, Larrea, Lastra, Lezica, Lynch, López, Miguens, Obarrio, Ocampo, Olivera, Ortiz Basualdo, Otamendi, Pacheco, Páez, Rozas, Sáenz Valiente entre otras, sin olvidarse de la entonces Sociedad Rural Argentina y de las habilidades de Ambrosio Cramer de agrimensor del nos ocuparemos en su oportunidad. Entre 1822 a 1830 serán beneficiarias más 500 familias con 3.026 leguas es decir aproximadamente 7053574 hectáreas.
 
La segunda implicará el despojo compulsivo de muchos criollos poseedores de tierras quiénes sin más títulos que la posesión pacífica y por desconocimiento de las normativas de tierras y las vinculadas a la enfiteusis no iniciaron nunca los trámites pertinentes. Según José María Rosa Rivadavia en abril de 1826 ordenará desalojar “irremisiblemente a los “intrusos” asignado sus tierras a la Sociedad Rural. De tal forma se consolidara una oligarquía terrateniente, un “régimen” de distribución de tierras funcional las necesidades geopolíticas del imperio británico en expansión.
 
Quedará para un próximo texto la cuestión de la minas de Famatina y la Jurisdicción sobre los recursos mineros, además referencias a la caída del mito rivadaviano en oportunidad de exhumarse la correspondencia entre éste y Hullet y Swing Brothers en 1945.
 
Rivadavia morirá en 1845 en Cádiz legando expresamente que sus restos jamás regresen a su terruño natal.
F.P.

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