Identidad y cultura. Una reflexión . Por Graciela Maturo

Aportes al desarrollo de una conciencia cultural latinoamericana.

    Graciela Maturo

 

 

1.- Identidad y cultura. Una reflexión necesaria.

 

La conmemoración del Bicentenario de la emancipación nacional es una fecha oportuna para profundizar el concepto de una siempre discutida identidad, que debería ser rescatado – a mi juicio –  de estereotipos o concepciones reductivas.

Cuando se habla de identidad se hace referencia, desde luego, a la identidad de un sujeto, sea éste personal o comunitario, y no de los objetos. En primer término se trata del sujeto personal, en permanente cambio y formación, que a lo largo de su vida y experiencia va unificando sus propiedades en torno a ciertos datos constantes y a ciertas elecciones que le permiten confirmar una identidad, que le hace ser él mismo y no otro. Lo mismo ocurre con los pueblos, las comunidades.

Así en lo personal como en lo colectivo, se está ante la doble posibilidad de plantear, en un extremo el sujeto como idéntico a sí mismo en un sentido formal; sería lo siempre repetido e inamovible.  En el otro extremo, encontramos la tensión hacia una alteridad que llega a producir la aniquilación del sujeto como “ilusión sustancialista.

Me inclino a admitir la noción del sujeto en crecimiento, que admite sucesivas modificaciones (alterizaciones) parciales en el desenvolvimiento de su reconocible identidad.

El tema de las identidades nacionales se hace difícil, pues es preciso atender a las identidades personales, en sí diversas, para definir la identidad del conjunto, y esto se complica cuando se trata de naciones aluvionales, formadas por sucesivas inmigraciones de diverso origen.  Pero lo cierto e indiscutible es que aún en esos casos, se va perfilando históricamente una identidad reconocible que hace que podamos distinguir a esa comunidad de otras.

Aceptando la problematicidad de esta temática, hoy nuevamente planteada ante la “globalización”, me inclino a compartir lo expresado por Paul Ricoeur cuando afirmaba: “He aquí lo asombroso: la humanidad no se ha constituido en único estilo cultural, sino que ha echado raíces en figuras históricas coherentes, cerradas: las culturas”

Esas culturas se comunican entre sí, algunas de ellas muestran mayor vocación de diálogo que otras. El humanismo que ha vertebrado grandes tramos de la cultura occidental ha tenido como horizonte la construcción de una cultura universal.  Desde la América Latina seguimos alentando ese proyecto, pero sin dejar de lado el particularismo cultural de cada pueblo.

. Esto nos lleva reflexionar sobre el ser comunitario, sujeto de la cultura. La comunidad construye su carácter en torno a ciertas pautas emanadas de símbolos y valores comunes, que vinculan a una suma de individuos en una relación de co-pertenencia. Los relaciona también su lenguaje, y su arraigo en un paisaje de la tierra, una región, que justifica la denominación geocultura aplicada por Rodolfo Kusch. Es un concepto interesante pero no podemos aceptarlo  de una manera excluyente, si pensamos que hay pueblos como el judío que mantuvieron su cultura a través de un itinerar trashumante por distintas regiones de la tierra, mientras hay otros totalmente adheridos a un lugar determinado.

Recordemos también que en cada cultura se da len distinto modo la relación entre lo  fundante y lo evolutivo.  Se vive en distinto grado un desarrollo en libertad, en un proceso que admite las negaciones, las confrontaciones. Es lo que hace que podamos reconocer culturas arcaicas, apegadas a su principio o arjé, y culturas históricas, movidas por el dinamismo de la permanente renovación. Ligadas a ello se encuentran las denominaciones Oriente y Occidente, las culturas de Oriente con una evolución más lenta y ligada a los principios, aunque muchas de ellas dejaron de ser arcaicas y construyeron grandes civilizaciones,  y el  Occidente, conjunto de pueblos asentados en Europa con un destino histórico, dinámico y expansivo .

Es innegable el papel de la tradición verbal, escritural y ritual en la conformación de la identidad de un pueblo, de un conjunto de pueblos. Cuando el pueblo se reconoce en un mismo idioma, en imágenes, símbolos religiosos y ritos comunitarios, en valores que no necesariamente se hallan escritos o estipulados pero que alcanzan un consenso general, y también en relatos que dan cuenta de su propio acontecer, se halla en condiciones de reconocer su propia identidad y construir un destino común.

Quien habla de cultura no se refiere puramente a la producción de objetos y bienes materiales, sino y fundamentalmente al cultivo y desarrollo del hombre en su interioridad, sin caer en excesos racionalistas, ni tampoco en retrocesos irracionalistas. Estamos en condiciones de afirmar una imagen integral del ser humano que lo diferencia del animal  e igualmente de la máquina computacional. La filosofía, así como las propias ciencias del hombre nos han ayudado a concebir un hombre que no es solamente inteligencia sino también sensibilidad, afectividad, imaginación, voluntad.

El hombre es un ser situado, condicionado y limitado. Pertenece al orden cósmico, y su propia corporalidad se halla dirigida hacia el mundo que lo rodea. Es un ser-en, es decir un ser situado en un tiempoespacio, ligado a la tierra, y asimismo un ser-en por su propia encarnación en un cuerpo que le permite su relación con el mundo. Pero también es un ser-con, que vive en comunidad con otros semejantes, siendo su característica la de vivir en comunidad, y puede decirse también que es un ser-hacia, ya que lejos de hallarse definido desde su nacimiento, se despliega en una autorrealización mediada por la convivencia, el conocimiento y la acción.

Ese hombre situado y proyectado que vive en el seno de su comunidad próxima pertenece a un entorno geocultural, como lo afirma Rodolfo Kusch, y forma parte de una historia determinada. En suma, no somos individuos abstractos y aislados sino miembros de una cultura que se desarrolla en el tiempo;  aún los mayores gestos de libertad individual se enmarcan en el seno de la cultura propia.

 

2.- Una historia compleja.

 

América Latina, no está de más recordarlo, ha albergado y alberga aún, pueblos originarios de diverso grado de evolución, que sufrieron la invasión y colonización de españoles y portugueses desde fines del 1400  – y téngase en cuenta que nuestra medición del tiempo así como nuestro idioma, son occidentales.. El posterior reconocimiento de la humanidad del Hombre indígena será causa, paradójicamente, del esclavismo africano, importación de una nueva raza a la composición del conjunto básico.

La llegada del pueblo ibérico fue la primera modernización de la América originaria, habitada por hombres que según se afirma eran de origen asiático. De todos modos a la llegada de los españoles ya existía la imposición de los imperios, creados por los  aztecas y los incas,  sobre comunidades más débiles, condenadas a rendirles tributo, hecho que atenuó la depredación del invasor, haciendo posible su triunfo político. Los historiadores  – y los propios actores –  nos dicen que Hernán Cortés entró en Tenochtitlán seguido de indígenas sometidos que se plegaron a su entrada, así como aseguran que en Paraguay, el asentamiento español se hizo posible por el alimento provisto por los guaraníes.

No debemos alentar la “toma de partido” que ciertos intérpretes practican a favor de unos u otros, sino aceptar una historia compleja, como todo proceso histórico, una historia que nos abarca, aunque vengamos de inmigraciones más recientes. Es necesario reflexionar sobre ella y asumirla en toda su significación.

A partir de entonces hubo otros momentos de modernización que, independientemente de nuestras posiciones actuales, van integrando la identidad latinoamericana, son factores constituyentes de su realidad social y cultural. Podríamos hacer el siguiente esquema, que debe tomarse como una simplificación con fechas aproximativas.

 

Primera modernización: 1492-1810. El continente, que fue nombrado como América por un cartógrafo europeo, era habitado por pueblos de disímil grado de evolución. Alguno de ellos eran nómades y recolectores, mientras otros  habían producido en algunas regiones civilizaciones de cierto grado de avance, con la construcción de ciudades y artefactos, adelantos en su conocimiento del mundo, una concepción del tiempo y de los ciclos cósmicos, una ética de vida basada en el respeto a la naturaleza. Varios de estos pueblos eran ágrafos, otros tuvieron una escritura pictórica o ideográfica. Los colonizadores españoles y portugueses, a partir de la Llegada del Almirante Colón, introducen la Modernidad europea, incipiente en la Península. Traían el hierro, las armas de fuego, los instrumentos de medición, la brújula, el vidrio, los objetos manufacturados, el alfabeto. Implantaron su idioma (español, portugués) de origen latino y con él cierta forma racional de mirar el mundo. Las lenguas del conquistador irán incorporando el vocabulario indígena, y manteniendo algunos arcaísmos hasta conformar la lengua que hablamos, cuya sintaxis ha persistido. Fundaron escuelas, universidades, conventos, introdujeron el libro  – instrumento religioso de la evangelización, un objeto extraño para los indígenas, que pintaban sobre cortezas de árboles –  e instalaron tempranamente las imprentas. Además, conviene subrayarlo, trasladaron a los pueblos aborígenes la tradición judeocristiana, si bien la fe popular se encargaría de matizarla con creencias indígenas. Se implanta, a lo largo de tres siglos, la base antropológica indo-afro-ibérica de América Latina, que alcanza a conformar población mayoritaria de la región.

 

Segunda modernización: (1810- 1860) las colonias españolas (no así las portuguesas) se emancipan de España bajo la tutela de Inglaterra y Francia, esgrimiendo instrumentos ideológicos liberales, netamente europeos. Habrá de producirse, necesariamente, la confrontación de minorías europeizadas con grandes masas populares herederas de la cultura colonial, confrontación que se traduce en guerras internas.

 

Tercera modernización: (1860- 1930) Con el triunfo de las minorías liberales se inicia la organización de las naciones, que toman como modelos a los Estados Unidos de América (emancipados de Inglaterra en 1776) y a Francia cuya revolución (1789) había abolido el régimen monárquico, y declarado los derechos universales del hombre. Se hace evidente la europeización de las ciudades, y el contraste con las masas campesinas, “criollas” y en gran medida analfabetas, herederas de la cultura mestiza.

 

Cuarta modernización (1930- 1990). Se produce la parcial industrialización de los países latinoamericanos y la emergencia de los movimientos nacionales.- En la Argentina el brote nacionalista del 43 abre paso al líder popular Juan D. Perón. Ante la polarización del mundo entre el régimen capitalista y las naciones comunistas, Perón avanza la Tercera posición. Las minorías dirigentes se dividen, y emergen posiciones filosóficas y políticas de revisión histórica y revaloración de la cultura propia.

 

Quinta Modernización. (1990 – …) Se introduce en la vida de los latinoamericanos la revolución cibernética, que acompaña el proceso de la globalización tecno- económica.

 

Este imperfecto esquema apunta solamente a señalar la necesidad de una toma de conciencia de lo que ha significado y significa el proceso de la Modernidad, admirado sin reticencias por algunos ideólogos, y rechazado con excesiva ligereza por otros. Sin duda este proceso que viene durando cinco siglos, tantos como la etapa propiamente histórica de América, abarca grandes descubrimientos y avances para la humanidad, de los cuales nos hemos beneficiado, aunque no totalmente, pues no abarcan a toda la población del subcontinente. Al mismo tiempo, es innegable que esos avances han sido acompañados de experiencias de dominación, desigualdad, retroceso y barbarie. Nos hace falta acceder a un “pensar de la complejidad” a la manera de Edgar Morin, pero no incurrir en torpes simplificaciones.

La profunda transformación que produjo la Modernidad en el conocimiento, la naturaleza y la vida humana no es comparable a las de períodos anteriores de la historia humana. Su valoración del conocimiento al que se dio en llamar con exclusividad científico, condujo a la autonomía de la razón y el progresivo desarrollo de la técnica, que alcanza máximo desarrollo en la etapa actual. Se habla en los ámbitos filosóficos de la post-modernidad, pero en verdad se está viviendo, en los países altamente desarrollados, una hipermodernidad técnica, que se expande parcialmente al resto del mundo.

Es legítimo reflexionar sobre el alto precio de tales transformaciones, que producen el paso de una parte de la sociedad a una vida hedonista desentendida de valores, y la necesaria esclavización de otra porción muy numerosa que queda sumergida en la pobreza cuando no en la  indigencia y la pérdida de la dignidad.

La realización de la utopía técnica no ha traído la felicidad al género humano.  La perspectiva adquirida permite visualizar que se ha llegado al anverso del optimismo alentado en los comienzos de la revolución científica. Sucesivas crisis planetarias, los estragos de dos guerras mundiales y los prolegómenos de una tercera, los etnocidios, los estallidos atómicos, la creciente iniquidad social, la mortandad, la enfermedad y la miseria en vastas regiones de la tierra hacen dudar del triunfo del proyecto científico-técnico.

Cabe recordar que la propia tradición occidental ha engendrado, desde el comienzo de la Modernidad, su enjuiciamiento. La Conquista española fue el detonante de la mala conciencia europea que conduce a sus hombres más pensantes a modificar el derecho de gentes y la concepción misma de la sociedad. El Occidente ilustrado miró hacia las comunidades primitivas a partir del llamado “Descubrimiento”, que fue un momento histórico singular. Visto desde cierto ángulo, Europa descubrió un Mundo Nuevo, y éste inició la revolución de la propia Europa, en sus ideas, su política, su ciencia misma.

Se iniciaba la crítica de Occidente, movilizada por el contacto del hombre blanco con hombres ab-orígenes, próximos al origen, incontaminados por la civilización, El humanismo, forjado en largos siglos de acercamiento de pueblos, hallaba nuevos horizontes para expandir su modelo humano, y sembraba gérmenes de diálogo cultural, las únicos que pueden cimentar la paz entre los pueblos.

El humanista Tomás Moro usó la palabra griega Uthopia o sea el no-lugar, para referirse, encubiertamente,  a la experiencia americana. Se trataba en verdad de una eutopía, el buen lugar, pues América fue intuida por los humanistas como el mundo en que la historia podría rectificar su curso. Más allá de las intenciones imperiales de la Conquista, y la parcial destrucción de pueblos y culturas originarias,  en América  – la que José Martí llamaba nuestra América .- se generó de hecho una nueva mestización del español, heredero de complejos legados, con los variados aborígenes que poblaban esta región, en parte extinguidos por las luchas y las enfermedades que trajo el europeo, aunque en gran medida sobrevivientes en toda América; también hubo mestización con  el negro, oprobiosamente traído por traficantes que hicieron de él la mano de obra esclava.

No falta quienes afirman que no es posible constatar en América Latina una identidad pura ni uniforme, y podemos admitir que tienen su parte de razón,   pero también podemos afirmar que se advierten ejes de identidad  que han homogeneizado parcialmente su población. Sobre 400 millones de habitantes quedan unos 40 millones (el 10 por ciento) de indios puros y un alto porcentaje de mestizos. Con toda evidencia, es sobre el eje de la mestización étnico-.cultural donde es posible construir un perfil identitario válido.

No podemos subestimar la cultura europea, ni el idioma que hablamos, ennoblecido por Cervantes como por el Inca Garcilaso. Tampoco podemos ignorar, como lo hacen ciertos grupos post-coloniales o regionales, que en un momento privilegiado de la humanidad, el que ubicamos en la Grecia de cinco siglos antes de Cristo, nació por decirlo así el hombre moderno, y los hombres empezaron a pensar por sí mismos. Al utilizar la propia razón, desarrollaron un pensamiento crítico, una filosofía y luego una ciencia, un conocimiento de sí y del mundo, de los cuales formamos parte, no por nuestra sangre sino por nuestra lengua y formación cultural. Nacía el humanismo que fue base de la cultura mediterránea, adaptado al signo cristiano de vocación intercultural. Hablamos, por tanto, de un humanismo cristiano, sin que esto signifique una unidad confesional.

Su rasgo más típico es precisamente el dialogismo, la facultad dialogante, aplicada  – teóricamente –  al perfeccionamiento de la humanidad; su meta reinterpretada por distintos movimientos sociales y políticos, es la construcción de un ecumenismo al que deberían aportar todos los pueblos de la tierra. Es ese humanismo el que nos permite revalorizar a las culturas originarias. alcanzar una perspectiva universalista y no localista y cerrada.

Para dar un claro ejemplo, recordaré al Inca Garcilaso, uno de nuestros escritores mayores, defensor de la cultura Incaica en la cual se formó en el Cuzco.  Hijo de un capitán español y una princesa inca, viajó a España a los veinte años y tuvo una formación humanista, con maestros italianos y españoles que le transmitieron la filosofía del Amor . Toda su vida la dedicó a escribir sobre su pueblo materno , y le cupo sembrar semillas de transformación filosófica universal.

 

3.- Transmodernidad de América Latina.

 

La Modernidad ha sido expansiva. Es imposible despegarla de un proyecto de dominación que se entrecruza con el ímpetu civilizador y evangelizador. La expansión de Europa hacia el Asia y el África no fue duradera y fundante como lo ha sido en América. El llamado Nuevo Mundo se ofrecía como el continente destinado por excelencia a la expansión europea, a través de dos orientaciones bien diferenciadas. Por un lado la expansión anglo-sajona hacia el Norte del continente, con un sentido de implantación de la nueva cultura y exterminio de la población primigenia. Por otro la colonización de pueblos latinos en el Centro, Norte y Sur de América, con una cuota importante de mestización y una acción evangelizadora que acompaña la parcial y progresiva modernización de los pueblos.

Como americanos, somos un conjunto de pueblos que provienen de un dramático mestizaje. Nuestra historia como tal es reciente, pues las razas autóctonas, de estimable cultura, vivieron al margen del proyecto histórico europeo, sin conocer el lugar que ocupaban en el mundo. Lo aprendieron de sus conquistadores a un tiempo codiciosos de poder y riquezas, y transmisores de una cultura avanzada y refinada que, en los finales del siglo XV, alentaba un proceso de expansión. Mientras iniciaba su más ambicioso proyecto, la modernidad científica, Europa recobraba a través de su compleja evolución las raíces del humanismo filosófico que hizo posible la mestización, por imperfecta que ella fuera.

Necesariamente nos valemos de las mediciones históricas del Occidente al hablar de cinco siglos de historia americana, de mestización étnica y cultural casi totalmente cumplida en los primeros tres siglos, y de sucesivas etapas modernizadoras. Esas oleadas de modernización se tradujeron en liberalismo económico, generador del traslado de nuestra dependencia de España a la dependencia económica del Imperio Británico; o en imitación de las instituciones del emprendedor país del Norte y de las naciones europeas en la organización de nuestras naciones, o en sucesivas oleadas de adopción de instrumentos científicos y técnicos, una parcial industrialización, o una incorporación al mundo post-industrial. Cada una de estas etapas ha profundizado la división social y cultural entre clases dirigentes que se embarcan decididamente en el progresismo técnico y usufructúan sus beneficios, y grandes masas de población aborigen, mestiza, criolla, con pautas de cultura popular que ostentan la marca del cristianismo como amalgama unificante.

La tierra americana donde perduró la civilización hispánica fue el escenario de un desarrollo no científico ni técnico del humanismo. Correspondió a la América del Norte la supresión de la raíz autóctona y la implantación del impulso transformador técnico, en tanto que a la América Latina parece haberle correspondido la reserva del pensamiento humanista, transmitido por España en el gesto que el poeta bilbaíno Juan Larrea llamó, con cierta idealización,  “rendición de Espíritu“, aunque es necesario recordar que no se trata de transmisión lisa y llana de la  cultura humanista, sino de un nuevo ciclo amalgamante de otras culturas.

Solemos  utilizar la expresión transmodernidad para aludir a la peculiar relación de América Latina con las orientaciones y  productos de la modernidad europea. a los que asimila y critica en su demasía, desde su identidad humanista.

El siglo XX fue el tiempo de las grandes transformaciones científico-técnicas. La radio, el telégrafo y el cine cambiaron la vida común de los hombres; el automóvil y la aviación ampliaron la perspectiva, haciendo que la velocidad, y el dinamismo llegaran a imponerse como nuevos parámetros de la vida. Pero los procesos de modernización, que abrieron perspectivas de desarrollo industrial y técnico, no unificaron en su momento a los pueblos .ni tampoco impidieron su pauperización y desequilibrio social. Como consecuencia, el siglo que prolongaba el imperativo de la ciencia, fue al mismo tiempo teatro de hondas transformaciones que reconocían móviles éticos: se producía la revolución de los humildes, los asalariados, las mujeres, los jóvenes, y también, en compleja movilización histórica, de las naciones coloniales. Las transformaciones sociales de la época llegaron en ciertos casos a la inversión y el desborde de las estructuras tradicionales.

Es interesante seguir, en el cuadro del pensamiento hispanoamericano, la creciente conciencia de la identidad, la crítica de los excesos de Occidente, el permanente retorno a las fuentes de la cultura.

Pero la historia occidental había de producir aún una última “revolución”, de carácter implosivo, que arranca de los años 60. La invención del microchip abrió la era cibernética, puso en marcha la robotización e inauguró la revolución de las comunicaciones, generando como consecuencia la destrucción del estado socialista y la expansión del capitalismo a buena parte de la tierra, dentro del llamado “nuevo orden mundial”. Esta revolución tecno-económica, que parecería querer realizar la utopía universalista a través de la ciencia, no logró establecer la “aldea encablada” como lugar confortable y seguro para todos los hombres. Además de no haber alcanzado a  extender sus beneficios a la totalidad del planeta, pudo verificarse que  en las zonas abarcadas se mostró lejos de haber logrado un estado de equidad, armonía y felicidad para el conjunto. Hoy nos hallamos ante la soterrada implosión del sistema capitalista, último eslabón del proyecto político occidental.

Es evidente que cada vez más,  en los pueblos en desarrollo, se ha ahondado  la brecha entre minorías dependientes, que algunos sociólogos llaman “feudos tecnológicos”, dependientes de los centros de poder, y grandes masas desposeídas que no sólo carecen de esos bienes sino que no han completado el ciclo de satisfacción de necesidades básicas. Esto ha alterado el desenvolvimiento del ethos cultural latinoamericano, que tanto en su vertiente popular como en su vertiente ilustrada han venido mostrando puntos de acercamiento y convergencia histórica. Con ritmos disímiles, ambas corrientes de la tradición hispanoamericana, la popular y la ilustrada, desenvuelven aspectos de un ethos cultural que en términos amplios identifica a la comunidad de los pueblos hispanoamericanos, y en términos más estrictos permite el reconocimiento de las identidades nacionales.

No ignoramos la problemática inherente a esta definición, dada la presencia de regiones culturales latinoamericanas bien reconocibles que abarcan a dos o más naciones, o que incluyen parcialidades nacionales. Un ejemplo argentino lo constituye la presencia de regiones de identidad marcada, como el Noroeste argentino, ligado a la cultura peruana y boliviana, el Litoral, que participa de la fisonomía del Paraguay, o  las provincias de Cuyo, que se relacionan con Chile. Por ello es necesario y legítimo ampliar el concepto de identidad nacional al más abarcador de identidad latinoamericana, reconociendo que estamos frente a una familia de pueblos con una historia y un acervo cultural comunes, y diferencias regionales o nacionales que no fragmentan totalmente aquella unidad, hoy planteada como el horizonte ineludible de una reintegración política.

 

4- Identidad y globalización

 

Parece importante y necesario preguntarse cuál es el lugar de las identidades nacionales en este momento complejo de la historia, en que parecen abolidas las fronteras de las naciones mientras un poder económico transnacional cuestiona abiertamente la soberanía de los pueblos. ¿Estamos frente al universalismo, meta anhelada por los pueblos históricos y justificación de un camino de luchas? ¿O se trata, en cambio de un nuevo intento parcial de dominación que viene a acentuar el desequilibrio del mundo y la inestabilidad interna de las naciones llamadas periféricas? Innegablemente no es un tema para la simplificación.

Francis Fukuyama enunció en 1989 una frase muy repetida en los medios intelectuales: la Historia ha terminado. Más allá de su evidente parcialidad, que no hace justicia a la tenacidad humana sobre la tierra, no cabe duda de que expresaba cierta verdad: existe una conciencia generalizada sobre un cambio de tiempos, y  filosóficamente se ha declarado el límite del proyecto moderno,  asentado en el conocimiento, poder y dominio de la naturaleza, que generó el sometimiento de buena parte del mundo al imperialismo europeo. Ese tramo, ciertamente admirable por muchos aspectos, ha culminado en la “utopía” tecnológica, que desplazó en los últimos tiempos a la utopía social.

La Modernidad, criticada y a la vez profundizada en grado sumo, generó perspectivas optimistas y críticas profundas, en cada uno de los momentos importantes de su avance: el surgimiento de las ciencias empírico-naturales, el comienzo del maquinismo, la revolución industrial, la cibernética. No es posible ignorar sus avances y beneficios, de los cuales hacemos uso los hombres de la tierra, si bien esos beneficios no han llegado a todos. Pero tampoco es posible negar sus efectos no deseables.

Para nosotros, ciudadanos de un país periférico al poder central transnacional, la nueva atmósfera mental e  instrumental que afecta la cotidianidad del vivir empezó a hacerse actuante a partir de 1990, por poner un hito reconocible. Por entonces se produjo en los países latinoamericanos y especialmente en el Cono Sur, un apreciable cambio de sus estructuras económicas; la Argentina, en dificultoso y deficiente proceso de industrialización, se transformó en un país importador, transnacionalizó su economía, y pasó a ocupar un lugar dentro del nuevo modelo de organización de la economía mundial.

El panorama mundial asentado en estadísticas de crecimiento económico acelerado, produjo al comienzo cierta euforia en las clases dirigentes, acallando las incertidumbres, posponiendo las necesidades reales y creando cierto “idealismo numérico”, que no se tradujo necesariamente en felicidad. Imágenes inoportunas, no sólo traídas por los medios de comunicación que han achicado el mundo sino por la propia experiencia, nos acercan otra realidad connatural a la globalización: desnutrición y baja expectativa de vida para naciones y continentes enteros (por ejemplo África); enfermedades crónicas y agudas que reaparecen: enfermedades sociales como SIDA, depresión, cáncer y stress; concentración de la miseria en ghettos que se convierten en focos de delincuencia; desocupación creciente; discriminación, violencia, individualismo despiadado; alienación de algunos sectores por su alto nivel de vida y búsqueda de seguridad; alineación de otros por la miseria, la falta de horizontes o la pérdida de la dignidad.

Unido a esta creciente pauperización e iniquidad social, el marco predominante en la vida cotidiana está signado por la expansión de una cultura masificante que conlleva una inevitable pérdida de los símbolos comunitarios y una inversión de valores, figuras, emblemas.

Pasó la etapa de los movimientos nacionales que aglutinaron a las masas campesinas y obreras; murieron los líderes populares, e incluso tiende a desaparecer como clase la clase trabajadora, aglutinada dentro de nuestra imperfecta industrialización. Es más, la revolución post-industrial tiende a hacer desaparecer el trabajo mismo, sustituyéndolo por el subsidio en el mejor de los casos, y en otros por la miseria. No perdamos de vista que en casos de subsidio, no alcanzados aún en nuestra sociedad, se genera igualmente el agudo problema del ocio  – lejano ya del otium humanista propicio a la filología –  con su secuela de desequilibrio físico y moral.

Tal la somera descripción de una situación social y cultural que en el medio latinoamericano no cuenta al parecer con dirigentes de suficiente formación o lucidez a la altura de nuestros problemas. El proyecto más valido de los últimos tiempos, retomando viejas orientaciones es el de la integración regional que no deberá limitarse a los aspectos comerciales, económicos, industriales, hidráulicos, viales y comunicacionales. También debería abordar, con toda urgencia, la integración cultural y educativa de las naciones latinoamericanas.

 

 

 

5.-Hacia el desarrollo de una conciencia cultural americana.

 

Cabe retomar un concepto profundo de la cultura humana antes de hablar de una conciencia cultural, que indicaría un mayor grado de evolución de la misma.

La globalización que hoy se expande no es en modo alguno aquel universalismo soñado por los utopistas europeos, ya que se trata de la acentuación compulsiva de modalidades originadas en un sector de la humanidad, alejado de aquel humanismo que presidió su evolución. Si se me permite diría que la cultura post-industrial, lejos de ser universalista, es provinciana y unilateral. No se hace cargo de las culturas de la tierra, del aporte histórico de los pueblos, ni de su propia tradición en totalidad: impone un modelo de hombre light, descomprometido, olvidado de su destino trascendente y seducido por los objetos, tal como lo han visto eminentes pensadores, y lo ha señalado una obra póstuma del argentino Eduardo Azcuy, (E. A. Azcuy: Juicio ético a la Revolución Tecnológica, , Madrid, Acción Cristiana, 1994)

Ante tal panorama contradictorio e inquietante cabe reflexionar sobre nuestro destino como pueblo, y antes que ello sobre nuestra propia condición humana. Estoy convencida de la virtualidad de la cultura como ámbito en que se reactivan permanentemente los núcleos éticos que dan sentido a la vida, y comparto con Max Scheler el valor salvífico de la filosofía y el arte. Pero no es fácil ofrecer masivamente a pueblos sumergidos y desvitalizados los frutos de una actividad tan refinada. Es necesario atender a las necesidades básicas del pueblo indigente y de las clases medias pauperizadas, simultáneamente con una acción moral que debe abarcar a todos los estamentos.

El General Perón en 1972, cuando preparaba su vuelta con voluntad sacrificial y espíritu de entrega, habló de la necesidad de reconstruir al hombre argentino. Esa  necesidad se hace mucho más urgente en este tiempo desmemoriado y convulso.

La crítica de la razón y de la ciencia emprendida por algunos filósofos no parece suficiente ni bien orientada cuando se la visualiza desde la periferia tecno-económica. Los filósofos europeos de la llamada posmodernidad, hicieron el diagnóstico de la sociedad de fin de siglo. Describieron el mundo de la fragmentación, la desconstrucción, el cruce de mensajes, la pérdida de los patrones identificatorios, la muerte de los grandes relatos orientadores -es decir, los mitos religiosos, históricos, morales, que han conducido a la humanidad. También se refieren a otros aspectos secundarios: el resurgimiento del arte, ligado a los medios técnicos, el pensamiento débil, el retorno a lo pequeño y cotidiano.

El fracaso de los ideales que validaron el saber y el hacer, habría impulsado a la sociedad posmoderna a nuevas maneras de validación: la performatividad o eficiencia, y el consenso de la comunidad científica, social, etc., en muchos casos creado artificialmente por los medios de comunicación masiva. (Lyotard señalaba que el lenguaje ya no posee una verdad ni aspira a ella; el discurso de la verdad vino a ser sustituído por prácticas locales, así como el arte-verdad se habría visto reemplazado por el cultivo de formas gratas y las estrategias destinadas a obtener el consenso del gusto.) Este panorama, parcialmente trasladado a los pueblos periféricos, y vivamente exaltado por algunos intelectuales y políticos, no expresa totalmente la constitución cultural de América Latina.

Ha surgido entre nosotros un nuevo estilo de vida, marcado por las comunicaciones y alto consumo para una franja de la población, y por la progresiva masificación del pueblo, vulnerable al mensaje de los medios. Pero podemos hacernos dos preguntas: 1) Llegará el nivel de vida, propuesto como modelo del siglo XXI, al tercio de población todavía fluctuante, y más aún al otro tercio que parece condenado al infraconsumo?;  2) La segunda es más inquietante. Si así fuera ¿es este consumo el punto culminante de la cultura humana?, ¿es éste el modelo cultural que nos representa?

Vayamos a la conflictiva realidad que hoy ofrecen los países latinoamericanos. Esa realidad es altamente dramática, tensionada por un sinnúmero de problemas de toda índole. Parte de las clases humildes han sido víctimas de una despiadada exclusión, parte de nuestras clases medias y altas vive en la trivialidad y la desmemoria, pero a pesar de todo somos pueblos que se reconocen a sí mismos y alientan hoy el ambicioso proyecto de su integración.

Cabe reconocerlo, no todo pasa por lo económico. En América Latina , pese al drama de la pobreza y la indigencia, pese a la desocupación y la acción mediática, siguen vivas la fe – viva en las procesiones y santuarios de todo el subcontinente –   la valoración de la familia, la creatividad, la disposición al trabajo, cierta  productividad agro-industrial, la actividad científica, las artes.

Quiero terminar estas consideraciones con una exhortación a la conciencia cultural que es a mi juicio el signo de la madurez de los pueblos. Estimo que una de las vías para sobrevivir en este tiempo conflictivo y para alentar un nuevo proyecto histórico es el desarrollo de una conciencia cultural latinoamericana. Un reconocimiento de los rasgos reales de la cultura latinoamericana, en sus hechos, manifestaciones sociales, movimientos políticos, pensamiento, arte, ritos y celebraciones, nos impone admitir que somos una familia de pueblos con un perfil propio y un destino sobre la tierra.  Nos  reconocemos como continuidad  singular del humanismo heredero de la ética judía, la estética griega, la mística árabe y el mensaje cristiano (con elementos culturales de pueblos autóctonos europeos como los celtas, vascos, iberos, germanos, galos, nórdicos y eslavos) pero advertimos que no somos una repetición de ese ciclo occidental sino la creación de una nueva amalgama indo-afro-ibérica, con aportaciones modernas  de distinto origen.  Hemos combatido siempre tanto el hispanismo sin matices como el indigenismo a ultranza, forma de idealismo rencoroso y negado a la realidad concreta; también es necesario destruir, en la Argentina, la idea tenazmente defendida por ciertos dirigentes de que somos la cuña blanca de América.

Y aún si lo fuéramos, a pesar nuestro, existe la posibilidad de una voluntad cultural, una “opción por América” – en la línea del maestro Rodolfo Kusch – capaz de dar cuenta de nuestra realidad dominantemente y vocacionalmente mestiza. La Argentina pertenece a un pequeño grupo de predominio europeo, pero no es la nación blanca o el arrabal europeo que piensan o sueñan algunos de nuestros compatriotas. Planteábamos en los años 80, el destino americano de la Argentina. ¿Deberíamos diferenciarnos del resto acoplándonos al tren del hiperdesarrollo, o asumir un destino latinoamericano profundizando nuestras relaciones intrarregionales?

Si el latinoamericano opta por refugiarse rencorosamente en su prehistoria indígena, podría constituir un nuevo Islam, y llegar a sentir que los cambios del mundo le son ajenos. Tal actitud regresiva no es connatural al ethos mestizo, ni aun al comportamiento de las comunidades indígenas puras, más permeables que los ideólogos a la modernización. Si por el contrario apeláramos a nuestro carácter occidental plegándonos lisa y llanamente a la etapa final de una historia hoy cuestionada en su demasía por los europeos mismos, estimo que estaríamos traicionando nuestra propia naturaleza, historia y modo de vida.

Queda dicho que, en mi opinión, no nos representa totalmente la globalización tecnoeconómica ni tampoco el indigenismo, la negritud o cualquier otra forma de parcialización cultural. Debemos avanzar por la vía de la integración, cuyo logro más importante ha sido en las últimas décadas la creación del Mercosur y de otros organismos y proyectos regionales. Nuestra idea alienta el fortalecimiento de la identidad como vínculo cultural,  en el convencimiento de que esa  identidad profunda no es abarcada si no asumimos su eje amalgamante, el humanismo cristiano, con un sentido ecuménico que nos permita dar cuenta de la originalidad mestiza latinoamericana.

Es evidente la magnitud de la crisis actual, que afecta a estamentos, partidos e instituciones. Sólo la actividad política sana, reemprendida con vocación ascética y paciente espíritu de trabajo, puede realizar el milagro de reconstituir el tejido social sobre las bases de una revitalización de la cultura. Se hace preciso revertir la perspectiva economicista insuflada en distintos estratos sociales, que estimula en unos la desmedida ambición de bienes materiales mientras a otros sólo los lleva a la indigencia e imposibilidad de desarrollo. Reconstruir al hombre será el primer paso indispensable para reconstruir la sociedad.

Ninguna transformación empieza fuera de nosotros. Es en el interior de cada uno donde comienza la irradiación de valores de vida, el ejemplo de un destino no crudamente competitivo sino simplemente humano. Es preciso ofrecer a la comunidad nuevos ejemplos personales y sociales, reactivar la memoria histórica, promover a grupos y personalidades valiosas en oposición a los tristes modelos del consumismo, en suma, asumir un incesante magisterio social.

Sólo un humanismo inclusivo de pueblos y etnias puede colocarnos por encima de la parcialidad indígena, y también al margen de la modalidad excluyente occidentalista. Y ese humanismo, lejos de ser una construcción ideal, se halla entrañado en nuestra vida personal y comunitaria, virtualmente contenido en símbolos y expresiones culturales, impreso en nuestras leyes e instituciones.

Grandes filósofos y analistas del momento actual nos muestran las falencias del economicismo, además de su intrínseca fragilidad. El hombre necesita satisfacer sus necesidades básicas, y alcanzar una vida realmente humana, sobrepasando la mera subsistencia. Pero es necesario recordar que el hombre satisfecho no es sino transitoriamente el hombre feliz. Siempre quedan en él otras necesidades, inherentes a su propia constitución. Necesita el trabajo tanto como el ocio, y reclamará, una vez satisfecha su cuota de bienes indispensables, un empleo creativo del ocio, no solo gastar sus energías en máquinas recreativas o en más consumo. El hombre se halla en crisis y deberá reconstruir un sentido de la persona, la pareja, la familia, la comunidad. Deberá, tardíamente, recobrar su relación con el universo que le sirve de suelo, y sobre todo recobrar su sentido religioso, su sentimiento de criatura falible, guiada y visitada; su autovaloración como partícipe del cosmos; su autoestima como miembro de un pueblo que tiene un destino que cumplir.

En mi parecer es sólo la memoria y la continuidad de nuestra identidad mestiza enriquecida por diversas cuotas inmigratorias pero desplegada desde un eje cultural humanista y ecuménico, la que nos permite avizorar caminos y límites en esta nueva etapa. No está en nuestras manos en lo inmediato modificar la formidable maquinaria tecno-económica que domina el mundo, pero es legítimo pensar que la misma no es invulnerable. Nuestro camino es la prédica y la educación en todos los niveles, la reconstrucción del hombre, la generación de conciencias lúcidas, no puramente críticas sino creativas y autorrealizadoras, al servicio de la integración de nuestros pueblos.

Resulta indispensable reconstruir el ethos americano y conformar una cultura de síntesis, que sin rechazar las innovaciones técnicas en cuanto tienen de posibilidad humanizante, ponga el acento en el sentido ético, la capacidad de convivencia y el destino espiritual de la humanidad. Cabe igualmente, en nuestro concepto, desterrar la idea de que sólo Europa construye y proyecta una civilización.

En una palabra, sin cultivar peligrosas regresiones o posturas extremas, cabe profundizar en la identidad americana y extraer de ella el perfil de nuestra conducta, conscientes de que la civilización de los objetos no es el único bien de la humanidad, e incluso de los males su culto excesivo acarrea.

Una inteligente acción de grupos comprometidos y lúcidos puede contribuir a recrear en el pueblo su conciencia cultural y su confianza en sí mismo, así como generar las posibilidades de continuidad de su propio proyecto histórico.

Recuperar la memoria histórica; saber quiénes somos, cuáles son los núcleos éticos y simbólicos de nuestra cultura y adonde nos conducen; qué perfil de sociedad y consiguientemente de educación buscamos. Todo ello es inherente a la reformulación de un perfil cultural para el siglo iniciado, y a la incrementación de una conciencia cultural.

Entiendo que el desarrollo de una conciencia cultural americana ha de partir de una revalorización de las culturas que nos constituyen, eludiendo así los idealismos indigenista e hispanista, así como la imitación de modelos.  Sólo la valoración y continuidad de nuestra propia índole mestiza y americana puede permitirnos transitar dignamente el presente y generar semillas de futuro en el inicio del Nuevo Milenio, que puede ser acaso el final de una  Historia, pero  también puede señalar su recomienzo.

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