Mentalidad portuaria o pensamiento nacional

Por Francisco José Pestanha

“El pensamiento como pura intuición implica, aquí en Sudamérica, una libertad que no estamos dispuestos a asumir. Cuidamos excesivamente la pulcritud de nuestro atuendo universitario y nos da vergüenza llevar a cabo una actividad que requiere forzosamente una verdad interior y una constante confesión.”

RODOLFO kUSCH

Sostiene el historiador argentino Norberto Galasso que en los años previos a la revolución de mayo, “… se consolidó en Buenos Aires un grupo comercial de nuevo tipo, distinto al tradicional que se cobijaba en el monopolio establecido por la Ley de Indias. Lo integraban comerciantes que operaban al margen de las leyes, contrabandistas por lo general, cuyas posibilidades de enriquecimiento se vieron favorecidas por el debilitamiento del viejo sistema colonial…”. Afirma asimismo que los intereses de dicho grupo, fueron posteriormente potenciados por las concesiones otorgadas a los ingleses para “… operar en puerto de Buenos Aires en el tráfico de esclavos y por la apertura del comercio sancionada por el virrey Cisneros…”.

Se fue asentando así, en la ciudad puerto, una burguesía mercantil que mientras atesoraba privilegios de índole económico, estrechaba intensos vínculos ideológicos con los británicos, probablemente encandilada por los efluvios de progreso indefinido que emanaban a borbotones del mundo sajón. Dichas ligaduras con el imperio naciente dieron origen a la formación de una verdadera mentalidad portuaria, que forjó las aspiraciones de este particular sector social fuera de su propio entorno geográfico y cultural, y que posteriormente se vio estimulada por la impronta cosmopolita proveniente de las corrientes inmigratorias de fines del Siglo XIX y principios del XX.

José María Rosa, uno de los malditos de nuestra historia, sintetizó con lucidez este fenómeno afirmando que, los sectores intelectuales así concebidos, pergeñaron un futuro del país donde la naturalización “… no era la asimilación del capital o de los hombres foráneos al país, sino precisamente la inversa: la identidad del país con los hombres y las riquezas de afuera…”.  La patria, para ellos, debía atarse al exterior, por que la idiosincrasia engendrada a partir de la mixtura entre lo hispánico – sinónimo de decadencia –  y lo originario – sinónimo de la barbarie – no facilitaba el progreso. El nativo entonces, considerado como clase subalterna, debía ser lisa y llanamente sustituido por inmigrantes provenientes de sociedades sujetas a la dinámica capitalista.

La intelligentzia portuaria así engendrada, construyó un imaginario nutrido en Europa – particularmente en Londres y París – y amasó un ideal de nación que no admitía la realización de lo existente a partir de sus propias potencialidades. Por el contrario, planteaba la substitución de lo propio por atrasado y disfuncional. Tal como lo enseñaba Jauretche, tanto el  joven Alberdi como Sarmiento, querían cambiar al pueblo, no educarlo, sino “… liquidar la vieja estirpe criolla y rellenar el gran espacio vacío con sajones…”.

El proceso descrito precedentemente, no sólo determinó la formación de una intelectualidad ideológicamente narcotizada, sino que además, estableció una suerte de dicotomía estructural en las formaciones políticas que se disputaron el poder en nuestro país a partir de la epopeya independentista. Por un lado, partidos, dirigentes y movimientos nacionales, concentrados en erigir una nación a partir de lo existente, de lo propio, y de  lo vigente, acompañados por el esfuerzo argumental e intelectual de muchos pensadores que fueron condenados al ostracismo. Por el otro, las formaciones escolástico-coloniales, que insistían en sustituir lo propio por lo prominente, en hacer la “Europa e América”, apoyados desde lo intelectual, por un constante macaneo académico teñido por el ideologismo, que prefirió y aún prefiere mantenerse en el mundo de las abstracciones, a realizar el esfuerzo patriótico de encontrarse cara a cara con la realidad concreta.

Las ultimas décadas, en ese sentido, ofrecen fiel testimonio de la vigencia de tal mentalidad. Por un parte, el surgimiento de un  neoliberalismo sostenido por misma parafernalia des- reguladora, que en la época de la colonia, terminó destruyendo la incipiente industria artesanal y condenó al interior de país a la miseria, y por la otra, un virtual progresismo y una izquierda anacrónica que desde posiciones aparentemente críticas, insisten con recurrir a formulas, categorías, y recomendaciones concebidas para otros contextos. Ambas presuponen un horizonte contextual lejano.

En la actualidad, y a medida que avanza la etapa pre –electoral, la mentalidad portuaria aflora con mayor visibilidad. Ella se expresa no sólo a través de conocidos diagnósticos y pronósticos apocalípticos (que presuponen nuestra incapacidad estructural para superar la decadencia), sino lo que resulta mas grave, a partir de sugerencias que proponen por enésima vez adoptar soluciones exóticas a problemas nacionales.

Los Argentinos hemos paladeado, durante vastos períodos de nuestra historia, una amplia gama de medicinas elaboradas en otros lares que sólo han contribuido a potenciar la enfermedad. Cabe interrogarse entonces si no ha llegado el momento de asumir el desafío político e intelectual de experimentar una profunda transformación en los modos de pensar al país y su gente, sustituyendo aquella mentalidad portuaria que todavía permanece incólume en academias, universidades, y en ciertas organizaciones políticas, por un pensamiento nacional que encuentra, a esta altura de las circunstancias, profundas raíces en Argentina y en iberoamérica .

Dicha transformación no implica, como sostienen los contreras de siempre, insistir con una ranciedad intelectual que reniega de la experiencia universal y que desprecia “lo otro” por no pertenecernos. Tampoco entraña una postura monocausal que atribuye la exclusividad de nuestros males a una eterna dinámica conspirativa. Muy por el contrario presupone el simple ejercicio de aplicar esa máxima jauretcheana que nos enseña que “lo nacional es lo universal visto por los propios ojos”.

Claro está, para ello fructifique como enseñaba el maestro, hay que quitarse las anteojeras para mirar a la patria con ojos argentinos pero  también para desenmascarar a los dirigentes que, bajo nuevas promesas de progreso, se proponen reinsertarnos en un puerto que como antaño, añora con demasiada nostalgia una ilusión que nos es esencialmente lejana.

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