El despertar del espíritu autonomista santiagueño: razones, acciones y pasiones. Por Francisco José Pestanha*

El despertar del espíritu autonomista santiagueño: razones, acciones y pasiones.

Por Francisco José Pestanha*

 

“Santiago de Estero se proyecta desde lo más remoto de nuestro pasado histórico como un cofre que guarda las puras esencias del alma tradicional argentina. Una inmensa llanura enclavada en el centro del mediterráneo del viejo país confiere notable uniformidad al relieve, y hace de esta tierra un verdadero corredor interpuesto entre el litoral y el norte en una mole geográfica, cuya valoración trasciende sus linderos territoriales”[1]                                                                                                                                                                                                                                                     Luis C. Alén Lascano

 

Salvador Ferla, en su inmortalizada Historia argentina con drama y humor, obra publicada por la editorial Granica en el año 1974 sentenció en una de sus menciones allí insertas que “(…) en nuestro drama histórico ninguna ideología pudo compensar el daño que nos causó nuestro complejo de barbarie[2]. Alegó, además: “(…) que la ideología más avanzada carece de eficacia y hasta puede ser contraproducente (…) si no parte de realidades vivas o no se integra rápidamente a ellas”[3].

Recurriendo a dichas expresiones, Ferla intentó dar cuenta de la tensión existente entre idea o ideología y realidad que en nuestra región – según algunos autores enrolados en el historicismo revisionista – fue principiando y acrecentándose entre mediados del siglo XVIII y principios del XIX a raíz de la progresiva importación acrítica de un complejo de concepciones teóricas, entre ellas, el liberalismo y el iluminismo europeos. Es a partir de dicho fenómeno – eminentemente ideológico – que hubo de germinarse una turbada tensión entre civilización y barbarie, falsa dicotomía que ha promovido en nuestra región y aún lo hace un verdadero estropicio cultural obnubilando nuestro devenir autoconciente y naturalizando una suerte de auto convicción sobre la propia barbarie.

Transcurría el año 1956 cuando Fermín Chávez publicó en la editorial Trafac un magnífico ensayo sobre la cuestión que tituló Civilización y Barbarie, el liberalismo y el mayismo en la historia y en la cultura argentina. Dicho ensayo, a nuestro entender, mantiene sugestiva vigencia. Su tesis central radica en que a partir de 1837 se impuso definitivamente en nuestro país un falso concepto de civilización en contraposición a la barbarie americana invirtiéndose de tal modo los supuestos culturales (la barbarie será “naturalmente” propia y la civilización “naturalmente” ajena). Según Fermín tal dicotomía dará comienzo a partir de la incorporación acrítica del iluminismo y del racionalismo bajo la consigna ¡Progresemos a cualquier precio! promoviéndose de esta forma una “(…) concepción naturalista de la sociedad bajo la cual han de sucumbir el ethos de nuestro pueblo y nuestra incipiente germinación espiritual[4].

A partir de entonces el ideario racional – positivista irá consagrándose gradualmente como una efectiva ideología de estado en contraposición con “(…) la auténtica situación del hombre argentino y su espontáneo desarrollo” (Chávez Dixit). Si bien el autor establece una fecha determinada, precisará  que  en  realidad se trató de una manifestación progresiva que dará comienzo tiempo atrás y que la rebelión de nuestros caudillos populares a partir de 1817 y su desafío a los portuarios, no se circunscribirá estrictamente a una cuestión política sino que en realidad constituirá “(…) una insurrección ético social contra los avances clamorosos del iluminismo espurio, al que no divisan bien pero sienten en todas partes, entrando por el Río de la plata en mareas deslumbradoras”[5].

En síntesis, para nuestro recordado maestro, las sucesivas crisis argentinas ya no no serán políticas, ni económicas, ni éticas, sino ontológicas y ese soplo unitario inicial teñido por el ideario liberal iluminista, será la flama que nutrirá progresivamente a una república mercantil – agro exportadora que, apelando a un desmedido culto a las formas (estatutos y decretos), intentará encorsetar nuestra autoafirmación y en tanto, el ejercicio pleno de una genuina soberanía popular. La patria esencial de esta forma estará constituida por el liberalismo europeo y lo vernáculo, será relegado a un papel accidental y escatológico. Además, los protagonistas serán las minorías ilustradas, los comerciantes privilegiados y las oligarquías propietarias de grandes extensiones mientras que, los antagonistas, serán las masas (aunque esta frontera nunca pueda ser entendida en forma categórica).

No obstante, muy a pesar de la perseverante y perspicaz inducción hacia la barbarización de lo nativo (desplegada consciente e inconscientemente por las fracciones privilegiadas), la persistencia de los sectores populares en el escenario político, su apego al entorno natural, cultural y tradicional, el sentimiento de autoestima y cierto espíritu autoconciente germinado a partir de las múltiples tentativas de intervención externa, irán creando las condiciones para la emergencia de un ethos autonómico en las provincias, en especial, a partir de los acontecimientos de 1806 y 1807 (intervenciones anglosajonas) y posteriormente en las jornadas de 1810.

En relación a los acontecimientos de mayo vale señalar que si bien constituyeron un hito significativo en el proceso emancipador no cabe duda que la deposición del Virrey y la constitución de una Junta presupuso una estrategia “(…) sumamente limitada en su origen, que no traducía las aspiraciones generales del virreinato. Los grupos liberales y europeizantes, inspirados por la situación crítica de la metrópoli, se animaron a dar el paso inicial de la emancipación con el apoyo de los militares. No sólo se traducían admirablemente las aspiraciones de los porteños, sino que por imposición de las circunstancias era Buenos Aires la que dirigía y expandía el movimiento. Las ciudades del interior recibieron con sorpresa la noticia de los acontecimientos en la capital, manifestándose desde el principio los primeros síntomas de oposición contra la política impuesta desde Buenos Aires”. [6]

Inmersa la región en una especial dinámica y en un devenir histórico especifico operaran en estas tierras factores endógenos, entre otros, de orden sociológico, político, económico e institucional y otros de carácter exógeno, destacándose entre ellos la decadencia del imperio español, las pretensiones imperiales del brasilero y la sugestiva emergencia e intervención en la región del imperio inglés a través de sus siempre bien dispuestos agentes.

Dentro de los factores endógenos bien vale recalcar la paulatina constitución de una auténtica y peculiar modalidad de conducción político, militar e institucional de carácter unipersonal que Juan Bautista Alberdi denominará como “(…) jefes nuevos sacados de su seno”[7] (de los pueblos). Eran simples paisanos (…) encarando una guerra a discreción y sin reglas”[8] por su carácter asimétrico. Tales circunstancias los condujo según el mismo Alberdi a emprender una movilización del pueblo en “(…)  una guerra de la democracia, de la libertad, de independencia. Antes de la gran revolución no había caudillos ni montoneras en el Plata. La guerra de la independencia los dio a luz y ni ese origen les vale para obtener el perdón de ciertos demócratas”[9]. A partir esa precisa reflexión el lúcido aunque ciertas veces inconexo tucumano dará cuenta de su cabal comprensión sobre fenómeno sociológico, cultural y político que hubo de ser desdeñado y degradado por las ensombrecidas “inteligencias” portuarias[10].

Por su parte otro autor enrolado en el historicismo revisionista José M. Rosa describirá este tipo de conducción como la expresión de una masa que ha tomado conciencia y voluntad que se expresará “(…)  a través de un caudillo que sabe interpretarla y conducirla. En el caudillo se reflejó el pueblo, con sus palabras habló la comunidad, cada uno de sus gestos fue la expresión de lo que todos anhelaban. Muchos de ellos serán luego generales y posteriormente jefes”[11].

Ningún análisis sensato sobre el emergente espíritu autonomista en las provincias puede obviar los factores preanunciados y menos aún lo acontecido en la metrópoli. Las invasiones napoleónicas primero, el fracaso de la “revolución democrática” en España y la posterior restauración monárquica en 1814 a raíz del tratado de Valençay (diciembre de 1813), darán comienzo a lo que Jorge Abelardo Ramos denominara como “(…) era de nuestra balcanización”[12]. El desmembramiento del Imperio español no solamente coadyuvará con surgimiento de estos modos de conducción descriptos, sino, además, despertará un extendido sentimiento autonomista no sólo respecto a España sino también hacia una Buenos Aires que intentará concentrar el poder especialmente a partir de la institucionalización de los Directorios por decisión de la Asamblea del año XIII.

La elección de Gervasio Posadas como Director Supremo en 1814 dotado de suprema potestad ejecutiva demarcará un jalón significativo en el espíritu autonomista provincial, así como también su tambaleante y desalentadora política respecto a la Banda Oriental, enclave vital para la defensa ante la inminente reintegración de Fernando VII en el trono español. El 11 de febrero de 1814 Artigas será declarado “infame”, fuera de la ley, enemigo y traidor de la patria. Tal declaración agregará a las tensiones existentes otras de consecuencias otrora impredecibles. Mientras tanto el ethos surgido de la defensa de las misiones orientales ante la intentona encabezada por el Marqués de Souza (1811-1812) y posteriores reclamaciones portuguesas – en la región del litoral –  fue acuñándose un brío autonomista, pero como bien señala José María Rosa en el sentido de independencia a partir de la consagración “un gobierno federado[13] como lo imaginaba Artigas.

En tal sentido para el historiador cuando el Protector de los Pueblos Libres refiere “(…) independencia nacional la llama independencia absoluta”[14] mención que implica por una parte la autonomía de la provincias y por la otra la emancipación del conjunto de ellas a partir de la constitución de una federación. Dicha concepción según Rosa emergerá nítidamente de una misiva remitida por Artigas el 29 de Marzo de 1814 aconsejando la convocatoria a un congreso provincial que declarase la autonomía y estableciese una liga federal[15]. Debe tenerse presente que Artigas, para Abelardo Ramos, fue el único americano que casi simultáneamente emprendió “(…) una lucha incesante contra el imperio británico, el portugués, el español y la oligarquía centralista de Buenos Aires” en circunstancias de incertidumbre y tensiones económicas entre un litoral y sus productos exportables y el interior y su artesanado que naturalmente requería de una especial protección estatal.

Transcurridos los acontecimientos de mayo intentará resolverse la cuestión de la organización “nacional”: la asamblea del año XIII que no dispondrá la declaración de la independencia, aunque proclamará una serie de derechos, el Congreso de Oriente (1815) convocado por las provincias del litoral y finalmente el Congreso de Tucumán (1816). La primera consagrará un gobierno centralista y unipersonal significativamente perturbador para muchas aspiraciones autonomistas. El segundo integrado por la Banda Oriental Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, una parcialidad Cordobesa y las denominadas Misiones a instancias de Artigas declarará por vez primera la independencia en junio de 1815. Por su parte el congreso de Tucumán sin la participación del artiguismo y con la integración de una facción cordobesa proclamará la emancipación, aunque lo hará rechazando alguna de las proposiciones más lúcidas para una nueva forma de gobierno, como las que formularon – entre otros – de San Martin y Belgrano.

El abandono a su suerte de la Banda oriental levantará suspicacias y protestas en numerosas provincias y factores de índole político, económico, tributario motivados en la ratificación de la dependencia de Santiago de Estero y Catamarca de la gobernación de Tucumán junto a las demandas provenientes de la campaña al Alto Perú, potenciaran el espíritu autonómico en Santiago. Fue dicho marco que Juan Francisco Borges encabezará el 4 de setiembre de 1815 un movimiento revolucionario protagonizado por las milicias y vastos sectores de la población contra el gobernador Taboada. Según Alén Lascano[16]  Santiago de Estero había sido participante destacada en la epopeya que se inició tibiamente el 25 de mayo de 1810 “(…) en Santiago se recibió la noticia de la renuncia del virrey Cisneros el 10 de junio. Los revolucionarios buscaron la adhesión de la provincia con el apoyo del caudillo Juan Francisco Borges quien, sin dudarlo, adhirió a la campaña del Alto Perú (…) de esa manera Santiago del Estero se convirtió en la “(…) garganta de entrada hacia el norte del país y el Alto Perú. Las fuerzas santiagueñas conformadas por 317 hombres fueron las primeras en incorporarse al Ejército Nacional.

Borges se hará cargo fugazmente del gobierno en un intento de integrar la provincia al espíritu de los pueblos libres. Inmediatamente Aráoz, entonces gobernador de Tucumán, recuperará la ciudad. Amnistiado y fugándose de la prisión domiciliaria, Borges se asilará en Salta bajo la protección del gobernador Martín Miguel de Güemes. Tiempo después emprenderá una segunda tentativa (diciembre de 1816) destituyendo al Gobernador Gabino Ibáñez y decretando la autonomía absoluta de su Provincia en rechazo a medidas anti-autonomistas tomadas por el Congreso de Tucumán.

En respuesta, Manuel Belgrano encomendará al Coronel Lamadrid reprimir la tentativa. Borges derrotado en la batalla de Pitambalá será posteriormente fusilado en el Convento de Santo Domingo el 1° de enero de 1817 por orden del mismísimo Belgrano. El ejército del norte se encontraba en ese entonces acantonado en Tucumán.

Borges en sus horas finales escribirá: “Con esto pido perdón a todos que haya ofendido y perdono de todo mi corazón a todos mis enemigos, concluyendo la existencia de mi vida la religión apostólica católica romana que profeso, y en la que creo que me crió por la falta y quebrantamiento y preceptos”[17]. Lamentablemente el indulto de Belgrano no llegó a tiempo.

La actitud de Borges no constituyó un hecho aislado. Bustos será primer gobernador constitucional de Córdoba en 1820 con posterioridad del motín de Arequito (enero de 1820), Alejandro Heredia se negará a participar de las guerras civiles y Juan Bautista Méndez lo hará lo suyo en Corrientes.

En 1820 la batalla de Cepeda demarcará uno de los más interesantes períodos de nuestra historia ya que no sólo determinará la caída del Directorio y del Congreso sino también el comienzo de un proceso atestado de incertidumbres respecto al futuro de las provincias. La autonomía de Santiago del Estero proclamada el 27 de abril de 1820 a instancias de Felipe Ibarra coincidirá estrictamente con los anhelos epocales y el acta que consagró tal declaración (con cuya transcripción concluyo) acreditará sin duda alguna el espíritu independentista, democrático y federal que nutrió la gestación de una Provincia cuyo aniversario hoy conmemoramos y celebramos.

“Nos los representantes de todas las comunidades de este territorio de Santiago del Estero convencidos del principio sagrado que entre hombres libres no hay autoridad legítima sino la que dimana de los votos libres de sus conciudadanos é invocando al Ser Supremo por testigo y juez de la pureza de sus intenciones, declaramos:

1° La jurisdicción de Santiago del Estero uno de los territorios unidos de la Confederación del río de la Plata.

2° No reconocer otra soberanía ni superioridad sino la del Congreso que va a reunirse para organizar la federación”.

 

 

*Francisco José Pestanha es docente universitario, escritor y ensayista. Actualmente dirige el Departamento de Planificación y Políticas Públicas de La Universidad Nacional de Lanús, donde además se desempeña como Profesor Titular Ordinario del Seminario “Pensamiento Nacional y Latinoamericano”.

[1] Alén Lascano, Luis: Antecedentes para una historia del hombre santiagueño en la región chaqueña. En http://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle/10915/30096/Documento_completo.pdf?sequence=1&isAllowed=y.

[2]   Ferla, Salvador: Historia Argentina con drama y humor. Editoriales Peña Lillo y Continente. Octava edición 2007. Págs. 248 y ss.

[3]   Ferla, Salvador: Historia Argentina con drama y humor. Editoriales Peña Lillo y Continente… Ibidem.

[4] Chávez, Fermín: Civilización y Barbarie. El liberalismo y el mayismo en la cultura argentina. Edit. Trafac 1956. Página 7 y ss.

[5] Chávez, Fermín: Civilización y Barbarie. El liberalismo y el mayismo en la cultura argentina… ibídem

[6] Olaza Pallero, Sandro: Juan Francisco Borges. Héroe de mayo y precursor del Federalismo. En: olazapallero.blogspot.com/2011/02/juan-francisco-borges-heroe-de-mayo-y.htm

[7]  Alberdi, Juan Bautista: Grandes y pequeños hombres del Plata. Editorial Garnier. París 1912. Página 131 y SS.

[8]  Alberdi, Juan Bautista: Grandes y pequeños hombres del Plata… Ibídem.

[9]    Alberdi, Juan Bautista: Grandes y pequeños hombres del Plata… Ibídem.

[10]   Cabe señalar que, si bien las guerras por la independencia darán inicio a fines de la primera década del siglo, recién en 1815 comenzarán a obtenerse las primeras conquistas relevantes.

[11]  Rosa, José María: Historia Argentina. Editorial Oriente. Tomo 3 año 1974. Págs. 247 y ss.

[12]  Ramos, Jorge Abelardo: Revolución y contra revolución en Argentina. Las Masas y las Lanzas. Honorable Senado de la Nación. 2da. Edición. Año 2006. Pág. 57 y ss.

[13]  Rosa, José María: Historia Argentina …Ibídem.  Página 94

[14]  Rosa, José María: Historia Argentina… Ibídem.  Página 94

[15]  Rosa, José María: Historia Argentina… Ibídem.  Página 94

[16] Alén Lascano, Luis: Entrevista en: Santiagueños.  http://sgodelest.blogspot.com/2011/08/luis-alen-lascano.html

[17] Citado por: Olaza Pallero, Sandro: Juan Francisco Borges. Héroe de mayo y precursor del Federalismo. Ibídem.

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