“Una Nación de elegidos” por Pepe Muñoz Azpiri

“Una Nación de elegidos”

por Pepe Muñoz Azpiri

“Estados Unidos es pues la tierra del futuro, donde, en las edades que nos aguardan, se revelará el peso de la Historia del Mundo”
G.E. Hegel (1830)

La creencia norteamericana en el progreso se alimentó de una rica herencia de pensamiento milenarista procedente del pasado calvinista de los Estados Unidos. Como los judíos y los cristianos de la antigüedad y los ingleses del siglo dieciséis, los puritanos y los peregrinos se veían como el pueblo o la “raza” que Dios había elegido como su instrumento en el mundo. Las colonias de Nueva Inglaterra de principios del siglo diecisiete se consideraban escogidas en virtud de su alianza con Dios. Ser un pueblo elegido era tanto un destino como una responsabilidad. El propósito divino debía reflejarse en cada aspecto de la conducta y los actos de la comunidad, incluso el de predicar su buena nueva entre los demás pueblos de la Tierra.

Estados Unidos era la “nación redentora”, con una misión especial frente al resto del mundo. Esa misión redentora justificaba la expansión estadounidense hacia el Oeste como parte de su “destino manifiesto”. La llegada de los europeos a las costas de América del Norte y su avance allende las montañas Allegheny parecía representar un monstruoso desplazamiento – el gran desplazamiento – en la historia mundial. Incluía a los Estados Unidos en un proceso mucho más antiguo, el avance de la civilización y el imperio universal hacia el Oeste.

Hoy el término “imperio” evoca imágenes de imperialismo y explotación. Pero según una definición estricta, un imperio es una serie de unidades geográficas dispares gobernadas por una sola entidad política. Esa entidad podía ser una sola persona, un emperador, pero también podría ser el pueblo. Por este motivo, los ensayos de The Federalist podían habla de la nueva república americana como imperio sin que hubiera contradicción. (*) La nueva república americana se fijó una misión imperial expansiva que concordaba con su misión redentora.

Thomas Jefferson declaró que Estados Unidos era un “imperio de libertad” que difundiría el mensaje de soberanía popular y alentaría la libertad a medida que se desplazaba hacia el Oeste. En 1809 Jefferson duplicó el tamaño del país con su compra de Luisiana, creando el espacio físico para ese imperio. El Secretario de Estado John Quincy Adams declaró que el “dominio propio” de los Estados Unidos era “el continente de América del Norte”, y dio a ese dominio características universales. Proclamaría, escribió, “ante la humanidad los derechos inagotables de la naturaleza humana, y los legítimos fundamentos del gobierno. Su lema es Libertad, Independencia, Paz”.

Más que ningún otro pueblo, los norteamericanos tenían la sensación de que su país – “la tierra de los libres y hogar de los valientes” – ocupaba el centro del escenario en un proceso histórico mundial. “Aquí se alzará el último y más brillante trono del imperio – escribió Timothy Dwight, presidente del Yale College, después de la independencia norteamericana – y la paz, y el derecho y la libertad saludan al firmamento”. La Declaración de la Independencia, observó J.Q. Adams en 1821, estaba “destinada a cubrir el globo” En 1858 Harper´s Monthly, comentaba: “Todo lo relacionado con nuestra posición, historia y progreso, señalan los Estados Unidos de América como la tierra del futuro”. Desde los padres puritanos y los próceres de la independencia hasta lo que Henry B. Luce, de la revista Time, llamaría “el siglo americano” – el veinte -, la historia de los Estados Unidos constituía una narración singular, inspiradora y orientada hacia el futuro. Estados Unidos representaba la etapa más elevada de la civilización y el progreso, su culminación.

“En rigor, la idea de progreso implicaba una visión secular de la historia, opuesta a la visión cristiana. En Europa estas dos visiones del cambio histórico chocaron constantemente desde el Iluminismo hasta Marx (quién declaró que la religión era el opio de los pueblos) y Augusto Comte, quién creía que su filosofía positiva reemplazaría al cristianismo. Sin embargo, las figuras señeras del Iluminismo americano, como Jefferson y Benjamin Franklin, simplemente injertaron sus objetivos en aquellos propios de la nación redentora calvinista. Estados Unidos se “consagró” a un principio iluminista básico, el de que “todos los hombres son creados iguales”. El pueblo elegido también disfrutaba de derechos individuales. Estos derechos “vida, libertad y búsqueda de la felicidad”, tenían características divinas, aunque también formaban parte del lugar racional del hombre en la naturaleza. Una comprensión racional de la naturaleza significaba, desde luego, la ciencia. La ciencia y la tecnología, pues, ocupaban un sitio importante en el panorama de progreso redentor y felicidad. “No temáis la ciencia”, escribió en 1865 James Dwight Dana, geólogo de Yale, pues la ciencia ha mostrado que “el progreso por medio del crecimiento orgánico era la ley y el plan de Dios… el progreso avanza hacia arriba, no sólo hacia delante, hacia visiones cada vez más diáfanas de beneficencia infinita”. No fue sorprendente, pues, que Charles Darwin encontrara en Estados Unidos el entusiasta apoyo de Henry Ward Beecher y otros clérigos, un sector que había recibido la teoría darwiniana con rechazo y suspicacia en Inglaterra. Lombroso, Francis Galton, Ernst Haeckel y otros teóricos sociales “científicos” tuvieron un éxito similar cuando sus trabajos llegaron a las costas americanas”.

Con el médico y criminalista italiano Cesare Lombroso (1836-1909) surge una teoría científica de la criminalidad que dio lugar a grandes debates en círculos legales y penales, que incluso se extendieron hasta la primera guerra mundial.

Buena parte de la difusión de su trabajo partía de preconceptos muy extendidos acerca de los criminales, dándole un soporte aparentemente científico. Él consideraba que un cuarenta por ciento de los criminales actuaba por compulsión hereditaria. Eran vistos como seres que mantenían caracteres de un pasado ancestral, por lo que les era innato comportarse como un “salvaje normal”, pero en la sociedad occidental esto era considerado criminal.

El criminal nato se podía reconocer por su anatomía tomando en cuenta caracteres tales como la falta de simetría, tamaño pequeño de la cabeza, tamaño exagerado del rostro, frente baja y estrecha, orejas grandes, ausencia de calvicie, piel más oscura, o aspectos tales como no sonrojarse, lo cual se consideró claro índice de criminalidad y desvergüenza.

“Los antropólogos lombrosianos construían sus argumentos manejando la información para que se acordase con sus prejuicios; por ejemplo: un blanco que enfrenta con valor la tortura y la muerte es un héroe, un salvaje en la misma situación es alguien que tiene “insensibilidad física”. También consideraron la epilepsia como un signo del criminal nato, lo que convirtió a los epilépticos en seres marcados, representantes de la degeneración moral, y blanco de los programas eugenésicos. En los lombrosianos para comprender el crimen se debe estudiar al criminal. La sociedad queda a salvo de cualquier cuestionamiento”.

La eugenesia – aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de las especies vegetales y animales – contó con la aceptación de algunos círculos de científicos y reformadores sociales, influyendo en la delineación de políticas sociales que propugnaban medios de control sobre la conducta. Se definió como “desviada” a toda conducta considerada socialmente molesta, dañina o peligrosa. Su objetivo eran los incapaces y desviados.

Su influencia en Estados Unidos fue funcional para legitimar “científicamente” su hipócrita moralina. En 1898 en Massachusetts, se castró “terapéuticamente” a veintiséis niños varones; entre los motivos aducidos se cuentan: “epilepsia y masturbación persistente”, “epilepsia e imbecilidad”, “masturbación con debilidad mental”. El control social se enmascaraba con ropas de humanismo, como aún hoy se sigue haciendo.

En 1907 Gina Lombroso-Ferera publicó una nueva edición de El hombre criminal, de su padre, citando ejemplos de prisiones y reformatorios donde las teorías lombrosianas se habían aplicado con éxito. Todos procedían de los Estados Unidos. Treinta años después, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el criminólogo y antropólogo Earnest Hooton de Harvard aún usaba los métodos de Lombroso para clasificar a los delincuentes. Con sus asertos optimistas sobre la precisión cuantitativa y cualitativa y la certidumbre científica, Lombroso apelaba a la fe decimonónica norteamericana en la ciencia y el progreso como fuerzas del futuro.

Existía, no obstante, otra tradición norteamericana que surgía de las mismas raíces calvinistas y de la misma creencia en un “imperio de la libertad”. Esta tradición detectaba una tensión entre la libertad como derecho americano y la posibilidad de corrupción que surgía del ejercicio de dicha libertad, sobre todo en las esferas política y moral. Su gran vocero, firme opositor a los optimistas iluministas de Estados Unidos como Jefferson y Madison, fue el segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams.

“Adams se preocupaba por la inevitable corrupción y caída de Estados Unidos aún antes del estallido de la Revolución Americana. Su primera obra política – A Dissertation on the Canon and Feudal Law (1765) – explicaba que los colonos habían ido a las costas de América del Norte “por amor a la libertad universal y por odio, espanto, horror” hacia la “confederación infernal” de la corrupta monarquía inglesa y la Iglesia Anglicana. Las fuerzas de la “tiranía temporal y espiritual” habían logrado destruir las libertades de los hombres en Inglaterra; ahora el Imperio Británico estaba “sumido en la corrupción” y “trastabillando al borde de la destrucción”. Luego “esa confederación malévola” se dispuso a subyugar a las colonias, escribió Adams en 1775; los americanos tuvieron que defender su virtud y sus derechos naturales rompiendo con “esa poderosa ruina de un tejido otrora noble” que era la Inglaterra hannoveriana”.

Adams esperaba que el pueblo norteamericano preservara su independencia y su virtud, pero esa esperanza desapareció apenas concluyó la Revolución. En 1785, aún antes de la ratificación de los Artículos de la Confederación, Adams declaró que los norteamericanos “no manifestaban el temple de una virtud muy exaltada”, y que él había cometido la necedad de esperar “que crecieran mucho mejor”. La repentina irrupción de plebeyos y desconocidos en el sistema político, algo que, por lo demás, siempre sucedió en todos los lugares y épocas de la historia, lo convenció de que Estados Unidos estaba condenado.

No había “providencia especial para los americanos”, dijo a sus amigos; “su naturaleza es la misma que la de los demás”, en otras palabras, codiciosa, viciosa, estúpida y ambiciosa. No erró mucho en el diagnóstico si nos atenemos a los resultados de su actual política exterior.

(*) The Federalist es el título general de los ochenta y cinco ensayos que se publicaron en 1787-1788 en varios periódicos neoyorquinos con la firma de “Publius”, destinados a buscar respaldo para la ratificación de la Constitución de los Estados Unidos. También se los conoce como Federalist Papers, y se publicaron como libro en 1788. La autoría de los ensayos se atribuye a Alexander Hamilton, James Madison y John Jay.
(**) The land of the free and home of the brave, como dice la canción patriótica “The Star-spangled Banner”, hoy himno nacional.

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