Las siete dimensiones del Pensamiento Nacional y Latinoamericano. Por Francisco José Pestanha, Mariela Montiel y Sergio Arribá

“La historiografía viviente, como la define el filósofo, es un ‘acto de pensamiento (filosófico) correlativo a un estímulo práctico moral y es preparación para una acción’. Allí es donde se hace necesario el revisionismo que se aúna al historicismo para modificar la educación superior. Cuando las reformas sociales erradican las supuestas certezas que planteaba la primacía del racionalismo universal, comienza el desafío al pensamiento y a la filosofía que busca la salida al caos, un nuevo intento de comprender el novum, de volver a armonizar el pensamiento con la realidad”.
Ana Jaramillo

La Universidad Nacional de Lanús, definida desde sus orígenes como urbana y comprometida con la región, el país y Nuestra América, propone al Pensamiento Nacional y Latinoamericano como campo problemático y como objeto de estudio a la vez, destacando de tal forma un precedente histórico que ya no admite marcha atrás. Dentro de un universo académico donde esta matriz epistemológica ha sido menospreciada y obliterada por quienes creyeron que las casas de estudio debían muñirse estrictamente a la tradición impresa por una razón universal de matriz eurocéntrica, y consecuentemente desvinculada de las realidades y las necesidades de la comunidad, la UNLa constituye una sugestiva excepción.

Desde hace más de diez años nuestra casa de estudios viene desarrollando un Seminario de Pensamiento Nacional y Latinoamericano que, concebido con carácter transversal, atraviesa todas las carreras y además constituye una condición académica de egreso.

En tal orden el presente texto se orienta no solamente a enmarcar “Las Siete Dimensiones del Pensamiento Nacional y Latinoamericano” que -a nuestro criterio- caracterizan esta matriz epistemológica original emergida en Nuestra América a partir de su milenario devenir histórico, sino además a reconocer, a modo de homenaje, el trabajo colectivo de una pléyade de mujeres y hombres del pensamiento y la cultura que en diferentes épocas han asumido un ostensible compromiso con el presente y el porvenir de nuestros pueblos. Dicha pléyade se ha caracterizado por concebir y expresar sus ideas, sentimientos, emociones y anhelos con un sentido profundamente regional y además, en muchos casos, por asumir activamente la vida política comprometiéndose con diversos movimientos de innegable impronta revolucionaria.

Esta matriz de pensamiento germinada del sustrato popular detenta una particularidad específica; no ha surgido en el seno de las unidades académicas sino, por el contrario, a partir de una labor extra o para académica y en consecuencia -durante décadas- sus obras fueron negadas y aún quienes eventualmente accedieron temporariamente a la docencia universitaria, han sido perseguidos física, intelectual o moralmente. Recordemos que cierta Intelligentzia los denominaba despectivamente “profesores flor de ceibo”[1].

Así, pensadores y pensadoras como Arturo Jauretche, Arturo Sampay, Manuel Ortiz Pereyra, Raúl Scalabrini Ortiz, Nimio de Anquín, Alcira Argumedo, Ernesto Goldar, Manuel Gálvez, José María Rosa, Graciela Maturo, Fermín Chávez, José Luis Muñoz Azpiri, Juan Perón, Enrique Oliva, Norberto Galasso, Jorge Abelardo Ramos, Gustavo Cirigliano, John W. Cooke, Ramón Doll, Manuel Ugarte, e inclusive Ana Jaramillo, entre otras y otros, han sido perseguidos, menoscabados y deshonrados de una u otra forma.

Algunas de las “Siete Dimensiones” han sido desarrolladas con intensidad en el libro “Introducción al Pensamiento Nacional” que publicáramos con Emmanuel Bonforti, editado por EdUNLa (Editorial de la Universidad Nacional de Lanús), y resultan de una elaboración de más de 15 años de trabajo por parte de quienes asumimos, en una etapa muy particular del país, la ardua labor de recuperar los textos y obras de quienes dejaron marcas y huellas indelebles en la historia revolucionaria de Nuestra América.

Vale aclarar que recurrimos a la combinación de Pensamiento Nacional y Latinoamericano en razón que la voz “Nacional” ha sido utilizada ex profeso como recurso de autodenominación por los y las autores/as comprometidos con esta matriz para marcar fuerte presencia del denominado pensamiento situado. Lo Nacional entonces incluye lo Latinoamericano y en nada se acerca a un elitismo nacionalista de orientación elitista y chauvinista. En tal sentido Juan José Hernández Arregui sostenía:

“Hay pues un nacionalismo reaccionario y uno revolucionario. Un nacionalismo ligado a las clases privilegiadas y un nacionalismo que se expresa en la voluntad emancipadora de las grandes masas populares”. (Hernández Arregui, 1969:15)

A partir de las reflexiones de Hernández Arregui puede observarse que en Nuestra América, y a consecuencia de su específico devenir, emergieron una serie de nacionalismos defensivos que iniciaron un camino hacia la industrialización, la justicia social y la integración regional a nivel continental sin descartar la producción primaria, aunque en su afán de sostener determinados privilegios de los propietarios terratenientes aliados al capital extranjero (principalmente inglés), algunos corifeos proponían formulaciones nacionalistas ligadas a un tradicionalismo banal y el culto acrítico a ciertas formas republicanas. Los nacionalismos populares, por el contrario, constituyeron la verdadera modernidad nuestroamericana.

Corría el año 1998, en pleno auge del mal conceptualizado neoliberalismo, donde la “globalización” y la fujiyamización del pensamiento aspiraban a la destrucción paulatina y sistemática de los valores comunitarios y espirituales, en el escenario de teorías filosóficas que planteaban el fin de la historia y el comienzo de una modernidad líquida. Eran épocas en que un antiguo y vetusto liberalismo maquillado aspiraba a consolidarse en el mundo como “la única” teoría política plausible y exitosa. Fue en tal contexto que un puñado de argentinos y argentinas asumimos el compromiso histórico de evitar que dichas circunstancias opacaran y condenaran al olvido a aquellas mujeres y hombres del pensamiento y la cultura que consagraron honra, fortuna, libertad y vida por un país justo, libre, soberano y geopolíticamente integrado a la Patria Grande.

En este reciente escenario histórico y político -absolutamente desfavorable-, y guiados magistralmente por nuestras maestras y maestros, nos convocamos casi espontáneamente para asumir la ardua y compleja tarea de recuperar aquellos textos escritos entre fines del siglo XIX y durante el siglo XX desde una perspectiva epistemológica integral y con una mirada historicista.

Cabe señalar que una mirada nacional y latinoamericana de la realidad histórica no integraba, en dicha época, la cotidianeidad de los círculos culturales. Más bien era despreciada inclusive por estructuras políticas “afines”. Por el contrario, era un pensamiento que se transmitía artesanalmente de maestro/a a discípulo/a. Este complejo escenario dificultó la recolección de los textos y hubo que recurrir a librerías de antiguos que mantenían las obras, a sindicatos, a bibliotecas personales y a casas de trabajadores de la cultura que mantenían su conciencia nacional latente a pesar de tanta censura. Debe hacerse mención a que algunas organizaciones sindicales colaboraron económica y logísticamente en esta labor, demostrando su compromiso e implicancia en la necesidad de mantener vigentes las ideas que las representaban.

Las “Siete Dimensiones del Pensamiento Nacional y Latinoamericano” constituyen el razonamiento, la intuición y la pasión, expresadas en síntesis conceptuales (dimensiones) de una profusa labor intelectual con plena conciencia histórica, y de una fuerte implicancia con las ideas de los pensadores y pensadoras nacionales y latinoamericanos del siglo XX. Las mismas fueron concebidas a través del estudio, el análisis, la investigación y la interpretación de cientos de textos entre libros, artículos, ensayos y revistas. Para ello, dedicamos un tiempo sin límite para intercambiar, consensuar y debatir la comprensión y la sistematización de contenidos y categorías que pocas veces fueron tenidos presentes en los abordajes científicos y que forman parte de la deuda moral de la educación argentina y nuestroamericana. Esta arqueología que nos propusimos resulta, a nuestro entender, indispensable para la cabal comprensión de los fenómenos histórico-culturales que acontecieron y acontecen en nuestras comunidades.

Las primeras conferencias en las que se exhibió nuestro trabajo se desarrollaron en espacios de formación sindical o en ámbitos de educación no formal. También fueron expuestos dentro de organizaciones libres del pueblo y muy excepcionalmente en instituciones políticas y ámbitos gubernativos, comprobando así que el recurso didáctico de las “Siete Dimensiones” obtenía impactos (teóricos y prácticos) promisorios y reconocidos.

Finalmente, es importante destacar que cada una de las Siete Dimensiones responde y refleja “voces” que hemos rescatado e  inferido de textos de autores y autoras pertenecientes a nuestra matriz, y que han sido enunciadas explícita o implícitamente.

Las Siete Dimensiones del Pensamiento Nacional y Latinoamericano “7 A”

En el “Manual de Zonceras Argentinas” Arturo Jauretche (abogado, político, docente y pensador particularmente empático y comprometido con el destino de la Patria) sostenía que la estructura cultural de nuestra región ha sido diseñada y desarrollada por una Intelligentzia alejada del país y la región, y en consecuencia una colonización cultural de orientación iluminista y eurocéntrica contaminaba toda posible identificación de los pueblos con lo propio; circunstancia que los conducía hacia la autodenigración.

El concepto de Intelligentzia fue adaptado por Jauretche para dar cuenta y caracterizar a un sector que monopolizaba los diversos ámbitos de interpretación del saber, de producción de sentido y de la alta cultura. Como ejemplo observaba que la historiografía liberal hegemónica había construido un relato donde los acontecimientos históricos relevantes habían sido protagonizados por individuos y no por entidades colectivas como los pueblos. Similar matriz nutría los círculos literarios y periodísticos obnubilados por la falsa dicotomía civilización versus barbarie que caracterizó la etapa fundacional del Estado argentino con posterioridad a las guerras civiles. Debemos reconocer que tal matriz, lógicamente, no era homogénea, y que la generación fundacional demostraba matices que no eran debidamente explicitados en los ciclos escolares. El caso más paradigmático es el del heterodoxo Juan Bautista Alberdi.

Ante el carácter centralista y despectivo hacia lo tradicional de la matriz epistemológica e histórica consagrado después de la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852) y la de Pavón (17 de septiembre de 1861), casi paulatinamente comenzó a germinarse una contracultura que indujo a un destacado conglomerado de investigadores de nuestras provincias no solo a indagar y cuestionar el relato histórico de los triunfadores, sino también a litigar contra las categorías dominantes proponiendo otras que pudieran dar cuenta de una realidad espacial y temporal como la nuestra, absolutamente diferente de la europea.

Emergieron entonces conceptos –algunos originales y otros adaptados críticamente- a partir de los cuales se buscaba una aproximación a la realidad y a la formación de una incipiente conciencia nacional: “cipayo”, “vendepatria”, “colonización cultural”, “zoncera” y“semicolonia”, solo serán algunos de ellos. El escritor Jorge Abelardo Ramos, por ejemplo, dando continuidad a la idea de colonización cultural de Jauretche y desde la perspectiva de la izquierda nacional, adaptará la categoría de semicolonia que desarrolló Vladimir Illich Uliánov (Lenin):

“En las naciones coloniales, despojadas del poder político director y sometidas a las fuerzas de ocupación extranjeras, los problemas de la penetración cultural pueden revestir menos importancia para el imperialismo, puesto que sus privilegios económicos están asegurados por la persuasión de su artillería (…). En la medida que la colonización pedagógica -según la feliz expresión de Spranger, un imperialista alemán- no se ha realizado, solo predomina en la colonia el interés económico fundado en la garantía de las armas. Pero en las semicolonias, que gozan de un status político independiente decorado por la ficción jurídica, aquella ‘colonización pedagógica’ se revela esencial, pues no dispone de otra fuerza para asegurar la perpetuación del dominio”. (Jauretche, 1958: 146)

Por su parte, la generación previa al surgimiento del primer peronismo se propondrá: a) impugnar la matriz del pensamiento iluminista y eurocéntrico incorporado acríticamente; y b) promover una episteme situada que valorice, reconozca y potencie todos los aspectos que constituyen la conciencia nacional.

En el libro “Los Silencios y las Voces de América Latina”, la socióloga y política argentina Alcira Argumedo describirá esta experiencia de la siguiente manera:

“Denominamos matriz teórico-política a la articulación de un conjunto de categorías y valores constitutivos, que conforman la trama lógico-conceptual básica y establecen los fundamentos de una determinada corriente de pensamiento (…). Las matrices de pensamiento son formas de reelaboración y sistematización conceptual de determinados modos de percibir el mundo, de idearios y aspiraciones que tienen raigambre en procesos históricos y experiencias políticas”. (Argumedo, 2014:17)

El aporte de las “Siete Dimensiones del Pensamiento Nacional” que presentamos como la confluencia de la teoría y la práctica (expresadas mediante un recurso didáctico) debe comprenderse como parte de un todo, y aunque dichas dimensiones maduraron en forma paulatina se retroalimentan en un devenir político, cultural y comunitario que aspira a la liberación integral; retomando indiscutiblemente el sendero de integración planteado para construir la Patria Grande y para realizar Nuestra América.

Primera Dimensión: Autoconocimiento

Como mencionamos anteriormente, la matriz de pensamiento iluminista, positivista y eurocéntrica ha sido plasmada desde el ámbito político, pedagógico y educativo con posterioridad a las guerras civiles. Bartolomé Mitre, Esteban Echeverría y Domingo Faustino Sarmiento expresaron y representaron nítidamente los objetivos e intereses de una entente triunfante que procuró modelar el país bajo un proyecto agroexportador y que instituyó como sujeto histórico primordial a la oligarquía terrateniente (con la cual Sarmiento tuvo sus disputas) bajo la figura prototípica del estanciero.

La idea de “integrar” esta región a una división internacional del trabajo donde nuestro rol se reduciría a la mera exportación de materias primas intentó obstaculizar todo posible desarrollo de un capitalismo nacional y soberano. Mitre, por ejemplo, desarrolló hábilmente la estrategia de politizar un sistema educativo inundándolo de falsas creencias tales como la neutralidad de la ciencia y la apoliticidad. No obstante, los hechos demuestran que nada más subjetivo que intentar objetivar el acto educativo. Jauretche sostendrá:

“No es pues un problema de historiografía, sino de política: lo que se nos ha presentado como historia es una política de la historia, en que esta es solo un instrumento de planes más vastos destinados precisamente a impedir que la historia, la historia verdadera, contribuya a la formación de una conciencia histórica nacional que es la base necesaria de toda política de la Nación. Así pues, de la necesidad de un pensamiento político nacional ha surgido la necesidad del revisionismo histórico. De tal manera el revisionismo se ve obligado a superar sus fines exclusivamente históricos, como correspondería si el problema fuera solo de técnica e investigación, y apareja necesariamente consecuencias y finalidades políticas”. (Jauretche, 2016:16)

Legitimar la negativa a desarrollar un modelo de país industrialista y un capitalismo nacional e integrado continentalmente desveló por décadas a los sectores oligárquicos dominantes. Esa falsificación paradójicamente se caracterizó por una narrativa presuntamente apolitizada de la historia y por el individualismo filosófico, que fue presentado con rasgos universalistas. De tal forma fue concibiéndose una visión binaria, racista y dicotómica que con certeza será resumida en la trágica expresión “civilización o barbarie” (la zoncera madre que las parió a todas):

“Esta es la raíz del dilema sarmientino de ‘civilización o barbarie’ que sigue rigiendo a la ‘Intelligentzia’. Se confundió civilización con cultura, como en la escuela se sigue confundiendo instrucción con educación. La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo al indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa, y no según América”. (Jauretche,1958:150)

Nuestros pueblos, lamentablemente, continúan siendo moldeados en su gran mayoría por una mirada eurocéntrica y/o norteamericanocéntrica. El patrón hegemónico es impuesto a través de los sistemas educativos y las estructuras culturales. Es aquello que el filósofo argentino Enrique Dussel denominó “Mito de la Modernidad”: la promoción de una falsa conciencia donde la modernidad habría comenzado con el “descubrimiento” europeo de estas tierras americanas, dando por cuenta milenios de historia. Así, lo “moderno”, para la escuela y la academia, solo remitirá a lo racional, burgués, blanco y capitalista.

El autoconocimiento no debe entenderse bajo ningún concepto ni desde ninguna perspectiva como limitación estricta a lo histórico (aunque aquí recurrimos brevemente a la historicidad para dar cuenta de él). Engloba todos los campos posibles de la ciencia, la cultura, la política, la tecnología y la epistemología, entre los más destacados. De esta forma, el autoconocimiento constituye un recurso para neutralizar un déficit manifiesto.

Segunda Dimensión: Autorreflexión

Si el autoconocimiento presupone desmantelar el velo eurocéntrico y recuperar la historicidad integral de Nuestra América, la autorreflexión implica un autoanálisis colectivo que permita identificar los problemas e intereses que demandan una reflexión creativa y situada espacial y temporalmente. Nos encontramos ante el campo de aquellas categorías a partir de las cuales nos relacionamos con el mundo. Muchas de ellas contienen una impronta universalista y fueron adoptadas acríticamente, resultando inútiles e inhábiles para dar cuenta de lo particular, de lo propio.

En el campo de la economía como ejemplo, el filósofo y político peruano Raúl Haya de la Torre (fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana en Perú) llamaba a la reflexión:

“¿Por qué no construir en nuestra propia realidad «tal cual es», las bases de una nueva organización económica y política que cumpla la tarea educadora y constructiva del industrialismo, liberada de sus aspectos cruentos de explotación humana y de sujeción nacional?” (Castro, Luis Alva y Nuñez, Román Edgar, 2010:36)

Por su parte, Fermín Chávez (historiador, epistemólogo y ensayista entrerriano) lo hace desde una mirada más integral partiendo de su valiosa premisa de que las crisis argentinas son primero ontológicas y luego políticas, culturales y económicas:

“La recuperación de la conciencia nacional devela los elementos que integran el sistema de dominación, siendo las estructuras espirituales, dirigencia, elite y aparatos de poder. Para este atentado a la conciencia nacional liberadora, propone una nueva episteme, una ´epistemología para y desde la periferia´ y la necesidad radica en la transformación tanto del sujeto, como del objeto, de ahí el reclamo de otra episteme y la demanda de una nueva cultura. Estamos colonizados culturalmente. Esta nueva ideología debe ocupar todo el espacio cultural: ontológico, lógico, psicológico ético y estético”. (Chávez, 1983:22)

Reconocernos en el nosotros y comprender que los mecanismos de dominación han moldeado parcialmente nuestra forma de interpretar la vida y el mundo, nos permitirá identificar los falsos relatos. Desde la discriminación a nuestros compatriotas latinoamericanos -como consecuencia del fraccionamiento o balcanización geográfica y cultural- hasta la falaz creencia de que el liberalismo económico y el individualismo filosófico son indicadores de una presencia que mella nuestra autenticidad. Rodolfo Kusch, antropólogo y especialista en culturas americanas, afirmaba en sintonía:

“Y he aquí nuestra paradoja existencial. Nuestra autenticidad no radica en lo que occidente considera auténtico sino en desenvolver la estructura inversa a dicha autenticidad (…). Se trata de otra forma de especialización a partir de un horizonte propio. Solo el reconocimiento de este último, dará nuestra autenticidad».(Kusch, 1962:125)

La autorreflexión representa un doble desafío: a) un batallar contra las categorías adoptadas acríticamente que impiden la cabal comprensión de lo propio; y b) una actividad creativa que implica la institución de otras categorías que nos acerquen a dicha comprensión.

Tercera Dimensión: Autoestima (Colectiva)

La estima está relacionada con la afectividad, con la valoración positiva que se tiene sobre algo o alguien. Arturo Jauretche advertía que los pueblos tristes no triunfan, y en forma similar Juan Domingo Perón sostuvo que el pueblo no defiende la tierra donde no es feliz. Dimensionar la importancia del afecto y la estima colectiva es: a) aproximar una valoración positiva de orígenes históricos, culturales y espirituales americanistas; y b) reflexionar acerca de los mecanismos autodenigratorios que la formación racionalista e iluminista inculcó en nuestro espíritu. Una conocida misiva que Sarmiento remitió a Mitre pidiendo no ahorrar sangre de gauchos por considerarlos salvajes y bárbaros da cuenta precisa de ello. El “padre” de la educación sentía una inevitable repugnancia por los pueblos americanos. Entonces: ¿el problema es histórico o político? En palabras de Jauretche:

“No es un problema de historiografía sino de política, lo que se nos ha presentado como historia es una política de la historia, en que esta es solo un instrumento de planes más vastos destinados a impedir que la historia, la historia verdadera, contribuya a la formación de una conciencia nacional que es la base necesaria de toda política de la Nación. Así pues, de la necesidad de un pensamiento político nacional ha surgido la necesidad del revisionismo histórico”. (Jauretche, 2016:16)

La falsificación del relato histórico fue colindante de la deformación cultural. Jauretche recurrirá (como sostuvimos en varios apartados de este texto) a la metáfora de que la Intelligentzia “lee sin digerir”, que piensa y escribe exclusivamente sobre la Argentina de las formas”, mientras que los pensadores nacionales lo hacen desde la realidad de los pueblos. Tal circunstancia la definirá así:

“Señalaré por qué es Intelligentzia y no inteligencia la constituida por gran parte de los nativos que a sí mismos se califican como intelectuales, y cómo han conformado su mentalidad, cómo se comportan, y sobre todo cómo está constituido el aparato ‘cultural’ que la dirige y difunde para evitar la creación de un pensamiento propio de los argentinos”. (Jauretche,1958:145) 

La superestructura cultural del coloniaje actúa por medio de los deformadores históricos y políticos identificados con el vocablo original de Intelligentzia; siendo este sector fruto de la colonización pedagógica y, al mismo tiempo, reproductor de ella. La historia falsificada ha sido una de las más eficaces contribuciones de la inteligencia cipaya frente a la autopercepción, afectando directamente la estima por nuestra cultura.

La autoestima constituye una estrategia para neutralizar los mecanismos autodenigratorios internalizados que circundan nuestras conciencias y que promueven el desapego y el menoscabo de lo propio.

Cuarta Dimensión: Autoconciencia

Fermín Chávez enseñaba que conocer no es solo percibir y recibir información, sino que conocer es también a-percibir. La a-percepción nos vincula al campo de la conciencia. La a-percepción presupone en cierto sentido que el sujeto cognoscente solo puede conocer plenamente si es consciente de su situación espacio-temporal y afectiva al momento de percibir:

Desentrañar las ideologías de los sistemas centrales en cuanto ellas representan fuerzas e instrumentos de dominación es una de las tareas primordiales de los trabajadores de la cultura en las regiones de la periferia. Pero la realización cabal de esta tarea presupone, a su vez, la construcción de un instrumento adecuado; necesitamos pues, de una nueva ciencia del pensar, esto es, una epistemología propia”. (Chávez, 1977:38)

No solo basta con despojarnos de la matriz eurocéntrica, sino elaborar una matriz propia con identidad e historia. Para algunos pensadores de la descolonización pedagógica es prerrequisito necesario pensar, diseñar y construir una matriz para poder fundar una epistemología para y desde la periferia. Autores como Enrique Dussel enunciará un concepto similar, la eticidad del proyecto pedagógico.

La autoconciencia puede sintetizarse en la legendaria sentencia de Raúl Scalabrini Ortiz: “volver a la realidad como imperativo inexcusable”, para recuperar la posibilidad de pensar desde sí para sí.

Quinta Dimensión: Autoafirmación

Todo proyecto de país debe asentarse en bases culturales sólidas y reales. Ello implica conocerse, percibirse, identificarse con las realidades diversas y heterogéneas de nuestros pueblos americanos. Solamente a partir de tal ejercicio, podremos consolidar los lazos políticos, culturales, espirituales y epistémicos para proyectarnos y conformar políticas exteriores conjuntas, complementarias y soberanas. De lo particular a lo general, desde lo nacional a lo latinoamericano y desde América al mundo.

Para el iluminismo, las particularidades americanas fueron vistas como signos de debilidad. En cambio, para nuestros pensadores los rasgos americanos fueron siempre considerados como indicadores de fortaleza. En el espíritu de estas ideas se inscribe Fermín Chávez afirmando que nos sobra identidad y que las particularidades pueden constituir una unidad sin inconvenientes. Si retomamos la cuestión histórica, bien vale recurrir al maestro Gustavo Cirigliano quien sentenciaba:

“Somos el conquistador y el indio, el godo y el patriota, la pampa privilegiada y el interior relegado, el inmigrante esperanzado y el gaucho condenado. Somos los dos, no uno de ellos solamente. Si nos quedamos con uno de los dos, siempre llevaremos a cuestas un cabo suelto sin anudar, siempre cargaremos un asunto inconcluso que no lograremos cerrar, siempre habrá un pedazo de nosotros que no lograremos integrar”. (Cirigliano, 1972: 141)

La autoafirmación implica aceptarnos integralmente tal como somos, pero para ello resulta fundamental tener conciencia de la verdadera identidad; donde dilapidar, negar y ocultar el pasado real y el presente constituyen acciones autoflagelantes. Resulta importante destacar que las corrientes historiográficas clásicas han cometido el craso error de describir y relatar la historia a través de una visión esmerilada, a través de la inexistencia de un verdadero nosotros, del pueblo, y de Nuestra América.

Sexta Dimensión: Autodeterminación

Las dimensiones anteriormente explicadas se relacionan con déficits que ha creado “la generación de la falsa conciencia”. Como enseña Ernesto Goldar (1973) se trata de la alienación que implica el distanciamiento de la realidad: solo a partir del tránsito de la alienación a la realidad puede concebirse una decisión soberana determinada.

Juan Domingo Perón, en julio de 1947 ante el mundo, presentaba a nuestro país como una Nación soberana, pacífica y solidaria:

“Ha sido siempre tan fervorosa como sagrada la razón que nos llevó a cumplir con la más alta misión: la de la solidaridad. Por eso mismo, queremos hoy decirle al mundo que nuestra contribución a la paz interna e internacional consiste, además, en que nuestros recursos se suman a los planes mundiales de ayuda para permitir la rehabilitación moral y espiritual de Europa, para facilitar la rehabilitación material y económica de todos los pueblos sufrientes”. (Juan Domingo Perón, 2005: 48).

La autodeterminación constituye la voluntad consciente (no alienada) de llevar a cabo un proyecto soberano, circunstancia que resulta imposible en el marco de una marcada colonialidad. Como señalaba Gustavo Cirigliano: “quien no vive en su propio proyecto, seguro vive en el proyecto de otro más poderoso que él”.

ptima Dimensión: Autorrealización

La autodeterminación que se encuentra en el plano de la conciencia en forma de modelo, aspira a concretarse en la práctica en forma de proyecto; es una acción orientada hacia la libertad plena, la liberación:

“La conciencia nacional es la lucha del pueblo argentino por su liberación. En este sentido, el interés por la historia es la conciencia de la libertad como necesidad. Esta conciencia es colectiva pese a que sus formulaciones conscientes surjan  de mentes individuales. A esta conciencia histórica han resistido y resisten otras fuerzas”. (Hernández Arregui, 1969:49)

Nuestra América ha llevado a la práctica diversas experiencias reconocidas, y a modo de mención podemos resaltar algunas de ellas: el Aprismo, el Varguismo y el Justicialismo.

La autorrealización constituye un modelo proyectado y anhelado puesto en práctica, siempre y cuando el bienestar del pueblo y la justicia social imperen. Además, la autorrealización implica el fortalecimiento de ámbitos de integración con nuestros hermanos, donde dicha unión no debe circunscribirse al campo de lo material sino extenderse a lo político, cultural, militar, epistémico y espiritual, en el marco de una recuperación de los lazos de proximidad.

Los dispositivos de dominación aún continúan vigentes y se expresan hoy en forma de guerras híbridas implantadas desde fines del siglo pasado. Un ejemplo puede manifestarse con la cuestión Malvinas -herida colonial irredenta y emblema de este patrón histórico de dominación-, que limita nuestras capacidades de autorrealización:

“La desmalvinización no tuvo por objetivo principal invalidar a los militares sino sentar las bases para el paulatino restablecimiento de las relaciones bilaterales entre ambos Estados a fin de restaurar los lazos asimétricos deteriorados por la guerra, e instituir posteriormente un nuevo engranaje económico-financiero que ciertos ensayistas describieron, en términos jauretcheanos, como ‘el nuevo estatuto legal del coloniaje’”. (Pestanha dixit)

La autorrealización es el proyecto concretado, liberado de las ataduras y presto a concretar los anhelos colectivos. Es el proyecto de Nación que respeta y valora el origen, el desarrollo y el futuro de los pueblos. La autorrealización es saber realmente de dónde venimos y hacia dónde vamos como pueblo, como Estado y como Nación.

Sin autorrealización no existe memoria, conciencia ni identidad de los pueblos y de las naciones. La historia, sin autorrealización, siempre será escrita y relatada por aquellos que persistente y sutilmente intentan inmiscuirse en nuestro devenir comunitario.

Bibliografía

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Castro, Luis Alva y Núñez, Román Edgar (2010).Haya de la Torre, Víctor Raúl:1895-1979. El antiimperialismo y el APRA. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2010. Recuperado de: http://www4.congreso.gob.pe/comisiones/2009/cem_VRHT/documentos/EL_ANTIPERIALISMO_Y_EL_APRA.pdf

Cirigliano, Gustavo (1972). Filosofía de la Educación. Buenos Aires: Humanitas.

Chávez, Fermín (2012). Epistemología para la periferia (comp. Ana Jaramillo). Buenos Aires: Ediciones de la UNLa.

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Hernández Arregui, José (1969). Nacionalismo y liberación. Buenos Aires: Ediciones Hachea.

Dussel, Enrique (1980). La eticidad del proyecto pedagógico. La pedagógica latinoamericana. Bogotá: Nueva América Editorial. Recuperado de:  http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/otros/20120423091805/6cap5.pdf

Goldar, Ernesto (1973). La descolonización ideológica. Buenos Aires: Ed. A. Peña Lillo.

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Jaramillo, Ana (2014). La descolonización cultural. Primera edición. Remedios de Escalada: Universidad Nacional de Lanús.

Jauretche, Arturo (1958)Los profetas del odio y la yapa: la colonización pedagógica. Buenos Aires: Ed. A. Peña Lillo.

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Perón, Juan DomingoObras Completas. Buenos Aires: Editorial Docencia.

Kusch, Rodolfo (2003). Obras Completas. Buenos Aires: Editorial Fundación Ross.

Kusch, Rodolfo (1962). América Profunda. Buenos Aires: Ediciones Hachette.


[1]Luego del derrocamiento de Juan Domingo Perón (16 de setiembre de 1955) los profesores de la universidad y los maestros de las escuelas que ejercieron la docencia durante el peronismo (1946-1955) fueron caracterizados despectivamente como “flor de ceibo”. Al cuerpo docente se lo representó peyorativamente con la finalidad de asociar la teoría, el pensamiento y la realización nacional, social y popular con la flor nacional de nuestro país: la flor de ceibo. El antiperonismo identificó, caracterizó y señaló a los profesores universitarios y a los maestros de escuela como docentes vulgares. Así como sentenció al profesor y al maestro como “flor de ceibo” también hizo lo propio con los obreros y trabajadores intensivos que participaron en el proceso de industrialización del peronismo, que fueron referenciados como “cabecitas negras”. La “flor de ceibo”, los “cabecitas negras”, los “descamisados”, los “grasitas”, los “orilleros”, la “negrada”, entre otras, son expresiones discriminatorias y estigmas de la historia argentina.


Francisco José Pestanha: Profesor Titular Ordinario del Seminario “Pensamiento Nacional y Latinoamericano” UNLa.
Mariela Montiel: Auxiliar de Investigación y Docencia del Seminario “Pensamiento Nacional y Latinoamericano” UNLa.
Sergio Arribá: Profesor Adjunto del Seminario “Introducción al peronismo, teoría y realización” UNLa.

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