¿Especular sobre razones o razonar sobre realidades? El caso del Instituto Gino Germani. Por Francisco Pestanha.

¿Especular sobre razones o razonar sobre realidades?

El caso del Instituto Gino Germani. (Por Francisco Pestanha)

3 de abril de 2022

Don Arturo Martín Jauretche —pensador argentino cuyas obras suelen ser sistemáticamente menoscabadas por muchos académicos — solía sostener, respecto a los retos que debían afrontar nuestras universidades, que el gran desafío epistemológico que debía operarse en los países sujetos a relaciones asimétricas de poder, se encontraba frente a una disyuntiva esencial: «especular sobre razones o razonar sobre realidades». A partir de ella, desafiaba al universo académico a reflexionar sobre la realidad desde un pensar situado.

La cuestión de las islas Malvinas, Antártida y Atlántico sur que desde hace décadas se ha extendido hacia nuestra América se inscribe nítidamente es este dilema jauretcheano, que bajo ningún concepto debe tropezar con una nueva zoncera que implique el ataque al pueblo británico, sino, más bien, a los intereses de un sistema como el Commonwealth —rémora del antiguo Imperio británico— y que aún, descaradamente, sigue operando en tiempos de profunda crisis civilizatoria y de alteraciones sustantivas en el campo de lo geopolítico.

Sobre la polémica desatada con respecto a la organización de la actividad propuesta por un equipo de investigadoras e investigadores de la Facultad de Ciencias Sociales UBA radicados en el Instituto Gino Germani vinculada a la cuestión Malvinas y que se ha difundido bajo el título «(Re)pensando Malvinas. Thinking Falklands» deseo expresar que la historia y la política —ambas objeto del quehacer científico— se encuentran vinculadas orgánicamente y, más aún, en tiempos donde se operan nítidas alteraciones en las relaciones de poder y replanteos de la economía global que amenazan enseñorearse del futuro inmediato de este siglo.

Bien vale como ejemplo —aunque no detentemos demasiados conocimientos científicos— realizar una lectura entre líneas de la reciente entrevista realizada por la inefable periodista de Clarín, Natasha Niebieskikwiat, a la nueva embajadora británica, Christine Hayes. Más allá de la complacencia a la que nos tienen acostumbrados desde el periodismo hegemónico —el gobierno de S. M. es consciente de la importancia de contar, en todas aquellas regiones donde posee intereses estratégicos, con su «hombre en la Habana»— entusiasta intelligentzia, élite alienada de la que tanto nos enseñó nuestro maestro linqueño.

En este caso particular, la diplomática aprovechará el reportaje para enunciar los objetivos políticos del Reino Unido respecto a estos cuarenta años de conmemoración de la guerra.

De una lectura rudimentaria de las expresiones de la Sra. Hayes puede verificarse que la representante fija, establece y determina una agenda que, entre otros lineamientos, sugestivamente, propone la idea de pensar la cuestión en forma coincidente con la temática que desató la polémica. La propuesta de ese pensar colectivo que se oriente a lo humanitario y evite el conflicto constituyen nítidamente objetivos precisos de una delineada política de estado. La entrevista no se agota aquí. Es extensa, exhaustiva por cuanto recomiendo su lectura completa.

En estos días y en la misma línea, fue publicitado un encuentro organizado por el Instituto Gino Germani, dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y el School of Modern Lenguages de la Cardiff University. Partiendo que tal encuentro no se propuso como ámbito de debate el «buen uso del idioma», si se tratara de una cuestión de orden lingüística el titulo correcto hubiera sido: «Pensar el adecuado uso de nuestros idiomas».

Suponemos que se trata entonces de «Pensar Malvinas» y aunque no pudimos detectar una respuesta que diera al interrogante, nos preguntamos: ¿desde cuál perspectiva?

La diplomática continúa revelando que su país impulsará el homenaje a los caídos de ambos lados y a establecerá sistemas de diálogo respecto a Malvinas entre Gran Bretaña y nuestro país, mencionando a la parte argentina y al British Council. Esta institución a la que hace referencia es sumamente conocida en el universo político y académico, universos ambos que deberían dar respuestas sinceras al pueblo argentino respecto al rol que ha cumplido en nuestro país dicha organización financiada ostensiblemente por los británicos. Como la respuesta a tal interrogante resulta muy improbable, celebramos que varios investigadores de nuestro país se encuentran reconstruyendo el sistema de relaciones y vinculaciones que ha establecido dicha institución y además del itinerario de académicos y políticos locales que han establecido vinculaciones con ella (algunas, a nuestro gusto, excesivas).

Si bien en esta convocatoria el Council no aparece, la embajadora reconoce que dicha organización con sanas intenciones humanitarias, financiará la reposición de una obra teatral, Campo minado, vinculada a la cuestión Malvinas y otras actividades muy tentadoras para los eternos rastreadores de subsidios. Propone

además continuar con la política de identificación de los caídos y respecto a ellos «seguir avanzando», pero sin explicar hacia dónde. Reconoce, además, conversaciones con el gobierno y otras organizaciones sobre otras cuestiones que no explicita bajo secreto de las relaciones internacionales y por «respeto a las familias». ¿Será, tal vez, retomar las conversaciones sobre el traslado de nuestros caídos al continente, viejo anhelo de la diplomacia inglesa?

Según la legataria, una conmemoración debe proponerse como instancia para el pensar —continúa— «simplemente para pensar» intentando establecer un país donde vastos sectores académicos, políticos y diplomáticos han practicado una consabida anglofilia al establecer una agenda que, como sabemos, es ostensiblemente redituable para los bolsillos de los avispados de siempre, justificados bajo supuestas intenciones filantrópico-humanitarias de la cooperación internacional.

Coincido con muchos colegas que el clima que debe reinar en nuestras unidades académicas es de libertad y pluralidad. Ello constituye una verdad de perogrullo, aunque nuestra historia concreta nos enseña que, bajo esas dos consignas, se han cometido latrocinios. El mismo itinerario político-académico de Germani podría dar cuenta de ello.

Pero el problema central aquí es que Malvinas resulta en una cuestión de colonialidad. Es este el nudo gordiano que no puede estar ausente en ningún pensar sobre Malvinas y que por lógica se extiende a la Antártida, y al Atlántico Sur, ya que ella circunda y abarca todo tópico que pretenda analizarse. Los y las integrantes del universo académico saben perfectamente que el pensamiento es complejo y rizomático. Son también conscientes que los aspectos centrales de un problema epistemológico determinan aquellos que constituyen simples derivaciones de estos. La presencia concreta de una base militar de envergadura y con capacidad nuclear en la región es un hecho determinante. Pensar Malvinas sin abordar la colonialidad y la amenaza nuclear no resulta, entonces, un hecho científico; bien podría circunscribirse a una reunión de amigos.

Probablemente los organizadores de este evento hayan realizado grandes esfuerzos bilaterales para llevarlos a adelante. No dudamos siquiera de las capacidades de los convocados y convocadas. Pero conocían o deberían esta agenda. Las universidades ¿deben conocer la realidad o deben abstraerse de ella? En un caso de la gravedad como el que nos ocupa ¿las conducciones políticas universitarias argentinas deben actuar con independencia de sus Estados? ¿La autonomía universitaria es el único derecho absoluto en nuestro país?

Asumimos el riesgo de que estas observaciones puedan ser tachadas de «conspiranoides». Pero quienes conocemos, aunque en retazos, la historia de las relaciones asimétricas bilaterales de nuestro país con el Reino Unido, ya estamos curados de espanto: el sinuoso entramado de complicidades sobre los que se asentó la diplomacia británica en nuestro país —circunstancias que constituyen el campo de la realidad concreta (a veces tan alejada de algunos estudios académicos que sostienen referenciarse en ella) en especial, de los científicos— debieran despertar dudas; más aún, sobre la asepsia científica humanitarista bajo la cual se convoca este encuentro. La duda es un hecho trascendente en el universo científico y, por tanto, promotora del saber.

No hemos tenido la oportunidad de revisar con todo detalle la catarata de repudios que ha recibido esta actividad ni de las reacciones que sobrevinieron en defensa de ella. Pero nos ha llamado la atención, especialmente, la aparición del mote de «fascistas» para quienes se atrevieron a cuestionarla, imputación dirigida a docentes, investigadores e inclusive ex-directivos del universo académico. La descalificación ha llegado al extremo de acusar esta posición como proveniente de —y cito— «una épica malvinera» y que «la gilada sigue pensando en palabras como gesta, héroes, o cosas así». Parece que algunos colegas no nos creen a su altura y reservan su léxico académico al fascinante turismo universitario de Brighton. Cómo culparlos, …son los blancos riscos de Dover.

Ana Jaramillo, rectora de la Universidad de Lanús, suele sostener un viejo adagio: «el que nomina, domina». La utilización del mote fascista sobre aquellos que osaron cuestionar la actividad del —hasta ahora— impoluto Instituto Germani es un hecho que se enmarca en esa referencia; tildar de «fascista» a otros que no opinan como uno, constituye per se un acto fascista. Y como se sabe, en todo fascista anidan siempre patéticas aspiraciones hegemónicas y censoras.

Llamativa también la posición del Instituto Gino Germani que —luego de las clásicas apelaciones al pluralismo, de la libertad de cátedra, de la expresión y de la investigación— se despegará de la actividad y propondrá cambiar su denominación «se trata de un capítulo sensible de la historia nacional». Que dual el adjetivo sensible, denota ‘enormidad’ y, al mismo tiempo, ‘apenas perceptible’. Sin palabras, ausentes de las autoridades de la Facultad.

A nuestro humilde entender, el pensar ya no resulta como se concebía de antiguo como una actividad, de suyo, lógico-racional; se entiende cómo una actividad producida por sistemas complejos donde, indudablemente, confluyen las sensaciones, intuiciones y creencias que conforman parte de ese pensamiento. El aspecto lógico-racional es, sin duda, una parte, uno de los atributos del pensar, pero no «todo el pensar». El pensamiento concreto es, además, un pensar situado sujeto a un sistema de relaciones que, en el campo de lo científico, abarca sistemas de relaciones de poder y de cooperación internacional asimétricos. Si alguna duda existe sobre ello, propongo analizar la realidad a partir de uno de esos aspectos, es decir, de los resultados de esa cooperación.

Lo expuesto no implica abandonar cierta esperanza —tal vez utópica— de emprender la búsqueda de respuestas a los problemas universales. Pero en casos como el que nos ocupa, una verdadero pensar respecto a la colonialidad requiere y debe responder también a la comprensión de complejos sistemas de intereses que tensionan, y de los problemas concretos de los países desde donde se piensa.

A cuarenta años, entendemos que lo recomendable —aunque no excluyente— es que pensar Malvinas constituya un espacio de reflexión científica y dialógica con el resto de Latinoamérica, en especial con los países con quienes compartimos intereses y amenazas. Alejado de las improntas de la tiranía cívico-militar o de los resabios chovinistas de los nacionalismos europeos, interpretar Malvinas nos interpela desde nuestra propia historicidad, de nuestro sentir y pensar, desde nuestras propias pasiones y, sobre todo, desde nuestros propios intereses.

Por su parte, la colonialidad es una cuestión de intereses y de justicia: ¿puede pensarse Malvinas por fuera de los intereses y derechos, más aún, cuando los del Reino Unido han sido caracterizados como coloniales? ¿Dicha colonialidad no influye, en aspectos humanitarios, psicológicos, económicos, sociológicos, científicos y epistemológicos?

Comprendemos que algunos intelectuales —haciendo eterna gala de ciertos prejuicios racionalistas y de objetividad científica— defiendan este tipo de actividades intelectivas desde una lógica de tipo abstracta. Es una tradición aferrada y reconocida y disiento radicalmente con tales presupuestos. Pero si tales prejuicios se encuentran acompañados por la ingenuidad, la impotencia epistemológica puede llegar a un extremo alienante. Además, la actividad científica debiera apartarse unos centímetros de las aspiraciones narcisistas de ciertos científicos y empezar a pensar que debe existir un compromiso entre la ciencia y el país, la nación y los intereses.

Finalmente expresamos nuestra molestia por la actividad a realizarse aunque les asiste el derecho de hacerla —no sólo por la intrascendencia cientifica que le asignamos — sino ademas por la oportunidad en que se pretende realizar.

En tanto la embajadora nos invita al teatro a ver reparadoras historias de veteranos de la guerra y a pensar —académica, asépticamente— sobre intereses contrapuestos; nuestras islas van mutando en un enclave militar y atómico extraordinario, sin antecedentes en la historia de la insularidad austral. Mientras la vida y la salud de nuestros hijos y nietos corren cada vez mayores riesgos, algunos científicos insisten en mirar el «escenario» desde el más allá.

(Estás reflexiones fueron escritas a título personal)

 

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