Una crítica tardía pero sentida sobre la obra teatral “Campo minado” en tiempos de “Jubileo”. Por Francisco Pestanha

Colaboró Pablo Núñez Cortés
No suelo dedicarme a esbozar comentarios ni criticas respecto al noble ejercicio de la ficción artística, ni sobre cine y menos aún, sobre de obras de teatro; es la segunda vez que lo intentaré. La primera —recuerdo— merced a un artículo que constituyó una crítica a la película “Los rubios” de Albertina Carri, pero las circunstancias vinculadas con la conmemoración de los cuarenta años de Malvinas me indujo a interesarme en toda la producción artística que se desarrollaría este año, entre las que se encontraba una obra de teatro llamada Campo minado, dirigida por Lola Arias —con el explícito apoyo del British Council de Argentina, soporte del que tuve la oportunidad de enterarme por comentarios expresados a un periódico nacional por la mismísima embajadora del Reino Unido de la Gran Bretaña, Christine Isobel Hayes—.
Debo reconocer que después de haber analizado durante años algunas de las estrategias diplomáticas británicas y en circunstancias en que la misma embajadora lo hubiera recomendado, asistí a la puesta con cierto prejuicio, pero, aun así, tomé la decisión de presenciarla porque creo que esa dialéctica de opuestos que reina en tiempos actuales y que se impone en la Argentina —donde va operándose una lógica binaria— obliga a cada uno de nosotros a generar un espíritu de apertura y a tratar de salir un poco de lo que Saborido llama «el metro cuadrado» de nosotros mismos.
La obra es un proyecto que reúne a veteranos de ambos bandos, argentinos e ingleses y a partir de la cual se pretende contar las historias de la participación de cada uno de ellos en el conflicto bélico transcurrido en Malvinas.
Resulta obvio que se trata de una obra artística en que la realidad se haya transpuesta por el contexto ficcional en que se inscribe, de allí parto, basándome en la verificación de que en todos los países en que se vive un clima de mayor libertad, el arte se expresa en total plenitud. En ese sentido, no podría objetar ninguna formulación —soy de esa generación que nació con la democracia, donde resulta natural la expresión de múltiples voces—. Asistir una obra de teatro de estas características forma parte de ese espíritu de libertad, que estoy dispuesto a defender hasta las últimas consecuencias.
No obstante, quiero hacer una serie de observaciones de las que intentaré dar cuenta. En primer lugar, rescatar la iniciativa desde un punto de vista que todas veces resulta importante recuperar todas las historias de una guerra, donde es mucho más lo que transcurre subterráneamente como que aquello que se expresa en la superficie y, por lo tanto, en lo que atañe con claridad a los personajes: tres veteranos argentinos que al momento de participar en la guerra eran soldados conscriptos con distintos rangos y formación, dos que combatieron en el territorio y otro como tripulante del ARA General Belgrano.
Por el lado de los ingleses, dos soldados británicos, uno de ellos perteneciente al batallón de gurkhas. Ya desde el punto de vista del equilibrio entre personajes aparece una primera cuestión por considerar: estos soldados ingleses están preparados y pre formateados para las guerras y sus consecuencias, incluso para participar de acciones de carácter traumático por las que el común de las personas jamás atravesaría; tal circunstancia determina que el discurso de los veteranos ingleses sea mucho más centrado en la descripción de esa vida militar profesional en relación con los acontecimientos de la guerra y teñido, además, de esa particular racionalidad práctica que caracteriza —no solo a los ingleses— sino al espíritu idiosincrático de los países que atraviesan el conglomerado angloparlante.
Por otro lado, nos encontramos con un grupo de veteranos argentinos que nada tenían que ver con la vida castrense y que participaron de ella por integrar la experiencia argentina del servicio militar obligatorio, y por el cual fueron convocados para concurrir a las islas.
Si bien la experiencia puede resultar interesante en términos del contexto discursivo que propone, es allí, justamente, donde se observa la primer asimetría: los soldados argentinos cuentan la mayor cantidad de historias, es decir, gran parte del transcurso de la obra se dedica a concentrarse sobre las anécdotas de los veteranos argentinos; ellas están expresadas como experiencias mucho más traumáticas si consideramos, además, el origen de los propios combatientes. Ahí —desde el punto de vista discursivo— aparecen los primeros desbalances que —si bien son imperceptibles— cuando se da término a la obra no deja de sentirse, respecto a los combatientes argentinos, una serie de sensaciones transmitidas que van desde la lástima, recorren la pena y llegan hasta la conmoción.
Los ingleses, entretanto —más allá de algún hecho puntual detallado— relatan hechos no muy diferentes a los que aparecen en cualquier anecdotario militar, característico del que adopta el uso de las armas como profesión, típico en el que una guerra termina siendo cualquier guerra. Sabemos incluso que algunos de ellos han participado en otras contiendas, por lo tanto, en términos de equilibrio, todo aparece sugestivamente sobreorientado a enfatizar nuestras propias penurias que hacia las circunstancias, aun traumáticas, que atravesaron los soldados ingleses.
Y hay que observarlo porque, más allá de ciertas metas aspiracionales que tienen los realizadores por sublimar sus ideas artísticas despegadas de la coyuntura, toda obra tiene un mensaje que —en definitiva— termina siendo político o veladamente ideológico.
En el mismo sentido, otra cuestión llamativa es que la mayoría de las canciones que componen parte del guion están cantadas en inglés; pude constatar que no había canciones en castellano, salvo una parte recortada de la Marcha de las Malvinas que cantan nuestros soldados sobre en el acto final. Todas las canciones fueron en inglés —entre ellas, la canción Get Back de los Beatles—.
Con todo y aunque los veteranos argentinos provengan de una generación que también escuchaba música inglesa —tratándose de una obra dirigida y creada por argentinos— considero que hay una ausencia notoria del cancionero nacional. Si bien son narraciones particulares de tres combatientes, no creo que todos los veteranos de los más de diez mil hombres que desembarcaron en Malvinas en esos meses, fueran grandes admiradores de los ritmos del mar del Norte; insisto, reconozco que se trata de los relatos particulares de cada uno pero, por tal razón, también comprendo que no es representativo.
Como ejercicio teatral y como puesta en escena no defraudará a nadie; las interpretaciones musicales, lo mencioné, son disparejas —el soldado que sobrevivió al Belgrano armó un grupo de rock en el que fue baterista y en un momento hace un solo de batería muy aplaudido y que rezuma talento—.
Luego, aparecen dos recursos muy fuertes y que causan viva impresión; desde el punto de vista de la expresión visual, la escenografía es una especie de reproducción que combina la proyección cinematográfica documental, sobrepuesta con lo teatral —y desde esta perspectiva no estoy en condiciones de juzgarlo como un crítico—. Debo destacar sí, algunas actuaciones remarcables.
Enfocado en el argumento —expresado en lo discursivo— aparecen pinceladas sugestivas: cierto alegato humanista (y condescendiente) por parte de los combatientes del ejército inglés que, a lo largo de su historia, no se han caracterizado del todo por representarlo.
Menciono al caso la intervención del gurkha, que afirma más bien «no haber matado a nadie», al punto casi de «salvar personas». Mientras resuena en mi mente el eco del término cipayo, tan cercano y familiar, descubro que los gurkhas se originaron en la India y, luego, emigraron a Nepal. Suena inspirado el mercenario-actor por el ángel de su compatriota, Mahatma Gandhi —que conoció en primera persona el rudo «humanismo» de las tropas coloniales inglesas— y las paradojas se hacen explícitas: el «altruismo pacifista» trastoca en ramas de olivo los cuchillos kukri.
Ensayo una similitud ficticia, traten de imaginar cómo sería: un grupo de mapuches, entrenados en múltiples técnicas de combate, reclutados por Pakistán para luchar contra la India por su antiguo territorio de Cachemira. Lo naturalizamos desde un lado y nos parece descabellado en sentido opuesto (cuando es ridículo de un lado, es que suele serlo de ambos). Abstracción aparte, cuando crean que lo insólito comienza a desbordar en el absurdo, permítanme la siguiente observación: sólo una potencia en el mundo podría unir con un hilo invisible e insidiosamente colonial tan dispares culturas, la Compañía de las Indias Orientales británica, que operó en esos dos países desde el siglo XVIII y fue la primera en contratar «gurjas». Hasta los mapuches —tomados antes como ejemplo— se vieron despojados por un sucedáneo moderno de la compañía: Joe Lewis. ¿Insólito?, no tanto. El campo simbólico es inagotable, todas las analogías son bienvenidas.
Volviendo a la obra, tampoco creo que aporte emotividad suficiente, es decir, quizás algunas ausencias podrían haber sido suplidas por la construcción de un relato un poco más conmovedor; es una obra que si bien fue presentada en el teatro San Martín y encontró reconocimiento, los aplausos surgen de una concepción vetusta originada en los primeros años de la posguerra, donde la victimización de los combatientes que participaron de la guerra de Malvinas —soldados conscriptos— resultaba moneda corriente. No conmueve y es, a todas luces, antigua en la ontología del veterano.
Toda la puesta, en general, es conducida por un leitmotiv que se empeña en dejar muy en claro que los relatos comparten un denominador que remite a lo que se conoce como «proceso de victimización de los veteranos». Uno de los soldados argentinos —graduado en la escuela de leyes después de la guerra, se anima a disonar con el supuesto y, sugerentemente, nos deja saber durante su relato que se negó a disparar desde el primer momento— necesita aclarar que no se siente víctima y, por lo tanto, trata discursivamente de romper con esa victimización, pero termina desapercibido ante las múltiples crónicas a las que se apela, cayendo así en la igualación. Sin serlo, todo parece lo mismo. Respecto a los tres combatientes argentinos —como es mi costumbre mencionar— merecen mi respeto y reconocimiento, no sólo en su carácter de tales, sino también por haberse permitido expresar en el modo que lo hicieron sus sentimientos y sensaciones. Como siempre, honor y gloria para ellos.
Utilizando el recurso de la entrevista, la puesta intercala lo dramático con lo argumental; así, justifica una especie de set de filmación donde los actores tratan de compartir con el público imágenes superpuestas del pasado.
Ya dije que desde ese punto de vista estético no encuentro mayores objeciones, pero sí respecto de la síntesis que uno se lleva. Obviamente, Malvinas es un recuerdo muy karmático para nosotros —y debe serlo para un reducido grupo de la población británica—. La circunstancia de que gran parte de los relatos narrados hayan conducido hacia las miserias, hacia las tragedias, provoca que la obra no pueda ser divorciada de una de las tantas visiones que recaen sobre Malvinas; sin negar la realidad que cada uno de los personajes va contando —no cuentan historias de otros— cuentan vivencias de sí mismos.
La obra en general culmina ratificando en el público la idea del soldado argentino como víctima. Como ya he dicho en otras páginas, ahí encuentro la razón por la cual no solamente la embajadora financia y recomienda la obra por medio del British Council. Está, además, perfectamente relacionada con la agenda estratégica fijada por la representante diplomática, que señala que todos los esfuerzos de la Gran Bretaña se van a orientar al soporte material y al apoyo de actos humanitarios: «En el sufrimiento de los veteranos de ambos lados, de las familias y también de los isleños que vivieron una experiencia traumática —dirá varias veces— para luego recomendar la obra Campo minado, según lo expresó para el diario Clarín.
Ese «humanitarismo» tan particular y contradictorio, debe encuadrar con la obra por necesidad. Reaparece el cuestionamiento al tema de la guerra, a la temática de sus consecuencias o a los relatos que implican observar una guerra desde el «microscopio civilizatorio»; claramente y sobre todo, por parte de los soldados ingleses, resulta evidente y explícita esa urgencia por «humanizar». Un elemento más en el proceso de desmalvinización, donde los «civilizadores» terminan siendo los ingleses que, además de combatir por nosotros una guerra contra la dictadura genocida, nos ayudaban como pueblo a recuperar la democracia.
He notado que a muchos espectadores les ha gustado la obra y es atendible, quién no simpatiza con una propuesta que parece sugerir una reconciliación en la adversidad común atravesada, un encuentro que parece igualar ante la miseria de la guerra y en la que cualquier ser humano es sumido. Sólo señalo que no es una trama inocente y que deja secuelas al espectador incauto. Que hay un sector que coincide abiertamente con esa posición respecto de la guerra —de acuerdo; pero debo advertir que hay otra que puede ser permeable a lo subliminal del argumento.
No es una obra de teatro clásica; no se sale de Campo minado como se sale de ver My Fair Lady.
Quizás, ingenuamente, no han podido observar que la trama general porta un mensaje y ese mensaje queda grabado, tal vez, de modo indeleble: así es, forma opinión. Otro breve pero eficiente capítulo más de la posverdad, escrito por los maestros de la intelligentzia. Una «segunda trama», escrita en tinta invisible y que se vuelve imprescindible develar en clave de soberanía preventiva.
Hasta el título de la obra se nos ocurre funcional y complaciente. Margaret Thatcher supervisó los campos de minas en Puerto Stanley de los que, según dijo la embajadora, ya no quedan vestigios en las islas. Irónico colofón, si me permiten, hasta Diana Spencer fue víctima de ese «campo minado» de semánticas aviesas y que se volvió causa de su lucha durante toda su corta vida: en el orden material, contra las minas antipersonales y sus fabricantes; en el simbólico, contra las que ponía a su paso la familia real. No menciono la conveniencia de su obvio final, ustedes lo pensaron antes que yo lo escribiera. Lo que se entierra y se olvida —tarde o temprano— explota.

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