La zoncera del “setentismo”

Por Néstor Gorojovsky

“¿Oligarquía? Imperialismo?”.  Para muchos, eso de “oligarquía e imperialismo” es banal; les suena pasado de moda.  Lo oyen y lanzan la ráfaga: “¡Setentismo puro!”.

¿Setentismo?  La voluntad de esconder las fuerzas motrices del 76 es mucho más setentista, porque no permite avanzar, que la voluntad de hacerlas públicas.  Cerrar heridas con la purulencia adentro es la vía regia a la septicemia.  Hay que abrir, limpiar y dejar que el tejido sano cicatrice.  A los “setenta” hay que actualizarlos, metabolizarlos, superarlos, nunca taparlos bajo miles de lápidas.

Esto es válido también para quienes, diciéndose “democráticos”, “populares”, e incluso “revolucionarios”, tienden sistemáticamente a reducir el debate sobre los setenta a la cuestión de la brutal represión.  Apuntan a un asunto central, pero al absolutizarlo terminan asfixiando el debate de fondo.  Tienen, en eso, inesperados acompañantes.

El setentismo de la derecha oligárquica

Pocas semanas atrás, Jorge Pereyra de Olazábal, funcionario del Proceso y de Menem, “gremialista empresario” y dirigente de primera línea de la ahora alicaída UceDé de Alsogaray, lo dijo con todas las letras mientras miraba de soslayo a la Casa Rosada de Kirchner: “Los zurdos no quieren aceptar que la guerra la ganamos nosotros”.

Elige público y términos con precisión digna de mejor causa.  Le habla a las Fuerzas Armadas, consciente de que mientras siga cristalizada la discusión sobre el Proceso no habrá modo de romper la encerrona fatal que nos llevó a Videla, las torturas, las desapariciones, y eso que Rodolfo Walsh denominaba el peor crimen del régimen:  la destrucción de todo un país para hacer de él una colonia. Pereyra apuntala esa espuria “tradición militar” que las llevó colaborar con quienes, como él, destruyeron al país.  Pretende mantenerlas como brazo armado de una facción antinacional, cuando deberían ser el puño de acero de la Nación.  Reabre de hecho todas las heridas…

Si eso no es el más puro de los setentismos, no sabemos cómo llamarlo.

La desaparición de las Fuerzas Armadas

La glorificación de una “guerra” que nunca lo fue sirve además para cubrir con falsa gloria la inevitable consecuencia del período abierto en 1976 sobre las mismas Fuerzas Armadas : su degradación final, tan inevitable -dadas las políticas económicas adoptadas- como la del país que las sostenía.  ¿Qué destino tenían para los militares los partidarios del libreempresismo proimperialista?

En primer lugar, lo obvio:  el Proceso las redujo a repudiables y repudiados sicarios sanguinolentos de las clases dominantes y sus aliados extranjeros.  Durante años, mientras otros tomaban las decisiones fundamentales, llenaron el país de desaparecidos y algunos se quedaron con “botines menores”, por ejemplo algún bebé. Pero su crimen mayor fue que garantizaron al estáblishment las condiciones que necesitaba para endeudarnos, saquearnos, destruir nuestra industria, extranjerizar la economía, aplastar la clase trabajadora y -en general- liquidar todos los sectores productivos del país.

Al momento de repartir responsabilidades, el establishment derivó sobre las FF.AA. todo el justificado odio popular:  el uniforme era motivo de repudio, mientras que los principales instigadores, colaboradores y responsables de la recolonización del país (Martínez de Hoz, Alsogaray, Alemann, Diz, Klein, Solanet, Smart, y otros, más oscuros aún) se paseaban por nuestras calles, probos y respetados ciudadanos dignos de la mayor consideración [1].

Finalmente, además de cargar con el repudio masivo por el Proceso y los desaparecidos, las Fuerzas Armadas terminaron desaparecidas ellas mismas como herramienta eficaz de la defensa de la Nación.  Esto ya había comenzado a vislumbrarse en Malvinas, guerra que, técnicamente, la Argentina no debió haber perdido, no al menos del modo oprobioso en que se perdió.

Ya en ese momento se hizo claro que el heroísmo de tropa y oficialidad no podía superar el derrotismo implícito en una doctrina militar que hacía de nuestras FF.AA. aliadas de Occidente en una “tercera guerra mundial” que, curiosamente, había empezado con Platón (antes que la primera), según abusaba de su origen griego el general Cristino Nicolaides.

No por nada la discusión sobre los motivos de la derrota sigue obturada.

Alfonsín y Menem terminan de cerrar el círculo.  Diversas medidas políticas, administrativas y de “doctrina militar”, adoptadas con los pretextos más sutiles, nos dejaron sin Fuerzas Armadas adecuadas a nuestras necesidades reales.  Si en una noche de mal vino al jefe de carabineros de Coihaique se le ocurre invadir Chubut, entramos en una crisis de defensa nacional de primer orden.  Ni hablar del tráfico de armas y municiones (y su correlato local:  el estallido de Río Tercero), o de la transformación de antiguas fábricas que hacían a la independencia militar en apéndices del rearme de un ejército extranjero, para más datos enemigo común de todos los pueblos de América Latina y principal mecanismo de ruptura de la paz hemisférica: el de los EE.UU., para el cual trabaja la Lockheed en lo que alguna vez fue la planta aeronáutica militar argentina.

Las dos políticas militares del bloque antinacional

Para colmo, el establishment semicolonial y su horda de politiqueros a sueldo instrumentaron una política dual hacia las Fuerzas Armadas.  Para consumo interno de los cuarteles tenían preparados a los próceres de la UceDé y similares (incluso varios del PJ, la UCR , e incluso del “progresismo”).  Para el conjunto de la población, una sopa opiácea de antimilitarismo abstracto [2].  Ambas políticas se reforzaban mutuamente en el objetivo central de mantener el abismo entre pueblo y FF.AA. que se había comenzado a abrir el 16 de setiembre de 1955 y se había profundizado hasta lo indecible con la “revolución argentina” y el Proceso.

No se trataba, sin embargo, de una mera reafirmación del repudio merecido por mandos convertidos en verdugos de su propio pueblo.  Al contrario:  se trató, por todos los medios, de quitarles visibilidad pública, la conducción de las FF.AA. se mantuvo en manos de defensores del Proceso, y múltiples artilugios oficiales demoraron la acción de la justicia.  Se buscaba algo mucho más grandioso: desmarcializar radicalmente al país, idea implícita en una notable ecuación alfonsinista (“Malvinas = camión atmosférico”), y explicitada detalladamente en algún trabajo del menemista Carlos Escudé.

Azuzando a los militares contra el pueblo y al pueblo contra los militares, el establishment logró empantanar las grandes discusiones, ocultar su responsabilidad fundamental en los sucesos, y hasta sumarse hipócritamente a los homenajes a las víctimas de la dictadura.  Mientras tanto, el papel represivo que habían desempeñado las FF.AA. entre 1955 y 1983 pasaban a cubrirlo una Gendarmería y una Prefectura convertidas en policía militar: en vez de combatir el contrabando, aplastaban manifestaciones.

Las Fuerzas Armadas y el juicio político al Proceso y al 55

El 24 de marzo de 2004, un pequeño grupo de argentinos manifestó contra Martínez de Hoz, recordando que mientras la mirada del país se concentraba en la ESMA muchos criminales del 76 andaban sueltos y eximidos de toda repulsa pública.  Quien esto escribe formaba parte de ese grupo, y por los comentarios que luego recibió cree haber aportado algo útil a la discusión profunda de la relación entre el campo popular y los uniformados, una discusión que nos eleve por encima de las comprensibles y necesarias exigencias de justicia individual.

Porque ahora que todas las llagas del régimen están al aire es el momento de hacerle justicia definitiva, liquidando toda su herencia económica, política y social. Y esto no puede hacerse contra las Fuerzas Armadas.  Antes bien, el ejemplo venezolano demuestra (como si no tuviéramos el extraordinario antecedente local del peronismo) que una alianza patriótica de Fuerzas Armadas y pueblo es invencible.

En países oprimidos y sometidos como los nuestros, a poco que un civil se ponga a reflexionar seriamente sobre las cuestiones económicas y sociales de fondo, surge la figura del militar que garantiza el orden vigente o que lo cuestiona.  Y a poco que un militar se ponga a reflexionar sobre las debilidades del propio sistema de defensa nacional, surge la figura del civil que vende al país o lo defiende.

Sería bueno que el 24 de marzo de 2006 civiles y uniformados no sólo repudien al Proceso en cuanto tuvo de criminal sino que también estén luchando por la Nación , como lo supieron hacer en la guerra de la Independencia , en Obligado, y en Malvinas.  Nuestro futuro como país depende de que la defensa nacional, en el más amplio de los sentidos, vuelva a ser el eje de las políticas de Estado, y la soberanía popular vuelva a ser el principio rector de Fuerzas Armadas que retornen a su lugar de pueblo en armas, expresión combatiente de la voluntad de construir una Patria contra todos los agentes del coloniaje.

1] Martínez de Hoz hasta se dio el gusto de censurar la emisión de un corto televisivo donde Caloi y Dolina lo presentaban, humorísticamente, como un vampiro.  Más derecho al pataleo hubieran tenido los murciélagos, pero ellos no protestaron.  Tuvo que sobrevenir el 19 de diciembre para que un manifestante hiciera un poquito de justicia y le pegara un patadón en las canillas a Roberto Alemann, que no podía creer lo que le estaba pasando.

[2] Este tóxico se consigue en dos versiones:  la socialdemócrata, pacifista “por principios”, y la ultraizquierdista, que considera a las Fuerzas Armadas meros agentes de la dictadura planetaria de los poderosos sobre los humildes

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