PENSAMIENTO EXÓGENO Y ENDÓGENO EN LA FORMACIÓN CONSTITUCIONAL ARGENTINA

Reflexiones del filósofo Coriolano Alberini

Por Alberto González Arzac

En diversos trabajos el filósofo Coriolano Alberini (1886-1960) aludió al pensamiento filosófico en las constituciones e incluso en fracasados proyectos e iniciativas de importancia constitucional acaecidas en la Historia argentina, su país: “la serenidad natural de un filósofo no implica el abandono de los deberes del ciudadano y del patriota”, según sus propias palabras .

Tuvo conocimientos sobrados para hacerlo, ya que a principios del siglo XX estudió simultáneamente en las facultades de Filosofía y Letras y de Derecho en Buenos Aires, abordando ambas disciplinas con notable erudición y talento.
Había nacido en Milán, pero arribó al país con sus padres siendo un bebé de meses, para radicarse en la Municipalidad de Belgrano (Provincia de Buenos Aires) que en 1887 por Ley 1899 pasó a ensanchar, juntamente con la Municipalidad de San José de Flores, la Capital federalizada en 1880.
Allí estudió en el colegio graduado mixto donado en 1883 por el acaudalado comerciante y benefactor Castro Munita, situado en las calles Cuba, Echeverría y Juramento.  Luego cursó el Colegio Nacional de Buenos Aires y en 1806 ingresó a la Universidad de Buenos Aires para cursar Derecho y Filosofía, egresando de ésta en 1911 .
Prontamente fue profesor  admirado en las universidades argentinas; Decano de la Facultad de Filosofía y Letras y Rector de la Universidad de Buenos Aires;  filósofo escuchado en academias y foros internacionales,  de quien el sabio Alberto Einstein (1879-1955) ponderó “las conversaciones que mantuve con este hombre de singular y agudo ingenio” asegurando estar “convencido de que el trato con este pensador tan objetivo, es una fuente de ilustración y de goce intelectual”.
Pese a que las universidades de Buenos Aires, La Plata y Cuyo editaron algunas de sus obras, e incluso la Secretaría de Cultura de la Nación en 1994 compiló algunos de sus escritos, puede decirse que es un autor poco menos que silenciado: si bien Alberini se consideró “poco afecto a la pluma”, varias decenas de valiosos trabajos producidos entre 1908 y 1955,  así como numerosos ensayos, conferencias y folletos que marcaron su evolución a través de 74 años de fructífera vida,  no han sido debidamente difundidos y estudiados.  Tal vez se deba a que Alberini rompió fetiches y tabúes, como crítico de ideas liberales eternizadas en la Argentina por los sectores dominantes.
A manera de homenaje deseo hacer una síntesis de sus apreciaciones sobre la formación constitucional argentina a través de sus estudios sobre la evolución del pensamiento filosófico durante el Siglo XIX, con mención final de sus propias vivencias durante el Siglo XX, en el cual -sin ser un político- las opiniones del maestro estuvieron lógicamente influidas por la inmediatez de los hechos, al calor del debate de ideas. Lo hago como un desafío personal, aún a riesgo de caer en el defecto señalado por el propio Alberini durante un discurso pronunciado en 1943 respecto a la filosofía argentina: casi todo lo escrito sobre historia de las ideas “por lo común, sabe aún a diletantismo”.

PENSAMIENTO EXÓGENO

Filosofía Escolástica.

En Europa entre los siglos XI y XIV se difundió la filosofía escolástica, perdurando durante el Renacimiento.  Se considera  que Santo Tomás de Aquino (1227-1274) fue el exponente máximo a través de la “Summa Theologica”, su obra más importante, donde penetró en la filosofía realista de Aristóteles y su idea del bien común, incorporándolos a la teología católica.
Fue la filosofía enseñada en América durante la colonización española, particularmente en el Alto Perú, cuya Universidad de Chuquisaca se fundó en 1624.  Alberini  la calificó de “doctrina oficial de la Universidad de Córdoba, instituto fundado en el centro del país”,  “el más antiguo de nuestros organismos universitarios,  pues fue fundado en 1614”, cuando nuestras comarcas formaban parte del Virreinato del Perú.  Decía Alberini que la escolástica  “es factor ideológico importado, vale decir, exógeno” .
“El gran teólogo español D. Francisco Suárez,  conspicuo representante del escolasticismo y paladín de la Contra-reforma, fue uno de los principales inspiradores de la enseñanza universitaria colonial. Análogas tendencias, aunque con menos rigor dogmático, se manifiestan en el Colegio San Carlos de Buenos Aires creado en 1771 por el liberal rey español Carlos III, monarca perteneciente a las grandes figuras del despotismo ilustrado” ,  que en 1776 creó el Virreinato del Río de la Plata y en 1782 dictó la “Real Ordenanza para el establecimiento e instrucción de Intendentes de Exército y Provincia”,  considerada la primera Constitución del país por José Manuel Estrada y Emilio Ravignani.
Entendió Alberini que “la enseñanza filosófica en el Colegio San Carlos ostentaba, en medio de la rutina escolástica, uno que otro rasgo de filosofía moderna.  Interesante es mencionar que estas leves inclinaciones liberales algún contacto tenían, por lo menos en la forma de derivación paradójica con las doctrinas del jesuita Francisco Suárez, quien… exaltó el derecho de los pueblos frente al de los monarcas”,  lo que habría de influir precisamente en Buenos Aires tanto en el mando conferido popularmente a Liniers en 1806 tras la Reconquista de la ciudad, cuanto en el Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810 y la formación del primer gobierno patrio el 25 de mayo de ese año.
“De la Universidad de Córdoba y del Colegio San Carlos -dijo Alberini- salieron muchos de los más célebres prohombres de la emancipación nacional, tanto laicos como eclesiásticos”.  “Figura descollante de tal período a fines del siglo XVIII es el escolástico argentino Luis J. Chorroarín” (1757-1823),  nacido en Buenos Aires, que estudió filosofía en el primer curso realizado aquí en 1773, graduándose en 1779, año en que también se ordenó sacerdote.    Enseñó filosofía y fue rector del Colegio San Carlos en 1791.  Asistió al Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810 donde votó por el cese del Virrey Baltasar Cisneros;  fue integrante de la Junta Conservadora en 1812; diputado a la Asamblea del Año XIII y al Congreso que aprobó la Constitución unitaria de 1819,  que no logró ponerse en vigencia.
Se formaron también en la filosofía escolástica otras personalidades de la época,  como el laico Juan José Paso (1758-1833),  que estudió filosofía en la Universidad de Córdoba y leyes en la de Chuquisaca, desempeñando luego en Buenos Aires el cargo de agente fiscal perpetuo, que ejercía cuando pronunció un célebre discurso en el Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810, en el que votó por el cese del Virrey Cisneros.  El 25 de mayo de ese año fue designado secretario de la Primera Junta; integró sendos Triunviratos entre 1811 y 1813;  fue diputado al Congreso de Tucumán que declaró la Independencia (1816); suscribió las fracasadas constituciones unitarias de 1819 y 1826.
El Deán Gregorio Funes (1749-1829) nacido en Córdoba, que allí estudió y ocupó importantes misiones eclesiásticas.  En Buenos Aires integró la Junta de Gobierno (1810) en representación de Córdoba y tuvo destacada actuación en el Congreso que aprobó la Constitución de 1826.
Valentín  Gómez (1774-1833),  sacerdote que formó parte de la Asamblea del Año XIII, firmó la Constitución de 1826 y ocupó el rectorado de la Universidad de Buenos Aires.
Manuel Antonio Castro (1776-1832), abogado salteño que estudió filosofía en la Universidad de Córdoba y leyes en la de Chuquisaca. Fue magistrado y profesor universitario, actuando como diputado en el Congreso de 1824-7.
Pedro Ignacio Castro Barros (1777-1849), sacerdote riojano que estudió en la Universidad de Córdoba.  Fue diputado a la Asamblea (1814) y al Congreso de Tucumán (1816), ocupando el rectorado de la Universidad de Córdoba (1821).
Antonio Sáenz (1780-1825), sacerdote designado primer Rector de la Universidad de Buenos Aires, luego de concurrir al Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810 y al Congreso de Tucumán de 1816.
Vicente López y Planes (1785-1856), poeta autor del Himno Nacional (1813) y abogado, estudió en el Colegio San Carlos y en la Universidad de Chuquisaca.  Concurrió al Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810 y fue diputado a la Asamblea del Año XIII.  Ocupó interinamente la presidencia de la República  (1827);  magistrado y gobernador de Buenos Aires, firmó el Acuerdo de San Nicolás (1852).
Todos estos patriotas, entre otros, tuvieron formación escolástica en las postrimerías del siglo XVIII, aunque también fueron  influídos por ideas iluministas difundidas aquí en el siglo XIX.  Participaron incluso de la formación escolástica  hombres nacidos ese siglo, como Dalmacio Vélez Sarsfield (1810-1875),  originario de Córdoba donde estudió leyes, llegando a Buenos Aires como diputado durante el Congreso de 1824-7.  Fue un jurista excepcional, a cuyos trabajos se deben el Código de Comercio (1859) y el Código Civil (1871), redactando las reformas constitucionales de 1860.
Reflexionó Alberini que “las ideas revolucionarias, no obstante su genealogía francesa, alguna vez llegaron a América por la vía de la propia España”,  como ocurrió con las ideas “juntistas” proclamadas allí en oposición a la Constitución de Bayona (1808),  durante la ocupación napoleónica y las consagradas en la Constitución de las Cortes de 1812, donde los españoles remedaron la “máscara” de Fernando VII usada por nuestros patriotas en 1810.
“Grandes próceres de este extraordinario momento argentino -agregó Alberini- fueron distinguidos hijos de la burguesía liberal de Buenos Aires, entre otros, Manuel Belgrano (1770-1820) quien hizo sus estudios en España, precisamente al final de la época inaugurada por Carlos III; Mariano Moreno (1778-1811), admirador de Rousseau, cuyo Contrato Social prologó en una edición española”.   Belgrano, uno de los principales próceres criollos desde antes de 1810, cuando era secretario del Consulado,  perseveró en la idea de una Constitución monárquica; en cambio Moreno,  que estudió en la Universidad de Chuquisaca,  tuvo una breve e importante participación en los hechos de 1810 e hizo traducir al castellano la Constitución republicana y federal de los Estados Unidos de Norteamérica.

Filosofía iluminista.

También en Europa tuvo origen el iluminismo, movimiento racionalista desarrollado desde las postrimerías del siglo XVII hasta la Revolución Francesa y sus prolongaciones, depositando extraordinaria fe en el progreso.  El iluminismo maduró en el Renacimiento al compás de investigaciones del mundo físico y la antropología, con abandono de la metafísica.  Reaccionando contra la fe religiosa de la escolástica, propició el agnosticismo con la  convicción de que nada era superior a la razón humana y terminó originando crisis moral.  En España y la América española coincidió con la monarquía de Carlos III.
En el pensamiento filosófico argentino el iluminismo se fue incubando a través de lecturas de obras que provenían del viejo mundo, fundamentalmente Inglaterra y Francia, donde hicieron camino los pensamientos racionalistas de Tomás Hobbes (1588-1679), Renato Descartes (1596-1650), Juan Locke (1632-1704), Isaac Newton (1642-1727), barón de Montesquieu (1689-1755), Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), Jeremías Bentham (1748-1832) y otros.  Los patriotas argentinos estudiaron esos autores, al punto de editarse en castellano el Contrato Social de Rousseau.
Alberini calificó a Bernardino Rivadavia  (1780-1845) como “la más alta, férvida y postrera encarnación” del iluminismo argentino, la “filosofía de las luces”. Encontró en Rivadavia “un progresismo olímpico, violento y abstracto” inspirado en el inglés Jeremías Bentham. Fue exponente máximo del “intelectualismo unitario”, que llegó “a soñar con la implantación del  régimen monárquico en el Plata”, al punto que en 1815 (junto a Manuel Belgrano) escribió un proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile.
Estudió Rivadavia en el Colegio San Carlos. Concurrió al Cabildo abierto del 22 de mayo de 1810 votando por el cese del Virrey Cisneros.  Tuvo participación importante durante el Primer Triunvirato (1811-2) y como ministro en Buenos Aires del general Martín Rodríguez (1820-1).  En 1826 fue designado Presidente de la República, renunciando poco después, con lo que naufragó la Constitución cuya sanción propiciara ese año.
“Rivadavia era un gran cultor de Bentham con quien se carteaba y cuya correspondencia, se dice, figura en el archivo de Bentham depositado en el British Museum.  Rivadavia, como organizador del país mediante una Constitución unitaria fracasada en 1826, sintió vivamente la acción de Bentham” . “Rivadavia fracasó como Presidente de la República unitaria de 1826, no supo comprender la estructura de su país, al cual quiso modelar iluminísticamente a golpe de decretos jacobinos”.  “Fue el último representante de nuestro Aufklärung” (iluminismo), sentimiento liberal injertado en la escolástica colonial.  Como hombre de Estado quiso “emprender la organización del país cuya profunda entraña federal no supo intuir porque se lo impedía su unitarismo abstracto y su manía benthamista de legisferar sin sentido concreto de las peculiares circunstancias geográficas e históricas”.
“¿Qué le faltó…?”,  se preguntó Alberini: “sentido histórico”, se contestó a si mismo, explicando que “la falla esencial del iluminismo europeo y, por ende, del argentino en su forma rivadaviana, fue su carencia de sentido histórico, pues abusó de la abstracción en materia de constituciones.  Bentham, maestro preferido de Rivadavia con quien se carteaba, era famoso como formador de constituciones a priori” .
En la crítica a Rivadavia pasó por alto Alberini un detalle importante: que trajo de Paris al pensador napolitano Pedro de Angelis (1784-1859), quien había estudiado las doctrinas de su paisano historicista Giambattista Vico (1688-1744) y las enseñó en Buenos Aires, donde llegó en las postrimerías de gobierno rivadaviano, siendo luego un importante asesor de Juan Manuel de Rosas (1793-1877) en la identificación de un pensamiento endógeno, determinando los matices peculiares del federalismo argentino.  De Angelis ya había hecho conocer en Paris la casi olvidada obra de Vico al filósofo Víctor Cousin (1792-1861),  al historiador  Julio Michelet (1798-1874) y sus círculos áulicos.  E hizo lo propio en Buenos Aires tanto con caudillos provinciales cuanto estudiantes universitarios, sembrando la semilla del pensamiento historicista.
Fue de Angelis quien condenó la “inoportuna promulgación de constituciones escritas sobre el papel, sin un atento examen del estado y condición de los pueblos” y enseñó que era fácil “amontonar máximas para el gobierno del Estado, pero desde que éstas son impracticables, no se ha conseguido más que hacer un gran almácigo de errores.  Es preciso conocer la realidad,  el carácter de sus habitantes y el fin de la política que debe proponerse”.   “El clima, la latitud, la naturaleza del terreno, la religión, las tradiciones históricas, la índole del gobierno, los sucesos políticos, el influjo de los hombres grandes, la abundancia o escasez de los recursos naturales;  estas y otras muchas circunstancias obrando, unas veces juntas,  otras separadamente, forman el compuesto  de prendas y defectos, de virtudes y vicios, a que se ha dado el nombre de carácter nacional” .
Pero Alberini no reparó en la influencia de Pedro de Angelis y creyó que Echeverría hizo conocer a Herder y Vico, leyendo a éste “en la versión francesa de Jules Michelet, gran historiador sobre manera penetrado de historicismo”, por lo que sostuvo que  “el Vico de nuestros románticos, como el de  los franceses, ostenta manifiesto acento herderiano”.  En cambio puede afirmarse que de Angelis hizo conocer en Buenos Aires a Vico en su originaria versión napolitana, acento que su divulgador no declinó traduciéndolo al castellano.

PENSAMIENTO ENDÓGENO

Los caudillos y el Pacto Federal.

Durante el siglo XIX la Patria en armas hizo aflorar en las provincias del Río de la Plata la figura del “caudillo”, jefes de la comunidad y la guerra, verdaderos centros de poder en cada jurisdicción de los antiguos cabildos coloniales.  Artigas en la Banda Oriental y Güemes en Salta fueron patriotas providenciales en la guerra de la Independencia.
Gervasio de Artigas (1764-1850) tuvo una clara definición republicana y federalista, traducida en las Instrucciones que los diputados de la Banda Oriental trajeron a Buenos Aires durante la Asamblea del año XIII, luego  puestas en práctica por la Liga de los Pueblos Libres y las decisiones tomadas por el Congreso de Oriente (1815).  A partir de allí los caudillos fueron inspirando el dictado de constituciones en las provincias que gobernaron:  Estanislao López en Santa Fe (1819), Francisco Ramirez en Entre Ríos (1820), Bernabé Aráoz en Tucumán (1820), Juan Bautista Bustos en Córdoba (1821).
En la batalla de Cepeda (1820) los caudillos López y Ramirez, con sus montoneras santafecinas y entrerrianas, impusieron a Buenos Aires la firma del Pacto del Pilar, fijando el rumbo republicano y federal que de allí en más definió la unión nacional, aunque recién tomaría forma institucional a través del Pacto Federal de 1831, experiencia endógena inspirada por Juan Manuel de Rosas y Estanislao López, caudillos del Litoral, al que años después harán expresa referencia Juan Bautista Alberdi, Pedro de Angelis y Mariano Fragueiro en sus propuestas constitucionales de 1852, el Acuerdo de San Nicolás y la mismísima Constitución de 1853 cuando aludió a los “pactos preexistentes” y conservó el nombre de Confederación Argentina, certificando que aquel pacto de 1831 fue la primera Constitución del país emancipado.
Alberini lo explicó diciendo que “nuestros grandes caudillos, genuinos productos espontáneos de la Argentina incipiente y especie de gallardos y a veces bárbaros condottieri de la pampa, tenían, a su manera, sentido histórico.  Lo tenían a fuerza de instinto, profundo instinto de la tierra”.  Dicho esto por Alberini en 1930, fue una cachetada al criterio que había convertido al liberalismo en un dogma constitucional.  Pero Alberini lo explicaba así: en los caudillos obraba “una especie de genio del Iterland.  El localismo federal no fue sino el agitado protoplasma de una nueva nacionalidad, fenómeno que no siempre lograban comprender los cultos hombres de la política unitaria, cuyo rígido iluminismo odiaba a los caudillos federales como Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga y tantos otros del mismo género”.
Tal vez no reparó Alberini que, sin perjuicio de ese “instinto”, hubo caudillos (como Manuel Dorrego o Alejandro Heredia) graduados en leyes en la Universidad de Chile. Juan Manuel de Rosas, artífice del Pacto Federal de 1831,  fue lector de filósofos y autores del derecho constitucional, contando además con el asesoramiento de Pedro de Angelis.
Anotó Alberini que, mientras los intelectuales unitarios descreían “de la capacidad republicana del flamante pueblo argentino”, el federalismo de los caudillos fue “la más firme expresión, aunque silvestre,  del instinto democrático argentino”, pues adoptaron el sufragio universal frente a los sistemas electorales discriminatorios que idearon los unitarios privilegiando la “razón” por sobre la voluntad de las mayorías populares.  La Época de Rosas y el Pacto Federal de 1831 fueron “la respuesta de la pampa y de las provincias frente a la orgullosa y doctrinaria oligarquía de Buenos Aires, empeñada en avasallar el hondo impulso federal de tierra adentro”.  “La efervescencia federal, en lo que tenía de ciega fuerza histórica surgida de la esencia del país, contribuyó a suscitar un nuevo pensamiento constitucional más acorde con la realidad argentina” .
De allí que,  si bien Alberini consideraba que “las naciones que constituyen la llamada América Latina no tienen pensamiento filosófico original”, como pueblos progresistas “es natural suponer que su desenvolvimiento histórico ha debido realizarse con la ayuda de un sistema de creencias más o menos fundado.  En otros términos, tuvieron ideas, pero han sido menos ideas pensadas que ideas vividas” .
O lo que es igual, fraguadas al calor de las luchas, pero ideas al fin, como lo reflejó en 1844 el anuncio hecho en el Archivo Americano de Pedro de Angelis por el jurista tucumano Adeodato de Gondra, cuando informó que Rosas preparaba “los elementos que deben formar la deseada Constitución Nacional, no como lo han pretendido los pérfidos violadores de todas las leyes, sino cual convenga a las necesidades, genio y costumbre de los argentinos” .
Era un anatema al pensamiento exógeno que pretendió calcar constituciones iluministas,  reivindicando el pensamiento endógeno que buscaba expresarse con autenticidad nacional y Alberini detectaba en la realidad histórica argentina.
Paralelamente Alejandro Korn (1860-1936) hablaba de la “cultura nacional”, considerándola “como manifestación de la propia capacidad creadora en la ciencias, las artes y las letras;  como la afirmación espontánea del pensamiento argentino” y en un trabajo titulado “Filosofía argentina” (1927) sostenía: “si logramos desentrañar ideas implícitas del devenir histórico, hallaremos por fuerza una posición filosófica”.  También Korn, con escándalo para los liberales de su época reconocía en Rosas al caudillo que “llegó por sus propios fueros, porque era el hombre del destino”, y “restauró la autoridad y la unidad nacional”:  tenía “la intuición clara  de las responsabilidades políticas”, como lo demostró en su carta a Facundo Quiroga fechada en la Hacienda de Figueroa (1834), a la que consideró “un programa”, “que el autor redactara en su sencilla jerga criolla, sin algunas consideraciones sobre las evoluciones históricas y sin una mención de Savigny que le hubiera venido de molde”.  “El señor Rosas, considerado filosóficamente, no es un déspota que duerme sobre bayonetas mercenarias.  Es un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo” .

MÁS PENSAMIENTO EXÓGENO

Romanticismo.

En el siglo XVIII tuvo auge en Europa el romanticismo, que abarcó una etapa de la  cultura occidental cubriendo enorme espectro: filosofía, derecho, política, estética, literatura, arte,  fueron seducidos por el romanticismo, exaltando al individuo, la naturaleza, la belleza.  Era expresión de rebeldía y libertad, reaccionando contra el racionalismo en ara de la imaginación.  En Alemania fue precursor Juan Godofredo Herder (1744-1808), quien estudiando en Königsberg había recibido la influencia kantiana y se opuso al iluminismo levantando la noción de Volksgeist (“espíritu del pueblo”), proyectándose en lo jurídico a la Escuela historicista de Gustavo Hugo y Federico von Savigny.
La filosofía romántica tuvo por años una influencia enorme en la Argentina, no sólo en los proyectos constitucionales de 1852 y las Constituciones de 1853 y 1860, como se verá, sino también en algunas leyes de magnitud constitucional, como la federalización de Buenos Aires (1880) y el sufragio universal (1912).
Como pasó desapercibida para Alberini la personalidad de Pedro de Angelis, atribuyó a Esteban Echeverría (1805-1851) la introducción en nuestras playas de la filosofía romántica:  “Hacia 1830 vuelve a Buenos Aires un hombre que desempeñará un relevante papel en la evolución filosófica, literaria y política de la patria. Es el poeta Esteban Echeverría, que vivió en Paris durante los días precursores de la revolución de Julio, vale decir, cuando el romanticismo alemán renovaba la cultura francesa”.  Echeverría importó, además, interesantes conceptos filosóficos y políticos, inspirándose en el complejo movimiento espiritual de la Francia romántica, cuyo elocuente protagonista fue Víctor Cousin”.
La vuelta de Echeverría a Buenos Aires se produjo en la Época de Rosas y sus ideas fueron divulgadas en el Salón Literario del maestro federal y librero Marcos Sastre, donde aquél desarrolló las Palabras Simbólicas.  “Esteban Echeverría implantó una nueva valoración filosófica de la idea federal”, dijo Alberini: “hizo la crítica del unitarismo en nombre de principios filosóficos inspirados en la doctrina historicista de progreso de Herder”.
En rigor de verdad Rosas (que era buen lector) había conocido por Pedro de Angelis el pensamiento de Vico e incluso de Herder, sin poner reparos a las actividades del Salón Literario donde se reunían  Sastre, Echeverría y sus amigos, concurriendo también de Angelis y personalidades del gobierno rosista.
Pero fueron marcándose diferencias: “la filosofía del progreso distingue entre razón popular y voluntad popular”,  precisó Alberini, dejando clavada una respetuosa disidencia con Rosas, cuya figura no dejaron de destacar, pero eran temerosos de lo que el mismo Alberini llamó “las masas de Rosas”, interpretando que “la arbitraria voluntad popular no es libertad”.  “Este concepto está tomado del liberalismo de los doctrinarios franceses, evidentemente oligárquico” y embiste contra el sufragio universal: “la generalización del sufragio debe ser correlativa de una auténtica cultura pública, que el Estado debe fomentar.  Entonces la voluntad popular será razón popular”.
Dentro del romanticismo filosófico y junto a Echeverría, se expresó Juan Bautista Alberdi (1810-1881).  Alberini escribió en “Archivos” de la UBA (1934) su importante  trabajo “La Metafísica de Alberdi”, que es talentoso enfoque de la personalidad de quien ha sido denominado “padre de la Constitución argentina de 1853”.
Sostuvo que “el Fragmento preliminar al estudio del Derecho compendia toda la filosofía de Alberdi”.  Lo dijo con su reconocida autoridad, pese a que ese libro juvenil publicado en 1837 fue concebido por un Alberdi que aún cursaba estudios jurídicos y es uno de sus escritos menos conocido.
“El Fragmento es una obra juvenil, pero penetra toda su obra ulterior” afirmó Alberini, porque procuró “dar a la nueva ley del progreso universal, entendida al modo romántico, una forma esencialmente argentina”,  que es  “la columna vertebral de la ideología práctica de Alberdi”.
Conoció Alberdi la escuela historicista del alemán Federico von Savigny (1779-1861) a través del francés Eugenio Lerminier (1803-1857) quien “como buen ecléctico francés penetrado de espíritu clásico, atenúa el historicismo de Savigny”, observó Alberini.  A imitación de Lerminier, mediante un método ecléctico, Alberdi trató de superar armoniosamente el unitarismo y el federalismo:  “Semejante espíritu triunfará en Caseros, ya que la Constitución del ’53 no es sino el unitarismo cocinado en salsa federal”,  comentó Alberini.
Luego de la caída del gobierno de Rosas  (1852) “el pensamiento cardinal del Fragmento anima las Bases”, afirmó Alberini al considerar la más difundida obra de Alberdi escrita ese mismo año: “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, derivados de la ley que preside el desarrollo de la civilización en la América del Sud y del Tratado del Litoral de 1831”.  “La teoría progresista del progreso afirma, por una parte, lo universal de la ley y, por otra, lo particular argentino mediante el tratado aludido, siempre fiel a la idea de que existe una forma específicamente argentina del progreso universal”,  interpretó Alberini al comentar el título del célebre trabajo.
Y siguió diciendo: “el federalismo -cree Alberdi-, no es, en esencia, error ni barbarie, sino realidad entrañablemente argentina. Hay que contar con él. Tal enseña el sentido histórico, base de toda organización sometida a fines superiores formulados por Alberdi en el Fragmento. La Constitución Nacional, en lo que tiene de federal, comporta un triunfo de la teoría historicista del progreso”.
Esas ideas no eran extrañas a las de otros proyectos constitucionales que circularon en 1852, que  -si bien diferentes- tenían raíces comunes en al “ley de progreso” de los románticos.  Es que dicha ley de progreso fue tironeada desde posiciones políticas disímiles. Así el propagador de Vico, Pedro de Angelis escribió un proyecto a pedido del general Urquiza  (triunfador de Caseros), mientras que el divulgador del socialismo del conde de Saint Simon  (1760-1825) y Pierre Leroux (1797-1871), Mariano Fragueiro (1795-1872) expresó su pensamiento en “Cuestiones Argentinas”.  Fue José Benjamín Gorostiaga (1822-1891), jurista vinculado a de Angelis en su labor periodística durante la Época de Rosas, quien encaró la tarea de compatibilizar en lo posible esos matices en el texto constitucional finalmente sancionado en 1853.
No tardaron las críticas a aquella Constitución aprobada por las provincias interiores en medio de una guerra con el Estado de Buenos Aires.  Fueron gatilladas por Domingo Faustino Sarmiento  (1811-1888), “la figura más imponente y nerviosa del romanticismo liberal argentino” (a criterio de Alberini) quien en 1853 escribió sus “Comentarios” sentando desacuerdos sobre temas que volverían a discutirse en 1860, año en que el Pacto de Unión Nacional suscripto en San José de Flores (1859) por la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires hizo posible la revisión constitucional (a instancias de Buenos Aires) en una Convención Constituyente ad hoc que reformó la de 1853 desoyendo los lamentos de Alberdi y sancionó la Constitución federal de 1860.  Entre otras reformas, trocó el nombre de “Confederación” por el de “Nación”.
El romántico Sarmiento tuvo actuación descollante en aquella ocasión, pero debió auxiliarse con la sapiencia legal de quien sería redactor final de las reformas de 1860,  el doctor Dalmacio Vélez Sarsfield, ese veterano jurista formado en la escolástica durante los estudios en la Universidad de Córdoba, que había acompañado los gobiernos de Rivadavia y Rosas, al que Alberdi criticara en el “Fragmento” y objetaría mucho más después de 1860.  Eran épocas en que Vélez Sarsfield ya había estudiado los autores románticos, particularmente  el historicismo de Savigny, pero en materia de codificación había tomado partido por la opinión de su oponente, Anton F. Thibaut (1772-1840) con motivo de la codificación civil alemana en 1814. Al respecto apuntó Alberini que Alberdi “en 1868 hizo la crítica del proyecto de Código Ci vil argentino presentado por Dalmacio Vélez Sarsfield, y siempre en nombre de los mismos principios historicistas sostenidos en 1837”.
Sarmiento tenía una idea discriminatoria de la Constitución que quedó sentada en su obra con estos términos: “Una Constitución no es la regla de conducta pública para todos los hombres.  La Constitución de las masas populares son las leyes ordinarias, los jueces que las aplican y la policía de seguridad” (es decir, el rigor de la ley).  “Son las clases educadas las que necesitan una Constitución que asegure las libertades, de acción y pensamiento;  la prensa, la tribuna, la propiedad, etc. (es decir, los beneficios de la ley), y no es difícil que éstas comprendan el juego de las instituciones que adoptan” .
Veinte años después se produjo la federalización de la ciudad de Buenos Aires (1880), uno de los temas que había dividido al país en 1853. Alberdi era entonces diputado nacional y apoyó esa sanción en escritos donde puso de resalto su importancia constitucional, por cuanto consolidaba la unión nacional.  El Presidente de la Nación que afrontó esa dura circunstancia con el alto costo de una guerra civil sangrienta fue el Dr. Nicolás Avellaneda (1836-1885), otro romántico abogado “admirador de Savigny”,  al decir de Alberini.
La generación argentina de  los ’80 puso en boga el “positivismo”, filosofía que confirió validez científica a los conocimientos tomados de la experiencia, rechazando los conceptos absolutos y apriorísticos, oponiéndose  a la metafísica y  la filosofía especulativa.
Comentó Alberini que “los discípulos de Alberdi, máxime los de temperamento positivista exageraron sobremanera, especialmente después de 1880, el aspecto pragmático del famoso libro de Alberdi (Bases), cuyo sistema lejos de conducir al materialismo, en realidad es una vigorosa política de medios puesta al servicio de fines fundados en una metafísica espiritualista.  No confundamos, pues, la doctrina de Alberdi con el espúreo alberdismo de los positivistas”.
Es una explicación dada por Alberini que ilustra sobre la longevidad de la Constitución de 1853-60, más allá de la moda filosófica del romanticismo.

VIVENCIAS CONSTITUCIONALES DE ALBERINI

Siendo estudiante de filosofía de la UBA Alberini fue un militante de la reacción contra el positivismo argentino que entonces estaba representado por Florentino Ameghino, José María Ramos Mejía, Víctor Mercante, Carlos Octavio Bunge, José Ingenieros, Juan B. Justo y tantos otros.
En una nota periodística Alberini señaló el arribo a la Argentina de esa corriente del pensamiento: “Hacia 1870 surge el positivismo en nuestro país.  Comte, Spencer, Haeckel, comienzan a tener un poco de influjo”.  “La forma más anacrónica y ruidosa del positivismo argentino se halla en José Ingenieros.  Su técnica de la nombradía fácil, la soltura de su prosa periodística, su don para cabalgar sobre temas espectaculares del momento, han hecho de él un escritor leído por la mesocracia intelectual centro-sudamericana”.
Sin haberse graduado y enfrentando a sus propios profesores Alberini encabezó en 1910 el movimiento opuesto al positivismo, al que habrían de sumarse recordados profesores como Alejandro Korn y Rodolfo Rivarola, fundando el Colegio Novecentista, que promovió el “regreso de Kant y un idealismo militante que defienda la libertad humana” .  De ellos dijo Alberini: “Ciertos profesores, cuando abandonaron el positivismo, se limitaron a una incipiente gnoseología, tales como Rodolfo Rivarola primero y después Alejando Korn.  No en vano llegaron tarde a la filosofía. Los jóvenes, en cambio, teníamos desde los comienzos, amor a los principios cardinales metafísicos, gnoseológicos y axiológicos. Nos gustaba la aventura metafísica” .  Esos acontecimientos no fueron ajenos a circunstancias que se produjeron poco después: la sanción del sufragio universal que permitió el acceso de sectores medios a la política nacional y la reforma universitaria, tema abordado por Alberini en un trabajo que data de 1918 y fue publicado más de medio siglo después .
La Ley Sáenz Peña (1912) de voto universal, obligatorio y secreto fue otro acontecimiento de magnitud constitucional, que contó con la adhesión de Alberini, para transformar el corte oligárquico de los gobiernos, dándole legitimidad democrática. Nadie desconoce el papel preponderante que para ello tuvo el Dr. Hipólito Yrigoyen, primer presidente radical que accedió en 1916, dando nueva impronta romántica al accionar político.
En pleno auge del positivismo, una corriente tardía del romanticismo derramaría su influencia con conocidas consecuencias políticas, oxigenando aquel esquema oligárquico con nuevos aires democráticos.
En 1930 Alberini escribió: “Existe en la Argentina una muy ulterior influencia romántica alemana, por cierto un tanto esporádica. Me refiero a las ideas morales de Krause, filósofo olvidado en Alemania, pero de extraño y fuerte influjo en España, donde fuera introducido a mediados del siglo XIX,  por el filósofo español Sáenz del Río, traductor de una obra de Krause titulada Los Ideales de la Humanidad.  El krausismo renovó la cultura española, suscitando además un gran entusiasmo republicano, que culminó con la revolución española del año 1869.  Figuras próceres de este movimiento fueron grandes españoles como Castelar,  Salmeron,  Pi y Margall y tantos otros, en la política;  y Francisco Giner de los Ríos en la educación. El lenguaje abstruso de Krause, al penetrar en el castellano produjo las más pintorescas y barrocas fraseologías. No ocurrió lo mismo con el krausista belga Tiberghien, cuya obra fue conocida y estimada por el actual presidente de la República Argentina, doctor Hipólito Yrigoyen”, (quien a fines del siglo XIX había sido profesor de filosofía).
“Las ideas del krausismo han penetrado a tal punto en las tesis políticas y diplomáticas de este gobernante, que él mismo, en nombre de la teoría de la personalidad moral de las naciones, impuso, como es notorio la neutralidad argentina durante la última guerra”.
Esto era especialmente destacable para Alberini quien sostuvo que “el filósofo no puede prescindir en absoluto de la experiencia moral vivida por las colectividades humanas, máxime de la nación a que pertenece” en oportunidad de disertar sobre “La filosofía y las relaciones internacionales”  en el Congreso Internacional de Filosofía reunido en 1926 en la Universidad de Harvard.
En 1916, cuando llegó por primera vez a la Argentina José Ortega y Gasset, Alberini organizó con un grupo de jóvenes los encuentros filosóficos: “No sabemos bien qué quiere filosóficamente;  sólo sabemos que es anti-positivista y eso nos basta”, decía Alberini.  Y siguió siendo su anfitrión en la posterior visita de 1928 .  En 1929 Alberini presentó también al escritor y pensador norteamericano Waldo Frank , aquél que al enterarse del golpe de Estado que en 1930 derribó al Presidente Yrigoyen manifestó que “los sucesos olían a petróleo”, acordando significación económica al quiebre constitucional.
En la “Introducción a la Axiogenia” principió Alberini el estudio del origen del valor, que abordó en el campo de la psicología biológica, con el objeto de contribuir  a solucionar conflictos entre logicistas y sicologistas, indagando los elementos axiológicos del conocimiento para discernir lo axiológico de lo objetivo. “Hemos corrido, hace tiempo, el riesgo de inventar la palabra axiogenia”, decía.  Pero llegó más allá hablando de la “axiogenia nacional”, porque -aún cuando se diga que la filosofía no tiene patria- “el filósofo, como hombre, concretamente considerado la tiene aún cuando se empeñara en no tenerla, pues no cabe vivir fuera de la historia, la cual, a pesar de la unidad de lo humano, se manifiesta en forma heterogénea, esto es, de nacionalidades”.  “El filósofo no puede prescindir en absoluto de la experiencia moral vivida por las colectividades humanas, máxime de la nación a la que pertenece” .
La nacionalidad adquirió así un sitio importante en el pensamiento filosófico de Alberini: “En nuestros días se manifiesta una fuerte reacción contra el positivismo y se perciben los síntomas netos de que la filosofía contemporánea ofrece los medios para la formación de una cultura filosófica penetrada de severa erudición y de espíritu crítico.  Parece que las ideas comienzan a interesar por ellas mismas y no como simples instrumentos de la acción inmediata.  La cultura pura sigue a la  cultura exclusivamente pragmática.  Y Buenos Aires es el órgano latinoamericano más importante de este nuevo espíritu cultural”.  “La Argentina es un pueblo que, por su vitalidad, debe necesariamente reaccionar sobre los elementos de origen extranjero, de tal suerte que inevitablemente resulta la formación de un carácter propio. Por esta razón se puede afirmar que la Argentina es el pueblo de América Latina que se ha adaptado a la cultura latina de la manera más profunda y auténtica” .
La firmeza de Alberini en sus convicciones fue permanente en los momentos políticamente difíciles que precedieron la Segunda Guerra mundial:      “Seriamente cultivada -decía- la filosofía impondrá la tercera dimensión a la cultura argentina, esto es, daremos el espíritu de profundidad y una fuerte conciencia espiritual” .
Una hemiplejia en el verano 1943/4 obligó a Alberini a retirarse de la enseñanza y la vida pública, recogiéndose a su vida privada, lo que no impidió que diera a conocer algunos excelentes escritos .
En aquellos años la Argentina se aprestaba a un cambio importante en su vida política, económica y social;  en el campo filosófico la semilla sembrada por Alberini había dado sus frutos y el país contaba con destacados cuerpos de profesores en sus universidades.
En décadas anteriores el “neotomismo” había reactualizado el pensamiento de Santo Tomás de Aquino.  Su figura más representativa fue Jacques Maritain (1882-1973), filósofo francés con quien en 1933 tomó un curso en Paris el Dr. Arturo E. Sampay (1911-1977), joven filósofo, político y constitucionalista que luego escribió dos importantes obras: “La crisis del Estado de Derecho liberal-burgués” (1942), que Alberini aplaudió considerándola entre los mejores libros escritos sobre el tema en Occidente, y “La filosofía del iluminismo y la Constitución argentina de 1853” (1944), sobre la que tuvo asimismo palabras de encomio.
Fue precisamente Sampay en 1949 el encargado de la redacción final de la Constitución Nacional sancionada ese año, de la que fue miembro informante en la Convención Constituyente convocada al efecto.  Desde 1946 había accedido a la Presidencia Juan D. Perón con apoyo de masas laboriosas sin precedentes y la nueva Constitución reformó el texto aprobado en 1853-60 consolidando el avance democrático con la incorporación de voto femenino y la ampliación de los derechos cívicos a los habitantes de Territorios Nacionales;  incorporando cláusulas sociales y económicas adecuadas a su tiempo y consagrando la soberanía del Estado sobre recursos naturales y resortes fundamentales para el desenvolvimiento del país.
El Presidente Perón volcó sus criterios el 9 de abril de 1949, en la sesión plenaria del Primer Congreso Nacional de Filosofía desarrollado en Mendoza durante una exposición pública realizada ante 52 relevantes filósofos extranjeros y 72 argentinos, que luego habría de titularse “La Comunidad Organizada” .  Dentro de una amplia exposición del pensamiento filosófico de todos los tiempos, repetidas citas de Aristóteles y Santo Tomás otorgaron una clara filiación a ese discurso, comprometido con la defensa del bien común.       “La tomística -dijo Perón- centró al hombre en un momento decisivo,  en un panorama hasta entonces confuso”: por eso  “Santo Tomás informa toda una Edad humana”.  En su pensamiento estuvieron fundadas la idea de democracia, de justicia social y el principio de función social de la propiedad que consagró la Constitución de 1949, adaptados a la realidad argentina y enunciados en un marco de adhesión popular.
El Congreso tuvo lugar en pleno auge mundial del “existencialismo”, movimiento filosófico desarrollado en Alemania y Francia tras sucesivas guerras mundiales y sus catastróficos resultados, cuando muchos se consideraban sobrevivientes de esas calamidades. Era un momento propicio para buscar en el talento de los filósofos esperanzas que ayuden a seguir viviendo.
Estando la Argentina alejada de esa dramática realidad, a la que extendió una mano solidaria, Alberini consideró al “neotomismo” que tiñó la reforma constitucional como un sello de nuestra identidad filosófica, con el que el país volvía a retomar el pensamiento originario de los próceres de la emancipación, producto de casi dos siglos de enseñanza tomista en nuestras antiguas universidades,   para reactualizarlo en el tiempo.  Y observó en el mensaje de Perón cierto eclecticismo muy personal, desde que las citas de Aristóteles y Santo Tomás se combinaron con otras de varias decenas de  autores que cubrían pensamientos influyentes en etapas de la Historia argentina, llegando hasta el existencialista Martín Heidegger (1889-1976), filósofo alemán en boga por entonces, que no pudo concurrir al Congreso pero adhirió a través de un saludo a los colegas.
La participación de Alberini en ese Congreso de Filosofía significó un retorno a la vida pública, a pesar de sus impedimentos físicos.  Fue Secretario técnico del evento, organizado en el seno de la Universidad Nacional de Cuyo,  siendo rector su amigo Fernando Irineo Cruz, que acababa de integrar la Convención Constituyente de 1949 .
Alberini habló en nombre de los miembros argentinos: “El Congreso se llama Nacional pero en realidad es internacional, y en ese sentido tiene la magnitud del de Harvard, realizado en 1926, donde tuvimos el honor de representar oficialmente a la Argentina”.   Y expuso sobre el tema “Orígenes de la educación filosófica en la Argentina” .
Lo acompañaban en su tarea prestigiosos filósofos argentinos, como Carlos Astrada, Ángel Vasallo, Nimio de Anquín, Eugenio Pucciarelli, Carlos Cossio, Hernán Benitez, Enrique Aftalión, José E. Miguens, Raúl Bustos Fierro, Juan Pichón Rivière, Luis Farré, Rodolfo Mondolfo, Ismael Quiles, entre otros tantos; con la presencia de filósofos extranjeros de la nombradía de Benedetto Croce, Bertrand Russell,  José Vasconcelos, Julián Marías, Gabriel Marcel, Hans Gademer, Karl Jaspers, Gustav Mueller, Francisco Miró Quesada, Alberto Wagner de Reyna, Réginald Garrigou-Lagrange, Michele F. Sciacca, Carlos Vaz Ferreyra, etc.  Así se convirtió en un verdadero acontecimiento mundial de la filosofía:  “una festiva  reunión internacional de pensadores”, la llamó el filósofo peruano Wagner de Reyna.
“Ese tiempo de primores acabó para la Argentina en 1955 -diría años después el filósofo Diego Pró-.  Sobrevinieron años de error, injusticia e indignación, con funcionarios políticos que actuaban masivamente en la Universidad.  En el trance que llamaban técnica revolucionaria perdieron la serenidad para discernir méritos y culpas con actos accidentales, con ceguera marcadamente política, con la cual agraviaron a muchos que habían dedicado sus vidas y las de sus familias a enriquecer la cultura del país”.
Leyendo esos párrafos podrán encontrarse las causas del silenciamiento a que fue secretamente condenado Alberini.
Recuerdo la única visita que tuve el gusto de hacerle, acompañando a mi maestro Arturo Sampay al finalizar la década de los ’50.  Lamentaba Alberini que el interventor de la UBA José Luis Romero haya desbaratado el excelente cuerpo de profesores de filosofía reunido durante años con tanto esfuerzo, preguntándome qué ocurría en la Facultad de Derecho de La Plata, donde yo cursaba aún:  “No creo que el panorama sea bueno -agregó- desde que el doctor  Sampay no es allí profesor…”.
Cuando le expresé mi afición por el Derecho Constitucional  me dijo con sorna:  “¿Constitución?.  ¿Puede denominarse así un bando militar?. ¡Seguro que si hipotéticamente al doctor Sampay le ofrecieran el cargo de profesor, lo rechazaría por considerar una indignidad llamar Constitución a la imposición de unos señores uniformados!”.

NOTASALBERINI, Coriolano: Discurso pronunciado en 1926 en la Universidad de Harvard durante el Congreso Internacional de Filosofía, sobre el tema “La filosofía y las relaciones internacionales con especial referencia al tema Axiogenia Nacional y Valores Universales”.

Ver: AGOGLIA, Rodolfo M.: “Coriolano Alberini en la cultura y pensamiento argentinos”, en “Revista de Filosofía”, U.N. La Plata, 1963, Nº 12 y 13; CASAS, Manuel Gonzalo: “Coriolano Alberini y la filosofía argentina” en “Humanitas”, U.N. Tucumán, 1958, Nº 8; PRÓ, Diego: “Coriolano Alberini” U.N. Cuyo, Mendoza, 1960; SANTILLÁN, Diego Abad de: “Gran Enciclopedia Argentina”,  Buenos Aires, 1956, Tomo I;   TORIBIO, Daniel: Prólogo al libro de Coriolano Alberini “Problemas de Historia de las Ideas Filosóficas en la Argentina”, Secretaría de Cultura de la Nación, Buenos Aires, 1994.

ALBERINI, Coriolano: “Die Deutsche Philosophie in Argentinien”,  con una introducción de Alberto Einstein. Berlín, 1930.

ALBERINI, Coriolano: Op. cit.

ALBERINI, Coriolano: “El pensamiento filosófico inglés en Argentina”, artículo en Daily Telegraph, 3 de septiembre de 1937.

ALBERINI, Coriolano:  Nota en el diario “La Libertad”, Mendoza, 16 de diciembre de 1935.

DE ANGELIS, Pedro: Artículo en el “Archivo Americano”, 20 de julio de 1844.

DE ANGELIS, Pedro: Artículos en  “El Lucero”, 5 de octubre de 1831 y 16 de julio de 1833, respectivamente.

ALBERINI, Coriolano: Nota en el diario “La Libertad”, Mendoza, 16 de diciembre de 1935.

ALBERINI, Coriolano: Ponencia en la sesión de la Sociedad Francesa de Filosofía del 30 de diciembre de 1926.

“ARCHIVO AMERICANO”, Nª 16 , diciembre 16 de 1844.

KORN, Alejandro: “Influencias filosóficas en la evolución nacional”. Ed. Claridad. Buenos Aires, 1936, pgs. 162/7.

SAMIENTO, Domingo Faustino: “Comentarios de la Constitución de la Confederación Argentina”, Santiago de Chile, 1853.

Manifiesto del Colegio Novecentista, Buenos Aires, 1918.

ALBERINI, Coriolano: Prólogo al libro de Luis Farré  “Cincuenta años de filosofía en la Argentina”. Buenos Aires, 1956.

ALBERINI, Coriolano: “La Reforma Universitaria y la Facultad de Filosofía y Letras”, en  “Universidad”; Nº 56. U.N. Litoral.  Santa Fé, 1963.

Véase: ALBERINI, Coriolano: Discurso de presentación del filósofo español José Ortega y Gasset, en “Síntesis”, Nº 10. Buenos Aires, diciembre de 1928.

Véase: ALBERINI, Coriolano: Discurso de presentación de Waldo Frank, en “Síntesis”, Nº 29.  Buenos Aires, octubre de 1929.

ALBERINI, Coriolano: en “Humanidades”. La Plata, 1921.  Tº I, pg. 107 y stes.

ALBERINI, Coriolano: Discurso en la Universidad de Harvard, 1926, citado.

ALBERINI, Coriolano: “La pensée française dans la cultura argentine”; Societé Française de Philosophie, Paris. 1926.

ALBERINI, Coriolano: Nota en diario “La Libertad”, 1935, citada.

ALBERINI, Coriolano: “Croce y la metafísica de la libertad histórica”. Buenos Aires, 1955;  “Génesis y evolución del pensamiento filosófico argentino”, en  “Cuadernos de filosofía”, UBA, 1957, fascículo VII;  Prólogo al libro de Luis Farré, cit.

PERÓN, Juan: “Conferencia del Exmo. Señor Presidente de la Nación General Juan Perón”,  Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación.  Buenos Aires, 1949.

“Actas del Primer Congreso Nacional de Filosofía”. U.N. Cuyo. Mendoza, 1949, 3 tomos.

“Actas”, cit. Tomo I.

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