LA ETERNIDAD COMO CIENCIA Y EXPERIENCIA DEL POETA. Por Graciela Maturo


LA ETERNIDAD COMO CIENCIA Y EXPERIENCIA DEL POETA

Comunicación presentada por la Dra. Graciela Maturo.

Resumen

Los poetas hablan de la eternidad. Recuerdan, perciben, proponen o anuncian la dimensión de lo eterno, en contraste con lo temporal y fugaz de la vida. Hasta podría decirse que, sustancialmente, no hablan de otra cosa. En esta preocupación se aproximan a tradiciones filosóficas y religiosas que discurren en la misma dirección. Desarrollan una ciencia de lo eterno, que se vuelca en formas singulares de la expresión.

Además de acercarse a este horizonte metafísico, el poeta vive de algún modo a experiencia de la eternidad. No hay en él solamente un conocimiento intelectual o especulativo, sino una experiencia de ruptura del tiempo, que se da de diversos modos. Algunos de ellos son los siguientes: a) por la presentificación del pasado, que al ser plenamente revivido es sentido como una victoria sobre el tiempo; b) por la profundización del instante, percibido como acceso a la intemporalidad, la belleza y el ser. c) por la experiencia amorosa, que es vivida también, en ciertos casos, como salida del tiempo. d) a través de la expresión misma, ya que la palabra poética, próxima a la música, adquiere pautas rítmicas que estructuran el devenir del sonido y de la palabra generando un sentimiento placentero.

Este trabajo no se propone desplegar todos estos puntos, pero sí tenerlos en cuenta como horizonte de reflexión en una exploración de la especificidad del poetizar y del poema. Intentaremos rodear y esclarecer el hecho poético, o al menos plantear algunos interrogantes. ¿Se trata de una “ficción poética”, destinada a aliviar el sufrimiento humano de la finitud? O bien podría pensarse, restituyendo al poetizar su relación con la verdad en la línea de Heidegger y Ricoeur, que el poeta verbaliza una experiencia humana universal, confiriendo a la palabra su condición de “esplendor de la verdad”.

Desarrollaremos este trabajo en función de los apartados siguientes:

1)Tiempo y eternidad. Referencias filosóficas a Plotino, San Agustín y Edith Stein.

2 )La experiencia de la eternidad como clave del poetizar.

3) La recuperación del tiempo vivido como triunfo contra la entropía.

4) La profundización del instante en la contemplación de la belleza.

5) La expresión poética y su parentesco con la música. El ritmo y el número como superación de la temporalidad.

1) Consideraciones sobre Tiempo y Eternidad.

En filósofos antiguos y medievales es frecuente constatar la categoría filosófica de la Eternidad. relacionada con la categoría de Tiempo. Para definirlos se lo hace por una comparación relacionante.

Platón asienta esta definición, durante mucho tiempo vigente en el campo de la filosofía: “El Tiempo es la imagen móvil de la Eternidad” (Timeo, 37, d). La movilidad temporal se contrapone a la inmovilidad de lo eterno, y esta contraposición la reitera Plotino varios siglos más tarde, adscribiendo lo temporal y móvil al mundo sensible, y lo eterno e inmutable al mundo Inteligible.

Plotino dedica el capítulo VII de la Enéada Tercera al Tiempo y la Eternidad. Para el filósofo de Alejandría, la Eternidad es propiedad de lo Uno y por lo tanto pensar lo eterno es pensar en Dios.

La eternidad para Plotino no es pura inteligibilidad, ni tampoco reposo frente al movimiento. Agrega el concepto de unidad e indivisibilidad. La eternidad viene a comprender todos los atributos del ser, es “perfección indivisible”. Lo eterno se resume en lo que siempre es. “La eternidad no es el sustrato de los inteligibles sino en cierto modo la irradiación que procede de ellos. Gracias a esa identidad que afirman de sí mismos no con lo que será sino con lo que se es”. Se trata del “ser estable que no admite modificación en el porvenir ni ha cambiado en el pasado”. Lo engendrado, sujeto al devenir, permanece ajeno a esa dimensión. Pero, pregunta Plotino: “¿Cómo exponemos razones sobre cosas que nos son totalmente extrañas? ¿Conviene pensar que nosotros mismos participamos de la Eternidad?” (Enéada III, VII, 7).

Se iniciaba un planteo que ha tenido su indudable basamento teológico en el Cristianismo, y un lugar limitado en la especulación racional. Es escándalo a la razón la atribución de eternidad al hombre, criatura sujeta al devenir, limitada entre los aconteceres del nacer y el morir.

San Agustín afirma: “La Eternidad no tiene en sí devenir, todo en ella está presente, en cambio el Tiempo no puede nunca estar realmente presente” ( Confesiones, …). Por eso la Eternidad pertenece a Dios. Lo creado lo ha sido juntamente con el tiempo, el tiempo es la dimensión propia de la Creación.

(punto incompleto)

2) La experiencia de la eternidad como clave del poetizar.

La primera mirada del poeta sobre su propia realidad existencial trae inexorablemente la constatación de la propia finitud, y por lo tanto de su radical indigencia y precariedad.

Sin embargo, el poetizar es una vía receptiva y activa de descubrimiento que permite el acceso a otra dimensión del hombre. A través de la contemplación, la meditación y la expresión que conformen su quehacer, el sujeto del poetizar rodea, anuncia o intuye su inmortalidad, se siente pertenecer a otro reino. Son muchos los ejemplos que podríamos aducir en esta dirección.

En algunos poetas modernos se presenta de modo ejemplar la experiencia de eternidad, e incluso el reconocimiento de una tradición religiosa, ya fuera anteriormente frecuentada o no. Pongamos por caso las Elegías de Duino de Rainer María Rilke, compuestas en 1911 y sólo concluidas diez años más tarde, luego de una conmoción espiritual que desencadena el irrefrenable impulso poético de la culminación de las Elegías y la creación de los Sonetos a Orfeo. El pathos interrogante y angustioso del inicio ha sido completado en las Elegías por la alegría de la resurrección y el mensaje de salvación que el poeta checo dirige a la humanidad. En cuento a los sonetos, es elocuente el cambio formal que va del largo versículo de las Elegías al ritmo y la métrica del soneto, creación de la poesía mediterránea en consonancia con un mensaje redentorista que gira alrededor del orfismo.

Pasando, como es mi costumbre, a los poetas de nuestra lengua, señalaré que en el argentino Jorge Luis Borges aparece con fuerza el tema de la eternidad, ya sea como preocupación intelectual o como experiencia que el poeta transmite oblicuamente.

Para el joven Borges, la irracionalidad del Tiempo pone a prueba la facultad racional, generando aporías insalvables. El sentimiento de la finitud, la muerte de los amigos y contemporáneos, la destrucción de la materia e incluso la condición irrecuperable del pasado, no parecen abarcables por el pensamiento que piensa el Ser y la inmutabilidad de las esencias. Borges acomete una y otra vez la refutación del tiempo, en un combate donde su propia posición queda siempre escindida. Aquello que su razón y su voluntad conjuran es aceptado dolorosamente por su intuición perceptiva y afectiva. En Nueva refutación del tiempo afirma: “He divisado o presentido una refutación del tiempo de la que yo mismo descreo”… Las ideas de este ensayo son las que impregnan toda su obra. Se propone invalidar la sucesión mostrando la duplicación de impresiones en la mente. Es posible que ello produzca un tiempo circular, pero éste es también reductible a un solo punto, tanto como la sucesión lineal.

Otra forma de refutar el tiempo es el presente, como lo enseña la fenomenología. Evidentemente, Borges asimiló en sus años juveniles la atmósfera vanguardista europea, deudora de Husserl y de Einstein. El tiempo, se planteaba, podía ser divisible o indivisible, pero en ambos casos se invalidaría a sí mismo. Otra pregunta de Borges se refiere al carácter mental del tiempo, y al misterio de que pueda ser compartido por muchos. Sólo podría explicarse esto por una fuerza exterior que Borges rechaza. Otra forma posible sería la concentración del tiempo en un solo punto.

Thorpe Running recuerda una experiencia personal declarada por Borges. Con diferencia de treinta años tuvo una impresión idéntica: se sintió muerto y percibiendo la eternidad. ¿Se trataba de dos experiencias idénticas o, como postuló, era la misma? Otro ensayo similar es “El tiempo circular“, recorrido por 3 teorías: la primera es la del año de Platón, que dice que las entidades celestiales y todo lo que se encuentra en ellas vuelve cada año a su estado anterior. La segunda es la de Nietzsche, Le Bon y Blanqui, la de la prueba algebraica de que el mundo está compuesto por un número finito de partículas en un tiempo infinito. La tercera es la de ciclos parecidos, y para Borges la única imaginable. La única realidad sería la del presente, sostenida por Marco Aurelio. Las experiencias serían análogas, no idénticas.[1]

La índole conjetural e irónica de la obra de Borges hace que trabaje de una manera ambigua el relato de una experiencia de totalidad, como puede verse en su cuento El Aleph, del libro homónimo.[2] Un personaje tratado con cierto humor que no oculta alguna referencia autobiográfica del autor, Carlos Argentino Daneri, es el protagonista de este célebre cuento, centrado en la experiencia de contemplación de un centro mágico que concentra en sí todo el universo, incluida la simultaneidad de tiempos y espacios disímiles.

Por su parte Leopoldo Marechal tiene otro modo más clásico de afrontar el tema, y llega a proclamarse el Matador de la Elegía. En su novela Adán Buenosayres[3] presenta el tema del hombre redimido, y despliega en forma de relato un breve compendio teológico que ocupa el libro VI de dicha obra. El cuaderno de tapas azules. Al hacer el racconto de un amor juvenil, declara abiertamente que es necesario dar muerte a aquello que se ama, a fin de constituirlo en la eternidad.

Por su parte Ricardo E. Molinmari, con quien completamos la trilogía de los grandes poetas de su generación, es un elegíaco que llora al tiempo desde el destierro, considerando a la Eternidad como el Reino inalcanzable.

Generacionalmente es el grupo del Cuarenta, uno de los pocos que merece la consideración generacional por su cohesión, orientación cultural y convicciones filosóficas, el que prolonga y despliega en la poesía argentina, en máximo grado, esa experiencia de eternidad. Parecería que los nuevos poetas surgidos con posterioridad a ese grupo hubieran superado ese pathos elegíaco, esa consideración metafísica del hombre, y esa experiencia de lo eterno, pero no es así. Sólo una mirada superficial puede omitir los vivos signos esporádicos que aparecen en poetas actuales, de muy diversa formación.

En la necesidad de tomar un claro ejemplo del lúcido reconocimiento del poeta ante la experiencia de la eternidad, tomaré la obra Altazor de Vicente Huidobro.[4]

3.- La eternidad en el poema Altazor de Vicente Huidobro.

El poeta chileno Vicente Huidobro (1893-1948) que disputó con Pierre Réverdy la paternidad del movimiento creacionista  – una de las variedades de la Vanguardia artística en la segunda década del siglo XX –  había iniciado en 1914 su actividad poética y teórica, que lo convierte en defensor de la libertad imaginaria. Non serviam proclamaba uno de sus célebres manifiestos, viendo llegada la hora en que el poeta debía independizarse de la naturaleza y entregarse a una dinámica de invención.

En 1931, al publica en España este poema extenso, articulado en un Prefacio y siete cantos, muestra una nueva faceta a la que puede llamarse hermenéutica, pues nace del distanciamiento y examen de su propia posición, y de una objetivación de sí en un personaje alegórico: Altazor, alto azor, al que llama así por ser un pájaro fulminado por la altura. Con ello no hace sino recrear el mito de Ícaro, despojándolo de las connotaciones morales que le ha adjudicado la Ilustración, y retomándolo en su prístina significación metafísica.

Huidobro se asume como Ícaro, más aún se desprende del poema que considera a todo poeta como predestinado a encarnar esa aventura. De ella desciende el aeronauta con las alas fulminadas, pero no derrotado sino consciente y gozoso de haber descubierto su propia esencia y su destino. Se trata de un momento de reanudación de la tradición simbólica, y hasta podría ser interpretado como refutación de las primeras tesis y manifiestos de Huidobro, al menos en su pretensión absoluta.

Vamos a leer algunas líneas de los Cantos IV y V del poema, que narran y expresan la experiencia de la eternidad. La elección de los versos ha sido hecha en función de su mayor comunicabilidad desde el punto de vista logico-racional, para esta lectura, pero no porque pensemos que en su conjunto carezcan de comunicabilidad el total de los versos. Se trata de una escritura eminentemente subjetiva, tendiente a mostrar estados de conciencia y no meramente objetos configurados ante los sentidos.

Canto IV

No hay tiempo que perder

Enfermera de sombras y distancias

Yo vuelvo a ti huyendo del reino incalculable

De ángeles prohibidos por el amanecer

…………………………

Tu sueño se dormirá en mis manos

Marcado de la línea de mi destino inseparable

En el pecho de un mismo pájaro

Que se consume en el fuego de su canto

De su canto llorando el tiempo

Porque se escurre entre los dedos

………………………………….

No hay tiempo que perder

A la hora del cuerpo en el naufragio ambiguo

Yo mido paso a paso el infinito.

…………………………

Más allá del último horizonte

Se verá lo que hay que ver

Anuncia Huidobro un horizonte ulterior al horizonte de la tierra, y esta frase, que se reitera al final del Canto, da origen a una letanía de imágenes que giran alrededor del ojo, como después alrededor de otros motivos: la golondrina, el horizonte, el ruiseñor, etc. Exclama:

Levántate alegría

Y pasa de poco en poco la aguja de tus sedas…

………………

Préstame mujer tus ojos de verano

Noche, préstame tu mujer con pantorriololas de florero de amapolas jóvenes

Inscribe el poeta series metafóricas que expresan la alegría del ánimo, son imágenes de valor netamente subjetivo que prolongan en el goce del lenguaje el goce del aeronauta que ha vencido alo tiempo.

La prudencia lleva los falsos extravíos de la locura naciente

Que ignora completamente las satisfacciones de la moderación…

No hay tiempo que perder

Para hablar de la clausura de la tierra y la llegada del día.

…….

Todo esto es hermoso como mirar el amor de los gorrines

Tres horas después del atentado celeste.

El vivir con lenguaje de pájaro

Nos habla largo, largo como un sendero…

………………….

La noche, lejos, tan lejos que parece una muerta que se llevan…

Adiós hay que decir adiós

Adiós hay que decir a Dios

Entonces el huracán destruido por loa luz de la lengua

Se deshace en arpegios circulares…

……..

La experiencia de la eternidad se manifiesta en el poema de Huidobro como presente,

pero también como anuncio de un tiempo transhistórico para la humanidad.

……….

Ciego sería el que llorara

Las tinieblas del féretro sin límites

Llegado a este punto el poeta hace una enumeración de difuntos por su primer nombre, como si estuviera leyendo sus epitafios en el cementerio. Ellos, Antonio, Teresa, Juan, son llamados a la eternidad desde sus tumbas.

Y advierte:

….

La eternidad quiere vencer

Y por lo tanto no hay tiempo que perder

Ah, entonces,

Más allá del último horizonte

Se verá lo que hay que ver

La ciudad

debajo de las luces y las ropas colgadas

El jugador aéreo

Desnudo

Frágil

La noche al fondo del océano

Tierra ahogada

La muerte ciega

y su esplendor

y el sonido y el sonido

Espacio la lumbrera

A estribor

Adormecido

La cruz

en la luz

La tierra y su cielo

El cielo y su tierra

Selva noche

Y ríos día por el universo

El pájaro traladí canta en las ramas de mi cerebro.

porque encontró la clave del eterfinifrete

rotundo por el unipacio y el espaverso

Uiu, Gigi

Tralalí trlalá

Aia ai ai aaia i i

(Fin del C. IV)

Comienza el canto V con la frase:

Aquí comienza el campo inexplorado

……….

hay un espacio despoblado

que es preciso poblar…

……….

Conoces tu la fuente milagrosa

que devuelve a la vida los náufragos de

antaño?

Huidobro va a parodiar aquella célebre canción de Goethe, como después textos de Esponceda y de otros poetas. Es como si todos esos poemas empezaran a decir por fin su verdad desde la mirada de poeta aeronauta que las redes cubre como redescubre antiguos mitos y leyendas.

El arco iris, la rosa, el mar, la estrella, vuelven a brillar en esta atmósfera de regreso del hijo pródigo a su origen.

Viento que estás pensando en la rosa

del mar

yo te espero de pie al final de esta línea

……….

detrás del águila postrera cantaba el cantador.

Constantemente se visualiza a sí mismo pleno de destino reintegrado a un universo significante y pleno.

Creceré cuando crezca la ciudad

p. 78

……….

Entonces en el cementerio sellado

y hermoso como un eclipse

la rosa rompe sus lazos y florece al reverso de la muerte

………..

se abre la tumba y al fondo se ve

un rebaño perdido en la montaña

La pastora con su capa de viento al lado de la noche

cuenta las pisadas de Dios en el espacio

y se canta a sí misma

………..

El canto se hace pródigo en enumeraciones metafóricas, citas, parodias, jintanjáforas, autoalusiones, asociaciones fonéticas.

¿En dónde está el arquero de los meteoros?

El arquero arcaico

bajo la arcada eterna el arquero del arcano con su violín violeta

………………………………………………………………………………….

Ahora que un caballo empieza a subir

galopando por el arcoiris

Ahora la mirada descarga los ojos demasiado llenos

En el instante en que huyen los ocasos

a través de las llanuras

El cielo está esperando un aeroplano

y yo oigo la resa de los muertos debajo

de la tierra.

(Fin del Canto V)

Basten estos ejemplos del poema Altazor para calificarlo como un relato autobiográfico de experiencia de la eternidad, un juego poético alrededor del Tiempo y la Eternidad, y un anuncio profético del final de los tiempos, con el advenimiento de la Ciudad Celeste.

Este ejemplo podrá ser completado con otros de Marechal, Lezama Lima, Cortázar, Luis María Sobrón, y entre poetas de posteriores generaciones. Leopoldo (Teuco) Castilla, Pablo Urquiza. Algunos más conocidos y otros casi desconocidos, los poetas  – en medio de contextos culturales adversos a la metafísica y los cultos religiosos –  sigue recobrando esa imagen del hombre que lo separa de la naturaleza, afirmando una dimensión de eternidad que parece sustraída por una época vaciada de sentido.


[1] Thorpe Running: 1969.

[2] Jorge Luis Borges: El Aleph, Buenos Aires, Sur, 1940.

[3] Leopoldo Marechal: adán Buenosayres, Sudamericana, Buenos Aires, 1948.

[4] Vicente Huidobro: Altazor o el viaje en paracaídas. Ed. facsimilar realizada sobre la primera, 1931, Madrid, con sello del autor. EDICIONES Reino Imaginario, México, 1994. En otra oportunidad hemos estudiado este texto. Véase Graciela Maturo: “El poema Altazor. De la metáfora al símbolo.” En revista RILCE, Nº 8, Pamplona, Universidad de Navarra, recogido en G.M.; Los trabajos de Orfeo, UNC, 2008.

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