El 17 de octubre partió en dos la historia del país. Por Juan Maya

(para Telam SE)

Los días previos al 17 de octubre de 1945 el gobierno militar que encabezaba el General Edelmiro Farrel estaba jaqueado por la oligarquía y sus representantes empresarios que se negaban a acatar la nueva legislación sobre temas sociales y laborales que beneficiaban a los trabajadores.

A lo largo de todo ese año los diarios consagraban páginas enteras a reproducir declaraciones y textos. Todas eran coincidentes en contra del gobierno. Allí se codeaban los comunistas con las damas de la aristocracia terrateniente, los parásitos y figurones de la cultura y la política. Todos pedían la “desnazificación”.

La conspiración se abrió paso resueltamente en los meses de agosto y septiembre. Los militares “democráticos” incrustados en el Ejército y la Armada exigieron a los dirigentes políticos de la oposición y los representantes de las “fuerzas vivas” una demostración de fuerza “popular” para formar el espíritu público y facilitar el golpe contra el Ministerio de Guerra cuyo titular era el Coronel Perón quien, además, controlaba la Secretaría de Trabajo y Previsión y ejercía la Vicepresidencia de la Nación.

Se trataba de un ataque el núcleo del poder del gobierno. Así nació la idea de organizar la Marcha de la Constitución y la Libertad del 19 de septiembre de ese año.

Pocos días antes, la Unión Democrática se formalizaba después del discurso pronunciado por Américo Ghioldi en el acto que el Partido Comunista realizó en el Luna Park donde resplandecían los retratos de Churchill, Roosevelt y Stalin. Un trío internacional de lo más contradictorio ideológicamente pero que demostraba todo un proyecto de política antinacional en relación a los intereses de la Argentina en ese momento.

La Marcha de la Constitución y la Libertad resultó una demostración impresionante de las fuerzas hostiles al gobierno y al país. El pasado quería regresar a través de todas las instituciones del viejo orden agrario. A partir de esas expresiones los acontecimientos se desataron como un huracán.

En la guarnición de Campo de Mayo tomaron la iniciativa los oficiales antiperonistas y reclamaron al general Eduardo Avalos que exigiera la renuncia de Perón. La presión militar culminó en un virtual ultimátum al gobierno de Farrel.

El 9 de octubre el Coronel Perón debía visitar la Escuela Superior de Guerra y un grupo de oficiales alumnos se había complotado para asesinarlo. La acción finalmente no tuvo éxito pues la crisis de ese mismo día lo llevó a presentar su renuncia ante Farrel y lo salvó del atentado.

Entre el 8 y 9 de octubre Perón fue despojado de sus cargos de Vicepresidente de la República, Ministro de Guerra y Secretario de Trabajo y Previsión. Retirado a su casa particular fue finalmente detenido por “razones de seguridad personal”, según Farrell conducido a la Isla Martín García.

El historiador y político Abelardo Ramos señaló: “Buenos Aires se transfiguró, el éxtasis fue general, jamás la democracia derramó lágrimas tan puras. La gente se abrazaba en la bolsa de comercio, los brindis se sucedían en el barrio norte, las flores cubrían las calles. En los aledaños de la Plaza San Martín y a lo largo de la calle Santa Fe se agitaban multitudes victoriosas. Los autos particulares rebosaban de banderas”. Sin embargo, un gran infortunio se abatía sobre la Argentina.

Los corresponsales extranjeros inundaban de cables a sus agencias de noticias: había caído el Hitler sudamericano. Las sirvientitas santiagueñas y correntinas que servían las copas en los hogares del patriciado vacuno oían en silencio los gorjeos de sus exaltadas patronas. Un silencio sepulcral envolvía los barrios obreros del Gran Buenos Aires.

El subsuelo de la patria sublevada
Pasaban los días, la crisis había llegado a su apogeo, Perón estaba preso en Martín García. Desde allí le escribió una carta a Eva con un mensaje que no anunciaba lo que iba a pasar: “Hoy he escrito a Farrel pidiéndole me acelere el retiro, en cuanto salga nos casamos y nos iremos a cualquier parte a vivir tranquilos”
La situación era confusa, había presiones dentro y fuera del gobierno de Farrel. En la tarde del 16 de octubre comienzan a circular rumores alarmantes. En Tucumán los trabajadores de los ingenios se lanzan a la huelga reclamando el regreso de Perón.

Noticias similares llegaban del Gran Buenos Aires, Rosario, Córdoba y el resto del país. La CGT anuncia una huelga general aunque los trabajadores ya habían adoptado la decisión sin esperar a sus dirigentes y se lanzan a las calles.

En la mañana del 17 de octubre desde el Gran Buenos Aires grandes masas deciden dar su veredicto ante la crisis del país.

Buenos Aires es una caldera hirviente. Grupos compactos de trabajadores atraviesan los puentes que unen el sur con la capital y se dirigen resueltamente hacia el centro de la ciudad. Es un movimiento irresistible y convergente, las manifestaciones, aisladas al principio, se funden en columnas.

“Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de la Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor mecánico de automóviles, la hilandera y el peón”, diría después el escritor Raúl Scalabrini Ortíz.

Todos unidos por una sola palabra: PERÓN. Sus consignas eran inequívocas: “¡Mueran los oligarcas!” o “¡Sin galera y sin bastón, queremos a Perón!”. Así estuvieron en Plaza de Mayo frente a la casa Rosada hasta entrada la noche. Jamás se había visto una cosa igual.

El antiperonismo intentó una reacción pero la maniobra se desmoronó como un castillo de naipes. Farrell no tuvo más alternativa que buscar una salida electoral.

En la noche del 17 de octubre Perón sale al balcón y sella a fuego un amor indestructible con su pueblo. Muchos años después dirá: “llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”.

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