EL OTRO CAUCE . Por/ Francisco Jose Pestanha

Escrito en setiembre de 2005

Por/ Francisco Jose Pestanha

«Las crisis argentinas son primero ontológicas, después éticas, políticas, epistemológicas, y recién por último, económicas» FERMIN CHAVEZ

Ciertas corrientes historiográficas suelen presentar al pasado humano como una sucesión de episodios motorizados primordialmente por seres providenciales. Es la historia de los próceres, de los preclaros, de los ilustres, la de los hombres que se «adelantaron a su tiempo». La versión mitrista de nuestra historia, por ejemplo, pertenece a un tipo de relato histórico que coloca al individuo protagonista por sobre el proceso o el hecho social.

Pero en realidad la historia es mucho más que eso. Ella se constituye a partir de una sucesión de eventos que en forma encadenada van aconteciendo en el sustrato social, y que a la vez, convergen hacia otros a partir de una dinámica pluricausal. Como enseña el maestro Fermín chávez «…el principio de la pluralidad de causas en la historia nos explica la mayoría de los hechos políticos y socio-económicos…». Pero además, la historia, nos remite a una idea de totalidad, ya que al decir del olvidado Saúl Taborda, a pesar de sus fragmentaciones y sucesiones interrumpidas «…conserva su sentido tal como los arcos rotos de un puente conservan intacta la idea del puente…».

Quienes examinan el peronismo desde la perspectiva descripta en primera instancia, suelen inferir que el movimiento liderado por Juan Domingo Perón fue un fenómeno político y social impulsado fundamentalmente por las ambiciones de un líder carismático que sustentó su poder en amplios sectores de excluidos de la sociedad, y que ejerció gobierno de tinte autocrático. Otros, desde una posición un poco más «indulgente», se animan a describirlo como un acontecimiento histórico donde gran parte de las masas empobrecidas de la Argentina se recostaron en un líder obsequioso para obtener mayores porciones en la distribución del ingreso.

Si recurrimos a la visión de la historia que nos propone la segunda perspectiva, tendremos la posibilidad de comprender con mayor precisión la verdadera dimensión del movimiento iniciado en octubre de 1945. Para ello simplemente propongo al lector ahondar en su pasado inmediato, y en particular, concentrarse en la profunda revolución ética y estética que comenzó a sembrarse en la década del 20 y que floreció en la del 40. Esa generación que Juan W. Wally nominó como décima, y que desde distintas vertientes del quehacer artístico, político, y cultural, sugirió una nueva mirada sobre y desde el país, fue tal vez la que cimentó, conciente o inconscientemente, el cauce para que acaeciera aquella epopeya histórica. Así, para Wally, esa generación argentina de 1940 – la de los nacidos entre 1888 y 1902- «…fue la de mayores riquezas individuales de nuestra historia: pensadores, escritores, artistas, políticos, juristas, economistas. Esta generación fue la protagonista de una gran transformación económico-social, de la revalorización de nuestras raíces culturales, consagró el revisionismo histórico. Tuvo a la justicia social como su valor dominante, acompañado por la soberanía integral, en lo político-económico y en lo cultural..»

La fecunda elaboración cultural de una progenie tan concentrada en el ser y en la identidad colectiva, tenía alguna vez que converger con aquella insatisfacción material y espiritual que emergía de enormes masas pauperizadas. Y así sucedió aquel 17 de octubre, cuando el cimiento básico de la nación que asomó en su «tosca desnudez original» se apoderó de las calles, de las consignas, pero también de una vasta e inigualable producción artística que enriqueció su alma. Algunos de los que contribuyeron a construir el lecho se integraron efectivamente al subsuelo sublevado, otros, simplemente atinaron a contemplarlo desde afuera, y sólo una pequeña minoría optó por repudiar la parición.

Desde lo político la tradición federal, incorporada al Yrigoyenismo y traicionada por el Alvearismo, convergió en FORJA, una de las agrupaciones que aportó mayor lucidez al pensamiento político argentino. Scalabrini Ortiz, Jauretche, Capelli, Del Mazo y Manzi – entre otros – diseñaron desde las catacumbas el cauce ideológico de lo que vendría. Desde lo cultural Canaro, Contursi, Astrada, Doll , Manzi, de Anquín, Magaldi, Castellani, Maréchal, Arlt, Discépolo, Amadori, Celedonio Flores, Spilimbergo, Molina Campos, Rosa y Pettoruti, entre otras luminarias, aportaron voluntaria o involuntariamente con su obra a la sublevación popular.

Pero como la historia no es estrictamente unívoca ni unilineal, y mientras el lecho nacional iba determinando su propio itinerario, otro cauce divergente comenzaba a emerger en forma paralela. Era el cauce que empezaban a diseñar aquellos que con mentalidad portuaria, y despreciando lo interior, bendecían cuanto producto material y simbólico proviniera del exterior, el cauce de los exégetas de turno, de inconfesos racistas, de los oscuros iluministas.

Mientras los excluidos comenzaban a disfrutar de los primeros beneficios de su inclusión, ellos, preparaban el otro cauce. Alianzas con cuanto estado extranjero estuviera dispuesto o obtener prebendas y beneficios infamantes, críticas despiadadas, desprecio explícito, intereses inconfesos, y confabulaciones de toda laya constituyeron el alimento que nutrió el camino divergente. Diez años de gobierno, el desgaste lógico, y ciertamente algunos errores e infortunios, permitieron que aquel 16 de septiembre de 1955, luego de una de las mayores masacres de la que ha dado cuenta nuestra historia, el cauce nacional fuera otra vez truncado.

El otro cauce comenzaba a partir de allí a demoler el estado de bienestar tan trabajosamente erigido mediante sucesivos estatutos del coloniaje, y además, colocaba en la cúpula de la conducción del país, uno tras otro, a nuevos personeros para garantizar el latrocinio. Volvían de esta forma a convivir dos argentinas, aquella que prefiere asentarse sobre el suelo aceptando y valorando los componentes de un substrato que busca su grandeza, y la otra, la que siempre renegó y aun reniega de su tierra y de sus posibilidades colectivas, la qué intentó hacer » la Europa en América», la que pergeñó la eliminación de la estirpe criolla.

Esa divergencia cohabita aún en nuestro suelo, y se disputa una y otra vez más, el destino de una Argentina que espera con ansiedad sintetizarse en una fuerza convergente y poderosa.

Pero claro, no hay síntesis posible sin un ser nacional profundamente aferrado en lo propio, afirmado en su existencia y su vigencia, nacionalmente orgulloso de sí mismo y, por último, dispuesto a transitar autónomamente su propio desarrollo evolutivo.

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