Perón y la lucha armada. Por Juan Mendoza

Perón y la lucha armada

En El guerrero de la periferia (Del Nuevo Extremo) Juan Mendoza desarrolla una apasionante biografía de Jorge Rulli, figura histórica de la Resistencia Peronista, un militante de los años 60. Un rebelde que desafió al poder militar en una época turbulenta del país y que sufrió la cárcel, la tortura y el destierro. Aquí, una escena impactante: la primera vez que ve en persona a Perón –en Madrid, con la gestión de López Rega– y su desilusión.

Por Juan Mendoza

24/12/11 – 12:18

Cuando Perón desenlazó sus dedos y extendió sus brazos para decirle: “Bueno, m’hijo…, usted dirá…” volvió a encontrar aquella voz similar a la de un rugido. Las últimas semanas de su estadía en Cuba estuvieron marcadas por una necesidad cada vez más fuerte de retornar a la Argentina. Quería retomar cuanto antes el proceso de lucha armada que había iniciado con las FAP. No sólo por las cartas que le habían llegado de algunos compañeros de Buenos Aires que le decían que los distintos destacamentos que se habían formado estaban a la espera de que él asumiera su conducción. Había algo más que lo empujaba a volver. Se había preparado para eso y ahora tenía una necesidad imperiosa de volcar todo lo que había aprendido. Sus años de militancia, sumados a su reciente experiencia en Cuba, lo habían provisto de una preparación similar a la de un boina verde: era un maestro en las artes marciales, podía nadar hasta dos kilómetros de distancia, se había perfeccionado en práctica de tiro, podía armar y desarmar armas cortas con los ojos cerrados. Se sentía en la plenitud de sus fuerzas para ponerse al frente de un proceso de lucha armada. Y eso era lo que había venido a decirle a Perón, a su General, que para iniciar ese proceso necesitaba su respaldo. Se apresuró a describirle la situación de la Argentina, de todos los intentos de lucha armada que ya se habían dado, de los distintos destacamentos que estaban diseminados luego de la experiencia de las primeras FAP que él había intentado llevar adelante, de la experiencia trunca de Taco Ralo, de que ahora más que nunca era el momento como para iniciar ese proceso.

—General, están dadas todas las condiciones para desatar un proceso de esas características y yo me considero capacitado para llevarlo adelante. Pero, General, es imprescindible contar con su respaldo…

Apuró las palabras sin sentir la necesidad de tener que ahondar demasiado en algunos temas que de seguro, imaginó, Perón conocía mejor que nadie. Hizo una pausa para poner más en claro su idea, pero cuando observó que Perón lo miraba con una expresión de desconcierto, decidió guardar silencio y esperó a que hiciera algún comentario. El General movió con calma la cabeza hacia adelante y luego, inclinándose sobre el escritorio, le preguntó:

—Lucha armada… cuando usted habla de lucha armada, ¿a qué se refiere, Rulli?
—Bueno… –Quedó bastante descolocado con la pregunta de Perón. ¿Por qué le preguntaba esto precisamente quien había sido el conductor del proceso insurreccional que se había desatado en la Argentina luego de su derrocamiento?

¿Acaso Perón no estaba al tanto de ese lenguaje? ¿O no lo compartía? ¿Pero no había sido el propio Perón quien había alentado a los distintos grupos insurgentes que habían nacido dentro del movimiento llamándolos fuerzas especiales? Por un momento tuvo la impresión de estar hablando desde una realidad que a Perón le era muy ajena. Decidió que debía ir directamente al grano. La mejor explicación era exponerle con toda firmeza su objetivo.

—Mire, General, yo creo que los peronistas volvemos por las armas o no volvemos. Y para esto tenemos que eliminar a nuestro principal adversario que es el ejército. Terminemos con el ejército. ¡Liquidemos al ejército! Iniciemos este proceso de lucha armada contra el ejército, y después…

Perón frenó la oratoria de Jorge con un gesto de su mano que dejó elevada durante unos instantes en el aire. —Espere, Rulli, espere… Está bien, volvemos por las armas. Pero sucede que eso ya no es viable, porque las armas que teníamos las perdimos…

—Perdón, General –le dijo sorprendido–. ¿Cómo que las perdimos? ¿A qué se refiere?
—Pero claro. ¿No recuerda el levantamiento fallido de Iñíguez? Esa posibilidad de conseguir armamento se perdió. ¿Cómo vamos a enfrentar a un ejército?

Se dio cuenta de que en la estrategia de Perón jamás había entrado la posibilidad de robarle las armas al ejército, o que tal vez no lo veía como algo determinante, sino como un componente más de un planteo mayor. ¿Pero cuál era ese planteo? Volvió a arremeter con la necesidad de activar una lucha a través de las armas, un proceso que fuera claramente peronista, algo que involucrara a todo el movimiento. Comenzar de a poco y luego ir sumando fuerzas. Era un proyecto absolutamente viable. Ahí estaba Cuba para demostrar que era posible. Comenzó a decirle a Perón que la obra del Che había dejado asentadas las bases para desarrollar su proyecto de guerra de guerrillas en cualquier parte del mundo. Que ese proyecto era mucho más viable en la Argentina. Pero una vez más Perón hizo un gesto con la mano que lo invitó a guardar silencio. Esta vez el semblante del General mostró una sombra de desagrado.

—Por favor, Rulli, con todo el respeto que me merece la fi gura del Che, no me hable de un comandante que se come sus mulas. ¿Qué clase de comandante es alguien que termina comiéndose sus mulas? No, por favor, no me ponga al Che como ejemplo… Jorge tragó saliva. Perón hacía referencia a la desafortunada gesta que Ernesto Guevara había emprendido en Bolivia y en la que terminaría sellando su suerte. Decidió no confrontar con Perón. Además, sabía que no iba a poder hacerlo. Pero cada vez sentía que el General le hablaba desde más y más lejos. ¿O era él el que se estaba alejando? El tema del Che le dio pie para transmitirle la invitación de los cubanos para que fuera a instalarse en la isla. Le aclaró que solamente le estaba transmitiendo un pedido de Gustavo Rearte al que los cubanos le habían elevado la invitación. Perón dejó entrever una sonrisa. Parecía complacido. Pero su respuesta lo descolocó una vez más.

—Ni loco. No sabe la cantidad de ofertas que he tenido para que me instale en los más diversos países. Incluso me llegó hace poco una propuesta de China. Mire, yo respeto mucho a Mao, pero no voy a ir a comerme la zanahoria de los chinos… Y Cuba…, quedaría no sólo aislado sino también sometido a la política de los cubanos. Acá, más allá de lo que sea Franco, él tiene un límite para molestarme y el límite es el recuerdo que tienen los españoles de lo que nosotros hicimos por España durante la guerra. Entonces hay un tira y un afloje. El me obliga a mantener ciertas reglas de juego y yo las estiro hasta donde puedo.

El Perón que tenía enfrente distaba mucho del que le había descripto su secretario privado, José López Rega. Perón era un despliegue de energía que lo abrumó durante todo el encuentro. El General, durante las casi tres horas que duró la entrevista, no dio señales de cansancio y escuchó con mucha atención cada una de sus palabras. Cuando Jorge hizo referencia a todo el proceso de las FAP dentro del MRP y de su frustrado retorno en 1964, le dijo que le parecía que el rol de Villalón había sido nefasto. La emprendió contra el ex delegado insurreccional, pero Perón no dio señales de que aquel fuera un tema relevante para ser tratado. Jorge insistió en algunas actitudes condenables de Villalón y también sumó a otros dirigentes peronistas que señaló como burócratas y enemigos del movimiento. Perón se recostó contra la silla y sujetándose de los apoyabrazos interrumpió su diatriba, diciendo:

—Y qué quiere, Rulli… que solamente trabaje con los buenos… –El tono paternal que empleó lo dejó tan abrumado que decidió guardar silencio. Recordó aquella declaración del líder justicialista en la que afirmaba que para construir un proyecto político había que emplear la estrategia del pájaro hornero: hasta con bosta construía su casa. Perón se reacomodó en su asiento. Lanzó un profundo suspiro y le dirigió una mirada severa. Pero el enojo que ahora se había apoderado de él no tenía que ver con Jorge, sino con una imagen que le había llegado al General desde la Argentina y que ahora volvía a recordar.

—Lo que a mí me falta son dirigentes, Rulli… ¡Dirigentes que comprendan esta guerra revolucionaria! Todos dicen jugar a favor mío, pero al final… Fíjese: ahí lo tiene a Ongaro. ¡Ongaro! –Por primera vez notó que en la mirada de Perón se descubría un destello de cólera–. Supe que estuvo presente en un asado que organizaron los radicales en Córdoba ¡Y que terminó a los abrazos con los radicales! Me han dicho que estaba hasta Illia presente. Ese es un gesto que perturba el proceso que yo estoy conduciendo en la Argentina… ¿Se da cuenta, Rulli? No tengo dirigentes que me comprendan.

Perón miró su reloj y Jorge supo que era una clara señal de que el encuentro había llegado a su fin. En la puerta de su residencia, el General lo despidió tan afectuosamente como lo había recibido. Durante mucho tiempo guardará silencio sobre su encuentro con el general Perón. Se mostrará escueto cuando sus compañeros le pidan definiciones de esta entrevista. Apenas esbozará algunos comentarios sobre los distintos temas que abordaron, pero no dirá nada sobre la impresión personal que se llevó de Perón. Se mostrará esquivo y hasta un poco díscolo cuando algún compañero lo apremie para que le cuente qué ha significado para él su encuentro con el líder, con aquel General al que todos veneran y en el que todo un pueblo ha depositado sus esperanzas para ser redimido. No, no contará nada significativo, apenas murmurará frases hechas para salir del paso. Y callará porque para él fue un desgarro haberse dado cuenta que el Perón que acababa de dejar tras las rejas de la residencia de Puerta de Hierro, no era el líder revolucionario que toda una generación estaba esperando. Aquel dios vivo que habían venerado durante todos esos años de lucha, tenía muy poco que ver con el Perón de carne y hueso con el que él había estado soñando. Le pesó terriblemente haber descubierto esto y decidió no revelar a nadie esta impresión. Pero también tomó la decisión de esperar a que Perón terminara su vida biológica y se dijo a sí mismo que esperaría ese momento con respeto. Si había otros caminos para seguir por afuera de lo que Perón pensaba, los seguiría cuando Perón ya no estuviera entre los vivos.

Partió de Madrid rumbo a la Argentina con el deseo de no tener que dar cuenta en lo inmediato sobre su encuentro con el general Perón. El destino se encargaría de hacer realidad este deseo, aunque eso iba a significar el inicio de nuevas desventuras.

*Periodista.

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