AVENTURAS DE “LA ARGENTINA” Por Pablo Yurman*

La historia de la fragata española Consecuencia que tras ser capturada cayó en manos patriotas y trocó su nombre por el de La Argentina resulta tan apasionante que permite suponer que de haber llevado bandera norteamericana habría dado lugar a multiplicidad de versiones hollywoodenses por medio de las cuales el norteamericano medio conocería su epopeya. Lamentablemente, para nuestra historiografía (y también para nuestro cine épico) no ha merecido más que alguna página perdida.

Sin embargo, los hechos protagonizados por esa tripulación de 180 marinos que al mando de Hipólito Bouchard zarparon del puerto de Buenos Aires el 27 de junio de 1817 dan cuenta de un heroísmo y una intrepidez digno de merecer una página más destacada en la memoria colectiva.

CON IDEALES BIEN DEFINIDOS

Lo primero que motiva el reconocimiento de la empresa llevada a cabo por Bouchard refiere al contexto político francamente adverso en el que la fragata La Argentina se dio a la mar. En efecto, tras la formal declaración de Independencia por las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816, nuestra revolución era la única que subsistía en América, pese a la precariedad de nuestras fuerzas militares y recursos económicos y, porqué no decirlo, pese al accionar de quienes siendo argentinos anhelaban más un protectorado británico que una nación soberana. El año 1817 marcaría pues un punto de inflexión: el cruce de los Andes por parte de San Martín y su ejército, la tenaz resistencia presentada por las montoneras lideradas por Güemes en el Norte, la efervescencia constante de los pueblos del Litoral orientada a recuperar la Banda Oriental usurpada por los portugueses y, finalmente, la misión que habría de encomendársele a La Argentina en su viaje alrededor del mundo.

Al internarse en aguas del Océano Índico nuestra nave, artillada convenientemente con varios cañones, se dedicó a interceptar a cuanto barco negrero encontrara para lograr poner a salvo a su macabra carga de seres humanos cazados previamente como animales y destinados a los mercados esclavistas que más tarde presumirían de formar parte del “Primer Mundo”. Al llegar al puerto de Manila, capital de la Capitanía General de las Filipinas, entonces considerada la Perla del Pacífico por la corona española, no sólo presentó batalla sino que logró recapturar la corbeta Chacabuco.

Quizás el dato más curiosamente original y a la vez menos conocido sea el saldo que dejó el paso de la embarcación por el archipiélago de las Hawai, en pleno Océano Pacífico. Cabe aclarar que dicho territorio no era por entonces un estado de la Unión norteamericana, incorporación que ocurriría recién a mediados del siglo XX. De hecho, Hawai era un reino independiente cuyo rey se llamaba Kamehameha. Pues bien, según quedó consignado en el diario de abordo con dicho monarca habría celebrado Bouchard un tratado de paz y amistad entre ambas naciones: el reino de Hawai y las Provincias Unidas del Río de la Plata, lo que ha dado motivo a que algunos aseguren que el distante archipiélago fue la primera nación en reconocer formalmente nuestra independencia. La mayor parte de los historiadores si bien reconocen el capítulo “hawaiano” de la gesta de La Argentina, no consideran que Bouchard contara con

autorización formal de nuestro gobierno para celebrar ese tipo de tratados. Pero ello no quita mérito a la aventura de nuestros primeros marinos.

LA CALIFORNIA ARGENTINA

Tras su paso por las islas Hawai, la fragata con bandera argentina arribó a las costas del continente americano y comenzó a tejer la historia de su última etapa, no menos sorprendente que las anteriores. En efecto, no debe olvidarse que así como Hawai no formaba parte aún de los Estados Unidos, la costa pacífica de lo que hoy conocemos como el Estado de California integraba el territorio mexicano pero aún sometido a los españoles. Por lo tanto, atacar cuanta fortaleza goda encontrara a tiro de cañón sería uno de los cometidos de Bouchard y sus hombres.

En dicho contexto histórico, el intrépido marino logró la histórica toma del puerto de Monterrey, situado entre San Francisco y Los Ángeles, sitio en el que flameó nuestra enseña patria por varios días. Luego se dirigió a la Misión de San Juan Capistrano, cuya célebre iglesia es el edificio público en uso más antiguo de toda California.

Por último, a su paso por los pueblos de Centroamérica, La Argentina haría célebres los colores de nuestra bandera, los cuales serían tomados como modelo para las futuras banderas nacionales de Honduras, Nicaragua, El Salvador y Guatemala, con cuya comparación podemos intuir que la bandera nacional era decididamente azul y blanca.

El agotador periplo culminó, previsiblemente, en las costas peruanas y chilenas en orden a poner a La Argentina al servicio del Libertador San Martín en plena gesta de liberación continental. A excepción de la oficialidad del barco, en su mayoría de origen europeo (franceses, irlandeses o ingleses) no debemos olvidar que los marinos eran en su mayoría hombres carentes de conocimientos náuticos, puesto que eran gente de campo. Esos expertos jinetes que por patriotismo se convirtieron en marinos merecen una mención de honor en nuestra memoria colectiva.

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