ESTUDIO PRELIMINAR A «ORIBE Y SU SIGNIFICACIÓN FRENTE A ROZAS Y RIVERA» DE GUILLERMO STEWART VARGAS

Prologo

Por Alberto Methol Ferrè

He aquí una obra capital en la historiografía uruguaya. Una obra que señala un momento preciso, rigurosamente contempo­ráneo, en la autoconciencia histórica del país, que se ha carac­terizado tradicionalmente —y por bien fundadas razones— por una escasa vocación, por una singular despreocupación en la indagación del significado de su propio pasado. No es el esfuerzo de Stewart Vargas una tarea puramente individual, un azar so­cial. Todo lo contrario: es uno de los síntomas intelectuales más lúcidos de la crisis estructural que afronta el Uruguay, la expe­riencia inicial, angustiosa y a la vez fecunda, de que el país se encuentra en las vísperas de un nuevo gran viraje histórico.

Hagamos un breve sondaje en la historiografía anterior, para ubicar de manera inteligible el sentido y la importancia de la obra de Stewart Vargas. Y como la historia no se escribe sino desde la historia misma, desde cada situación concreta, nuestra preocupación será la de señalar las conexiones existen­tes entre las exigencias de cada momento y el sentido de sus respectivas memorias. Croce lo ha dicho con exactitud: no hay otra historia que la contemporánea.

El Uruguay, llamado alguna vez con humor y afecto, el «benjamín de España», fue hijo postrero del Imperio hispánico de las Indias, ya avanzado el siglo XVIII. Y no sólo fue hijo de la vejez imperial borbónica, sino que incluso fue su hijo más litigioso. Nació como respuesta hispánica a la amenaza portu­guesa sobre el Río de la Plata y las rutas al Alto Perú; fue va­quería fronteriza, apostadero naval y militar, marca neurálgica en el conflicto secular entre el Imperio español y él ascendente poderío del capitalismo comercial inglés, que había instrumentalizado a Portugal frustrando la unidad nacional ibérica. Nues­tra tierra tuvo entonces, desde sus orígenes, un destino ambiguo, incierto, atravesada por tironeos y exigencias contradictorias agudizadas. Pero tiene además su nacimiento histórico rasgosmuy específicos: la sociedad oriental que se empieza a configurar en la etapa final del Virreinato del Río de la Plata confunde su infancia histórica con el vertiginoso proceso independentista. Esto le diferencia de los grandes centros americanos que afron­taron la crisis de la Independencia con una sociedad ya tradicio­nal, con pasado, con modalidades arraigadas oriundas del mun­do de la Contrarreforma, mientras que el nuestro se alumbra ya bajo el signo de la Ilustración española. De ahí que no exista propiamente una historiografía nacional del período de la In­dependencia y de las décadas iniciales de la República. La his­toriografía se confunde con la memoria individual de los patri­cios protagonistas, con sus epistolarios y crónicas, con los re­latos de comerciantes extranjeros. Hasta que el Uruguay no atraviese los tiempos de la Guerra Grande y de la Triple Alian­za, hasta que la vida del país no delinee claramente sus contor­nos, no hay historiografía nacional, puesto que nuestra existencia no estaba aún plenamente individualizada y madura, sujeta a los avatares comunes de la política y la economía en el conjunto de la Cuenca del Río de la Plata. Recién cuando queda perfecta­mente consumada la balcanización latinoamericana, recién cuan­do quedamos a solas con nuestro destino afrontando la tarea de construir el Estado Nacional, es que el Patriciado montevideano necesita una «tradición histórica propia», necesita que todos los acontecimientos anteriores estén ordenados coherentemente ha­cia un fin inmanente que es el Estado nacional uruguayo independiente.

Así, es con la generación principista de 1880 que se abre propiamente la primera etapa de nuestra historiografía, su pri­mer intento orgánico. Sus nombres principales son Carlos María Ramírez, Juan Zorrilla de San Martín, Francisco Berra y Francisco Bauzá. Aunque cada uno de ellos tiene su significación propia, hay un denominador común: el liberalismo. Bauzá y Zorrilla católicos no son política y económicamente menos libe­rales que los otros. Son todos integrantes del Patriciado, esa clase social singular de propietarios de tierras con producción orien­tada a la exportación de la materia prima y por ende amalgamados íntimamente con los comerciantes y con el imperialismo inglés incluso el francés y por tanto paradojalmente con una ideología propia de las burguesías industriales europeas en su auge primero. En una palabra: son la hibridación de una clase social dominante pero en un país dependiente, es decir ella misma subordinada a intereses extranjeros, alienada. De ahí alguno de sus rasgos capitales: una especie de mala consciencia subterránea les hace escribir una historia uruguaya totalmente escindida de los procesos mundiales. Son los constructores de una historia «aislada», ensimismada, y por ende casi ininteligi­ble. Esto se traduce además en un hecho significativo: todos se detienen morosamente en los orígenes coloniales o en la revolución artiguista, pero escamotean la historia inmediatamente anterior, el período que se abre desde la fundación de la República, hasta ellos. Todo ese proceso convulso de la Guerra Grande y la Triple Alianza queda en sombras, es tabú. Es que nuestra independencia encerraba en su sustancia misma una radical de­pendencia a los designios del capitalismo inglés, unificador delos mercados mundiales. Afrontarlo era problematizar todo lo hecho, y los hechos estaban consumados, eran irreversibles. Los designios y exigencias del Patriciado eran entonces otros. Se trataba de fundamentar nuestra existencia histórica propia, debíamos por tanto expulsar, ignorar, ocultar, todo lo ajeno. Ar­tigas, a quien el Patriciado montevideano nunca sintió como su expresión específica, Berra es un ejemplo de ello, es reivindica­do por Ramírez y Zorrilla como el Patriarca de la Nacionalidad. Era el único mito posible para trascender la división interior de blancos y colorados, el único denominador común para unifi­car la consciencia del país. Este fenómeno unificador coincide lógicamente con la unidad efectiva del país realizada por la dic­tadura militar de Latorre y Santos. No olvidemos que es justa­mente Santos el instaurador de la liturgia cívica artiguista. La sociedad uruguaya buscaba, más allá de sus cismas, de sus con­flictos, con unanimidad, una fuente común, un «mito» en el sen­tido de Sorel, una épica, una «leyenda patria». Merced a estas exigencias, el Patriciado montevideano eximió a Artigas del vie­jo epíteto unitario y mitrista de «caudillo bárbaro y anarquis­ta», la emprendió contra su leyenda negra. Quedaron, es cierto, algunos reticentes. Hizo una excepción con Artigas, pero man­tuvo el mismo repudio para con el «caudillismo» en general. Es que la historia uruguaya comenzó a ser escrita por hombres impregnados por la mentalidad de la Defensa de Montevideo, eran fruto de la más extrema enajenación expresada en la tris­temente célebre dicotomía de «civilización y barbarie». Quizás Zorrilla, de San Martín sea un caso más especial, al que cabe agregar su invención de la mitología «charrúa», indígena, para trascender incluso los orígenes hispánicos.

A esa extraordinaria generación fundadora de nuestra his­toriografía, sigue una segunda etapa coincidente con el térmi­no del viejo Patriciado encarnado en Julio Herrera y Obes así comocon la agonía del país semi-feudal aplastado por el máuser, el teléfono y el ferrocarril en los campos de Masoller y la muerte de Aparicio Saravia. Se inaugura él Uruguay mo­derno, y esa historiografía reflejará la sensibilidad optimis­ta, el logro comunitario, la estabilización liberal democrática del país, su seguridad social. Las preocupaciones dominantes son la: organización institucional de la República, la extensión de las actividades secundarias del Estado, el imperio de un reformismo social para dar solución al gran impacto inmigratorio de las dé­cadas anteriores. Los historiadores representativos serán Orestes Araujo, Eduardo Acevedo, Lorenzo Barbagelata y Héctor Miranda. Sin duda el más importante es Eduardo Acevedo. Sus «Anales históricos del Uruguay» son un gigantesco esfuerzo do­cumental, positivista, para rastrear la marcha ascendente del país, su perseverancia en el progreso hasta alcanzar justamente su culminación en las décadas primeras del siglo XX. El Uru­guay se sentía a sí mismo en el cenit de su existencia y felicidad históricas, en la plenitud. El conformismo es el signo de esta promoción, que en su mayor representante aúna la laboriosidad sin límites y la mediocridad intelectual.

Esta segunda promoción de historiadores está ligada al triunfo del coloradismo batllista, a la configuración de un fenó­meno singular: recogen la tradición patricia de la Defensa de Montevideo, son la versión uruguaya del mitrismo, y la paradojal síntesis de Una línea antinacional con el afianzamiento na­cional del Uruguay. El hecho tiene una principal explicación: las masas urbanas formadas decisivamente por el aluvión inmi­gratorio reciente, por los «gringos», por el desarraigo, ensam­blaron su emocionalidad del hecho nacional italiano encarnado en Garibaldi con ese otro brumoso Garibaldi defensor de la Nue­va Troya, apóstol de la libertad contra la «barbarie» gaucha. De esta manera tomó arraigo popular la más extranjerizante línea ideológica que a su vez fue profundamente «nacionaliza­da». Es esta una, de las contradicciones dialécticas más hondas del Uruguay moderno. Para que el Uruguay, a espaldas de La­tinoamérica, pudiera ser no americano, ser una excepción, auto-fundamentarse sin su trasmundo americano, debía justamente nacionalizar su extranjerismo. Batlle en el terreno práctico y Eduardo Acevedo —economista y hombre de su régimen— en el terreno histórico serán la concreción de esta situación. La gran ambición batllista de hacer del Uruguay la «Suiza de América» es reveladora: el ideal histórico es el aislamiento perfecto, co­mo Suiza, amurallada con su democracia en las montañas alpi­nas, al margen secular de toda la historia europea, cerrada so­bre sí misma. Por eso los historiadores de esta generación se recluyen en los hechos «puramente» uruguayos, ahondan aún más nuestro cisma consciente con lo americano. El mito de Ar­tigas prosigue su camino, pero no es el caudillo federal, el rioplatense, el americano, es un Artigas estadista, cultor del derecho norteamericano, paradigma moral. Es un Artigas descar­nado, abstracto. Lo contrario del Artigas histórico, totalmente vaciado de sentido.

No podemos dejar de mencionar aquí a la obra de divulga­ción, de vulgarización histórica emprendida por la «Historia Patria» del Hermano Damasceno, el conocido H. D., manual de escolares y estudiantes secundarios que ha ejercido la más pro­funda influencia en la consciencia pública en este medio siglo. Todos los males, todas las carencias, toda esa cronología ininte­ligible, están meticulosamente reflejadas en las páginas senci­llas y accesibles de H. D.

La tercera etapa de nuestra historiografía ya es más com­pleja. Podríamos decir que está constituida por la «generación del Centenario». Es hija de la gran ilusión uruguaya de la ter­cera década, cuando todo parecía inamovible y definitivo en el país, cuando nuestra democracia administrativa y colegiada era el ápice de la historia, el alfa y el omega. Sus hombres repre­sentativos son Pablo Blanco Acevedo, Alberto Zum Felde, Fe­lipe Ferreiro y Mario Falcao Espalter. Pero es ya una gene­ración crítica, es la primera crisis profunda de la historiografía tradicional. No rompe con todos sus supuestos, pero comienza a desintegrarla en muchos de sus esquemas capitales. Es, sin em­bargo, más sintética en su percepción de lossucesos, más pro­funda, aunque no descarte la preocupación documental. Tiene un denominador común: comienza a vislumbrar la raíz america­na, hay un desplazamiento en sus horizontes, pero son hombres de transición, aúnan en su intimidad el principio y el fin de dos momentos históricos. Tampoco es esto un azar: responde tam­bién a la crisis mundial del capitalismo, al reflujo inglés, a la crisis del liberalismo, a la promoción incipiente de los movi­mientos nacionales de los pueblos subdesarrollados, y en este caso a las primeras convulsiones de una Latinoamérica que bus­ca a tientas desde la postración de su balcanización su nuevo reencuentro. Ya no hay tanta «política», tanta enumeración de hechos, las significaciones económicas, sociológicas, culturales van tomando relevancia y ensamble. Y fundamentalmente, es el repudio de la vieja mitología de los Melchor Pacheco, los Mitre, los Sarmiento, diluyendo la dicotomía central de «civilización y barbarie». Tienen una más amplia comprensión de cómo se inserta el Uruguay en las coyunturas históricas mundiales. Pero no estamos más que en el umbral impreciso, en el augurio de un revisionismo a fondo de las categorías vigentes.

Llegamos ya al cabo de nuestro sondeo. Nos era inevitable un cierto esquematismo y no pocas cosas y nombres han quedado fuera, pero a veces el sacrificio del matiz es indispensable para la claridad del cuadro, verdadero en sus grandes líneas. Hay, sin embargo, un poco lateralmente un poco al margen de las grandes vigencias, una obra fundamental que se extiende a lo largo de este medio siglo. Anterior pero emparentado con esa tercera etapa de nuestra historiografía, su culminación se da empero al filo de la segunda guerra mundial, y es por eso que recién nos ocuparemos ahora de ella. Es en el libro capital «Los Orígenes de la Guerra Grande»,centro de una extensa constela­ción de estudios conexos que se prolongan hasta la Guerra de la Triple Alianza, que Luis Alberto de Herrera, uno de los pa­dres del revisionismo histórico en el Río de la Plata, entra con decisión por primera vez a develar los misterios de ese período turbulento de nuestra historia, sin el cual todo pierde sentido. Con un nuevo y valioso aporte documental, Herrera es el equi­valente uruguayo del último Alberdi, tan soslayado por la his­toriografía oficial del mitrismo batllista. Hay profundas razones que hacen de Herrera uno de los pocos uruguayos de dilatada comprensión histórica: hijo del canciller de Berro, nació en las postrimerías amargas de la última etapa de la balcanización, la guerra de la Triple Alianza. Intérprete del viejo mundo emo­cional autóctono, gauchesco, en contradicción con la inmigración «garibaldina», fue el otro polo, el contrario de Batlle, pero con­jugado a la vez por «civilista», identificado con la nueva socie­dad uruguaya independiente, de rasgos propios, tiene la ambi­güedad necesaria de unir un sentido americano con el aislacio­nismo de que el país era sólido fruto. No llamó al Uruguay abs­tractamente la «Suiza Americana», lo quiso como «patria chica» intocable, sagrada. Y la «patria chica» señala su preferencia, su trasfondo americano, la presencia de la Patria Grande.

Al plantearse la lucha nacional por la neutralidad durante la segunda guerra mundial, el rol del imperialismo inglés y del francés en la caída de Oribe y la Guerra Grande son compren­didos retrospectivamente. Resistiendo la presión de las mismas potencias y de Estados Unidos, Herrera más allá de Aparicio Saravia recupera a Oribe, pone el énfasis histórico en ese perío­do. Todo ese intenso momento arrojó nuevas claridades sobre los orígenes del Uruguay. Cada vez se nos hacía más visible que no nos habíamos engendrado solos.

Pero en la historia hay un flujo y reflujo incesante. Los procesos se agudizan en un momento, luego hay una aparente detención, un descanso, sin embargo no hay salto atrás. La pros­peridad de la post-guerra prolongada hasta el conflicto de Co­rea produjo una calma generalizada, satisfecha, Era la hora de la «restauración democrática» del mundo de nuestra tercera dé­cada. Parecía nuevamente que el Uruguay consolidaba su ‘segu­ridad, con las bonanzas de la coparticipación, el limar de aspe­rezas y él retorno final al colegiado. Este es el momento de la consagración general de Juan E. Pivel Devoto. Ya está esfumada definitivamente la antinomia de «garibaldinos» y «gauchaje», hay una nueva unanimidad. Toda la obra de Pivel Devoto, que no ignora las contribuciones anteriores y que incluso las enri­quece con ingentes aportes documentales, está escrita bajo el signo de la conciliación. Es que el Uruguay ha trascendido ínti­mamente el cisma emocional de blancos y colorados, es la hora de ecuanimidades indulgentes. Se quiere hacer justicia a tirios y troyanos, y se hace una historia ecléctica. Empero, el eclecti­cismo corre la suerte de la prosperidad en que se asienta. De una prosperidad que ocultaba y disimulaba un trasfondo incier­to: el Uruguay marchaba inexorablemente hacia una profunda crisis estructural, la más grave, ante el cambio de las condicio­nes históricas mundiales y la retirada del Imperio Inglés.

Desde 1952 el país entra en la pendiente. Al principio el ritmo es pausado, suave, la inquietud no pasa de ser una des­orientación. Es que los uruguayos vivían aún las inercias psi­cológicas de una sociedad que había atravesado medio siglo de paz esencial, sin problemas radicales, límites. Pero aparecen ya las voces que anuncian los peligros, los que avizoran el horizonte oscureciéndose. Y la exigencia de replantear todo nuevamente se hace cada vez más imperativa, una tarea ineludible. La últi­ma historiografía tenía que reflejar y configurar esa situación. Así, desde el ángulo marxista un Vivían Trías afronta nuestra historia con un sentido nacional y americano, a leguas del mitrismo de su antecesor Juan Francisco Pintos, dándose este he­cho con la aparición de una corriente historiográfica irraciona­lista. En esta línea se inscribe la obra de Stewart Vargas. Y vaya esto a la vez como crítica y explicación. Ante la necesidad de renovar nuestro instrumental conceptual, ante la exigencia de revisar todo lo hecho, enfrentados a un Estado rigidizado, pa­ralizado, impregnado aún por el racionalismo positivista fini­secular, que las condiciones especiales del país han permitido sobrevivir varias décadas a su término europeo (aunque se usa­ran ropajes postizos defilosofías posteriores), se abren lógica­mente los cauces al irracionalismo. Hay que atravesar la super­ficie de las cosas, y con ella el mundo de ideas vigente que fácil­mente confundimos con la razón misma. Una nueva desnudez intelectual ante lo recibido, puede llevarnos metodológicamente a identificar la razón con determinados productos históricos, a tomar rutas intuitivistas. De ahí la aparición de la obra de Baltasar Mezzera «Blancos y Colorados», de ahí la obra de Stewart Vargas, mucho más elaborada, sistemática, y digámoslo clara­mente, aunque suene a paradoja, racional. Por encima de nues­tra discrepancia, hay un hecho evidente: el mismo irracionalismo de Stewart Vargas es índice de su decisión de nombrar las cosas por su nombre, de ir a las significaciones esenciales.

La obra de Stewart Vargas está elaborada rigurosamente desde las categorías históricas y filosóficas spenglerianas, con salvedades que señalaremos más adelante. Nunca nuestra histo­riografía nos había dado un esfuerzo tan sistemático en lo que tiene que ver con una metodología y un concepto del mundo tan explicitado. La historiografía anterior respondía más a una «mentalidad atmosférica», a climas intelectuales, que a una pre­cisa y consciente, filiación filosófica. ¿Cuál la razón de este sis­tematismo? ¿Cuál la razón profunda de la afinidad entre Spen­gler y Stewart Vargas? La circunstancia objetiva es clara: a partir de lo que hemos conceptuado como la tercera etapa de nuestra historiografía, comienza la crisis inexorable de las vi­gencias recibidas. Nuestra historiografía liberal ha llegado a su agotamiento histórico, desfallece en la hipertrofia de la bús­queda documental, se refugia en los archivos a espaldas de la vida. Mira las cosas con microscopio, perdiendo de vista las to­talidades, las significaciones universales, el sentido de los pro­cesos. Incapaz de criticar a una filosofía de la historia difusa, supuesta, creída más que pensada, de la que ella misma era epígono inconsciente, sustituía ese quehacer con la crítica docu­mentaria. Ante este estado de cosas, ante estas inercias langui­decientes pero aún vigentes —es bueno recordar aquí el disgusto y el hastío que padece el estudiantado con la asignatura de his­toria nacional y americana— aquél que tuviera que remontar la corriente, aquel que quisiera romper el status quo, tenía que hacer tanta filosofía como historia. Más que acumular documen­tos —la labor fundamental ya está a la mano— hay que reasu­mir, problematizar las significaciones. De ahí la índole de la tarea de Stewart Vargas. Pero hay más. Debemos dar —como dijimos— la razón que le impele a encontrarse justamente con Oswald Spengler, de qué necesidades propias surge tal elección y no otra.

Oswald Spengler, ese gran poeta de la historia, de pensa­miento vigoroso y estilo deslumbrante, vivió una situación muy precisa. Desde su atalaya alemana de Munich, afrontando la de­rrota prusiana de la primera guerra mundial, tuvo la percepción dramática del fin de la preeminencia europea en él mundo. Des­de él fragor de la guerra mundial reescribió una apasionante historia mundial que se centraba ya no en el progreso indefinido,sino en “La decadencia de Occidente». Cuando las burguesías europeas se deshacían entre sí, cuando avizoraban espantadas la insurrección de los pueblos coloniales, el auge de los movimien­tos nacionalistas en su periferia imperial y el peligro interior de las reivindicaciones proletarias, esas burguesías dudan por primera vez de sí mismas. Oswald Spengler será uno de sus jueces interiores, uno de los críticos más despiadados de la consciencia liberal, de sus reinos abstractos del espíritu y del dinero, en un espléndido análisis existencial de la era del capitalismo financiero. Volverá entonces nostálgicamente su mirada a la tierra, melancolía de lo permanente en un mundo en quiebra. Pero lo que en Spengler es fruto delicado, recio, estoico, del «ave de rapiña» en su caso, en Stewart Vargas cambia totalmente de signo, es síntoma del ascenso nacional latinoamericano.

Mientras Spengler es hombre de los centros imperiales, hi­jo de los dominadores, que puede escribir por ello una historia universal, pues su perspectiva es universal, Stewart Vargas pertenece a ese ámbito «exterior» dependiente de las naciones que han visto frustrado su serpor su sujeción económica y cul­tural al imperialismo europeo. Y aquellos que viven la depen­dencia tienen una perspectiva fragmentaria de las cosas, les es difícil la perspectiva universal salvo que la pidan prestada a sus dominadores. Al respecto, la tarea de Stewart Vargas es sig­nificativa: aún dependiendo de las categorías spenglerianas, de su visión universal, le cambia de sentido, la esgrime contra la enajenación europea. Es que los movimientos nacionales de la periferia van tomando cuerpo, consistencia y pueden mirar con sus ojos el curso de la historia.

El nacionalismo del cual es expresión la obra de Stewart Vargas no es como el nacionalismo tardío alemán, enervado en su vocación imperialista por haber llegado atrasado al reparto mundial y estar comprimido con su enorme potencia industrial en sus estrechas fronteras, sin «espacio vital» para desarrollar sus fuerzas productivas formidables. Por lo contrario, la obra de Stewart Vargas se inscribe en lo que Spengler denominaba la «rebelión de los pueblos de color», es las antípodas del nacio­nalismo de los centros dominantes, por cuanto encarna la voca­ción de ser propia de los pueblos dominados, de los postergados por la historia y el poder.

Las categorías spenglerianas son así para Stewart Vargas un modo de acceso a nuestra auténtica realidad. ¡Y no le faltan  por cierto antecedentes rioplatenses! Aquí se da una paradoja a primera vista sorprendente: Stewart Vargas se reencuentra con Sarmiento, pero lo pone al revés. Es que Sarmiento fue el que formuló más lúcidamente el cisma interior, la contradicción íntima de un país dependiente, al través de su dicotomía «civi­lización y barbarie». Sólo que su ángulo estaba enajenado, su óptica era europea y anti-americana. Stewart Vargas no trata entonces de desmentir el planteo de Sarmiento que responde, a pesar de sus deformaciones, a una situación objetiva, sino que simplemente cambia sus valores, trasmuta su perspectiva. Esto estaba ya propuesto, en una misma línea irracionalista, por Baltasar Mezzera con la antinomia de «lo gauchesco» y «lo mo­derno» y su dialéctica de compenetraciones mutuas para culmi­nar augurando el fin de nuestra «modernidad», de lo que llama en su enfoque idealista el «racionalismo abstracto» pariente de la «razón raciocinante» de Stewart Vargas. Es de señalar que mientras Baltasar Mezzera se inscribe en la tradición colorada, Stewart Vargas es blanco. Esto da un valor sintomáticoespecial a tal coincidencia, paralela al mutismo, al parecer definitivo, de la historiografía del mitrismo batllista.

¿Qué es para Sarmiento la «civilización»?  Es nuestra radi­cal dependencia al capitalismo europeo y su espíritu. La «civi­lización» fue en el Río de la Plata no sólo el progreso material, fue también nuestra dependencia, nuestra balcanización, nues­tra enajenación imperialista. La frustración nacional se tradujo en ese dramático cisma, que tiene en nuestra historia su punto más extremo y augural en la Defensa de Montevideo, «verdade­ro caballo de Troya anglo-francés», analizada magníficamente por Stewart Vargas, en el capítulo XIII, en contraposición dia­léctica con el Cerrito. Es un ejemplo de la eficacia de las cate­gorías spenglerianas en el análisis de nuestra realidad. Si para Spengler las naciones son pueblos que propiamente edifican ciu­dades y todo cuadro de ciudad si tiene carácter tiene carácter nacional, cuando la ciudad se trasmuta cualitativamente en «ur­be» nos encontramos ya con la «civilización», con lo abstracto, el dinero, la decadencia, el desarraigo, la ruptura con la histo­ria. Y el Montevideo de la Defensa trasmuta su ser diminuto en «urbe cosmopolita», pero no por desarrollo propio sino por la irrupción extrínseca europea. Configura entonces en el esquema spengleriano un caso patológico. Y el análisis de Stewart Var­gas en este aspecto concreto nos sirve para indicar como nues­tro autor no sigue mecánicamente el pensamiento de su inspira­dor, sino que incluso se aparta de él, completándolo, flexibilizándolo, y en última instancia rompiendo con la sustancia úl­tima de las categorías spenglerianas, con el aporte de la dialéc­tica de Arnold Toynbee de «incitación y respuesta», intentando descubrir en los distintos momentos del proceso sus modalidades concretas. Se plantea aquí una de las aporías más graves del pensamiento spengleriano, uno de los problemas más hondos del nacionalismo: el de la comunicación de las culturas.

Stewart Vargas se diferencia de Spengler, entre otras co­sas, por la estructura dialéctica de su obra, por deshacerse del determinismo biológico, con los ciclos prefijados que debe reco­rrer cada cultura como una planta, del pensador alemán. Reco­gesí la crítica spengleriana de la causalidad mecánica, la del espacio de la física clásica y la de la historia lavada de los aca­démicos europeizantes. Quiere recuperar el sentido cualitativo de la temporalidad, del sino, lo original e intransferible, la histo­ria, pero no logra replantear a fondo el problema de la causa­lidad, despistado por una imagen empobrecida de ella, la de nuestro positivismo. Pero como no se puede analizar el curso de la historia sin la causalidad —eficiente y final— a pesar de su vocación de rigor hay una cierta inconsecuencia entre su me­todología programática y la que efectivamente emplea en su modo concreto de analizar la realidad. Es que Stewart Vargas recupera la realidad siempre dialécticamente, aunque no ex­traiga de ello todas las consecuencias filosóficas. ¡Qué fecundo hubiera sido un contacto directo con los grandes pensadores dia­lécticos como Aristóteles, Santo Tomás, Hegel y Marx!

Y ese dialéctico más allá de Spengler que es Stewart Var­gas no deja de vincularse, por ejemplo, y de manera muy afín, al aporte de historiadores argentinos pertenecientes a una escuela dialéctica como son los marxistas Rodolfo Puiggros y Enrique Rivera. Se trata además de una lógica conjunción, pues de este modo Stewart Vargas ensambla con el pujante revisionismo his­tórico argentino, ligado al más avanzado proceso de liberación nacional del país hermano. La obra de Stewart Vargas está ple­na de resonancias de esta corriente intelectual, se inscribe en ella haciéndole aportes originales y de suma importancia. Es que con Stewart Vargas el revisionismo histórico comienza en el Uruguay a entrar en la etapa de su madurez, y no puede de­jar de confluir con el movimiento argentino en todos sus sec­tores, que corren desde Ernesto Palacios hasta Jorge Abelar­do Ramos.

Munido entonces con el instrumental conceptual de Spen­gler —con los reparos ya expuestos— nuestro autor hace una reinterpretación de la historia oriental desde las luchas de la independencia hasta la muerte de Oribe. Enfrenta directamente ese grandioso período donde se juega nuestro destino americano, yno le saca el cuerpo a sus verdades. Caen todos los viejos es­quemas de la historiografía oficial o trasmutan su valor, pone a la luz lo empecinadamente oculto. Acuña nuevos conceptos his­tóricos, pone en pie a toda esa historia invertebrada que nos enseñaron en las aulas. Y hay un concepto, una categoría his­tórica clave: la del Patriciado. La total reelaboración de la con­cepción del Patriciado rioplatense, específicamente del oriental, es la llave concreta de la obra de Stewart Vargas. Nadie hastahoy había podido formular con tanta originalidad y verdad esta idea rectora, centro de la comprensión histórica de todos los acontecimientos nacionales de la época. Los intérpretes anterio­res habían oscilado entre las categorías de burguesía y feudalis­mo, entre oligarquía comercial y terrateniente, indicando la im­precisión intelectual con que afrontamos nuestras realidades al trasladar mecánicamente esquemas europeos, enajenados en nues­tra inteligencia por la fuerza de las ideas de los centros imperiales. Hay que ir de las categorías abstractas a lo concreto, im­primirles una inflexión existencial; y esto está plenamente lo­grado en esta obra. Es en el capítulo III, «El Estado de clase en la historia de Occidente y la Colonia» donde se desarrolla el fun­damento general de su teoría del Patriciado, línea medular de la concepción particular americana del proceso histórico de Ste­wart Vargas, que se completa en el capítulo X, «Los tiempos menguantes», cuando señala en su terminología spengleriana que el Patriciado es amalgama de dos formas históricas esenciales que «tuvieron en Occidente dos destinos propios e independientes». Para Stewart Vargas entonces el Patriciado no se identifica ni con el feudalismo, ni con el Estado de clase, ni con la burguesía: es una categoría específica del proceso americano.

Nosotros tenemos un concepto del Patriciado muy afín al de Stewart Vargas, aunque desde otro mundo intelectual, inclu­so lo hemos definido someramente en la primera parte de este estudio. Pero, entre otras, divergimos en cuanto a su duración. Para nosotros el Patriciado recién cierra definitivamente su ci­clo uruguayo en el golpe de Estado de Juan Lindolfo Cuestas en 1898, recién allí deja de ser fuerza histórica interna principal, que por supuesto, fue variando muchas de sus características en el transcurso del siglo XIX, pero manteniendo siempre su es­tructura esencial. Stewart Vargas nos respondió que quizás la diferencia no fuera tan acentuada, pues no niega que el Patri­ciado sobreviva a la caída de Oribe, pero afirma que ya no como fuerza histórica determinante, de modo análogo al paso de la aristocracia a la cortesanía. La cortesanía es una transmutación cualitativa de la aristocracia, conserva sus propiedades inmobiliarias, pero sus relaciones son otras, y deja de ser «fuerza» histórica. El problema se plantea entonces en un determinado nivel, que es del Patriciado en su etapa original, cuando aún estaba ligado a la tierra americana y tenía presente con fuerza sus raíces históricas, al Patriciado que va enajenándolo pro­gresivamente su dependencia al imperialismo, en su cosmopoli­tismo abstracto: ¿se produce una variación cualitativa dentro de una misma categoría esencial, o el salto le hace cambiar radi­calmente de ser, debiéndose pasar a otra categoría histórica? Si acentuamos el rol del «espíritu» será una respuesta, si acentua­mos el rol de la economía será otra. Pero el problema no es sen­cillo, pues la interpenetración de espíritu, alma y materia es ín­tima el espíritu es tan economía, como la economía del espíritu. De ahí que el acuñar de las categorías históricas esté ligado in­disolublemente a la concepción general del hombre que se ten­ga, a la filosofía.

La revisión de Stewart Vargas, asentada sólidamente so­bre la noción específica del Patriciado, replantea la historia oriental desde su raíz. Por ello señala un viraje fundamental en la comprensión del federalismo de Artigas, despojado de una visión jurídica abstracta e incluido en su natural ámbito rioplatense. Es que el Uruguay afronta la crisis de su soledad, de lo que ha sido, según un escriba francés contemporáneo, «la isla feliz». Llegamos al término de nuestras posibilidades de la marginalidad americana. Con la retirada del Imperio Británico del Río de la Plata, con el desarrollo de las fuerzas productivas, con la pérdida del funcionalismo inglés de nuestra economía, nues­tra mirada se retrotrae al hinterlandrioplatense. El océano deja de ser la ruta de nuestras seguridades económicas, se ha trasmutado en incertidumbre. De ahí que tengamos que volver a la tierra americana y reencontremos la frustración original de esta, gran nación inconclusa, que es Latinoamérica. Y ese tras­cender al Uruguay por las exigencias propias de una solución uruguaya nos hace redescubrir a Artigas, anterior al Uruguay y del que el mismo Uruguay fuera, reverso de su exilio silencioso. Stewart Vargas recupera en este crucial recodo de la historia al Artigas auténtico, su significación rioplatense y americana. Demuestra de una vez por todas que el federalismo nació y mu­rió con Artigas, en tanto que el federalismo posterior fue una imposibilidad, un mito irreal que ocultaba, el planteo central y la solución del monopolio portuario de Buenos Aires. Desde esa óp­tica, Stewart Vargas prosigue con su reinterpretación de la Guerra Grande, pone ala luz el conflicto permanente entre Ori­be  Rozas muestra cómo éste prolonga la guerra para tener anarquizado el territorio oriental y «sitiada» a Montevideo, es decir, anulado el puerto competidor. No es que Rosas tuviera intención, como erróneamente ha sostenido la historiografía tra­dicional, de anexar al Uruguay: esto hubiera sido contradictorio con sus objetivos, pues le hubiera replanteado nuevamente el problema del federalismo artiguista, y puesto en peligro la pri­macía de Buenos Aires sobre las provincias del interior. Pero no queremos extendernos sobre los aspectos concretos de la obra, rebosante de sugestiones y agudos análisis de lodo el proceso, puesto que ella misma es explícita en todo lo que tiene que de­cir. Tendríamos que seguirla en todo su discurso para apuntar nuestras confluencias y divergencias sin malentendidos. Nosbasta con indicar cual es el hilo de su trama, que pone a Stewart Vargas en polémica con casi todo el revisionismo argentino y uruguayo, obnubilados ya por la figura bonaerense de Rosas, ya por la alianza de Oribe y Rosas contra las intervenciones ex­tranjeras. No es ese el más importante momento americano de nuestro pasado, considerado en cuanto americano; hay que ir más allá reencontrando a Artigas y quizás a Moreno, conjuga­dos con la frustración dramática de Bolívar y San Martín, her­manos los cuatro por la significación del destierro, del exilio histórico.

Pero no es un azar que un uruguayo ponga en crisis algu­nos supuestos esenciales del revisionismo argentino, demasiado bonaerense aunque polemice con lo bonaerense. Es que Montevi­deo ha sido siempre la «crítica» real de la política de Buenos Aires, su talón de Aquiles. Por ello la obra de Stewart Vargas corre el riesgo de ser incomprendida por los dos bandos, puede caer bajo un «fuego cruzado», disgustar a tirios y troyanos. ¡Y es bueno que así sea! Es el destino de todo paso adelante.

Una reflexión final ya no sobre la estructura histórica de la obra, sino sobre su estilo. Los capítulos en que se divide este en­sayo de Stewart Vargas son meros centros de atención, un acento, pero las distintas temáticas se extienden a lo largo de toda la obra. Hay un «corsi e recorsi» incesante, los temas son dejados y retomados, en otro momento, bajo otro rostro. Algo así como la reflexión espontánea de un pensamiento en movi­miento, con su vaivén, ajeno a la exposición escolástica, perfec­tamente escalonada. Nada más lógico: la estructura académica de un libro responde a una sociedad estabilizada en sus vigen­cias, nunca a una inteligencia que se aventura y busca. Se trata de una meditación, de una indagación que busca develar una trama, con cierta analogía al curso de una novela policial. Des­pistado quedará entonces el lector que crea que los capítulos de esta obra son como los de un manual. Y esta observación que presuntuosamente podríamos llamar «estilística» debe comple­tarse con otro aspecto singular: la preocupación castiza de Ste­wart Vargas. El lenguaje de Stewart Vargas, hombre de lectu­ras cervantinas, tiene un cierto aire anacrónico, tiene una vo­luntad purista, hispánica. Delata su preocupación de arraigo en la tradición del lenguaje, máxima expresión de lo nacional, pero simultáneamente se desarraiga de nuestro lenguaje común, co­tidiano, del pan de cada día. Esta es una de las ambigüedades de Stewart Vargas, no en vano descendiente del viejo Patriciado, no en vano capaz de intuir el sentido de nuestras vie­jas formas históricas. En una palabra, y en su más alto sentido: la obra de Stewart Vargas es un aporte conservador a la histo­riografía nacionalista. Un aporte que está, por cierto, mucho más a la altura de los tiempos, de nuestros tiempos americanos, mucho más adelante, en su significación, que todo ese mundillo abstracto, enajenado, de sedicentes izquierdas rioplatenses, que no han despegado de las tradiciones del mitrismo, que malentienden a toda hora el profundo empuje nacional de los pueblos americanos. Clío gusta y se hace de estas paradojas. Y nos co­rresponde ya dejar paso a nuestro autor, que ha tenido la defe­rencia de darnos, la tarea de prologar su obra, a nosotros, que pertenecemos a una generación posterior a la suya. ¡Tampoco esto es un azar!

Montevideo, 29 de abril de 1958.

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