HA MUERTO EN JULIO UNO – Por Alejandro Pandra

Hace muchas décadas, un estudioso oficial de estado mayor de un magnético poder de seducción, aspecto imponente, inteligencia aguda y sentido del humor, de dialéctica fácil y vigorosa y de actitud desprejuiciada, fue tomado por los desclasados como un hombre providencial, como un mesías intermediario con el cielo, como un profeta que los guiaría por el desierto hacia la tierra prometida, les daría comida y bebida hasta saciar hambre y sed, los vestiría y los protegería del enemigo.
La Providencia quiso entonces liberar a los argentinos de la humillación de la década infame de la mano de ese profeta criollo, como tres mil quinientos años antes Yahveh había liberado al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto de la mano de Moisés.

El lo describiría con un lenguaje más técnico: “El caudillo improvisa, mientras que el conductor planea y ejecuta; el caudillo anda entre las cosas creadas por otros, el conductor crea nuevas cosas; el caudillo produce hechos circunstanciales, mientras que el conductor los produce permanentes; el caudillo destruye su acción cuando muere y la del conductor sobrevive en lo que organiza y pone en marcha” [La comunidad organizada].

Lo cierto es que aquel conductor providencial terminó dotando a los humildes de dignidad, de doctrina y de organización. Es decir, los hizo pueblo. Los redimió. Y los consideró lo mejor que tenemos.

En octubre del 45 supo vislumbrar bajo el caos de la situación esencial la anatomía secreta del instante, el perfil de la realidad sustantiva en un momento de gran confusión. Y en la mítica jornada del día 17 su nombre se hizo bandera y se desató, inconmensurable, todopoderosa, incontenible, la esperanza popular.

Pronto el estudioso coronel iba a unir su destino al de una mujer de un carisma ini­gualado que se iba a constituir en el nervio de su liderazgo, en la llama ardiente de la revolución, en un puente insobornable con los débiles y postergados, los desamparados y marginados, los humildes, los trabajadores, los niños, las mujeres, los ancianos. Desde entonces todos ellos, los desclasados ancestrales, se iban a convertir en “la razón de su vida”.

El peronismo sintetizó la contradicción entre la Argentina criolla y la gringa, plasmando una comunidad organizada. Izó las banderas revolucionarias de la justicia social, la independencia económica y la soberanía política, síntesis de la secular prédica de los caudillos populares de toda nuestra historia.

Gobernó durante nueve años recibiendo un país colonial, sojuzgado, postergado, devastado, sometido, de rodillas, y lo puso de pie y a la cabeza preeminente de América latina, hasta convertirlo en ejemplo luminoso para todos los pueblos del planeta.

Es notable cómo un militar de un país totalmente confinado a los márgenes más alejados del ecúmene y políticamente aislado del “mundo central” supo captar todos los matices de la situación internacional en medio de la apoteosis de la guerra fría al formular –el primero- la tercera posición, ensayando una política exterior tenaz en sus fines, flexible en los medios y clara y audaz en los propósitos. Tercera posición que no fue una mera abstracción doctrinaria o dogmática, sino que además tuvo su traducción estratégica y operativa concreta en el continentalismo.

Para construir una patria justa, libre y soberana en este lejano e inesperado rincón del globo, logró la dignificación del trabajo con mejoras revolucionarias al obrero y al peón rural, la humanización del capital, la protección al desvalido, una prodigiosa multiplicación de escuelas y hospitales, polideportivos y hoteles de turismo social, barrios extraordinarios de un estilo perpetuo e inextinguible con nada menos que quinientas mil viviendas populares. Y la avasallante potencialidad de tantas fábricas levantadas por una flamante burguesía nacional, tras una audaz industrialización planificada y desarrollada por el estado.

En muy pocos años la Argentina quedó entonces a la vanguardia de la investigación de la fisión nuclear, exportaba heladeras y tornos a los Estados Unidos, fabricaba locomotoras de diseño propio y aviones a reacción cuando sólo otros cinco países del mundo lo hacían. Tanques, automóviles, puentes y muchos miles de kilómetros de rutas. Una flota fluvial de última generación, que llegó a ser la primera del subcontinente y la cuarta del orbe; de los astilleros argentinos se botó el barco mercante de mayor tonelaje de América latina. Se inauguró el aeropuerto internacional más grande y seguro de su tiempo. La fábrica militar de aviones y los complejos siderúrgicos de Zapla y San Nicolás. Se elaboró tolueno sintético y se contó con una planta petroquímica de avanzada. El país produjo todo el carbón, el aluminio, el gas y el petróleo que consumía. Se concretó una planta y un plan nacional de energía atómica modelo.

Se duplicó la renta nacional hasta alcanzar la mitad del producto bruto suramericano y la mitad del producto bruto industrial latinoamericano. Se redistribuyó la riqueza en forma espectacular, como nunca antes ni después. La clase trabajadora terminó participando con el cincuenta por ciento del producto bruto y gozaba de pleno empleo y de las mejores y más avanzadas leyes sociales de la historia. Se instituyó la jubilación, el aguinaldo, las vacaciones pagas, la indemnización.

Se nacionalizó el banco central, hasta entonces dominado por capitales privados, los depósitos bancarios y el sistema de redescuentos. Se nacionalizó el patrimonio de los argentinos, el comercio exterior, los servicios públicos, de infraestructura y transporte, los ferrocarriles, los teléfonos, el gas, las compañías de electricidad y aerolíneas argentinas, y se promovió un fantástico plan de obra pública.

Hacia 1952, por primera vez en su historia, la Argentina se vio totalmente libre de deuda externa. Teníamos un ingreso per cápita de más del doble del de España y más del cincuenta por ciento del de Italia. (Hoy el PBI argentino está en el quince por ciento del de España y en el nueve por ciento del de Italia).

Se bajó el analfabetismo del quince por ciento en 1945 al tres por ciento en 1955, la población estudiantil universitaria creció de sesenta mil a trescientos ochenta mil alumnos. Se creó la universidad obrera (hoy universidad tecnológica nacional).

En resumen: en menos de una década se produjo una fenomenal revolución, inmensa, que alumbró el siglo, y que hizo realidad la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.

Por un largo y penoso período oscuro, el estadista argentino permitió que el fanatismo y el extremismo lo tiñeran todo. Herida su alma por el luto por su compañera –que era también su verdadero, único y fiel estado mayor- no supo o no pudo reencauzar un proceso desquiciado y desmadrado.

Se terminó desterrando así la imagen de aquella maravillosa esperanza en la impiadosa conjura de los odios y mentiras. La barbarie oligárquica e imperial puso literalmente a nuestro país al borde de la guerra civil. Perplejos, caóticos, imprevisibles y desconcertados, tuvimos que sufrir nuestra propia Guernica con el bombardeo a plaza de Mayo y enseguida una segunda Caseros.

Derrocado, desterrado, perseguido, difamado, proscrito y peregrino de diez suelos extraños, a pesar de todo, Perón siguió siempre conduciendo en forma sublime y magistral las inclaudicables luchas de su pueblo fiel. Desde entonces la ilusión del retorno se escribía con dos letras a los apurones y amanecía en cualquier pared de cualquier esquina de cualquier ciudad. Durante años fue pintada, consigna vital, avión negro y utopía.

Al fin se concretó el sueño añorado por millones cuando después de dieciocho años de destierro el viejo patriarca retornó, verdadera leyenda viva, descarnado, victorioso y en paz a la patria, recibido como los judíos al rey David redivivo, en la plenitud de la primavera del 72, y pronto al poder por varios meses más. Quedó así reparada la imagen inclemente del “cinco por uno” y del “al enemigo, ni justicia”, a través de la redención patriótica del prójimo: “para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino…”.

Cumplida cabalmente su misión en la tierra, el 1º de julio de 1974 el águila emprendió su vuelo. Y ascendió al lugar donde los hombres no sufren las pequeñeces de los hombres. El profeta argentino murió como Moisés, con la tierra prometida a la vista pero sin poder pisarla, viejo, en la cama, sin las botas puestas, pero derrotando, como el glorioso general providencial del retorno, el ancestral estigma del destino hasta entonces inexorable que había condenado a expirar en el destierro a Artigas, a San Martín, a Rosas, a tantos otros profetas laicos criollos.

El odio y la infamia lo persiguieron a él mismo, incluso mucho después de entonces, hasta profanar su morada en la ciudad de los muertos, como antes se había profanado vilmente a su compañera.

Sin embargo, todavía hoy, tanto tiempo después, la magia de su signo alienta a quienes levantan su bandera, y estremece a quienes siguen conmovidos el eco de su historia. Y en la lucha que el profeta emprendiera por la justicia y la dignidad de su pueblo, por generaciones se seguirán ganando batallas al conjuro de su nombre.

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