Periodismo: el poder y los medios. Por Francisco José Pestanha

En la actualidad la concentración económica ha producido un fenómeno evidente: ciertos medios de comunicación se constituyeron en un poder en sí mismo, y en tanto, se integran o aspiran a integrarse a la dinámica del poder, ya no como una herramienta o instrumento sino como un factor concreto. Aunque esta circunstancia probablemente nos desafíe a reflexionar nuevamente sobre esta cuestión, la mayoría de los medios mantienen todavía su matriz instrumental.

El periodismo suele ejercerse a través de instrumentos de comunicación que están configurados en forma diversa. Así los hay conservadores y los hay progresistas; los hay revolucionarios y los hay retardatarios; los hay oficialistas y los hay opositores; los hay combativos y los hay contemplativos; los hay concentrados y los hay desconcentrados; los hay modestos y los hay opulentos, etcétera. Pero mientras no constituyan un poder en sí mismo en definitiva son medios, es decir, herramientas. En esta cuestión hay que ser muy precisos: todo medio es instrumento de una orientación o de un interés, y el ejercicio específico de la actividad periodística dentro de cada uno de ellos dependerá ciertamente de tales orientaciones e intereses en un marco de relaciones donde una lucha de poder se encuentra omnipresente.

En tal contexto resulta absolutamente ilusorio pensar en un ejercicio periodístico de cierta trascendencia aislado de la dinámica humana de poder.
En toda sociedad además existen individuos que poseen una marcada tendencia hacia la idealización de ciertas disciplinas y profesiones. En occidente, el liberalismo ha contribuido a forjar un prototipo “idealizado” de periodista asociado con la labor investigativa o de difusión de noticias o acontecimientos, donde el respeto por la verdad, el rigor investigativo y la objetividad constituyen el norte de su actividad. Cuando se refiere a las prácticas periodísticas, suele hacerse referencia a una deontología comunicacional que nos acerca a ciertos principios éticos que deben orientar su labor.

La figura arquetípica del periodista independiente fogoneada por el liberalismo presupone entonces la existencia de un individuo inexplicablemente aislado de un contexto dinámico de lucha por el poder, entendiendo al poder en un sentido amplio que engloba todas sus modalidades y aspiraciones posibles, y que no se circunscribe obviamente a lo político.

Como ejemplo de apelación acrítica a dicho arquetipo, bien podemos recurrir a varios artículos publicados con repetida frecuencia en dos consagrados periódicos locales Perfil y La Nación. En esos textos, puede detectarse nítidamente la presencia de esa figura idealizada a través de la exaltación de un modelo de periodista aséptico, objetivo e independiente. Aparece de esta forma el profesional periodístico como representante de un periodismo debe ser escéptico frente al poder (llamativamente no se aclara cuál, pero se parecería que estrictamente respecto del político).

Por su parte, el antagonista de este pulcrísimo personaje, aparece configurado como un individuo ideologizado, dependiente, prejuicioso, comprometido con los intereses del Estado, impulsado por el resentimiento del fracaso. Es el periodista militante, una suerte de difusor de “propaganda con formato de periodismo sin ajustarse al pacto con la audiencia sobre que las opiniones son libres pero los hechos son verdaderos”.

He revisado puntillosamente varias de estas notas y más allá de ciertos prejuicios, tanto la figura idealizada del periodista independiente como la construida respecto a la del militante, lo realmente sugestivo es que sus autores parecen desconocer el significado y los alcances que para los países periféricos reviste del concepto de periodista militante.

DESDE EL PEDESTAL. El periodismo resistente o militante es una modalidad de ejercicio periodístico desarrollado en los países periféricos al calor de las luchas independentistas y anticolonialistas. Así como los pueblos sojuzgados material y culturalmente han resistido también -material y culturalmente- contra dichas improntas, el periodismo militante ha acompañado esa batalla mediante una práctica periodística orientada a tales fines. Raúl Scalabrini Ortiz fue un claro exponente de dicha práctica, ya que consagró su vida a demostrar en su época cómo el capital extranjero, especialmente el británico, era una organización económica y financiera montada para extraer regalías extraordinarias a costa del trabajo argentino.

Cuando hago referencia a lo periférico incluyo obviamente a esa verdadera epistemología que fue emergiendo de los pueblos sujetos a improntas coloniales o semicoloniales, y a su batallar contra las superestructuras culturales consagradas. Sobre estas cuestiones mucho se ha escrito. Recomiendo a los periodistas de esos matutinos porteños la lectura del magnífico acervo del pensamiento nacional y latinoamericano.

El periodismo militante o resistente vino de esta forma a romper con el estereotipo burgués del periodismo independiente consolidado en la vieja Europa, a la sazón las cruzadas antimonárquicas, asumiéndose como actividad situada en un lugar determinado: el de la periferia. Su contienda ya no es contra una forma institucionalizada de poder o de gobierno (la monarquía), su lucha es contra la opresión colonial provenga de donde proviniese, con independencia de la modalidad política o institucional que asuma.
En ese orden de ideas el periodista militante o resistente no ejerce una profesión independiente desde el utópico Olimpo para garantizar las libertades conquistadas. Muy por el contario, el periodista militante se asume inmerso dentro las fuerzas que operan en la realidad desde una posición concreta para conquistar la liberación. El periodista militante es eutópico ya que persigue una utopía posible. Éste sea tal vez su pecado, ya que el periodista militante rompe con la asepsia consagrada y toma clara posición manifestando sus objetivos.

Para quien escribe, resulta cuanto menos lamentable la forma en que ciertos medios locales consagrados han elevado al pedestal a comunicadores cuyo único mérito tal vez haya sido el de descubrir alguna de las tantas corruptelas que acontecen en el manejo del Estado, pero que jamás tuvieron la sagacidad y la valentía de inmiscuirse en las causas esenciales de esa corrupción, cuyos orígenes mucha veces pueden encontrarse en el seno de las empresas y corporaciones que patrocinan a los mismos medios de los que reciben sus abultados salarios.

La confusión entre militancia y oficialismo constituye otro craso error que aparece en los artículos analizados. En los países periféricos es periodista militante quien se asume como instrumento de liberación y orienta sus investigaciones para contribuir con ella. En estos tiempos hay periodistas militantes que acompañan críticamente al Gobierno, pero también los hay dignos críticos y opositores, ya que como enseñaba el tirano depuesto, el proceso de liberación material y cultural es lento y progresivo, requiere esencialmente tiempo, y en tanto, resulta lógica la existencia de posiciones diferenciadas y lecturas diferentes.

DESAZONZAR. La referencia despectiva hacia lo militante o tal vez su negación, nos remite a otra nota publicada recientemente en este mismo espacio, en donde denunciamos la existencia en sector importante de nuestras elites de una tara recurrente que los impulsa a fugarse hacia las modas escolásticas. La negación de nuestro carácter periférico, y la tentativa de aplicar categorías clásicas para el análisis del fenómeno periodístico en nuestra propia realidad es una forma nítida de fuga. Si la ingenuidad fue el motor que impulsó a los columnistas a despreciar lo militante habrá que desazonzarlos como enseñaba Jauretche, mas creo inferir por quienes suscriben las notas referidas, que es probable que ambos artículos criticados provengan de esa cocina periodística de la que hablaba Jauretche, donde se entremezclan ingredientes y recursos para manipular la información.
Anhelo que estas breves cavilaciones resulten una sana contribución a la polémica y, a la vez, al esclarecimiento respecto a la naturaleza y los caracteres de una modalidad periodística que, para quien les escribe, mucho ha de contribuir a la conformación de una nación digna y autosuficiente.

(*) Escritor y ensayista, docente de Derecho a la Información. Miembro de Número del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego.

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