INDUSTRIALIZACIÓN DE AMÉRICA LATINA, AUTONOMÍA Y REGIONALISMO. Por Ana Jaramillo

PRESENTACIÓN

INDUSTRIALIZACIÓN DE AMÉRICA LATINA, AUTONOMÍA Y REGIONALISMO

 

 “La obra educacional implica conciencia, esencialmente. Frente al problema productor, se nos ofrecen dos soluciones fundamentales: imitar a los países industrializados o industrializarse con criterio propio. Lo primero, si no fuese deprimente, debería descartarse por ineficaz. Esta solución postergaría indefinidamente nuestra iniciativa cultural, sin lucimiento ni  provecho, porque aspirar a la cultura propia por medio de la incorporación de progresos ajenos, sería lo mismo que aspirar a la originalidad por la copia. No queda entonces más camino  que el de formar una conciencia regional, bien nuestra…De este modo es que podrá formarse no sólo la conciencia del dirigente, sino la popular, como único medio de perfilar nuestra autonomía, nuestra individualidad, nuestro carácter: resultado que no puede esperarse de una conciencia refleja, libresca, la que comienza por no ser conciencia”

Pedro Figari

Para la Universidad Nacional de Lanús, a través de su  Seminario permanente  de Pensamiento Nacional y Latinoamericano es no sólo un orgullo reeditar Educación y Arte de Pedro Figari, poco conocido aún hoy por su pensamiento acerca de la función del arte,  así como su vinculación con la particularidad y originalidad en la formación educativa de Nuestra América. En algo que pudiéramos sintetizar en la exposición de motivos  de su propuesta, podríamos con sus propias palabras decir: O nos industrializamos o nos industrializan.

En 1915, como Director de la Escuela de Artes y oficios, propone una reforma que como decía Simón Rodríguez,  sostiene que el que copia se equivoca.  Figari lo explicita cuando sostiene que es necesario “no hacer sino cosas originales, y todo lo americanas que fuese posible… Eso propendía por un lado a despertar el espíritu de observación amplia, libre de prejuicios, y por el otro a descubrir los elementos autóctonos, su fisonomía- que debió ser fruto de la tradición en el ambiente precolombino, y por lo propio estimable y lógica-con lo cual se iba modelando un espíritu autónomo americano, no simiesco y comodón”       

En nuestro esfuerzo por lograr la descolonización cultural y pedagógica en Nuestra América, hemos citado varias veces al boliviano Franz Tamayo que en su libro “Creación de una pedagogía nacional[1] en 1910, sostiene que la suprema aspiración de los pedagogos bolivianos sería “hacer de nuestros nuevos países, nuevas Francias  y nuevas Alemanias, como si esto fuera posible, y desconociendo una ley biológica histórica, cual es la de que la historia no se repite jamás, ni en política ni en nada”[2]. Para él, la pedagogía ha sido hasta principios del siglo XX una labor de “copia y calco”.

Tamayo propone la creación de una pedagogía boliviana y no plagiar una pedagogía “transatlántica cualquiera” ya que hay que operar sobre la vida misma y no sobre papel impreso. Hay que tratar de formar bolivianos y no “jimios franceses o alemanes”. Al extraño vicio de la inteligencia de nuestra América de aparentar una cosa que no es realmente “y es la simulación de todo: de talento, de la ciencia, de la energía, sin poseer nada de ello… de la simulación de la ciencia pedagógica… Es lo que llamaría el excelente Gautier el bovarysmo pedagógico”[3]Los talentos bovárycos por excelencia son el calco y el plagio.

 

Su propuesta es: “Dejar de simular, renunciar a la apariencia de las ciencias, y emprender la ciencia de las realidades, trabajar, trabajar, y en el caso concreto, cerrar los libros y abrir los ojos… sobre la vida”[4]    

Pedro Figari abrió los ojos sobre la vida real de su época y la pinceló por primera vez, sus tradiciones, como los pericones o el candombe, sus pobladores originales, gauchos negros e indígenas,  sus costumbres o su hábitat, su religión, sus supersticiones, sus curanderas o su paisaje autóctono, sus alegrías y sus dolores.

Figari era un artista y un educador, no sólo por su propuesta de reforma a la Escuela de Artes y oficios en 1917 o sus libros sobre educación, sino   porque su pintura refleja la experiencia y condiciones de su época. El arte es moral y educador, a pesar de los moralistas y los educadores,  y,  a menudo en contra de ellos, nos dice el prologuista  Jordi Claramonte, del libro Arte y experiencia de John Dewey.

En 1934, el filósofo y pedagogo Dewey sostenía: “Cuando los objetos artísticos se separan tanto de las condiciones que los originan, como de su operación en la experiencia, se levanta un muro a su alrededor que vuelve opaca su significación general de la cual trata la teoría estética. El arte es un objeto separado que aparece por completo desvinculado de los materiales y aspiraciones de todas las otras formas del esfuerzo humano, de sus padecimientos y logros”[5]

Para Figari, “Sólo aquí en Sud América,  hemos podido creer que basta la teoría, en el orden educacional, y que, en el orden económico, basta explotar las materias primas para su exportación, bien que pretendamos un puesto internacional honroso de pueblos modernos, cultos, lo cual es un contrasentido”.

La Universidad Nacional de Lanús  sostiene que su currícula es la comunidad. Su apertura epistemológica, tanto para la enseñanza como para la investigación, no se hace por disciplina, sino por problemas. La demanda permanente de legisladores, educadores e intelectuales se refiere a la necesidad de exclaustrar a la Universidad para que sirva al desarrollo nacional  y coadyuve a solucionar los problemas sociales, ya que el pueblo todo es quien la financia. Sin embargo, la universidad tradicional sigue teniendo disciplinas y la indisciplinada realidad sigue teniendo problemas. Es por ello que la Universidad Nacional de Lanús pretende articular con los saberes producidos en el conjunto de la sociedad así como, enseñar e investigar en forma transdiciplinar para servir al pueblo y a la nación.

En el momento en que la Universidad Nacional de Lanús está poniendo en marcha su Escuela Técnica y de artes y oficios, y el Estado nacional ha decidido becar a miles de jóvenes para que estudien, ya que han abandonado sus estudios o han perdido la cultura del trabajo, vemos que los principios básicos planteados por Figari hace un siglo, para la Escuela Pública de Arte Industrial siguen vigentes. No han perdido su actualidad y como sostiene  Arturo Ardao en el prólogo al libro que presentamos, tiene gran afinidad con la pedagogía de Dewey.

Efectivamente, El filósofo norteamericano sostiene que: “Deben ofrecerse facilidades escolares de tal amplitud y eficacia que, de hecho y no simplemente de nombre supriman los efectos de las desigualdades económicas y que aseguren a todos los sectores de la nación una igualdad de condiciones para sus carreras futuras.”… No hay que huir de las condiciones y hechos reales y tampoco hay que aceptarlos pasivamente, es preciso utilizarlos y dirigirlos. O bien son obstáculos para nuestras finalidades, o de lo contrario son medios para su realización”.[6] 

Coincidimos con Rubén Tani[7] en que no hay acumulación lineal de capital simbólico, menos aún en las artes, como expresiones y experiencias de una cultura  particular, de una experiencia situacional e histórica, que sin desconocer mestizajes e hibridismos culturales, tiene su propia genealogía, su propia arqueología, sus propios problemas así como sus posibles soluciones.

Dewey vuelve a enseñarnos: El filósofo social que vive en la región de sus conceptos, “resuelve” los problemas poniendo a la vista la relación de las ideas, en lugar de ayudar a los hombres a resolver los problemas en el terreno de lo concreto, suministrándoles hipótesis de las que puedan servirse y a las que poner a prueba en proyectos de reforma.

…los conceptos no se expresan teniendo en cuenta lo que puedan valer en relación con fenómenos históricos especiales. Son contestaciones generales a las que se supone un significado universal que abarca y domina a todas las particulares. De nada nos sirven, pues, en la investigación. La cierran.

Sin embargo , las modas o el snobismo, al decir de Figari,  y la influencia imperial a lo largo de la historia rioplatense y   latinoamericana no sólo influyó en copiar modelos institucionales  estatales, constitucionales, jurídicos, universitarios o burocráticos, sino en aceptar el racionalismo universal abstracto que deshistorizó  la academia y  la educación así como,  por una supuesta superioridad, provocó en nuestros pueblos, el deseo de la mímesis artística del viejo mundo, al mismo tiempo que desindustrializaba y profundizaba la dependencia de Nuestra América.

En 1925, Figari  hablaba de la felicidad  que se sentía por las formas diversas de un despertar autónomo en la conciencia de los pueblos americanos del Sur. Había que arquitecturar el alma americana y para ello no basta  “que imite y asimile, sino que es preciso que se la prepare para producir, por sí misma, para construir su ciencia, sus artes e industrias, según lo exigen los tiempos”.

Pero hoy más que nunca, en el siglo XXI,  América Latina tuvo otro despertar para recorrer juntos el camino de la descolonización,  no sólo en términos económicos sino fundamentalmente reconociendo su propia identidad y creatividad cultural y comenzando a sustituir la importación de ideas.

Hoy, más que nunca, la inversión del mapa de Latinoamérica del artista  oriental Torres García, refleja también un giro copernicano por el cual nuestros pueblos comienzan a mirarse desde acá y no desde Europa o Estados Unidos. El multiculturalismo que se va reconociendo  en Occidente, no sólo hace decir a los políticos y sociólogos europeos que llegamos a la “edad de los derechos”, sino que las culturas comienzan a apropiarse subjetivamente de su propio derecho y a transitar un camino propio, inédito, creativo que reconozca sus propios problemas de los cuales se debe partir para poder solucionarlos.

No abundaremos en presentar el libro Educación y arte de Pedro Figari,  ya que el maravilloso prólogo de Arturo Ardao nos exime de ello. Sólo sirva esta presentación a fin de que se comprenda el interés de nuestra universidad de reeditar una perspectiva que nos refuerza nuestro compromiso con la tarea cotidiana de preparar miles de jóvenes para la vida,  así como emprender el nuevo desafío de la Escuela técnica, que desde su concepción, se asimila  a la Escuela de Arte Industrial que soñara Figari. Como él, creemos que será trascendente para “el completo desarrollo de la industria y la cultura nacional ya que propagaría la enseñanza artística especialmente cuando se dedique a difundir aplicaciones a la industria en bien de las clases menesterosas”, una enseñanza artística  e industrial que debe ser práctica y utilitaria sería una educación integral.

Para concluir, quiero agradecer particularmente al Ministerio de Educación de la República Oriental del Uruguay por su autorización para reeditar este clásico del pensamiento rioplatense;  al oriental, amigo y compañero Jorge Castillo, que me facilitó las imágenes de las obras de Figari de su colección privada, así como de su exposición en la Galería Sur y a todos los que desde ambas orillas del Plata, colaboraron en hacer realidad este maravilloso texto para miles y miles de futuros artistas industriosos cuya tarea será dejar de copiar y comenzar a innovar para bien de nuestros pueblos.

 

Ana Jaramillo

 

 



[1] Tamayo, Franz: Creación de la pedagogía nacional, Universidad Mayor de San Andrés, Biblioteca Central,1986, la Paz, Bolivia, Librería Editorial Juventud, http//www.bv.umsa.bo

[2] ibídem

[3] ibídem

[4] ibídem

[5] Dewey, John: El arte como experiencia, Paidós, Barcelona 2008

[6] Op. cit.

[7] Tani, Rubén: Pensamiento y utopía en Uruguay, HUM, Montevideo, 2011

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