El síndrome “Pacho” Por Tarquino, el desgarrado de Villa Creplaj.

 

Francisco Pestanha c

El síndrome “Pacho” Por Tarquino, el desgarrado de Villa Creplaj.

La previsible “defección” del inefable Pacho O’Donnell, lejos de conducirnos inútilmente a meditar sobre su obsesiva e incurable “vocación adictiva al oficialismo”, debe inducirnos a reflexionar sobre los fundamentos y las motivaciones que otrora han llevado y aún conducen a muchos dirigentes de nuestro movimiento a descartar, desechar y censurar con crueldad sorprendente a grandes hombres y mujeres como: Fermín Chávez, José Luis Muñoz Azpiri, José María Rosa, Arturo Sampay, Raúl Scalabrini Ortiz, Graciela Maturo, Enrique Oliva, Eduardo Astesano, Ana Jaramillo, Jorge Spilimbergo, Alberto Methol Ferré, Enrique Oliva, Manuel Urriza, Juan José Hernandez Arregui, Norberto Galasso, Amelia Podetti, Gustavo Cirigliano, Alberto González Arzac y Armando Poratti, quienes como otros tantos, nos han legado instrumentos indispensables para conducirnos hacia la liberación del país, y ofrendado a tal causa, su prestigio, fortuna, salud y subsistencia.Aquellos que modestamente pero con iguales convicciones intentamos proseguir las huellas de quienes nos antecedieron, hemos sido fieles testigos de una impiedad que sentimos en carne propia – y a simples luces – resulta inexplicable.

A partir de cuatro explícitas voces entonces, intentaré brevemente dar cuenta sobre algunos de los motivos que – a mi entender – han determinado a un inestable segmento de dirigentes provenientes del sector político de nuestro movimiento a excluir a los “propios” reemplazándolos por “otros” más o menos lejanos, manifestando enfáticamente que sólo me impulsa el propósito de “mostrar” una práctica desgraciadamente bastante generalizada – y además – expresando que soy plenamente consciente que una dinámica movimientista requiere, indudablemente, de un espíritu aperturista y generoso.

INSEGURIDAD: La elección de “otros” más o menos cercanos o lejanos según oportunidad o conveniencia, parecería constituir (según algunos) un “santo remedio” instituido de propiedades mágicas aptas para dotarlos una seguridad de la que carecen. Apelar a los propios – por el contrario – aparecería como amenaza de competencia o rivalidad endógena difícil de neutralizar. Amenazante. Esta tara instituida en práctica política corriente – según relataban nuestros maestros – no resulta ni novedosa ni provechosa. Posee vastos antecedentes que, inclusive, nos remontan al primer peronismo. Por su parte elegir a un otro/a virtual o aparentemente exitoso/a presupone la falsa creencia respecto que el éxito per se es transmisible y jerarquizante. La inseguridad conduce necesariamente hacia conductas cholulas y/o tilingas.

INFERIORIDAD: El manto de ostracismo, la censura, y la persistente critica superficial y mendaz que recayó y aún recae sobre los pensadores y pensadoras nacionales, ha generado en ciertos dirigentes la ilusoria convicción que la matriz de reflexión que nutrió al movimiento nacional resulta definitivamente PARA – CIENTIFICA (inferior) – y que amén de olvidarla – hay que reemplazarla recurriendo a otras voces legitimadas (iluminadas) por las estructuras académicas y/o mediáticas.

COMPLICIDAD: La recurrencia persistente a cuadros provenientes de otras matrices bajo el polisémico concepto de la pluralidad, ha contribuido a ocultar prácticas funestas que no suelen cuestionadas por quienes sólo persiguen una renta – o por otros que – bajo sospechosas referencias u antecedentes en el campo de la cultura o del intelecto, solo aspiran a integrar una red – imaginaria o no – de cajeros automáticos. No se descarta en este punto a aquellos dirigentes que, jurando y perjurando inmutablemente pertenecer a un movimiento dotado de épica fundacional, se han “integrado” a él para contribuir a su destrucción.

COMODIDAD: La práctica de recurrir al otro como la descripta puede estar fundada tal vez en el desahogo que produce la adquisición de “paquetes pre-armados” que ofertan al mejor postor soluciones integrales. Esta actitud cortoplacista resulta mucho más “conveniente” que la de abocarse a la dura pero patriótica tarea de organizar estratégicamente a los componentes real y efectivamente comprometidos con aquella matriz que aún sigue nutriendo el ideario nacional y popular.

La cuestión seguramente no se agota aquí, pero debo reconocer, ha agotado con creces a quien suscribe.

En síntesis; la responsabilidad, como advierte la antigua sentencia, no es de los porcinos sino de quienes los alimentan.

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