LA REVOLUCION DE LAS ORILLAS.Por José María Ros

Publicado por el Diario «MAYORIA»,  en 1973.                                                                             .

Inesperada, sorpresivamente, sobre­viene el levantamiento de las orillas que dará una fugaz tintura de pueblo a la Revolución.   A las once de la noche del sábado 5 de abril se sabe que gru­pos de quinteros y arrabaleros monta­dos en sus caballos se juntan en algu­nos lugares de la periferia de la ciudad: el más numeroso al oeste, en los corra­les de Miserere; pero hay otros en los pagos de Palermo y en los matade­ros del alto de San Telmo.      En silencio se ponen en marcha hacia el centro, y a eso de la medianoche llenan el ámbito de la Plaza de la Victoria ante el des­concierto de los miembros de la Socie­dad Patriótica que ven materializado al   “pueblo» que invocaban en sus procla­mas, y el temor de los vecinos de la clase principal ante la inesperada irrup­ción de «la chusma».

¿Quiénes fueron los autores de la marea popular que la historia llama «revolución del 5 y 6 de abril»? Saavedra en sus Memorias asegura que ocurrió «sin mi noticia ni conocimiento» (esto permitirá a Mitre – enemigo de las ex­teriorizaciones populares – decir que «es la única revolu ción de la historia Argentina cuya responsabilidad nadie se ha atrevido a asumir ante la poste ridad a pesar de haber triunfado ampliamen­te«).

El Deán Funes escribe el 8 a su hermano Ambrosio sorprendido por «la furiosa borrasca cuan do todo parecía calmo«, diciéndole que a las once y media de la noche del sábado lo sacó de ­la cama Agustín Donado (uno de los principales de la Sociedad Patriótica morenista), «lleno de temor porque une muchedumbre avanzaba hacia la Plaza.

Aquello era una reacción espontánea del pueblo donde se mantenía el verda­dero patriotismo sin artificios de retó­rica ni imitaciones de Contrato Social contra las gentes «de posibles» vin cula­das al comercio portuario y los jóvenes «alumbrados» de la Sociedad Patriótica que preten dían dar un giro teórico a la Revolución. El propósito exteriorizado era cambiar toda la Junta (morenista y di­putados provincianos) reemplazándola por la jefatura exclusiva de Saavedra que mantenía – !pese a todo! – un pres­tigio en la masa popular; el vehículo fueron los alcaldes de la periferia, sobre to­do Tomás Grigera alcalde de quintas, y su intérprete el Dr. Joaquín Campana abogado de prestigio en las orillas.

A medianoche, como dije, la Plaza de la Victoria estaba llena de orilleros a caballo que rodea ban el edificio del Cabildo en un imponente silencio.   Los regidores buscaron la protección de la Fortaleza (actual Casa de Gobierno) para averiguar el propósito de la nocturna presencia de tanta gente, hasta esos mo­mentos poco vistas en el centro de la ciudad. Grigera se hace intér prete ante los amedrentados vocales de la Junta: «El pueblo tiene que pedir cosas interesantes para la Patria«. Inútilmente los morenistas de la Junta han llamado en su ayuda al Regimien to de la Estrella comandado por French y constituido precisamente para sostener a la Socie dad Patriótica. Se ha diluido ante la sola presencia de los orilleros.  Los demás regimientos que aún quedaban en Buenos Aires (parte de Patricios y Arribeños y los Húsares de Rodríguez, Mar tín lejos de marchar contra los orilleros han abierto las puertas de sus cuarteles plegándose a la ola popular.

De los Jóvenes de la Sociedad Patriótica no ha quedado ninguno en el café de Marcos ni en sus lugares de reunión; los vecinos «de posibles» han atrancado las puer­tas de sus casas, y no se

puede contar con ellos.

No obstante, la conmoción popular no obtiene un triunfo pleno. Allí está el pueblo de Buenos Aires, el auténtico pueblo que echó a los ingleses en 1806 y 1807 y decidió las jornadas de la Sema­na de Mayo. Pero falta algo más. Falta un jefe.

Saavedra goza de popularidad, pero no es un caudillo.   Carece de la arenilla dorada que debe tener todo jefe. Ante la presencia de esos hombres de a caba­llo que acaban de impo nerse con su so­la presencia y piden que gobierne solo, sin doctores, el coronel de Patricios no atina a aceptar.   Tal vez hizo bien, porque no se sentía jefe y su gobierno personal hubiese sido un desastre. Su negativa reiterada consterna a los orilleros que acabarán por contentarse con el aleja­miento de los morenistas, y su reempla­zo por buenos vecinos que no tendrán mayo res luces, pero les parecen más dignos de confianza.

Un solo y gran triunfo se saca de la desconcertante noche del 5 al 6 de abril. A pedido de Saavedra, el Dr. Campana toma la secretaria de la Junta.   «La figura oscura y sin gloria del populacho le las quintas»  según Mitre, ocupando nada menos que el sitial de Moreno. Pero esa figura oscura y sin gloria escribirá las mejores páginas – las únicas auténticamente revolucionarias – de los primeros años de la Emancipación.

Es explicable que los historiadores colonialistas lo repudien.

El espacio no me permite mucho, y me limitaré a la respuesta de Campana a Strangford que habla pedido a la Junta que mandase diputados a Cádiz, hiciese la paz con los españoles de Monte­video para «mejor combatir al tirano Napoleón», y abriese más la puerta del libre comer cio a la introducción de pro­ductos británicos.

Campana contesta el 18 de mayo: «Estas provincias exigen manejarse por si mismas y sin los riesgos de aventurar sus caudales a la rapa­cidad de manos infieles…   Solo entra­rían en una colación contra el tirano Napoleón siempre que se les reconozca su independencia civil…»; que de ninguna manera «se levantaría el sistema colonial que hemos destruido con nuestras manos«; y en cuanto a una paz con los españoles de Montevideo «se debe hacer saber al representante de esa Na­ción (Inglaterra) que es preciso se re­conociese la independencia recíproca de América y de la Península (España), pues ni la Península tiene derecho a Amé­rica, ni América a la Península«.   Y no insista el embajador inglés en «querernos dar por favor mucho menos de lo que se nos debe por justicia«.

Algún día deberá grabarse en planchas le bronce esta nota del 18 de mayo de 1811 en la que por primera vez se habla oficialmente de independencia, y también por primera vez se señala el im­perialismo británico al decir que «no aventuraríamos nuestros caudales a la «rapacidad de manos infieles».

Era muy temprano para actitudes semejantes.   Strangford tenía muchos re­cursos a mano, y al recibir la respuesta de Campana quedó sellado el destino de esta figura oscura y sin gloria del populacho de las quintas.   Se prepararon con habilidad las cosas, y en setiembre, previo acuar telamiento de las tropas lea­les al pueblo, los jefes militares se apo­deraron de Campana y lo su mieron en un largo ostracismo ¿Por qué pasarán siempre en setiembre cosas semejantes?.

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