LIBROS VIRTUALES: HOY EL MEDIO PELO EN LA SOCIEDAD ARGENTINA .POR ARTURO JAURETCHE

fuente: www.elortiba.org
EL MEDIO PELO EN LA SOCIEDAD ARGENTINA
(Apuntes para una sociología nacional)

Indice general
Advertencia preliminar
CAPÍTULO I – El marco económico de lo social
CAPÍTULO II – La sociedad tradicional
CAPÍTULO III – Desarraigo de la clase alta
CAPÍTULO IV – La crisis de la sociedad tradicional
CAPÍTULO V – La sociedad urbana se modifica
CAPÍTULO VI – La Sociedad y los límites de la «Patria Chica»
CAPÍTULO VII – Una escritora de «medio pelo» para lectores de «medio pelo»
CAPÍTULO VIII – Las clases medias, la nueva burguesía y la aparición del «medio pelo»
CAPÍTULO IX – La partida de nacimiento del «medio pelo»
CAPÍTULO X – La composición social del «medio pelo. Permeabilidad y filtro
CAPÍTULO XI – Las pautas del «medio pelo»
EL MEDIO PELO EN LA SOCIEDAD ARGENTINA

POR ARTURO JAURTECHE

ADVERTENCIA PRELIMINAR

Si bien el tema que voy a tratar en este libro es de sociología debo prevenir al lector que no estoy especializado en la materia, y que sólo ando por ella de «bozal y lazo», como dijo Hernández, un sociólogo nuestro que tampoco era de la especialidad. Guardando las distancias con el autor del Martín Fierro intento colocármele «a la paleta» en el método, proporcionando datos y reflexiones que he recogido como actor y observador apasionado en el curso de una vida lo suficientemente prolongada para que pueda ser testigo de casi todo lo que va del siglo.
Tal vez lo que resulte sea pura anécdota de «mirón», pero no es mi propósito, como no fue el de Hernández, hacer obra puramente literaria a través de un personaje de imaginación, que es lo que pretendieron entender durante mucho tiempo los mandarines de nuestra cultura.
Porque los conocía se previno:

digo que mis cantos son
para los unos… sonidos
y para otros… intención.

Nos dejó así, el mejor, sino el único, documento histórico sobre una época de transición en que fue sepultado el pueblo-base de nuestra nacionalidad; de ese drama tendríamos muy escasas noticias, a pesar de lo reciente, por la labor de los informantes documentales y eruditos, sin la presencia de su testimonio poético elaborado en una vida de hombre «comprometido», y en causas perdedoras.
Con esto se comprenderá porque he subtitulado este trabajo como «apuntes para una sociología» con la esperanza de proporcionar al sociólogo, desde la orilla de la ciencia, elementos de información y juicio no técnicamente registrados, que suelen perderse con la desaparición de los contemporáneos. Que lo logre o no, dependerá de mis aptitudes que «pido a los santos del cielo» me ayuden a ponerme en la huella de tan ilustre marginal de lo científico.
Al mismo tiempo, pretendo ofrecerle a mis paisanos un espejo donde vean reflejadas ciertas modalidades nuestras, particularmente en la cuestión de los status, de cuya evolución histórica me ocuparé en primer término. Deseo hacerlo amablemente, abusando del escaso humor de que dispongo, para atenerme al castigat ridendo mores, en espera de que la comprensión de la falsedad de ciertas situaciones, y el ridículo consiguiente, contribuyan a liberar a muchos de las celdas de cartón en que se encierran con la aceptación de artificiales convenciones.
El sociólogo apreciará los hechos que refiero, valorándolos según el juicio que surja de su particular inclinación interpretativa. Yo sólo pretendo señalarlos y es su tarea determinar causas, lo que no excluye que ocasionalmente me aventure hasta las mismas, cuando lo imponga la descripción de los grupos identificados. Esencialmente aspiro a señalar la gravitación en nuestra historia de las pautas de conducta vigentes en los grupos sociales que la han influido, y solo subsidiariamente referirme a las causas originarias de las mismas.
Con lo ya dicho, —la naturaleza de testimonio de este trabajo— excuso la ausencia de informaciones estadísticas y de investigaciones de laboratorio que pudieran darle, con la abundancia de citas y cuadritos, el empaque científico de lo matemático y al autor la catadura de la sabiduría. Las pocas pilchas que lo visten son las imprescindibles para justificar la presentación del testimonio. 1

RELATIVIDAD DEL DATO «CIENTÍFICO»

A este respecto debo confesar mi prevención contra los datos de ese género que en muchas ocasiones, con su deficiencia perturban más que ayudan. Creo en la eficacia utilizar como correctivo del dato numérico la constatación personal para que no ocurra lo que al espectador de fútbol que con la radio a transistores pegada a la oreja, cree que dice el locutor con preferencia a lo que ven sus ojos.
Por vía de ejemplo van pruebas al canto:
«La Nación» del 6 de marzo de 1966, nos informa sobre el resultado de un relevamiento aerofotográfico realizado en la ciudad de Córdoba, para comprobar la validez del registro de propiedades urbanas de la Municipalidad de esa Capital. Dice el ingeniero Víctor Hansjurgen Haar, quien tuvo a su cargo el relevamiento, que la pesquisa ha indicado que sólo el 50 % de las propiedades se encuentran correctamente registradas, y de ese 50% si bien cumplen con sus obligaciones al fisco, no han declarado sus propietarios mejoras que se han hecho en sus viviendas.
Esto significa que el 50% de la ciudad de Córdoba no existe estadísticamente pues los datos sobre la construcción se recogen de los registros municipales. El sesudo investigador que sólo se guía por estos datos y no por las empíricas comprobaciones, se encontrará con que la oficina en que trabaja y el techo bajo el que duerme no tienen existencia efectiva, según los datos de la realidad científicamente documentada, si como es muy probable, ese techo y esa oficina pertenecen al 50% de construcción que para la estadística es inexistente. En cambio otras informaciones estadísticas le permitirán comprobar paralelamente que Córdoba ha crecido varias veces en estos últimos decenios, en población y en actividad, con lo que tendrá que concluir que Córdoba es un fenómeno urbano en el cual la mayoría de la población está indomiciliada y donde no existen las fábricas, los talleres, los escuelas, etc., que resultan de otras estadísticas que no son las de la construcción. ¿A cuáles se atendrá?
(Limitándome a la construcción, ya había hecho mi composición de lugar hace mucho tiempo mediante una somera investigación reducida a la manzana céntrica de Buenos Aires en que resido y que el lector puede hacer en la suya. Pude comprobar que las modificaciones interiores en las casas de la manzana hechas en los últimos años sin la correspondiente intervención municipal —presentación de planos, aprobación, permiso de construcción e inspecciones— importaban una inversión muy superior a la de los dos o tres edificios nuevos construidos en la misma manzana con el consiguiente registro municipal. Sáquele la punta el lector a este hecho y trasládelo a la crítica general de los datos estadísticos).
El caso de Córdoba se repite para el Gran Buenos Aires en dos épocas distintas.
Desde las últimas décadas del siglo pasado Buenos Aires y sus alrededores recibieron gran parte del contingente inmigratorio europeo cuando el Hotel de Inmigrantes y el conventillo fueron escalones hacia la casita propia. Es muy posible que el italiano, el español o el turco que las levantaron construyendo una pieza y una cocinita, sin sanitarios, haya registrado en la municipalidad suburbana esa primitiva construcción. Pero ese hombre ahorrativo que realizaba el sueño de la casa propia fue agregando habitaciones construidas con la ayuda de un media cuchara, a lo largo del lote que pagaba en mensualidades, pues la casa crecía a medida que crecía la familia. Y éstas no las registró.
El fenómeno volvió a repetirse cuando a la ola inmigratoria ultramarina sucedió la migración provinciana hacia los centros industriales. Cualquier inspector municipal del Gran Buenos Aires podrá decir cómo se suceden barriadas y barriadas enteras no inscriptas en los padrones municipales. (O tal vez no se lo diga porque allí hay un «rebusque»: sorprender a los vecinos de esas barriadas en plena construcción sabatina y dominical con el aporte voluntario de vecinos y amigos, para paralizarle la obra por falta de planos y llegar, después del susto consiguiente al «arreglo» ¡Pero el «arreglo» tampoco figura en las estadísticas! Sin embargo, sería interesante registrar estadísticamente el monto de los mismos que explicarían por qué esos inspectores se resignan al mísero sueldo comunal, que no alcanza para mantener el automóvil que tienen a la puerta y es elemento imprescindible para el descubrimiento de las infracciones al Digesto, que dan origen al arreglo).
Si a la estadística de la construcción le falla la base, ¿qué puede informar la estadística sobre la mano de obra si el dueño de casa, sus amigos y parientes que colaboran no pertenecen al gremio de la construcción y están registrados en otras actividades? ¿Y qué datos sobre el consumo de materiales de construcción cuando se utilizan restos de demolición, elementos en desuso u objetos de otro destino habitual que no pasan ni siquiera por el control de producción de la fábrica? ¿Y qué valor tienen los datos sobre el producto bruto del país si los datos sobre la construcción de viviendas en la parte más extensa del Gran Buenos Aires en los últimos veinte años, en que se sumaron millones de habitantes, no figuran en los mismos ni por lo construido, ni por mano de obra, ni por materiales empleados?

La rectificación por la experiencia del dato aparentemente científico exige haberse graduado en la universidad de la vida: por lo menos tener algunas carreras corridas en esa cancha, sin perjuicio de la bastante Salamanca para ayudar a Natura. Porque si el ratón de biblioteca, de hábitos sedentarios y anteojos gruesos, no es el más indicado para corregir el dato con las observaciones, tampoco basta con mirar para ver.

EL ESTAÑO COMO MÉTODO DE CONOCIMIENTO

Tener estaño es una expresión sucedánea de otra tal vez más gráfica pero menos presentable, y se refiere al «estaño» de los mostradores. Recuerdo que Lucas Padilla o el «Colorado» Pearson, no estoy seguro cual de los dos, que actuaban en los movimientos iniciales del nacionalismo, dijo una vez que la condición de «pianta-votos», calificación atribuida a Perón, provenía de que los fundadores del movimiento eran «niños bien» de «familias bien» es decir, los juiciosos «hijos de mamá»; que otra cosa hubiera ocurrido si los primeros hubieran sido «niños mal» de «familias bien», esto es «tenido estaño».
Tal vez la deficiencia de nuestros datos científicos obedezca al tipo de nuestra economía y sociedad en transición, fluida en sus etapas cambiantes —como ocurrió en los Estados Unidos, cuyas técnicas son ahora modelo imprescindible, desde el final de la Guerra de Secesión hasta la primera de las guerras mundiales; que sus métodos sólo sean compatibles con la existencia de un capitalismo de concentración muy avanzado, o con el socialismo, que excluyen la presencia del pequeño empresario, del taller patronal que conserva una organización casi artesanal, de la abundancia de pequeños productores que entre nosotros representan el grueso de las actividades. (Si Ud. tiene alguna duda al respecto, averigüe qué dato estadístico proporciona el tallercito donde arregla su automóvil, el hojalatero que le arregla el balde, el colchonero, el marquero de sus cuadros, etc., etc., las múltiples actividades de empresarios que calculan los costos a ojo, no llevan contabilidad, no están inscriptos, no registran su producción, eluden impuestos, etc.).
En cambio el ajuste de los datos es condición de existencia en las grandes organizaciones económicas con sus contabilidades organizadas, su propia estadística, el registro de los costos, es decir, los elementos básicos para una estadística general.
Parecida cosa ocurre con los censos y encuestas, donde se suman factores personales propios del informante y del recolector de datos que además pueden ser típicos de nuestra modalidad, factor del que se prescinde cuando se aplican sistemas que pueden ser hábiles en su lugar de origen.
Así, frecuentemente, el interrogado está prevenido contra el interrogatorio y tiende a desfigurar los hechos; además, muchas veces es descomedido y grosero con el agente de la investigación. Es lo que pasa en las «investigaciones de mercado».
El «Hombre que está solo y espera» no es un tipo fácil. Pregúntele usted a un paisano su juicio sobre algo o alguien y oirá que le contesta: Regular. Pero regular quiere decir bueno; o muy bueno; también malo. Serán su oído y el conocimiento del hombre los que darán la interpretación, según el tono y tal vea algún detalle mímico. Pero esto no es para el «potrillo» que hace la encuesta y menos para la computadora electrónica. ¿Y el «gallego»? —el gallego de Galicia, se entiende—; hágale usted una pregunta cualquiera y verá que le contesta con otra: pruebe, y le juego cualquier cantidad a que acierto
Hace pocos días llevé a un industrial, que creía en la eficacia de las «encuestas», a un café para mostrarle cómo actuaban los agentes de una investigación que había contratado. Los muchachos a quienes se les paga por el número de planillas que llenan estaban reunidos a lo largo de dos mesas y los formularios se alternaban con los pocillos de café. Mi amigo industrial puso los ojos como «dos de oro» cuando oyó que unos a otros se preguntaban. Y a este, ¿qué le ponemos?, y así las iban llenando, cansados de golpear puertas estérilmente, o de que los encuestados les hicieran un interrogatorio a ellos en actitud defensiva, o les contestaran a la «macana». Si todavía tiene alguna duda, lector, recuerde que le responde a esa vocecita femenina que le pregunta por teléfono: ¿Qué programa de televisión está usted viendo? Y por lo que usted le contesta considera la validez del rating que está haciendo la vocecita.
Pero, además de la muy relativa validez de los datos, existe el uso malicioso de la información, para fines políticos y económicos, como la creada por los órganos de publicidad y por las manifestaciones de los grupos económicos agroimportadores interesados en dar una imagen del país que les conviene y que en los últimos años es directamente depresiva.

EL CHICO DE LA BICICLETA

El doctor Manuel Ortiz Pereyra, uno de los fundadores de F.O.R.J.A., fallecido hace ya muchos años, dejó un pequeño libro, editado en 1926 ó 1927, que se titulaba «El S.O.S. de mi pueblo». Era hombre con mucho «estaño», dotado de una notable inteligencia que le había permitido superar la solemnidad y el empaque, entonces anexos al título universitario; había sido la suya una vida múltiple y agitada en la que había tocado los más variados niveles de la fortuna y de las actividades ciudadanas; además, Dios lo había dotado de gracia.
Sobre esto de la información traía un capítulo titulado «El chico de la bicicleta».
Comentaba allí la apariencia técnica con que los diarios presentan una página llena de cuadritos con letras y números diminutos, donde se habla de cotizaciones de la producción en mercados de los que el chacarero nunca oyó hablar y en medidas y precios de los que no tiene la menor idea. El chacarero, decía, se hace una imagen borrosa donde se embarullan Winnipeg, Ontario, Yokohama, Rotterdam, con dólares, libras, yens, rupias, florines, toneladas y bushells, todas palabras misteriosas para él. No entiende, pero está muy agradecido a los grandes diarios que se preocupan por ilustrarlo para la defensa del precio de su cosecha, y supone que estos sostienen grandes oficinas llenas de peritos de toda clase, que le proporcionan la información.
No hay nada de eso, decía Ortiz Pereyra. Lo único que hay es un chico con una bicicleta que va a buscar la página a lo de Bunge y Born o a lo de Dreyfus; es decir que la aparente información para el vendedor la proporciona el comprador. ¡Y hace tanto tiempo que vamos al almacén con el «Manual del Comprador» escrito por el almacenero! El último que se ha «avivado» es Raúl Prebisch2.
De tal manera, a los efectos que en sí tiene la supuesta información científica, se agrega ésta del «chico de la bicicleta» donde la «información científica» es utilizada, y aun los datos correctos, de manera hábil para despistarnos mediante el manejo de la publicidad.
Lo que llevo dicho basta para dar la idea que me propongo. He citado sólo algunos casos, tanto de la falacia del dato, como de su utilización maliciosa para sorprender al que no está prevenido y carece de «cancha» para leer las entrelíneas de la información. Deseo que el lector lo tenga presente, cuando recordando que el que escribe es un hombre comprometido, lo confronte con otros informantes de apariencia aséptica. La verdad es que todos estamos comprometidos, por que todos estamos en la vida y la vida es eso: compromiso con la realidad.
Me resta advertir que con frecuencia seré redundante volviendo a lo ya dicho para ampliar algo, presentarlo desde otro punto de vista, o relacionarlo con lo que se expone en ese momento. Espero que se me perdone, pues escribo para mis paisanos del común, a quienes quiero facilitar la lectura que desearía fuese como un diálogo y que no deje a nadie en ayunas por un prurito de precisión técnica o sobreentendidos. Cárguelo a la cuenta de la común inteligencia que busco, y que también me obliga a ser algo difuso y a apelar al socorro de ejemplos y anécdotas ilustrativas, que pudieran ahorrarse con el lenguaje para iniciados que simplifica la exposición, pero que puede resultar esotérico para el profano.

IDENTIFICACIÓN DEL MEDIO PELO

Falta ahora explicar por qué digo medio pelo.
En principio decir que un individuo o un grupo es de medio pelo implica señalar una posición equívoca en la sociedad; la situación forzada de quien trata de aparentar un status superior al que en realidad posee. Con lo dicho está claro que la expresión tiene un valor históricamente variable según la composición de la sociedad donde se aplica.
Francisco Javier Santamaría («Diccionario General de Americanismos» México, Ed. P. Robredo, 1942) define el medio pelo: «En México dícese de la persona que no pertenece a la clase decente; pardo. No hay que confundir el trabajador, etc., con el medio pelo que es la gentuza o pelusa, la gente de mala educación, mediocre social, palurda y basta. Pero aun este mismo concepto varía con el lugar. Así dice: En Puerto Rico la persona de color o cruzada que no es de raza blanca o pura. En México la calificación parte de la estructura social. En Puerto Rico esencialmente de la racial, tal vez porque raza y clase se identifican allá.
Tobías Garzón en su «Diccionario de argentinismos» expresa: Aplícase a las personas de sangre o linaje sospechoso o de oscura condición social que pretenden aparentar más de lo que son. Aquí sangre no es una referencia racial sino una complementación de linaje, pues como lo veremos más adelante el linaje, expresado por la legitimidad de la filiación, es un factor predominante para marcar la composición de las clases. Pero Garzón está hablando en una época que corresponde a la estructura tradicional de la sociedad argentina. A renglón se remite a la Academia que dice: locución figurada y familiar con que se zahiere a las personas que quieren aparentar más de lo que son o cosa de poco mérito e importancia.
La primera definición que hace Garzón corresponde al momento local en que la hace; al remitirse a la expresión de la Academia le da luego la latitud que corresponde a una situación general. Medio pelo es el sector que dentro de la sociedad construye su status sobre una ficción en que las pautas vigentes son las que corresponden a una situación superior a la suya, que es la que se quiere simular. Es esta ficción lo que determina ahora la designación y no el nivel social ni la raza.
Cuando en la Argentina cambia la estructura de la sociedad tradicional por una configuración moderna que redistribuye las clases, el medio pelo está constituido por aquella que intente fugar de su situación real en el remedo de un sector que no es el suyo y que considera superior. Esta situación por razones obvias no se da en la alta clase porteña que es el objeto de la imitación; tampoco en los trabajadores ni en el grueso de la clase media. El equívoco se produce a un nivel intermedio entre la clase media y la clase alta, en el ambiguo perfil de una burguesía en ascenso y sectores ya desclasados de la alta sociedad.

CAPÍTULO I

EL MARCO ECONÓMICO DE LO SOCIAL Y LOS TRES FRACASOS DE LA BURGUESÍA

EL «PROGRESO INDEFINIDO»… Y SUS LÍMITES

Las generaciones que se propusieron el «progreso indefinido», y lo fundaron en el exclusivo desarrollo agropecuario, actuaron como si estuviesen en presencia de un horizonte cuyos límites fugan delante del que marcha. Fueron congruentes con el pensamiento filosófico de la época, como el personaje de la zarzuela: «hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad». La superstición cientificista se alimentaba de una gran simplicidad que suponía que entre la lente del microscopio y la del telescopio podía caber todo el universo. Pero mayor simplicidad fue ignorar que el límite de la expansión económica agropecuaria estaba dado por la extensión de las pampas, su fertilidad y la curva de las precipitaciones pluviales.
Mucho más adelante este límite podría ser trascendido corriendo la lana más al sur y al oeste o con la aparición de los sorgos, ampliando la zona agrícola-ganadera hacia tierras entonces consideradas semiáridas, o con la diversificación de la producción agraria en los regadíos o en las zonas tropicales y subtropicales, pero se haría para satisfacción de otros mercados, particularmente el interno al crecer, y esto estaba fuera del presupuesto del «progreso indefinido», que consistía en el intercambio cereal-carne por manufacturas.
También estaba fuera de ese presupuesto la relativa ampliación del espacio pampeano en sentido vertical, agregando algún pisito a la producción, por el mejor manejo de tierras, su abono, o por la aplicación a la genética al cereal de lo que ya se hacía con el refinamiento de las haciendas. En cambio estaba a la vista la disminución de la producción de cereales, inevitable por la erosión o el desgaste de los suelos en sucesivas cosechas expoliadoras y la inmovilización de gran parte de la todavía zona cerealera al convertirse en alfalfares destinados a la invernada de haciendas.
Los límites de ese progreso estaban marcados por la geografía; una vez ocupado el espacio de la pampa húmeda se habría llegado al tope de las posibilidades de la producción previsible para el intercambio con la metrópoli, en cuanto a la cantidad.

RELACIÓN DE LOS TÉRMINOS DEL INTERCAMBIO

En cuanto al precio, el error es más comprensible: todavía la ciencia económica no había esclarecido eso de «la relación adversa de los términos del intercambio», que consiste, simplemente, en saber que el proceso de transformación de la materia prima va incorporando costos a la misma y que éstos son absorbidos, en las distintas etapas de la transformación, por el salario y el capital del país donde se industrializa, de manera tal que las materias primas, en cuanto productoras de riqueza, sólo benefician en la primera etapa al país que las produce y exporta en bruto, mientras se le incorporan riqueza en cada etapa de la transformación, en el país que las transforma.
(Así, al que exporta hierro o lana sólo le queda lo correspondiente a la producción minera o ganadera, mientras que el proceso que va del hierro o la lana a la máquina o el traje va dejando, en el país que importa la materia prima, todos los costos de las sucesivas modificaciones, a los que se incorporan los costos de los instrumentos utilizados, desde el transporte y el seguro, a la remota labor de los que preparan las máquinas usadas en la transformación, sumados a la transformación misma. Con esto quiero decir que la valorización primaria es la única que beneficia al país productor de la materia, mientras que el país transformador incorpora los aumentos, o las economías originadas por el desarrollo técnico, a la capacidad de su propio mercado. Así, si a principios de siglo equis kilos de lana permiten comprar una locomotora, treinta años después hacen falta cinco o seisveces más de lana para el mismo cambio, pues, en el mejor de los casos, el aumento del valor absoluto de la lana es un aumento que no compensa los innumerables aumentos correspondientes a los innumerables momentos de la transformación. Esta aclaración no es exactamente técnica, pero permite dar una idea al profano de en qué consiste ese enunciado un poco misterioso «de la relación adversa de los términos del intercambio»).
La estadística al respecto nos puede ilustrar con precisión. Los índices usados traducen la capacidad adquisitiva de 100 unidades de materias primas respecto de los productos manufacturados.

Años Índices
(1958 = 100)
1876/1880 ………………………….. 147
1901/1910 ………………………….. 132
1930 …………………………………… 105
1938 …………………………………… 100

Pero cuando se trata de las materias primas que produce la Argentina la situación se hace mucho más onerosa. Así la relación de precios del intercambio de la Argentina, según la CEPAL («El Desarrollo Económico de la Argentina», México, 1959, T. I, pág. 20), evoluciona en la siguiente forma:

Año Índice
1949 …………………………….. 143,8
1953 …………………………….. 100
1957 …………………………….. 72,5

Lo que significa que en 10 años el poder adquisitivo de la materia prima argentina en producto industrial importado ha disminuido al filo de la mitad. (Ver nota en el Apéndice).

LA POBLACIÓN

La inmigración vino a satisfacer las exigencias del complejo de inferioridad racial que padeció aquella generación de hispano-americanos avergonzados de su origen y que se liberaban del mismo calificando al resto de connacionales como víctimas de taras congénitas que los hacían inadecuados para la civilización; la promovieron, a pesar de sus reticencias en cuanto a los meridionales de Europa, porque su brazo y su técnica les eran imprescindibles para ese progreso soñado, y en función de ese progreso previeron un crecimiento de población por la continuidad de la ola inmigratoria y el crecimiento vegetativo de los hijos del país nuevo. Así el «progreso indefinido» tenía una meta muy distante que acuñó una frase de ritual conmemorativo : «El día en que cien millones de argentinos irán ante el trono del Altísimo, conducidos por la azul y blanca».
Ni vieron el límite del espacio geográfico apto para la economía que fundaban, ni vieron el límite de la población que cabía en ese espacio y con esa economía; jugaron la suerte definitiva del país a un destino de país chico creyendo que jugaban a la grandeza: creyendo que jugaban a la lotería jugaban a la quiniela; buscando el premio mayor jugaban a las dos cifras.
Cuando el país llegó a la décima parte de la población prevista y fue ocupado totalmente el espacio geográfico destinado a la carne y al cereal, el «progreso indefinido», en el orden agropecuario, se detuvo. En adelante todo progreso significaría una competencia, un factor de perturbación en la estrategia económica prevista para la Argentina y, por consecuencia, todo el aparato de dirección económica que ellos habían dejado en manos del extranjero, por su incapacidad para realizarse como burguesía, se convertiría en el instrumento del antiprogreso.
Con esto creo que queda bien evidenciada la naturaleza real de un debate frecuente en el cual los partidarios del retorno al pasado invocan como su gran argumento el progresismo de aquellas generaciones para oponerlo al progresismo de las nuevas, sin comprender que aquel progresismo apresurado, como economía dependiente, fue el plato de lentejas por el que los primogénitos vendieron las posibilidades de una economía nacional integrada, que fatalmente reclamaría sus derechos una vez cubiertas las precarias posibilidades de aquel progresismo.

OLIGARQUÍA = DEPENDENCIA

O comprendiéndolo. Y aquí dejo la palabra a un economista que nos explicará la alianza de las fuerzas económicas internas correspondientes a ese progreso limitado, con las fuerzas extranjeras que dirigieron y aun dirigen los resortes esenciales de nuestra economía, que quedó en sus manos por la incapacidad de esas mismas fuerzas internas.
Dice Aldo Ferrer («La economía argentina», Ed. Fondo de Cultura Económica —1963—) : … Finalmente, dado el papel clave que el sector agropecuario jugó en el desarrollo económico del país durante la etapa de economía primaria exportadora, la concentración de la propiedad territorial en pocas manos aglutinó la fuerza representativa del sector rural en un grupo social que ejerció, consecuentemente, una poderosa influencia en la vida nacional. Este grupo se orientó, en respuesta a sus intereses inmediatos y los de los círculos extranjeros (particularmente británicos) a los cuales se hallaban vinculados, hacia una política de libre comercio opuesta a la integración de la estructura económica del país mediante el desarrollo de los sectores industriales básicos, naturalmente opuesta también a cualquier reforma del régimen de tenencia de la tierra. La gravitación de este grupo no llegó a impedir el desarrollo del país en la etapa de la economía primaria exportadora, dada la decisiva influencia de la expansión de la demanda, externa y la posibilidad de seguir incorporando tierras de la zona pampeana a la producción. Sin embargo, después de 1930, cuando las nuevas condiciones del país exigían una transformación radical de su estructura económica, la permanente gravitación del pensamiento económico y la acción política de ese grupo constituyó uno de los obstáculos básicos al desarrollo nacional.

Con lo dicho queda señalada la miopía de los hombres que desde 1853 han pasado en nuestra historia como los grandes visionarios del destino racional y también el proceso por el cual los continuadores de aquellos «chicatos» ilustres se empeñan en ponerle al país las anteojeras que le impiden encontrar su verdadero camino, pues lo que en aquellos fue miopía en éstos es un estado de conciencia que resulta de la fusión de la estructura de sus intereses actuales con el mantenimiento de nuestra tradicional estructura económica.

GRAN BRETAÑA JUEGA SUS CARTAS

Ahora, dejando a los miopes conviene señalar a quién los condujo con su vista larga, porque siempre junto al ciego hay un lazarillo que lo guía, como el de Tormes, contra el guardacantón.
El progreso agropecuario argentino se iba realizando a medida que el país encajaba como la pieza de un puzzle en la organización económica buscada por el Imperio Británico con su avanzada ideológica: la doctrina manchesteriana.
Si en un principio el Río de la Plata fue considerado por la política de Gran Bretaña como una de las tantas plazas comerciales ultramarinas interesantes al comercio de Su Majestad, el pensamiento se completó después en la fórmula de Cobden (Inglaterra será el taller del mundo y la América del Sur su granja) precisada luego en la conformación exclusivamente agrícola-ganadera que hizo de nuestro país lo que Raúl Scalabrini Ortiz ha llamado «base y arma del abastecimiento británico».
Bastará para señalar lo acertado de esta afirmación leer las instrucciones que da Churchill —ya en nuestros días— a Lord Halifax al encargarle las negociaciones para la intervención norteamericana en la última guerra («Memorias de Winston Churchill», Tomo VIII Ed. Boston): «Por otra parte nosotros seguimos la línea de EE.UU., en Sud América, tanto como es posible, en cuanto no sea cuestión de carne de vaca o carnero». La expresión de Cobden, América del Sud, se concreta de manera precisa: Río de la Plata. Si aquí Scalabrini Ortiz acuñaba su frase, allá Churchill la ratificaba.
El gran ministro británico lo hacía en el momento más dramático de la historia inglesa, cuando ya no el Imperio sino la misma metrópoli estaba al borde del derrumbe del que sólo podía sacarla el éxito de la misión encomendada; en ese momento toda la América del Sur podía ser objeto de negociación con la metrópoli del Norte, toda, menos el Río de la Plata.

LA DÉCADA INFAME CONFIESA SU JUEGO

Esto nos permite fijar, y para más adelante, el alcance y los límites de ese progreso. Cuando en 1934 el vicepresidente de la República, Dr. Julio Roca, como embajador argentino (negociación del tratado Roca-Runciman) dice en Londres que: «La Argentina forma parte virtual del Imperio Británico», no hace más que confirmar la naturaleza dependiente de nuestra economía como pieza en el puzzle imperial. Si la frase es lesiva para nuestra soberanía y honor nacional y provocó las consiguientes reacciones patrióticas en quienes las sentimos profundamente, esto no ocurrió porque estuviéramos ajenos al conocimiento de esa realidad que, precisamente, estábamos denunciando. Lo indignante era la aceptación como destino definitivo y como finalidad por los gobernantes argentinos cuando ya la miopía de los fundadores no era posible. Porque el Dr. Julio Roca no lo expresaba como la comprobación de un hecho destinado a superarse, sino como ratificación de la conformidad de ese gobierno y los sectores que representaba con la condición de dependencia que allí se reconocía. El Tratado Roca-Runciman lo confirmó, porque fue un compromiso para que al precio de algunas ventajas a un sector dirigente del país se cristalizase definitivamente esa virtual incorporación al Imperio.
Así, las leyes votadas en 1935, y que constituyeron el estatuto legal del coloniaje, tuvieron por finalidad detener cualquier progreso argentino en otra dimensión que pudiera modificar su situación en el puzzle. La política del «progreso» devenía ya la del antiprogreso, y la fuerza que nos había impulsado a andar, era ahora la que nos detenía.
Sintetizando: se aceleró nuestro desarrollo para integrarnos eficazmente en el Imperio. Ahora éste había llegado a los límites técnicamente exigidos y cualquier progreso de otro orden implicaría una alteración de la finalidad propuesta.

PRIMER FRACASO: LA GENERACIÓN CONSTITUYENTE. LIBERALISMO INTERNACIONAL O LIBERALISMO NACIONAL

Es que en toda colonización hay ese momento próspero mientras se avanza hacia el límite óptimo de sus necesidades. Y el frenazo después. He ahí las dos fases de una misma política.
¿La adscripción de la Argentina al sistema de la división internacional del trabajo era inevitable para los vencedores de Caseros? ¿La única perspectiva de progreso que se tenía por delante era la impuesta por la ortodoxia liberal y el libre juego de las fuerzas económicas nacionales e internacionales con que se adoctrinaban?
Ni teórica ni prácticamente era así. Lo que sí puede ser cierto es que las condiciones históricas determinaban la organización capitalista de la producción. Es cierto que era la hora del capitalismo en marcha, pero no la del internacionalismo liberal. Los constituyentes del 53 buscaron su inspiración en las instituciones de los Estados Unidos, y hay aquí que preguntarse por qué se quedaron en las apariencias jurídicas y eludieron la imitación práctica. ¿No entendieron la naturaleza profunda del debate entre Hamilton y Jefferson o la entendieron y vendieron después a las generaciones argentinas desde la Universidad, desde el libro y desde la prensa una interpretación superficial y formulista?
En ese debate está sintetizado el enfrentamiento entre el liberalismo ortodoxo, que implicaba aferrarse a la división internacional del trabajo, y el liberalismo nacional, que construyó los Estados Unidos, que fue el instrumento de su grandeza y le sirvió para delimitar la esfera propia del desarrollo norteamericano por oposición a la subordinación económica a la metrópoli, que hubiera convertido la independencia en una ficción. ¿Entre tanto libro que leyeron «al divino botón» no encontraron una línea de las que habían escrito Carey e Ingersoll, y no tropezaron con un volumen del «Sistema de Economía Nacional» de List, que fueron los teóricos del desarrollo da una economía capitalista nacional, es decir, de un capitalismo y un liberalismo para los norteamericanos o, los alemanes, y no para los ingleses? ¿No sabían que esa heterodoxia que le cortó las alas al águila de la división internacional del trabajo nutrió la gallina prolífica que ponía los huevos para los hijos de su tierra, defendiendo con la protección aduanera el fruto del trabajo nacional y promoviendo el desarrollo interno, con el Estado como propulsor de la grandeza? ¿Por qué se atrevieron a la doctrina liberal como mercadería de exportación para vender a zonzos y no a la doctrina liberal, reelaborada en los Estados Unidos para la construcción de una economía liberal pero integrada?
Y contemporáneamente también, y más adelante, ¿por qué prescindieron del ejemplo de Alemania, que realizó su propia política liberal, pero nacional, empezando por el “zollverein” hasta llegar a la construcción de la gran Alemania cuando el pensamiento político de Bismarck integró el pensamiento económico del mismo List, perseguido por los príncipes como liberal y por los liberales como nacional?
Alemania, hasta ese momento, no había sido más que el mísero país del que habla Voltaire; el campo de batalla de franceses, suecos, austriacos y españoles, en el que nunca había pesado el interés de sus nacionales. Los factores materiales de la grandeza alemana habían estado siempre allí: sus puertos y sus ríos, el genio y la capacidad de trabajo de sus hombres, los bosques en las faldas de las montañas, los granos y las carnes en los valles y las llanuras, el hierro y el carbón en las entrañas de la tierra; todas las condiciones materiales de la grandeza que sólo se manifestaron cuando el pensamiento y la voluntad nacional se articularon para ponerlos a su servicio.
(Conviene recordarlo a los que creen que sólo los factores materiales determinan la historia y subestiman el pensamiento y la voluntad que puede hacer una mísera dependencia de un país rico, y una metrópoli de un país pobre en recursos materiales.)

LA GUERRA DE SECESIÓN: EJEMPLO PRÁCTICO

Pero hubo después en los Estados Unidos la guerra de Secesión: allí se enfrentaron sangrientamente el Norte, liberal nacionalista, con el Sur, adscripto a la producción exclusiva de materias primas, y puede decirse que la verdadera independencia de los Estados Unidos se resolvió en el campo de batalla de Gettysburg. ¿Cómo fue que los promotores de la política liberal internacionalista siempre tratando de imitar a los Estados Unidos, no comprendieron el verdadero sentido de esa guerra, y cómo el «Destino Manifiesto» sólo podía cumplirse a condición de que el país industrial que promovía el desarrollo interno venciese al país de producción primaria que lo obstaculizaba? ¿Lectores pueriles de las doctrinas exportadas como los collares de abalorios para seducir a los indígenas, sólo vieron en aquella página dramática de la vida norteamericana la seducción lacrimógena de «La Cabaña del Tío Tom», sin percibir el trasfondo económico y político de los acontecimientos?

¿Y cómo es posible que generaciones y generaciones de juristas hayan acosado a los estudiantes de derecho y de economía con la vida de las instituciones norteamericanas a través de su permanente evolución, en la jurisprudencia del Supremo Tribunal, sin percibir el hecho económico que rigió y condujo esa construcción jurídica, en la que la vida fue acordándose a las exigencias de la realización económica integral, según el país iba creciendo de la estrecha franja original en el Atlántico hacia el Medio Oeste, los desiertos interiores y la costa del Pacífico, o el desborde sobre la tierra mexicana?
¿Lo vieron o no lo vieron? ¿Traidores o «chicatos»? Esa es la alternativa. En «Política y Ejército» he señalado un factor cultural que también pesó en esa ceguera. Desde el día siguiente de la independencia, directoriales y unitarios, cuyos continuadores habrían de ser los famosos «visionarios», partieron de la urgencia por hacer el país no según lo determinaban sus raíces —como se hace el árbol hasta la copa—, sino según un modelo a trasplantar. Quisieron realizar Europa en América y todo lo que Europa les ofrecía era válido; y sin valor lo que surgía de la realidad. Trabajaron para la destrucción de la Patria Grande, porque, consciente o subconscientemente, les estorbaba a su apuro la montaña, la selva, el río y el hombre, por español, por indio o por mestizo.
Gobernar es poblar, como diría Alberdi, pero despoblando primero como ellos lo hicieron para abrir la tierra a nuevos hombres que imaginaban no iban a ser americanos. Así es como también diría Alberdi, resumiendo sin saberlo el pensamiento original de su grupo: «El mal que aqueja a la Argentina es la extensión». Por eso había que achicarla. Empezó Rivadavia facilitando la segregación del Alto Perú y la Banda Oriental; lo harían los unitarios en los largos años de la guerra civil buscando con la ayuda extranjera la segregación del Norte y la Mesopotamia; lo haría Mitre abriendo un abismo de sangre y de luto con el Paraguay. Siempre estuvieron decididos a achicar el espacio, y así segregaron Buenos Aires frente al gobierno de Paraná. Reducir la patria a la pampa húmeda, fácilmente europeizable, permitía ahorrar tiempo en el camino de la grandeza concebida a través de la pequeñez. Congruentemente fue necesario destruir el Paraguay, que se había puesto a la vanguardia del progreso americano, cerrándole el camino al pernicioso progreso conseguido contra las normas manchesterianas.

EL PROFETA DEL LIBRE CAMBIO Y SUS APÓSTOLES

Y esto no es una afirmación al pasar. Oigámoslo a Mitre en la oración pronunciada saludando a los soldados que venían de desangrarse en los esteros paraguayos: «Cuando nuestros guerreros vuelvan de su larga y victoriosa campaña a recibir la larga y merecida ovación que el pueblo les consagre, podrá el comercio ver inscriptos en sus banderas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han postulado para mayor felicidad de los hombres”.
Y véase ahora esto de Sarmiento que ajusta perfectamente al alcance de esa libertad de comercio y el límite fijado por sus apóstoles: “La grandeza del Estado está en la pampa pastora, en las producciones del Norte y en el gran sistema de los ríos navegables cuya aorta es el Plata. Por otra parte, los españoles no somos ni industriales ni navegantes y la Europa nos proveerá por largos siglos de sus artefactos a cambio de nuestras materias primas”. Así dirá Billinghurst: Llegaremos a exportar manufacturas dentro de mil años, y Vélez Sársfield, autor del Código Civil, codificará en una frase la política de una clase como inseparable del destino argentino: Es imposible proteger a los industriales, que son los pocos, sin dañar a los ganaderos, que son los más. Esa fue la mentalidad de los “visionarios” que sólo alcanzaron a verse la punta de la nariz; ésa la gente que bajé con las Tablas de la Ley del Sinaí del 53.

Así se crearon las condiciones del capitalismo, pero se impidió el surgimiento de un capitalismo nacional al ponerlo en indefensión frente a la economía imperial. Así también, a medida que el progreso de la economía dependiente consolidaba el poder de los intereses extranjeros en el país y ligaban a ellos, como se ha explicado en la cita de Ferrer, los beneficiarios de la economía puramente abastecedora, se hacía más difícil la aparición de una economía capitalista propia. A mayor prosperidad de la economía exclusivamente agropecuaria, mayor dificultad para fundar una economía nacional integrada. Así quedaron excluidas las posibilidades del desarrollo de una política liberal nacional por la rápida expansión de una política liberal internacional. Anotemos como simple curiosidad el hecho que se ha señalado más arriba: en la deformación mental que hizo posible que la inteligencia argentina aceptara ese hecho la irrisión llegó hasta el punto de que el ejemplo de los Estados Unidos que hubiera servido para fundar una economía nacional integrada, fuera utilizado para impedirlo.

LA ARGENTINA PREINDUSTRIAL

¿Pudo, a nivel histórico 1853, planearse una política económica nacional? ¿Existía la posibilidad de surgimiento de una burguesía nacional que cumpliera ese papel?
Existía. Y Juan Manuel de Rosas había sido su máxima expresión. Lo que hay que saber es si Rosas no fue combatido por eso mismo y si el propósito de los vencedores no fue precisamente aniquilar toda posibilidad de economía integrada, que él acababa de demostrar. Vencido políticamente, quedaba su camino económico para recorrer.
Rosas es uno de los pocos hombres de la alta clase que no desciende de los Pizarros de la vara de medir que en el contrabando y en el comercio exterior fundaron su abolengo. Por eso no tuvo inconveniente en ser burgués. Fundó la estancia moderna y después fundó el saladero para industrializar su producción, y fundó paralelamente el saladero de pescado para satisfacer la demanda del mercado interno. Y defendió los ríos interiores y promovió el desarrollo náutico para que la burguesía argentina transportara su producción; integró la economía del ganadero con la industrialización y la comercialización del producto y le dio a Buenos Aires la oportunidad de crear una burguesía a su manera. Pero además, con la Ley de Aduanas, de 1835, intentó realizar el mismo proceso que realizaba los Estados Unidos; frenó la importación y colocó al artesanado nacional del litoral y del interior en condiciones de afirmarse frente a la competencia extranjera de la importación, abriéndole las posibilidades que la incorporación de la técnica hubiera representado, con la existencia de un Estado defensor y promovedor, para pasar del artesanado a la industria1.
Pequeño intento, se dirá, pero para muestra basta un botón. Un botón construido mientras los unitarios, en insurrección permanente, obligaban a la guerra constante, y los grandes Imperios de la hora. Francia e Inglaterra y el vecino Brasil, agredían las fronteras argentinas, atacaban la navegación, bloqueaban los puertos, cañoneaban las fortificaciones y desembarcaban sobre nuestro territorio con la complicidad de sus aliados internos.
Pequeña muestra, pero grande si se ve lo que ocurrió después.
Transcribo, también de «Política y Ejército», lo que sigue: «Martín de Moussy señalaba los efectos de la libertad de comercio que Mitre había inscripto en las banderas del Ejército según su arenga: La industria disminuye día a día a consecuencia de la abundancia y baratura de los tejidos de origen extranjero que inundan el país y con los cuales la industria indígena, operando a mano y con útiles simples, no puede luchar de manera alguna.”
Dice José María Rosa: Los algodonales y arrozales del Norte se extinguieron por completo. En 1889 el primer Censo Nacional revelaba que en provincias enteras apenas si malvivían madurando aceitunas y cambalacheando pelos de cabra. («Defensa y pérdida de la Independencia económica»). Ramos, de quien extraigo esta cita («Revolución y Contrarrevolución en la Argentina»), nos informa que en 1869 había 90.030 tejedores sobre una población de 1.769.000 habitantes, y en 1895 sólo quedaban 30.380 tejedores en una población de 3.857.000. Lejos de importar máquinas de producción, el capitalismo europeo en expansión nos enviaba productos de consumo. No venía a contribuir a nuestro desarrollo capitalista, sino a frenarlo.

LA POSIBLE BURGUESÍA FRUSTRADA DE LA «PATRIA CHICA»

Ni los pálidos exiliados de Montevideo que echaron sebo después de Caseros, ni los generales uruguayos brasileristas traídos por Mitre para la guerra de exterminio de la población nativa, ni los pobretones doctores de la Constituyente, podían haber constituido una burguesía. Pero estaba vivita y coleando esa burguesía federal que se le había dado vuelta a Rosas después de la derrota o en sus vísperas, con la parentela del «tirano» a la cabeza, y ese mismo Dr. Vélez Sársfield, que venía directamente de los salones de Manuelita. Ellos pudieron pesar para que, aceptando la estructura liberal que se plagiaba de los Estados Unidos, se condicionase ésta al interés nacional como los mismos Estados Unidos habían hecho, asumiendo ellos mismos el papel económico que el «dictador» había representado y sostenido.
Pero aquellos doctores habían adquirido ya el hábito de actuar como agentes internacionales, y lo siguieron haciendo desde sus bufetes donde fundaron la dinastía de los abogados de empresas y maestros del derecho y la economía conveniente a la política antinacional. Los burgueses de Buenos Aires prefirieron disminuir los recursos de la Aduana —que a Rosas le habían servido para establecer el orden nacional— para facilitar el orden de la dependencia y excluyeron la protección económica que significaba la posibilidad de integrar una economía.
Desde Pavón se aplicó la política del país chico. Ahora los recursos aduaneros, que se limitaban y habían servido para pelear contra lo extranjero, serían útiles para aniquilar al interior; y la protección, que había sido la defensa económica de éste, desaparecía para abrir camino al importador. Ahora el interior no es más que un desgraciado remanente del país hispanoamericano, sólo tolerable en la medida que no estorbe la adaptación de las pampas al destino que le tenía reservado la división internacional del trabajo. Es lo que le permitiría decir a Sarmiento: «Pudimos en tres años introducir cien mil pobladores y ahogar en los pliegues de la industria a la chusma criolla inepta, incivil, ruda, que nos sale al paso a cada instante». Pero ya sabemos de qué industria habla Sarmiento, según lo dicho más arriba.

SEGUNDO FRACASO: LA BURGUESÍA PROSPERA SE SIENTE ARISTOCRACIA

Hacia el 80 se abre otra perspectiva. Es el momento en que comienza la brusca expansión agropecuaria del país.
Aldo Ferrer (Op. cit.) sintetiza de manera general el proceso de integración de los países productores de materias primas en el mercado mundial. Dice (pág. 96) : «La apertura de los mercados europeos a la producción de alimentos y materias primas del exterior fue consecuencia del proceso de industrialización de los países de Europa, la Especialización creciente de éstos en la producción manufacturera y la mejora de los medios de navegación de ultramar que rebajaron radicalmente los costos de transporte. Esto abrió en las economías de los países ajenos a la revolución tecnológica y a la industrialización de la época, llamados más tarde de la periferia, grandes posibilidades de inversión en las actividades destinadas a producir para los mercados de los países industrializados. Naturalmente, según se apuntó antes, los que más posibilidades ofrecían fueron aquellos de grandes recursos naturales y escasa población». Señala más adelante, llamando a estos países de «espacio abierto», que «la Argentina fue un caso típico de integración a la economía mundial de un espacio abierto». Agrega, también, que las «inversiones se presentaron tanto en las actividades puramente exportadoras como en la ampliación del capital de infraestructura, particularmente transportes, y también en los campos vinculados a las actividades de exportación, sus mecanismos comerciales y financieros, y en el desarrollo de actividades destinadas a satisfacer las demandas de países periféricos».
Ya Scalabrini Ortiz en su «Historia de los FF.CC. Argentinos» ha mostrado cómo la inversión fue muy relativa y se hizo por capitalización del trabajo nacional; lo mismo puede decirse de los servicios públicos en general, uno de los cuales, el de la electricidad, ha historiado minuciosamente Jorge del Río. En cuanto a los mecanismos comerciales y financieros, conviene recordar que los exportadores y los importadores se financiaron antes y después del IAPI, a través de la banca por el ahorro nacional, es decir que lo mismo que el IAPI, pero con la correspondiente diferencia de destino de los márgenes que resultan del comercio exterior. Estos márgenes se convierten con el sistema restablecido después de 1955, en nuevas inversiones extranjeras cuando no son utilidades que se van.
Pero dejando de lado la cuestión del origen de esas inversiones, el hecho que anota Ferrer es el mismo que hemos señalado poniendo las iniciales a la política inteligentemente trazada; las inversiones en la infraestructura no están dirigidas a desarrollar el país sino a facilitar su deformación en el sentido de un desarrollo dependiente.
La clase propietaria de la tierra, enriquecida bruscamente por la ampliación de sus dominios con la Conquista del Desierto, por el orden y la juridicidad, por el progreso técnico —alambrados, aguadas, genética, etc.—, por la contribución de los brazos inmigratorios y, sobre todo, por la demanda mundial dirigida a las producciones de la pampa húmeda, ha cuidado minuciosamente de mantener su hegemonía territorial, limitando por esto mismo la posibilidad de la formación de una fuerte burguesía de origen inmigratorio que podría haber nacido de una mejor distribución de la tierra y de una más amplia distribución de los frutos del trabajo.

EL ROQUISMO Y LA APARICIÓN DE UNA IDEA INDUSTRIALISTA

Pero en cambio el interior ha vencido a los portuarios y la federalización de Buenos Aires abre las perspectivas de una visión política nacional sustituyendo la exclusivamente porteña. Otro pensamiento económico que el vigente hasta ese momento acompaña a los vencedores. Avellaneda, con la modificación de la Tarifa de Avalúos, parece volver a la política económica señalada por Rosas. Están los dos Hernández, Vicente López, Roque Sáenz Peña, Estanislao Zeballos, Nicasio Oroño, Carlos Pellegrini, Amando Alcorta, Lucio Mansilla, el mismo Roca. Pellegrini sintetizará el pensamiento de esa generación: «No hay en el mundo un sólo estadista serio que sea librecambista en el sentido que aquí entienden esa teoría. Hoy todas las naciones son proteccionistas, y diré algo más: siempre lo han sido, y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y política. El proteccionismo puede hacerle práctico de muchas maneras, de las cuales las leyes de Aduana son sólo una, aunque sin duda la más eficaz, la más generalizada y la más importante. Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto»
En el plano de la inteligencia política las cosas han cambiado; la generación del 80 parece no estar arrodillada ante «los apóstoles del libre cambio», como Mitre, ni creer en la ineptitud congénita de los argentinos como Sarmiento. Con Roca llegan al gobierno nacional, si no la «chusma incivil» que dijo el sanjuanino, la «gente decente», los principales de provincia cuyos intereses difieren de los portuarios.
Pero todo queda en vagos enunciados teóricos. Primero la lana, después la carne y los cereales, multiplican las cifras de la exportación; el roquismo, como tentativa de grandeza nacional, se desintegra en las pampas vencido por los títulos de propiedad que adquieren sus primates, ahora estancieros de la provincia.

UNA TRISTE PÁGINA DE HISTORIA

Quizá una de las páginas más tristes de la historia argentina es aquella entrega de la banda y el bastón que el general Roca hace al nuevo presidente Quintana. Es el mismo Quintana abogado del Banco de Londres y América del Sud que habla amenazado al ministro de Relaciones Exteriores de Avellaneda, Bernardo de Irigoyen, con movilizar la escuadra inglesa por un incidente bancario en el Rosario.
Esos eran sus títulos, y los de gran señor con su atuendo londinense, su oficio y filiación política mitrista que definen su ideología.
Abelardo Ramos (Op. Cit. Tomo II) nos relata el episodio:
Rodeado de un puñado de amigos y con un velo melancólico en sus ojos saltones, el general Julio Argentino Roca entregaba las insignias del mando al Dr. Manuel Quintana, con su perilla blanca, retobado y despreciativo, enfundado a presión en su célebre levita.
… El mandatario saliente pronunció algunas banales palabras de cortesía. Quintana contestó al ceñirse la banda presidencial: “Soldado como sois, transmitís el mando en este momento a un hombre civil. Si tenemos el mismo espíritu conservador, no somos camaradas ni correligionarios y hemos nacido en dos ilustres ciudades argentinas más distanciadas entre sí que muchas capitales de Europa”. En esta respuesta desdeñosa, Quintana componía su autorretrato: se había sentido siempre más próximo a Londres que a Tucumán. Su alusión al común espíritu conservador no era menos que transparente: comprendía perfectamente el íntimo sentido de la declinación del roquismo y su incorporación al “statu quo” de la oligarquía triunfal.
Del soldado de Pavón, la Guerra del Paraguay, Santa Rosa y la Conquista del Desierto al estanciero de “La Larga”. Lo que no pudieron las armas lo hizo la estancia. Continuaría su hijo el mismo camino de declinaciones que ahora se rubricaban con la traición a Pellegrini.
En su mensaje al Congreso, Quintana sería más concreto advirtiendo sobre el final de toda tentativa de economía nacional. Se imponía reducir los impuestos, ahorrar en los gastos públicos y renunciar a “ciertos excesos del proteccionismo aduanero”. El mismo autor agrega que se renunciaba a la orientación proteccionista que había sido una forma desde la presidencia de Avellaneda en 1875 y que a pesar de su moderación había permitido crear las industrias nacionales en el último cuarto de siglo de la influencia roquista. Quintana agregaría en el mensaje; “… corregir las tarifas de otras naciones y aplicarlas sobre avalúos de verdad… moderar la protección de industrias precarias si hemos de asegurar con ello la prosperidad de las industrias capitales”.

LOS “CIVILISTAS” UTILIZAN A LOS MILITARES

Desde entonces, con una sola excepción, los generales que llegaron al poder terminan por entregarlo a civiles que enuncian estos “sanos” propósitos bajo la mirada complacida de las metrópolis económicas; convierten las armas nacidas para instrumento de la grandeza nacional en el recurro cómodo de esa clase de civilidad de que Manuel Quintana puede ser el símbolo.
Esto es lo que en definitiva dice también José Luis Imaz al hablar de las Fuerzas Armadas en «Los que Mandan» (Ed. Eudeba): Sin funciones manifiestas —no ha habido guerras—, el aparato bélico de las FF.AA. ha terminado por ser visualizado, por todos los grupos políticos, como instrumento potencialmente útil para satisfacer sus propios objetivos. Así, el recurso de las FF.AA. como fuente de legitimación ha terminado por ser una regla tácita del juego político argentino.
La regla es válida para la generalidad de los golpes militares, con sus «Batallones de Empujadores” y sus «Regimientos de Animémonos y Vayan» (civiles), que se saben herederos pero no para el caso de 1913 que se engloba en el juicio. Aquí el Ejército falló a los viejos partidos políticos, a quienes el juego se les fue de la mano. Lo que sucedió al golpe de Estado fue un proceso nuevo y distinto que instrumentó la única tentativa seria de economía nacional que hemos tenido. Porque la cuestión que define el hecho militar, es la de saber si éste se produce para restablecer el status quo de los viejos partidos políticos como guardianes de la economía dependiente, o para abrir las perspectivas de una política nacional para el país y para el mismo ejército, rompiendo el esquema preestablecido en obsequio al acceso al poder de la parte de sociedad capaz de realizarse nacionalmente porque no está ligada a la vieja estructura.
Pero no nos apartemos del tema que es el fracaso de la burguesía.
La burguesía argentina fracasa pro segunda vez.

FRACASAN LOS DEL «OCHENTA»

Ese momento de la incorporación de las pampas al mercado mundial, también ocurrió en Estados Unidos con sus cereales y carnes.
Entonces la burguesía norteamericana capitalizó la riqueza así generada. Complementó la producción con el manejo de la comercialización, de la navegación y de la banca. No se limitó a producir y vender sobre el lugar de producción entregando la parte del león a los exportadores. La hizo suya, la reinvirtió y proyectó los recursos logrados sobre el desarrollo interno, acompañando la marcha hacia el Oeste.
Ya hemos visto que la burguesía inmediata a Caseros fue incapaz de continuar el papel económico señalado por Juan Manuel de Rosas. Puede ella justificar su incapacidad para cumplirlo en la gravitación de las ideologías, en la caída del pensamiento nacional, en la conducción política en manos del odio que quería borrar todo el pasado, y en su propia debilidad económica para emprender en ese momento la tarea.
Pero la situación es muy distinta del 80 en adelante; esa burguesía se encuentra bruscamente enriquecida y plena de poder. Tiene conductores políticos que señalan un rumbo de economía nacional; las provincias pesan en las decisiones del Estado; sólo les basta asumir su papel como burguesía ilustrándose con el ejemplo de sus congéneres contemporáneos de los EE.UU. y de Alemania. Y, sin embargo, no lo cumple; por el contrario, absorbe en sus filas a los políticos y pensadores que pudieron ser sus mentores, los incorpora a sus intereses y los somete a las pautas de su status imponiéndoles, junto con su falta de visión histórica, la subordinación a los intereses extranjeros que la dirigen.

LOS AUSENTISTAS EN SU HORA DE «MEDIO PELO»

Es que esa burguesía de los descendientes de los Pizarro de la vara de medir prefiere creerse una aristocracia. Es la alta clase ausentista que reproduce en sus estancias los manors británicos y en sus palacios a la francesa el estilo de la alta sociedad parisiense. Es la burguesía ausentista que sube, en París y en Londres, la escalera del refinamiento finisecular después de haber saltado los escalones del rastacuero y se identifica con las grandes metrópolis del placer, la cultura, el dinero; entrega sus hijos a manos de «misses» y «mademoiselles» o a colegios pensionados de dirección extranjera, cuando no extranjeros directamente; se desentiende de la conducción del país, que deja en manos de protegidos de segunda fila —con todo, mejores que ella, porque no se han descastado totalmente—. Imita a la burguesía norteamericana en el dispendio y le disputa el matrimonio de sus hijas con los títulos de la nobleza tronada. Pero pretende ser una aristocracia, a diferencia de la «yanqui», que en su simplicidad arrogante se afirma como burguesía.
Carga sobre la espalda de esa burguesía argentina el complejo de inferioridad anti-indígena. anti-español y anti-católico, y en lugar de ser como la «yanki», ella misma, prefiere ser imitadora de la alta clase europea. Tal vez remedando al príncipe de Gales, que después será Eduardo VII es un poco continental y un poco isleña y fabrica ese híbrido anglo-francés que después traslada a Buenos Aires en la arquitectura, en los modos y hasta en el lenguaje.
Los racistas habituales imputarán este fracaso psicológico de los terratenientes argentinos a la supuesta incapacidad hispánica heredada, cuando si de algo se ocuparon esos «burgueses» es de borrar toda huella de lo español.
Puestos a imitar, no imitaron a esta burguesía poderosa y constructiva y sólo quisieron reproducir la imagen de los landlords en sus dominios territoriales. Anticipan el «medio pelo» contemporáneo en su arribismo de aquella etapa, porque en París y en Londres son el «medio pelo» de la alta sociedad; «medio pelo» que cree cotizarse por sus propios valores, hasta que la declinación de la divisa fuerte le destruye todo el fundamento de su prestigio internacional1.

BUENOS AIRES Y SU CITY

No supieron ser en su país los hombres de la «city» y la «city» fue extranjera. Por la estúpida vanidad de esa clase, el país frustró la ocasión de capitalizar para el desarrollo nacional la oportunidad que la historia le brindaba. Dilapidaron en consumo superfluo la parte de la renta nacional que la burguesía extranjera les dejó a cambio de la renuncia de su función histórica; cuando la divisa fuerte se acabó dejaron de ser »los ricos del mundo» y volvieron para ser «los ricos del pueblo», no en razón de la riqueza que pudieron crear, sino del privilegio que les permitió acumular su condición de titulares del dominio, en la valorización de las tierras originada en la transformación y lo poco que invirtieron en la producción primaria. Volvieron a cuidar aquí ese orden en virtud del cual, ya pobres en el mundo, se les permitía ser ricos en el país por comparación con los más pobres, a condición de garantizarle a la infraestructura extranjera de la producción el cómodo usufructo del intercambio.
Así, la expansión agropecuaria, que fue la más grande oportunidad que tuvo el país de capitalizarse, como consecuencia del fracaso de su burguesía sirvió para consolidar su situación de dependencia.
En la medida que esa clase no cumplió el papel que correspondía a una burguesía, se resignó a ser la fuerza interna dependiente cuya misión ha sido impedir toda modificación de la estructura. Es lo mismo que pasa con los ejércitos en todos los países periféricos: o intentan la realización nacional cumpliendo como tales con su destino histórico, o se convierten en una mera policía del orden conveniente a los de afuera. Esa diferencia que hay entre el soldado y el cipayo ocurre en el orden económico según la burguesía cumpla funciones nacionales o simplemente sea un sector dependiente.

LOS «PROGRESISTAS» DEVIENEN ANTIPROGRESISTAS

Cuando la producción agropecuaria llegó a los topes previsibles y la población siguió creciendo, ya no sólo dejó de cumplir su papel como burguesía, ante el peligro de que la realidad, imponiendo las leyes de la necesidad, alterase la estructura a que se ligaba. De la euforia del progreso y su hipertensión, que vivió tirando manteca al techo, pasó a la lipotimia del miedo a la grandeza.
Quiero aquí recordar la frase de ritual de la vieja oligarquía que he dicho al principio de la nota: ‘»Cien millones de argentinos conducidos por la azul y blanca ante el trono del Altísimo». Y agregar dos citas que no me cansaré de reiterar, porque definen los dos extremos entre la euforia de los triunfadores y la derrota de los sometidos que quieren someter el país.
En 1956 el Dr. Ernesto Hueyo, ex ministro de la Década Infame y personaje representativo de su clase, sostiene en un artículo de «La Prensa» que el país tiene exceso de población y sólo se le ocurre una solución: que emigre el excedente de argentinos innecesario para la economía pastoril. En 1966 el presidente de la Sociedad Rural, Sr. Faustino Fano —un nuevo incorporado a la alta clase— expresa el pensamiento de la misma diciendo en el habitual banquete de la prensa extranjera —donde los primates del país van a dar examen de buena conducta e higiene mental— que la población conveniente a la República está en la relación de cuatro vacunos por cada hombre. Ajustándonos al cálculo de este último, y partiendo de una existencia presumible de 45 a 50 millones de vacunos, hoy no debería tener más de 12 millones de habitantes. Si tiene 25 millones se ha excedido en el 100 por ciento. ¡A esto ha llegado la élite que se dice continuadora de la que jugaba a los 100 millones de habitantes y los prometía ante el trono del Señor!
Y lo terrible es que tiene razón si el esquema económico argentino ha de ajustarse al destino que le tienen reservado al país los que se creen sus dirigentes por derecho propio, los que habitualmente sacan al Ejército de sus cuarteles, los que habitualmente vuelven a meterlo en los mismos y los que ponen al frente de la economía a los expertos profesionales que se turnan en su dirección.

EN LOS LIMITES DE LA PAMPA

En 1914 —y no en 1930, como lo entiende Ferrer— el país ha llegado al límite potencial de su riqueza agropecuaria. Habrá coyunturas circunstanciales, como la excepcional demanda posterior a la primera guerra o la falta de competencia internacional, o condiciones climáticas extraordinarias que permitan en algunos años superarlo.
De todos modos se sumará a los factores adversos la cada vez más adversa relación de los términos del intercambio; ya ni el préstamo internacional ni los saldos favorables de la balanza comercial podrán compensar la demanda creciente del mercado interno, que, además, afecta los saldos exportables, ni tampoco el servicio de amortizaciones y de intereses. Todo lo que el país avance sólo dependerá de la expansión del mercado interno —de lo que el país sea capaz de producir y consumir para sí, es decir, de la diversificación de la producción y el alza de los niveles de consumo generada por el desarrollo de las fuerzas internas, de la producción al salario—, de su capacitación para integrar una economía nacional que no repose en los saldos del comercio exterior. Este dejará de ser eje para ser sólo complementario, como lo es en EE.UU. y en todos los países que los «‘expertos» cipayos nos proponen como ejemplo. Ese problema de población que preocupa a Hueyo y a Fano, la eliminación del excedente de 13 millones de habitantes, sólo tiene dos soluciones: el genocidio que puede consistir en el no te morirás, pero te irás secando de un pueblo condenado a la miseria endémica, que además facilite mano de obra barata para complacer con el bajo costo «el mercado tradicional», o tomar el toro por las astas —el toro o el dueño del toro— y marchar hacia la integración de la economía.
Para un argentino no hay otra alternativa que la segunda solución en lo inmediato. En lo mediato, volver a la expansión internacional, pero con la producción y los mercados diversificados.

AVANCES Y RETROCESOS

Desde 1914 estamos en eso: en la lucha del país nuevo y real con el país viejo y perimido, que para vivir él impide el surgimiento de nuestras fuerzas potenciales. Es un andar y desandar continuo; un avanzar tres pasos y retroceder dos. En ese andar hacia adelante muchos sectores del interior han encontrado su solución transitoria en el crecimiento del mercado del litoral y sólo por él; el algodón del Chaco, el vino y la fruta de Mendoza y Río Negro, la yerba y el té de Misiones, los citrus de la Mesopotamia y del Norte, el tabaco, el azúcar, el arroz y la variada gama de productos que han permitido avanzar a algunas provincias de las condenadas a vegetar miserablemente en el mecanismo exportador-importador del litoral.
Las dos grandes guerras, la de 1914 y la de 1939, y la neutralidad mantenida a pesar de todas las presiones, rompieron en dos oportunidades críticas el esquema agro-importador y dieron lugar a un incipiente desarrollo industrial en la primera, que tuvo carácter mucho más, definido y profundo en la segunda. Las condiciones históricas favorables fueron relativamente acompañadas en la primera oportunidad, por el gobierno de Yrigoyen, con medidas imprecisas pero que ayudaron, como el cierre de la Caja de Conversión, el incremento de la actividad del Estado como promotor y el primer reconocimiento de los trabajadores como fuerza dinámica de la realización argentina en la segunda, desde la política inicial de Castillo, con la creación del Banco Industrial y la creación de la Marina Mercante, a la decidida y enérgica política de Perón, ejecutada audazmente por Miranda y con la efectiva acción de los trabajadores que, con la lúcida conciencia de su papel, ocuparon el lugar vacante de la burguesía en la conducción nacional, pues la burguesía que surgía entonces, al amparo de condiciones favorables, tampoco tuvo conciencia de su valor histórico ni de la línea política de sus intereses.
1930 y 1955 son fechas equivalentes, y la Década Infame y la Revolución Libertadora se identifican en los fines, en la técnica revolucionaria, en los equipos de gobierno y en el mismo aprovechamiento de las fuerzas militares destinadas al increíble papel de frenar la grandeza nacional y cerrarle al país —cuya expresión armada de potencia son— el camino que les abriría la posibilidad de ser potencia.
No se trata aquí de hacer el análisis de la política económica del gobierno caído en 1955. Sólo bastará con decir que, cabalgando la única tentativa de política económica nacional en gran escala después del precario ensayo que pudo hacer Rosas. (Ésta analogía que quiso ser injuriosa resultó un cumplido y lo resultará cada vez más a medida que se vaya conociendo la historia verdadera de las “Tiranías Sangrientas” y la de sus adversarios). El establecimiento de prioridades, la concentración de la banca y el manejo de las divisas para proyectar sus recursos sobre las mismas, el manejo del comercio de exportación y el control de la infraestructura económica y la paralela redistribución de la renta, con la consiguiente promoción social del país, son caminos que habrá siempre que recorrer, corrigiendo errores, perfeccionando aciertos y aportando nuevas soluciones y perspectivas, porque son los únicos caminos posibles de una integración económica nacional.

EL TERCER FRACASO DE LA BURGUESÍA

Esta vez también la burguesía traicionó su destino. Y ahora no fue la burguesía tradicional, ya ligada definitivamente al anti-progreso como expresión del país estático frente al país dinámico, porque el proceso de desarrollo que se cumplió en la etapa 1945-1955 significaba la oportunidad de la aparición de un capitalismo nacional con fines nacionales.
Era el avance hacia una frontera interior de progreso donde todavía el capitalismo tiene un amplio margen de posibilidades y una tarea que cumplir. También los trabajadores lo comprendían, demandando como precio el ascenso social que ese avance generaba, aceptando los márgenes de capitalización y reclamando sólo una distribución digna de la capacidad del consumo. Sociedad ésta signada por el inmigrante con la voluntad de los ascensos individuales, levantó con el mismo sentido las masas criollas del interior secularmente resignadas a ser marginales de la historia; el movimiento social tuvo así características propias del país, en que se conjugaron la demanda gremial de las reivindicaciones gregarias y la individual afirmación de las posibilidades personales; porque el movimiento social se da en un país de frontera interior en las dos dimensiones que la riqueza en expectativa permite, lo mismo que la fluidez de las situaciones de trabajo, originadas en una economía de expansión.

EL MEDIO PELO Y LA NUEVA BURGUESÍA

A la sombra de esa expansión del mercado interno y el correlativo desarrollo industrial surgió una nueva promoción de ricos, distinta a la de los propietarios de la tierra que venía de las clases medias, y aun del rango de los trabajadores manuales, y se complementaba con una inmigración reciente de individuos con aptitud técnica para el capitalismo.
Pero esta burguesía recorrió el mismo camino que los propietarios de la tierra, pero con minúscula.
Bajo la presión de una superestructura cultural que sólo da las satisfacciones complementarias del éxito social según los cánones de la vieja clase, buscó ávidamente la figuración, el prestigio y el buen tono. No lo fue a buscar como los modelos propuestos lo habían hecho a París o a Londres. Creyó encontrarla en la boite de lujo, en los departamentos del Barrio Norte, en los clubes supuestamente aristocráticos y malbarató su posición burguesa a cambio de una simulada situación social. No quiso ser guaranga, como corresponde a una burguesía en ascenso, y fue tilinga, como corresponde a la imitación de una aristocracia.
Eso la hizo incapaz de elaborar su propio ideario en correspondencia con la transformación que se operaba en el país, hasta el punto que los trabajadores tuvieron más clara conciencia del papel que les tocaba jugar a esa clase. Basta leer, después de 1955, la literatura sindical y la de la burguesía —con la sola excepción parcial de la CGE— para verificarlo.
Esta nueva burguesía evadió gran parte de sus recursos hacia la constitución de propiedades territoriales y cabañas que le abrieran el status de ascenso al plano social que buscaba. Fue incapaz de comprender que su lucha con el sindicato era a su vez la garantía del mercado que su industria estaba abasteciendo y que todo el sistema económico que le molestaba, en cuanto significaba trabas a su libre disposición, era el que le permitía generar los bienes de que estaba disponiendo. Pero, ¿cómo iba a comprenderlo si no fue capaz de comprender que los chismes, las injurias y los dicterios que repetía contra los «nuevos» de la política o del gremio eran también dirigidos a su propia existencia? Así asimiló todos los prejuicios y todas las consignas de los terratenientes, que eran sus enemigos naturales, sin comprender que los chistes, las injurias y los dicterios también eran válidos para ella. Como los propietarios de la tierra en su oportunidad, perdió el rumbo. Pero no se extravió como la vieja clase en los altos niveles del gran mundo internacional. Se extravió aquí nomás, entre San Isidro y La Recoleta, y no la llevaron de la mano los grandes señores de la aristocracia europea, sino unos primos pobres de la oligarquía que jugaron ante ella el papel de vieja clase.
El tema del «medio pelo» es un filón inagotable para humoristas del lápiz y de la pluma. Tanto han «cargado» éstos que parece inexplicable la subsistencia de la actitud que lo caracteriza. Esto revela que se trata de algo más que una de esas modas pasajeras que constituyan las frivolidades de nuestra tilinguería; es que estamos en presencia de un verdadero status correspondiente a un grupo social ya conformado.
Si este grupo social estuviera aislado no tendría importancia y hasta podríamos agradecerle la diversión que nos proporciona su espectáculo; pero lo grave es que ejerce magisterio y se extiende hasta ir absorbiendo la nueva burguesía y parte de la clase media con sus pautas de imitación, con su calcomanía de una supuesta aristocracia, y esto perjudica al país en el momento que reclama una urgente transformación que debe contar con el empuje creador de la clase hija de esa transformación, en riesgo de cometer el mismo error de la burguesía del 80, confundiendo esta vez el oro fix de sus mentores porteños con el oro viejo de los que guiaron a aquellos.

CAPITULO II

LA SOCIEDAD TRADICIONAL

FUNDACIÓN DE BUENOS AIRES Y DESPUEBLE

El «Diccionario de los conquistadores del Río de la Plata», de Lafuente Machain, sólo incluye por excepción algún apellido correspondiente a la actual guía social de Buenos Aires; en cambio son frecuentes en los sindicatos, tanto en los «cabecitas negras» provenientes del interior, como en gente de origen paisano de la provincia de Buenos Aires.
Es que a diferencia de Europa —donde la sociedad aristócrata proviene de la nobleza feudal— en Buenos Aires la alta clase es directamente de origen burgués.
Allá los estamentos feudales, basados en el dominio territorial y en la espada, fueron penetrados por la burguesía a medida que el desarrollo del estado moderno rompía la estructura política feudal, paralelamente con la desaparición del aislamiento geográfico. Aquí la alta sociedad no proviene de un feudalismo prexistente: nace directamente de la incorporación del Río de la Plata al mercado mundial; es burguesa desde sus orígenes.
Buenos Aires se funda como un fuerte y la plata de su engañoso reclamo metálico no existe. Tampoco la posibilidad de la encomienda que permite asentarse a los colonizadores sobre una base de vasallos o siervos, en un remedo de la sociedad medieval europea. Además de la falta de mano de obra indígena, el clima y el suelo no son propicios al establecimiento de la plantación, en la que el esclavo pudiera reemplazarlos. Ni existen ganados, ni la agricultura del clima templado es posible porque el transporte marítimo, a una distancia tan grande como la del extremo sur, sólo es hábil con su menguado tonelaje para el comercio de los metales preciosos o las mercaderías agrícolas de primera como el añil, el tabaco, el algodón, el azúcar, etc., que toleran altos fletes.
Así la propiedad privada de la tierra no tiene sentido más allá de las pocas chacras necesarias para el abastecimiento del fuerte. Buenos Aires no es más que “una puerta de la tierra”, pero de entrada, no de salida, en el camino al Perú de los metales. Su creación es una exigencia política que Gil Munilla esclarece en su libro sobre la fundación del Virreynato del Río de la Plata: poner un obstáculo al avance portugués y crear una base en el Atlántico Sur para cerrar el acceso del estrecho de Magallanes a los navíos holandeses e ingleses cuyo objetivo son los puertos en el Pacífico.
El fuerte fundado por don Pedro de Mendoza carece de abastecimientos y no puede subsistir: sus pobladores emigran al Paraguay, donde se establecen.
Allí el repartimiento de los indios, más dóciles y abundantes, y que conocen algunas artes de agricultura, y la variedad de los frutos de la tierra que proporciona alimentos sustitutivos o complementarios de los habituales del europeo, hacen posible una economía doméstica de auto-satisfacción1.

SEGUNDA FUNDACIÓN

De Asunción bajan ochenta años después, con Juan de Garay, los autores de la Segunda Fundación. Pero las circunstancias han cambiado por el milagro de la multiplicación de las haciendas provenientes de Europa: las pampas se han poblado de baguales y cimarrones y esta nueva riqueza hará del nuevo fuerte una villa y de la villa una metrópoli. Así vacunos y yeguarizos signarán por siglos el destino del Río de la Plata constituyendo su riqueza básica, sobre un medio geográfico que parece estuvo a la expectativa de este destino desde los orígenes de los tiempos2.
Ahora el mantenimiento y prosperidad de la fundación está asegurado porque existe su base elemental: la alimentación proporcionada sin necesidad de una mano de obra prexistente, en una ganadería que más se aproxima a la caza que a la producción rural. Además, los nuevos pobladores tienen experiencia americana: son los «mancebos» de la tierra, hijos puros de españoles o mestizos, hábiles ya en las artes necesarias para la vida americana. Sobre la base del abastecimiento de carnes y cueros —cuyo aprovechamiento en sustitución de otros recursos permite hablar de una «civilización del cuero»— los repartimientos de las tierras colindantes con la villa bastan para complementar, desde las «chácharas», el mantenimiento de la misma con tambos y huertas.
Es una economía como la asunceña, autosuficiente, sin perspectivas de riqueza, con intercambios domésticos, modestas construcciones y hábitos elementales de convivencia social.
La misma ganadería, que ha resuelto el problema de la subsistencia, provocará el cambio incorporando a Buenos Aires al mercado mundial, dando vida al puerto que genera la base de una economía burguesa de riqueza en expansión. De aquí provendrá el establecimiento de la burguesía que es raíz histórica de la actual clase alta argentina.
El pregón hecho en Asunción y repetido en Santa Fe por el caudillo Juan de Garay, recluta «vecinos» de estas ciudades y «estantes». El «vecino» tiene privilegio por nacimiento, como los hijosdalgos españoles, entre los que cuenta el de los cargos públicos y el poder solicitar «merced» de tierras con reparto de indios. Aquí se crea un derecho típico del Río de la Plata: el de «accionar» contra «cimarrones» y «baguales», es decir, hacer «vaquerías», apropiándose de estas haciendas; además, desde que contrae matrimonio y tiene casa poblada puede ingresar al Cabildo como Alcalde o Regidor. Su obligación esencial es empuñar las armas.
Los «estantes» que se han incorporado a la fundación respondiendo al pregón: «constituidos por domiciliados llegados recientemente de España o descendientes de «vecinos» de las ciudades fundadoras adquieren también condición de «vecinos» en la nueva población con todos sus privilegios. (José María Rosa, «Historia Argentina»).
Así derechos patrimoniales y cívicos se van fijando en la clase constituida por los descendientes de los fundadores juntamente con las obligaciones que surgen del servicio de las armas3.
Toca ahora explicar por qué esos hidalgos fundadores desaparecen del primer plano social hasta el punto que se ha señalado al principio de que sus linajes no existan en la alta sociedad porteña.

APARICIÓN DE LA BURGUESÍA PORTEÑA. CONTRABANDO Y TRATA DE NEGROS

Como consecuencia del derrumbe de la economía española empezada bajo los Austria y acelerada por la influencia del oro de América, que convierte a la metrópoli en un poderoso comprador externo en beneficio de las industrias francesas, flamencas e italianas, y en perjuicio de la interna, en España se van creando las condiciones que reflejará la literatura picaresca: un país de gran des señores, lacayos y mendigos en la misma medida que decaen las artesanías y el agro. Ahora no emigran a América los hombres de espada, sino cirujanos, maestros, artesanos y menestrales, comerciantes, y hasta jornaleros para las chacras a falta de indios encomendados o negros esclavos.
Desde fines del siglo XVII van llegando a Buenos Aires judíos portugueses, catalanes, vascos, asturianos, que no son simples emigrantes de la metrópoli; son gente con recursos monetarios atraídas por las posibilidades económicas que crea el negocio del contrabando de cueros y la importación de esclavos. En poco tiempo se constituye una burguesía poderosa que consigue que los cargos del Cabildo sean puestos a la venta con lo que, por la posesión del dinero, desplazan a los descendientes de los fundadores en las funciones públicas. Así ocurre con todos los privilegios de éstos y aun con sus obligaciones de la milicia; los viejos herederos son desplazados políticamente —como ya lo habían sido económicamente con la venta en remate de su antiguo privilegio de las «vaquerías»— a medida que Buenos Aires deja de ser una pobre villa de economía cerrada y se incorpora al mercado internacional.
Dice José María Rosa, a quien estamos siguiendo: Una nueva manera de vivir sucede en el siglo XVII a la heroica del siglo XVI, corre el dinero y las mercaderías de contrabando mientras se desvalorizan los productos de las chacras. Ya no habrá «vecinos» ni «domiciliarios», sino ricos y pobres, «clase principal», también llamada «sana y decente», y clase inferior.
Los principales, dueños del dinero, sustituyen a la vieja aristocracia vecinal; la burguesía mercantil al feudalismo militar4.
Recién en este momento surgen las estancias pues las excesivas “vaquerías”, en competencia con las incursiones de los indios araucanos, ahora dueños del caballo que les permite cruzar los desiertos intermedios entre la cordillera y la pampa, y hacer sus arreos hacia Chile, amenazan terminar con “baguales” y “cimarrones”.5
Se hace necesario “aquerenciar” las haciendas y llevarlas a la propiedad privada, pues hasta ese momento “baguales” y “cimarrones” eran propiedad de la Corona, sólo concedida al “vecino” accionero para su aprovechamiento en las “vaquerías”. Así junto al origen de la estancia argentina está la propiedad privada de las haciendas6.
Conviene señalarlo, pues hay una larga tradición, especialmente en cierta izquierda, que en el afán de atribuir a América los fenómenos sociales y económicos de Europa, supone que necesariamente la estancia fue anterior al desarrollo de la burguesía, y hace surgir a ésta de la estancia, cuando el proceso fue precisamente inverso. Hasta ha inventado un término al caso –feudal-burgués– para hacer conciliables la realidad que no está en sus libros, con las lecciones importadas.
De este cambio de situaciones originado, como se ha dicho, en la transformación de la villa-fuerte en puerto comercial –vinculado al comercio mundial por el contrabando y las sucesivas excepciones al monopolio hasta llegar a la libertad de comercio—surge el hecho que el siglo XVIII contempla ya consolidado: la burguesía y sus dependientes urbanos que constituyen la clase principal de la sociedad, mientras lo que pudo ser una aristocracia fundadora, proveniente de la hidalguía del “vecino”, pasa a constituir la clase inferior, predominantemente suburbana o rural. Es así, por esta inversión de las clases que los linajes fundadores de los hidalgos, provienen el orillero y el gaucho, en tanto que la burguesía inmigrada posteriormente constituirá lo que se ha de llamar la aristocracia argentina.

EL DESCLASAMIENTO DE LOS VECINOS FUNDADORES

La nueva y alta clase, la de los ricos, va comprando los lotes urbanos bien situados y el crecimiento de la Villa asiste a la sustitución del caserío de adobe y «chorizo», por las casas de ladrillos de los nuevos. Los descendientes de los fundadores, cuyos derechos y privilegios han pasado a los ricos, ceden su lugar en la urbe a los descendientes de contrabandistas y comerciantes y se van retirando hacia el suburbio como peones de las matanzas («matanzeros»), carreros, jornaleros o vagos sin oficio. Aun los que conservan las chacras en propiedad y atienden con los tambos y las huertas al abasto de la ciudad, según se multiplican se van desclasando, y el conjunto de los descendientes de unos y otros van poblando la campaña, unas veces como intrusos en las mercedes reales, otros como peones de las mismas; o simplemente se asientan en las tierras no repartidas, atendiendo a su subsistencia con los recursos que proporcionan las habilidades del gaucho carente de propiedad. Terminarán prácticamente adscriptos a la estancia de los nuevos en una servidumbre atenuada por la posibilidad permanente de evasión que ofrece al gaucho la amplitud del espacio y la abundancia de recursos naturales.
Contra éste se alzarán las Leyes de Vagos vigentes hasta finales del siglo pasado destinadas a resolver a favor de los propietarios, el conflicto entre los derechos reales del titular y los consuetudinarios del ocupante, para quien campo y hacienda continúan siendo res nullius.

GENTE PRINCIPAL (PARTE SANA Y DECENTE DE LA POBLACIÓN) Y GENTE INFERIOR

Esta constitución de la sociedad en dos clases: la gente principal o decente, parte sana de la población, y la gente inferior estará vigente en la sociedad argentina hasta fines del siglo XIX 7.
Pero no es simplemente la riqueza la que determina la caracterización de estas dos clases, pues si en la “clase inferior” todos son pobres, no toda la «gente principal o decente» es rica; esta se integra con un amplio sector de habitantes urbanos que en ciertas artesanías o en funciones dependientes de las actividades comerciales u oficiales gozan relativamente del mismo status.
Este sector, si desprovisto de los medios de los ricos, por su residencia urbana participa de la vida cívica y religiosa y comparte sus pautas, sobre todo en una vida familiar conforme a las exigencias éticas de la clase principal.
En cambio, el habitante de los suburbios y la campaña, radiado de hecho de esa convivencia por las distancias y el aislamiento, va perdiendo el hábito de las normas cívicas y religiosas que practicó originariamente.
Excluido de las normas de la vida urbana se resiente principalmente en su organización familiar, pues la dificultad de transporte y la azarosa vida de la naturaleza sin control social, civil y religioso, destruye la práctica de las uniones matrimoniales legítimas, dificultosas y muchas veces imposibles, y no exigidas por el consenso del medio. Así la ilegitimidad del nacimiento se va convirtiendo en un elemento característico de la «clase inferior», y con él hasta la pérdida de la memoria del linaje, a diferencia de lo que ocurre en el medio urbano donde los pobres de la «clase principal» se aferran a las prácticas que le aseguran su permanencia en la misma. Dice Juan Agustín García en «La Ciudad Indiana»: desaparece la familia cristiana en la clase proletaria, deshecha por el nuevo medio».
Estos dos estratos —»principales» e «inferiores»— si bien se corresponden con diferencias económicas, no coinciden con la habitual distinción de las clases en altas, intermedia y bajas; definen la estructura social de la Colonia y aun la posterior a la independencia durante casi todo el siglo XIX y persisten hasta que se organiza la producción agrícola y ganadera en vasta escala, conjuntamente con la incorporación de los inmigrantes al país (En todo caso la distinción entre las clases altas y las medias sólo podría hacerse dentro del esquema de la «clase principal») Para ser «gente decente o principal» no es imprescindible ser rico, aunque obste una pobreza extrema que puede desplazar hacia la clase inferior por sus efectos mediatos, que ya se han visto al hablar del desclasamiento de los fundadores de Buenos Aires. Lo inexcusable es no practicar las pautas sociales comunes a toda la «gente decente» ajustándose a la ética y al modo del medio urbano cívico-religioso, cosa posible mientras hay un mínimo económico; así el cuidado de su situación se hace obsesivo en los estratos más pobres de la «gente principal» pues perderlo significa sumergirse en el abismo de la »gente inferior» a la que le está cerrada toda posibilidad de ascenso futuro. La condición sine qua non para pertenecer a la «gente decente» se vincula esencialmente a un elemento cultural: el linaje, cuya única exigencia es la filiación legítima transmitida familiarmente. El individuo antes que por sus hechos significa por su correcta situación de familia. Aquí está el elemento de separación entre los dos estratos que hace de los «inferiores» algo parecido a una casta de intocables con las atenuaciones de una sociedad reducida y de religión católica.
En Buenos Aires los gauchos provenientes de los primeros pobladores, constituyen el grueso de la «gente inferior» que tiene una situación peculiar; no es la del siervo de la gleba por la inexistencia previa del feudalismo territorial; son hombres libres, pero sin posibilidades de ser propietarios. Marginales en la economía viven en la alternativa del peón estable u ocasional y del gaucho alzado8.

EL CAUDILLO «SINDICATO DEL GAUCHO»

La guerra de la Independencia, y la Independencia misma, no alteran la situación de fondo. Pero la guerra da a la clase inferior una movilidad que la saca de su situación pasiva al incorporarla a la milicia. La caída económica del interior con el derrumbe de su artesanado a consecuencia del comercio libre desplaza también hacia la clase inferior a sectores cuyas actividades económicas le habían permitido mantenerlo en el estrato casi marginal de la «gente decente».
Aparece el caudillo. Será primero el caudillo de la Independencia, militar o no, que hace la recluta de sus soldados en la clase inferior, lo cual es ya un motivo de fricción de la «gente principal» con el jefe, salido generalmente de la misma, porque al hacer soldado al peón, lo priva de su brazo perjudicando la explotación de sus bienes. En este conflicto el caudillo, jefe militar, hostilizado por la «gente principal» se hace fuerte en la solidaridad que la guerra crea entre la tropa y el mando. De esta manera el militar deviene caudillo, y más en la medida que la guerra de recursos hace depender el éxito de una absoluta identificación, que para esa guerra es más eficaz que los reglamentos de cuartel y el arte académico de mandar.
Dice José María Paz en sus «Memorias» (Ed. Cultura Argentina, 1917) refiriéndose al general Martín Güemes: Principió por identificarse con los gauchos en su traje y formas…, …desde entonces empleó el bien conocido arbitrio de otros caudillos, de indisponer a la plebe con las clases elevadas de la sociedad. (Como se ve, esta terminología está todavía vigente, cuando se altera el predominio exclusivo de la clase principal).
Agrega: Adorado de los gauchos que no veían en su ídolo sino al representante de la ínfima clase, el Protector y Padre de los Pobres como le llamaban.
(El abuso de la expresión carismática, en cuanto ésta implica una elección de los dioses, es en mi concepto un modo de retacear la verdadera significación del caudillo como hecho social, pues tiende a darle un carácter de magia o brujería a una adhesión consciente de la masa en el terreno de los intereses, aunque ésta se haya hecho subconsciente una vez dados los elementos de prestigio y autoridad y el acatamiento consiguiente. No otra cosa he querido significar en “Los Profetas del Odio” cuando digo que el Caudillo es el sindicato del gaucho).

FEDERALES Y UNITARIOS ANTE EL HECHO SOCIAL

Joaquín Díaz de Vivar (Revista del Instituto de Investigación Histórica «Juan Manuel de Rosas». N° 22: Pág. 147), refiriéndose a la única institución consuetudinaria de nuestra Constitución vigente, el Ejecutivo fuerte, dice que los Estatutos Provinciales Constitucionales que lo crearon se inspiraban en la realidad social a que estaban destinados: Por su parte las organizaciones lugareñas, las de las provincias argentinas en las que convivían políticamente su clase principal, cuyos representantes ocupaban una silla curul en su legislatura y frente a ello, su más importante magistratura, el Gobernador que era —casi siempre— el jefe natural de las muchedumbres rurales, sobre todo, y a veces también de las urbanas; el gobernador, que era una especie de personalidad hipostasiada de ese mismo pueblo, de esas masas que habían hecho la historia argentina y que se expresaban a través de su natural conductor, ese aludido gobernador, que indistintamente era plebeyo como Estanislao López o el «Indio» Heredia (no obstante su casamiento con la linajuda Fernández Cornejo) o «Quebracho» López o Nazario Benavídez, o que era un hidalgo como Artigas, como Quiroga, como Güemes y desde luego como Juan Manuel de Rosas.
Lo dicho por Díaz de Vivar trasciende al Derecho Público y explica en mucho las substanciales diferencias entre federales y unitarios, pues revela que los primeros comprendieron la relación entre el derecho y el hecho social, frente a los revolucionarios teóricos, nutridos de ideologías y de proposiciones importadas cuyo supuesto igualitarismo democrático era el producto de la consideración exclusiva de uno de los estratos sociales: el de la «gente principal» o «decente» y prescindía de la existencia de los inferiores. Mientras para los federales el pueblo tenía una significación total —ahora dirían totalitaria— para los unitarios es sola la clase principal, la parte “sana y decente” de la población como ahora.
Veamos el debate sobre el sufragio en la Constitución Unitaria de 1828. En el artículo 6° se excluía del derecho al voto a los criados a sueldo, peones, jornaleros y soldados de línea. Galisteo expresa la oposición federal diciendo: El jornalero y el doméstico no están libres de los deberes que la República les impone, tampoco deben estar privados de sus voces… al contrario, son estos sujetos, precisamente, de quienes se echa mano en tiempos de guerra para el servicio militar.
Dorrego dice: He aquí la aristocracia, la más terrible, porque es la aristocracia del dinero… Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué proporción hay entre domésticos, asalariados y jornaleros y las demás clases y se advertirá quieres van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las clases que se expresa en el artículo, es una pequeñísima parte del país que tal vez no exceda de la vigésima parte… ¿Es posible esto en un país republicano?… ¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las elecciones?… Señalando a la bancada unitaria agregó: He aquí la aristocracia del dinero y si esto es así podría ponerse en giro la suerte del país y merccarse… Sería fácil influir en las elecciones; porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en una cierta porción de capitalistas… Y en ese caso, hablemos claro: ¡El que formaría la elección sería el Banco! Con razón Estanislao López escribía en 1831: Los unitarios se han arrogado exclusivamente la calidad de hombres decentes y han proclamado en su rabioso despecho que sus rivales, es decir, la inmensa mayoría de los ciudadanos argentinos, son hordas de salvajes y una chusma y una canalla vil y despreciable que es preciso exterminar para constituir la República (José María Rosa, »Historia Argentina», tomo, IV, pág. 53 y sig.). En el mismo debate Ugarteche protestaba por los derechos que se le negaban a los nativos y los privilegios que se le acordaban a los extranjeros: Yo quisiera saber en qué país hay tanta generosidad… Todas nuestras tierras las vamos vendiendo a extranjeros y mañana dirá la Inglaterra: esos terrenos son míos, porque la mayor parte de tus propietarios son súbditos míos, luego yo soy dueña de esas propiedades. Y lo que no se pudo el año 1806 con las bayonetas cuando todavía éramos muy tontos se podrá con las guineas y las libras inglesas…
Trasladémonos ahora al escenario actual y percibiremos las verdaderas filiaciones históricas que no son las que distribuyen los profesores de Educación Democrática; también se ve clarito que los jefes federales percibían la identidad de la voluntad popular con los intereses nacionales, y la de los privilegiados con los extranjeros.
Con la caída del Partido Federal y los caudillos la clase inferior deja de ser elemento activo de la historia; su presencia en la vida del Estado no alteraba la situación en la relación de los estratos sociales entre sí, pero obligaba a contarla como parte de la sociedad.
Después de Caseros, y más precisamente de Pavón, deja de jugar papel alguno y es sólo sujeto pasivo de la historia. Sus problemas no cuentan en las soluciones a buscar, ni sus inquietudes nacionales perturban las directivas imperiales. La política será cuestión exclusiva de la «gente principal» durante más de cincuenta años.

LA CLASE ALTA SE AMPLÍA

Volviendo a la gente principal, veamos ahora como se va conformando dentro de ella la clase alta porteña.
Ya se ha visto su origen burgués; por lo mismo nunca fue muy exclusivista. Durante la Colonia era muy reciente su estabilización para que obstaculizase la incorporación de los nuevos ricos y además muy escasos los contactos exteriores que permitiesen la relación con la hidalguía metropolitana; en este sentido sólo contaron las alianzas matrimoniales con funcionarios reales o sus descendientes que daban prestigio social a la burguesía. (Así don Bernardino González Rivadavia contaba entre sus numerosas vanidades la muy importante de haberse casado con la hija del Virrey del Pino).
Las sucesivas capas de burguesía comercial iban integrando la alta clase en la medida de su ascenso económico, y hasta los bolicheros de campaña tuvieron sus descendientes en ella cuando sus recursos le permitieron pasar al contrabando primero, o hacerse estancieros directamente. La estancia, a su vez iba dejando de ser un complemento del comercio, como originalmente, para pasar a fundamento de la riqueza y la posición social; así de la estancia, sin haber pasado por el mostrador vienen por ejemplo los Ugarte; de un modesto vasco cuyo hijo, un notable jurista saltó en primera promoción a la alta clase, y ya cuenta entre la gente de peso en la primera mitad del siglo pasado, caso parecido al de los Unzué, que tampoco provienen de la burguesía de los siglos XVII y XVIII 9.
La permeabilidad se hizo mayor con el contacto que el comercio libre estableció con el mundo europeo. Se despertó entonces la preocupación por estilos y modos de sociabilidad que importaban los primeros viajeros comerciales y que mucho después, en el apogeo de la economía agropecuaria, se iría a buscar a Europa, pagando el derecho de piso en la etapa de los “rastacueros” y el «guarango» cuando brasiliens et argentines aparecieron en los grandes hoteles o en el mundo de las demimondaines, tirando manteca al techo. (Porque la alta clase argentina tuvo su época correspondiente al «medio pelo» actual y jugó su papel en otra dimensión geográfica y cultural —lejos del país y con resonancia apagada en el discreto «cotorreo» de los ya iniciados, y ante la sonrisa complaciente de una sociedad acostumbrada a los traspiés del pródigo “meteco”, que iba pasando las etapas del guarango y del tilingo hasta llegar al asentamiento.)
El más numeroso núcleo de viajeros comerciales fue el de los súbditos británicos que nos visitaron y recorrieron el país, unas veces como corredores de comercio y siempre como informantes del Imperio en expansión, por lo que nos han dejado una abundante y muy ilustrativa literatura sobre la época; se trataba de jóvenes procedentes de las clases medias inglesas y vástagos de la burguesía comercial e industrial que estaban cumpliendo el aprendizaje del mundo que sus padres les exigían antes de incorporarlos a sus negocios. Muchos quedaron aquí, en el asiento local de los mismos, de la banca y el comercio exterior. Otros fundaron establecimientos rurales.
Sabido es que el más modesto hijo de John Bull en el exterior trata de practicar entre los nativos –aun lo hace hoy hasta entre los nativos norteamericanos, sus primos rurales—las maneras del gentleman, que frecuentemente sólo conoce por referencia y a costa de un sacrificado entrenamiento. Lo ayuda la seguridad, que aun sigue siendo la típica del inglés en el exterior, de que los extranjeros son los indígenas y el aplomo que le da una diferenciación que como gentleman cuida minuciosamente en los modos; está, además, vigilado por los otros residentes británicos, pues todos están atentos a que un connacional no desmerezca la imagen que el Imperio exhibe para el exterior. Muy «patán» tiene que ser el recién llegado que no perciba las venteas que le reporta el cuidado de su condición de «gentleman» entre “natives”.
Fácil les fue a los «nuevos» acceder a los salones porteños de la más alta categoría que se honraron en recibirlos y obsequiarlos, así los entronques familiares y de fortunas se realizaron con facilidad a medida que las danzas europeas desplazaban a los bailes típicos de la colonia y el mate era desalojado de los salones por el té.
También hubo una numerosa incorporación de otras procedencias europeas, constituida en especial por ex oficiales de los ejércitos napoleónicos, algunos de los cuales participaron en nuestra guerra de la Independencia, burócratas o miembros de la pequeña nobleza bonapartista en derrota con la Restauración, igual que secundones de la minimizada nobleza centro-europea, o del abigarrado y confuso nobiliario italiano de los bajos rangos; también muchos profesionales y hasta artistas y artesanos de calidad: plateros, dibujantes, pintores, etc. De tal manera no es sólo la relación en los niveles del alto comercio y la propiedad lo que determina la incorporación de estos extranjeros. Se estaba a la búsqueda del “buen tono” europeo que ellos aportaban en sustitución del que había caracterizado las formas tradicionales de la Colonia.

CASEROS Y LAS NUEVAS INCORPORACIONES

Después de Caseros se producen otras incorporaciores.
La literatura de los expatriados ha hecho creer durante mucho tiempo que ellos representaban lo más granado de dicha sociedad, olvidando que ya para la época rosista la propiedad de la tierra, aun en los provenientes de la burguesía originaria había pasado a ser rasgo de más alta calificación que el comercio. Si Rosas dice despectivamente y para menoscabar a sus adversarios agiotistas y especuladores del puerto de Buenos Aires, es porque ya se ha establecido una diferenciación cualitativa a favor de la clase estanciera. La verdad es que al principio los ganaderos y terratenientes habían constituido la base originaria de los federales porteños; pero después gran parte de ellos —los ‘»Libres del Sur»— se habían alzado contra el «Tirano» por su política nacional que perturbaba, con los bloqueos, el comercio exterior, afectando el valor de las haciendas. Muchos no se sublevaron, porque no les dio el cuero para tanto, pero ya Rosas —como expresión del interés general de la Nación que los perjudicaba— había perdido el apoyo de los grandes terratenientes y éstos se incorporaron enseguida al bando de los vencedores; el conflicto con el gobierno de Paraná dio oportunidad a los rezagados para incorporarse. Los que no lo hicieron lo pagaron con un “luto social” y quedaron marginados de la alta clase, por lo menos en la acción pública, durante varios decenios.
Por la brecha abierta entraron nuevos aportes provenientes de familias principales de provincias que habían hecho mérito en la expatriación, y otros de extracción más modesta, como Mitre y sus generales uruguayos. También la victoria y el poder político los proveyó de recursos para establecerse en el nuevo nivel social.
La incorporación de nuevos a través de la fortuna comercial y territorial, o el ejercicio destacado de las profesiones liberales o de la política, se fue haciendo paulatinamente con argentinos de primera y segunda generación.

«PRINCIPALES» PORTEÑOS Y PROVINCIANOS

Esta permeabilidad de la alta clase pareció tener una solución de continuidad en la crisis del 80 como consecuencia de la derrota política de los viejos porteños. Con Roca pasan a la esfera política nacional figuras de la “gente principal” de provincias; en esa medida el roquismo significa una integración nacional pues después de Pavón sólo habían contado los porteños y aporteñados. Ahora el poder estaba en manos de la “liga de gobernadores” y el caudillo del ejército, también provinciano.
La alta clase resistió la incorporación de estos “nuevos” a pesar de que por su origen arribeño ostentaban mejor genealogía que sus antepasados, comerciantes abajeños. La actitud del riflero del 80 continuando a los pandilleros contra los chupandinos –al margen de las motivaciones político-económicas del unitarismo porteño—corresponde a una postura de rechazo social, en su esquema mental que sigue siendo el que originó «civilización y barbarie». A la oposición ciudad-campaña en cada provincia, identificada con la oposición gente decente-plebe en lo social, se corresponden la oposición del puerto, ciudad de las luces, a los “catorce ranchos”.
Bien está que la gente principal de provincias ejerza su despotismo ilustrado, —que sigue siendo la idea democrática de los liberales aun hoy— como representante local de la alta clase porteña; pero resulta inadmisible que esos provincianos intenten ponerse a su nivel político y social en Buenos Aires.
Vencidos los porteños, la alta clase opuso a los vencedores llegados a las altas funciones de gobierno una reticencia despectiva y una agresividad humorística, mayor que a los «parvenus» surgidos del agio y la especulación en el »boom» económico de la época. La literatura porteña de fin de siglo alterna la ridiculización del «rasta» cuyos troncos Orloff y los Landós, Victorias y Cupés ofendían sensibilidad de los antiguos, con la de las maneras y modos de decir de los provincianos. Esta actitud también cuenta en la confusa motivación de la Revolución del 90, a la que no fue ajena el revanchismo de los vencidos en Los Corrales y Puente Alsina.
Pero los políticos provincianos se aporteñaron rápidamente a la vez que se afincaban como estancieros de la provincia de Buenos Aires. Juárez Celman estanciero dejará pronto de ser el “burrito cordobés” como Roca y Avellaneda han dejado de ser tucumanos.

CAPITULO III

DESARRAIGO DE LA CLASE ALTA

EL «AUSENTISMO» DE LA ALTA CLASE

Se ha visto que el nuevo siglo, encontró en el mismo grupo a la alta clase porteña y las figuras provincianas del roquismo. Había terminado también el «luto social» impuesto a las familias rosistas recalcitrantes.
La Argentina entraba triunfalmente en el mercado mundial y se abandonaba la pretensión de una economía integrada nacionalmente, de más largo alcance, pero inconvenientes para la prosperidad inmediata. La política manchesteriana estaba acreditando su eficacia en los bolsillos de los propietarios de la tierra y aun en los de muchos inmigrantes.
La conquista del desierto, los ferrocarriles, la inmigración, el alambrado, el Registro de la Propiedad, el mejoramiento de las razas y, enseguida, el frigorífico, realizaban de hecho el unitarismo, concentrando en el litoral y en sus grupos afincados, todo el destino de la República, en una estratificación social que garantizaba —por el poblamiento por gringos— la perdurabilidad del sistema sin el riesgo de la «chusma incivil» de que hablaba Sarmiento.
Para los propietarios de la tierra estábamos en Jauja y ésa era también Jauja para muchos en la ola inmigratoria.
Esa Jauja de la alta clase, hija de la divisa fuerte, permitió un ausentismo casi permanente de gran parte de la misma, que vivía más en Europa que en su propio país; allí educaron sus hijos y entroncaron con algunas ramas de la nobleza europea, y allí las niñas porteñas disputaron los títulos a las hijas de los Vanderbilt o los Morgan.
Del «rastacuero» de los primeros viajes pasamos al retiramiento de los salones de París; refinamiento que se traslada luego a Buenos Aires y de cuya existencia dan testimonio los lujosos palacios a la francesa del barrio Norte, hoy en trance de demolición, pero de los cuales bastan como testigos de época las residencias Anchorena y Paz, que subsisten como bienes del Estado (Ministerio de Relaciones Exteriores y Círculo Militar) en la plaza San Martín. Los amoblamientos y decoraciones y la increíble importación de objetos de arte que permite que hoy Buenos Aires sea un importante proveedor en los remates de Sotheby.
La colonia argentina en París tiene una significación especial y Buenos Aires adquiere de reflejo la importancia que ahora ha perdido y que nuestros comentaristas económicos atribuyen a una decadencia, cuando es el producto de un mejor equilibrio de su sociedad1.
Todo el pensamiento liberal, toda la enseñanza, todos los medios culturales tienden a lo mismo: desamericanizar el país —»este es un país blanco»— desvinculándolo además de lo español y afirmándolo en la doble línea en que lo estético es francés y lo económico británico.
Si el estilo de los palacios y los modos de los salones se afrancesaban vertiginosamente con la introducción de “cultura” por millones y millones de pesos, las misses y mademoiselles se encargaban de la educación de los niños, completada en los high schools y en los colegios religiosos de categoría –una letra sacre-coeur es imprescindible para las mujeres— e integrada después en Eton y Oxford, en muchos casos, para obtener el gentleman, o en el internado francés o suizo para lograr la madame que asombraría a la abuela porteña convertida en gran mère y al padre o al abuelo transformado en dady.
La palabra argentino, en Europa, era un “sésamo ábrete”. No había llegado todavía el turismo en serie de las clases modestas ni exportábamos la “picaresca porteña” que se fue tras el prestigio del tango. Excepcionalmente merodeaba por Europa algún artista pobre, pero escritores o pintores se acomodaban en general, en los consulados y cargo de la diplomacia o gozaban de becas (con 500 pesos argentinos hubo quien tuvo a la vez atelier en Florencia y en París).
La gama de los “metecos” argentinos era muy amplia, desde los “guarangos” que daban los primeros pasos en el mundo europeo y los snobs que cumplían su momento de tilinguería, a los que ya se estabilizaban en las buenas maneras de la sociedad europea. Pero lo mismo para romper unos espejos en la Bute Montmartre o en Place Clichy e indemnizar, comprar un cuadro a un marchand, un vestido en Faubourg Saint Honoré, una joya en Place Vendôme o firmar una adición en Maxim´s, la palabra argentino bastaba. Una anciana dama exiliada hoy en Buenos Aires por la caída de la divisa, cuenta:
—Cuando vivíamos en Europa, yo creía que llevar dinero era un signo de pobreza; nosotros no lo usábamos, pues firmábamos siempre; en Niza o en Carlsbad, en París o en Londres. Ni los taxis pagábamos porque lo hacían los conserjes.
¡Magníficos tiempos que añora la dama!… ¡y también los conserjes!
Si el inglés era el lenguaje de los negocios, el francés era el lenguaje del espíritu y el placer, porque París era a la vez la Atenas y la Síbaris2.
Los ricos argentinos con la divisa fuerte contaban entre los ricos del mundo; ellos dieron la imagen internacional que la alta clase asimilaba confundiendo su propia riqueza con la del país —la concentración en sus manos de toda la capacidad de consumo superfluo—es una idea parecida a la que pudo tener el maharajá de la India o el sheik árabe, que encontraban de paso en ese mundo internacional que constituye la clientela de los grandes hoteles, estaciones termales y balnearios europeos, y que identificaba casi como una nacionalidad a estancieros argentinos, banqueros e industriales norteamericanos o fazendeiros brasileños, barones letones, príncipes rusos, con artistas, jugadores y aventureros: un abigarrado conjunto en que el volumen de la pour boire establecía las jerarquías, a ojo de conserje.
Era el apogeo de la belle époque y Buenos Aires realizaba, en el Teatro Colón, en la Ópera y el Odeón, en la importación de amantes franceses, juntamente con muebles, porcelanas, marfiles pinturas, esculturas, un remedo parisino; y uno británico en las grandes tardes de Palermo, su Ascot, con la presencia de «colores», cuidadores y jockeys que alternaban entre los hipódromos del Río de la Plata y las pistas europeas. (Domingo Torterolo lucía los colores de don Saturnino Unzué lo mismo en Palermo que en Deauville o Longchamps).
Era una forma de prestigio internacional que aun añora mucha gente a quienes repugna ese otro que trajeron los Firpos, Suárez, Pascualito Pérez, Accavallos, Fangios y los equipos de fútbol de carácter populachero y que sólo ha llegado a compensar en parte el éxito del polo argentino3.
De reflejo, aun la misma parte de la alta clase que no practicaba ese ausentismo habitual, iba adquiriendo el tono europeo correspondiente y alejándose del país real, el que iba quedando atrás: el de cepa criolla, y el nuevo que surgía con la fuerte impronta del inmigrante.
Como consecuencia de la ideología que se practicaba como dogma, la idea de la grandeza era puramente crematística, se vinculaba a las cifras de las exportaciones e importaciones, considerando la riqueza en términos de intercambio y no de producción y consumo general; correspondía una imagen estática de las clases cuya única movilidad concebible consistía en el triunfo individual de los nuevos en el comercio de campaña y la especulación en tierras.
Las características de permeabilidad de la alta clase subsistían, y vencida una leve resistencia, los Devoto y los Soldati, eran admitidos como lo habían sido poco antes los Santamarina o los Pereda, y lo son hoy los Fano. Pero ahora la incorporación de la alta burguesía tenía que hacerse por las puertas de la Sociedad Rural, no por el mostrador o la industria; ya se había olvidado definitivamente el origen comercial de la alta sociedad porteña: se entraba a la «sociedad» como en la «exposición», llevando el toro del cabestro.

EFECTO POLÍTICO DEL DESARRAIGO

La alta sociedad se fue aislando de la vida cívica. La jefatura de los partidos conservadores salió de las figuras tradicionales y los grandes apellidos sólo se prestaban ocasionalmente como bandera, pasando su dirección a rangos más bajos y aun a caudillos de barrio o de pueblo, y su representación a jóvenes de las otras clases, preferentemente de provincias, promovidos por su talento como intérpretes eficaces. También se desvinculó de la milicia, donde sólo por excepción aparecían sus apellidos, pues se la consideraba peyorativamente hasta por los propios descendientes de quienes se habían elevado por el camino de la espada, y preferían ahora la imagen del landlord, y aun la del gentleman farmer, a la del soldado.
Aislada la alta sociedad del resto del país fue completando su desconocimiento del mismo, que pasó a ser como un país extranjero en colonización, o a lo sumo en tutela, que delegaba en sus políticos profesionales. En ocasiones alguien señalaba la desnaturalización que iba produciendo la inmigración extranjera y la eliminación de la tradición —consecuencia de la sustitución demográfica— como elemento formativo del país4.
Fueron excepciones —como Sáenz Peña e Indalecio Gómez— los que se propusieron adecuar lo político a la nueva realidad.
Para el grueso de la alta clase que no percibía la extranjerización, ésta sólo se notaba cuando las ideas sembradas por la misma se proyectaban al campo social y amenazaban el «orden sagrado» de sus intereses, confundiendo con una reacción nacionalista lo que sólo era la defensa de su situación de privilegio. Del incendio de la Protesta a la Liga Patriótica, ese es el nacionalismo de la juventud dorada que se cobija bajo los pliegues de la azul y blanca frente a la bandera roja de los «gringos» (Muchos años después se verá, cuando la protesta social enarbole la bandera argentina cómo la reacción contra ésta se acogerá a la de las barras y estrellas, Braden mediante, lo que nos ahorra mayores demostraciones sobre la naturaleza de ese nacionalismo que entonces se llamaba patriotismo).
El carácter de las conmociones sociales era ciertamente extranjero en cuanto a su ideario y estilo y en eso no se equivocaba la alta clase; no lo era en cuanto a la naturaleza de sus demandas. Aquella extranjería era el producto natural de la superposición masiva de los inmigrantes como hecho demográfico, y de la incapacidad de la intelligentzia para producir un pensamiento propio, pues la procedencia extranjera de los dirigentes se unían periódico, universidad, libro y escuela, todos orientados hacia la reproducción simiesca del modelo europeo y a la negación de cualquier originalidad, o mejor a su detracción sistemática.
Así, la formación de un pensamiento social revolucionario o reformista no podía apoyarse en bases nacionales inexistentes y era sólo el reverso de la extranjería mental de la alta clase. El dirigente revolucionario era la otra cara de la misma medalla: extranjero o nativo, transfería al país una visión tan importada de sus problemas y soluciones, como la de la supuesta élite; aun en terrenos opuestos, ambos eran el producto del colonialismo mental. Pero éste, es tema para más adelante.

CULTURA EUROPEA Y RITUAL CRIOLLO

Esta sociedad ausentista —y que aun en Buenos Aires seguía ausente reproduciendo en lo posible la vida europea—, no constituía toda la alta clase pero le daba el signo. Subsistía un sector de la clase alta que conservaba los modos de la vieja sociedad porteña, tal vez porque sus recursos no le permitían el ausentismo. Participaba de la misma extranjería ideológica que la otra, como se ha señalado, pero un poco “a contrapelo” de sus gustos criollos que se traducían en una vida más sencilla y tradicional y en su relación patronal directa con la clase inferior, como consecuencia de la convivencia en el país. Todavía estaba ligada a la “gran aldea” con su carga de gazmoñería y de prejuicios.
Tal vez por esto el desarraigo de la alta clase no impedía la práctica de ciertos rituales tradicionales. La Presidencia de la Sociedad de Beneficencia siguió siendo durante muchos años el más alto símbolo de figuración social, y la ceremonia de la distribución de premios a la virtud en el Teatro Colón abría anualmente un paréntesis tradicional en la temporada de abono. En esta las grandes noches estaban al nivel de los primeros teatros europeos, tanto en el espectáculo del escenario —facilitado por un invierno correspondiente al verano europeo que permitía disponer de las primas donnas, tenores y barítonos de fama mundial— como por el de los palcos y la platea donde se lucían los primores de la haute couture y la joyería parisina, y el esmero de los sastres de Saville Road. Además se conservaba vigente la cazuela, desde donde viudas y viejas solteronas vigilaban al dedillo cualquier transgresión a un tan contradictorio código de convenciones, hijas de ese hibridismo cultural. Así, esta sociedad, descreída en materia religiosa, practicaba un catolicismo formal que se resolvía en una dicotomía familiar en que la religión era buena sólo para las mujeres con lo que la fe era cuestión de sexo.5
(Aquel sector ausentista de la sociedad argentina era indiscutiblemente snob, pero su snobismo se había inspirado en buenos modelos y el aprendizaje había sido rápido, lo que revela, que el material humano era apto. Si la cocina francesa había reemplazado a la criolla, esto no significaba, como ya veremos cree el «medio pelo» que la alta sociedad se alimentase sólo de champagne y caviar. Si utilizaba con preferencia el francés y el inglés en lugar de su idioma, hay que convenir que cualquiera de los tres era bueno, sin la ridícula afectación de sus imitadores actuales).
También era posible la subsistencia de ciertas relaciones patriarcales con los descendientes de la negra esclava o la mulata que amamantó a los abuelos, con el peón que le había redomoneado el primer “pingo” y también con el bolichero de barrio y con los dependientes de comercio, con quienes se cambiaba los buenos días en un idioma común, en la comunidad de ciertos valores entendidos; en fin, en todo eso que hace que los seres humanos se reconozcan como connacionales.6
Duró bastante tiempo la coexistencia de dos grupos; era una diferencia de matiz en las costumbres y en los gustos, más que en otra cosa. La misma Plaza San Martín, cuyos palacios franceses se han recordado antes, nos la mostraba arquitectónicamente con dos estilos distintos: la vieja casa de los Obligado en la calle Charcas y su colindante, la de Romero, ambas desaparecidas hace pocos años, haciendo contraste con los palacios ya mencionados de Anchorena y Paz.
El país, tal como lo ve esa clase, está vigente en la escena de la gran estancia, con «las casas» transformadas en manors de estilo Tudor y la subsistencia de los ranchos de los puesteros o del galpón donde duerme el personal; del peón de bombachas y alpargatas, obligado al misoginismo, 7 coincidentemente con la visita del “niño” —breeches y botas inglesas— con la francesa de turno, o la prole numerosa, si se trata de los «patrones», al regreso de la season londinense, de París o de la temporada en la Riviera, en la oportunidad de una yerra.
Asados humeantes, revoltijo de pialadores, guampas y potros y mayordomo inglés, de gritos guturales, músculos tensos, lazos vibradores, chuscadas paisanas, que dan a las visitas distinguidas, a los invitados extranjeros —millonarios de Europa y EE.UU., literatos y filósofos de moda, venidos de París—, la nota exótica que inútilmente habían buscado en los palacios de sus huéspedes, en los salones de conferencias de Buenos Aires —»Una ciudad tan europea…» como le han dicho al dueño de casa con irónica reserva y para su íntimo regodeo de hombre culto—. A falta de cacerías de elefantes o tigres de Bengala es necesario que el viajero se lleve una imagen siquiera aproximada a la que puede mostrar el Aga Kahn, pero también es posible, por esos matices que ya he señalado en la clase, que a algún “niño” le salte el gaucho que lleva adentro —como la custodia lleva la hostia— y se le “siente a un redomón” o se luzca en un «pial de volcao». Pero esto es muy de excepción; en el fondo un gauchismo bueno para mostrarlo a los visitantes, malo, en cuanto expresa una aptitud indígena. Para esa época, los padres estancieros cuidaban que sus hijos no se agauchasen. ¡Era casi como que le salieran militares!
A la hora del té, el orden europeo ya está restablecido. Llegan muy lejanamente —a través de las pelouses y el frondoso parque de coníferas— los mugidos de las haciendas y los gritos atiplados 8 de los peones en sus últimos trabajos del día. Todos se han «cambiado» y la conversación amable y trivial ha recuperado el nivel idiomático del inglés y el francés, displicentemente como en Mayfair, salpicada con un poco de español y modismos criollos, pero muy apocopado ligerito, como si se hablara en «puntas de pie», haciendo «pininos» sobre el idioma vernáculo.

DE BURGUESÍA A ARISTOCRACIA DEPENDIENTE

La alta clase había olvidado por completo el origen comercial de su posición y con el boom de la prosperidad, el manejo del comercio internacional se le fue de las manos, lo mismo que el de la banca para pasar a las corporaciones extranjeras que instalaban sus sucursales en la city porteña y concentraban en manos imperiales —lógicamente de Gran Bretaña en su mayor parte— la exportación, la importación, el flete y el seguro.
Ya hemos visto que la prosperidad momentánea pudo dar las bases de la formación del capitalismo nacional que, consolidado sobre los márgenes que dejaba la producción argentina, entre su costo chacra percibido por el productor y el resultante de la venta en el exterior, permitiese el desarrollo de un proceso de integración económica, tal como se había aprovechado en los EE.UU., que capitalizó los frutos del comercio exterior —en mucha parte cerealero— para desarrollar las bases de la expansión interna.
Pero la riqueza territorial era un regalo de los dioses y no el producto del esfuerzo y la aptitud capitalista de esa clase. Aun la misma modernización de las razas ganaderas, donde la clase territorial cumplió una tarea efectiva, careció los fines típicos del capitalismo y correspondió más a la preocupación estética de reproducir el estilo de la clase territorial europea en cabañas y estancias paralelas a los modelos propuestos, con parques y cascos que rivalizaban con los castillos y «manors», provocando el asombro de los viajeros de primera clase.
El aprovechamiento comercial —en el nivel internacional— de la producción agropecuaria, era por completo ajeno a esa clase, y así la estancia moderna fue más que nada una prolongación del frigorífico que demandaba esa transformación de las razas, y el frigorífico una prolongación del único mercado posible y estimable: el británico.
El progreso nacional debió ser otro: mercado, nave, seguro, frigorífico, ferrocarril, como prolongación de la chacra y de la estancia.
Vender, comprar, fabricar, navegar, asegurar, bancar, disputar clientes, abrir mercados, son cosas de burgueses: los ricos argentinos se han propuesto como modelos a los príncipes rusos, los nababs, y los lores ingleses, no a esos groseros norteamericanos que se jactan de serlo, hinchas de baseball, que casan la hija con un noble y publican a gritos el precio de la dote y utilizan el título para una marca de fábrica y que en lugar de imitar el inglés de Oxford se envanecen en su idioma norteamericano. (No saben ver la realidad detrás del aire displicente del lord que disimula sus actividades burguesas que le permiten mantener el costoso castillo)9.
Si Buenos Aires fue el puerto de la riqueza argentina, los ricos argentinos sólo conocieron del mismo el desembarcadero de la Dársena Norte, en tránsito a los camarotes de la Mala Real o los paquebotes franceses. 10
Buenos Aires será un puerto típicamente colonial, porque lo que distingue esencialmente al coloniaje es que la colonia vende F.O.B. y no C.I.F., que es como venden las metrópolis.
El comprador está aquí y no en el puerto de destino. Así la exportación no se diversifica hacia los posibles mercados de compra, como ocurre cuando el país productor tiene sus vendedores en el destino de la mercadería; no se va a la conquista de mercados sino que el comprador exterior conquista el mercado productor, unifica la demanda y lo hace suyo obstaculizando la diversificación y la competencia internacional; es el comercio de factoría que el genio político de Gran Bretaña ha descubierto que es más importante que la conquista imperial que seguían practicando las demás metrópolis europeas empeñadas en la disputa del remanente de posiciones ultramarinas. El comercio de importación sigue la misma suerte como complemento de esa política comercial que no necesita el manejo de los territorios, pues basta con el control económico de los puertos y que es pronto control de la política y la cultura. (Ver nota en el Apéndice).
El grupo económico-político extranjero organiza correlativamente el sistema de transporte dirigiendo sus inversiones para crear una geografía económica adecuada: la red afluente al puerto concebida en función de su producción para esos fines, como la ha demostrado hasta la saciedad Scalabrini Ortiz en si “Historia de los ferrocarriles argentinos”, que documenta, además, el carácter minoritario de esa inversión, que en su mayor parte salió del propio esfuerzo nacional. Cosa parecida ocurre con la banca que permite a las filiarles de los bancos extranjeros –y aun a los bancos nacionales- capitalizar los ahorros del país dominado para hacerlos instrumentos de la colonización en lugar de factores de desarrollo interno: el ahorro nacional es puesto al servicio de la importación y en contra de la promoción interna.
Del dominio económico surge el dominio cultural. La gran prensa es el instrumento más efectivo para sembrar entre la «gente culta» el ideario conveniente que es facilitado por las comprobaciones del éxito inmediato, que parece evidente, de la teoría del progreso ilimitado a lograr por esos carriles; sólo se necesita mantener como dogma indiscutible los enunciados liberales impuestos después de Caseros, y que constituyen el fondo común del pensamiento ilustrado de la Universidad, la escuela y el libro. Ya veremos cómo la falsificación de la historia es una complementación útil al mantenimiento de esa dogmática.
La alta clase se ha imbuido de una concepción aristocrática a la que repugna cualquier actividad burguesa ajena a la única forma digna de la riqueza; además, si alguno de sus miembros supera el complejo cultural que tipifica a la clase, el manejo de los medios económicos se encargará de acreditar con el fracaso y la ruina de sus negocios, que los argentinos no hemos nacido para eso —como también lo dijo Sarmiento— y su ejemplo servirá para la irrisión de los que no se apartan de la actividad tradicional: será a lo sumo «un loco lindo» que se mete en lo que no entiende.
En cambio hay un destino reservado para la alta clase, cuando los patrimonios entran en decadencia, o cuando no se está en los niveles más elevados: la Facultad de Derecho provee de abogados a las empresas de capitales extranjeros, y la guía social de Directores a las Sociedades Anónimas, que son la representación local de aquellos intereses. Abogados y directores son baratos, pues reciben como un favor el que hacen; es la mentalidad del cipayo que hasta cree estar sirviendo a su país cuando sirve directores extranjeros; el sistema se perfecciona con gobernantes, jueces y maestros de la misma mentalidad.
Ser burgués disminuye, ser cipayo o vendepatria, jerarquiza. Luego esa incapacidad aprendida se imputará también a la herencia hispánica, católica, indígena, etc.
El país ya está realizado para quienes tienen del mismo la idea do que el país son ellos, y contemplan al resto, como desde la metrópoli contemplan al conjunto.

LA ESCISIÓN DE LA «GENTE PRINCIPAL»: POBRES Y RICOS

Esta brusca prosperidad de los propietarios de la tierra, refleja sus efectos en los sectores de la «gente principal» que no han alcanzado los beneficios de aquella: se produce en ella una solución de continuidad.
La sencillez de las costumbres y la modera riqueza de los más altos, había permitido antes una relación regular entre los distintos niveles de la «parte sana de la población»: las diferencias de fortuna, de jerarquía política y hasta cultural, eran atenuadas por la sensación de que todos pertenecían al «todo Buenos Aires». Las viejas amistades de familia y los parentescos minuciosamente recordados, y que no era extraño se ratificasen con nuevas alianzas a pesar de las diferencias económicas, facilitaban la comunidad de un status que venía desde la colonia, entre los grandes propietarios y la gente de condición más modesta constituida por profesores, magistrados, altos funcionarios, profesionales destacados, y más abajo, la generalidad de los empleados públicos, pequeños rentistas, profesionales, militares, pequeños estancieros, artesanos calificados, maestros de escuelas, etc.
Las barreras que establecían las diferencias de rango dentro de la misma, no eran rígidas y se disimulaban bajo el manto do las costumbres patriarcales; por alto que estuviera colocado un hombre de la «clase principal», conocía a todos sus congéneres, sus apellidos les eran habituales si no sus fisonomías, sus vinculaciones de familia y se estaba atento a los acontecimientos familiares, a sus celebraciones y especialmente a sus duelos. No se ignoraban recíprocamente y el perteneciente a los grados más inferiores de «gente decente», sentía que era parte de ese «todo Buenos Aires», atribuyendo las diferencias de rango exclusivamente a la situación de fortuna. Además, el límite de clase establecido por la rígida separación con la «gente inferior», la «plebe», le daban la sensación del status común con sus congéneres altos de la «clase principal» que ejercían una especie de protección patriarcal auxiliando en los apuros poniendo el hombro y la «recomendación» a su servicio. Había una etiqueta de las «visitas» recibidas y «pagadas» rigurosamente, entre los niveles no muy diferenciados y aun las relaciones más pobres, si no tenían acceso a los «recibos», cuando el hábito se generalizó, tenían entrada a las grandes casas, a las horas que no eran de cumplido, acercándose a la vida íntima de la familia. Solían ser comensales frecuentes en la mesa tradicional y el hábito del mate en «las visitas» de media tarde era compartido por todos en las ruedas íntimas en que la boca de la bombilla marcaba una igualitaria consideración.
Se compensaba el desnivel con la intimidad.
Pero la alta clase se fue distanciando con un lujo y un boato inabordable para los que no estaban en situación y a medida que los «viejos» iban muriendo, se interrumpían las relaciones: el «todo Buenos Aires» se achicaba para reducirse a un núcleo más selecto, memos numeroso y más exigente, incompatibles para la gente de situación modesta y aun para las medias fortunas, cuanto más para los pobres vergonzantes que vivían “tirándole la cola al gato”.
Al mismo tiempo la ciudad crecía e interfería con nuevas promociones de origen inmigratorio en la solución de continuidad creada en los dos niveles de la «gente sana», y los más bajos de ésta se confundían con los que venían del ascenso y de los que se encontraban cerca económicamente.
Pronto los descolocados comenzaron a tener sólo referencias lejanas del “todo Buenos Aires” por la “vida social” de los periódicos. En este distanciamiento astronómico de la alta clase, los sectores postergados de la clase principal se adecuaron al hecho, y prefirieron ser cabeza de ratón que cola de león, ubicándose como parte distinguida de la clase media que surgía. Los más tilingos no se resignaron y ellos y sus descendientes han vivido desde entonces una dura ficción de “primos pobres”, manejándose por pautas de imitación. Es la gente que Silvina Bullrich pinta en “Los Burgueses”, desacertadamente en el título, pero acertada en la descripción de esos parientes pobres de los Barros, humillados por dentro en su actitud de obsecuencia al tío remoto; y también se humillaban al cronista social –que puede ser la señorita Pérez Yrigoyen-, de cuya voluntad dependía la mención en la columna periodística, que otro, en la misma situación, leerá con la “sonrisa verde” con que las mujeres se ponderan sus vestidos. Ellos formarán el plantel básico del “medio pelo”, muchos años después, cuando aparezca una nueva burguesía ansiosa de recorrer el camino que hizo la clase alta, pero sin el desplazamiento europeo que la divisa fuerte le permitió a aquélla, y que además permitía ocultar las gaffes de los primeros pasos, a la sombra de un mundo internacional heterogéneo.
A principios de siglo ya la estructura tradicional está perimida, pero esto no era todavía perceptible para los actores de la clase alta.

UN TESTIGO DEL «900»

Dejemos que hable un contemporáneo.
Tengo delante un librito de Don Felipe Amadeo Lastra titulado «Recuerdos del 900», cuyo autor fue mozo paseandero por aquellos tiempos (Dios lo conserve por mucho, y pido reciprocidad).
Su crónica podrá ser inimportante literariamente, pero además del valor testimonial, de cuya importancia he hablado en la introducción de este libro, tiene un valor especial porque no expresa la observación objetiva del sociólogo o del historiador, sino la subjetiva del actor y del medio a que pertenece: importa el consenso de su grupo social.
Felipe Amadeo Lastra todavía no percibe la escisión en la «gente principal», pero ésta salta a la vista para el que lee: basta comparar la larga lista da la muchachada «paseandera» que el autor trae con su excelente memoria, en la mucho más restringida de las familias que veraneaban en la Bristol de Mar del Plata y especialmente los jóvenes, los que en el mismo balneario hacían roncha dragoneando de leones…
Los más de aquellos apellidos de los «paseanderos», comenzaban ya a ser en los barrios, las cabezas sociales de la clase media.
Su descripción de la muchachada que “andaba” es bastante definitoria de lo que para esa fecha todavía se entiende por “gente principal”, “parte sana” de la población; así los apellidos que cita enumerativamente son todos tradicionales, o corresponden a descendientes de inmigrantes “situados” con dos o tres generaciones. No se trata de ricos aunque abundan entre ellos; aunque tampoco de pobres, por más que a algunos les falte sólo una pluma para volar.
Allí se ve que no es la fortuna la que define la clase sobre la base de un minimum necesario para mantener el nivel. Amadeo Lastra habla de “gente modesta” y “no modesta”, que son sus correspondientes a “inferior” y “principal”, y precisando más el concepto, hace la calificación por el factor fundamental que ya hemos señalado, la familia cuando define: gente de ascendencia culta, y la que no tiene esa ascendencia. “Cultura”, en este caso, no se refiere a la preparación filosófica ni artística ni a los estudios realizados, ni siquiera a la buena o mala letra; los conocimientos de esos “muchachos”, sobre todo de los “divertidos”, eran los imprescindibles para la generosa firma de un pagaré o un cheque “volador”.
“Cultura” es una remisión al status familiar, que es el que determina la situación por la observación continuada de las pautas definitorias de la “parte sana de la población”, principiando por la más importante, que es la filiación legítima continuada. La cultura se refleja en el género de vida, actividades económicas y prácticas sociales, cívicas, religiosas y de comportamiento de la familia que evitan el desclasamiento y no del individuo. Por el contrario, este seguía siendo “culto” a pesar de él mismo.
En la clase modesta, agrega, había los compadritos y los que no lo eran. Clase modesta es, lógicamente, un eufemismo de “clase inferior” que el autor divide en compadritos y los que no lo eran, es decir, trabajadores con una amplitud que comprende a obreros, peones, artesanos, domésticos y comerciantes minoristas, etc.
La clase alta no veía el cambio social que se estaba operando; Amadeo Lastra es terminante: Casi no existía la clase media. (Existía, sí; se estaba conformando sobre los pobres de la “clase principal” y sobre los que comenzaban a emerger con preferencia desde la inmigración. Pero esto no se percibía desde la visual de la clase alta, que no veía los entresijos de la nueva sociedad).
Dice el autor: Era común que el núcleo de personas de cierta alcurnia, es decir de “ascendencia culta”, se las denominase con el adjetivo “Bien”, que sigue vigente. Así se decía “gente bien”, “niño bien”, y respecto a estos últimos, a los que gustaban la jácara continua, refiriéndose al “niño bien”: César Viale los llamó “indios bien”, denotando con ello su pertenencia a familias de elevada clase social, por su cultura o ascendencia. Lo de “indios” deja bien precisado que no es la conducta, ni la cultura individual, lo que determina la condición de “bien”.

CAPITULO IV

LA CRISIS DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL

LA SOCIEDAD CRIOLLA DEL INTERIOR

Desde mediados del siglo XIX el interior está totalmente derrotado y dominada a sangre y fuego la resistencia de las últimas montoneras fedérales. Empobrecida la «gente principal» y privada la clase inferior de sus jefes naturales, ésta deja de ser actora en la historia; la población continúa emigrando lentamente hacia el litoral, como empezó a hacerlo desde el comercio libre, o se resigna a la miseria endémica que será su característica durante un largo período de tiempo. Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero, suministrarán los contingentes de estacionales que proporcionan brazos a la industria azucarera tucumana, sumándose a los locales; más adelante el obraje y luego el algodón abrirán otros horizontes a santiagueños y correntinos en los chacos.1 También comenzaron a bajar cuadrillas provincianas hacia la cosecha del maíz en el Sur de Santa Fe y el Norte de Buenos Aires.
Este trabajo que supone el nomadismo, termina por desarticular la familia de la plebe provinciana, que pierde su carácter patriarcal con el alejamiento de los varones y por la aparición de una economía de numerario que concurre, con la desarticulación de la vida familiar, a destruir los hábitos culinarios tradicionalmente fundados en el aprovechamiento al máximo de los frutos locales, que una sabiduría antigua había dado a las mujeres hacendosas de las clases populares: los quesillos, el zapallo, el maíz, la algarroba, la miel silvestre y sus múltiples aprovechamientos. También perecen las actividades artesanales, la talabartería regional, el tejido, la alfarería y las industrias de la madera.
El ferrocarril que cumple finalidades de cohesión geopolítica, en lo que resta del virreynato del Río de la Plata, y acerca la producción de los ingenios a los mercados del litoral, devora a su paso los últimos restos de la economía doméstica y artesanal, pues entrega el menguado mercado del interior a la manufactura de importación y aun a los productos alimenticios provenientes del litoral, que sustituyen las bases de la alimentación popular provinciana; alrededor de los míseros ranchos las «latitas», la madera, el cartón y el papel de los envoltorios del «almacén del turco», forman un círculo de despojos que testimonia el abandono de los hábitos laminares de autoabastecimiento y también de higiene y decoro. Se abandonan los trigos tempranos de regadío que no pueden competir con los de la «pampa gringa», y los pastizales también de regadío que pierden su valor con la extinción de la ganadería local de los yeguarizos o mulares. Estos no pueden coexistir, lo mismo que los carruajes de producción local, con el moderno medio de transporte. 2
El ferrocarril altera hasta la geografía: los pueblos del interior se han ido escalonando en función de las aguadas a medida que avanzó la conquista; pero el riel no se ajusta al zigzagueante rumbo de los viejos caminos, y va rectamente a los terminales del Norte, escalonando las estaciones y paradas. Las estaciones y paradas se distancian de las viejas poblaciones, y nacen otras a su alrededor —a muchas de las cuales el tren debe proporcionar también el agua—, que crecen adventicias, desdoblando los viejos pueblos que van muriendo. Los nuevos nacen y mueren al paso de cada tren; algunos tienen una actividad transitoria mientras dura el obraje. Durante la primera guerra el ferrocarril se comió en leña todos los bosques de su trayecto.
El progreso ha destruido la vieja sociedad de características semifeudales del interior, haciéndola teóricamente más igualitaria con un trabajo libre que lo sustituye por algo mucho más terrible: la tiranía del «conchabador»; ahora el individuo es un ente aislado de la familia, cuya comunidad de producción se ha hecho incompatible con el comercialismo y cuya unidad de grupo organizado se quiebra con el nomadismo y los hábitos que este genera, entre los que cuenta el alcoholismo, la mujer pública y las enfermedades que se suman.
Al establecerse el servicio militar obligatorio, las cifras de inaptos de las «provincias pobres» irán acumulando, año por año, la comprobación de estos efecto; el progreso, en lugar de levantar las clases inferiores de esas provincias, termina por sumergirlas completamente, haciendo más profunda la diferencia con la «gente principal» empobrecida también, pero sin la pérdida de elementos esenciales para la vida y la cultura.
No es muy brillante el horizonte de esta “gente principal” que sólo puede cubrir las apariencias. El presupuesto nacional y los desmedrados presupuestos provinciales ofrecen un recurso a sus miembros y hasta establecen grados entre ellos. No es lo mismo ser maestro provincial que maestro nacional de la Ley Láinez, y no es lo mismo ejercer una profesión liberal sin otra entrada, que ayudarse con las cátedras del Colegio nacional. Las familias que pasan por “acomodadas” se alivian con la emigración de sus hijos, que buscan la magistratura o la burocracia porteña, o trabajar en las profesiones liberales, después de haber estudiado gracias al empleito público conseguido por el pariente o amigo político que tiene “influencias” en Buenos Aires. Las escuelas normales proporcionan a las mujeres un títulos que las habilita para emplearse de la Patagonia al Chaco, en el sacrificado magisterio que sus colegas porteñas eluden. Las “provincias pobres” se convierten en criaderos de emigrantes, que con su tonada y su melancólico recuerdo de la tierra natal, encontramos en todos los ámbitos de la República. 3

EL CRIOLLAJE DEL LITORAL

Pero veamos la población criolla del litoral, originaria o venida del interior en su continuada migración.
El gauchaje de las pampas del litoral había sido en parte absorbido por el ejército de línea de la Guerra de Fronteras. Muy pocos eran propietarios de la tierra; generalmente, los que pasaban por tales, eran simples poseedores ignorantes de las argucias necesarias para perfeccionar sus títulos, y en general continuaba respecto de ellos, la situación de la «gente inferior» que ya se ha considerado anteriormente.
Las «Leyes de Vagos» continuaban vigentes, y el Juez de Paz disponía de la persona, la familia y los bienes del gaucho. Nos ahorramos de repetir a Martín Fierro. Estos mismos hombres que han hecho la guerra de fronteras para ensanchar el hinterland del progreso agropecuario, los «milicos» de la conquista del desierto que conquistaron para otros, sólo conocen por excepción algún menguado reparto de tierras, que no consulta la necesidad de crearles, paralelamente, los métodos y hábitos de la economía de numerario a la que el país se incorpora. Solucionar esto es una preocupación dominante en Hernández.4
Sin acceso a la propiedad ni al comercio, el criollo del litoral será luego el peón ganadero, para lo que posee una técnica de que carece el inmigrante. También le quedarán reservados oficios que provienen de la civilización del cuero, en tanto la talabartería industrial no lo vaya desalojando, o será resero, domador, carrero, actividades libres de la dependencia permanente del patrón estanciero. En la estancia misma no todos son mensuales y puesteros: hasta que la valorización de la tierra provoca el desalojo de los intrusos, gran parte del criollaje vive tolerado en las estancias primitivas. 5

LA EXPANSIÓN AGROPECUARIA

El frigorífico transforma la economía ganadera y da origen a la estancia moderna, reemplazando con el abastecimiento del mercado británico, al saladero correspondiente al mercado tropical del tasajo, para el que bastaban las formas primitivas de explotación rural e industrial, sólo posibles con la mano de obra criolla que dominaban su técnica. Contemporáneamente, la agricultura cerealera irrumpe en la producción argentina. Para que ésta sea posible ha sido necesario el progreso técnico, que recién toma importancia en la segunda mitad del siglo XIX, y cuyos efectos se hacen sentir del 80 en adelante.
Cuenta en esto el ferrocarril, que permitirá el desarrollo de la agricultura con sus gruesos volúmenes de transporte; otro elemento técnico es el alambrado, factor decisivo. A diferencia de Europa, donde lo excepcional es la ganadería, permanentemente controlada por el pastor —en el caso de la oveja— con el ronzal, la estabulación o la vigilancia del personal en el pastoreo de vacunos o yeguarizos, en el Río de la Plata la agricultura es imposible sin el cercamiento de los sembrados: las pampas no tienen el bosque con que contó Nueva Inglaterra para cercar en los primeros tiempos; apenas la zanja —del «inglés zanjeador» seguramente irlandés de que habla Martín Fierro— o el cerco de tunas o plantas espinosas que ofrecen una precaria defensa contra la invasión de los semovientes. Esto excluye cualquier posibilidad de desarrollo agrícola importante antes da la aparición del alambrado, en un país en que las haciendas son «como un agitado mar de lomos multicolores”, siempre en movimiento hacia las pasturas.
El litoral ha sido importador de harinas y cereales; el signo cambia totalmente y se convertirá en “granero de Europa”. Esto, como se ha dicho, sólo podía ser producto de la aparición de nuevos medios técnicos, pero la técnica obedece a quien la dirige y en este sentido el motor es más obediente que el caballo. Los liberales, para quienes la protección industrial y cualquier intervención del Estado hacia la promoción de una economía integradora era un atentado a la libertad de comercio, no han vacilado en establecer la protección para facilitar el desarrollo de la agricultura en sus etapas iniciales. Horacio C. Giberti (“El Desarrollo Agrario Argentino” Ed. EUDEBA, Pág. 22), dice: La corriente agrícola se vio robustecida cuando se adoptaron medidas proteccionistas que gravaban la importación de gran os y harinas. Merced a ella pudo vencerse la postergación de siglos; surgió entonces una corriente que primero apuntó a sustituir importaciones, pero más tarde ganó confianza e invadió los mercados tradicionales.
Esto sirve para precisar el verdadero sentido de ese liberalismo cuyo doctrinarismo es intransigente o elástico, según las directivas de la política económica, promovidas desde afuera: la doctrina es válida, sólo en cuanto favorece el desarrollo del país como abastecedor de materias primas. Lo mismo ocurre con la inmigración: el Estado no intervencionista, cuando se trata de promover integración económica nacional, opera como intervencionista al tomar medidas que favorecen la organización de la producción dependiente: Como proveedor de mano de obra el Estado desempeñó su función más importante estimulando y organizando la inmigración masiva desde Europa (Sergio Bagú, “Evolución histórica de la estratificación social de la Argentina”). Pero allí se detuvo porque se buscaba mano de obra barata y no la estabilización social de los migrados. Promovió la inmigración, pero no la distribución de la tierra correspondiente, que hubiera perjudicado las estructuras preexistentes y el monocultivo buscado por el Imperio.
Continuando la cita del mismo autor, veremos cómo se comportó frente a los trabajadores criollos, también interviniendo: Distribuyó algunos millares de indios “conquistados”, dictó leyes y reglamentos para impedir la movilidad física del trabajador rural del país y someterlo contra su voluntad a condiciones muy precarias de trabajo.
Con más extensión, trata el tema Manuel García Soriano en los números I, de mayo de 1960, y II, de mayo de 1962, de “Revisión histórica”, publicación del Centro “Alejandro Heredia”, de Tucumán.

LA INMIGRACIÓN EN EL MEDIO RURAL

Corresponde a la expansión agrícola, la ola inmigratoria que cambiará la composición demográfica del litoral. En segundo término, la transformación ganadera que absorbe, como se ha dicho, parte de la mano de obra nativa, pero no absorbe la desocupación del criollaje en crecimiento vegetativo, que lo arroja a la competencia con la mano de obra importada en el mercado del trabajo agrícola, a raíz de la destrucción, con la estancia moderna, de los medios de supervivencia que facilitaba la vieja estancia: el radicarse en los rancheríos de los suburbios pueblerinos, sin hogar de asiento estable, y en el nomadismo del bracero.
En «Política y sociedad en una época de transición», de Germani, se lee: La inmigración comenzó a partir de la segunda mitad del siglo pasado pero se mantuvo a un promedio inferior a los 10.000 anuales hasta 1880, en que alcanzó en el decenio 80-90 un promedio de 64.000 inmigrantes… el máximo anual fue alcanzado en la primera década del siglo (112.000 de promedio), y en particular en años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial, en que se registró el récord con un saldo en la inmigración de ultramar de más de 200.000 personas. Después de la interrupción provocada por el conflicto, la década de 1920-1930 volvió a registrar saldos muy altos.
La inmigración pone en contacto dos sociedades completamente distintas, tanto en su técnica como en su mentalidad. El criollo del litoral ignoraba la agricultura y en cambio tenía el total dominio técnico del trabajo ganadero. Visto desde el trabajo tradicional, el “gringo” era un incapaz: no sabía domar ni estaquear un cuero, parar rodeo o arrear hacienda, hacer adobe o el “chorizo”, quinchar un rancho… Andaba en el campo a pie y perdido como “turco en la neblina”. Desde el punto de vista de la cultura criolla, el “gringo” era un inculto. Un ser débil, con una debilidad nunca mejor expresada que en aquel verso magistral del Martín Fierro:

Había un gringuito cautivo
que siempre hablaba del barco,
y lo augaron en tai charco
por causante de la peste;
tenía los ojos celestes
como potrillito zarco.

Pero en cambio, el «gringo» venía de una sociedad en pleno desarrollo económico y social, del que el criollo, miembro de la clase inferior, estaba excluido por la vigencia de los estamentos sociales provenientes de la Colonia y que la derrota de los federales había consolidado definitivamente; su alteración era imposible dentro de la sociedad en que se había formado.
Ya veremos cómo 50 años después de acelerarse la inmigración sigue siendo cierta para la «gente principal» y sus «nuevos» provenientes de la inmigración, la discriminación que hará con el «cabecita negra», a pesar de la transformación de la economía y la composición de la sociedad argentina.
Si el nativo carece tradicionalmente de perspectivas y por ende de voluntad de ascenso social, carece también de los conceptos de propiedad y acumulación de riqueza como medio de poder que están implícitos en el deseo de emigrar: la riqueza es para el criollo simplemente capacidad de consumo, y sus consumos están limitados a los de una sociedad primitiva; resuelto lo imprescindible para la existencia, la apetencia es sólo de bienes de lujo: aperos, ponchos, percales, pañuelos de seda, armas y los «vicios». Sin acceso a la propiedad de la tierra, los límites de su acumulación no pueden ir más allá de la tropilla y algunos semovientes en los casos más prósperos. Los lujos, «las prendas», son su único ahorro, que lo bancan en un apuro o en el juego.
Se comparará su aptitud en la lucha por la vida con la del extranjero, partiendo del supuesto de una inferioridad que ha sido decretada de antemano; el éxito individual de gran parte de los inmigrantes servirá para el cotejo, olvidando que el europeo forma parte de la economía que se inicia, mientras que el nativo pertenece a la sociedad cuya técnica va a cambiarse, no sólo en las formas de trabajo, sino que también en su fundamento, que es ahora el comercio y el manejo de numerario, para el que no está preparado. De tal modo, su superioridad técnica anterior se convierte en su debilidad cuando la técnica se mide en el mostrador por el cálculo comercial: se olvida también que el cotejo se hace con un individuo de selección para el struggle for life, como gustaban decir los «progresistas», porque de las aldeas europeas emigraron los más audaces, los más caracterizados por su individualismo, los posibles Cortés y Pizarro de otra época, y no los desprovistos de espíritu de conquista, que se quedaron allá.
Nadie se preocupó, como lo había querido Hernández por promover la paulatina adaptación de los nativos a la nueva realidad. Por el contrario estaban deliberadamente excluidos en el presupuesto de la sociedad de imagen europea que se buscaba y, además, hubiera contrariado las exigencias del progreso acelerado que reclamaban los mercados de ultramar, misión impostergable que sólo podría cumplir aceleradamente la inmigración. (Cincuenta años después se verá que su adaptación fue posible, creando condiciones favorables, como las creó la última gran guerra, cuando la industrialización tomó impulso y no hubo mano extranjera disponible; los que aprendieron todas las técnicas del trabajo industrial hasta colocarse en condiciones de eficiencia a un nivel técnico equivalente y muchas veces superior a los mejores obreros del mundo. ¿Por qué no habrían aprendido y practicado las artes mucho más elementales y afines con su índole del trabado agrícola? Y sin llegar tan a lo contemporáneo: ¿fue inferior al inmigrante el bracero criollo, cuando el agotamiento de las posibilidades ganaderas de trabajo, lo forzó a adquirir las técnicas de la agricultura?

LA COMPOSICIÓN DE LAS CLASES RURALES

Afortunadamente, la economía agrícola de zona templada, y mucho más antes de la mecanización, no facilita la concentración típica de la plantación tropical que hubiera excluido una nueva composición de las clases. Demandó una relativamente numerosa clase de propietarios y arrendatarios de extensiones limitadas y la formación de familias por encima del nivel proletario, facilitando un comercio de campaña diversificado, que comprendía el suministro de subsistencias e instrumentos de trabajo y el acopio de los frutos de la producción, numerosas actividades de transporte, de crédito, etc., que van formando estratos intermedios que a su vez exigen la ampliación del aparato burocrático del Estado y dan margen a la existencia de profesionales liberales. Todo esto formará parte de la infraestructura de la producción agrícola para la exportación, como se verá más adelante.
La clase media surge como lógica consecuencia. Dice Giberti de los extranjeros, según el censo de 1914: En el medio rural, constituían el grueso de una incipiente clase media, ubicada entre dos sectores esencialmente nativos: los estancieros y los peones. Cabe recordar —agrega— que la mayoría de los chacareros argentinos descendían en línea directa de los primeros colonos inmigrantes de Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos, cosa que no ocurría con los peones, casi siempre criollos de vieja estirpe. Veamos pues, ahora en el medio rural, que la inmigración coloca usa cuña entre las dos clases tradicionales: es la clase media que aparece.
Con todo, el crecimiento de esta clase media rural estuvo limitada por la valorización desmesurada de la tierra, cuyo valor venal se ha relacionado siempre en nuestro país, más con la especulación en expectativa que con los valores de producción.6
Faltó una colonización sistemática, organizada por el Estado – fueron excepcionales las contadas colonias de Santa Fe y Entre Ríos, donde ella se operó por el Estado o por instituciones particulares dirigidas a ese fin y no al especulativo–. Si la conquista del desierto no había servido para la radicación de criollos en calidad de propietarios sino para la formación de enormes latifundios, el auge agrícola no fue acompañado tampoco de una colonización dirigida ahora en beneficio de los extranjeros y sus descendientes, a quienes no se podía imputar los defectos atribuidos al criollo. Sólo se fraccionaron tierras en medida muy inferior a la demanda –y especulando con este desequilibrio- por obra de particulares, por la división hereditaria que determinaba el código civil o a consecuencia de aquellas dilapidaciones patrimoniales de los “ausentistas” de que ya se ha hablado.
Pero, paralelamente, la ganadería moderna propulsaba una nueva concentración. Esto se notó particularmente en la provincia de Buenos Aires por su mayor cercanía al frigorífico exportador.
En gran parte, la agricultura se destinó a “hacer campo” –tarea que antes cumplían las yeguadas–, en especial para la ganadería de invernada. El propietario no vendía campos, lo arrendaba especificando la calidad de la siembra y el porcentaje, porque el objeto último, al terminar el arrendamiento, era la obligación del chacarero de entregar el lote alfalfado, momento en que era retirado de la agricultura para dedicarlo al inverne; aun en el caso de que la zona no fuera apta para la alfalfa, en los campos de cría, una vez “hecho el campo” era susceptible para las avenas o la cebada y aun los trigos, doble propósito cuyo objeto era el mantenimiento de las haciendas, y subsidiariamente la cosecha. Giberti nos señala que: Buenos Aires en 1899 sembraba menos trigo, maíz y lino que Santa Fe; la sorpresa muy holgadamente para 1908 y comienza después una declinación agrícola, pues las sementeras habían cumplido ya la función de servir como cabecera para la implantación de la alfalfa.
En estas condiciones, al ponerse la tierra fuera del alcance del agricultor como propietario, principalmente en la provincia de Buenos Aires, el sistema de arrendamientos concilió el proporcionar tierra al chacarero temporariamente, y asegurarle al propietario del suelo la preparación de los capos para la invernada sin hacer inversiones para obtener las pasturas. Por el contrario, el chacarero se lo hacía gratis después de pagar los porcentajes de arrendamiento. Giberti, que hace la reflexión, señala: En 1914 sobre 75.500 chacareros arrendatarios, aparceros o medianeros, 42.300 (56%) tenían convenios por menos de tres años y 10.600 por ese lapso. Apenas 13.000 (17%) habían pactado por cinco años o más. Tal precariedad impedía toda preocupación por conservar el suelo y obligaba a vivir sin comodidades, los campos carecían de mejoras y todo era efímero. El propietario de la tierra poco interés ponía en ofrecer campos con más mejoras, o retribuir las que incorporaba el arrendatario o aparcero, porque ellas entorpecían el posterior ciclo ganadero.
Agreguemos que los contratos obligaban a sembrar desde la puerta del rancho hasta el alambrado medianero, y en una sola especie, lo que excluía la posibilidad de cualquier explotación granjera o la diversificación, que supone instalaciones aptas, inconciliables con la escasa duración del contrato y el destino a un solo cultivo de la tierra arrendada. Entonces se criticará al colono «gringo» por su desidia, como se ha hecho antes con el gaucho.
Prácticamente el arrendatario con el monocultivo trabaja en el tiempo de las aradas, el de las siembras y el de la cosecha, oportunidades en que debe apelar al bracero, porque al no haber diversificación todas las tareas deben cumplirse dentro de términos cortos; el resto del año estará mano sobre mano, con lo que terminará siendo más un comerciante que un agricultor: contrata tierra y mano de obra, vende cereal. No hay posibilidades para el asentamiento familiar de una estructura agraria permanente. Agrega Giberti: El modo de vida así forjado debería tener más tarde proyecciones negativas, pues, aun convertidos en propietarios, muchos chacareros conservarán hábitos y rutinas, los malos hábitos adquiridos en los años iniciales.
La observación de Bialet Massé en 1904 es la comprobación de lo dicho, y eso que se refiere a Santa Fe, donde las condiciones son más favorables para la chacra: La agricultura de Santa Fe, no es de las llamadas de arraigo, no es una industria en el sentido verdadero de la palabra, sino un negocio accidental que atiende al momento presente, sin cuidarse ni remotamente del porvenir.
Si la propiedad de la tierra había sido inaccesible para el criollo de la clase inferior en la época de la economía puramente ganadera, cuando las aptitudes técnicas estaban a su favor, en poco tiempo —con la valorización— vino a serlo también para el extranjero a pesar de sus aptitudes agrícolas; al nomadismo individual del criollo se suma el nomadismo familiar del chacarero, en lo azaroso de una agricultura que lo obligaba a jugarse todos los años a una sola carta y que también tendía a alejarlo del agro y mucho más a sus descendientes. De esto resultó que, el mal endémico del latifundio, que en la época de la ganadería primitiva podría explicarse en parte por su carácter extensivo, no permitió la constitución de una sociedad agraria de ancha base cuando apareció la posibilidad de la explotación más intensiva.
Hubo permanentemente una falta de proporción entre el volumen de la producción y las bases sociales de la misma: se llamó Gran Argentina —esa que añora nuestro «medio pelo» como una supuesta Jauja de ayer— a una imagen puramente crematística desvinculada con los resultados sociales del esfuerzo productivo, en la que las estadísticas de la riqueza general no se corresponde con la de la riqueza social, que es la que determina la grandeza o la pequeñez de una Nación. Es cierto que gran número de inmigrantes y sus descendientes ascendieron a favor de este progreso agropecuario; pero ese ascenso no fue ni relativamente proporcional al de la producción del país, cuyos resultados económicos se volcaron en mínima parte en los productores y los elementos nacionales del comercio y la distribución: es que la famosa «canasta de pan del mundo» se organizaba cuidando que quedara poco aquí para que el abastecimiento fuera barato en la metrópoli. Sólo un mínimo costo de producción, el imprescindible para que viviera la «gallina de los huevos de oro» en la época en que nos recuerdan con los saldos de exportación, ignorando los faltantes del consumo interno.
Si pocos decenios antes los EE.UU. habían capitalizado su prosperidad agrícola para proyectarla en la expansión interna, aquí la capitalizaba muy parcialmente un reducido grupo de propietarios, que derrochó su mayor parte en consumos superfluos; el grueso de los frutos de la tierra y el trabajo iba a la estructura extranjera y monopolística del transporte terrestre y marítimo, y el seguro; a los consorcios, también extranjeros, de comercialización, y a los importadores que además de disponer de un copioso margen de utilidades, tenían a su disposición los ahorros argentinos a través de una política bancaria que financiaba a los exportadores en sus compras internas, y a los importadores en sus compras externas y en sus facilidades de venta interna.
Sergio Bagú dice a este respecto que: sólo después de la guerra del 14 el agricultor y el pequeño ganadero encontraron cierto apoyo por parte de las instituciones bancarias y que en cambio el gran terrateniente y ganadero dispuso siempre de crédito hipotecario y bancario para financiar las operaciones de ganado. Y agrega: el industrial y el comerciante, en cambio, tropezaron siempre con una actitud muy reticente por parte de los bancos… la financiación de esas actividades estuvo casi por completo dentro de la órbita de reinversiones de los beneficios de capital. Complejo y vasto sistema de financiación y capitalización de éste, que en ningún momento funciona al azar, sino movido por un criterio permanente y específico cuyos resultados hablan de su eficacia. Acertado señalamiento es éste, al que sólo le falta indicar la política extranjera que no dejaba funcionar el azar, sino que se movía con un criterio permanente y específico.
A esta política correspondió el establecimiento de casi todos los bancos particulares y de las sucursales de los bancos extranjeros que daban en la Argentina la impresión de inversiones cuantiosas, cuando en realidad con un reducido capital, muchas veces suscripto en la plaza, podían disponer de la masa de los depósitos de sus carteras, provenientes del ahorro nacional y también por el redescuento de los documentos sobre los depósitos del Banco de la Nación. Este mismo fue, durante mucho tiempo, instrumento de esta política, porque el crédito sólo se movía en función del prestigio de la firma y del carácter de la actividad que desarrollaba, es decir, para los grandes proletarios de tierras y ganados. Hubo, por excepción, dos o tres bancos particulares, constituidos por comerciantes extranjeros de la plaza, inmigrantes prósperos cuya especialidad fue el comercio de campaña y las casas mayoristas que proveían al mismo; también financiaban importaciones, las de los mayoristas, pero daban margen al comercio de campaña para que fuera al banco de los agricultores a cambio de hacer parte de los acopios, como reciprocidad, pero también con el riesgo de las malas cosechas. De este modo el comerciante de campaña fue durante muchos años el único banquero de la agricultura.
Sólo por la nacionalización de la banca y el manejo del crédito en función de prioridades nacionales –entre los cuales contó por fin la industria, desde la creación del Banco Industrial por Castillo—bajo la dirección de Miranda, durante Perón, se modificó la estructura financiera creada para la dependencia, dando al mismo tiempo acceso directo al crédito bancario a los productores rurales.
Sería injusto recordar las grandes utilidades que obtuvieron estos comerciantes sin recordar que también corrieron con los riesgos de la agricultura como generales que saben morir al frente de sus tropas.
Lo recuerdo a don Manuel García, patrón del «Sol de Mayo» de mi pueblo, una casa de comercio que tenía manzana y media techada, tal era su importancia, con sucursales en General Pinto, Arenaza, Pasteur y otros pueblos más. Se derrumbó en una crisis agrarias, pero vivió largos años rodeado de la consideración de los pueblos que había fundado y promovido; desde Pasteur, uno de ellos, donde vivía en una casita que le había regalado el vecindario, una vez por mes hacía uso del pase libre que le regalaba el Ferrocarril Oeste porque había sido durante 20 años el cargador más importante de la línea y pasaba unos días en Buenos Aires en una lujosa residencia frente a la Plaza Libertad, domicilio del que había sido abogado de su casa de comercio. ¡Gallego lindo don Manuel García!
Alguien ha dicho que la única reforma agraria que había habido aquí la hicieron la Bute Montmartre y los joyeros y modistos de París, pues proviene de los que derrocharon sus patrimonios en Europa, vendiendo sus campos.
Hubo otra que fue la Ley de Arrendamientos de Perón, que expropió gran parte de la renta de los terratenientes en beneficio de los chacareros y tomó, con el I.A.P.L, los beneficios del exportador y los destinó al desarrollo más integral de la economía y a las subvenciones destinadas a mantener el bajo costo de vida.
De todos modos, gran parte del sector arrendatario pudo así capitalizarse y ser hoy propietarios del predio que ocupan. Lo malo es que, a lo mejor, ahora lo está explotando a través de otro, y le hace mala cara a la Ley de Arrendamientos.
Y ahora vamos a dejar el campo y arrimarnos a la ciudad.

CAPÍTULO V

LA SOCIEDAD URBANA SE MODIFICA

Vamos a acercarnos ahora a los grandes centros urbanos. Dentro de estos, en especial a Buenos Aires, que será el caldo de cultivo del «medio pelo».
Pero todavía este momento no ha llegado.
Ahora es el de los «gringos» que ascienden —con la clase media que se constituye y la burguesía inmigratoria que apunta—, alterando el esquema tradicional; su carácter «gringo» provoca una cierta reacción tradicionalista no muy profunda, como se verá, porque la tradición de Buenos Aires es el antitradicionalismo, valga la paradoja: los «gringos» no tendrán que vencer la resistencia profunda que los criollos «inferiores» encontraban para su ascenso, ya que en el pensamiento de la «gente principal» la incorporación de los nuevos era un resultado natural de su política económica y racial.
Sin embargo, esta modificación de la estructura no fue muy perceptible para la clase alta, para la que la sociedad argentina seguía inmóvil: todo lo que ocurrió desde el mejoramiento de las razas vacunas, hasta su incorporación a la vida europea, significó sólo la incorporación de la Argentina a la civilización moderna.
Desde el alto nivel de los dueños de la tierra, lo que estaba sucediendo en la ciudad de tránsito entre Europa y el campo, era cosa de «escaleras abajo», porque no incidía ni en el patrimonio ni en su vida de relación. Ya hemos visto que para el autor de «Recuerdos del novecientos», todavía la clase media no existía.
Los «gringos», cuya misión era quedarse en el campo en las tareas rurales, invaden Buenos Aires, la cuidad por antonomasia, hasta el punto de que llegan a constituir la mayoría de la población adulta y se lanzan a actividades que no eran las presupuestas del bracero o de la chacra.

LA CAPITAL DE LA PAMPA GRINGA: ROSARIO

Aunque el tema de este trabajo se centra en Buenos Aires, es conveniente echar una ojeada a las otras dos ciudades más importantes del país, para ver los efectos diversos del impacto inmigratorio.
En Rosario, el surgimiento de la nueva sociedad es más directo que en Buenos Aires, pues no hay la alta clase preexistente que influye con sus pautas a estos nuevos y limita el ascenso al primer plano; aquí los «gringos» triunfadores irán directamente arriba, constituyendo una sociedad burguesa por excelencia. Apenas alguna protesta de viejo vecino, como el soneto leído en unos juegos florales:
Ciudad de Astengo, de Etchesortu y Casas
—sede del «Honorable» Benvenuto—
ciudad donde se funden dos mil razas,
pero no se funde ningún gringo fruto.

(Recuerdo sólo la primera cuarteta. ¿Para qué contar el merengue que se armó… Además, los viejos vecinos de Rosario, no eran muy viejos, o mejor dicho, antiguos).
Por esta razón la burguesía rosarina accede directamente a la clase alta local y su conflicto de status es con la clase alta tradicional de Santa Fe.
Rosario es la cabecera de la pampa «gringa», su capital, bruscamente nacida de un villorrio primitivo del que no se recuerda ni el nombre del fundador. Si Buenos Aires es la capital de los ganaderos, Rosario lo es de los chacareros. (Giberti, Op. Cit., explica la mayor densidad agrícola de la pampa «gringa» por la distancia con el frigorífico de las colonias santafecinas que ha permitido desarrollar la producción de cereal sin subordinarlo ni limitarlo como simple tarea de “hacer campo”, y también por la mejor política de asentamiento del colono). La alta clase terrateniente no tiene domicilio ni transitorio en Rosario. La burguesía rosarina pisa firme; hija del desarrollo agrario, se identifica totalmente con el progresismo liberal y no sólo carece de complejos frente a las viejas clases, sino que las mira por arriba del hombro, porque se siente con mejor derecho a conducir. No postula “reconocimiento” y será ella la que lo dará.
La “Liga del Sur”, cuna del Partido Demócrata Progresista, será su expresión política frente a los dos estratos tradicionales de la provincia: la vieja “gente principal”, de la capital santafesina, con sus terratenientes a la antigua porque todavía no ha llegado allí la estancia moderna y sus rangos modestos de las profesiones y la burocracia que tendrá su baluarte en el Norte. (En Barrancas, a mitad de camino entre Santa Fe y Rosario, está la barrera que separa las dos Santa Fe, con tal perdurabilidad que aun hoy las reuniones políticas de importancia, donde se decide sobre los gobernantes de la provincia, se realizan en ese lugar de frontera). 1
Se está constituyendo una nueva estructura de alta burguesía a clase media, pero sólo sobre la base de la inmigración; los criollos están marginados del proceso ascensional. El inmigrante es proporcionalmente demasiado fuerte, y no hay integración rápida porque en cierto modo se da allí una segregación ecológica en que el extranjero triunfador se atribuye el status más alto.
El proceso que, veremos luego, realizó el radicalismo incorporando a la política nacional los hijos de inmigrantes, se realizó en Santa Fe con la “Liga del Sur”, pero marginando al criollaje. Aquí el radicalismo no contará con la clase media y la burguesía; sólo contará en el sur con unos pocos elementos de las viejas familias federales, pero sustancialmente con orilleros y paisanos de la “gente inferior” al que se unirá el peso de las viejas fuerzas conservadoras del Norte, que con su clientela electoral se le volcarán en la hora próxima a la victoria como único medio de parar al Sur. También con los colonos del Norte de origen extranjero, forzados por el localismo incompatible de los del Sur.

EL LÍMITE DE LA PAMPA GRINGA: CÓRDOBA

Córdoba es todavía una pequeña ciudad provinciana y su crecimiento moderno llegará mucho más tarde; después de 1914 y definitivamente después de 1945.
Los pobladores de la «pampa gringa» cordobesa, migrarán a Rosario, que es la capital de sus chacras, y les da la imagen apetecible.
La vieja ciudad de los doctores en los dos derechos, se mantiene en los estamentos de «parte sana» y «gente inferior». No existe nadie importante que no sea «doctor» o clérigo, dicen los alacranes porteños que por las dudas le llaman «doctor» al cochero que los lleva al hotel.
(Córdoba, devota y doctoral, es la capital de las sierras, y Rosario la de su «pampa gringa». En Villa María se levantará el Palace Hotel, que cuando se inaugura, es más moderno y más confortable que cualquiera de la capital provinciana. Es para los rosarinos en tránsito a las sierras).
Cuando en Buenos Aires se habla de Córdoba, se habla de las sierras: Cosquín para la tuberculosis, Ascochinga y Alta Gracia para los veraneantes distinguidos; recién apunta, más allá de Cosquín, tan mentado en la época de Koch, el valle de Punilla, que en La Falda y después de La Cumbre recogerá y disputará los veraneantes de la burguesía rosarina a los sitios anteriormente tradicionales, hasta que, mucho más tarde, el «aluvión zoológico» de provincianos en un próspero retorno de ruralismo vacacional, se desborda sobre todas las sierras. Por la calle Ancha se va a la Cuesta de Copina, para caer detrás de las Sierras Grandes, pues el General Roca había puesto de moda Mina Clavero, y la indispensable visita a la Villa del Tránsito y su Casa de Ejercicios con el sermón dominical del cura Brochero, del que los humildes recogen el Evangelio y los veraneantes el pintoresquismo.
Con Simón Luengo y la última tentativa, la Revolución de los «Rusos» de Chaval, se ha extinguido el Partido Federal que mantenía nexos entre alguna parte de la “gente principal” y la plebe. Los conflictos son ahora entre liberales y devotos, conflictos de “bien pensantes” que no se resuelven tan fácilmente como en Buenos Aires: la mujer a la iglesia y el hombre a la logia. Conflicto de clase alta en que los ateos son más “frailes” que en Buenos Aires y los católicos más “chupa cirios”, y cuya intensidad se mide por el provincianismo de los actores pero en el que no interviene la “gente inferior” de la que nadie se ocupa, como no sea algún curita de sotana raída como Brochero o algún anarquista que va a terminar en las sierras con los “fuelles” averiados por la intensa vida nocturna y la escasa alimentación diurna que impone “la idea”.
En Córdoba empieza el interior, el país no computado en el progresismo liberal sino como una incómoda carpa: lo será hasta que el agotamiento de la renta diferencial obligue a ver el país de otra manera.

BUENOS AIRES: INFRAESTRUCTURA DE LA EXPORTACIÓN

Vamos ahora a ese Buenos Aires de principios del siglo.
Dice Gino Germani: La Argentina tenía en 11869 una población de poco más de 1.700.000 habitantes; en 1959 había pasado amásde 20.000.000, aumentando así en casi doce veces en 90 años. En esta extraordinaria expansión, la inmigración contribuyó de manera decisiva. El mero crecimiento de la población extranjera en los tres períodos intercensales, significó –para los dos primeros—es decir, hasta 1914, alrededor del 35% del crecimiento total. Agrega que la concentración de extranjeros se produjo en determinadas zonas del país –las correspondientes a la pampa cerealera–, y dentro de ésta, en los núcleos urbanos, fundamentalmente en Buenos Aires: La aglomeración metropolitana del Gran Buenos Aires concentró, a lo largo de todo el período considerado entre el 40 y el 50% de la población extranjera total. La inmigración de ultramar representó, en efecto, la base del extraordinario crecimiento urbano en la Argentina y puede demostrarse que la formación de la aglomeración de Buenos Aires y de las grandes ciudades del país se debió principalmente al aporte de estos inmigrantes. En realidad, la época de mayor crecimiento urbano corresponde justamente al período de mayor inmigración.
Precisando las etapas del crecimiento urbano, el mismo autor señala su segundo momento: aquel en que el proceso de urbanización obedeció a las migraciones internas… Hay una distancia de más de medio siglo entre la iniciación de los dos procesos: el del «aluvión gringo» que dará la clase media y la primera burguesía y el «aluvión criollo» que llamarán zoológico, y que pondrá en definitiva crisis el esquema de «clase principal» y «clase inferior», incorporando a ésta como proletariado, en la moderna sociedad de clases; será la formación de un proletariado –obreros en lugar de peones y un oficio en lugar de los “siete” y ninguno bueno—o abriendo el acceso a muchos trabajadores criollos a niveles de clase media, y aun de pequeña burguesía.
Interesa determinar el por qué de la concentración urbana y el por qué de su carácter inmigratorio.
Ya en el capítulo anterior he preferido que la naturaleza de la producción cerealera, a pesar de ser primaria, no es apta, como la de la plantación tropical, para una composición simplista de la sociedad como la que venía rigiendo desde la Colonia. Agreguemos ahora que la agricultura en expansión no está destinada a satisfacer la demanda local, sino que su mercado es ultramarino, todo lo que exige el aparato ferroviario en abanico, la comercialización por el intermediario y la concentración portuaria. El puerto, estribo del puente hacia Europa, es un canal por donde debe pasar toda la producción, toda la comercialización, todo el transporte, toda la financiación y, recíprocamente, toda la importación y toda la estructura de distribución hacia el interior. El puerto determina también, por su condición de llave, la concentración de todo el aparato administrativo del Estado y se convierte en el gran centro de consumo y trabajo, donde son posibles, además de los consumos esenciales, los consumos de lujo y confort, la cultura, la difusión periodística, la formación profesional. Por allí pasa toda la riqueza que genera la pampa; allí deja caer la parte de numerario correspondiente a los gastos de distribución y comercialización interna que no se pueden evadir del país porque están incorporados al costo inevitable.
A este respecto dice Giberti (Op. Cit.) después de referirse al volumen de mercaderías para embarcar, así como el de productos para importar (carbón, rieles, máquinas, materiales de construcción, comestibles, manufacturas, etc.) que surge la necesidad de instalaciones portuarias capaces de movilizar ese tráfico… Al disponer Buenos Aires de un puerto con calado suficiente para grandes barcos de ultramar, robustece su dominio sobre el resto del país… concentra en peso entre el 70 y el 90% de las importaciones, y la mitad de las exportaciones, sobre todo productos ganaderos. Aun la mayor parte de los barcos que cargan en otros puertos del Paraná pasan Buenos Aires a completar sus cargas.
Toda esta concentración obliga a construir rápidamente una gran ciudad donde poco antes había una gran aldea. No se trata sólo de exportar e importar porque hay que establecer el asiento de toda esta maquinaria económica y hacerlo apresuradamente. Instalaciones portuarias y estaciones de ferrocarril, edificios para la administración de los negocios, para la banca; techo y habitación para la gente allí ocupada. Junto a las necesidades que determinan la formación de esta aglomeración urbana hay que satisfacer las que surgen de la aglomeración misma: hay que pavimentar calles, establecer teléfonos, alumbrado y energía, aguas corrientes y cloacas, y también paseos y jardines, edificios universitarios, palacio de tribunales, asiento para el Congreso, oficinas públicas, hospitales, escuelas y todos los servicios de una ciudad moderna.
Buenos Aires, en una palabra, está constituyendo la infraestructura del país agropecuario; y tiene que construirla adelantándose al mismo para recibir el progresivo aumento de producción. Por eso mismo, cuando aquélla se estabilice, Buenos Aires dejará de crecer porque el aparato es suficiente para la misma y en adelante su expansión estará vinculada al desarrollo interno.
Aquí está la razón de su gigantismo que no es otra cosa que ser el cuello del embudo que vuelca la producción en las bodegas de los barcos, y recibe de éstos la importación para distribuirla. Buenos Aires no es desmesurada sino en relación con la falta de crecimiento paralelo del país y esta es la explicación que no dan los que quieren eludir la verdad por el camino de la psicología o de lo jurídico. Parece contradecir esta afirmación el hecho de que Buenos Aires haya sido el asiento del posterior desarrollo interior, pero esto obedece a que el mercado ya estaba organizado así, con la acumulación del capital, la técnica y la mano de obra iniciales, como también el mayor marcado de consumo. El futuro no puede desvincularse del pasado hasta que en plazo razonable, y con dirección apropiada, se relacionen las fuerzas constructivas, que es lo que está ocurriendo con la aparición de centros industriales en el interior de que la actual Córdoba es un ejemplo.
Apresuradamente surge la gran ciudad: primero en función de las necesidades que determina el puerto que absorbe el grueso del comercio nacional; después en razón de las necesidades subsidiarias que origina la concentración. Y todo hay que hacerlo en un corto lapso, quince o veinte años, de manera tal, que las actividades productivas se multiplican al infinito porque se trata de la etapa inversionista, en la cual la ciudad gigantesca debe estar construida para que tenga sentido lo que está haciendo el agricultor con su arado o el ganadero con sus nuevas razas. Y aquí el extranjero que viene con los oficios y las aptitudes técnicas que reclama esa construcción apresurada, se encuentra en su clima, y en su técnica, mucho más aun que en el campo, donde la falta de un fraccionamiento de la tierra le resta posibilidades.
También el conglomerado urbano necesita un comercio minorista que no interesa a los grandes consorcios, como no interesa la producción local inevitable de todas las manufacturas de consumo inmediato o que no corresponden los rubros que se reserva la importación. Al Buenos Aires del personal de los frigoríficos o portuario, de los empleados ferroviarios, de los empleados de banco y de la administración, etc., se suma la multitud que construye el mismo Buenos Aires: la gran industria de Buenos Aires es construir Buenos Aires.
Es la hora de los albañiles italianos, de aquellos maestros de obra friulianos que dieron las características arquitectónicas que subsisten en los barrios del Sur; de los panaderos, los carpinteros y ebanistas, los sastres y las costureras, de todo un artesanado de cuyos miembros saldrán, a medida que asciendan, los pequeños comerciantes y también los educadores y los primeros industriales. Es como ocurrió cincuenta años después, la hora de los loteadores, cuya oferta hay que comprobar los días de lluvia, para saber si los terrenos no están debajo del agua, y también de la casita propia que los «gringos» construyen, como harán después los «cabecitas negras», pero más a extramuros, luego de su paso por las «villa miserias» a falta do Hotel de Inmigrantes, por donde aquellos pasaron, como hogar de tránsito.2

EL HOTEL DE INMIGRANTES, EL CONVENTILLO Y LA CASITA SUBURBANA

Ahí, al costado de la Dársena Norte, está el Hotel de Inmigrantes, un viejo edificio, cuyo destino suele variar con las necesidades de la burocracia. En la época de la inmigración, era eso que dice el nombre: Hotel, y ahí se alojaban los inmigrantes sin recursos, muchos con numerosa prole, a la espera de su primer trabajo. Allí estaba algo así como el trampolín de su destino. Del Hotel de Inmigrantes al conventillo se marcaron los primeros pasos en la ciudad; eran las puertas del misterio y la esperanza, después de los largos días en el hacinamiento de las terceras de a bordo.
El conventillo ocupa un lugar básico en la conformación social de Buenos Aires. Significó miseria y promiscuidad. Francisco Seeber, intendente de la Capital (1886-1890), dijo que había en la ciudad 3.000 conventillos donde viven 150.000 habitantes, todos construidos en flagrante oposición a las ordenanzas vigentes, donde la gente vive apiñada tradicionalmente, violando las reglas de la higiene y la moral.
Pero, al mismo tiempo, el conventillo es un mundo heterogéneo donde se barajan y se mezclan en el mismo mazo todas las cartas del Buenos Aires que está naciendo. Sergio Bagú transcribe el verso de Vaccarezza:

Un patio de conventillo
un italiano encargado
un «yoyega» retobado
una percanta, un vivillo,
dos malevos de cuchillo;
un chamuyo, una pasión,
choques, celos, discusión,
desafío, puñalada,
espamento, disparada,
auxilio, cana… telón!

A este propósito he dicho:
Cuando el teatro de Vaccarezza no se represente más, se exhumará como documento, y dirá más sobre la historia de Buenos Aires que todo lo que hemos escrito, con pretensiones de ensayo o estudio sobre la ciudad, en aquel paréntesis de treinta años, que empezó con el siglo. Tiempo en que los gringos del puerto pechaban como una sudestada sobre los últimos rincones criollos que restaban de la Gran Aldea.
Estos documentos ilustrarán sobre eso que he dicho del arquetipo, que nos salvó chupándose los «gringos» y haciendo que las aguas que se derramaban del puerto para adentro no se mezclaran con la tierra para dar el barro del buenas Aires de hoy.
La temática del «tano», del “gaita» y del «turco” fue casi obsesiva en el sainete; eso no se explica, si no se sabe que Buenos Aires, con una mayoría de población extranjera, era en ese memento de treinta años un digestor que estaba dirigiendo, asimilando, construyendo Buenos Aires dentro del país.
El patio del conventillo que se vio en el tablado, con sus tiestos florecidos, canciones, milongas, pitos de vigilantes, viejas Celestinas, mozas deslumbradas por las luces del centro, trabajadores derrengados, guapos y flojos, era el escenario de esa digestión social. (A J., «Los Profetas del Odio»).
Sobre esa digestión social, Germani señala «la modalidad de vivienda» —el conventillo y su convivencia— que ejerció más bien una función integradora de las distintas nacionalidades; y quien dice el conventillo, dice la esquina, el almacén, el café, el potrero de los «picados» de fútbol, la escuela pública común, todo ese mundo de la infancia y la adolescencia de los porteños de la clase baja, que va incorporando pautas éticas y estéticas, modalidades que vienen del pasado tradicional y otras que han cruzado el mar, y que se comunican en la igualdad de las situaciones sociales, donde los grupos no se han separado en estancos sino que se disuelven por afinidades personales de contacto, que superan las afinidades preexistentes correspondientes al grupo originario, pues resulta más fuerte el común denominador que da la vida, que los denominadores particulares heredados. (El empleo del término denominador no es casual, porque la vida está practicando en Buenos Aires un intrincado proceso de multiplicaciones, divisiones, sumas y restas).3
La población extranjera de Buenos Aires excedió del 50% y no hay que olvidar que en casi su totalidad era adulta y masculina, es decir, la que trabajaba, andaba por la calle y los sitios públicos; a la vez gran parte de los argentinos que formaban el otro 50% eran hijos de inmigrantes en primera generación. Sólo el que vivió en medio de esa multitud y llenó sus ojos con la variopinta de sus ropas, y sus oídos con el ruido de cascada de todos los idiomas cayendo al mismo tiempo sobre el español o el lunfardo, puede medir la magnitud del milagro de asimilación que fe realizó en Buenos Aires, en el vértigo de unos pocos decenios. Y tiene que partir del conventillo para aproximar un poco la imagen.
Por otra parte, la nueva conformación social también partía del conventillo.
Los Pizarros y los Cortés de la vara de medir, la trincheta, la liana y la cuchara de albañil, cabalgaron su aventura sobre los lomos del progreso agropecuario, que aceleraba la formación urbana. Pero no todos los «gringos» triunfaron: la historia sólo recuerda a los vencedores, y así olvida que el mayor número quedó derrotado en el camino, no salió del conventillo y sus hijos se fueron mezclando con la «gente inferior», tal vez malevos o compadritos unos, trabajadores otros, en el obraje o como peones. O salieron del conventillo a la modesta casita suburbana del primitivo Gran Buenos Aires construida como ya se ha visto: Avellaneda o Quilmes, Talleres y Lanús por el Sur; Ciudadela, Caseros, San Martín, con sus villas, por el Oeste, y por el Norte en la línea de Belgrano R y en las orillas aun despobladas de la ciudad.
Estos «gringos» derrotados tuvieron su poeta y Carlos de la Púa en la «Crencha Engrasada» dijo el drama de muchos:

Vinieron de Italia, tenían veinte años,
con un bagayito por toda fortuna,
y, sin aliviadas, entre desengaños
llegaron a viejos sin ventaja alguna.

Vinieron los hijos.¡Todos malandrinos!
Vinieron las hijas. ¡Todas engrupidas!
Ellos son borrachos, chorros, asesinos,
y ellas, las mujeres, están en la vida.

LA FUSIÓN DE LAS NACIONALIDADES

Germani (Op. Cit.) señala que si hubo una segregación ecológica por colectividades, ésta fue disminuyendo con el tiempo; en Buenos Aires, la única que pudo tener ese carácter fue la de la Boca con su población xeneise salpicada pronto de elementos portuarios de habla guaraní, correntinos y paraguayos.
En el resto de la ciudad, la distribución de los inmigrantes de distintas nacionalidades —desde luego predominantemente italianos y españoles— fue bastante homogénea y proporcionada a la distribución de la mar reducida de adultos nativos, con las particularidades que señalaremos al hablar de los barrios. No hubo actitudes discriminatorias, como dice el mismo Germani, comparando con lo que ocurrió en Estados Unidos. No hubo diferencias de prestigio y tensiones hostiles entre los distintos grupos étnicos y con la población nativa en general. Lo que hubo, y también el sainete lo documenta, en el conflicto de «tanos», «gallegos», «turcos» y criollos, fueron rivalidades de prestigio nacional, pero sin referencias al prestigio social y a los status, porque no había discriminación en el orden económico y social; si más adelante los «turcos», judíos o armenios se agruparon con preferencia en determinados barrios, no fue porque en la ciudad, nativos o extranjeros, los excluyeran, sino por la persistencia de características propias traídas de afuera, a las que obedecen y también por el tipo de actividades preferentes que los llevan a formar un tipo de comercio parecido al del Medio Oriente. Es fácil constatar que a medida que los descendientes sustituyen a los inmigrantes originarios, la dispersión geográfica se opera, también, respecto de estos grupos. Del mismo modo la distinción por oficios se relaciona con sus preferencias propias y no por la imposición de un medio que los excluya de otros.
Los «gallegos», cargadores de la estación Sola, no tenían pretensiones de status con respecto a los italianos del puerto, ni los italianos de la cocina más pretensiones de prestigio que los españoles mozos o lavacopas, entra gastronómicos.
Tampoco el conflicto con los nativos excedió del aspecto pintoresco ya que la clase de los inferiores no tenía ningún status que defender, pues se sabía «última carta de la baraja» en la sociedad tradicional y además minoritario, por el escaso número de sus varones con relación al aluvión masculino inmigratorio, en su nivel: el inmigrante no amenazaba desalojarlo, sino que por el contrario iba a cumplir actividades a que los criollos se mostraban renuentes; no invadió sus oficios tradicionales, particularmente los derivados de la tracción a sangre que se multiplicaba, antes de la aparición del automotor, con el acelerado progreso urbano, lo mismo que las actividades vinculadas con el abasto de carnes. (El frigorífico, extensión de esta técnica también absorbía preferentemente al obrero nativo).
De un horizonte económico en que el oficio era lo menos frecuente, y lo más, la posición de peón o doméstico, se pasaría a otro con la multiplicación de las construcciones y la aparición del desarrollo fabril primario, en que inmigrantes y criollos tenían las solidaridades del asalariado, más fuertes que las diferencias culturales, y que se expresan —es la época del anarquismo— por la literatura ideológica de los «agitadores» extranjeros y los payadores y poetas nativos del suburbio, y más concretamente con el nacimiento del sindicalismo. Hay, sí, una cuestión de prestigio pero que no radica como en los status en la afirmación de un distinto nivel social, es estético y se refiere al estilo de vida que surge de las distintas escalas de valores del nativo y del inmigrante.

LA OPOSICIÓN DE PAUTAS Y SU UNIFICACIÓN

Antes hemos hablado de la mentalidad del nativo de «clase inferior» formado en una sociedad estática donde no le es posible la acumulación de bienes, a diferencia del inmigrado, proveniente de una sociedad capitalista y acicateado hacia el ascenso, móvil que lo ha traído a América.
Así el «amarretismo» y la prodigalidad se oponen como vicios y virtudes de uno y otro, según quien haga la calificación, y también ese mismo afán de triunfo del que viene a buscarlo, con la resignación y el escepticismo del que ignora esa posibilidad. Algunos diálogos de Fray Mocho son ilustrativos y han constituido una temática de todos los hogares y ruedas modestas que hemos oído en la infancia (el «criollo» inútil y derrochador y el «gringo» amarrete y ventajero).4
Mientras para el inmigrante la valoración del oficio y de toda actividad se da en términos económicos, (¿cuánto voy ganando?), para el criollo, durante bastante tiempo, no es la retribución la que determina la elección, sino la calidad del mismo. Y es así renuente a muchas actividades que entiende lo disminuyen como individuo.
(Sin posibilidades de clasificarse por un ascenso en el status, el prestigio no tiene referencias económicas, ni símbolos correspondientes a la situación de familia o de grupo. Es puramente personal. En la guerra o en la política puede surgir de su capacidad individual de caudillo o jefe de partida; en el trabajo de su particular destreza que da renombre: renombre de domador, de rastreador, etc., en el campo; de desollador, de chatero, en la ciudad. Prestigia la guitarra y el ser poeta, o las dos cosas a la vez: payador; y buen bailarín, o la generosidad y la amistad. Y sobre todo ser guapo, que es la condición que acredita la medida del hombre en la prueba más definitiva por el más arriesgado de los cotejos, aquel en que la vida del contendiente es el premio).
Mucho se ha escrito entre nosotros sobre el culto del coraje, pero creo que se ha tenido poco en cuenta que es una manifestación del ego, en una sociedad que no daba formas gregarias de manifestar superioridad: sólo había situaciones de prestigio personal que no se transmitían a la familia ni se heredaban y donde además, como se ha visto, la ilegitimidad era lo más común en la filiación: (es cosa personal aunque se diga el «hijo e’tigre overo ha de ser»; pues tiene que mostrarlo y enseguida lo van a buscar para que lo pruebe. Es decir, para que lo acredite personalmente: es más compromiso que herencia).
Las posibilidades de la mala vida también se amplían con el crecimiento urbano y ofrecen en la nueva composición un derivativo que se conforma al mantenimiento de ese individualismo estético en que la habilidad en el cuchillo y la prestancia física constituyen condiciones que se requieren en el juego, las mujeres, el matonaje. En la simbiosis que se va produciendo, y a la que vamos enseguida, esta evasión se manifestará también, como señala Bagú, en los descendientes de los nuevos: el «vivillo» y los «malevos» pueden ser descendientes en primera generación de migrantes internacionales o internos.

LOS ARQUETIPOS NATIVOS DEL EXTRANJERO

En alguna publicación anterior he recordado una reflexión de Homero Manzi que considero fundamental para la apreciación de este momento de la sociedad argentina, particularmente de la porteña: la suerte del país estuvo en que el inmigrante en lugar de proponerse él, como arquetipo —y hubiera sido lo lógico y lo esperado, por los promotores del progresismo— se propuso como arquetipo el gaucho. Así en su ridícula imitación, el «cocoliche», se entregó a su nueva tierra. Lo comprueba toda la literatura popular de la época, del circo al tablado, de la letra de las canciones (milonga y tango), en que la idealización del criollo constituye el centro de toda la temática, lo mismo se trate de actores, autores, payadores y poetas, de viejo origen nacional, que se trate de los hijos de los recién llegados y aun de estos mismos, del «negro» Gabino Eseiza a Betinotti o Gardel, pasando por los autores del drama, de Florencio Sánchez al sainetero, de los folletines de Juan Moreira. Juan Cuello u Hormiga Negra a, más tarde, los novelones de Radio del Pueblo.
Así, mientras esto ocurría con los inmigrantes, la «clase dirigente» viajaba en busca de arquetipo.
En el plano cultural, paralelo a esta valorización estética popular del criollismo, marchaba a través de la escuela, del periódico, y de los resultados pragmáticos, la valoración de los elementos aportados por la actitud ante la vida que traía el inmigrante, y que correspondían a las exigencias de una sociedad más evolucionada. Hubo un juego constante durante más de treinta años de afirmaciones y negaciones, de contradicciones que se fueron resolviendo naturalmente en esa íntima convivencia; esa heterogeneidad de la composición que no permitió prevalecer a ninguno de los componentes, ni enquistarse, dio como es lógico, la síntesis que constituye hoy nuestra realidad, si existe una realidad del hombre argentino; y dentro de ella, el porteño que Raúl Scalabrini Ortiz ha definido en «El hombre que está solo y espera», que en la esquina de Corrientes y Esmeralda es un hombre de toda la ciudad, cuyas características sustanciales se encuentran, a poco que se rasque, en la intimidad de cada uno.
A principios de siglo algunos argentinos preocupados por las pérdidas de las características nacionales se inquietaron y dijeron palabras de advertencia, máxime ante los hechos producidos por los gobiernos de los países que proveían la inmigración y que a través de sus escuelas, las organizaciones mutuales y culturales, y otros variados estímulos a la cohesión con sus “colonias”, intentaban mantener la nacionalidad de sus emigrados y descendientes, casi en la acepción correcta de “colonias”. Ricardo Rojas en “La Restauración Nacionalista” abordó frontalmente le problema, sin mayor eco, pero éste se resolvió naturalmente.
Si no hubo enquistamiento por status no lo hubo tampoco por la nacionalidad, en cuanto a las colectividades más numerosas. (Por excepción ello ocurrió en cierta medida en algunas colonias rurales del Sur de Santa Fe y Córdoba, oriundos de la baja Italia –allí donde habría más tarde brotes de la maffia—y con algunos grupos provenientes del Norte de Europa, tal vez en este caso por la extracción cultural más alta de sus componentes y sus propios prejuicios de superioridad racial y cultural, coincidentes con los de la clase dirigente nativa, fundamentalmente por la jerarquía del papel económico que desempeñaron y que lo colocaba al nivel que ahora se llama de “ejecutivos”. 5
Desde luego que el idioma de las colectividades más numerosas y las facilidades de su comprensión y aprendizaje recíproco actuaron favorablemente. De la misma manera la comunidad religiosa con las dos inmigraciones más importantes y de un confesionalismo más militante que el de los nativos, vinculado a la costumbre y la tradición más que a una religiosidad profunda.

PARTE 2 DE 3

Indice de la parte 2

CAPÍTULO VI – La Sociedad y los límites de la «Patria Chica»

CAPÍTULO VII – Una escritora de «medio pelo» para lectores de «medio pelo»

CAPÍTULO VIII – Las clases medias, la nueva burguesía y la aparición del «medio pelo»

LA NUEVA SITUACIÓN Y LA FAMILIA POPULAR

En españoles y en italianos, la familia es mucho más aglutinante que la nacionalidad. De sobra es conocida la tradicional solidez del núcleo familiar español y con respecto al italiano igualmente sólido, me parece de oportunidad citar lo que dice Luigi Barzini (“Los italianos”. Ed. Americana, 1966) sobre la doble faz de la familia italiana: la apariencia exterior en que el elemento masculino, con su orgullo y hasta su tiranía, parece ser el único que cuenta; y la realidad subyacente en que la mujer silenciosa y pausadamente es el eje vertebral dela misma, resumido así: En Italia los hombres gobiernan al país, pero las mujeres gobiernan a los hombres. Italia es en realidad, un cripto matriarcado. (“Madre hay una sola” será pintoresca muletilla de una literatura popular obsesionante desde «Pobre mi madre querida», de Betinotti a Gardel y a los dramones radiales de Pancho Staffa).

Vuelvo aquí al valor documental que tiene el teatro de la época y en cuya escena es inevitable la presencia modeladora de la mujer criolla casada con extranjero, que dice siempre la palabra de conciliación, que marca el rumbo de la fusión que se producirá en sus hijos, que son su objetivo. (Entre el «compadrito» y el «tano» siempre aparece la mujer criolla de éste, atemperando los roces y dando la solución pragmática, lo mismo que entre el viejo criollo, padre de la hembra, empacado en sus prejuicios estéticos, y el yerno «cocoliche»‘, el «bachicha», que pretende imponer sus valoraciones despectivas de lo indígena. Situada en un plano intermedio, resulta la permanente arbitradora, y así “la vieja” adquiere la categoría de un símbolo unificante en las tendencias dispares que podrían disociar el hogar. Porque el hijo del inmigrante toma frecuentemente del criollo una actitud peyorativa con respecto del padre, recubierta de un cariñoso humorismo—cosas del “viejo”–, que hasta pueden comentarse jocosamente con los amigos desde la criolledad que se atribuye, pero teniendo siempre presente, a través de la madre, una solidaridad profunda que corresponde al tono del sólido hogar que se ha constituido).

En ese sentido la inmigración aporta una valorización de la mujer a través de la valorización de la familia, que la convierte en un instrumento en el cambio de la estructura tradicional.

Ya se ha visto que la inmigración es esencialmente masculina y adulta, y esto explica la mucha mayor frecuencia del matrimonio de extranjero con nativa que de nativo con extranjera. De tal manera la sólida estructura de familia que pudo ser un factor de enquistamiento contribuye también a la fusión, con la unión mixta, en que es un elemento decisivo la mujer por el papel importante que desempeña en el hogar que se constituye, conforme a las pautas que trae el extranjero de las clases populares.6

EL ASCENSO SOCIAL DE LA MUJER

La inmigración ha incorporado un elemento básico que faltaba en la clase inferior, y cuya falta era factor sustancial de situación: la regularidad del vínculo matrimonial y el establecimiento de una situación de familia permanente que es facilitado por las nuevas condiciones económicas. En el mundo del inquilinato cada pieza es un mundo completo y los individuos no están aislados como en la clase inferior de la sociedad tradicional, sino recíprocamente apuntalados en una serie de normas comunes, en que la familia se perpetúa, a diferencia de la situación anterior en que cada adolescencia, como el pichón de ave, llevaba implícita la necesidad de volar y de valerse por sí, y para sí mismo, de gaucho a orillero, en el espacio abierto de las pampas o en las encrucijadas del suburbio porteño que conducían a la vida siempre provisoria de las orillas: la familia era también precaria con su perdurabilidad y reducida en su ramificación.

La mujer ante el extranjero gana posición: no es la cosa que se toma como un lujo, del varón nativo; ella hace el sacrificio de muchos prejuicios al unirse a ese extranjero desprovisto de los encantos que hacen el prestigio personal, según las estimaciones de su medio. Su unión es una concesión —siempre lo destaca— que hace forzándose en la estimación de otras aptitudes más prácticas, más positivas, pero menos brillantes. Ese matrimonio no es simplemente la unión de los sexos en el arrebato pasional de cuando era normal que la mujer fuera «presa» de conquista, «la Vicenta» que se saca en ancas del hogar paterno en la literatura gauchesca, y destinada a ser sólo un complemento en la vida del hombre. La compensación del «gringo» y sus aspectos negativos es la perspectiva del sólido hogar que empieza por el matrimonio legítimo que a éste puede exigir, y que éste desea porque se conforma a sus pautas y no podía exigirle al otro, en cuyas pautas contaba excepcionalmente. Esto determina en plazo de dos o tres generaciones que la legitimidad del vínculo y los hábitos familiares eliminen lo más definitorio de la clase menor: la falta de filiación legítima, porque ya todas las mujeres lo exigen, hasta al criollo. (Recordemos que estamos hablando de Buenos Aires y no del interior argentino donde el proceso que se cumple es inverso a medida que se profundiza el desamparo de la «gente inferior”).

Todo lo dicho anteriormente no importa excluir del sentimiento del criollo la estimación y el afecto para la mujer, que en páginas tan llenas de ternura nos canta Martín Fierro; tampoco el afecto para con los hijos. El criollo es, además, poco mujeriego, más bien casto, pero su idea de la pareja –agravada después por la descomposición de la sociedad patriarcal de que se habló antes—se aproxima a la unión libre en que la continuidad del afecto es lo que mantiene la cohesión; en cambio, en los inmigrantes existen normas rígidas en las que la pareja es sólo medio de un fin; el grupo familiar frente al cual pierden importancia hasta el amor y el afecto entre los cónyuges que cede su primer término a la conservación del matrimonio como base de aquél. La institución familiar adquiere esa perennidad de la española y la italiana, que implica una continuidad desde remotos abuelos a remotos descendientes, a veces bajo el mismo techo, el mismo solar, y en los mismos modos de vivir transmitidos de generación en generación, a diferencia del hogar criollo de la “clase inferior” de donde los hijos salían hacia el mundo definitivamente, apenas alcanzada la pubertad. (Claro está que cuando para el hogar criollo se daban condiciones económicas favorables –así en la “gente principal”—la estructura de la familia era la tradicional venida de España, hecho que también se dio en muchos casos en gente que, perteneciendo por calificación social a la “inferior” tuvo oportunidad de asentarse en forma estable en los excepcionales casos en que lo económico hizo posible la perdurabilidad de la familia aunque el vínculo no fuera legítimo).

Otra particularidad de la época referida a la mujer criolla es el papel que jugará en la nueva economía como parte activa. Si su papel ha sido secundario, complementario del otro sexo, también ha estado postergada como factor de producción para la obtención de recursos propios. Fuera de la atención de su hombre y de sus hijos en la niñez y los quehaceres domésticos, tiene solamente actividades accesorias en el servicio doméstico, en el lavado y planchado y en las escasas industrias caseras generalmente alimenticias. (Otras actividades femeninas: bordados, tejidos, costura, son labores «finas» que no se ejercen a nivel de la clase inferior. Más bien son actividades vergonzantes de los estratos femeninos más bajos de la «gente principal» que se ayudan con técnicas minuciosas heredadas y por lo tanto producto de situaciones de familia ajenas a las de la plebe del suburbio. Se cosa para fulana o mengana, se borda o se teje de encargo, se elaboran puntillas y algunas hacen la deliciosa repostería criolla, producto de recetas transmitidas de generación en generación, como los alfajores santafesinos de las señoras de Gonselvat. Son cosas que no están en el comercio y a las que se llega por recomendación si no hay una relación tradicional, y previo un juego de cortesías y reservas que disimulen el carácter comercial de la operación).

La ciudad de adultos masculinos crea necesidades de vestidos que generan actividades para las mujeres de la clase inferior. Del lavado y planchado individual se pasa al taller de lavado y planchado, una institución de la época donde, bajo la dirección de la patrona, numerosas ayudantas y aprendizas constituyen una célula colectiva de producción. (Aun subsisten los criollos renuentes al trabajo de “gringos” cuyo ocio en chancletas y camiseta musculosa, alternado entre el umbral del taller de la cónyuge y las visitas al boliche de la esquina, nos describirá Roberto Arlt en uno de sus más acertados bocetos porteños). Pero será la costura para la confección de la ropa que Buenos Aires suministrará a su población y a todo el país, la actividad femenina por excelencia. Son las chalequeras, pantaloneras, camiseras a destajo, que retiran y entregan semanalmente a los registros, el producto de las largas horas de labor sobre la Singer y la NewHome, cuyo pedaleo constituye el rumor inconfundible que sale de las piezas de los inquilinatos y de las casitas suburbanas.

Estamos aun muy lejos del momento en que la mujer entrará a la competencia del trabajo asalariado –ya aparecen las telefonistas—y participará en todas las actividades de la economía; pero se puede decir que es la primera que rompe masivamente la frontera que separaba a los oficios de “gringos”, de los oficios nativos, y aquí hay que anotarle a ella otro punto como factor coadyuvante a la fisonomía social, económica y cultural que define la transición entre la gran aldea y la ciudad.

LA CLASE «INFERIOR» SE EXTINGUE

Para el Centenario de 1910 criollos e inmigrantes se han unificado en el mercado del trabajo y compiten en las mismas actividades como cargadores, portuarios, ferroviarios, cocheros; y más, a medida que las fábricas van jerarquizando un nuevo concepto: el obrero, cuyo trabajo es indistinto a la nacionalidad del que lo ejecuta, y a sus costumbres, porque es un hecho nuevo que no está regido por las pautas calificantes de los oficios anteriores; el pito de la fábrica y el vencimiento de la quincena son iguales para todos, y el trabajo tendiente a la producción en serie, es extraño a pretéritas calificaciones. Seguirán desde luego, y más por una razón de destreza, siendo criollos los chateros y los trabajadores del abasto y sus industrias derivadas, y preferentemente entrarán a los servicios como porteros, mozos de café y de mostrador, y changadores, los españoles, mientras que por la misma razón, destreza técnica, en la construcción actuarán preferentemente los italianos, con los que, entreverados en los andamios, andarán los descendientes de esa confusa mezcla que ya dejan de ser simples aprendices y oficiales. En la mala vida ya no habrá distinciones de origen y en el depósito de contraventores de la calla Azcuénaga no será posible distinguir entre los prontuariados, los criollos y los hijos de inmigrantes; sólo en la prostitución, predominan las importadas. (Es la época en que se escribió el «Camino de Buenos Aires»). (Ver nota en el Apéndice).

La clase baja de la sociedad porteña no ha formado ese proletariado, que los dirigentes socialistas se empeñan en buscar; y no ocurrirá tampoco en los años sucesivos. No existe la ideología homogénea que llaman «conciencia de clase»; existe una solidaridad de intereses concretos en los premios, pero para fines inmediatos. A lo sumo como conciencia de clase lo que hay es una irritación de pobres contra ricos, la espontánea protesta social que origina la desigualdad y la comparación de la miseria de unos con la prosperidad de otros, y a la que resultaba más fácil llegar con la encendida protesta del anarquista y su ideología difusa; esto se traducirá en la calle, en la agitación social que altera la fiesta de la prosperidad de las altas clases que es el Centenario de 1910 y se prolonga hasta las jornadas trágicas de enero en 1918, siempre bajo el signo conductor de los anarquistas, cuyos centros y gremios contrastan con la actividad reposada del proselitismo socialista.

LA PSICOLOGÍA DEL «ASCENSO» EN LOS TRABAJADORES

El socialismo explicará su incapacidad de cavar hondo en el campo obrero con su remanida fórmula de la «política criolla», que es la transferencia a la política del juicio que tienen hecho sobre la ineptitud del nativo —pero que también ocurre para el hijo del inmigrante—; el socialismo requiere supuestos «niveles culturales», y así los maestros del mismo identificando su juicio con el de la «gente principal», atribuyen su fracaso a una irremediable falta de cultura popular que por su carácter congénito corresponde a un inconfesado racismo.

Por un lado descarta como objetivo el criollaje, que es para él «lumpen proletariat» indigno de su prédica —todavía lo será en 1945— y por el otro se opone, con su libre cambismo, a la industria nacional, única posibilidad de clase obrera como exige.

El hecho que no percibía, y que aun, en general, no perciben las izquierdas, no es exclusivo de Buenos Aires y del país, y se parece en mucho a lo que ocurrió en la sociedad norteamericana del siglo pasado, en la etapa de la inmigración masiva y la marcha hacia una frontera interior7. Se trataba de una sociedad en movimiento por la ampliación o modificación constante de sus bases económicas, la Argentina que se incorporaba al mercado mundial como productora de materias primas —sin perjuicio de que después, llegado el límite se intentara detenerla— era un país en desarrollo cuya estática se había roto y donde estaban abiertas las posibilidades del ascenso vertical. Eso es lo que precisamente buscaba el inmigrante; el único sector que no lo había buscado antes, ni había tenido perspectivas, el criollo, en Buenos Aires se incorporaba entonces a la misma actitud ante la ruptura de su situación cristalizada, y las nuevas posibilidades.

El carácter que los sociólogos atribuyen a la clase media que no se cristaliza sino que tiene una movilidad constante ascendente y descendente, era compartido por los estratos más bajos de la sociedad y aun lo es. Además, las condiciones cambiantes del trabajo, la aparición de nuevas actividades y la reunión frecuente en los mismos sujetos, de actividades de productor, de comerciante y hasta de especulador, facilitaban el cambio de las actividades, con mayor razón en quienes no tenían ningún status que cuidar: se alternaban las labores de la ciudad con los trabajos estacionales del campo, en las épocas de las cosechas, y se pasaba de un trabajo al otro, siempre tentando la aventura del éxito, cuyo objetivo había traído el inmigrante y cuya posibilidad era fácilmente constatable en el vecino de ayer de la pieza del inquilinato, en el compañero de trabajo que cambiaba el mismo y en la sucesión constante de individuos que, saliendo de las más modestas condiciones, estaban “parados” poco tiempo después. En una palabra: el comportamiento cultural de la clase baja no era, según los esquemas transferidos de la lucha de clases, y se parecía más al de las clases medias con una esperanza de ascenso en los hechos, ya que la mayoría de los individuos ubicados más alto, de origen inmigratorio de la clase media a la burguesía, eran de reciente ascenso. (Se trataba de los compadres del pueblo originario, los compañeros de la tercera del barco, muchos de los cuales habían vivido en la pieza de al lado durante largos años, o sus hijos, de muchos de los cuales el obrero había sido padrino en la piedra bautismal, cuando no estaban ligados por vínculos de parentesco que no había borrado todavía del todo las distancias de la fortuna).

LAS CARACTERÍSTICAS DEL INMIGRANTE

No comprender esta particularidad es además desconocer la naturaleza del fenómeno inmigratorio. Se emigra precisamente para salir del estrato de sociedad cristalizada a que se pertenece; no es el hambre, como se ha dicho con frecuencia, el móvil inmediato de la emigración, que sólo actúa excepcionalmente, y los emigrantes, ya se ha señalado, son individualmente fuertes, ansiosas de avance, con relación a los que se quedan, incapaces de tentar la aventura: son los nuevos conquistadores siguiendo la huella de los que se abrieron camino con la punta de la espada; pongamos herramientas, picardía, ambición, donde decimos espada y no habremos hecho más que adecuar el instrumental correspondiente a una misma psicología.

Por otra parte, no se emigra al azar como una tropa de carneros que toma por la primer puerta que encuentra en su camino. Se emigra hacia posibilidades que se sabe que existen, que pinta el paisano que ha venido antes, el pariente que «llama» y manda el pasaje. Se emigra con la voluntad y la aptitud del triunfo hacia el lugar donde las posibilidades existen. De que ellas existían es prueba lo masivo, continuado y firme de la inmigración. Cuando ellas dejan de existir también la inmigraron se detiene, cosa que puede estar determinada también por el agotamiento de las posibilidades del país de destino, como por la creación de otras condiciones locales en el país emigratorio o por la atracción de otro rumbo más prometedor. Bastará un ligero vistazo a la curva del movimiento inmigratorio en la Argentina, que se verá más adelante, para comprobar en su variado ritmo la influencia de estos factores propios de nuestro país, o de los países de emigración.

Creo que con lo dicho basta para explicar las particularidades de nuestra clase trabajadora en el ámbito del Gran Buenos Aires en la época a que me estoy refiriendo, y que corresponde a la fluidez económica y social del medio, elástico y cambiante, objetivamente, y a la composición de la misma, subjetivamente vinculada al fin mediato del ascenso por encima de las inmediatas solidaridades generadas en la comunidad de trabajo que expresa el gremio. Diferente situación era la de las clases trabajadoras europeas, donde todas las perspectivas eran colectivas, vinculadas a la suerte del grupo social y no a las posibilidades individuales. (Convendría ver ahora, en la Europa contemporánea, si la actitud de la clase obrera no ha variado con las nuevas condiciones económicas).

Eso explica también por qué el socialismo no pudo prosperar en el campo obrero más allá de un sector calificado, generalmente artesanal, con su conservatismo típico y que respondía a la tradición del socialismo europeo. También se asentó en los gremios de servicios públicos, donde se daban condiciones de estabilidad y de preeminencias aseguradas que eran de privilegio con respecto al resto de los trabajadores y las hacía renunciar a la aventura de la búsqueda de oportunidades— y en sucesivas incorporaciones también de la clase media baja, del pequeño comercio, y de empleados de carrera.

Fracasado como movimiento socialista-revolucionario y reformista—, cosechó su base electoral en los sectores más estacionarios del proletariado y la clase media que definieron las características de hormiguitas prácticas y partido municipal que le atribuyera Lisandro de la Torre con acertado diagnóstico: una especie de cuaquerismo de virtudes pasivas con soluciones edilicias y cooperativas, que era lo único que lo distinguía de los viejos partidos gobernantes en la comunidad de mitos históricos y económicos, los mismos próceres y la división internacional del trabajo.

En la trastienda de la farmacia pueblerina el idóneo de corbata voladora hablaba del mal cura y amenazaba con un socialismo internacional para cuando el pueblo se hubiera preparado “culturalmente”, ante la sonrisa alentadora del comisario y los “vecinos respetables” que estaban bien dispuestos para un “entonces” que se aseguraban remoto.

Mario Bravo escribía versos:

De pie, joven atleta de la joven escuela:

Vamos a nuestro estadio; hacia la plaza pública

Sin sables, sin cañones y sin escarapela.

Luego, cuando los trabajadores aparecieran en la «plaza pública» lo harían con »sable, con cañón y con escarapela». Pero sería mucho después. Además “sin libros y en alpargatas”, como lo verá horrorizado un estudiante de la Escuela Normal Número 1 que ya había aprendido la “Teoría y práctica de la Historia”: Américo Ghioldi.

Esta vez serían criollos, pero también migrantes en busca de un ascenso que no por ser colectivo excluía la perspectiva de cambio individuales de situaciones, típicos de una sociedad en transformación.

BURGUESÍA Y CLASE MEDIA.

(PRIMERA PARTE DEL SIGLO)

LOS NUEVOS RICOS

Los inmigrantes que levantaron cabeza constituyeron pronto fortunas que, en muchos casos, superaron las de la «alta clase”; fueron propietarios de casas de rentas, preferentemente los italianos, o patrones del alto comercio, preferentemente los españoles. También les pertenecían las industrias que iniciaban la diversificación de la producción sobre el fracaso de tentativas anteriores, incompatibles con la política liberal, que barría con los Quintana, los tímidos alientos de los Pellegrini: fábricas de rodados de tracción a sangre, confeccionistas, calzado, sombreros, galletitas, cigarrillos, en general productos de bajo costo y de elaboración simple, donde el valor incorporado por la industrialización es escaso y sin la exigencia de instalaciones fijas costosas, y que podían competir gracias a la distancia con la industria metropolitana, a pesar de la política imperante.

También algunas industrias complementarias de la producción agropecuaria.

Ya hemos señalado que la clase alta porteña era normalmente permeable a los nuevos. Pero con esta burguesía demasiado nueva y sin pulir fue reticente, como lo había sido con los vencedores del 80; hemos visto como había incorporado en la primera mitad del siglo XIX, a los europeos pobres pero de estilo distinguido, política que siguió practicando habitualmente. Pero ahora los nuevos aparecían masivamente y la clase alta ya tenía seguridad, dictaba cátedra en los salones, en las veladas del Colón, en las tardes de Palermo y en las ruedas de sus clubs, en la escala que empezaba en el Club del Progreso, subía por el Jockey y llegaba al Círculo de Armas.

Nada tenían de común esas gentes de la vara de medir por más pesos que hubieran acumulado, con los descendientes remotos de los que habían traído las primeras. No se les toleraban las mismas gaffes que también la clase alta había cometido en París en sus primeros pasos, pero corregidas con la displicencia señoril en el gesto de quien lo ha heredado. Estos no eran herederos y apretaban fuertemente los bolsillos.1

Además estos nuevos ostentaban apellidos imposibles —italianos y hasta españoles— porque la clase alta profesaba el racismo liberal, que había decretado junto con la inferioridad del hispano-americano la de todo el Mediterráneo. Otra cosa sería, y fue, si se tratase de apellidos anglosajones, escandinavos, alemanes o franceses y aun de vascos o irlandeses. Pero sobre todo, esta burguesía comercial o industrial, o simplemente especuladora, no había echado las bases en la posesión de la tierra y sus rentas, la estancia, única fuente prestigiosa de recursos; creía en el progreso que la estaba levantando, pero lo vinculaba a la grandeza de una Argentina futura en que la propiedad de la tierra como en sus países de origen, sería secundaria.

¿Sabía la clase alta que una vez creado el aparato correspondiente al progreso agropecuario, éste se detendría en ese límite? Me inclino a creer que los hijos de la generación del 80 se comportaban simplemente como «hijos de ricos’. Carecían del empuje creador aquellos, una élite que se propuso hacer el país conforme al mito del progreso. Aquellos eran revolucionarios a su manera, pero los que los sucedieron, satisfechos con el éxito momentáneo, se despreocuparon del destino del país y prefirieron sólo ser conservadores en el usufructo del mismo: esta tónica distinta es la que diferencia una élite con un grupo de privilegio.

Los Barolos o Roveranos, entre tantos, con monumentales edificios; los Llorente, Ibarra, Sangrador, del comercio; los Lagomarsino, Merlini, Campomar, Llauró, Colombo, Pini, Vasena, de la industria, no encontraron fácil la entrada a la alta clase. A éste propósito José Luis Imaz, y refiriéndose a un momento muy posterior («Los que mandan» —Ed. Eudeba. Pág. 142—) dice: Salvo algunas pocas excepciones notables (Dodero, Fortabat, Masllorens, Pasman, Bracht, Braun Menéndez y otros contados), el prestigio económico obtenido por los empresarios no parece haber ido acompañado por su equivalente «reconocimiento» al más alto nivel social. Anotemos de paso que entre los apellidos que cita Imaz con «reconocimiento» uno solo es italiano cuando en realidad los apellidos italianos constituyen fácilmente el 50% de esta burguesía (recordemos lo dicho sobre el racismo de los liberales). Todavía no ha llegado el momento económico de los judíos y los turcos, cuyo reconocimiento será mucho más difícil.

Pero digamos también que esa burguesía de inmigrantes de las primeras décadas no se aflige ni se preocupa por esa falta de reconocimiento. No desnaturalizará su papel histórico como ocurrirá después de hacerse estanciera o cabañera y abrir las puertas de ese reconocimiento. Ni siquiera le interesó la Recoleta y prefirió perpetuar su nombre en el bronce y el mármol a la genovesa en las lujosas bóvedas de la Chacarita. Su revancha, si la tenía, estaba en la aldea originaria, a la que asombró con esplendidez de “indianos”, en obras de beneficio, y también haciendo de ellas la fuete proveedora del personal directivo de sus empresas, que tendrían que empezar como ella, durmiendo en el mostrado y abriendo muy temprano las puertas del negocio, después de lavarlo y barrerlo.

Hacia Barracas, Parque de los Patricios, Boedo y Almagro, aparecen las primeras fábricas. El comercio de registros, de importación, y los confeccionistas van ocupando las viejas casas del Barrio Sur, que no se convierten en conventillo, mientras la alta clase se muda al Barrio Norte.

Esta burguesía de origen inmigratorio, carece de «berretines» y complejos; en todo caso, si le preocupan los status cree que basta esperar, por la confianza que le inspira el país y que su triunfo acredita: según van las cosas, los «gringos» ahorrando y capitalizando, y la alta clase dilapidando su patrimonio, los «niños» y las «niñas» vendrán al pie como en el truco, o a servir el palo como en el tute, que conocen mejor, y como termina por ocurrir. Tiene la intuición de los procesos históricos naturales y no se le puede ocurrir que en la Argentina se realizarán procesos antihistóricos, en constantes soluciones de continuidad en el cacareado progreso.

Por ahora esta burguesía se honra con las distinciones que le dan en su país de origen; el Reino de Italia distribuye un nobiliario abundante y difuso, ampliado por los “comendatori” y “onoreboli”, y hay además una nobleza pontificia. España también distingue a sus hijos, en la expatriación, con títulos y condecoraciones y hasta de Francia llega la cinta de La Legión de Honor. Tienen sus propios clubs: el Español, el Círculo Italiano, sus instituciones de caridad, sus mutuales y poderosas entidades culturales que los gobiernos de sus países de origen apoyan y prestigian enviando conferencistas y expositores. Hasta congregaciones religiosas que cumplen su labor con más criterio colonizador que ecuménico.2

Las residencias de estos ricos no se ajustan en general al estilo francés, que importa la clase alta, y un barroquismo pintoresco en que se mezcla lo florentino y lo veneciano con renacimiento, ojivas, columnas salomónicas y arcos arábigos, rivaliza su arquitectura con las tortas iluminadas de la confitería El Molino y Los Dos Chinos, que se combinan con el art-nouveau.

El mármol de Carrara y los travertinos alternan con los prodigios de la yesería en los interiores que se enriquecen con la estatuaria y la pintura de las más prestigiosas firmas italianas contemporáneas, mientras los españoles lucen los Madrazo, los Benlliuri, Romero de Torres, Zuluaga, Sorolla, Moreno Carbonero, etc.

(La clase alta tiene muerte: ha traído lo francés en el momento cumbre de la pintura francesa: el impresionismo y el post-impresionismo que los marchands le ofrecen en abundancia, porque todavía no tienen un mercado próspero. Hay que decir que se salva del “art nouveau” que está en su apogeo. ¿Suerte o buen gusto? Ya hemos dicho que aprendió aceleradamente).

La burguesía inmigratoria no participa del poder político, como lo anota Imaz, y parece no interesarle: tiene una posición parecida a su indiferencia con respecto a los rangos sociales tradicionales. Sus medidas de prestigio están referidas a ella misma en un cotejo de luchadores que miden sus músculos por los músculos de sus paisanos y colegas; sus pautas de distinción están dadas por una rivalidad entre paisanos, o de colectividad a colectividad, cuya naturaleza ya vimos al hablar de conventillo.3

LA CLASE MEDIA: SUS DOS VERTIENTES

La clase media con su amplia movilidad vertical surgía del ascenso de los descendientes de la inmigración, y pronto estuvo a nivel del sector venido a menos de la «gente principal»; el contacto fue relativamente fácil.

Es cierto que este sector rezagado de la «parte sana» de la sociedad tradicional, opuso prevenciones de forma, pero no la resistencia al reconocimiento que encontró la nueva burguesía en las clases altas. Más bien esta resistencia era de la misma naturaleza que la opuesta más abajo por la clase criolla inferior y se refería a pautas estéticas. Era la renuencia a actividades parejas a las que más abajo se consideraba disminuyentes: al trabajo manual en la categoría de pequeños empresarios de taller, contratistas y el ejercicio de artesanías técnicamente calificadas, como sastres, relojeros, joyeros, y las actividades comerciales, libreros, tenderos, dueños de hoteles y restaurantes, confiterías, panaderías, despensas, viajantes de comercio etc., que eran para los «gringos», a quienes abría el acceso a la nueva clase. También había la preocupación por ocultar el carácter lucrativo, la preocupación por la ganancia que era cosa de «gringos».

La gente antigua, durante mucho tiempo se resistió a estas actividades que entendía significarle una disminución. Donde faltaban las rentas modestas que proporcionaban algunos bienes urbanos, o parcelas de campo que no daban para mantenerse en el nivel de la clase alta, la burocracia, ampliada por el crecimiento del país, dio la solución preferida, y también en ejercicio de las profesiones liberales. El puesto público fue el recurso más frecuente para mantener el nivel exigido por el decoro; también las escuelas militares y navales ofrecían carreras que la clase alta despreciaba pero que bastaban a satisfacer las necesidades mínimas y una cierta distinción en el rango ya definitivamente secundario. (Es la época también de la pobreza vergonzante, en que las pensiones graciables a los descendientes de guerreros más o menos supuestos de la Independencia y del Paraguay y la Campaña del Desierto, y la distribución de decenas de lotería, permitían a la gente de «copete» político o social transferirle al Estado la protección de los pobres, pero decentes, que abandonaba al desvincularse de la parentela lejana.

Además los distinguían el modo de actuar más fino y arreglado que el de los nuevos procedentes de estratos bajos de la sociedad europea, que mostraban muy a la vista su preocupación por la riqueza material, un afán de ganancia y aprovechamiento, que al desvincularse de la parentela lejana).

Pero todo esto dejó de jugar, a medida que los inmigrantes eran sucedidos por sus hijos que asimilaban la estética que los antiguos aportaban a la clase media en formación. En la segunda etapa del ascenso, la nueva clase media se caracterizó por la presencia de los hijos de inmigrantes graduados en la universidad, que año a año iba volcando nuevas promociones de profesionales liberales que con su jerarquía se ubicaban en los más altos niveles de la misma, y también en la carrera de las armas y en los rangos de la enseñanza; a falta de título profesional, competían en la burocracia y en los trabajos no manuales con los viejos porteños: eran rematadores, comisionistas de bolsas o de bienes raíces, periodistas, escritores, artistas, directores de institutos privados, de música especialmente, y otras actividades llamadas culturales en que corren disciplinas muy típicas de la época destinadas a la «cultura» de los hijos de familia, como declamación, pintura, repujado, etc.

LA MUJER DE LA CLASE MEDIA

Las mujeres de la clase media estaban inhibidas de las actividades que hemos señalado en la clase baja —del taller de lavado y planchado y la costura, hasta el empleo de telefonista— y su situación se hacía especialmente difícil porque no tenían otra posibilidad que el magisterio o la enseñanza de las artes decorativas; a lo sumo el corte y confección que sin embargo corresponde a los planos más bajos de la misma o a la ejecución da aquellos trabajos que hemos mencionado antes –bordar, “coser para afuera”, tejer –, que pasaron a serles comunes, con los delas viejas familias pobres, pero con el mismo cuidadoso escrúpulo de disimular el aspecto comercial de las labores.

El problema de la mujer, sin otro horizonte que el matrimonio, será uno de los dramas de la clase media que sólo empezará a resolverse en los últimos treinta años. Nuestra literatura lo documentará constantemente en el personaje clásico de la solterona; y en la angustia de los padres de numerosas “chapeletas” donde, aparte de lo insoluble del problema sexual –que el pudor de la época disimula–, juegan las dificultades de la familia numerosa que hace difícil el mantenimiento del status ante la multiplicación de las necesidades, sin el correlativo crecimiento en el aporte de los recursos. Puede ser leyenda la de que el hijo trae el pan bajo el brazo, pero ni siquiera lo es, la de que lo traiga la hija, que sólo aporta dificultades que se suman a la custodia rigurosa del honor familiar, al que los inmigrantes han aportado pautas aun más rigurosas que las de la sociedad tradicional. Es de la época, la escena constantemente repetida de los hermanitos, corriendo al galán que “pasa” la calle; si al nivel del inquilinato el tema es el “bacán de yuguillos” que seduce a la “milonguita” deslumbrada por las luces del centro, un poco más arriba, ya en el filo de la clase media, está la vendedora de Harrods de Josué Quesada y sus similares, de las novelas semanales.

Todo el sentimentalismo que se arrastra en las letras de los viejos tangos no es más que un reflejo de una temática social correspondiente a la realidad: la vendedora de tienda pertenece a ese estrato bajo de la clase media, pues ella, con la telefonista, hace punta en la incorporación de la mujer al trabajo no domiciliario, cuando la de clase baja empezaba a incorporarse a la fábrica.

EL BARRIO EN EL NACIMIENTO DE LA CLASE MEDIA

La expresión clase media, es sumamente ambigua y se define mejor negativamente que afirmativamente; por eso muchos sociólogos prefieren un término más genérico, clases intermedias, más acertado porque la clase media es una agregación de estratos superpuestos y cambiantes que descienden desde la clase media alta ubicada cultural y económicamente en las fronteras de la alta burguesía y aun de la aristocracia —esto lo veremos particularmente al tratar de nuestro «medio pelo» actual—, hasta los confines de la clase baja. (En el Buenos Aires de la época, ciudad de ascensos frecuentes como se ha visto, en la etapa expansiva de la economía agropecuaria, es difícil también determinar el límite inferior de esta clase desde que la baja participa de muchas pautas de la sociedad intermedia por los factores ya dichos que determinan que no se cristalice una clase obrera como estrato definitivamente diferenciado).

Veremos la clase media en su propia salsa: el barrio.

Si el conventillo es el ambiente típico donde se barajan inmigrantes y criollos pobres, pasaje que complementa el barrio, este es el escenario donde la clase media se conforma y se define.

Buenos Aires al crecer ha generado multitud de barrios y cada uno es un centro de vida, de relaciones, con sus jerarquías y dignidades locales, donde los distintos niveles económicos, la naturaleza de las actividades más o menos prestigiosas establecen las diferencias entre las familias. La clase media es el nivel más alto del barrio y allí desarrolla su propio status de clase alta local, modelando sus propias pautas. Ya iremos viendo que durante el primer cuarto del siglo la mayoría de los barrios; constituyen núcleos urbanos perfectamente diferenciados del centro, los que van naciendo del desarrollo de la ciudad o como ampliación de viejos pueblos; el caso de Flores y Belgrano. Mucho más que ser porteño, se es de Flores, de Palermo, de Boedo. El nacido en el barrio crea todo su sistema de amistades, de amores y de hábitos dentro del mismo y es reacio a cambiar de domicilio fuera de él, particularmente en la clase media. Las mudanzas se hacen dentro de sus límites y es la misma la confitería, la iglesia o el cine al que concurre y los negocios donde compra; trata de mandar sus hijos a la misma escuela a la que él asistió. Es una vida que se parece a la de las pequeñas ciudades del interior, donde todo el mundo se silba de memoria, la gente se conoce desde siempre y circulan los chismes, los apodos y las anécdotas como en una ciudad provinciana. Mucho más tarde, con la aparición de las casas de departamentos, la desaparición de los espacios que establecen soluciones de continuidad urbana, el transporte automotor y la vida más intensa y agitada, aparecerá esa movilidad de los domicilios que desborda el límite de los barrios.

LA FAMILIA ES DE BARRIO

Hay aquí que resaltar un hecho al que ya nos hemos referido y al que tenemos que volver: en esta nueva clase que aparece a principio de siglo, como en la sociedad tradicional, la situación de familia es fundamental pues la calificación no se hace por individuo sino por grupo familiar; y los inmigrantes refuerzan la solidez del grupo con las pautas rígidas de los italianos y españoles y en las que juega en primer término la honorabilidad de la vida sexual ya señalada.

Desde el principio, el inmigrante no encuentra para su ascenso la inhibición del «inferior» tradicional provocada por su marginal situación de familia; no es «gaucho» ni lo son sus descendientes, y así, la filiación legítima será un elemento de calificación que gravitará en su subconsciente, cuando la clase inferior intente el ascenso. (No, en este Buenos Aire en que los criollos se están adaptando a las normas regulares, pero sí cuando se encuentre en presencia, años más tarde, de la multitud innominada que viene del interior con la carga, mucho más difundida, de la ilegitimidad en la filiación.4

La Avenida de Mayo es el eje central de este Buenos Aires nuevo, llena de una multitud también nueva y el símbolo de conjunto de la ciudad. Pero ni sus cafés, teatros y hoteles, y la feria constante de sus negocios de tránsito permiten percibir el acondicionamiento de las clases, más que por el aspecto exterior. Es como una estación de ferrocarril por donde desfilan los pasajeros. 5

Es el barrio el que revela el asentamiento y la composición vertical de la clase media. (Esto no excluye que el centro sea en mucha medida barrio, o barrios, pero cuesta diferenciar entre la multitud de tránsito, el acondicionamiento social de sus habitantes estables que sólo se hace visible después del cierre de los negocios y sólo donde no hay vida nocturna. Lo digo porque me ha costado, aquí, en Córdoba y Esmeralda, por donde vivo, diferenciar la vida de barrio, que existe por debajo de la vida del centro que es la visible).

El barrio para el que trabaja en el centro, no es un simple «gallinero» donde se va a dormir; es el establecimiento permanente de la familia y el ámbito del círculo de relaciones y las tablas estimativas del status: si la naturaleza económica de la actividad es elemento informativo, el más importante es el rango en que se desenvuelve la vida familiar. Pero el barrio es además centro de gran parte de actividades que él mismo genera por su propio desenvolvimiento.

Hay, desde luego, barrios con predominio de clase media y barrios preferentemente obreros, porque ya la fábrica cobra importancia dentro de ellos, como en Parque Patricios, San Cristóbal Sur, Boedo; el puerto, en la Boca; o en Mataderos, donde la pampa se prolonga en la ciudad y el criollaje afirma su preeminencia; o en Almagro, con el Mercado de Abasto, o en Barracas, con el acopio de lanas, su lavado y clasificación, que se prolonga al sur del Riachuelo. Pero en cada uno, un sector de clase media se desarrolla en mayor o menor medida y tiene allí en el centro de su vida y ubicación de status, con una preeminencia local de jerarquías desvinculadas de las de la ciudad en conjunto.

El barrio tiene su centro, una esquina importante o una plaza, alrededor de la cual está la Iglesia, las confiterías, el teatro, después los cines y todo el comercio importante y en cuyas proximidades reside la gente de pro (la clase media alta), en el casco de las viejas quintas desmembradas por los loteos, en las casas de tres patios que subsisten, y en los modernos chalets –hasta petit-hoteles—que empiezan a surgir destacándose de la uniforme arquitectura de la casa con un zaguán y dos balcones, de las construcciones menos pretenciosas de la época, o la de dos plantas con negocio abajo; se prolonga después hacia las calles sin pavimentar, donde los fraccionamientos van sustituyendo los tapiales panzones por un caserío uniforme con espacio delantero reservado para la futura sala que prevee el ascenso, de medidas más reducidas que las anteriores y en que los frentes imitación piedra alternan con los revoques descascarados blancos, azules y rosados del antiguo suburbio, porque cada barrio ha tenido el propio. Hay también en cada barrio, otro centro comercial que rodea el mercado con su típica población italiana meridional y alrededor del cual se constituye un comercio de menor categoría que el del centro del barrio, en cuyo alrededor pulula un conjunto abigarrado, donde se confunde la clase media baja, y los trabajadores. Aquí las diferencias económicas suelen ser bastante más efectivas que en el centro distinguido del barrio, pero están ocultas por la naturaleza rústica de las actividades y el nivel de cultura inferior, y sólo se pondrán en evidencia con el título universitario de los hijos o de las hijas “pescadas” por algún mozo de la clase media alta que sabe sacar las cuentas.

PARTICULARISMOS DE LOS BARRIOS

Algunos barrios antiguos tienen un estilo que no es sólo el de la construcción, que subsiste. San Telmo, La Concepción y Montserrat conservan las maneras de otra época, tal vez porque es muy fuerte la gravitación de los viejos vecinos que no han emigrado al Barrio Norte, muchas veces por tradicionalismo, pero principalmente porque no han participado de la riqueza que llega a los grandes propietarios de la tierra. Constituyen en el barrio el nivel más alto de la clase media, junto con los comerciantes prósperos.

En estos barrios son muy perceptibles las dos vertientes de donde procede la clase media. He visto en mi juventud, en los comités radicales de distintas parroquias la diferencia de estilo. En estos siempre contaba entre los dirigentes el núcleo de vecinos importantes que parecían darle un cierto tono señorial: la costumbre de descubrirse al entrar, el modo reposado, los saludos ceremoniosos y las referencias familiares. Una urbanidad por completo ausente en otros comités de barrio, donde el caudillo era generalmente mucho más joven, la relación había perdido el carácter de trato de vecino a vecino, y de ciudadano a ciudadano, pues la recluta era puramente cuantitativa entre los “puntos” de la barra del café o el despacho de bebidas de la esquina.

Lo que determinaba esta diferencia en el estilo de cada barrio, de que el comité era un reflejo, no era la composición cuantitativa sino la antigüedad del barrio que determinaba una mayor abundancia de gente proveniente de la “principal” antigua. Así hasta los niveles más altos del barrio correspondientes a la inmigración tenían ya dos generaciones de argentinos por lo menos, lo que da un índice sobre la conformación histórica de la clase media. (Esta y no otra es la explicación, pues los sectores más bajos socialmente vivían precisamente en esos barrios, que son los más abundantes en conventillos; los personajes del sainete no han salido de los nuevos barrios que se estaban fundando; sólo cuando se trataba de criollos se referían a ciertos núcleos alejados del centro como el Palermo bravo o Villa Crespo, antes de la radicación de gran parte de los judíos que se desplazaban de sus sucesivos centros de la calle Libertad primero y Balvanera Norte después; tampoco de los barrios típicamente obreros de principio de siglo. Ya se ha dicho que el conventillo y el inquilinato se alternaron con las casas de registros y el comercio importador de paños y los almacenes mayoristas, en la ocupación de abandonadas residencias de la alta clase en el Barrio Sur, cuando ésta se desplazó hacia el Norte).

Hay barrios típicamente de clase media como son los de Villa Urquiza, Villa Devoto, la parte Norte de Palermo, el centro de Belgrano, vinculados al centro de la ciudad por las líneas de tranvías. Cómo no recordar el 5 y el 2, y los treinta y tantos, con el nocturno a Belgrano. Sería como olvidar los corsos vecinales con sus comisiones, sus comisarios, y sus palcos de las familias «importantes» y los carruajes ocupados por las «niñas distinguidas» que intercambian flores con los jóvenes conocidos, (¡Oh, la vara de nardos con su aroma cálido y erótico bajo una inocente albura de mínima azucena!), entre el tumulto plebeyo de murgas y comparsas y la gente común que llena las veredas. Hay comisiones vecinales de fiestas patrias, de fomento, las de los clubes deportivos importantes; todo un mundo de jerarquías establecidas pero cuyo movimiento vertical corresponde, exclusivamente, al barrio y cuyas pautas de status son comunes a los barrios, pero que no se remiten a las que corresponden a las de las clase alta, que pertenece a un mundo distinto. La vida social de la clase media alta tiene su esfera propia y no se confunde ni intenta confundirse con la «alta sociedad» de Buenos Aires.

Hay lugares donde se encuentra la clase media alta trascendiendo el límite del barrio. Las barrancas de Belgrano, por ejemplo, en los conciertos del maestro Malvagni; los jueves —día de moda— del Parque Japonés, etc.

EL CENTRO Y SUS SATÉLITES

También deben ser considerados como barrios porteños los que se extienden en las afueras, servidos por el ferrocarril, sobre el Central Argentino, particularmente en la línea de Belgrano R hasta Borges, pues el fraccionamiento de las quintas de la costa es bastante posterior (línea a Olivos, La Lucila, Acassuso, etc.). Crece el núcleo central de San Martín y algunas de sus villas, como Ballester; hacia el Oeste comienza a ser un centro residencial Ramos Mejía, y sobre la línea del Sur, Talleres, centro ferroviario con predominio de trabajadores al igual que Lanús. En Bánfield empieza a predominar la clase media, que va adquiriendo importancia en Lomas de Zamora, Témperley, con un centro aun mucho más característico: Adrogué, que tiene un tono social propio que aun parece mantener, seguro de sí mismo y sin las preocupaciones del «medio pelo» que veremos en otros centros con más precisiones del Gran Buenos Aires. Avellaneda, Barracas al Sur, prolonga al otro lado del Riachuelo las características comerciales e industriales de Barracas.

Cuando oigo hablar a los urbanistas de las ciudades satélites me parece que le están inventando el agujero al mate porque Buenos Aires y su conurbano, como dice Alende, que me parece haber impuesto el término, funcionó como tal casi hasta 1930.

Florencio Escardó en «Geografía de Buenos Aires» (Ed. Eudeba; 1966) y refiriéndose a época muy posterior a la que trato, dice: Buenos Aires no es, en ningún sentido, una unidad; su descriptiva y su captación se fragmentan en mil pedazos… A despecho del nombre genérico «el centro», la ciudad no tiene sino centros… Y en marcha por Rioja hacia el sur, halla de sopetón en Caseros, «un centro» luminoso y activo, que abarca pocas cuadras; lo mismo le sucede a quien va por Independencia hasta Boedo o por Almirante Brown hacia la Boca; centros de barrio, con sus cines, sus cafés, sus negocios, sus «habitués», su historia, sus tipos, su mística, en los que aun vive gente que no conoce el Obelisco… Buenos Aires no es una unidad; sus barrios son diversos, múltiples, cada, uno con su personalidad y su estilo.

Si contemporáneamente, como lo observa el citado, todavía Buenos Aires, y el gran Buenos Aires, más que una estrella es una nebulosa, una acumulación de pequeños astros de variadas magnitudes, que pasan del centenar, mucho más lo fue cuando baldíos, potreros, quintas, hornos, intercalaban espacios abiertos entre sus barrios de número más reducido, conformando la ciudad con sus satélites propuesto por los urbanistas de hoy.

También nos lo cuenta Escardó remitiéndose a la época: A veces es posible seguir las etapas primarias del crecimiento de la ciudad… una avenida queda interrumpida por una huerta; nadie sabe por qué, pero hay que dar un rodeo para continuar la ruta; serenos hasta la indiferencia en medio del artificio urbano, dos italianos cultivan sus tomates, sus lechugas, sus cebollas y algunas flores… De pronto, un buen día, los alambrados caen y los sembrados vuelven al baldío; la calle continúa su línea en ese tramo sin pavimento; los chicos no tardan en aprovecharlo para jugar interminables partidos de fútbol… por fin una mañana vienen aplanadoras, el pavimento oculta y urbaniza el piso vegetal; la ciudad se establece sobre el sembradío; poco después aparecen a uno y otro lado las casitas, pero durante algún tiempo persiste a cada vera un pedazo de tierra en el que coexisten las últimas hortalizas y las primeras malezas. Huerta, cancha de fútbol, pavimento. Esa es la historia de la ciudad de la pampa que puede ver a trozos el paseante curioso. A veces la urbanización es tan vertiginosa que el interlocutor sonríe incrédulamente cuando al cruzar un barrio le decimos de pronto: Hace seis meses había aquí una chacrita…

Hacia 1950 un turista extranjero me glosaba aquello de «la pampa tiene el ombú»; diciendo: —La pampa tiene el letrero colorado. Se refería a los letreros que decían Guaraglia, Vinelli, Luchetti, Bencich, Ezcurra Medrano, Taquini, etc. 6

FLORES: «LA FLOR DE LOS BARRIOS

A principios de siglo ir a Flores o a Belgrano, a Villa Urquiza o Devoto o a Mataderos, por tranvía o por ferrocarril era siempre un viaje aunque se realizase diariamente, y no el simple tránsito de un lugar a otro de la ciudad. El vecino de clase media del barrio cuyas actividades se desenvolvían en el centro, partía y retornaba como quien pasa de su pequeña ciudad a la grande, donde se perdía en el anonimato de la multitud; allí su jerarquía estaba medida por el nivel a que se desarrollaban sus actividades, pero no definían la idea de status que íntimamente se asignaban, conforme a su situación familiar en el barrio de su domicilio.

Así su preocupación de status no estaba afectada por la emulación, la envidia o el modelo de la alta clase de la que se sentía completamente marginal e independiente; esta era una sociedad que contemplaba a la distancia, a lo sumo a través de la información periodística, que le traía en su Vida Social los ecos de los grandes acontecimientos mundanos o la versión de escándalos aristocráticos que solía difundir una literatura muy de la época, vertida también en las novelas semanales, en algunas crónicas de Josué Quesada y especialmente en la pluma de Souza Reilly. La pueblerina sociedad de los barrios, abroquelada en sus pautas, tradicionales e importadas, de rígida movilidad familiar, encontraba en esas crónicas el término de comparación para valorizarle por contraste, a diferencia de lo que ocurrirá después con el «medio pelo» que gusta suponer en la alta clase una descomposición de costumbres propias de la «gente bien», cuya imitación es de buen tono.

De todos modos, esa clase media no miraba a la alta sociedad para repetir las pautas que le atribuían; se trataba de un mundo distante y sin conexión con el suyo, como puede serlo la vida de los artistas cinematográficos que difunden las revistas de hoy, o las crónicas del gran mundo internacional, que suelen proporcionar las Elsas Maxwells para la curiosidad de los que se saben del otro lado de la vida.

Pero entre todos los barrios hay uno donde la clase media tiene su definición inconfundible: es Flores. Su clase media podía precisar las características porteñas de toda la clase.

Flores, en el recuerdo de los que han conocido ese Buenos Aires, es una imagen con pianos al atardecer, con Danubio Azul y Sobre las Olas para el oído, con perfume de glicinas, jazmines diosmas, diamelas, magnolias foscatas y óleo-fragans para el olfato. Enredaderas, tapias panzonas, zaguanes y balcones, palmeras, para los ojos. Barrio con salida de Misa y la «vuelta del perro» en el paseo de la tarde como en el pueblo por las tres o cuatro cuadras sobre Rivadavia y la plaza, con su confitería tradicional, y chicas, muchas chicas, con sus mamás «empavesadas como fragatas» –según el poema de Girondo—, estudiantes que vuelven del centro a la hora del paseo, largas miradas preparatorias y noviazgos eternos, con pasadas frecuentes, furtivas entrevistas de zaguán, y después ‘»adentro», como en los bailes folklóricos, en la salita apresuradamente desnudada de las fundas que envuelven las sillas, y de los tarlatanes que cubren los espejos y la araña.

Flores es en aquella época lo que serán Olivos y San Isidro al «medio pelo» contemporáneo. El Club de Flores, es el centro social más característico de aquella clase media. Pero se detiene ahí la analogía, pues no puede confundirse clase media con «medio pelo».

Un componente de la clase media alta del barrio, es el estanciero medio de la provincia de Buenos Aires —muchos vascos e irlandeses entre ellos, y estancieros criollos no comprendidos en la clase de los grandes propietarios— que ha ascendido económicamente con el progreso agrícola-ganadero y se permite el lujo de tener casa en la ciudad ante el reclamo de las hijas casaderas y los doctores que les están saliendo en la cría. Se domicilia en Buenos Aires en el mismo momento en que empieza el desplazamiento hacia el Barrio Norte de la alta clase, pero tampoco se la propone como arquetipo. Las jerarquías del barrio son suficientes para satisfacer sus status de clase media alta en la que se siente cómodo sin las exigencias que importan mayores pretensiones, pues conserva los hábitos simples de la vida rural que en la vida de relación son parecidos a los del barrio, y sus familias son pronto gente representativa del mismo.

Las amplias casas de principio de siglo que se ven en Monserrat, la Concepción y San Telmo, siempre sobre Constitución, son testimonio de la radicación de esta gente y de su modalidad ambiental de clase media. El lector las encontrará en ese radio que se acerca a la estación del Ferrocarril Sur y son fácilmente identificables por mucho más modernas que el grueso de la construcción de la zona que corresponden al siglo anterior; ostentan fachadas más importantes, pero muy distintas a las casonas tradicionales. Se las ve aun de Perú a Santiago del Estero y de Belgrano al Sur, desbordando Brasil para entrar a Montas de Oca —estas últimas han sido casi totalmente demolidas— y, por Caseros, de Montes de Oca al Parque Lezama, queda una masa de construcciones de categoría que al descubridor de la ciudad le sorprende como una inclusión exótica en el barrio. Estar cerca del ferrocarril es estar cerca del campo, de donde se arranca con dificultad a los «viejos». (Yrigoyen vive a media cuadra de Constitución, en Brasil. Sería osado suponer que éste es el motivo de su radicación, pero es inconveniente, desde luego, tener cerca a sus vascos del sur de Buenos Aires).

En Almagro, Caballito y hasta Flores tienen también su domicilio porteño muchos estancieros cuyos trenes salen de la Estación Once.

Al hablar del «medio pelo» y su proyección hacia los medios rurales, tendremos oportunidad de comprobar el cambio experimentado desde esa época, en la misma clase de los estancieros medios. (Ver nota en el Apéndice).

CAPÍTULO VI

LA SOCIEDAD Y LOS LÍMITES DE LA PATRIA CHICA

Hacia ese año (1930), la totalidad de las tierras de la región pampeana estaban ya en explotación y la producción agropecuaria no podía seguir aumentando como lo había hecho tradicionalmente por la incorporación de tierras inexploradas a la frontera productiva. Tal dice Aldo Ferrer (Ob. cit) ratificando que en la etapa de la economía primaria exportadora la expansión fue hija de la demanda mundial de productos agropecuarios y la puesta en producción de las nuevas tierras. Analiza seguidamente una serie de factores que se suman a la desaparición de la frontera de avance en la pampa húmeda como son la quiebra del sistema multilateral de comercio y pagos, la disminución de la demanda de la población ultramarina de productos alimenticios, especialmente cereales, pues el aumento del nivel de vida diversifica la alimentación y también crea otros consumos no vinculados a las materias primas de importación, a los que se suman la política sistemática de las metrópolis para aumentar su autosuficiencia; la disminución del flujo de las corrientes de capitales hacia los países productores de materias primas, etc. Por su extensión y lo prolijo del análisis remito al lector al mismo.

Pero si 1930 puede ser fijado como fecha límite de la expansión agropecuaria, 1914 señala ya lo que en 1930 será definitivo; marca la tendencia, porque allí termina el ritmo acelerado que caracterizó al primer decenio del siglo. El decrecimiento de la atracción ejercida por el país sobre los inmigrantes nos lo revela.

El decenio 1901-1910 con 1.120.000 inmigrantes ya en 1921-1930 sólo arroja 878.000. En el decenio 1931-1940 caerá bruscamente a 73.000, juntamente con el momento crítico de 1930 que Ferrer señala, (no se toma el decenio 1911-1920 con sólo 260.000 porque incide la Primera Guerra Mundial, que interrumpe la inmigración de algunos de los países que la proveen, pero no puede escapar que la suma del decenio que le sigue está incrementada por parte de inmigración postergada y que recién se opera entonces). Después de 1930, 1941-1950, con 386.000 inmigrantes, y 1951-1958 con 245.000, ya el número de ingresos al país indica el cambio de condiciones que el autor más arriba señala.

Ha pasado el momento de expansión horizontal en que se ocupa totalmente la pampa húmeda en expectativa del surco y del ganado; la propiedad de la tierra, poco fluyente de sí, se estabiliza y gran parte de ella dejará de ser cerealera, pues, como se ha visto antes, el cereal ya ha cumplido su función preparatoria del alfalfar. En adelante, ganadería y agricultura variarán sus límites, según los años y el mercado, en la ocupación de las tierras donde se excluyen recíprocamente, más allá del aprovechamiento ganadero de los rastrojos o el pastoreo de avenas, trigales, centenos y cebadas de doble propósito, cuando el año excepcional permite cosechar las siembras hechas para los pastoreos de invierno. Ya no aumentarán las hectáreas en explotación agrícola; por el contrario, el aprovechamiento ha sido exhaustivo y numerosas zonas semimarginales sufren los efectos de la disminución de sus reservas y son castigadas por la erosión.

En adelante la producción agrícola tradicional sólo podrá aumentar por las mejores de la técnica, como la genética, los abonos y el mejor manejo de la tierra, es decir por el aumento del rinde por hectárea.

Si 1930 es la fecha límite objetivamente apreciada por Ferrer, en 1914 ya está acupada la frontera agrícola de la pampa húmeda y se pronuncian los factores demográficos que indican el cambio de condiciones en el país. Un índice claro está dado por la desaparición de la inmigración golondrina, que no está incluida en las estadísticas citadas más arriba, que se refieren a saldos, es decir no computan los braceros estacionales, que vienen y retornan después de cada cosecha y que han constituido un contingente numeroso todos los años que duró la expansión; ellos son reemplazados como se ha dicho antes por el “croto”, trabajador nativo. La demanda de brazos el agro irá en disminución, que se acelerará con la mecanización de la pampa húmeda.

Por otra parte, la infraestructura fundamental de la economía exclusivamente agropecuaria estará prácticamente terminada y su construcción deja de ser una fuente de ocupación en incremento.

PROGRESISMO Y ANTI-PROGRESO

Todo esto determinará que el progreso adquiera un ritmo más lento que en el momento expansivo de la producción agropecuaria. Si el país se detiene allí, ya habrá llegado a su límite. Ahora tendrá que mirar hacia adentro o hacia otros mercados y el progreso posible sólo podrá realizarse por la diversificación y la multiplicación de otros consumos. La población y su nivel de vida han de ajustarse a ese límite.1

El aumento de población y sus consumos, en aquella economía simplista, se vincula a la capacidad de importación y esta no debe superar la capacidad de exportación; una vez que el país pasó de los 10.000.000 de habitantes toda la población que lo supere es excedente. La historia económica de la República desde entonces será una permanente lucha de los progresistas de ayer, retardatarios de hoy, contra la expansión vertical y horizontal ajena a la producción agropecuaria de la pampa húmeda. Ahora son recetarios nuevos mercados de otras formas de la producción, especialmente el interno que además absorbe cada vez mayor cantidad de lo que antes estaba destinado a la exportación.

Ese es el sentido que tiene el pensamiento de Hueyo (exportación del exceso de población nativa) o la fórmula de Fano (un habitante cada cuatro vacunos).

Ya se ha dicho que Ferrer identifica este grupo retardatario que concentró la propiedad territorial en sus manos, como fuerza representativa del sector rural; «un grupo social que se orientó en respuesta a sus intereses inmediatos y los de los círculos extranjeros (particularmente los británicos), a los cuales se hallaban vinculados hacia una política de libre comercio y opuesta a cualquier reforma del régimen de tenencia de la tierra».

Este sector, que también ya se ha visto, fue incapaz de convertirse en la burguesía argentina, por la acumulación capitalista proveniente de la expansión agropecuaria, y que aparece como expresión del capitalismo nacional, es el primer regador de sus posibilidades: tan anticapitalista como el socialismo de la cátedra y su partido, adscripto también a la división internacional del trabajo y opuesto a la formación de una burguesía nacional que sólo puede ser hija del cambio de la producción; por motivos aparentemente inversos, los dos coinciden en la práctica, como se verá en su permanente posición paralela frente a los gobiernos de origen popular, yrigoyenismo primero y peronismo después, en cuanto que con plena conciencia o sin ella, interpretan las necesidades y soluciones fuera del esquema tradicional.

Las dos posiciones antiburguesas tienden a conservar la situación dependiente de la Argentina con la previa renuncia a toda posibilidad de grandeza. Los primeros por las razones antes dichas que se decoran ahora de un tradicionalismo aristocratizante; los segundos por aquello que ya Lenin había señalado respecto de la Social-Democracia polaca: temiendo el nacionalismo de las burguesías de las naciones oprimidas, favorecen en realidad el nacionalismo ultrarreaccionario de los grandes rusos. En efecto, el mantenimiento de las condiciones tradicionales de producción, no importa que sea en defensa de privilegios o del supuesto costo de la vida del trabajador, son antinacionalistas respecto de la Argentina y en la misma medida resultan nacionalistas respecto del Imperio Británico; es un común cipavismo con uniforme distinto, porque las cosas se juzgan por sus resultados aunque los fines perseguidos no sean los mismos.

Desde el punto de vista de este trabajo, lo cierto es que desde 1914 y deteniéndonos en el esquema progresismo agropecuario, ya la Argentina ha terminado con las posibilidades de movilidad vertical que la han caracterizado del 80 en adelante como una sociedad en ebullición que permite percibir el rápido ascenso de las burbujas que vienen desde el fondo de la vasija.

LA SOCIEDAD Y EL ADVENIMIENTO DEL RADICALISMO AL PODER

Pero ocurre en ese momento una circunstancia excepcional: la primera guerra europea y la neutralidad argentina. Se interrumpen los suministros manufactureros del exterior y el país aprovecha para diversificar algo su producción, reemplazando importaciones y creando actividades nuevas no dependientes del intercambio exterior lo que supone una dinámica en el mercado interno, en la producción y en el consumo que no estaba en los papeles imperiales. El ascenso que iba a interrumpirse recibe entonces un nuevo empuje, cuya causa está ahora referida a la profundización del mercado interno.

Aparece en escena el radicalismo: la ley Sáenz Peña le ha abierto el camino y a los triunfos electorales parciales de 1912 y 1914 le sucede la elección presidencial que lleva a Hipólito Yrigoyen a la Presidencia en 1916. El momento límite de la expansión agropecuaria es el momento en que la sociedad salida de ella llega al poder político y comienzan los balbuceos del cambio que se inicia con la primera guerra.

Se trata de una revolución aunque ella se haya civilizado por el camino del comicio, gracias al genio político de Sáenz Peña e Indalecio Gómez. Le tocó al radicalismo cumplir un papel nacionalizador, pues le dio cauce nacional a la inquietud política y a las aspiraciones de las clases medias surgidas de la inmigración, en el momento en que el país pudo constituirse en campamento de colonias extranjeras, si carentes de cauce argentino, los hijos de los inmigrantes se hubieran agrupado sin otra preocupación política y cultural que las de las colectividades originarias. La escuela pública y el radicalismo, en la niñez y en la juventud respectivamente, contribuyeron con los demás factores que ya se han enumerado a impedir el enquistamiento en colonias, al recibir en su seno a todos, en pie de igualdad, marginando las influencias nacionales de origen.

Esa clase media considerada en el capítulo anterior actuó entonces como tal, sabiendo que no era la alta clase argentina sino un componente de la nueva realidad del país; ella nutrió esencialmente las filas del radicalismo, alineándose detrás de viejos conductores que preferentemente provenían, en el litoral del alsinismo y en el interior del roquismo después de la desnacionalización de este, y en los que era fácilmente perceptible en muchos la continuidad familiar de la tradición federal como lo documenta Ricardo Caballero (Yrigoyen y la Revolución de 1905).

Pero expresión de la clase media en sus planos directivos intermedios, recibió en el interior el sufragio y el apoyo de la antigua «clase inferior». El sufragio hizo de nuevo un elemento activo en la vida política, del criollo postergado desde la caída del Partido Federal. La libreta de enrolamiento le dio al hombre del común una nueva jerarquía que había perdido cuando perdió la lanza; volvió a ser alguien cuando al ser ciudadano, hubo que contar con él. Mucho antes que su presencia en el Estado se tradujera en política social, la existencia de su voto determinó que se lo comenzara a respetar, y frente al juez de paz, el comisario o el patrón, tuvo «palenque donde rascarse» en el caudillo que echó la compensación de su amparo en la desigual balanza de la igualdad teórica; otra vez los «inferiores» pesaron y la política del sufragio obligó al gobernante, aun surgido de las clases privilegiadas, a contemplarlos como entidad humana.

Así, si en el litoral el radicalismo se manifestó como un movimiento de clases medias, en el interior significó el ascenso político de la vieja clase inferior dejada de la mano de Dios en el largo interregno antipopular. Por eso el fenómeno fue más complejo de los que suponen que sólo fue un partido con predominio de clase media de origen inmigratorio en Buenos Aires y el litoral, con apoyo obrero esporádico y parcial como dice Bagú. («La realidad argentina en el siglo XX»). Lo acreditó Lencinas en Mendoza y aquí sería de recordar la frase de Don José Néstor: las montañas se suben en alpargatas frente a la alternativa «libros o alpargatas» del socialista Américo Ghioldi; lo mismo, Vera y Bascary en Tucumán, Cantoni en San Juan, Mateo Córdoba, y después Miguel Tanco en Jujuy.

La llegada al poder del radicalismo no significó que el nuevo gobierno fuera a replantear las bases de la estructura económica argentina. Me parece acertado Ramos cuando dice (Op. Cit. tomo II): «Las transformaciones llevadas a cabo por el radicalismo yrigoyenista durante su primera presidencia, se dirigían a la superestructura del aparato gubernamental, y no alteraban las bases mismas del sistema oligárquico. Encarnaba un nacionalismo agrario fundado en los presupuestos mismos del país agropecuario y exportador heredado del siglo anterior… Yrigoyen buscaba tan sólo redistribuir la renta agraria, fruto de la condición semicolonial del país, en un sentido democrático. No se prepuso alterar los fundamentos agrarios del país, sino mejorar las condiciones de vida de aquellos que hasta ese momento habían estado excluidos de los derechos cívicos y de las ventajas económicas que podía facilitar una política nacional… De ahí que en el radicalismo se sintieron representados desde los ganaderos menores vinculados al mercado interno hacia los peones despojados de todo derecho, los hijos de extranjeros y los criollos nativos, la pequeña burguesía urbana que buscaba un lugar bajo el sol y los universitarios sin porvenir en una universidad gobernada por camarillas exclusivas, los obreros que no se sentían atraídos por la prédica del Partido Socialista porteño, los olvidados trabajadores del Nordeste, del Norte, del Centro y de Cuyo.

YRIGOYEN FRENTE A LA REALIDAD

Yrigoyen expresó solamente ese ascenso de la sociedad argentina que provenía de la economía agropecuaria, pero percibió el cambio de situaciones que motivaba el surgimiento de nuevas bases. Si el ideario del radicalismo estaba limitado en la forma que Ramos expresa, los hechos, la insuficiencia del crecimiento agrario tradicional, que tocaba sus límites y la transformación operada por la guerra que abría otras nuevas perspectivas con el surgimiento de actividades industriales y comerciales dirigidas esencialmente al mercado interno, imponían trascender los sagrados principios de la economía liberal que habían sido dogma hasta entonces. El cierre de la Caja de Conversión actuó sobre la moneda como factor proteccionista, la Ley de Alquileres que tendía a un hecho inmediato terminó con la intangibilidad absoluta de la propiedad privada; la política ferroviaria del Estado fue a la búsqueda, en el Pacífico de nuevos mercados, la del petróleo propulsó su explotación oficial y marcó la necesidad de que nuestros yacimientos minerales no se mantuvieran como zonas de reserva de los consorcios; la ampliación de las funciones del Estado incorporó servicios imprescindibles a una sociedad moderna y la política obrera dio por primera vez personería al sindicato como expresión de fuerzas sociales que habían carecido totalmente de representación. (Te invito lector a que busques en los archivos de los diarios «serios» los indignados editoriales fundados en la «inadmisible» pretensión de que los obreros debatieran sus problemas en igualdad de situación con los gerentes de las grandes empresas de servicios públicos, recibidos en el mismo pie de igualdad en la Casa de Gobierno).

La ley 11289 que generalizaba las jubilaciones contó con idéntica oposición en la derecha y en la izquierda. (Estoy viendo la cabeza de la columna que marcharía de la Plaza Congreso a la Plaza de Mayo para pedirle su derogación a Alvear, como se consiguió. Allí está Joaquín de Anchorena y Atilio Dell´Oro Mini, presidente y secretario de la Asociación del Trabajo, fundadora de los “sindicatos libres” de “pistoleros”, junto a la plana mayor del Partido Socialista). La política de la neutralidad en la Primera Guerra fue una piedra de toque: los grandes diarios, la Sociedad Rural, el Jockey Club y el Círculo de Armas, Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones, Enrique Larreta, Alfredo Palacios (los recuerdo hablando en el mitin belicista del Frontón Buenos Aires, aquí a la vuelta en la calle Córdoba, donde yo también hacía el “idiota” ante la vibración democrática y culterana que los oradores administraban en dosis para adultos), los socialistas, los radicales “galeritas”, todos los que eran alguien de derecha a izquierda, con la sola excepción de unos pocos como Manuel Gálvez, el General Uriburu, Belisario Roldán a la derecha, del Valle Ibarlucea a la izquierda, todos vistos como desertores por los status consagrados de la inteligencia y la responsabilidad, como serían vistos después los pocos peronistas salidos de estos rangos.

La neutralidad expresaba en el plano de la soberanía lo que Yrigoyen expresaba en el plano económico y social. La existencia de un nuevo país para el que las fórmulas del liberalismo estaban perimidas porque no cabía dentro de ellas. No era un pensamiento orgánicamente definido, pero sí el balbuceo de una tentativa para manejarse por modos propios y hacia fines propios. La presencia del pueblo en el Estado, ahora con descendientes de inmigrantes y criollos, creaba un sentido nacional que había caído con la ausencia de las viejas multitudes federales. La realidad llevó a Yrigoyen a hacerse el intérprete del país que políticamente tenía detrás.

YRIGOYENISMO Y ANTIPERSONALISMO: ALVEAR

Consecuentemente la unidad del radicalismo hizo crisis y los «galeritas» fundaron el antipersonalismo. El motivo aparente era su oposición al caudillo; el real es que ellos se aferraban al viejo contenido ideológico e Yrigoyen marchaba con los tiempos. No interesa saber cuáles fueron los móviles del caudillo, si una simple especulación electoral como querían sus adversarios con el socorrido mote de demagógico, o una adecuación de su pensamiento al país que tenía adelante. Lo cierto es que significaba un avance progresista que alteraba el plan de la Patria Chica ya terminada y completa.

A Yrigoyen le sucede Alvear. Este ha disentido con Irigoyen en política internacional. Ausente del país durante largos años, no conoce las transformaciones que éste ha experimentado en su composición social, y cómo se ha modificado la composición de su partido con la del país. Es radical por motivos distintos a los que han llevado al radicalismo a los peones del interior, a los obreros de Buenos Aires y a la clase media que asciende. El radicalismo que rodea a Yrigoyen, de “gringuitos” recién llegados o de criollos de procedencia gauchesca u orillera, es ajeno al que motivó su militancia. Su posición democrática en favor del sufragio universal y el respeto de la Constitución y sus críticas a las corrupciones administrativas del régimen, es un disentimiento dentro de su propia clase, en la cual se siente altivamente impulso de su juventud romántica, rica en audacias que chocaban con los prejuicios de su clase y que ha demostrado en los actos decisivos de su propia vida íntima. Mario y los Gracos, Alcibíades, lo seducen más que Sila, pero es ajeno por completo a lo que ya caracteriza al radicalismo como yrigoyenismo, en la medida en que éste expresa la sociedad del momento de su victoria, mejor que la sociedad de los años de las revoluciones fracasadas. Su radicalismo no ha recibido la impregnación de la Argentina que surge, pertenece al pasado liberal, en el que las diferencias de los partidos se limitaban a esos vagos enunciados formales de la plataforma política originaria. Su alejamiento del país no ha contribuido a su mejor conocimiento: todo lo contrario, y su disentimiento en materia internacional, no es más que su correspondencia con la escala de valores que practica en Buenos Aires en su extranjería, la “intelligentzia” y la “gente bien”.

Mientras Yrigoyen iba conformando su pensamiento con la responsabilidad de conducir una nueva realidad de que tomaba conciencia, a medida que definía su carácter social la fuerza política con que gobernaba, Alvear estaba absorbido por el drama de la Europa en guerra, sin poder percibir a la distancia los factores que los distanciaban cada vez más de su antiguo jefe, que lo hacía presidente, y cuyas motivaciones no podía interpretar. Desde que apareció como candidato la vieja clase comenzó a rodearlo, tras las avanzadas de los radicales «galeritas». La constitución de su gabinete confirmó la nueva orientación y el impulso renovador que había significado Yrigoyen quedó atrás. Así gran parte de las industrias que estaban en sus comienzos cayeron o limitaron su producción. Dice Ricardo Ortiz refiriéndose a ese momento: «En cuanto las circunstancias adversas dejan de actuar, la industria europea retoma sus posiciones y ello se traduce por un decrecimiento experimentado por las industrias típicamente nacionales.»

«Se abre la aduana a los aceites de España e Italia, a los tejidos británicos, a la manufactura europea en general. Ingresa nuevamente libre de derechos la maquinaria agrícola y se gravan los elementos necesarios para la industria nacional que producen esas maquinarias. Los industriales se convierten en importadores», agrega Ramos.

Esta marcha hacia atrás en el proceso económico interno no produjo sin embargo el impacto social que hubiera provocado en otras circunstancias. Alvear, que fue toda su vida un feliz heredero en lo particular, lo fue también como gobernante: heredó aquel momento próspero de la primera post-guerra en que la producción agropecuaria tuvo factores climáticos tan favorables como los de mercado, y que constituiría el último momento próspero de la economía tradicional. Su gobierno tuvo, en consecuencia, un momento económico de excepción, que ocultó los aspectos negativos de su política, en cuanto interrumpía el necesario desarrollo de la transformación interna. Fue un momento de vacas gordas similar al proceso expansivo de principios de siglo, que contó, además, con el desarrollo interno operado gracias a la guerra y la política de Yrigoyen, y así la incidencia social de la vuelta a la economía tradicional no produjo el impacto social que el país percibiría después de 1930, cuando la detención del progreso interno ya no sería compensada por la curva creciente de las exportaciones.

Esto no impidió que la clase media y las clases populares tuvieran clara conciencia de la restauración de la vieja política que el gobierno de Alvear había significado, y la nueva elección de Hipólito Yrigoyen desbaratando el «contubernio» de los «galeritas» con las fuerzas conservadoras, ratificó la demanda de una política correspondiente a la realidad del país.

Poco duró el nuevo gobierno de Yrigoyen, que llegó precisamente en el momento de la gran depresión mundial que castigó aun más violentamente que a las metrópolis a los países con economías dependientes. Evidentemente las circunstancias reclamaban una personalidad más vigorosa que la del viejo caudillo en declinación y una política económica más recia que la contenida en los enunciados generales y en la voluntad comprensiva que habían bastado en el primer gobierno para iniciar la marcha sobre la base de las circunstancias favorables creadas por la guerra.

Ahora terminaba el paréntesis eufórico, el último chispazo de la prosperidad agropecuaria. Bruscamente el país se encuentra ante la realidad que Ferrer nos ha señalado para esta fecha. Los ascensos generales de la sociedad y los movimientos verticales dentro de ella que permitieron la ampliación de los estratos intermedios y han operado desde la sustitución de la sociedad tradicional se tornan imposibles. La crisis metropolitana del año treinta lanza sus efectos multiplicados a los países de economía dependiente.

El anterior gobierno de Yrigoyen ha correspondido a la sociedad en ascenso; ahora el fenómeno es inverso y acelerado y precisamente donde el impacto se siente más fuerte es en la clase media. El viejo conductor no está en condiciones físicas para afrontar este momento difícil de una economía monoproductiva cuyo mercado cae verticalmente, sin que se den las condiciones sustitutivas que en el gobierno anterior proporcionó la primera guerra.

1930: EL SALTO ATRÁS Y LA DÉCADA INFAME

La revolución de 1930 viene a consolidar definitivamente la política tradicional: como después de Caseros las multitudes argentinas no pesarán más en las soluciones del Estado y se inmovilizarán los ascensos de las clases porque una sociedad estática es la correspondiente a la economía estática cuyos resortes van a cristalizarse. El doctor Alvear, y sus galeritas, entre tanto se adueñan de la dirección del radicalismo para cumplir la función reguladora que desvía hacia a conformidad, el instrumento que podía expresar resistencias.

Estamos en la «Década Infame». Es la infamia del fraude y el vejamen al ciudadano, pero esta es la infamia de la forma. La infamia de fondo es la traición deliberada y consciente al destino del país, porque el fraude en sí no es más que un medio. (Lo es hasta la misma lucha contra el fraude, porque esta misma tiende a disimular el contenido real de la usurpación del gobierno. Hace creer que su objetivo es determinar quienes son los que gobiernan y no para qué se gobierna, cosa que muchas veces ignoran hasta los mismos ejecutores y beneficiarios de la estafa electoral. Los fraudulentos arguyen su mayor capacidad técnica como gobernantes para justificarse; los defraudados la autenticidad de su representación. Todos se dicen democráticos, y hasta se lo creen; sólo que unos dicen postergar la hora del sufragio auténtico al momento en que los argentinos se capaciten para ser ciudadanos, los otros creen que éstos ya están capacitados, pero unos y otros son ajenos a las finalidades que van implícitas en la vigencia de un gobierno popular). Pronto el país percibirá que el conflicto es exclusivamente un conflicto entre políticos: «res» entre ellos. Las multitudes se irán alejando paulatinamente de la pasión política. Desde las altas tribunas de las canchas de fútbol o de los hipódromos, terminarán por contemplar el espectáculo como la arena de un circo en que sólo son espectadores.

Y este justamente es el momento crítico que señala Ferrer «cuando las nuevas condiciones del desarrollo del país exigían una transformación de su estructura económica».

La tarea del gobierno debió ser esa. El gobierno del General Justo y sus continuadores hizo todo lo contrario. Para eso había sido llevado al poder: para cristalizar de una manera definitiva una política «opuesta a la integración de la estructura económica del país». El tratado Roca-Runciman es un pacto entre Gran Bretaña y la Sociedad Rural, que firma la Argentina. Aquélla se compromete a garantirle a ésta la continuidad de sus compras (de las que no puede prescindir), con alguna mejora de monedas en los precios, y ésta a crear en la Argentina condiciones que impidan su desarrollo progresivo.

El Congreso sanciona todas las leyes que constituyen el «estatuto legal del coloniaje» y los pocos representantes radicales que participan del mismo, colaboran adelantando con esto, a su vez, la garantía de que no obstarán al mantenimiento del sistema con lo que se preparan para el acceso al poder cuando, asegurada la estabilidad del sistema, los grupos de presión ya señalados (entonces no se empleaba todavía esta terminología), consideren que ya no le son necesarios los políticos fraudulentos para la continuidad del mismo; política que empieza a perfilarse en la presidencia de Ortiz, y sólo se frustra por su ceguera y el sucesivo fallecimiento del mismo. Ya está arreglada la economía («Estatuto Legal del Coloniaje»); sólo falta democratizar la política para que el Estado de Derecho ratifique y protocolice la intangibilidad del sistema económico.

Se inaugura en el país el dirigismo económico. Los liberales son ahora dirigistas como antes eran anti-intervencionistas de Estado. Volverán al liberalismo clásico cuando el dirigismo se haga nacional. Las doctrinas económicas como las doctrinas políticas servirán lo mismo para un fregado que para un barrido: se usará en cada oportunidad la más conveniente para impedir la integración de la economía nacional.2

Lisandro de la Torre dirá en el Senado que «hay pánico entre los propulsores de la mayor parte de la industria argentina, sobre todo de los fabricantes de artículos que también se fabrican en la Gran Bretaña…»

«Alguna explicación hay que buscar ante el hecho enorme de que en la Argentina podrán trabajar persiguiendo el lucro privado las empresas extranjeras y no lo podrán las empresas nacionales». Agrega: «el mismo informante decía ayer el gobierno inglés quiere o el gobierno inglés no quiere… y eso que el gobierno inglés quiere o no quiere se refiere a cosas que pertenecen a la República Argentina, y debieran ejecutarse por el gobierno argentino… En estas condiciones no podría decirse que la Argentina se haya convertido en un dominio británico, porque Inglaterra no se toma la libertad de imponer a los dominios británicos semejantes humillaciones… Inglaterra tiene, respecto de esas comunidades de personalidad internacional restringida, que forman parte de su Imperio, más respeto que por el gobierno argentino. No sé si después de esto podremos seguir diciendo: «al gran pueblo argentino, salud!»

Todo se votó como lo había querido Gran Bretaña. El cadáver del cenador Berdabehere hizo más roja la roja alfombra del Senado, bajo los disparos de Valdez Cora, un guardaespaldas que habían llevado los ministros al debate.

Lisandro de la Torre se matará pocos años después. «No interrogues el alma del suicida», como dijo en su verso otro suicida, Leandro Alem. Pero puedo vincular el suicidio al derrumbe de toda una vida. Lisandro de la Torre ha sido el niño mimado de la oligarquía terrateniente; es el hombre para las grandes soluciones; el General Uriburu ha querido imponerlo como presidente, y él no ha aceptado. Seguramente cuando sale a defender la soberanía nacional y el progreso de la sociedad argentina cree que va a tener detrás de sí a todos sus viejos admiradores y sobre el cadáver de su camarada de banca descubre que son sus enemigos. Su mundo se derrumba. En ese momento dramático conoce los verdaderos motores de la historia argentina y el papel que juegan las supuestas élites. Es que ha descubierto el resorte misterioso que ordena las fuerzas en la economía liberal. Ahora sabe, pero siente que es tarde.

Tal vez ha mirado hacia atrás y han desfilado por su memoria su larga lucha de la juventud y descubre que los que le seguían, lo utilizaban. Tal vez también lo descubrió el General Uriburu, pero no tenía las aptitudes de de la Torre para llegar a las últimas consecuencias. Aquel era frívolo y superficial, mientras, Don Lisandro se entregaba con pasión y en profundidad…

ORDEN SOCIAL Y MISERIA POPULAR

Es un momento dramático para la sociedad argentina. Se dirá que la crisis de los años 30 es universal, pero sus efectos en las metrópolis son distintos. El economista alemán Fritz Sternberg, («Capitalismo o Socialismo», F. de C. Económica, México, 1954), hace notar la escasa disminución del ingreso general en Gran Bretaña y la explica: «En primer lugar, porque la baja de los precios de las mercancías importadas, en su mayor parte alimentos y materias primas, fue mucho mayor que la de los productos industriales que exportaba. La industria mundial reaccionó a la crisis económica reduciendo su producción; la agricultura mundial reaccionó ante todo con una baja en los precios de los productos agrícolas». Así nuestro país alimentó a bajo costo al pueblo británico y «los trabajadores europeos que tenían empleo de tiempo completo lograron, pues, un aumento en los salarios reales durante la crisis debido a la baja de los precios». La pobreza argentina subvencionaba el buen nivel de vida de la metrópoli ¡Y qué pobreza! Scalabrini Ortiz lo ha dicho: «ajustaremos acá el cinturón para que allá puedan correrle algunos ojales».

Reproduzcamos alguna de las admirables páginas con que Abelardo Ramos (ob. Cit. Tomo II) nos hace la descripción en Buenos Aires.

“… Discépolo, poeta del asfalto, escribe sus tangos, penetrados de amargura sinistra. ¡Un canto a la desesperanza, un himno al fracaso! En todos los labios se repiten los versos estremecedores de Yira, yira: es la biblia del “raté” en la monstruosa ciudad de cemento”.

“El mate había sido una necesidad en los viejos tiempos de la pampa libre; luego fue un vicio amable en las conversaciones lentas. En 1930 es de rigor como alimento casi exclusivo, con el bizcocho con grasa. Reina del bar automático: con una moneda, baja del tubo sucio de vidrio un sándwich indiscernible. Era el templo gastronómico para los gourmets de la crisis: revestido de azulejos, como el hospital o la morgue, en el local pululaban actores sin trabajo, borrachos disertantes, estudiantes crónicos, vagos sin origen ni destino, empleadillos, mujercitas sin clientes…”

“… De Tucumán, Santiago del Estero o Corrientes, bajaban a la Capital las jóvenes vestidas de negro, macilentas y tristes, de alpargatas y monedero vació, a conchabarse en las familias de la alta o baja pequeña burguesía, por $20 o 30 mensuales, con comida y cama adentro. El zoológico será su fiesta, los conscriptos de la Plaza Italia el amor furtivo en la inmensa ciudad hostil…”

“… En las madrugadas, los desocupados rodean a los canillitas que venden “La Prensa”. Los ofrecidos son muchos más que los pedidos. Los desocupados con bicicleta llegan antes que los otros a la oficina o a la fábrica. No hay vacantes, de todos modos. En el conventillo de cinco patios con las macetas de malvones en las latas de Ybarra, se hierve al infinito la yerba y un solo ejemplar del diario arrugado circula por toda la población de la casa. La Singer jadea en el fondo. La pantalonera trabaja por pieza…”

LA CLASE MEDIA PAUPERIZADA

Pero no es sólo la miseria de los trabajadores. Ella golpea violentamente en la clase media que se creía a salvo de sus riesgos.

«El peso es un peso fuerte, sólido, respetable, exclusivo. Otra canción de la crisis lo busca: «donde hay un mango, viejo Gómez, los han limpiao con piedra pómez». El ejército rechaza a miles de jóvenes por inaptos. La tuberculosis hace estragos. La palabra neumotorax es una palabra del año 30. Los maestros sin empleo, los analfabetos con el estómago vacío y los maestros que no cobraban sus sueldos son los fenómenos corrientes de la década. La pequeña burguesía se degrada; se forma una subclase de desocupados. El dolor se combina con la picaresca para sobrevivir. Buenos Aires se puebla de buscavidas y de oficios inverosímiles. Porteños y provincianos hundidos en la desdicha se hacen buscones. El amigo del jockey, que persigue la quimera de un dato preciso para el domingo; el atorrante divagador y filosófico que bebe café a crédito; el abogado que busca un empleo público; el organizador de banquetes o de rifas inexistentes, el falso influyente, el gestor de empleos, que es cesante, el cesante yrigoyenista de 1930 que hace de su desgracia una carrera y sólo acaricia durante años la esperanza de reingresar al empleo público, el desesperado que corteja a la dueña de la pensión, el escuálido poeta que vive cada quince días, por turno, en casa de algún amigo, el protector de leprosos que vende rifas sin número, el antiguo proxeneta herido como un rayo por la ley de profilaxis y que ahora alquila departamentos por hora para el amor fugaz; el empleado embargado y concursado, el ave negra sin pleito que espera el asunto salvador en el bar Tokio, frente a los Tribunales, el rematador sin remates, el naturista transformado en curandero o yuyero, el grafólogo que adivina el carácter, el astrólogo que descifra el porvenir, el falso médico que adquiere su título por 300 pesos en la frontera de Bolivia, el nihilista y el iluminado, el espiritista y el marinero en tierra, el comerciante quebrado y el conspirador radical que sueña con el regreso. ¡Buenos Aires! La pequeña burguesía tirita bajo el vendaval. En la Chacarita de los automóviles se acumulan todos los modelos y junto a ellos, calaveras y gigolós se hunden en la bancarrota».3

El Ejercito ha sido utilizado para restablecer la alianza entre el Imperio y la clase que lo proyecta dentro de la República. Ahora el General Justo lo disciplina de nuevo y encuentra un Ministro, el Coronel Rodríguez, que pasará a ser el arquetipo del militar que lo devuelve a su «destino específico»: asegurar el orden, cuando el orden es el de la Patria Chica, el de la dependencia. Los mismos regimientos de «Empujadores» y «Animémosnos y Vayan» de civiles, que lo han sacado de los cuarteles, lo aplauden cuando retorna a ellos una vez que los consolidan en el poder. Historia repetida pero jamás aprendida.

Pero ocurre algo que no estaba en los papeles de los hombres sabios; otra guerra mundial rompe el esquema de la economía tradicional. Ortiz, proclamado candidato por la Cámara de Comercio Británica, antes que por los partidos de la Concordancia, muere antes de finalizar su período y ocupa la presidencia el Doctor Ramón Castillo, su vice, y ante la sorpresa de todos, este viejito provinciano, personalmente honesto y pieza de recambio en el juego de la oligarquía, afirma la posición neutralista, y sobre ella intenta soluciones cuya perspectiva se abre con el nuevo desarrollo industrial que va a ocupar la vacante dejada por la importación. El país, cerrada la puerta de entrada y salida vuelve sobre sí mismo.

La industrialización progresiva genera la ocupación, que a su vez incrementa el consumo y así surge un mercado interno que diversifica la producción y señala un auge de la economía. La demanda de brazos acelera la inmigración de la gente del interior a los centros industriales que nacen y nos vamos acercando en el campo obrero a la plena ocupación, mientras que la diversificación de las actividades multiplica las posibilidades de la clase media.

Es curiosa la situación que se crea: el Presidente de la República se encuentra aislado del pensamiento y de la voluntad de las fuerzas que lo llevaron al poder; su política de la neutralidad y la orientación económica que se perfila con la creación del Banco Industrial y la Flota del Estado son resistidas por sus partidarios, e igualmente por la oposición, cuyos dirigentes, del radicalismo y el socialismo al Partido Comunista, exigen intervención en la guerra y la subordinación a las políticas imperiales. La unanimidad de la gran prensa, de la cátedra universitaria, de los intelectuales, está en contra de la política práctica. El programa belicista es común a la dirección de todos los partidos políticos del gobierno a la oposición. El presidente está solo.

¿Solo? Solo en la Argentina nominal, la de los títulos de los diarios, de las entidades representativas, de las academias a la Sociedad Rural, de la Universidad a la Unión Industrial, de entidades de los intelectuales. Pero la Argentina real y profunda, la que no tiene medios de expresión ni títulos representativos pero es el país de la multitud que está con el viejo Presidente; en esto solo, porque lo sabe fraudulento y mal acompañado, pero sabe que la neutralidad es punto de partida para la marcha hacia adelante o punto de rendición. Pero la ocasión le va grande a Castillo. Sólo tenía que jugarse a la carta del pueblo rompiendo con los círculos políticos de la concordancia y convocar al país alrededor de ese tema central acabando con el fraude y con la entrega. Llegó hasta el borde de la decisión y se echó atrás.

Va a terminar sin pena y sin gloria en un fraude más. La Revolución de 1943 le ahorró esa vergüenza.

El Ejército ha tomado el poder pero no sabe para qué. Un general que al solo mérito de su mayor jerarquía «se ha colado» en el momento decisivo resulta Presidente: Rawson. Expresa la política belicista en lo internacional y en lo interno un nuevo 1930. No alcanza a durar dos días y lo sucede otro general: el General Ramírez. El máximo pensamiento de éste es una convocatoria electoral que asegure el triunfo del radicalismo que había domesticado Alvear. Lo sustituye Farrell, que es un interregno mientras se definen las luchas internas dentro de las fuerzas armadas. Termina por perfilarse la personalidad de Perón, que ha ido concitando a través de su política social el apoyo de los trabajadores.

Nada expresa este momento nuevo de la Argentina que se viene realizando desde el principio de la guerra con la transformación de la economía, como la presencia de un proletariado que no tiene nada de común con el que se había nucleado antes alrededor de un sindicalismo escuálido, anarquizado por las tendencias ideológicas importadas. El que ahora está en Buenos Aires y sus alrededores es la expresión máxima de una sociedad en ascenso, que ha hecho posible la brusca expansión industrial que constituye su base de trabajo y de consumo en un mercado en potencialidad creciente.

El ritmo permanente pero pausado de la migración del interior hacia los centros urbanos se ha hecho violento. Los trabajadores, rubios o morochos y de variado idioma que entraban por la dársena hasta hace treinta años, tienen su réplica actual en esas multitudes que día a día desbordan las estaciones de ferrocarril con su «pelo duro» y sus rostros curtidos y el canto de su tonada provinciana. Es migración, pero también de ascenso como la de los gringos de antes. Son peones de «pata al suelo», trabajadores ocasionales y desocupados habituales, que ingresan al trabajo estable y aprenden rápidamente técnicas que parecían reservadas para los «gringos», porque de peones devienen obreros. Desbordan la ciudad que no está preparada para recibirlos y desbordan también el viejo sindicalismo reclamando cuadros que los interpreten.

Ignoran y no les interesan las ideologías transferidas desde Europa. Son el sector obrero de una sociedad en ascenso, pero sin las inhibiciones ideológicas de la antigua conducción sindical, comprende que su ascenso está ligado al ascenso general de la sociedad. Tienen la conciencia histórica de su falta de destino dentro de los límites de la Patria Chica estrangulada en la estructura de la dependencia, y ligan su destino a las posibilidades de la Patria Grande.

Porque se trata otra vez de una sociedad en ascenso, su signo no es la lucha de clases según lo exigen los partidos marxistas: sus conflictos empujan a las otras clases porque sus exigencias crean mercado y oportunidades. Es la marcha hacia una frontera interior cuyo signo es el ascenso por la creación de oportunidades imposibles en la sociedad cristalizada. De tal manera la cuestión social es para ellos la cuestión nacional y su prosperidad, la continuidad de su ascenso, se liga inseparablemente con la grandeza de la Nación. Ya su doctrina está hecha con comprenderlo: soberanía nacional, liberación económica y justicia social son inseparables.

No están solos. Las nuevas condiciones han abierto un nuevo horizonte a la clase media que sobrevivía cada vez más empobrecida sin otra perspectiva que el empleo público y las profesiones liberales de mísero rendimiento. Las ocupaciones típicas de la misma se multiplican, y se crean las condiciones para que de su seno, y aun de los mismos trabajadores que ya poseen aptitudes técnicas y comerciales, surjan los elementos constitutivos de una burguesía nueva, industrial y comercial, que por otra parte ha madurado bajo la influencia del pensamiento de los grupos nacionalistas, forjistas y muchos de los radicales intransigentes y los pocos marxistas que ajustan el método sobre la realidad; hay una conciencia nacional a la que contribuye gran parte de la oficialidad del Ejército, y dará los elementos políticos de un pensamiento nacional. Perón tiene el talento de capitalizar esa realidad poniéndose a la cabeza de la misma y conduciéndola. Pero este momento de la clase media se verá en los capítulos siguientes.

La «intelligentzia», con la oligarquía, ha elaborado la peregrina tesis de que Perón inventó un país con los recursos del poder y el soborno y al margen de la realidad, cuando la cosa fue totalmente al revés: el país inventó su hombre a falta de una élite conductora. Claro que no lo podía haber inventado si el hombre no hubiera tenido las condiciones para la conducción del proceso. Pero las tuvo y su victoria no fue una victoria de Perón: fue una victoria del país nuevo a través de Perón. Y porque las tuvo profundizó el proceso, lo aceleró y trató de integrarlo hasta las consecuencias que estaban en sus manos frente a la conjunción de todos los intereses locales e internacionales que se oponían a la actualización de la Argentina.

Es extraño a la finalidad de este trabajo el análisis de la política económica peronista, que remito a un trabajo posterior. En él se analizarán las soluciones económicas con sus aciertos y sus desaciertos, así como los aspectos culturales del gobierno peronista. Las referencias que este trabajo contiene en lo económico y lo cultural, como se ha dicho, sólo son las imprescindibles para encuadrar los hechos sociales que estoy tratando.

Realizar una política nacional importaba dar un salto en el vacío al que ninguna ayuda proporcionaban los libros, la cátedra y la doctrina y todo el aparato de la importación ideológica de derecha a izquierda. Por el contrario, aceptar su pensamiento oscilaba entre la alternativa de someterse a la política tradicional de los liberales, o a la de un marxismo desvinculado de la realidad argentina, que también se movía con dos alternativas: el reformismo del Partido Socialista, cuyas soluciones prácticas coincidían con las exigencias de la división internacional del trabajo en su oposición al desarrollo del capitalismo nacional, o una hipotética revolución total en que la Argentina jugaba como pieza insignificante en la estrategia soviética, sin compromiso con la Argentina del presente y del futuro inmediato.

La responsabilidad del gobernante siempre será: hoy y aquí.

Se trataba de realizar lo posible en el mundo de la realidad circundante y para esa realidad y esas posibilidades no había literatura doctrinaria, ni teóricos ni maestros. Se trataba de marchar hacia una frontera interior de avance jaqueada por todas las fuerzas internas y externas que querían cristalizar el país en la Patria Chica, o utilizarlo como pieza en el juego de una estrategia mundial revolucionaria.

Recién ahora, en 1963, Raúl Presbich ha descubierto (Op. Cit.), como ya se ha dicho, que todas las teorías elaboradas en los grandes centros, no tenían en cuenta los problemas de la periferia y resultaban inoperantes, y también contraproducentes. A falta de una doctrina económica elaborada, había que proceder pragmáticamente y elaborar sobre la marcha las soluciones. Y así como la política social resultó de la existencia de los hechos, de éstos resultó la política económica. Sólo que se invirtieron los términos empleados en la Década Infame: durante ella la política del gobierno había sido la coerción sobre los mismos para impedir que produjera sus frutos; la nueva consistió en estimulados y dirigirlos en búsqueda de la potencia nacional.

En la oportunidad de ese otro libro se verá en detalle cada una de las medidas que se tomaron y se analizarán a mi entender sus aciertos y sus errores, pero por ahora el hecho que nos interesa es que el proceso peronista ha sido el único ensayo de política económica nacional que el país ha tenido.

Entramos en ese momento al desarrollo de las posibilidades de una sociedad capitalista nacional, pequeño horizonte para los tremendistas que lo obstaculizaron, facilitando, con la postergación, el mantenimiento de las condiciones de dependencia. Gran horizonte para el pueblo argentino de hoy y del mañana inmediato que no reclama estructuras teóricas ni perfectibilidades absolutas, sino un ascenso colectivo como el que se destruyó en 1955, retornando a la única alternativa posible: la dependencia tradicional.

Ni más ni menos: la Argentina entraba a su propio desarrollo capitalista pero en las condiciones del siglo XX y con una vanguardia de trabajadores que reclamaba y exigía con esa entrada la creación de condiciones sociales de prosperidad, ligada a la grandeza concreta que resultaba de la etapa.

Como en 1930 frente a la balbuceante política nacional yrigoyenista, en 1955 se derrumba ésta mucho más profunda tentativa de política nacional, por una coalición externa e interna similar a la de entonces, pero mucho más aguda e intensa en la medida que era mucho más agudo e intenso el carácter nacional de las realizaciones que motivaban la reacción: se trata de cercar el país dentro de la Patria Chica.

Toca ahora, ya en presencia de la sociedad contemporánea entrar al tema específico que motiva el título de este libro.

CAPÍTULO VII

UNA ESCRITORA DE MEDIO PELO PARA LECTORES DE MEDIO PELO

La burguesía en riesgo de frustración a que me he referido en la última parte del capítulo anterior no constituye por sí sola el “medio pelo”; es sólo uno do los aportes al mismo. Corresponde determinar qué sectores sociales lo componen y cuáles son las pautas que lo rigen. Por concretas que sean las bases donde reposa, el status expresa una serie de situaciones en que juegan normas éticas, estéticas, ideológicas, creando una serie de relaciones imponderables. Esto con mayor razón cuando se trata de un grupo definido más cultural que económicamente, y que desborda hacia la frontera de status superiores e inferiores. Sus límites son imprecisos por cuanto la posesión del status no es concreta, de naturaleza material ni materializable, sino un hecho anímico, una actitud más vinculada con la subjetividad del agente, que con la objetiva posesión del mismo.

Hay una expresión vernácula, «pillársela», que expresa esa desvinculación entre el hecho objetivo y la subjetividad: cuando el tipo «se la pilla» actúa en función del status que se «ha pillado», aun a pesar de las circunstancias que lo contradicen: y el estar »pillado» —creerse lo que no se es— tipifica al «medio pelo», mucho más que la expresión status.

Aquí un estudiante de sociología me apunta el concepto técnico: es la disociación entre el «grupo de referencia» y el «grupo de pertenencia». Gracias, y adelante.

Digo status, también por aproximación, pues no puedo decir clase, que es concepto más limitado sobre todo en el orden socio-económico, pero debe tenerse presente que con status expreso más la actitud del «pillado» que su realidad objetivamente apreciada. Es lo que los marxistas llaman «falsa conciencia», refiriéndose a la clase media, (Peter Heintz – «Curso de Sociología» – Ed. Eudeba – 1965, como también me apunta el estudiante).

En esta tarea de aproximación, el libro de Beatriz Guido, «El incendio y las vísperas» me ha proporcionado una excelente cantera para la individualización de los «pillados», que constituyen el «medio pelo» y el origen de muchas de las pautas que los rigen.

Es el único interés del mismo ya que, como lo he dicho en algún artículo periodístico, se trata de una autora marginal a la literatura, de un subproducto de la alfabetización. El lector debe comprender que el espacio que voy a dedicarle sólo se justifica por el interés del disector frente a la pieza anatómica.

Tampoco interesaría sin su éxito editorial, que es el que nos advierte de la existencia de un vasto sector para esa clase de mercadería.

Corresponde identificarlo. Como se verá enseguida, este libro no pudo suscitar ningún interés, sino todo lo contrario, en la clase alta a la que se pretende cortejar ignorando las pautas de la misma y la falsedad injuriosa de las que le atribuye la autora. Mucho menos en la clase obrera de presencia incidental y aun en la clase media como tal, de la que la autora fuga —una de las actitudes más definitorias del «medio pelo», propias de la simulación da status—, que con todo no evita las reminiscencias denunciadoras.

Sin la existencia de las «gordis» este éxito editorial sería incomprensible. Requiere un público en que se dé en las mismas medidas que en su libro, la ignorancia y la petulancia intelectual, la falsedad en la posición y el aplomo para actuar del que la ignora, y que participe de una visión del país completamente sofisticada a través de una lente de convenciones deformantes y tenidas por ciertas. Entiéndase, pues, que el análisis no es más que el pretexto para poner en evidencia la calidad de los lectores que son los que interesan; ellos son el objeto de la investigación a través de su proveedor intelectual. Por eso digo: una escritora de «medio pelo» para lectores de «medio pelo».

Como el grupo se constituye en relación con los otros grupos sociales es esencial saber qué idea tiene de esos otros y particularmente los del propuesto como arquetipo: en este caso la clase alta.

LA CLASE ALTA SEGÚN EL «MEDIO PELO»

La novela gira alrededor de la familia Pradere, expresiva, para la autora, de los más altos círculos de la sociedad porteña y su acción transcurre generalmente en el palacio de la misma en la calle Schiaffino y en su estancia que lleva el indígena nombre de Bagatelle. También hay algunos episodios ocurridos en el Uruguay y en el Jockey Club y en las diversas garçoniérs que son aditamentos imprescindibles en toda familia de alto rango social.

Hay también la «fiel servidora» de los avisos fúnebres comme il faut. Se trata de Antola, cuyo retrato hace:

Sofía descubre el rostro olvidado de Antola: su ojo único, el pelo blanco desgreñado, pegado a las sienes (?), y esa sopa de pan y cebolla que es su único alimento desde tiempo inmemorial.

Quiere recordar algún momento fundamental de su vida en que Antola no estuviera presente. En las muertes como en las bodas —(esto de «bodas» me resulta un poco «mersa»)—, revive segura de su poder, sedienta por humillarlos, imponente en su fealdad, sin edad, sin formas, con el mismo cabello blanco sobre las sienes que peinaba el día que murió su madre. Sabedora de todos los secretos; delgados los muros para su oído de enferma insolente y justa, fiel e imprescindible en sus vidas, desaparece en las terrazas y bohardillas —junto a los murciélagos y los ratones—, para reaparecer victoriosa en los momentos decisivos de los Pradere. (Pág. 9 y 10).

Sofía, que es la oligárquica patrona ha descendido a la cocina, pues se trata de un 17 de Octubre y todo el personal de servicio, salvo la fantasmal y fiel servidora, ha abandonado la casa para concurrir a los actos programados por el “tirano sangriento”.1

Mientras la aristocrática señora busca algún condumio, revolviendo cacerolas y estantes, hay un diálogo con Antola.

Dice la señora: —Te acordás de esos platos de loza inglesa decorados con Josefina, Napoleón, Robespierre y toda la Revolución Francesa? ¡Cierta gente adora comer sobre los vientres de los príncipes y déspotas! (Pag. 11).

Antola no se le achica, y eructando historia francesa y loza inglesa le contesta: —Te peleabas siempre con tus hermanos: sólo querías comer sobre el pecho de Napoleón. El diálogo continúa entre olla y olla y de banquito a banquito, hasta que la patrona exclama: —Yo comenzaría siempre. Aunque después temblaran los cimientos de Jericó. Aquí Antola se achica porque no hay una loza que le haya formado una cultura de Antiguo Testamento, y le dice a su aristocrática interlocutora: —Alcánzame una olla. (Pág. 11).

Este diálogo de cocina puede dar una idea del lenguaje que el «medio pelo» atribuye a la gente de la alta sociedad: no conversa, platica.2

De la misma naturaleza refinada que las pláticas, es su alimentación En todo el libro no se come más que caviar y bizcochos blackestones o crackers americanos, regados exclusivamente con champagne francés; ¡»minga» de vino o coca-cola! Hay una sola excepción: un desayuno con medias lunas, pero «chez Pradere», a las medias lunas las llama croissantes, como nos lo advierte Antola: Las trajeron ayer de la París… Croissantes, como las llaman ustedes. (Pág. 71). Como se ve también la oligarquía come medias lunas, pero en francés… como los uruguayos.

Sobre las costumbres de la alta sociedad nos anticipa algo la señora de Pradere enseguida que asciende de la cocina a los salones para revolcarse en las alfombras frente a la chimenea con un estudiarte de filosofía y letras que ha encontrado en la calle. El pobre estudiante no es un experto como la dama y el lujo de los salones lo tiene un poco «boleado» como a la autora lo que obliga a doña Sofía a apelar a todos sus recursos para evitar en su palacio otro paro, como el que ocurre en la calle. Para no ser menos la niña de los Pradere, Inés, se va a la garçonnière de Gramajo, un amigo de su padre que como corresponde es casado (pág. 22).

Para un día nefasto y de los negros no son malas las performances.

Doña Beatriz entre tanto nos ha descripto los salones del palacio con una conaiscense de habitué a remates de residencias recargadas de muebles, cristales, marfiles, alfombras, por los despiertos martilleros, el ambiente adecuado para tal lenguaje, tal alimentación, tal costumbre, tal moral sexual, según la visión «mediapelense» de la alta clase que revelan la autora y su entusiasta clientela.

Pero lo más extraordinario en la conducta sexual de la alta clase es el privilegio que reserva para sus hijos.

En la página 72, Inés está acostada con Pablo Alcobendas, el estudiante revolucionario que es su último amante y a quien le ha advertido que ha tenido cuatro anteriores. Alcobendas no se resigna a ese cuarto puesto no placé, y practica su examen. Dejemos a la autora que nos ilustre al respecto: Ella inmóvil, indefensa, permite que esa mano practique la tarea de reconocimiento y cuando él encuentra lo que buscaba, ante la resistencia dolorosa de ella, susurra en el oído:

¡Los cuatro amantes, señorita, pertenecen a su imaginación!

Inés (entre tanto) piensa: Las mujeres de cierta condición tienen la virtud de parecer siempre vírgenes, después de ser poseídas por varios amantes.(Pág. 72).

¡Cómo para que las chicas del «medio pelo» no aspiren a ser gente bien! ¡Con ese privilegio que da la alta clase!

LA CLASE ALTA EN SU CLUB (SIEMPRE SEGÚN EL «MEDIO PELO»)

Recordemos que es 17 de Octubre. El jefe de la familia, don Alejandro Pradere, nos introduce en el Jockey Club, y nos guía por sus salones explicándonos sus preferencias pictóricas: Para mí, «Las Aves de Corral» de Castels, del salón Bouguereau; o «La Boda» o «El Huracán». (Pág. 29).3

En el solarium, Pradere y su hermano Ramón tienen una sorpresa. Allí está Juan Duarte. ¡Ni más ni menos!

Dice la autora: Y los Pradere vieron por primera vez a un hombre de facciones regulares, cabello pegado a las sienes; unos pequeños bigotes recortaban su boca; excesivamente blanco, con esa piel de niño que no conoció el mar, sino sólo ríos y arroyos. Vestía una salida de baño de color amarillo; sobre el bolsillo izquierdo un escudo con un león español. Llevaba al cuello otra pequeña toalla de color verde y calzaba sandalias romanas que dejaban ver sus dedos largos, casi perfectos. (Pág. 32).

El refinado Don Alejandro se pregunta: ¿Cómo no está en la Plaza de Mayo ese hijo de puta? (pág. 32). También yo me lo pregunto, adjetivos al margen; ¡mucho más te lo hubieran preguntado Perón y Evita!

Esta familia Duarte es incongruente y no tiene idea de los niveles sociales, con esa piel blanca que sólo conoce ríos y arroyos. Esto de la coloración de la piel es para el «medio pelo», un inequívoco signo social. Así, más adelante, en la descripción de una orgía en el «cangrejal» —imaginaria playa de Punta del Este— Inesita pasa de los brazos de su amante Gramajo a otros… más poderosos, con una piel distinta a la de Alberto: un tostado de sol que delata infancias de río… (pág. 160). Son los brazos de Mattarazzi, un repugnante burgués lleno de oro y de grasa, que anda entreverado con la gente bien y participa de la corrupción general de la clase alta. Pero a Inés no la engaña porque tiene la clave que Doña Beatriz difunde a pesar de su infancia rosarina, tan de río. ¡Ay!

LAS ABERRACIONES SEXUALES DE LA «GENTE BIEN»

En el Jockey tenemos la oportunidad de conocer otra de las debilidades sexuales de la alta clase: El «pigmalionismo», un vicio cuyo nombre ignora doña Beatriz a pesar de las descripciones escabrosas con que intenta matarle el punto a «Damiani» y a «Las memorias de una princesa rusa».4

Don Alejandro siente una curiosa debilidad por la «Diana», de Falguiere, que adorna las escalinatas del Jockey Club.

La Falguiere tiene el viento en los cabellos. Su sonrisa es más poderosa que la rigidez del mármol. Los senos pequeños levemente inclinados; no demasiado erguidos: el vientre de rítmica redondez, invitaba siempre a sus manos a sostenerlo. NO se atrevía a confesarse que había llegado a soñar, soñar despierto, que se acostaba con ella. Sólo para eso: para colocar sus manos rodeando la pelvis; en ese hueco que dan en llamar las ingles. (Pág. 30). (Eso que dan en llamar las ingles, es gracioso, ¿temerá Doña Beatriz que se molesten los ingleses por llamar ingles al “hueco”?). Esa misma tarde, al bajar la escalera de su casa, Pradere ha acariciado los glúteos de la “Diana” de su escalera (Pág. 12) y su hija Inés, que parece conocerlo, le había dicho muy respetuosamente: Le pondrías una casa como a una querida. (Pág. 30). Y el amor por la Diana no es puramente platónico. Nos dice la autora: Necesitaba tocarla antes de entrar al Jockey, como quien busca el agua bendita antes de entrar a un templo. (Pág. 30).

Y para que no quede ninguna duda la autora nos explica: Había traído de Bagatelle una bañera de su abuela, labrada en mármol de Carrara. La hizo depositar en uno de los vestuarios “de los viejos”, en el sótano. Y allí la tenía para “bañarla”. (A la “Diana” de Falguiere, se entiende). “Hace seis meses que no baña a su niña”, le decía Arizmendi un mozo del bar. “Después que vuelva de Europa. Me lleva una mañana entera…» contesta Pradere (Pág 30).

¡Cómo para no llevar una mañana! La autora nos ha informado que la “Diana” era de mármol rosa (pág. 183). No tiene la menor idea de lo que pesa el mármol y su tamaño, pues Pradere y el mozo del bar parece que juegan a las esquinitas con el mismo, de la escalera al sótano, con su bañera de Carrara, y del sótano a la escalera. Tampoco se le ha ocurrido imaginar la escena, el día del baño, con la jeneuse dorée, rural y deportiva, concentrada en el hall y festejando el espectáculo con relinchos, rebuznos y demás gritos de su rijosidad primitiva, en presencia de los refinamientos sexuales del consocio exquisito. ¡Qué socio se iba a perder ese plato!

En materia sexual Don Alejandro es muy amplio: en las páginas 85 y 86 se dice: Penetra ahora entre las sábanas de la cama de su mujer. Conoce sus adulterios. ¿Desde cuándo sabía que su mujer lo engañaba? Rechaza la palabra “engaño”: él también lo había hecho inmediatamente de nacer su hijo, en esa etapa en que las mujeres se ven obligadas a comentar los procesos biológicos del recién nacido, aunque la frase esté construida de esta manera: “Dice la nurse: el médico diagnosticó que José Luis tiene gastritis”. (De paso nos enteramos aquí que las madres de la alta sociedad no descienden hasta el médico pues de eso se encarga la nurse). La palabra gastritis ha traumatizado sexualmente al delicado señor Pradere: “Recuerda ahora que de niño le enseñaron que en las cortes de Inglaterra nos e pueden nombrar los órganos digestivos. “Digestión” es la palabra más despreciable del diccionario. Se puede hacer referencia al acto del amor de la manera más ruda y onomatopéyica: screw, “atornillar”, es menos ofensivo para una dama que decirle:”Y, ¿cómo se siente del estómago?” (La verdad que lo de screw no me suena muy onomatopéyicamente; ¿será que el amor inglés tiene ruidos distintos al criollo?).

Doña Beatriz nos dice que Don Alejandro no le perdonó a Sofía que pronunciara la palabra gastritis. No le importó, ni trató de averiguar nunca por qué lo engañaba (pág. 86). Pero si la gastritis lo alejó de ella, los cuernos lo reconciliaron, y es gracias a este estimulante que aparece en la cama de su mujer, después de sus canas al aire con los mármoles.

Sólo faltaba en la familia el incesto, pero Antola, la fiel servidora y fiscal de la sangre dice: — Mirá que en tu familia ha habido incesto. Preguntale a Mujica Láinez que lo escribió y todo (pág. 71). Y le encaja a Manucho la indiscreción de haber lavado en público la ropa sucia de los Pradere.5

LA SOCIEDAD DE LA GENTE «QUE NO ES COMO UNO»

Hasta ahora hemos visto la imagen de la alta clase que tiene la autora y que lógicamente comparten sus lectores afanosos de ambientarse.

Veremos incidentalmente la de los campesinos; sólo incidentalmente aparecerán también los obreros, pero vistos a través del lente «mediopelense», pues los «negros» no son obreros. Peyorativamente la autora pone en la boca de sus personajes una clara distinción entre el «aluvión zoológico», que constituyen la multitud y unos individuos selectos, generalmente con apellido italiano y de preferencia ferroviarios que esos sí, son obreros: en la imagen fubista del trabajador afiliado a los sindicatos científicos, es decir socialistas, comunistas o anarquistas.

La clase media aparece representada por algunos policías degenerados y torturadores y por el héroe, Alcobendas, un joven estudiante que tiene un extraordinario merengue fubista en la cabeza de lo que dan idea los retratos que adornan su habitación: Ingenieros, Aníbal Ponce, Gramsci, Proudhom, alternan, esa mortuoria galería. El pobre muchacho es el último amante de Inesita. Por poco tiempo pues en la comisaría diecisiete lo castran y después lo entregan al capricho sexual de un sujeto que responde al sugestivo apodo de «El Banano».

Pablo Alcobendas es hijo de una hermana del anarquista Di Giovanni y vive de las rentas de una casa de varios pisos que el tío anarquista dejó en herencia, dividida en propiedad horizontal entre los familiares, anticipándose en 1931 —más de 20 años— a la ley respectiva. En esa disposición de última voluntad a Pablo Alcobendas le tocó la parte del león: Yo soy el más afortunado porque mi departamento es el de planta baja y me lo alquilan médicas y prostitutas. No aclara si conjunta o alternativamente (Pág. 144).6

LA PAMPA Y LA ESTANCIA

Pasemos ahora a Bagatelle, porque Bagatelle, es el nudo del drama. Se trata de una estancia, que siendo, según Doña Beatriz, la más grande de la Provincia de Buenos Aires no tiene tanta importancia, para Alejandro Pradere, por su valor económico –don Alejandro es un exquisito que nunca habla de vacas ni de novillos, tarea que incumbe a su hermano Ramón—como por su casco principal y las obras de arte que contiene.

Oigamos algunas descripciones. El casco es un castillo normando, que se ve desde el camino a Mar del Plata; tiene un parque de ciervos, tiene cancha de polo, ¿qué es lo que no tiene Bagatelle? (Pág. 41). Fue construida a fines de siglo, por Alejandro Pradere, arquitecto, coleccionista de porcelanas y ornamentos, enamorado de Francia. Todo el encanto de un castillo del Loire, su armonía, su gracia y su misterio, todo fue importado desde Francia. No había visitante ilustre, desde entonces, que no admirara sus haras, sus puertas de alabastro, su lago artificial, cantado por Darío; el bosque de los ciervos, etc…. (Pág. 59). Los techos de Bagatelle, fueron decorados por diecisiete yeseros franceses. Cuatro figuras mitológicas: el invierno, el verano, la primavera y el otoño, defendían la entrada del castillo; reproducción en mármol de Carrara de las clásicas figuras atribuidas a Praxiteles (Pág. 60). Hay una terraza del amanecer (Pág. 61), y una terraza del atardecer. Hay también una fuente con cascadas, la fuente de los renacuajos, que eran silenciadas por un “concerto” de Cimarosa (Pág. 61). Hay también una playa en el Sur. Hay un reloj de jade y piedras preciosas, vajilla de Meisen, cristales de Bohemia, cubiertos de plata y vermeil, cuartos Imperio y Luis XV, salas victorianas, la sala Pueyrredón (Pág. 191 y otras) y así una heterogénea mezcla de catálogo de remate.

Y este príncipe de la pampa, Don Alejandro, se encuentra enfrentado al más espantoso de los dramas: la amenaza de expropiación, por el “tirano sangriento”. Y transa, aceptando la deshonra de la embajada en el Uruguay. Es cierto que Pradere ha sido embajador en Londres hasta 1944, en la Década Infame. Pero esto dignifica para el “medio pelo”. No lo hace por el vil interés de vacas y hectáreas (¡qué son 30.000 hectáreas!) sino por el conjunto artístico, por la armoniosa conjunción de los Luises, Pompier y Barroco, que tres generaciones de Pradere, han acumulado en Bagatelle.

¿Qué son 30.000 hectáreas?, se ha dicho al pasar.

¿Ud. creerá lector, que no hay un argentino que no tenga idea de lo que es una hectárea de campo? Al fin, este es un país que está saliendo de los pañales agropecuarios. Un argentino, haya o no cursado la enseñanza primaria, siente en la piel, la noción de espacio. Y sobre todo un hijo de la pampa, aunque sea de la pampa “gringa”, como Beatriz, la rosarina, y aunque tenga la piel blanca de quien «sólo ha conocido el agua de ríos y arroyos”.

Veamos la idea de 30.000 hectáreas que tiene Doña Beatriz.

Después de habernos ubicado el casco, Sobre el camino a Mar del Plata, (pág. 59), más abajo y en la misma página, nos informa que “el bosque de los ciervos” de Bagatelle, se halla sobre todo en la región que lindaba con Tandil. Además «encontraba el mar hacia el sur de la provincia, y sus playas de médanos agrestes, contenidos por pinos y abedules, insinuaban bosques futuros» (pág. 53). En la pág. 60, amplía la información, y también la estancia: Las treinta mil hectáreas se hinchaban al Norte en forma de vientre magnífico. Cerca de la provincia de La Pampa, el bosque de eucaliptos prometía atravesar la frontera. Hacia la provincia de Santa Fe, la pampa se afirmaba sin árboles ni cuchillas, ni siquiera un ombú..

Aquí Beatriz Guido padece exceder la ignorancia de su clientela de «medio pelo». Las falsas imágenes sobre la sociedad a que pretende pertenecer que se revelan en el lenguaje, la afectada cultura y alimentación y la vida sexual son gaffes inimportantes con respecto a la de la estancia, que escritora y lectores parecen compartir. Porque la estancia no sólo es el esqueleto económico de la alta clase porteña sino que constituye la atmósfera imprescindible de su existencia. En el total ausentismo o en la despreocupación más absoluta por ella como fuente de recursos, el individuo de la alta clase porteña es esencialmente un estanciero; del nacimiento a la muerte, cualquiera que sea el género de vida que adopte, cualquiera sea su ilustración y donde quiera que esté es estanciero; hasta cuando ya no se tiene estancia; ignorar la estancia es tanto como ignorarse a sí mismo.

¿Para qué maravillarnos de la ignorancia geográfica, si la histórica le corre a la paleta? Porque no debemos olvidar que las 30.000 hectáreas (pág. 59), tenían su origen en una concesión hecha por el general Urquiza, al oficial primero (sic) Gastón Pradere, después de Caseros. Perdonemos esto de confundir un militar con un funcionario administrativo, como ocurre con la asignación del grado, pero lo que es inadmisible es esta imagen de Urquiza repartiendo tierras en la provincia de Buenos Aires. Además esto constituye una deslealtad de Doña Beatriz con la línea Mayo-Caseros, que pasa precisamente por el meridiano histórico del «medio pelo», y para la que el único que distribuyó latifundios en la provincia da Buenos Aires, fue el primer «tirano prófugo y sangriento».

Este es el momento de señalar, la aparición de los campesinos. Parece que los arrendatarios del Sr. Pradere, no quieren saber nada con leyes de arrendamiento y otras zarandajas, y basta mencionarles cualquier clase de reforma agraria para que corran al osado agitador que la proponga.

No lo dice expresamente Doña Beatriz, pero nos informa, que cuando en 1944, lo cesantearon de la embajada de Londres, cargo que desempeñaba Alejandro Pradere, para gloria de los argentinos, lo fueron a esperar al puerto, delegaciones de todos los partidos políticos de la oposición: radicales, demócratas y hasta socialistas (pág. 82).

También los chacareros, todos: sí, todos (se explica el énfasis, pues parece que Doña Beatriz tuviera cierta sospecha de la inverosimilitud), y agrega entrando en detalle: un representante de cada parcela, con un letrero al frente que decía: «Unidos, los de Tandil, con don Alejandro Pradere». Se repetía: «los de Olavarría», «Azul», «Guerrero».

SÍNTESIS: EL LIBRO COMO REPERTORIO DEL «MEDIO PELO». SU SÍMBOLO POLÍTICO

He llegado a un punto que creo le permitirá al lector tener en este libro todos los elementos de juicio para explicarse por qué lo considero una cantera para investigar al «medio pelo» como advertí al principio del capítulo.

Tal vez el equívoco de su apellido ha inducido al lector de «medio pelo» para creer que se trataba de un testigo de la alta clase. Don Marcelo de Alvear cuando se sentía molesto con el Dr. Mario Guido, hacía jugar una diéresis sobre la «u» del apellido: Güido y no Guido. Cuando el Dr. José María Guido no había llegado a presidente, oí a algún miembro de la familia Guido —la auténtica, que dirían ellos— hacer el mismo juego. No después, porque la gente cambia. Pero debo decir en obsequio de estos dos Guido, que en su modestia nunca jugaron al equívoco. La autora es hija del arquitecto Ángel Guido, rosarino, no sé si con diéresis o sin ella, que de paso conviene recordar fue funcionario peronista, además de autor del Monumento a la Bandera, dos culpas o dos aciertos, según se mire. Pero la herencia paterna no se debe recibir con beneficio de inventario, quedándose con el monumento y no con el empleo.

Inducidos o no por el equívoco del apellido, los lectores han aceptado como buena la descripción de la clase alta, lo que los excluye de la misma —y los va situando—, pues de pertenecer a ella hubieran reaccionado adversamente al libro. La naturaleza antipopular de la novela excluye de sus lectores a la clase media baja y al proletariado, que además no lee este género de literatura.

Tal vez la atracción ha sido política. Se trata de una novela histórica que pretende ser la «Amalia» de la «Segunda Tiranía», pues como tal la han aceptado sus lectores.

Pero la novela histórica supone cierto mínimo de ajuste a la realidad en la construcción de la trama, en la descripción del medio sobre el que se borda la acción y en los personajes, que deben ser congruentes con la época.

Además por su estilo, “El incendio y las vísperas” sólo puede ser ubicado en cuanto al tratamiento, en la escuela realista. Sabido es que su maestro, Emilio Zola, se vestía de fogonero y viajaba en tender de la locomotora para lograr el tono realista en la vida del ferroviario. La Sra. Guido pudo asesorarse en algunos ex socios del Jockey Club para que le explicaran cómo era la “Diana” de Falguiere, entre tantas cosas; y tal vez pudo conseguir que algún miembro de la clase alta la invitara a tomar te –por ejemplo Doña Victoria Ocampo, que es tan propicia a este género de atenciones–, para tener una idea del arreglo de las casas. Pudo también averiguar las pautas morales vigentes en la misma –cuáles son sus verdaderos defectos y sus virtudes—y no atenerse a los “chimentos” de antecocina que pueden facilitar las Antolas y las costureritas baratas, llamadas para aprovechar los restos de la haute couture, que encuentran los desvanes como rastros de un “Fin de fiesta”, algunas botellas vacías de champagne.

Hubo un tiempo en que cualquier bodrio antiperonista era de éxito, pero pasado el fervor del cincuenta y cinco, nada de eso camina sino que al contrario el éxito corre a favor de lo peronista aunque sea, también bodrio. El único sector que se mantiene firme en aquella histeria es el “medio pelo” y no por razones políticas, sino porque forma uno de los símbolos del mismo. El símbolo es el único valor que se ha tenido en cuenta, e identifica a los lectores explicando el origen del éxito, a lo que se suma el paralelo desconocimiento del alto medio propuesto como arquetipo, y de todos los sectores sociales del país, sumado al de su historia y geografía.

El libro expresa los símbolos del “medio pelo”, sus ideas, su desconexión con el país real y muy particularmente la arbitraria composición de las clases que supone, propio de un sector que creyendo imitar a la clase alta se imita a sí mismo, confundiendo los signos de aquella con los que él mismo se crea en su ambigua situación de “quiero y no puedo”, “de soy y no soy”. Es una visión del mundo a media luz de boite de lujo en que los concurrentes se dan “coba” recíprocamente, y se pasan moneda falsa como si se tratara de monedas de oro. Constituye así un muestrario de situaciones, juicios y pautas que reflejan la actitud espiritual que motiva la existencia de un status tan particular y que lo separa de las clases intermedias, en sí. Particularmente del punto de vista ético, porque el grupo ha perdido la noción de las normas morales de las mismas conducido sólo por la preocupación de lo que es “bien”. Ser “bien”, como ideal estético ha sustituido a ser “bien” como ideal ético, preocupación casi obsesiva de la vieja clase media.

LA EVASIÓN DE LA CLASE

La falsa situación del “medio pelo” principia por la evasión de la realidad; la autora nos permite ubicar su verdadera situación de clase por sus reminiscencias que resultan de una calidad literaria muy superior a su imaginación.

Describe la casa de Pablo el sobrino el anarquista Di Giovanni, último amante de la “Niña de la Pradere” en Adrogué: Un haz de luz penetra en ese hall literario sombrío, iluminado por la luz que atraviesa la claraboya de vidrios de colores: azul, amarillo y rojo. A ese hall abren la sala, el comedor, un escritorio y una mampara de vidrio que da a un primer patio, donde los helechos y la enamorada del muro crecen desde tiempo inmemorial, anterior a su nacimiento.

No espera encontrar a nadie en su cuarto: «nadie» son su madre y su tía; idénticamente magras, siempre vestidas de negro; siempre en el último cuarto de la casa, incorporadas a los baúles, a su ropa de niño, a la naftalina de los armarios y a la fotografía póstuma de su padre, junto a la mascarilla de Di Giovanni, hermano de su madre, fusilado… Ingenieros, Aníbal Ponce, Gramsci, Proudhon, alternaban en esa mortuoria galería. Allí están las dos mujeres, con los ojos siempre desorbitados, como si aguardaran irreparables noticias. (Pág. 42).

Más adelante: Atraviesan el pequeño hall, perfumado con los primeros jazmines. Trata de encontrar la luz de la sala; se equivoca y enciende la araña principal que ilumina por sobre todas las cosas el piano de cola, cubierto por un mantón de Manila.

Pablo se apresura a apagarla, y la reemplaza por una lámpara. Pocas veces habitan ese cuarto de la casa, le pertenece solamente a su madre y a su tía. Ellas lo mantienen con la celosías cerradas, como si el tiempo de esa sala hubiera terminado (pág. 46).

Esta sí es la descripción de un conocedor que ha vivido ese ambiente, y la única incongruencia es el piano, porque es de cola; (pero tal vez se trata de un recurso anarquista —no olvidemos que es la casa de la familia de Di Giovanni— para guardar bombas y ametralladoras. El finadito era así). Sigue la descripción: Tropieza con los almohadones y con un gato de porcelana. La naftalina, el heliotropo y el narciso negro, el álbum de Chopin sobre el piano, marcan un tiempo de balcones abiertos, atardeceres nostálgicos y prolongadas siestas (pág. 48). ¡Esos son perfumes y no el Fracas que usaba Doña Sofía Pradere, o el Golden Medal, o el Tabac de Floris, de Alberto Gramajo! (pág. 24). (¡Pavada de fijador, el de los perfumes que usan los anarquistas y sus familias!).

(Aquí junto a la descripción de la vivienda va la de la lealtad con el difunto, que resulta de la actitud funeraria de esas mujeres «idénticas, magras, siempre vestidas de negro» en contraste con la de la alta sociedad que ya hemos visto: la familia Alcobendas —Di Giovanni no se «menefrega» en los antepasados como los Pradere de tan alta prosapia.)

Como se ve hay alguna aptitud literaria cuando la descripción se refiere al medio propio, del cual la autora se evade. No se trata de la cenicientomanía, de la muchachita humilde, que fuga, en una transferencia de la realidad hacia un sueño de príncipes, por el milagro del zapato de cristal. No. Hay aquí un trabajo meticuloso destinado a desorientar sobre la personalidad del escritor; de una sofisticación persistente en la transferencia de la personalidad por superposición a un medio extraño. Y hay la misma actitud en el lector que no percibe la falsedad y ridículo, porque pertenece al mismo «medio pelo», inserto en esa falsedad y ridículo, viviendo una mistificación a base de ingentes sacrificios, que corresponde a su ausencia de realismo social y económico.

Y así hemos llegado al final de este capítulo, en que usted lector se ha aliviado de mi prosa con las transcripciones de una novelista de éxito.

Sólo me resta recordar la curiosa dedicatoria de «El incendio y las vísperas»:

A mi padre, que murió por delicadeza.

Se comprende.

CAPÍTULO VIII

LAS CLASES MEDÍAS, LA NUEVA BURGUESÍA Y LA APARICIÓN DEL «MEDIO PELO»

EL PAPEL DE LAS CLASES MEDIAS EN LA REVOLUCIÓN NACIONAL

Las clases intermedias fueron las precursoras del movimiento político-social que correspondió a la tentativa del país para marchar por la industrialización hacia la integración de su economía. En «Los profetas del odio» señalo que esas clases intermedias fueron las que primero tuvieron conciencia del hecho nacional; las que nutrieron en los años preparatorios del año 1945, desde el nacionalismo, desde F.O.R.J.A. y desde los sectores más capaces y tradicionales de la intransigencia radical la siembra de la conciencia emancipadora. En las instituciones armadas, en el clero, entre los profesionales, los estudiantes, los pequeños comerciantes e industriales, se formaron los primeros cuadros de la lucha. Mucho después llegó el proletariado a la misma para nutrirla con el elemento básico que le faltaba. Recuerdo que en 1941, celebrando el 6° aniversario de F.O.R.J.A. dije a mis camaradas: Día por día hemos visto crecer el público alrededor de nuestras tribunas callejeras; sin prensa, porque nos está cerrada la información que no se le niega al más insignificante comité de barrio; sin radiotelefonía, porque a ningún precio se nos ha permitido el acceso a ella. El idioma que hablamos, que era sólo el de una pequeña minoría y hasta parecía exótico, hoy es el lenguaje del hombre de la calle. Puedo decirles en este aniversario, que estamos celebrando el triunfo de nuestras ideas. Pero estamos constatando al mismo tiempo nuestro fracaso como fuerza política: no hemos llegado a lo social, la gente nos comprende y nos apoya, pero no nos sigue. Hemos sembrado para quienes sepan inspirar la fe y la confianza que nosotros no logramos. No importa con tal que la labor se cumpla”.

Pero a pesar de haber correspondido a las clases intermedias la primera toma de conciencia de los problemas nacionales y ser las beneficiarias más directas, especialmente la burguesía naciente, del cambio de condiciones, no hubo una correlación en la marcha con la toma de conciencia de su papel histórico en la oportunidad que el destino les brindaba.

Cierto es que el peronismo cometió indiscutibles torpezas en sus relaciones con ellas. Por un lado lesionó, más allá de lo que era inevitable conceptos éticos y estéticos incorporados a las modalidades adquiridas por las clases medias en su lenta decantación. Por otro las agobió con una propaganda masiva que si podía ser eficaz respecto de los trabajadores, era negativa respecto de ellas porque no supo destacar en qué medida eran beneficiarias del proceso que se estaba cumpliendo, como compensación de las lesiones que suponía. No supo tampoco comprender el individualismo de esas clases constituidas por sujetos celosos de su ego, proponiéndoles una estructura política burocrática, organizada verticalmente de arriba a abajo y en la que la personalidad de los militantes no contaba; así se convirtió la doctrina nacional cuya amplitud permitía la colaboración, o por lo menos el asentimiento desde el margen del hecho político en una doctrina de partido que exigía la sumisión ortodoxa y la disciplina de la obediencia más allá del pensamiento, a la consigna y hasta el slogan.

Esto mucho antes que esos errores culminaran con la pérdida de la cohesión en las Fuerzas Armadas que a través de episodios adjetivos se distanciaban de los objetivos nacionales que las habían hecho factores básicos del proceso, y se permeabilizaban a la penetración de las propagandas adversarias y extranjeras. Todo esto culminó en el inexplicable conflicto con la Iglesia que terminó por aislar al movimiento de los trabajadores, de los importantes sectores de clase media y burguesía que lo habían acompañado.

Es necesario hablar de errores de conducción. Otra cosa, sería si el propósito deliberado hubiera sido establecer una estructura fundada en un gobierno clasista. Pero eso no estaba ni estuvo aun después de la caída, en el ánimo de la conducción que tenía clara conciencia de las necesidades policlasistas del movimiento nacional que expresaba, y ni siquiera estaba en los mismos sectores del trabajo que lo acompañaron. El movimiento era, y no pretendió nunca ser otra cosa, un frente nacional para la formación de una Argentina moderna retomando el camino de la Patria Grande y abierto a la coincidencia de todos los grupos sociales no ligados a la situación de dependencia de la Patria Chica y sus intereses.

También existía la perturbación ideológica que desde el principio del movimiento, y conforme a la tradición de la “intelligentzia” colonialista había desorientado a gran parte de la clase media con la transferencia de la temática y los esquemas agitados por los partidos políticos y la gran prensa, destinados a confundir nuestros propios problemas con los de los bandos imperiales en lucha durante la guerra; ella gravitó sobre todo en los medios estudiantiles donde se produjo la paradoja de que un cacareado anti-imperialismo teórico se convirtió en el momento crítico en un instrumento exclusivamente dedicado a obstaculizar el desarrollo del movimiento nacional, sirviendo las políticas contra las que siempre adoctrinó.

Pero todo esto puede explicar una toma de posición accidental más dirigida contra los modos de ejecución de una política que contra la política en sí, ya que los intereses sociales y económicos de la clase como tal, coincidían con los del proceso que se estaba realizando salvo en el caso del sector relativamente reducido de la gente de entradas fijas: pequeños rentistas, jubilados, etc., que recibían el impacto del cambio de situación sin las amplias compensaciones que permitían al resto de las clases intermedias la multiplicación de sus actividades, el aumento de sus recursos y la ampliación de sus consumos hasta niveles inconcebibles pocos años antes.

MODIFICACIÓN EN LA CONDICIÓN ECONÓMICA DE LA CLASE MEDIA

En “Los profetas del odio” señalo este mejoramiento en la situación de la clase media:

Ahora el joven de la clase media desprecia el empleo público y lo llaman las actividades del comercio y de la industria, donde no tiene que hacer las largas colas de las madrugadas, esperando la aparición de «La Prensa» para estar en primera fila de los que se ofertan; el universitario tiene trabajo abundante y hasta se da el lujo de instalarse en la ciudad de sus padres; para el padre prolífico las muchas hijas no son problemas cuando hay salario y ocupación, y termina por ser un buen negocio, mientras casarlas es malo, y esto va a darle a la mujer un lugar digno en el marco social. Los muchachos cuyas lecturas no pasaban de “fijas y batacazos”, en materia financiera, están ahora al tanto de las cotizaciones de la bolsa; en las mesas de los cafés se habla de divisas y de cambios; todo el mundo tiene algo para ofertar en venta; todo el mundo es comprador de algo; la gente renuncia a los empleos públicos y bancarios para dedicarse a actividades privadas, ante el asombro de los viejos que dicen sentenciosos: «Esta locura no puede durar», recordando el drama de su juventud.

Nos han amolado diciendo que la pasión por el empleo público es producto de nuestra filiación hispánica y que eso no sucede en los países anglosajones, pero ocurre que en cuanto nos asomamos a condiciones económicas parecidas a las anglosajonas, nuestros muchachos proceden como yanquis o londinenses… El comercio internacional ya no es un misterio reservado a unos cuantos alemanes, ingleses o franceses. Resulta que cualquiera puede ser exportador o importador, y la clase media aprende más de todas estas cosas en unos pocos años, que en medio siglo de enseñanzas financieras y económicas a cargo de la Universidad.

Aparece una nueva burguesía con la oportunidad de la industria y la expansión del comercio en el mercado interno. Sus elementos constitutivos salen de esas clases intermedias y de la inmigración va consolidada aunque es importante el nuevo aporte inmigratorio. (La inmigración que en el decenio 1931-1940 bajó a 73.000 de los 878.000 correspondientes al decenio anterior —y este es un índice claro de la situación del país durante la Década Infame— sube en la década 1941-1950 a 386.000. Está constituida preferentemente por técnicos, ciertos o pretendidos, comerciantes y en general especializados. No se dirige a la ocupación rural y poco al asalariado, salvo los obreros muy especializados que pronto se convierten en patrones a favor de las circunstancias que facilita la improvisación de una clase industrial que con un mercado en crecimiento de demanda insatisfecha, y con el decidido apoyo de la política bancaria y oficial, ofrece abundantes oportunidades.

LAS CONTRADICCIONES EN EL SENO DE LA CLASE MEDIA

Pero ocurría que a nivel de las clases intermedias la transición era muy violenta y las ventajas económicas de la prosperidad que experimentaba el mayor número no eran suficientemente perceptibles para los componentes de una clase individualista en general y, por lo tanto, incapaz para apreciar los avances de cada uno en relación al grupo social al que pertenecía. (Cada uno cree que su mejora es particular y producto de sus aptitudes y no de las condiciones generales como el soldado que cree que en su pequeño rincón operativo ha ganado la guerra porque venció al del rincón de enfrente. La modificación en el status de todos los grupos en ascenso sólo le parecía legítimo en lo que a él se refería).

Creo que sobre este particular debo de remitirme a lo que ya he dicho en «Los profetas del odio», publicado hace diez años.

Principiemos porque durante el anterior decenio, la depresión, la situación de las clases medias había retrocedido, como se ha dicho en el capítulo anterior, ya perdido el empuje ascensional que las movilizó verticalmente en la etapa expansiva de la sociedad agropecuaria.

Pintando ese momento, digo:

Allá, muy arriba, la clase propietaria del suelo, en un plano donde se mueven los personajes de las grandes firmas exportadoras e importadoras, las altas figuras de la política tradicional y los gerentes de los grandes intereses extranjeros. Su riqueza y prosperidad nunca, llegarán a la que puede lograr una burguesía nacional, fundada en la industria y los negocios, pero parece constituir una nobleza y casi puede atribuírsele un origen divino: “fue siempre así”, forma parte del orden constituido y heredado, y su derecho, aunque reciente, no molesta a los segundones, aun de origen más cercano.

Después vienen los pequeños propietarios y rentistas, los funcionarios, los profesionales, los educadores, los intelectuales, los políticos de segundo y tercer orden, elementos activos o parasitarios de esa sociedad. Esta clase es pobre, pero lo disimula en la pobreza general; está constituida por los estratos superiores de la inmigración y los desclasados de la clase gobernante –primos pobres de la oligarquía–. En ella se recluían desde los maestros de escuela hasta los sacerdotes y los oficiales de las instituciones armadas, los estudiantes y algunas camadas de obreros calificados.

Esta clase no tiene horizontes. Asiste desde lejos a la fiesta donde conquistadores y cipayos lucen los esplendores de su poder. Está resignada; no aspira a superarse. La esperanza de sus hijos es heredar la modesta posición del padre; no tiene otro horizonte que el empleo público o entrar en una gran casa de comercio, y el título universitario es su máxima aspiración. A su vez, el doctor recién egresado no tiene cabida en su cuidad de origen y debe dirigirse a la campaña; si se queda, vegeta en mísero consultorio o anda por los juzgados puchuleando asuntos; si por casualidad siguió alguna carrera técnica, descubre que la producción colonial no tiene cabida para su ciencia. El padre con muchas hijas no sabe qué hacer con las “chancletas”, porque su única colocación decorosa posible es el matrimonio con otro pobrecito vergonzante de su misma clase.

Una parte de las clases medias está inmersa todavía en esa situación psicológica y subsisten sus escalas de valores, mientras se alternan las bases económicas y sociales. Fatalmente son influidas por la ambigüedad de las circunstancias. Sigo con “Los profetas del odio”:

Esta gente está habituada a reverenciar la prosperidad de los cipayos, de las castas del lujo, los negociados entre las altas figuras nativas y los rubios representantes de los imperios, y cada uno siente celos de la prosperidad del otro, sin fijarse en la propia. Es un viejo fenómeno que ya lo vimos también en tiempos del radicalismo, aunque en menor escala; nadie le lleva la cuenta a los automóviles ni a los trajes de un Anchorena o de un Álzala, ni al “mister” de la sociedad anónima extranjera, porque se parte del supuesto de que nació para tenerlos. ¡Pero todos se alborotan por el nuevo pantalón del inquilino de la pieza 31!

El Doctor se amarga porque ya no es tan importante; añora el tiempo en que fue el pequeño Dios casero del barrio o del pueblo… Ahora la gente se ha ensoberbecido… no permite al Doctor que la proteja con su tuteo, y si a más no viene, hasta le para el carro…

También ofende esa brusca promoción de industriales y hombres de negocios, salidos de su propia fila, con la chabacanería del enriquecido; es la burguesía, que no existía anteriormente, generada por las condiciones propicias y a la que llaman la “nueva oligarquía”, cuando es precisamente su negación: clase en constante formación, de altibajos frecuentes, y que suscita la admiración de sus adversarios cuando la ve actuar en los países anglosajones. Pero, a su vez, este nuevo rico, tan improvisado como el obrero que molesta a Martínez Estrada, es más ignorante que aquel: no sabe que su prosperidad es hija de las nuevas condiciones históricas y cree que todo es producto de su talento. Aspira al estilo de vida de las viejas clases admiradas a las que trata de imitar; tal vez en su escritorio, frente a la realidad de los negocios, comprende algo, pero le irritan los problemas con el sindicato. No ha adquirido todavía esa suficiencia y esa seguridad burguesa que permite mirar de frente a la aristocracia; suscita la envidia general, esclavo de sus utilidades de mercado negro que se ve obligado a gastar en automóviles coludos, y cuando regresa a su casa, la “gorda” en trance de señora bien y la hija casadera, que ha se ha vinculado algo en la escuela paga, ahora quieren apellido y asegurarse un sitio social aunque más no sea en la sociedad de San Isidro, que es ahora lo que fue el Club de Flores en mi mocedad. De visita, la “niña” y su madre asienten cuando oyen comentar que el “servicio” se ha vuelto insoportable, y las viejas señoras recuerdan las época en que se recogían chinitas para “hacerles un favor”: “Tan cómodas –dice alguna—para que los muchachos no se anduvieran enfermando por afuera…»

…Un gran sector, extraviado y deprimido ante el hecho nuevo, se siente desplazado por sus prejuicios que le hacen ver una derrota donde hay una victoria… Su media cultura de formación anterior, de la etapa semicolonial, tiene los valores éticos y estéticos de la época que perime, pero de sus filas salen los elementos constituyentes de la nueva burguesía, pues la ampliación del mercado interno, con la infinita gama de nuevas posibilidades —que va desde el desarrollo del comercio y de la pequeña industria hasta la abundante clientela del profesional— le ofrecen amplias ocasiones dignas y bien remuneradas; igual cosa sucede a los funcionarios y técnicos, y a los miembros de las fuerzas armadas, instituciones éstas cuyo verdadero vigor sólo se puede lograr por el desarrollo de la potencia que está implícita en la grandeza nacional; nunca por una política sin destino propio, en cuyo caso les está reservada la función de represión y vigilancia que interesa a los administradores externos de las condiciones del país.

«PLACEROS Y ROTARIANOS»

Un aspecto del hecho que estoy señalando ha sido destacado por el doctor Mario Amadeo en su libro «Ayer-Hoy-Mañana», de donde tomo lo que sigue: En las comunidades pequeñas, en las ciudades de provincia o en los pueblos de campo, es donde ese corte horizontal se advierte con más nitidez. En ellos se ve claramente como el médico, el abogado, el escribano, el comerciante acomodado, el «placero», forman una reducida corte a la que rodea la desconfianza del «popolo minuto». Ninguna cordialidad existe entre esos dos grupos, salvo la que accidentalmente puede surgir de vinculaciones personales. Políticamente se llaman «peronistas» y «contras». Pero estas son las designaciones políticas, y por ende superficiales, del hecho más serio y profundo que intentamos destacar: la separación de clase que ha puesto frente a frente a dos Argentinas y que amenaza malograr nuestro destino nacional. Sí: que ha puesto frente a frente a dos Argentinas. Porque no olvidemos el hecho que la Revolución de septiembre de 1955 no fue solamente un movimiento en que un partido derrotó a su rival, o en que una fracción de las fuerzas armadas venció a la contraria, sino que fue una revolución en que una clase social impuso su criterio sobre otra.

Digamos ahora —prosigo— que esta separación de las clases, cuando se refiere a esa clase del médico, así abogado, del comerciante, del rotariano en una palabra, no se ha producido por obra del proletariado. No creo que en la historia del mundo se haya producido un movimiento social de tanta profundidad con menos quebrantamientos en la superficie, con menos dramas, con menos desgarramientos. Por el contrario, esos rotarianos se han beneficiado con el ascenso de las clases colocadas en rango inferior; los profesionales han visto atestados sus consultorios y estudios, y los comerciantes, con un mercado comprador superior a la oferta, han redondeado sus mejores negocios. Tal vez los de ramos generales han sido privados de su poder, al sustituir la banca, la función de crédito agrario que cumplían ellos cuando no había banca para los productores argentinos; pero mejoraron sus ventas al contado.

Sencillamente los rotarianos —casi todos los «placeros» lo son— han considerado la decisión popular como un alzamiento contra el orden establecido.

«…Mientras los trabajadores tomaron rápidamente conciencia del momento histórico y del papel que le correspondía, este sector intermedio se quedó en gran parte atrás: no comprendió su papel histórico ni la oportunidad que el destino le brindaba. El proletariado comprendió que su ascenso era simultáneo con la clase baja y con la aparición de la burguesía eludiendo la disyuntiva ofrecida por los socialistas y los comunistas. Supo que su enemigo inmediato era la condición semi-colonial del país y que la evolución industrialista representaba una etapa de avances con buen salario y buenas condiciones de vida; no se prestó al juego de los antiguos sindicalistas ideológicos, que conscientes o no, obstaculizaban la formación del capital nacional en beneficio del acoplador extranjero de la producción primaria y barata. El proletariado comprendió la unidad vertical de todas las clases argentinas para realizar la Nación y sólo demandó que en el prorrateo de las utilidades le tocara su parte correspondiente. Las clases a las que era accesible el conocimiento de un hecho tan elemental, se quedaron atrás en su comprensión, con respecto a los más humildes. Pero, gran parte de la responsabilidad incumbe a esa falsa cultura, a esa traición de la «intelligentzia», que propone señalar este libro. Eso fue el producto de un periodismo, de un libro y de una enseñanza destinados a desvirtuar los hechos nacionales”.

“Es lógico que sólo obtengan resultados favorables en aquellos trabajados por este periodismo, esos libros y esos maestros. ¡Así fue como las alpargatas sirvieron al destino nacional mejor que los libros!”

HETEROGENEIDAD DE LA CLASE MEDIA

No caigamos en el error frecuente, cultivado con esmero por los teóricos de la lucha de clases, de hacer una sencilla dicotomía de aquel momento histórico dando por enfrentada la clase media con la clase trabajadora. Me remito a mi discurso del 6° Aniversario de F.O.R.J.A. en 1941, que va un poco más arriba, donde advertía que ya en nuestras ideas, la posición nacional estaba triunfante al mismo tiempo que señalo que no habíamos logrado penetrar en el campo obrero, misión que anticipo estaba reservada para otros. Cuando digo que el lenguaje que hablábamos, pocos años antes exótico, era ya el del hombre de la calle, me estoy refiriendo al hombre de la clase media. Que esa presencia revolucionaria de la clase media no se expresara en la mayoría estudiantil y no se reflejara en la información periodística, no obsta el hecho cierto de que este sector fuera tan vigoroso que había hecho posible, con su apoyo, la neutralidad de Castillo –a pesar de las reservas que suscitaban su origen y sus colaboradores—contra la coalición de todos los partidos políticos, oficialistas y de oposición, de la unanimidad de la gran prensa y de todas las capillas consagradas de la riqueza y del prestigio. La nueva Argentina estaba presente y lo estaba en esa parte considerable de la clase media, antes y después de la Revolución de 1943, y antes de que el Coronel Perón lograra el vigoroso apoyo de los trabajadores. La intelligentzia tuvo entonces una visión deformada de la clase media, como la tenía del país, y la sigue teniendo aun en los sectores que están corrigiendo sus errores del pasado, pero que no pueden apartarse todavía de los esquemas extraños que transfieren a la realidad argentina. Cierto es que también el peronismo fue influido a la larga por esa falsa apreciación y de ahí derivan los errores de conducción que se han señalado en su comportamiento para con la clase media.

La falsedad de apreciación también resulta de considerar las clases medias como un todo homogéneo, cuando son por naturaleza heterogéneas en su comportamiento, en sus esquemas ideológicos y en los múltiples matices de su composición vertical. No podemos referirnos a ella en conjunto porque de su seno salen los profesores de Educación Democrática y los revisionistas, la casi totalidad de los fascistas y la casi totalidad de los comunistas, y tal vez más de éstos que de aquellos, como salían los neutralistas y belicistas, y de la misma salen los teóricos de la liberación nacional y los Cueto Rúa y los Krieger Vasena, los Alemann, Verrier, etc., etc., que instrumentan la dependencia. Del mismo modo no puede igualarse la situación de los sectores pauperizados en la depresión de la década infame con los que habían podido mantener ciertos niveles de jerarquía por una situación privilegiada dentro de la misma. Ignorar la existencia de gruesos contingentes de clase media adelantándose a la posición que habían de tomar los trabajadores, es reincidir en el error de creer que el movimiento peronista fue sólo el fruto de las prebendas y las ventajas, y no el fruto de un proceso de formación, que encontró en el apoyo de la nueva masa obrera —con sus conquistas— la base popular que rompió el equilibrio a su favor.

Desde luego que la clase media en conjunto vio alteradas muchas de las valoraciones en que se había formado y constituían parte de su ética y su estética, pero no reaccionó homogéneamente. Gran parte de ella comprendió la necesidad del cambio y participó del mismo como consecuencia aceptada de su pensamiento nacional ya definido, y porque también estuvo capacitada para recibir las ventajas compensatorias que le traía el ascenso general de la sociedad. Eso sí: este sector careció de medios de expresión políticos y culturales dentro del peronismo, pero al mismo tiempo no se dejó seducir por los prejuicios y las mistificaciones que intentaban perturbarla. A lo sumo se retrajo ante la imposibilidad de actuar para reaparecer de nuevo junto a los trabajadores después de septiembre de 1955. Allí está, y la clase media lo amplía constantemente con su cada vez más acelerada incorporación en la variada gama en que se expresa el pensamiento nacional. Porque esa es la cuestión y no el peronismo.

Estas salvedades nos van colocando dentro del tema específico de este libro, porque la posición que se atribuye a la clase media en conjunto pertenece, exclusivamente a los sectores de la misma que ya señalé hace diez años y que de nuevo individualizo con las transcripciones que hago de «Los profetas del odio».

APARECE EL «MEDIO PELO»

Se trata del sector de la misma más calificado intelectualmente, según las viejas medidas de nuestra cultura y ubicado en los niveles más altos de la clase. Es, como lo señalo, el que más provecho sacaba de la nueva situación, pero el más incapacitado para comprender su papel histórico por su falsa situación que lo coloca en el filo de la clase media y la burguesía, y al mismo tiempo fuera de ellas por su atribución de un status que cree superior a las mismas. Íntimamente no se siente parte de ellas.

Esta gente, por su procedencia, es de clase media, pero psicológicamente ya está disociada de la misma. Económicamente también; podría hablarse respecto de ella de clase media alta, pero su comportamiento difiere de lo que se ha tenido por tal, ya que sus recursos y su manejo se sale del tradicional conservatismo ahorrista que tipifica ese nivel de la clase media, y de la discreción en la exteriorización de su prosperidad. Es ostentosa como corresponde a la burguesía. En realidad, es la burguesía incipiente de un país que comienza a construir su propio capitalismo. Pero la cuestión es que no quiere ser burguesía y rehuyendo el status adecuado entra en la simulación de otro que no le pertenece. No es ni «fu ni fa», ni «chicha ni limonada».

Se articula una situación equívoca y en esa equívoca situación viene a constituir gran parte del «medio pelo», y la cuestión, inimportante del punto de vista de los individuos —que sólo interesarían como elementos pintorescos— adquiere relevancia desde el punto de vista social, en cuanto al adquirir la dimensión de un grupo social importa la frustración de una burguesía que tiene finalidades a cumplir en el camino hacia la potencialización del país.

Se trata de los «placeros» de que habla Mario Amadeo refiriéndose a los pueblos rurales. Traslademos esos mismos personajes a la gran ciudad; gente de altas entradas que olvidan que éstas han nacido en la nueva época, profesionales de éxito, escritores consagrados y, sobre todo, burgueses, triunfadores del comercio y de la industria que disponen de amplios recursos. Todo un conjunto de expresiones sociales que antes constituían el primer plano de la clase media de los barrios.

Pero a esta nueva promoción, dotada de mayores recursos, el barrio le va chico; además, la importancia de barrio ha perdido significado al romperse las fronteras que los separaban y diluirse en la ciudad de los domicilios identificados por piso y departamento; en la intercomunicación constante que, integrando los barrios en la totalidad urbana, ha confundido en el anónimo multitudinario las preeminencias locales que permitían la jerarquía.

Ahora a nivel de esta promoción de triunfadores, el barrio es disminuyente: un médico o un abogado de barrio no es más que eso, un médico o un abogado de barrio, lo que resulta peyorativo. Vivir en la fábrica o cerca de la fábrica desmonetiza al burgués entre los burgueses. (Miranda, tal un símbolo, tuvo su domicilio porteño, hasta su muerte en Montevideo, en su fábrica de la calle Directorio. Pero Miranda era un burgués cabal y se jactaba de serlo. No tenía complejos).

El Jefe de Relaciones Públicas o el Ejecutivo de empresas no puede ofrecer su casa si vive en Villa Urquiza o en Flores. Cuanto menos, si en Barracas o la Boca.

Este es un hecho cierto y no se puede pretender que el burgués reme contra la corriente de sus intereses, que le exige una radicación. Sería antiburgués. Pero aquí ya comienza el juego de los engaños recíprocos que iremos viendo. Porque hay que salir del barrio para parecer «bien» ante los otros burgueses, que a su vez tienen que hacer lo mismo para aparecer bien ante éstos.

Excusado es decirlo, salir del barrio significa domiciliarse en el Norte, de la Plaza San Martín a San Fernando y de Santa Fe al río. Esto también puede obedecer a razones de comodidad y confort. De todos modos es comprensible burguesamente, porque hasta ahora es una cuestión de intereses y lo lógico es que el burgués, imagen clásica de la sensatez y el sentido práctico, haga lo que le conviene.

Lo grave es que las razones burguesas no son las decisivas. Lo son precisamente aquellas que no deben pesar en el burgués, las que lo disminuyen como tal y le quitan capacidad funcional.

Y aquí estamos ya en la ficción del status cuando no obedece a las exigencias prácticas de la burguesía, sino a la necesidad inversa: la ocultación o la disimulación de la condición burguesa. Porque si en el primer caso la actitud importa la afirmación en el propio status, en el segundo importa la evasión del mismo, es decir la frustración de la clase como burguesía.

Es el caso que he referido en una nota periodística.

La transcribo: Sé que un fulano se ha gastado quince millones de pesos en un departamento en la Avenida del Libertador. Nos encontramos y le adivino la intención de informarme de su compra, como corresponde al guarango. Pero yo quiero saber si está frustrado como tal y lo madrugo diciéndole antes de que me dé la noticia:

—Estoy muy afligido por un amigo que se ha gastado más de diez millones en un departamento de la Avenida del Libertador …

—¿Y por que se aflige? —me pregunta inquieto.

—Y… por que la Avenida del Libertador no es «bien»…

—Pero entonces… ¿Qué es «bien»? —pregunta desesperado.

—»Bien» es de la Plaza San Martín hasta la Recoleta, de Santa Fe al bajo. Y dentro de ese radio, «bien», muy «bien», el «codo aristocrático de Arroyo», como dice Mallea: Juncal, Guido, Parera…

Le veo en la cara al hombre que está desesperado. Y entonces lo remato.

—La Avenida del Libertador es como tener un leopardo de tapicería sobre el respaldo del asiento trasero del coche…

El leopardo lo tiró a la vuelta. Del departamento, no sé…

Pienso que lo hecho es una crueldad, pero la investigación «científica» es así… cruel como la vivisección.

Yo quería saber si el hombre era un burgués con toda la barba o un tímido burguesito en camino de terminar en tilingo. El que es verdaderamente burgués sigue adelante, cumple su gusto, se realiza con la arrogancia del vencedor y compra en la Avenida del Libertador, precisamente porque es caro, porque acredita su victoria y la prestigia ante los burgueses.

Si quiere barrio, compra; y si qviere avenida y mujer distinguida, compra también. Podría citar casos que todos conocen. El que es burgués de veras no se achica; no se acomoda a los esquemas y limitaciones de los tilingos.

LA BURGUESÍA Y EL PRESTIGIO DE LA ESTANCIA

Si las pautas que adopta imponen el barrio, también imponen actividades prestigiosas.

La fábrica y el comercio no lo son. El profesorado universitario, la magistratura, los altos grados de las fuerzas armadas, el prestigio intelectual, lo son en mayor medida, pero no las máximas; son a lo sumo complementarias, decorativas, para integrar con otras apariencias el núcleo cuyos títulos surgen de la propiedad de la tierra, cuanto más continuada mejor; pero esos prestigios no se trasmiten hereditariamente: el status es casi personal y no consolida la situación de la familia. Dan un acceso relativo a la alta clase, pero no pertenencia; constituyen una situación provisoria que permite la admisión, pero nada más. Salvo cuando se llega a estas jerarquías como consecuencia de una decadencia patrimonial, pero en este caso descendiendo. Un general, un profesor, un magistrado proveniente de la alta clase está indicando con esa posición, sobre todo el primero, no el ascenso, que significa su cargo respecto de la sociedad en general, sino el descenso que implica el tener que haber recurrido a esa actividad. Pero el burgués proveniente de la industria o del comercio, no tiene esas posibilidades intermedias, cuyo ejercicio y actitudes reclaman una situación anterior, superior a aquella de donde proviene.

El camino que se le abre como única perspectiva para obtener la consagración social, que busca al negarse como burgués, es también hacerse propietario de la tierra. Entonces, con paciencia y saliva, como el elefante, hará mérito. Con plata abrirá las puertas de la Sociedad Rural y, anualmente irá anotando puntos, exposición por exposición, toro por toro. Las páginas de los remates de hacienda de los grandes diarios crearán el hábito de su nombre; cuando ya no erice la piel de nadie, habrá comenzado a madurar; pero dejará de erizar esas delicadas pieles más que por un acostumbramiento, por un olvido: cuando se olvide que fabrica palas, clavos, televisores, tornillos; que opera en la bolsa, que trabaja con listas de pagarés, etc.

El anónimo de las acciones facilitará ese olvido. También le permitirá disponer puestos en los directorios para los tronados de la vieja clase, en inteligente prorrata con los influyentes de la nueva era, que pueden ser políticos, generales, almirantes o hábiles gestores que ahora disimulan haciendo public relations las actividades que antes groseramente se llamaban variablemente comisiones, coimas y sobornos. Esta composición de los directorios en cierto modo expresa la ambigua situación del burgués: por un lado los padrinos sociales de su ascenso, por el otro los instrumentos útiles a su actividad capitalista.

Esa necesidad de entrar por la Sociedad Rural explica que mientras; en Europa y en Estados Unidos un banquero o un industrial miren a un ganadero como a un «junta-bosta» aquí el empresario se siente disminuido ante el ganadero. Para salvar esa disminución es necesario comprar una estancia y tener cabaña —así sea de perros— porque sólo por la Rural, y tal vez por el Kennel Club pueda lograr el ascenso social apetecido.

También es cierto que hay algo de cálculo burgués; este sabe que todavía el desarrollo integral del país sufre golpes como en 1930 y en 1955, y que su estabilidad corre riesgo en una sociedad en que lo único intangible es la riqueza inmovilizada en la gran propiedad, a cubierto además de las variaciones en el valor de la moneda porque su precio sigue el precio de esta, y aun va adelante de ella; además de ser tradición inconmovible su carácter sagrado, capitaliza todas las valoraciones que el conjunto de la sociedad introduce en la economía de la República. Allí no importa que los negocios sean malos o buenos ni las aptitudes personales, porque funciona como una caja do ahorro capitalizante.

LA NUEVA BURGUESÍA REVERENCIA A LA ANTIGUA

Este es el elemento de cálculo financiero que puede justificar la ambigua posición de la burguesía, pero no es el decisivo.

Tal vez cuando el burgués ha llegado a los niveles del gran capitalismo estas pautas de ascenso no le sean imprescindibles. No creo que las necesite Fortabat ni tampoco Hirsch, por ejemplo. Pero de todos modos no deja de ser una concesión amable poder exhibir los productos de «San Jacinto» o «Las Lilas». Llevar un toro del ronzal se aviene mejor con el estilo de los altos niveles sociales que aparecerse con una bolsa de cemento o de harina sobre los hombros. O suscitar la imagen. «San Jacinto» y «Las Lilas» decoran Loma Negra y Molinos, e identifican mejor la jerarquía del personaje según el consenso de la alta clase.

Estoy entrando al tema del «medio pelo», y el Barrio Norte y la estancia son pautas que anticipo por la necesidad de ubicar de entrada el problema que me lleva al tema y que ya he dicho es el de la frustración de la burguesía como tal, y que es lo que interesa.

No puedo imaginarme a Rockefeller o a Ford haciéndose perdonar el petróleo y los automóviles por los farmers norteamericanos. Nuestros teorizadores de la sociedad capitalista, desde las columnas de los grandes diarios, como se ha hecho desde la escuela y desde la universidad, nos proponen constantemente como ejemplo, el desarrollo de la sociedad norteamericana, en el editorial, y seguidamente, en todo el resto del periódico afirman, difunden y sostienen la vigencia de las pautas correspondientes a la sociedad precapitalista, disociando la tesis abstracta de su pensamiento con la praxis que se opone. Allá hasta un ganadero tejano que encuentra petróleo en su campo, no dejará las botas ni el sombrero aludo —por el contrario, las lustrará para que brillen más y les ensanchará el ala— pero se comportará como hombre de negocios, como un burgués con toda la barba y si imita, imitará a la gente de Wall Street. Aquí los mismos predicadores de la eficiencia norteamericana promoverán el disimulo, y hasta el olvido de esa eficiencia, en obsequio de la conservación de las pautas de la sociedad agropecuaria.

Se repite, respecto de la nueva burguesía, lo que ya se señaló en el capítulo II de aquella «ausentista» de los primeros momentos de la expansión agropecuaria. Aquella frustración parece ser seguida por otra nueva. Los descendientes de la burguesía hipnotizada por los príncipes rusos, los nababs, la nobleza francesa, los lores ingleses, hipnotizan a estos burgueses de ahora que no necesitan viajar más lejos que al Barrio Norte para caer en el servilismo ridículo y simiesco en que aquellos cayeron en París, Londres y la Costa Azul.*

LA BÚSQUEDA DEL PRESTIGIO Y EL MEDIO PELO

El motor que dinamiza a la gente del «medio pelo» es la búsqueda del prestigio.

Desde que Vance Packard popularizó la terminología en su análisis de la sociedad norteamericana, ésta se suele emplear un poco peyorativamente, de lo que resulta que la búsqueda de prestigio acarrea desprestigio.

En mi análisis «medio pelo» quiero dejar aclarado que no es el hecho de la búsqueda de prestigio lo que motiva el ridículo de su equívoca situación.

Este surge en el caso de que la búsqueda no tiende a la afirmación de la personalidad de sus componentes que aspiran a un positivo status de ascenso; nace de la simulación de situaciones falsas que obligan a ocultar la propia realidad de los componentes (en unos, la deficiente situación económica; en otros, la carencia de los elementos culturales que caracterizan el status imitado) y de la consiguiente adopción de pautas pertenecientes a otro grupo en que pretenden integrarse.

No es ni más ni menos que la situación pintada por Lucio López en «La gran aldea» (Ed. La Nación – 1909) al describir un baile de negros: «esos snobs de medio pelo son codiciados por el prestigio social que rodea sus nombres». Se trata de los «morenos» que prestan servicio como ordenanzas en las grandes reparticiones públicas, y que repiten en su propio medio y ceremoniosamente, los modales que han aprendido mientras están con las bandejas delante de sus jefes. Hay aquí esa puntillosidad, esa preocupación por evitar las gafes, ya referida citando a Mujica Láinez en su «Bomarzo», y que para los Orsini subsistiría aun en esos recién llegados que son los Farnesios. Entre esos dos extremos, Farnesios y «morenos» ordenanzas, lo que caracteriza la falsedad de la situación es que no afirma el status propio, sino la falta de uno auténtico y con sus propias pautas.

La búsqueda del prestigio está consustanciada con el hombre en cuanto animal social.

Existe en las sociedades primitivas aun antes de que estas estén organizadas en distintos estratos. Entonces la búsqueda es exclusivamente individual. Paul Radin (“El hombre primitivo como filósofo”, Ed. Eudeba, 1960), dice: “La búsqueda de prestigio representa simplemente la derivación de un realismo inexorable. Es posiblemente el hecho fundamental de la vida primitiva en todas partes, aunque, por supuesto, el tipo de prestigio buscado difiere según la tribu. Muchos se sacrifican para lograrlo. Desde que tal papel desempeña en la vida primitiva no nos extrañará que se lo encuentre asociado en la religión y la magia”.

(Muchos marxistas literalmente aferrados a la tesis de la lucha de clases, y desde que según el «Manifiesto comunista», «La historia de toda sociedad a nuestros días no ha sido sino la historia de la lucha de clases», podrán considerar esa sociedad primitiva y sin clases, como inexistente en la historia y por consecuencia imposible la búsqueda del prestigio al margen de las mismas. Para su comodidad conviene recordarles la nota de Engels, con posterioridad a la fecha del «Manifiesto» y a la aparición de la «Sociedad primitiva», de Morgan —cuyo conocimiento constituye uno de los fundamentos de la nota- limitando el alcance de la lucha de clases a la Historia escrita, que no comprende la sociedad primitiva).

Al referirme a la situación de la «gente inferior» en la sociedad tradicional he mostrado cómo la búsqueda del prestigio, imposibilitada más abajo en una sociedad verticalmente inmóvil, es individual. El individuo actúa como en la sociedad primitiva y el prestigio, como en esta, consiste en una jerarquía personal, a falta de un ascenso a otro grupo. Es lo que se ha dicho sobre la importancia que adquieren las dotes personales que colocan en primera línea, pero dentro de la clase, por las aptitudes en el trabajo, en el juego, en la guerra, en la política, en el canto, etc., atribuyendo a esa búsqueda del prestigio personal el culto del coraje, por ser la condición de valiente la que da la más alta jerarquía.

Pero desde que la sociedad se conforma en niveles distintos y es factible ascender dentro de ellos, los móviles de la búsqueda del prestigio dejan de ser puramente individuales. Ahora se trata de la adquisición de un status que comprende al grupo familiar, persiste más allá del individuo y deja de ser inseparable de la conservación de las aptitudes individuales para el éxito: la jerarquía del nuevo status es social y no individual, permanente y no transitoria.

La búsqueda del prestigio no es, pues, un elemento exclusivo del «medio pelo». La practicaron la burguesía y las clases medias surgidas de la inmigración, y está indisolublemente unida a los móviles de ascenso que las caracterizaron. Lo que es nuevo, y además reciente es la naturaleza artificial y además desnaturalizante, de la búsqueda de prestigio por este neoplasma social.

BURGUESÍA ANTERIOR AL MEDIO PELO

Ya se ha visto lo que ocurrió con la burguesía surgida a principios de siglo, que afirmó su propio status prescindiendo del reconocimiento de la alta clase.

Es cierto que por su procedencia extranjera buscó prestigio en las distinciones otorgadas por los gobiernos de sus patrias de origen, pero no renunció a su posición burguesa ni se sintió acomplejada por la necesidad de una consagración aristocrática. Si Guassone se envaneció con el título de Conde de Pasalaqua, no lo hizo renunciando a su más alto título de Rey del Trigo, ni escondió su vergüenza de serlo bajo la imitación del viejo estilo de la clase terrateniente argentina. Lo mismo el Conde Devoto, que edificó su palacio en el barrio que había fraccionado con su nombre. Si ambos devinieron propietarios de la tierra lo fueron en razón de su potencialidad burguesa y no para ocultamiento de la misma. Si los herederos de uno y otro han realizado la incorporación a la alta clase, esto lo prueba más bien la aptitud conservadora de la misma, que el falseamiento de las situaciones por aquellos. El orgullo de hacer su palacio en su propio barrio, del uno; y el título preferido a la consagración nobiliaria, del otro; están acreditando una seguridad en su propio status burgués, una certidumbre del valor positivo de su situación que adquiere todo su realce por comparación con la actitud imitativa y de disimulo de la propia condición que caracteriza a la burguesía de las últimas promociones.

(No incluyo en esta a burgueses como Fortabat e Hirsch, ya mencionados en otro ejemplo, porque se trata de situaciones excepcionales. La suma de poder que cada uno representa y la arrogancia con que penetran en la alta clase no tiene nada de común con la falsa situación de los imitadores. En este caso la impresión que dan es más bien de una concesión amable al status donde los ubica su poder económico, con estancia y sin estancia, con cabaña y sin cabaña, sin disminución alguna de la condición burguesa que es la que prima en ellos y a la que no renuncian. Son capitanes de industria y de negocios, y sólo subsidiariamente propietarios de la tierra, como Sir Walter Raleigh o Drake eran corsarios y subsidiariamente nobles, y esto lo digo sin ningún ánimo peyorativo porque estoy estableciendo la diferencia entre los constructores de una época y los usufructuarios de situaciones anteriores que no aceptan la modificación de la estructura).

Con las pautas estéticas, el «medio pelo» asimila pautas éticas en las que la moral no se remite al resultado de las acciones sino a su forma; todo lo que es tradicional en relación con la adquisición o conservación de los bienes es moral, e inmoral el enriquecimiento por cualquier otro camino; así una especulación en tierras es correcta pero una especulación en valores de bolsa es una maniobra; como degrada unir el nombre de familia al lanzamiento de un nuevo producto industrial y lo prestigia vender reproductores en una exposición, que agrega handicap social. Se presume un negociado en toda ventaja obtenida de los poderes públicos para el desarrollo de una actividad burguesa, y es una operación de fomento cuando la ventaja de cambio o fiscal es acordada a las formas de producción tradicionales.

Agregaré que las referencias que aquí se hacen no importan un juicio subjetivo sino objetivo porque se aplica el cartabón del interés racional y no de los grupos diversos que constituyen la sociedad, aplicando un criterio ético referido exclusivamente a la potencialización o decadencia del país con exclusión de la ética subjetiva del que analiza la situación, que como se ve corresponde a intereses de todos los casos.

La alta clase demuestra su fuerte espíritu de conservación y una técnica adecuada, haciendo de su prestigio un instrumento de defensa al imponer sus pautas a los otros sectores de la sociedad.

Así, si normalmente ella conserva una actitud despectiva tradicional para los miembros de las fuerzas armadas, en las circunstancias en que éstas se convierten en poder, sabe disimularlo para absorber sus altos niveles y comunicarles con sus pautas la ideología y los prejuicios en que consolidan su vigencia. Lo mismo haría con los dirigentes sindicales si estos fueran susceptibles de captación, como lo hace sistemáticamente con los políticos de todos los partidos, aun de los más adversos. No de gusto han previsto en los reglamentos de sus clubes el libre acceso a los mismos legisladores, magistrados y altos funcionarios. Claro está que sólo da la apariencia de la situación, que como los lirios dura lo que el buen tiempo, porque la condición de estabilidad sólo la da el largo ejercicio de la propiedad de la tierra, es decir, ser de la clase, y no, alternar eventualmente con la misma.

El resultado es que los seducidos momentáneamente quedan enervados para su situación real, difícilmente llegan a incorporarse y quedan rezagados en esa equívoca situación del «medio pelo».1

Tampoco las clases medias de las primeras promociones se deformaron por la adquisición de un falso status. Ya hemos visto cómo la jerarquía entre sus distintos niveles estaban determinadas dentro del barrio donde se estructuraba. Su búsqueda de ascenso correspondió al plano político, profesional, de la cátedra, de la milicia o de los negocios, cuando sus más altos representantes quisieron trascender de la situación de barrio. No apunto a la incorporación en la alta clase y mucho menos realzó la tragicomedia en que vive el «medio pelo».

Esto no ocurrió ni siquiera con el sector que había pertenecido a la «gente principal», y trucado su jerarquía en el «todo Buenos Aires» por el papel predominante que ocupó en el barrio.

Tampoco ocurrió con la alta clase media proveniente de la inmigración. Por eso fracasó la sutil política que realizaban entonces los conservadores tratando de crear un complejo disminuyente en los descendientes de inmigrantes que buscaban prestigio.

«La Mañana'» y «La Fronda», sucesivamente, bajo la dirección de Pancho Uriburu hacían una sistemática ridiculización de los apellidos inmigratorios de clase media, típicos del radicalismo yrigoyenista —y también de los criollos, no filtrados por la alta clase. Era una escalera a dos puntas: complacer a la propia clientela de la clase e intimidar a la del adversario. La crítica humorística se extendía a la cachería y cursilería de toda la gente nueva. Seguramente lo reciente del ascenso, la convivencia con los padres inmigrantes, testigos vivos de la modestia del origen, hasta en sus inflexiones idiomáticas y sus modalidades propias de los humildes estratos europeos de donde procedían, provocaban más bien una reacción adversa y defensiva con el orgullo expresado de ser nuevos y sentirse esperanzas del país.2

Esta clase media de barrio no intentó asumir las pautas de la alta sociedad de la clase alta: por el contrario, sentía superior las suyas. Así en lo moral. (Se atribuía a la clase alta una descomposición de costumbres muy parecida a la que hemos visto, le atribuye Beatriz Guido en los tipos representativos que novela. Había toda una literatura popular que difundía esa creencia y el rumor de supuestos escándalos llegaba a los ambientes de clase media que se confortaban con la imagen de su superioridad ética).3

Por otra parte, la ciudad era más chica y eso hacía más fácil la diferenciación de los niveles y que recayese el ridículo sobre el que intentaba franquearlo a través de la simulación de un status. La clase media tenía sus propias pautas y no deseaba cambiarlas por las de una sociedad que consideraba en descomposición. Sus gustos y cultura de barrio conformaban sus aspiraciones estéticas, sin que la deslumbrase la atracción de la vida mundana que veía reflejada en los periódicos, ni el esteticismo afranelado que creía propio de un mundo distinto al suyo y del que se sentía completamente extraño. No existía en la clase media ni el snobismo ni la tilinguería que resultan siempre del afán de imitación. Existía sí el guarango por inadaptación a las pautas de la clase, en los que no habían logrado cumplir todos los extremos del status, o en los triunfadores de la fortuna en rápido ascenso y cuyas aceleradas variaciones de posición les impedían el «afiatamiento». Porque el guarango es un personaje inevitable de una sociedad en ascenso; casi el precio que se paga por el éxito personal.4

Existía lo cache. (Segovia en su «Diccionario de argentinismos»: dícese de la persona o casa mal arreglada y sin gracia y gusto en el adorno. Igualmente Granada. Garzón en su «Diccionario argentino» trae la misma acepción particularizándose con las prendas femeninas). Pero la cachería como expresión de mal gusto era generalmente individual. Más frecuente era lo cursi si se entiende por tal lo que con apariencia de elegancia o riqueza es ridículo y de mal gusto. Pero esta cursería o cursilería no estaba tan referida al vestido como a una actitud espiritual, y lo cursi es en definitiva una tentativa hacia la belleza, que yerra el camino.

ESTÉTICA DE LA CLASE MEDIA

Si la clase media no poseía la estética que la clase alta había aprendido y traído de Europa, tampoco tenía bases propias para elaborar en el breve término de su formación, proviniendo, como provenía, de una inmigración que sólo podía aportar los elementos estéticos de las clases bajas europeas. Los que dentro de ella representaban el sector desclasado de la gente principal sólo podían influirla en cuanto a los modos más o menos señoriles que conservaban de la gran aldea, pues estaban desconectados de la estética de importación profesada en la clase alta.

No existían tampoco en la época los elementos masivos de difusión que permiten hoy universalizar con rapidez los gustos. Así la declamadora, el infatigable piano de las niñas casaderas, los juegos florales, los paisajes pintados por la alumna de la academia, y hasta los retratos de familia alternaban con los almohadones bordados, los encajes y las puntillas de confección caseras, les festivales artísticos, los bailes de sociedad, las retretas dominicales, la salida de la Iglesia y el paseo de la tarde por las cuadras tradicionales, satisfacían las exigencias estéticas y sociales del medio. (Le ahorro al lector la descripción de los interiores remitiéndome a la tan exacta de la casa de la familia Di Giovanni hecha por la autora de «El incendio y las vísperas»).

Cachería y cursilería, si. De ninguna manera snobismo o tilinguería.

La estética de le clase media expresaba una tentativa de creación con los escasos elementos de que disponía, casi todos provenientes de la decadencia del romanticismo, y difundidos por la literatura barata de las editoriales españolas y la poesía y la prosa de los escritores argentinos que llegaban al gran público, todos fuertemente influidos por las mismas fuentes literarias. (Los poetas de la época, de más alta jerarquía, eran todavía para escasos iniciados como se constata en lo mínimo de sus ediciones, y la buena literatura de la generación del 80 no había tenido la difusión que comenzó mucho después. En realidad la escuela normal era la que daba la medida de los valores estéticos y su difusión, y decir esto significa decirlo todo).

Esta clase media, cursi si se quiere, era auténtica. De la cursilería, como tentativa hacia la belleza podía salir un gusto de más calidad por maduración en el tiempo, a diferencia de la tilinguería y el snobismo del “medio pelo” donde inexorablemente no se puede crear nada porque falta el elemento esencial para la creación: la autenticidad.

El teatro de la época, refleja ya las posibilidades de una creación propia.

Los mínimos patrones de cultura Europea de la clase media estaban dados por la lírica para los italianos, y por la zarzuela y el sainete hispánico para los españoles; apuntaba lo propio en el éxito en el teatro de las creaciones de los hermanos Podestá en el circo, continuando después, por la aparición de un teatro nacional, de carácter vernáculo en cuyo escenario no figuraban la alta sociedad. Esto de Florencio Sánchez a Vaccareza, y lo mismo de los precursores, como Soria o Martiniano Leguizamón. Más aun, las mismas comedias, escritas por gente de primer nivel social, reflejaban los modos y las costumbres de una sociedad modesta, como el caso de Laferrère.

Las ficciones que podrían a la ligera equipararse con las del «medio pelo» no estaban dirigidas a atribuirse el status de la clase alta, sino a disimular las dificultades económicas que harían difícil el mantenimiento en el propio: una cosa es simular la pertenencia a un status ajeno y otra evitar la pérdida del que ya se tiene o intentar ascender dentro del mismo. Esto último es lo que refleja Laferrère en “Las de Barranco”, donde la familia venida a menos, una familia de militares, lucha contra el desclasamiento inevitable. Se trata de la pobreza vergonzante que es otra cosa que la pobreza desvergonzada, donde se abandona el decoro de la posición tirando la chancleta o la prosperidad mentida del «medio pelo», en que la representación no atiende al decoro que se sacrifica a la pompa artificial.5

En el más alto nivel de la clase media había un grupo característico de la época. Eran los habitantes del llamado “Palacio de los Patos”, sito en la esquina de Ugarteche y Cabello. En general, la g

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