Victimización: ¿redención del oprimido o retorno al coloniaje?

Por Francisco José Pestanha (*)
fpestanha@hotmail.com

“Es parte de nuestra identidad, ni más ni menos. Tenemos que releerla hoy para comprobar cómo su espíritu reaparece en el tango — cuando el gaucho de las orillas urbanas se transforma en el compadrito — pero también en la música joven hecha aquí. El rocanrol retoma la tradición gauchesca ligada a la denuncia social y política, además de las historias de amor, la picardía, el humor ácido y la crítica de la vida cotidiana”.

FERMÍN CHÁVEZ (sobre la poesía gauchesca)

Según el Diccionario de la Real Academia Española, “víctima” es aquella persona o animal sacrificado o destinado al sacrificio. Dicho vocablo puede aplicarse también a aquel sujeto o grupo de sujetos que experimentan daño o menoscabo por causa ajena o fortuita. Desde el punto de vista jurídico, la noción de víctima señala a aquella persona o grupo que sufren o han sufrido pérdida o detrimento de sus derechos esenciales.

Como podemos observar en todos los casos, el vocablo permite dar cuenta de un status de inferioridad producido por la acción voluntaria o por un hecho involuntario, que presupone una relación desigual entre victima y victimario que puede manifestarse de diversas formas y en múltiples grados, y además, observarse desde las propias subjetividades de víctima, victimario, o desde la de un tercero.

La victimización, por su parte, constituye una estrategia que apunta a señalar un determinado status de sufrimiento, persecución o ensañamiento con el fin de obtener un tratamiento que mejore tal calidad. La victimización constituye en cierto sentido una actitud cuya finalidad es la de revertir una determinada situación de menoscabo.

Pero a la vez, suele recurrirse a la victimización (y de hecho así ha acontecido) para neutralizar o anular cualquier conato de crítica respecto del sujeto o grupo victimizado, e inclusive, como dispositivo de transferencia tendiente invertir la condición de victimario en la de víctima. De lo expuesto, se infiere que este concepto admite muchos sentidos, alguno de los cuales pueden resultar contrapuestos.

En el presente trabajo giraremos sobre primer sentido del término, es decir aquel que presenta a la victimización como una estrategia que pretende mejorar la condición de la víctima, y nos interrogaremos si tal estrategia resulta eficaz en el largo plazo, para superar la situación de menoscabo.

Como hemos visto hasta el momento, victimizar es colocar sobre el tapete una determinada situación desigual exaltando la condición de la víctima y depositando en el otro o en lo otro (victimario), la responsabilidad de una determinada situación disvaliosa que en muchos casos es objetiva, concreta y tangible, y en otros simplemente exagerada o simulada. En cierto sentido la estrategia de victimización incluye un componente conspirativo.

La calidad de víctima suele despertar en otros individuos un lógico sentimiento de compasión, y en tanto discurso sustentado en la denuncia de una condición de opresión, es propicio a obtener múltiples adhesiones. En estos últimos años hemos asistido a una verdadera industria integrada – entre otras- por organizaciones no gubernamentales, grupos de estudio, industrias culturales, organizaciones de defensa genérica, que bajo la estrategia de la victimización, han construido lo que suele denominarse el discurso “políticamente correcto”. Apelando a una arenga que refiere a la racionalidad, al pluralismo y al humanismo, este discurso concibe a la historia de la humanidad como el producto de un sinnúmero de conspiraciones como por ejemplo la del machismo, que el feminismo radical suele presentar como el producto de una antigua conspiración masculina que coloca a todos los padres y esposos de la historia aceptando “… perpetuar la injusticia hacia sus esposas y hacia sus hijas…”, y así, “nuestras madres y abuelas fueron unas inútiles, seres incapaces de pensar por sí mismas y que se dejaron subyugar y supeditar por sus esposos, o sea nuestros padres y abuelos”. (ALBERTO ACEREDA. La radicalización del Feminismo.).

En un universo humano donde las desigualdades son constantes y permanentes, la victimización -en principio- aparecería como una estrategia eficaz para poner sobre la mesa una determinada situación de opresión para generar conciencia sobre ella, y (¿por qué no?), para encarar acciones tendientes a revertirla. Pero si ahondamos mas profundamente en la cuestión, encontraremos una serie de circunstancias sobre las cuales bien vale formular algunas advertencias.

Tomemos como ejemplo la “teoría del buen salvaje”, una concepción a la que suele recurrirse para victimizar a nuestros pueblos originarios. Dicha conjetura presenta al proceso de la colonización hispánica como una epopeya encarada por un sanguinario y genocida contingente de conquistadores que expolió y masacró a diversas etnias ingenuas y pacifistas. Si bien esta estrategia puede resultar en primera instancia apta para despertar conciencias y rescatar el maravilloso acervo étnico – cultural de nuestros antepasados, en cierto sentido la martirización del universo pre hispánico termina reduciendo culturas tan altamente ricas, poderosas y significativas como la de los Aztecas, Mayas e Incas, a un conjunto de estirpes integradas por inocentes, inofensivos e idealistas seres primitivos. La victimización termina así menoscabando a la víctima y transformándola en un sujeto dócil, indefenso e incapaz de superar los escollos que acontecen en su propio desarrollo evolutivo.

Los seres sensibles al dolor y al sufrimiento ajeno no somos en forma alguna indiferentes ni extraños a la opresión. De hecho, suelen conmovernos desde el avasallamiento más leve hasta la opresión más extensa que se conozca. Pero dicha conmoción no puede confundirse nunca con la ignorancia o ingenuidad, y menos aún servir de obstáculo para impedir contemplar integralmente una realidad humana que nos muestra que las relaciones desiguales de poder constituyen un dato incontrastable de la realidad, mantienen una presencia ancestral y cobran una virtualidad histórica. Porque una cuestión es anhelar la igualdad y luchar consecuentemente por ella, y la otra muy diferente es creer que la misma pueda ser alcanzada razonablemente aún en el actual estadio de la civilización.

NORMAN FINKELSTEIN sostiene desde su propia perspectiva que la victimización es un simple constructo ideológico con intereses muy concretos “… retroalimentado por pseudo intelectuales vendidos, y por ello precisamente encumbrados por el poder”. Tal vez, la visión del citado autor sea tan conspirativa como la que presupone la misma estrategia victimizante, pero lo cierto es que teniendo a la vista una dinámica histórica en donde víctimas y victimarios se han intercambiado roles sistemáticamente, la idea de la victimización como un constructo no resulta descabellada.

El colombiano EDUARDO BOTERO, desde una perspectiva psicológica nos aporta algunas claves interesantes para intentar el abordaje de un grupo social que fue víctima de una situación opresiva. BOTERO enuncia tres caracteres (o tal vez movimientos) en la construcción de la victimización: “la conceptualización del trauma, la defensa demagógica interesada e irrestricta de las víctimas y, finalmente, una cierta predicación de las virtudes de la memoria”. Este “círculo vicioso”, según el autor, nos conduce a un “giro” que implica el retorno siempre sobre al mismo punto, esto es, a colocar a quien pretende acompañar o comprometerse con las victimas en la misma ideología que nutre la ocurrencia de las masacres: a nombre de alguna causa, para que el adversario se debilite y jamás lo olvide. Sostiene Botero además que “la defensa demagógica e irrestricta de las víctimas, se constituyen en el lugar común a todas las ideologías que por distintos motivos se disputan el favor de las masas”.

Lo que logra la noción de víctima es sustituir otra noción: la de sujeto “… la piedad y la conmiseración no hacen sino desconocer que las víctimas no están pidiendo un favor sino exigiendo que se cumplan ciertos derechos. Conculcando la condición de sujeto, la Victimización de las víctimas (verdadera segunda masacre perpetrada contra su dignidad), no hace sino colocar la condición de sujeto en el Estado y en sus representantes, gubernamentales o no (gubernamentales)”. En definitiva, para el autor, la victimización desubjetiviza al sujeto, y en cierto sentido, puede constituirse en sí misma una herramienta de opresión.

Compártanse o no las perspectivas de FINKELSTEIN y de BOTERO, lo cierto es que las mismas demuestran que la estrategia victimizante que tantos réditos ha aportado y aporta a numerosas organizaciones, no mantiene una convicción univoca, y menos aún constituye una herramienta indiscutible para mejorar las condiciones de la víctima.

Ahondemos un poco más en la cuestión, con un ejemplo de nuestra historia reciente.

En ciertos cenáculos progresistas y en otros vinculados a una izquierda que a esta altura adquiere ribetes circenses, (y que palabras de JOHN HOLLOWAY, padece una enfermedad que la lleva sistemáticamente a “quejarse y deprimir”), es práctica común fomentar la victimización. Entre los sujetos victimizados por dichos sectores en los últimos años encontramos a los “chicos de Malvinas” también llamados “chicos de la guerra”.

Cuando uno analiza el plexo discursivo que coloca en calidad de víctimas a los conscriptos e inclusive a sus familiares, surge nítida e inmediatamente la imagen de un conjunto de jóvenes llevados por la fuerza a un conflicto conducido por un casta militar que los sometió al oprobio y la humillación, condenándolos al frío, al hambre y al abandono. Conocida la catadura moral de los dictadores, la improvisación y las desinteligencias en materia bélica y otras circunstancias de ribetes infaustos, a esta altura de las circunstancias, la mayoría de los argentinos hemos tomado cabal conciencia de las penosas condiciones político estratégicas que rodearon a la conducción del conflicto.

Ríos de tinta han corrido al respecto. Pero ¿qué conocemos realmente de las expectativas de quienes protagonizaron el conflicto en nuestras Malvinas y son victimizados? ¿Comparten ellos tal estrategia? ¿Es la victimización la mejor respuesta social al problema?

En primer lugar, reconozco que durante el tiempo inmediato posterior a la culminación del conflicto (en mi plena adolescencia) sentí una profunda compasión por los “colimbas” que habían participado en la batalla y caí en el simplismo de considerarlos víctimas. El contexto dictatorial y la necesidad de acabar con la tiranía, me impedía ver la otra cara de la moneda, es decir, aquella vinculada al sentimiento y las expectativas de quienes protagonizaron ese acontecimiento histórico.

En la medida en que fui tomando contacto no solamente con quienes combatieron, sino también con sus familiares, fui advirtiendo que algo andaba mal, que existía una manifiesta disociación entre el status que yo les asignaba y sus esperanzas. El contactarme con las historias vividas, sus convicciones, su perseverancia, y el esfuerzo permanente para mostrar -desde otra perspectiva- el carácter del conflicto, me llevó a cambiar radicalmente de opinión, aclarando que entre tantos testimonios, encontré sólo unos pocos que coincidían con la estrategia victimizante.

A esta altura de las circunstancias, estoy en condiciones de sostener que la gran mayoría de combatientes ex conscriptos no comparten la estrategia de victimización en forma similar a muchos ex suboficiales y oficiales que combatieron heroicamente en el episodio bélico. El documental Locos por la bandera dirigido por JULIO CARDOZO, y la muestra Islas de la Memoria, impulsada por la COMISIÓN DE FAMILIARES DE CAÍDOS EN MALVINAS E ISLAS DEL ATLÁNTICO SUR, constituyen serias tentativas para revertir la estrategia victimizante.

Pero ¿que hay de la sensación popular al respecto?

En general suelo detestar las generalizaciones. Y además, tengo cabal conciencia que los seres humanos solemos cambiar algunas de nuestras opiniones a veces, para mi gusto, con demasiada frecuencia.

Pero en este caso puedo afirmar que la victimización inicial que alcanzó a los que protagonizaron en los combates fue funcional a una victimización general que ensayó nuestra comunidad para “despegarse” de una dictadura que si bien fue cipaya y atroz, obtuvo en su momento el apoyo de vastos sectores.

Concluida esta primera etapa, la situación actual nos muestra signos incipientes de un cambio de convicción social respecto a la participación de nuestros hombres en la conflagración y respecto a las disfuncionales consecuencias que acarrea la martirización permanente.
La historia y sus protagonistas tienen una función en las sociedades, y tal como lo han enseñado el MITRISMO y sus acólitos, el menoscabo sistemático de lo propio es el mejor instrumento para sostener una situación opresiva. JAURETCHE denominaba a este fenómeno con la expresión “autodenigración”.

Reducir a nuestros combatientes al papel de pobres víctimas y someterlos al suplicio permanente es un mecanismo que en vez de incoporarlos al panteón de la historia los coloca en el cripta del olvido. Pero lo que es más grave, menoscaba a nuestra Nación toda, ya que una comunidad que no rescata a sus héroes, mal puede transitar con dignidad los senderos de su propio futuro.

(*) Se permite la reproducción citando la fuente.

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