Bicentenario de la Independencia Breves reflexiones desde el Pensamiento Nacional. Por Francisco José Pestanha y Emmanuel Bonforti

 “Seamos libres, lo demás no importa nada”

José de San Martín

 

Proponemos dar cuenta mediante este escueto ensayo de ciertas reflexiones emanadas desde la perspectiva de una tradición específica, el Pensamiento Nacional y Latinoamericano. Pretendemos por su parte complejizar la noción de independencia tanto en su dimensión histórica y semiótica, como en la vitalidad que, entendemos, nos otorga en la actualidad tal concepto como motivación para intentar reflexionar sobre nuestro presente y nuestro porvenir.

Desde un imaginario bastante difundido suele pensarse y conmemorarse la Declaración de nuestra Independencia en julio de 1816, como un soplo espontáneo de unidad y de confianza en quienes asumieron la responsabilidad de conducir esta trascendental resolución. No obstante -desde otras perspectivas- este acontecimiento es observado como una epopeya marcada de tensiones y contradicciones planteadas en el seno de una comunidad en formación que asumió en una fase determinada de su devenir, la determinación de elegir un porvenir colectivo soberano en momentos en que amenazas externas e internas circundaron el pensar y el actuar de los protagonistas, y donde lo cultural -en sentido amplio- jugará un rol eminente.

Proclamar la Independencia no constituyó un hecho político  puramente empírico, pragmático y circunstancial. Implicó, en aquellos tiempos, una riesgosa pero determinada proyección política y económica ante el mundo, no exenta de aspiraciones tales como las de Manuel Belgrano y José de San Martín, quienes anhelaban la instauración de un poderoso estado bi–oceánico sustentado en anhelos e invocaciones de raigambre popular. En tanto, la empresa independentista no puede ser analizada y evocada sino de manera integral, abarcando el campo de lo cultural, lo geopolítico, lo económico, lo epistemológico, lo sociológico y lo jurídico, matices que, entre otros, inspiraron las obras de los autores y autoras que se identificaron con esta corriente.

El concepto de independencia se ha instalado efectivamente desde aquellos acontecimientos de julio en todos los ámbitos del debate, como así también ocurrió con otras ideas como la de libertad, república, democracia, autonomía, etc. Pero advertimos que la noción de independencia, como los otros conceptos, adquiere carácter nítidamente polisémico y en tanto, diverso, dependiendo de la matriz conceptual o ideológica desde el cual se aborde. En ese sentido lo “ideológico”, lo “doctrinario” y lo “epistemológico”, no están ausentes en el vastísimo campo de las significaciones que puede adquirir este concepto y de las consecuencias que tal posicionamiento generó o puede generar en los seres humanos concretos.

Nuestra particular experiencia escolarizada, claramente estructurada bajo la Ley de Educación 1420/1884 que promovía un tipo de educación orientada a moldear un arquetipo específico de ciudadanía basada en una razón universal y enciclopédica con limitado arraigo en lo local y lo regional, motivó que autores inscriptos en la tradición de una corriente autodenominada “Pensamiento Nacional” advirtieran enfáticamente cómo a través de los diferentes niveles de enseñanza se limitaba el conocimiento sobre la propia realidad, en pos de formatear sucesivas generaciones en una conciencia universal y enciclopedista funcional a la máxima “gobernar es poblar”. Así por ejemplo, en aquellos antiguos textos históricos no aparecían -según algunos de sus autores- contenidos potencialmente autoafirmativos y de significativa magnitud, y la participación popular será reemplazada en innumerables oportunidades por el protagonismo individual de seres ilustres y providenciales instituidos en un procerato inmutable.

Durante muchos años, el pensar la independencia nos remitió al imaginario de una épica materializada principalmente por “sujetos cosificados” preclaros, dotados de valores individuales que -en cierto sentido- ejercieron un rol vanguardista e iluminado. No pretendemos aquí negar que determinadas personalidades poseyeran tales cualidades, y que, indudablemente, merezcan el lugar en que la historia los ha colocado. Evocamos y respetamos a muchos de ellos. Lo que aquí sostenemos es que tales versiones fueron insuficientes para integrar definitivamente a nuestra comunidad, y que ciertos recortes efectuados ex profeso influyeron poderosamente en interpretaciones posteriores que aún mantienen embarazosas implicancias en el presente.

Invitamos entonces al eventual lector mediante estas precarias líneas a reflexionar con respecto a ciertas apreciaciones difundidas y naturalizadas sobre el período independentista y resignificadas a lo largo del tiempo, tratando de evadir cierta cristalización fotográfica de la celebración de la Independencia en la casa de Tucumán, con la imagen de un Francisco Narciso Laprida en primera escena rodeado de los demás representantes, considerando no solo el momento de su sanción efectiva, sino fomentando a la reflexión de esta como producto de un devenir histórico cultural. Propugnamos analizar la independencia de esta forma como un concepto dinámico, vivo y no circunscripto a un momento pretérito determinado.

 

Algunos hitos autoafirmativos

Desde una perspectiva historicista que nos remonta cuanto menos al ingreso de esta corriente historiográfica al Río de la Plata de la mano de enseñanzas e influencias de Pedro de Angelis en el salón de Marcos Sastre -al que asistieron, entre otros, Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, Esteban Echeverría y Vicente Fidel López-, y desde un marco teórico que circunda la matriz reflexiva del Pensamiento Nacional, la Declaración de nuestra Independencia en 1816 no puede observarse como un episodio “congelado en el tiempo”.

Muy por el contrario, implica que la misma encontró fundamento esencial en una serie de episodios, acontecimientos y momentos concatenados que, más allá de remitirnos a protagonismos individuales, nos remonta a expresiones político culturales de una comunidad encaminada hacia su autodeterminación partiendo de la premisa “todo pasado es nuestro pasado, aunque a veces pretendamos negar parte de él”. Tal concatenación se remonta entonces necesariamente hacia el pretérito, es decir, no solo a los tiempos de la expansión europea en América y sus tensiones, sino hacia atrás, a la ancestralidad de nuestra América.

Los autores inscriptos en esta matriz han encontrado innumerables elementos autoafirmativos anteriores a la Declaración de la Independencia. Entre ellos puede citarse la mismísima creación del Virreinato del Río de La Plata (1776-1777), la expulsión del imperio portugués de las costas del Río de la Plata (1777), el levantamiento de Túpac Amaru (1780-1782), etc.; acontecimientos que, aunque impulsados por motivaciones dispares, no solo constituyeron hitos en la paulatina autoconciencia soberana, sino también marcas en el origen de nuestra particular cultura letrada a la que autores como Fermín Chávez le otorgan reveladora centralidad. Episodios políticos y militares constituyeron en su tiempo gérmenes de estructuras poéticas autoconscientes en rima gauchesca y gauchipolítica, y luego obras de teatro que dieron luz a una cultura propia que adquirirá nítido protagonismo en el proyecto independentista. Es importante resaltar cómo en aquellos acontecimientos de autoafirmación se encuentran huellas y marcas de un expresivo cuño histórico cultural nativista.

Otro hito histórico de carácter autoafirmativo que asumirá relevancia para otros representantes de esta corriente fue aquel que tuvo lugar en oportunidad de las intervenciones inglesas en 1806 y 1807, “las invasiones inglesas”, y en especial la heroica resistencia de porteños, hispanos, criollos, arribeños e indios en la costa del Plata, que será llevada a formaciones literarias como la gauchesca. La gesta épica-militar y la poesía criolla confluirán en un momento de autoafirmación.

Es de destacar que en oportunidad de la Revolución de Mayo de 1810, aunque el espíritu de autodeterminación circundara obsesivamente en las mentes de algunos de sus actores principales, la situación, para pensadores como Fermín Chávez, resultaba ciertamente compleja: más allá de vindicar la decisión revolucionaria, dicho autor advierte sobre la presencia de ciertos factores portuarios identificados ya con el ideario de la filosofía iluminista, la que adoptada acríticamente, motivará un distanciamiento de sus inspiradores de la realidad histórica particular en pos de la exaltación de una “razón universal”, jerarquizando una práctica utilitarista de las relaciones sociales en busca del desarrollo comercial, pero enfrentada -en este período- con la matriz cultural que había protagonizado los episodios de autodeterminación; es decir, los iluministas comenzarán a visualizar, como sujeto social antagónico, al complejo universo criollo de las provincias a pesar de su condición de promotores vitales de la gesta emancipadora.

El Pensamiento Nacional constituye una tradición epistemológica que se nutrirá de manera discipular y cuya emergencia la podríamos ubicar a finales del siglo XIX. Sin embargo, durante los principales hitos autoafirmativos es posible identificar prácticas y conductas en quienes condujeron este ciclo histórico y que es plausible homologar con algunas de las proyecciones que posteriormente elucubraron los principales mentores de esta corriente. Resulta probable entonces encontrar una clara sintonía en algunas elaboraciones de Mariano Moreno, como por ejemplo la importancia de la industria y la participación del Estado en la economía, aunque otras de sus posturas se encontraban claramente enroladas en el romanticismo de matriz iluminista. A pesar de su formación en el liberalismo podrán encontrarse vestigios en el pensamiento de José de San Martín, en especial durante su experiencia gubernativa en la región de Cuyo. También aparecerán formulaciones teóricas impugnativas del liberalismo y del iluminismo mediante la prensa escrita, como es el caso de la prédica del Padre Castañeda.

A partir de lo expuesto, pretendemos sostener que la gesta independentista excedió la propia lógica política y militar, y que vastos sectores de la sociedad civil acompañaron este proceso desde su presencia física hasta el producir de su cultura.

Es necesario además dar cuenta de las tensiones en los días previos a la independencia que serán expresadas, entre otros factores, por una parte por el sector que conducía los destinos de Buenos Aires, la proto-burguesía porteña conocida como la Pandilla del Barranco que encontrará luego en Bernardino Rivadavia a su interlocutor dilecto. Este sector influenciado por intereses mercantilistas y la doctrina iluminista no veía con buenos ojos la participación popular. Tal circunstancia implicará que en los albores de la Declaración de la Independencia, una de las zozobras estará circundada por el cruce de concepciones diferentes en torno a la independencia: los criollos representados naturalmente en instituciones políticas tradicionales ejercidas bajo liderazgos acordes a tal tradición -y partícipes activos de los distintos aconteceres autoconscientes-, y los sectores porteños, promotores también de la independencia pero por motivaciones económicas e ideológicas diferentes.

Es el Pensamiento Nacional el que precisamente intentará desmalezar este proceso desde una visión crítica.

El 9 de Julio de 1816 para el Pensamiento Nacional

La Declaración de la Independencia se maniobrará, como expresamos, en circunstancias rodeadas por antagonismos y disputas políticas protagonizadas cuanto menos por dos sectores que, dentro del bloque emancipador, aspiraban a conducir el proceso. Por un lado, el de los comerciantes porteños aglutinados – según José María Rosa- en la Pandilla del Barranco, facción que gozaba privilegiadamente del monopolio de la Aduana de Buenos Aires. Eran los dueños de “la caja” y ejercieron durante las jornadas de julio de 1816 y posteriormente, ciertas actitudes chantajistas inclusive para con las expediciones militares que requerían recursos para afrontar las diferentes expediciones contra los godos. Esta facción en términos filosóficos se referenciará con el Iluminismo aunque no puede afirmarse de manera alguna que profesaban una ortodoxia absoluta. Su antagonista (también heterodoxo) estuvo constituido por un bloque que desplegó una relevante actividad en el proceso independentista y que estaba conformado por los denominados “criollos y provincianos”. Vinculados con el pasado hispanocriollo, estos se encontraran en términos culturales más cercanos a posiciones historicistas.

El escenario independentista se apreciará atravesado, según la óptica del Pensamiento Nacional, por estas dos corrientes filosóficas y por intereses económicos y políticos divergentes que van a expresar en términos políticos, económicos, pero sobre todo culturales, dos expectativas diferentes con respecto a la Declaración de la Independencia. Manuel Belgrano, plenamente consciente de esta situación, en la sesión secreta del 8 de julio propondrá una monarquía atemperada de origen incaico para sostener la unidad territorial de las antiguas colonias bajo la esperanza de crear aquel gran estado suramericano.

El  sector provinciano, criollo para autores como Fermín Chávez, sostendrá una autoidentificación más sensible con respecto a su pertenencia hispanoamericana, una identidad construida por el devenir histórico concreto, donde puede rastrearse un vínculo sentimental con la tierra. De allí que la poesía gaucha sea un reflejo minimalista de la vida en comunidad de un universo de impronta nativista, de un sentimiento de nacionalidad aunque ciertamente difuso. Estos se identificarán como hombres de la Patria Americana.

Los comerciantes porteños, unidos a ciertas facciones privilegiadas de provincia, al renegar de su ascendencia y de su pasado, se encaminarán a pensar en la construcción de una nueva identidad producida a partir del Estado que ellos conducirán luego de la segunda mitad del siglo XIX, y concebirán, para el citado autor, la formación de nacionalidad con poco apego al pasado, legitimando su postura como una derivación necesaria de la modernidad.

Pensar entonces en la Declaración de la Independencia nos desafía además a especular sobre un país con límites diferentes a los que conocemos en la actualidad, con regiones que hoy no forman parte de la geografía argentina. Recordemos que el Congreso de Tucumán albergó a representantes de las provincias de Charcas y Cochabamba, y no concurrieron representantes de lo que conocemos hoy como el litoral -Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes- identificados con la figura de Artigas que por ese entonces se encontraba enfrentado con la facción porteña.

Otra de las cuestiones que expresarán las tensiones enunciadas se vinculará a la forma de gobierno. Los representantes extremos de ambas facciones expondrán dos formas diferentes: los criollos de tierra adentro confiarán en la propuesta belgraniana de la instalación de una monarquía constitucional de raigambre incaica. Tal aspiración no resultará caprichosa, sino que esa elección podría evitar futuros desmembramientos territoriales como posteriormente aconteció, no sin la clara intervención del imperio británico. Por el contrario, los representantes porteños y otros del interior se negarán a ser gobernados por un representante de la “casta de los chocolates” -tal como ellos consideraban a los indios-, y propondrán una forma de gobierno republicana dirigida desde Buenos Aires. Como sabemos, esta resultará la propuesta triunfante.

Para consolidar la Independencia será necesaria para la facción enrolada en el Iluminismo la sanción de una Constitución que reglamente el proceso de construcción del futuro Estado. En este punto no hubo posibilidad de acuerdo y el debate durará tres años. En 1819 los porteños lograrán, junto con algunas facciones minoritarias de provincia, sancionar una Constitución que solo cubrirá las expectativas de los hombres de la Aduana. De esta manera la nueva Constitución dejará de lado las realidades de las provincias y menos aún contemplará el elemento popular. Tal omisión será, entre otras, una de las cuestiones por las que dicho texto constitucional se verá condenado al fracaso.

 

La Independencia, el Bicentenario y el Pensamiento Nacional

Han transcurrido doscientos años de aquellos tiempos de Tucumán. No obstante es posible identificar cómo aún hoy persisten viejos resquebrajamientos que se han resignificado con los años pero que forman parte de una misma matriz antagónica.

Hubo tiempos en que el mundo criollo será negado y perseguido empujándolo hacia la formación de las montoneras, de las insurrecciones radicales, de los movimientos de octubre de 1945 y hasta los movimientos piqueteros durante la década de 1990. Probablemente nuevos fenómenos que representan esta tribulación se repitan en el futuro. Aquel conglomerado que formulara un concepto de Independencia estancado, vaciado de contenido y alejado de lo popular, buscará luego una nueva tutela extranjera para consolidar sus posiciones. El otro ensayará dos movimientos de carácter nacional -el Yrigoyenismo y el Peronismo- para disputar esa hegemonía

La celebración de la Independencia y su Bicentenario permiten cuanto menos dos miradas. Una, la que se orienta a conmemorar el acontecimiento inmóvil en la casa de Tucumán, vacío de contenido. La otra nos propone una reflexión más vital, más sensible, más humana; la de una independencia que mantiene vigencia, vitalidad, y que debe ser garantizada y consolidada. Una persiste en una evocación ociosa ahistórica, inerte. La otra nos propone una cavilación sobre una noción de independencia que impulsa el desarrollo de una comunidad madura y orgullosamente nativista, consciente de su pasado pero que piensa su futuro, reflexiva de las asimetrías y decidida a amortiguar los impactos de la penetración cultural, poniendo limites a ciertos impulsos multimediáticos concentrados que debilitan espiritualmente a nuestro pueblo. Claro que existen otras formas. Los grises redundan en el universo de lo humano. Pero conflictos no resueltos aún impiden la emergencia de un diálogo fecundo y respetuoso.

Así el Pensamiento Nacional propone desafíos para pensar una independencia concreta que debe fundarse sobre la realización de grandes aspiraciones nacionales, sin tutelas. La tan mentada independencia definitiva debe aspirar  de una vez y para siempre a la cuestión de la unidad latinoamericana, a una fuerte convicción sobre nuestras potencialidades como comunidad y como Nación, a una clara conciencia acerca de la importancia de nuestro territorio y sus recursos y una profunda vocación de unidad entre los argentinos de bien que aspiran a construir su propio destino bajo nuestras propias condiciones.

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